domingo, 20 de noviembre de 2011

Los tatuajes invisibles


Sincronicé nuestros relojes y varié mis horarios para coincidir con ella, ahora la veo cada día en el crepúsculo y al alba. La ventana de su dormitorio, a escasos metros de la mía, coexisten a la misma altura del patio interior del edificio. La única diferencia que nos separa es que a ella no le importa desnudarse con la persiana subida. No tiene cortinas, no tiene nada que ocultar.
Su cuerpo, pasados los treinta, es aún más perfecto que en la juventud primera. Altura, 1,70. Peso, calculo, unos 65 kilos repartidos en correcta armonía. Su piel pálida como la nieve destacando el rosado de sus labios. Unos ojos negros en los que me perdería. Sus pechos firmes y redondeados marcan el inicio de la curvatura del resto de su anatomía.
En las noches en las que duerme sola, antes de meterse en la cama, repasa despacio su figura con aceite de almendras. En una única caricia recorre cada rincón de su cuerpo. No tiene ni una sola marca, lunar o cicatriz; jamás ningún artista retrató similar belleza. A la mañana siguiente aún permanece su aroma, dulce e intenso, marcando la hora del despertar de mi sexo. Oculto tras el estor, la observo desnuda frente al espejo. Dice algo entre susurros, siempre las mismas palabras, pero aún no he sido capaz de entenderla.
El resto del día es una completa desconocida. Nunca me la he cruzado por la escalera ni he coincidido con ella en el ascensor. Las vecinas hablan con sus lenguas maldicientes, movidas por la ignorancia y la envidia. Nadie sabe a qué se dedica, ni siquiera su nombre pues en el buzón aún rezan los datos del propietario de la vivienda. No tiene horarios fijos ni única compañía. Eso lo sé bien, conozco a sus amantes, siempre distintos.
En las noches en las que duerme acompañada la rutina es bien distinta. Es la pareja quien la desnuda y recorre cada curva, quien en apasionado afán la toma entre sus brazos y en desbocado frenesí la hace suya. Quisiera decir que entonces evito mirarla, pero no puedo. Quisiera ser cada uno de ellos y amarla cada noche hasta que nos rindiera el cansancio. La odio tanto como la deseo... A la mañana siguiente, ella se levanta cuando el hombre ya se ha marchado, pero hay algo que me confunde: su cuerpo ya no es lienzo en blanco, en cada aventura queda marcado por diferentes tatuajes. En líneas perfectamente definidas su piel descubre los anhelos de quien la conquistó y en su espalda, en terrible profecía, su muerte. Es entonces cuando vuelve a huntarse con el aciete, haciendo desaparecer las marcas, transformando su maldición en tatuajes invisibles.
Esta mañana me descubrió observándola y se quedó quieta, manteniendo la mirada. Un segundo después, sobre su pecho, a la altura del corazón, apareció su rostro esbozado. Supo entonces que yo la amaba sin haberla tocado nunca, conoció mi más profundo deseo que es ella y recé porque no se diera la vuelta.
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