martes, 6 de marzo de 2012

La sala de espera

Carmen detesta ese restaurante; ya es la tercera vez en la misma semana que su marido insiste en ir allí a cenar, y por tercera vez ha vuelto a dejarla sola justo cuando dejaban sobre la mesa el primer plato del menú. Le espera impaciente, picoteando del entrante, mirando constantemente hacia la puerta, pero no le ve. Se queja en alto de que para él es más importante su móvil que su mujer y bebe vino con cierta prisa intentando esconder el comentario.
A pesar de tratarse de un local algo destartalado, descuidado para su gusto, casi todas las mesas están llenas: familias, parejas, hombres de negocios. No hay mucha variedad de platos, pero las raciones son generosas y el precio asequible. Se ha cansado de esperar y ha decidido mezclar los ingredientes de su ensalada Pepone. Ella cocina mucho mejor. «Esta zanahoria está pasada y la pasta no ha terminado de hacerse», se queja entre dientes. Necesita pan y llama insistente al chico de la barra, pero nadie la atiende. La camarera que tomó nota de su pedido no ha vuelto a pasar por allí. Se levanta con prisa, sin mirar y al girarse se topa con un niño que traía entre las manos un batido de chocolate; se lo vierte encima poniéndola perdida. El pequeño llora desconsolado, ella no sabe bien qué hacer; le gustaría zarandearlo, gritarle, pegarle dos tortas, pero qué culpa tiene él de que lleve un día de mierda. La madre del muchacho se acerca a regañarle, «Discúlpelo, señora». ¿Señora? Solo tiene veintiocho años y ya la tratan de usted, eso le fastidia. «No se preocupe, mientras el niño esté bien lo demás no importa». Esas últimas palabras salen casi obligadas de su boca.

Foto cedida por jorcolma

Se dirige al baño de señoras, mira el indicativo con desdén. Está ocupado. En el estrecho hueco que queda para la espera casi aislado del resto del salón, presta atención a la puerta de al lado, el almacén. Se oyen gemidos. Haciendo como que se ajusta el cordón de una bota, se asoma por la cerradura aún de las antiguas. Ve una mesa, sobre ella una mujer con la falda por la cintura y el pecho al aire agitándose al ritmo marcado por su amante. El hombre, desnudo de cintura para abajo, agarra las caderas de su manceba atrayéndola hacia él una y otra vez. Carmen se incorpora sorprendida, no ha podido ver toda la escena, pero la adivina. Duda, no sabe si volver a su cena o seguir esperando. Insiste de nuevo en la puerta del baño; sigue ocupado.
Un calor empieza a recorrer su cuerpo. La mezcla del vino y la excitación de saberlos al otro lado la invitan a seguir mirando... Ahora coloca el otro cordón. Vuelve a centrar su atención en la pareja. Siguen donde estaban, pero han cambiado la postura: ella boca abajo, sujeta sus nalgas con las manos y fija la diana para su compañero. Él la embiste sin mesura. Los ritmos se aceleran al mismo tiempo que Carmen pierde el control de su respiración acospasándola a la de ellos. Solo puede pensar en una cosa: «¿Dónde coño está mi marido?».
Vuelve a la mesa deprisa, recoge el móvil del bolso y vuelve a la sala de espera. Justo al llegar, sale del baño una señora mayor dejando tras de sí un pesado aroma a rancio. «Todo suyo», le dice sonriendo. Carmen devuelve el gesto aguantando la angustia. Cuando se queda sola, cierra la puerta por fuera y se queda en el descansillo. Mira de nuevo por la cerradura. La intensidad del sexo ha aumentado, ella grita excitada mientras invoca a algún santo y él eleva el volumen de su ansia.
Busca en el móvil el número de su marido. Lo llamará, le contará cada detalle de lo que está viendo con la intención de despertar su deseo, ya poco importa la cena. Justo en el primer tono, la mujer gira la cabeza. Es su camarera, la que les atendió; sonríe descarada mientras saca la lengua reclamando la de su hombre. «No se lo va a creer», piensa. Y al segundo tono en ascendente, el amante eyacula lanzando su semen sobre la espalda desnuda de la chica. El móvil sigue sonando al otro lado de la puerta. Carmen se queda blanca.
―Cariño, voy en seguida, estaba hablando con una de la oficina que ha tenido un problema con un terminal. Un marrón enorme, pero tranquila que en cuestión de cinco minutos estoy contigo.
―Vale Daniel, ―dice en tono jocoso―, y ya que estás dile a la zorra a la que te acabas de tirar que me traiga pan.
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