Un rincón para la palabra, el silencio, para todo aquello que nunca nos dijimos...
domingo, 22 de mayo de 2011
Nombres de amor
domingo, 15 de mayo de 2011
Maldigo la esperanza
Alimenté la esperanza que necesitabas, te regalé la que yo sentía; a pesar de mis buenas intenciones, quiso la suerte castigar con muerte su destino.
No quiero ni imaginar cómo has de sentirte. Parte de mi corazón está contigo, acompañándote en la tristeza del duelo y ofreciéndote cobijo.
Llora lo que necesites, ahoga el desconsuelo. Trae a tu memoria solo los buenos momentos y amárrate a ellos con todas tus fuerzas, aún te quedan.
Y perdóname, no debí alentar tu fe, pensé que hacía lo correcto y solo aportaba más silencio.
Déjame que maldiga la esperanza por alimentar tu desaliento.
lunes, 2 de mayo de 2011
Perfectos amantes
domingo, 1 de mayo de 2011
Felicitación maternal
Te escribo para decirte, para recordarte, que te quiero. Que la distancia y el tiempo que nos separan refuerzan los hilos invisibles que me unen a ti.
Quisiera regalarte todo aquello que desees, poner a tu disposición cualquier cosa que necesites, pero ya sabes que tampoco voy sobrada de recursos. Así que de momento tendrás que conformarte con mis palabras y el cariño que te profeso que, mientras mantenga el aliento, siempre te tendrán presente.
Si alguna vez herí tus sentimientos, perdóname; jamás quise ofenderte
Te subscribo mi lealtad incondicional y mi admiración.
¡Feliz día de la Madre!
Reencuentros
Bastaron unos pocos silencios para saber que lo nuestro había terminado. Tantos años compartiendo el mismo techo, la misma cama, el mismo camino día a día. Nos habíamos vuelto dos desconocidos sin saber cómo. Aquella tarde recogí lo más necesario, algunas fotos y mis cuadernos de notas. Saqué la maleta y me dispuse a colocarlo todo. Fue entonces cuando encontré tu primera carta con aquel mechón de pelo. Me senté a leerla y descubrí que, a pesar del tiempo y las diferencias, deseo seguir a tu lado aunque eso suponga volver a empezar de nuevo las veces que sea necesario.
Una esperanza
miércoles, 27 de abril de 2011
Viviendo en background

Hoy toca vivir otra vez de la tristeza y no, no estoy con la regla, no es por el cambio de tiempo ni tiene que ver con la todavía convalecencia de mi lesión. Simplemente es la misma sensación que vuelve regularmente a recordarme de la materia que estamos hechos: la indiferencia.
Llevo ya unos días viviendo en background, disfrazando sentimientos, persiguiendo una felicidad que se resiste a llegar. Sobrevivo detrás de mi sombra, ejerciendo como tal de mí misma. Soy el reflejo de lo que siempre he querido ser y no consigo. Me siento como el televisor de mi salón, con el led rojo iluminado, diciendo en silencio que está ahí, paciente, esperando la señal, consumiendo recursos propios y ajenos, pero sin transmitir nada; solo negro.
Algunas veces quisiera desconectarme para siempre y olvidarme de anhelar esa realidad que solo aparece cuando presionas el botón adecuado del mando. Otras, quisiera pasar al primer plano, ocupar de nuevo el lugar que me corresponde, pero cómo hacerlo cuándo no estoy segura de cuál es mi sitio.
Supongo que el origen de esta sensación es el propio eco de mi voz, que resuena en esta caja tonta que es mi boca. Taponados los oídos desde mi última infección, taponada la nariz por la dichosa alergia, solo me queda cerrar los ojos y apretar los labios para hacer resonar, como una pelota rebotando contra el suelo, cada uno de estos sentimientos que me hacen permanecer en mi trastienda.
viernes, 22 de abril de 2011
Las virtudes del Sol y la Luna

Cuenta una antigua leyenda que de la unión del Sol y la Luna nacieron los gatos. Los felinos se amamantaban de su madre y dormían el resto de la noche. Durante el día jugaban sin parar hasta que su padre, harto de saltos y travesuras, los castigó en un rincón. Cuando los más pequeños comenzaron a llorar desolados, el Sol los cogió entre sus brazos y, con mucho cariño, los arrulló hasta dormirlos.
Desde entonces los gatos prefieren la vida nocturna, disfrutando durante el día del cariño de su Padre y durante la noche de la paciencia de su Madre.
sábado, 16 de abril de 2011
Suicidio colectivo
Pues no. Yo ya me he cansado. Y mi obsesión está tomando cuerpo. Ya tengo prevista la fecha en la que pondré fin a mi vida.
Es curioso... Mi miedo a la muerte, sobre todo a la ajena, siempre me ha hecho plantearme qué haría sin mi amado, sin mi madre o mis hermanos, sin toda esa gente a la que tanto quiero. Pero nunca me había parado a pensar cómo será su vida, vuestra vida, cuando yo ya no esté aquí. ¿Me echaréis de menos? ¿Me lloraréis? No quiero que lo paséis mal, que vuestra vida se detenga por esta decisión mía.
Así que he pensado, porqué no, que os vengáis conmigo al más allá. Podíamos organizar un suicidio colectivo, así en masa, y todo el que lo pase mal por...
... mi ausencia,
... la tuya,
... la de tu hermano,
... la del amigo de tu hermano,
... la de la madre del amigo de tu hermano,
... la de la amiga de la infancia de la madre del amigo de tu hermano,
... la vecina de la de amiga de la infancia de la madre del amigo de tu hermano,
... el compañero de clase del hijo de la vecina de la amiga de la infancia de la madre del amigo de tu hermano,
... mi etc.,
... tu etc.,
... el etc. de tu hermano,
... el etc. del amigo de tu hermano,
...
Y así hasta acabar con la raza humana. Pues eso, «suicidio colectivo». ¿Qué tal os viene el 8 de Mayo? Es que el día de antes no puedo, me hacen la resonancia.
viernes, 8 de abril de 2011
Esperanza de metro
En el vagón una gitana iba leyendo la buenaventura a cualquiera que le cediera su palma. Al arrancar la máquina tras la última parada, se agarró a la barra para no caer. Ya en marcha, asió la mano más cercana sin reparar en su propietario.
La gitana, concentrada, seguía cada línea de la mano:
―Eres una mujer afortunada, tendrás una vida muy larga, muchos hijos y un amor que no te dejará jamás.
Después de haber perdido a su marido, irse a vivir con su único hijo y con setenta recién cumplidos, Elena se llenó de nuevo de esperanza.
miércoles, 6 de abril de 2011
Los Ángeles
Perdí la fe en Dios cuando dejé de creer en los hombres. No puedo entender que alguien que así mismo se dice «humano» cometa actos tan atroces como el maltrato y el abandono. Si Él nos creó a su imagen y semejanza, debió mirarse con soberbia al espejo.
Pero hay Ángeles en la tierra, caminando entre nosotros, con un corazón tan grande que les convierte en verdaderos Humanos. Ponen un plato más a la mesa, se aprietan en su casa para dejar hueco a otros y, sobre todo, le dan a los indefensos la ley que merecen. Qué pena que sobre ellos recaiga la responsabilidad que algunos decidieron dejar en una cuneta, ahorcaron con su propia soga o arrebataron a golpe de escopeta sin piedad la vida.
A veces pesa demasiado ese trabajo y cuando la esperanza se escapa a la misma velocidad que la luz, cuando su lucha queda en pelea perdida, entonces la fuerza se transforma en rabia.
Sabrás que un ángel viste de luto cuando en días como hoy, cuando un corazón indefenso se detiene para siempre, las nubes ocultan el sol y el viento se para en seco. Verás que el Humano se torna en grises, se convierte en tormenta y derrama lágrimas de tristeza.
Tras la tempestad llega la calma y con ella la misma realidad. Sois los Ángeles quienes debéis continuar la batalla pues seguirá habiendo almas hostigadas por desalmados, sois la última esperanza de esta, nuestra raza mancillada.
Dedicado a Mª Luisa, de la Protectora de Malagón, y a su lucha por Ares.
martes, 5 de abril de 2011
Re-valoración
(Léase rápido, con cierta sorna y/o cachondeito...)
―Me caí. Sí.
―¿Te caíste?
―¡Vaya! Buen piñazo me di.
―No me digas.
―Ya te digo.
―¿Y qué?
―Pues aquí me tienes.
―¿Vas para mucho?
―Como poco otro mes.
―¿Y cuánto llevas?
―Ya van dos.
―¡Madre mía!
―La tuya y la de todos.
―Chica, qué paciencia.
―A kilos la fabrico.
―Pues sí, falta te hace.
―Eso y otras cosas.
―¿Y el médico?
―En su casa, supongo.
―¿Qué te ha dicho?
―Que vaya sin muletas.
―Pero llevas una.
―Toma, claro.
―¿Y la rehabilitación?
―Todavía esperando.
―¿Te han visto?
―Sí, unos cuantos.
―¿Y qué te han dicho?
―Que coja las dos muletas.
―Pero llevas una.
―Ya van dos...
―Una solo...
―Ni pa ti ni pa mí.
―¿Entonces?
―Me han llamado esta tarde.
―¿Para la rehabilitación?
―Sí, bueno no.
―¿Para qué?
―Para otra valoración.
―¿Otra?
―Sí, otra.
―Entonces...
―¿Entonces qué?
―Pues que no es valoración.
―¿Qué es?
―RE-VALORACIÓN.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Dolor de cabeza
Vino a quedarse para siempre a mi lado. No somos amigos a pesar de compartirlo todo. Si por mí fuera lo habría dejado fuera de mi vida hace ya mucho tiempo, pero no puedo, no sé cómo decirle que se vaya. Desespero cada vez que se empeña en manifestar su presencia; de nada valen los calmantes, la cama y el silencio. Mi dolor de cabeza es mi asesino constante, mi obscuro pasajero. Cuando viene a sentarse a mi lado solo queda esperar a que se canse de mis quejas, pero tiene más paciencia que yo. No sé cómo acabará esto.
sábado, 26 de marzo de 2011
Causas del cambio climático
Laura controla el tiempo. No las horas o minutos, sino las nubes y el sol. Solo ella decide cuándo lloverá, esos días en los que se levanta triste. Y en los días de tormenta se oyen voces y golpes en su casa; cuando se siente el portazo sé que ella escapa. Pero tras la tempestad no llega la calma, solo llegan más lágrimas. Aún recuerdo los días de sol, las tardes en las que podías encontrarla jugando con sus pequeños en el parque. ¡Qué lejos quedan ya! Y es que la soledad tiene mucho que ver con el cambio climático.
jueves, 24 de marzo de 2011
Amor eterno
Ahora, justo al final, quisiera decirte tantas cosas... Pero no queda tiempo, acércate, déjame ver la luz de tus ojos antes de que se apague la mía. Déjame entrar una vez más en tu alma y abrazarme a ti. Quisiera quedarme para siempre a tu lado, pero no puedo. Las voces del más allá me llaman insistentes, me ha sido mostrado el camino. Ha llegado mi momento, debo dejarte. Te esperaré al otro lado si realmente hay algo; si no, déjame permanecer en tu memoria hasta que el paso del tiempo considere oportuno. Te quise, te quiero, te querré eternamente.
martes, 22 de marzo de 2011
Déjame un beso
He amanecido inquieta, sola en la cama. No sé qué hora era, ya llevo varios días descuidando los horarios por causa de la escayola.
―¡Dichoso yeso! ¿Cuándo volveré a ser persona?― me digo cada mañana frente al espejo.
He agarrado las muletas y me he dirigido a la cocina. Queda la huella de tu desayuno: la taza vacía y las migas de la tostada. He recogido lo poco que había, arreglado a las gatas y vuelto un día más al sofá. Me he acoplado con cuidado porque ya empieza a dolerme la espalda de estar tanto tiempo sentada.
―¡Qué aburrimiento, por favor!―, desespero.
Las gatas me mira con cierto descaro, como sabiendo que no puedo correr tras ellas. Lo veo en la mirada de Java, que se acerca a las cortinas mientras me mira de reojo. Le he enseñado las zapatillas un par de veces y, de momento, parece que funciona la amenaza.
Las horas pasan despacio, tan lentas que casi puedo deletrear los segundos. Gris y Java se han acoplado una a cada lado de mi pierna inmovilizada y dormitan tranquilas, creo que me uniré a ellas.
De nuevo el mismo sueño: conocidos y desconocidos que se cruzan en conversaciones sin sentido, y de pronto tu voz. Esta vez suena más lejana, más pausada. Te oigo llorar, te oímos todos. Despierto. Los animales siguen durmiendo.
Hace ya un buen rato que no miro el reloj, no tengo ni idea de qué hora es y tampoco me importa, la verdad, no tengo prisa por ir a ninguna parte. Pero me gustaría que volvieras pronto a casa, este sueño me inquieta.
Gris levanta la cabeza y me mira.
―¿Crees que vendrá pronto a comer? ¿Pero qué hago hablando con la gata?
Ella me mira fijamente y emite un ruidito mientras bosteza.
―Ya, tienes razón.―Le digo convencida pues en su expresión he leído «Puedes esperar sentada».
¡Qué largo se hace el día entre la espera y la apatía! He intentado llamarte un par de veces, pero tu teléfono está apagado o fuera de cobertura, lo mismo que el de mi madre, el de mi hermana y hasta el de la cita del médico. Esto empieza a mosquearme. He mirado el correo y no hay nada nuevo desde hace un par de días, ni siquiera en Facebook. Nada, parece que el tiempo se hubiera detenido.
¿Estaré soñando? Esto cada vez se parece más a una pesadilla, y con los nervios he optado por tomarme alguna de las muchas pastillas que estoy acumulando desde hace algún tiempo. Sé que no debería, pero cada vez estoy más intranquila. A las gatas no parece afectarles mi estado, ¡qué envidia! Quisiera vivir como ellas, sin prisas ni obligaciones.
El relajante va haciendo efecto. Ha anochecido y no tengo ni hambre, ni siquiera recuerdo la hora de la comida; debe haberse pasado por efecto de las pastillas. Creo que hoy haré dieta obligada. Necesito dormir y olvidarme de ese horrible sueño con el que desperté esta mañana. Si llegas pronto, despiértame, quiero estar un rato contigo, necesito un abrazo de esos tuyos que tanto me gustan. Si no, ya te veo mañana. Pero déjame, al menos, un beso.
...
Hoy he pasado la peor noche de mi vida, entre sueños oía tu voz... De nuevo el mismo sueño...
lunes, 21 de marzo de 2011
Palabras
de sentimientos que fluyen en versos,
mezclados con la sangre y los pensamientos.
Son en distintos idiomas, tamaño o forma,
lo tangible, lo masticable y se atragantan
cuando provocan dolor y maltratan.
Son de cada uno de nosotros la muestra,
el desaliento, nuestro legado del pasado,
hacen y deshacen a su antojo.
Son la fe no dicha ni escrita ni pronunciada,
son pensadas y sentidas, anodinas o poderosas,
pero siempre imprescindibles, necesarias.
Las Palabras
martes, 15 de marzo de 2011
Para Bichi

tan suave, tan mimoso, tan pequeño.
Junto a mi corazón le llegó el sueño,
lo eterno de la muerte entre mis brazos.
Ha dejado en mi piel miles de besos
y miles de sonrisas en mi boca.
Su hermana está buscando como loca
al compañero amigo de sus juegos.
Le echaremos de menos cada día,
oiremos sus ligeras expresiones.
Hallaremos por todos los rincones
sus escondites llenos de alegría.
Parece incomprensible. Quién diría
que se unan tan distintos corazones.
Porque Bichi supo hacerse hueco en la memoria y el corazón de muchos...
miércoles, 9 de marzo de 2011
Adiós mi niño
Se terminó el sueño, la paz; comenzó el insomnio y la batalla. Ahora toca continuar el camino escribiendo cada línea con una palabra de menos: Bichito.
Ahora necesito tiempo para llorarlo, para hacerme a la idea de que se ha ido...
sábado, 5 de marzo de 2011
Aún soy vulnerable

Vamos, golpea, no tengas miedo. ¡Vamos! ¿Acaso eres un cobarde? Golpea donde quieras salvo en los ojos y en las manos... Rómpeme la boca si quieres, pero así no impedirás que siga diciendo lo que pienso; déjame sorda para evitar escuchar tantas sandeces, lo prefiero, pero recuerda que estoy entrenada para leer los labios; párteme las piernas si lo deseas, tampoco pensaba huir a ningún lado, estoy dispuesta a plantar cara y defender lo creo honesto.
Respeta mis ojos, los quiero para grabar en mi memoria tu rostro, y las manos para escribir mi venganza.
¡Vamos! ¿A qué esperas? No serás el último en golpearme y tampoco el primero. Estoy rodeada de embusteros, de fantasmas, de actores que saben fingir bien los sentimientos.
Los golpes y las mentiras ya no duelen, al menos por dentro. ¡Golpea de una vez! La única huella que quedará de tu ofensa será un cardenal que se irá con el tiempo, a mi corazón le puse coraza. Solo lo siento por aquellos que no llegaron antes, pues ya no habrá hueco para nadie, ni sentimiento alguno que alivie el vacío que ha quedado tras la traición amarga, el saberme despreciada.
Pero, ¿qué haces? ¿Ahora escondes el puñal? Venías a por mí, ¿por qué te lo piensas? No me digas que te he dado pena porque no es esa mi intención, todo lo contrario. Yo preferiría hacerte reír, que fueras feliz; y a pesar del daño, lo sigo queriendo para ti y para el resto. No más trampas, no me hagas un sitio en tu mesa no quiero compartir tu plato; se acabaron las buenas caras, pero no las buenas formas.
Te doy la última oportunidad: golpea. A partir de ahora pienso ir colocando cada pieza de la armadura hasta hacerme invencible, así que aprovecha que aún soy vulnerable. Cuando todo esto termine solo me faltará cambiar mi corazón por piedra, ¡hasta aquí hemos llegado!
jueves, 3 de marzo de 2011
Somos de madera

El bosque al que pertenezco es muy antiguo. Soy simplemente la rama de un árbol cuyo origen se remonta a principios del siglo pasado. Hay otros muchos, tantos que ya no nos conocemos entre nosotros a pesar de compartir el mismo espacio; solo los más viejos de la foresta mantienen en la memoria los nudos que los unieron.
Somos muchos viviendo en este ecosistema entre raíces, tronco y copa. Convivimos con otros seres vivos, respetándonos, dependiendo unos de otros, alimentándolos y refugiándolos cuando necesitan. Aportamos tiempo al planeta con cada nueva vida, con cada nuevo esqueje, y entregamos la sombra necesaria para el descanso eterno de aquellos que ya no volverán.
De un tiempo a esta parte el bosque se ha visto mermado, algunos huyeron arrancando sus raíces del suelo por miedo a morir despedazados, otros simplemente decidieron esperar y asumir su destino. Pero nosotros no... Todos mis iguales y yo decidimos unirnos y hacernos fuertes; fuimos enraizando nuestras ramas, acoplando cada brazo, ensamblando nuestras hojas en perfecta armonía para crear un muro que ningún mal sentimiento pudiera atravesar.
Así nació la leyenda del «Bosque Animado», ese que decidió alimentarse de los hombres que pretendían destruirlo. Lo que muchos no saben es que jamás nos deshicimos de nadie: asumimos a cada insensato como parte del sistema y le dimos una tarea para su propia supervivencia. Esperamos que algún día el Hombre entienda que él es uno más, un ser vivo con raíces y ramas, y todos formamos parte de la misma comunidad.
lunes, 28 de febrero de 2011
Rosquillas por correo
¡Qué buenas están! Es una receta antigua, aprendida de mi abuela. Saben dulce, a cariño, a todo el que le pone cuando las hace para los suyos. Tienen ese color de horno, tan cálido como sus abrazos. Saben a Gloria :-)
Con los dulces, ha mandado también una cuartilla con poemas; de todos, os dejo el que más me ha gustado, el que mejor la describe:
es muy aburrido,
yo no quiero ser normal,
ser raro es más divertido.
Hoy ha sido un día especial. Me mandó las rosquillas por correo porque esta tarde le tocaba pasar por quirófano y no podría venir este miércoles, como teníamos planeado.
Con la publicidad que le ha dado «la Aguirre» a su cáncer de mama, que ni mucho menos ha sido siquiera parecido a lo que está pasando mi madre, no hago más que rememorar todos esos momentos que hemos pasado a lo largo de estos 18 meses desde que nos dio la noticia. Han pasado muchas cosas, algunas buenas, otras no tanto. Y ahora, con el pie escayolado y en alto, no puedo estar con ella y eso me duele mucho, pero pienso en las ganas que tiene ella de cerrar este capítulo mientras me como una de esas rosquillas y... No me queda otra que esperar con paciencia a recuperar la normalidad para volver a estar a su lado. Y cuando llegue el momento habrá una pequeña diferencia: ambas estaremos recuperadas.
Una recuperación con rosquillas por correo siempre es mejor.
domingo, 27 de febrero de 2011
Querida Joaquina
Tu experiencia me ha servido en muchas ocasiones, tú hombro, más aún; y es que aunque no haya llorado en él, sí que me ha servido de apoyo en muchas ocasiones. Has entendido bien las razones de algunos sentimientos y resentimientos que venían golpeando mi corazón desde hacía mucho, me has escuchado cada vez que la rabia me hacía escupir esta desazón y, al fin, seguías ahí después de la tormenta.
De un tiempo a esta parte, desde que te uniste al gremio de los escritores, nos une algo más que las conversaciones habituales. Te atreviste a coger el papel y el boli, a destapar tu particular caja de los truenos y dejar salir mucho de lo que tenías dentro. Ahora que has mejorado notablemente tu redacción y caligrafía, escribes cuentos y versos, y hasta te has animado a escribir una novelilla.
Me siento orgullosa de ti, de tu valentía y de tu empeño. Tengo suerte de tener a gente de tanto talento cerca.
Te dejo, que tengo que preparar la cena. Disculpa si no es una carta al uso, es la primera que te escribo, espero que no sea la última.
Con cariño.
sábado, 26 de febrero de 2011
Mi reflejo
miércoles, 23 de febrero de 2011
Querida Rosa
Creo que no nos vemos desde septiembre u octubre del año pasado; en mi última visita os conté lo de mi padre y ahí se paró el tiempo en nuestra relación. En mi memoria, últimamente más de pez chico que de ballena, guardo la imagen a modo de instantánea, pero asociada a sentimientos, sonidos, olores. Es curioso cómo funcionan las cabezas.
A lo largo de todo este tiempo que nos separa han ocurrido muchas cosas, entre otras, lo de tu enfermedad y tu ingreso en el hospital. Cómo siento no haber ido a verte, pero mi ánimo no estaba precisamente en todo lo suyo en esos días. Os avisé a todas cuando mi padre murió y fuiste de las pocas que respondió a mi mensaje. Es curioso cómo funcionan los corazones...
Y ahora cuando parece que las aguas vuelven a su cauce, me veo postrada en el sofá, con las ganas que tenía de verte. Tenemos ese café pendiente, ya lo sabes, pero, si no te importa, podíamos pactar previamente de lo que no hablaremos: de enfermedad, de muerte y de tristezas varias, que bastante hemos tenido, ¿no te parece? Además, si como dices «quieres recuperar tu vida», espero de buen grado que me mandes a la porra en cuanto me veas :-)
Ayer mismo estaba pensando en la primera visita que mi marido y yo hicimos a tu consulta. Llevábamos a Gris, ¿recuerdas?, después de pasar su primer celo y con intención de que nos salvaras a los tres de aquel suplicio. ¡Menuda bronca nos llevamos! Y sobre todo, ese comentario tan tuyo mientras recogía al animal de la mesa: «Qué guapa es la gata, pero qué mala leche tiene la jodía»; eres quien mejor la ha definido siempre.
No sé si sabrás que este nexo que me une a ti, este hilo invisible (como mi madre lo llama) tiene fecha de inicio ―espero que no de fin―, el 11 de Agosto de 2009, cuando Peque se durmió para siempre. Hay algo en mi interior que me dice que en aquel momento se creó un vínculo entre las dos; después de un año de lucha constante para que mi gatín saliera adelante, ese día en el que ambas escribimos su final, sé que era la Rosa «persona» además de la «veterinaria» la que me agarraba de la mano mientras salía de la clínica para volver a mi casa con el trasportín vacío. ¡Cuánto te agradezco aquel gesto! No sabes lo importante que fue para mí.
Bueno, eso que había dicho que no tocaría ciertos temas, perdona. Tienes permiso para, cuando me veas, mandarme a la porra y darme un cachete, lo tengo merecido por ingrata.
En fin, que ya sabes lo que te dije en mi anterior mensaje: que te queremos, que te esperamos y que toda esa paciencia que no gasto en mis dolores de cabeza, la reservo junto con mis animales hasta que vuelvas a estar en guardia, porque ¿a quién mejor podría confiar sus vidas que a ti? ¿en qué manos mejor que en las tuyas pueden estar? Si hasta te confié mi integridad cuando fui a que me quitaras los puntos que me dieron en la pierna que, por cierto, sí que dolió, pero poco.
No me alargo más, no voy a darte consejos ni directrices, esta carta solo es para recordarte lo mucho que vales, lo mucho que me importas. Creo que conozco a pocas personas que se tomen su trabajo con tanta intensidad, con tanta fuerza y que, además, sean PERSONA con todas las letras.
Descansa amiga mía, que tienes a otra buena persona cubriendo tu baja, y descuida que los demás estaremos ahí cuando vuelvas al combate.
Un abrazo fuerte, tu amiga.
martes, 22 de febrero de 2011
Querida mamita
¿Sabes que tengo todas tus cartas guardadas? Sí, llevo años acumulando tus palabras y de vez cuando, cuando me entra la morriña, saco tu caja y las releo. Ya son muchos años separadas, desde el 98, cuando me vine a estudiar a la capital; y aunque he vuelto los fines de semana y los veranos, tu casa dejó de ser mía por aquel entonces, y más ahora que tengo la mía propia. Pero volver es importante para mí, estar contigo, sentadas en la mesa camilla de la cocina compartiendo tantas ideas mientras el cielo se torna en colores al atardecer.
No sabes lo que te echo de menos, eso que hablamos prácticamente a diario. Lo de poner el fijo en casa fue un acierto y más Internet. El teléfono es muy útil sobre todo cuando el proveedor te regala las llamadas a otros fijos, y la conexión a la red nos permite mantener otro tipo de comunicación, más íntima, compartiendo secretos que quedarán entre nosotras y Gmail. Pero no solo eso, las clases particulares que te doy cuando estoy por allí, esas que tanto te gustan y de las que siempre te quejas porque dices que no eres capaz de asimilar tanta información. ¿Qué no? Ya quisieran muchos tener tu iniciativa y tu capacidad de adaptación a ese sistema operativo llamado Debian que los windoseros solo ven como rarezas de frikis. Has aprendido a manejar su entorno, sus programas y el navegador; y con él, has aprendido a manejar el correo electrónico y has creado tu propio blog. ¿Te parece poco?
No te preocupes si olvidas algún detalle, es normal, a mí me pasa a diario. Ya sabes que para cualquier duda puedes llamarme a casa cuando quieras, además con mi lesión sabes que me pillas seguro; recuerda tener paciencia en los tonos que me cuesta moverme y tardo un poco en llegar al aparato.
No te voy a hablar de mi pie porque hay pocas novedades, te hablaré de mí en general. Sigo postrada en el sofá, cansada de no poder salir y con dolor de culo por no poder coger otra postura que no sea la de estar sentada. Me duele el tobillo, no tanto como al principio, pero sigue molestando para que no me olvide de él. Ya son 22 días así, con alti-bajos, es inevitable. Cada vez que tengo médico pienso que saldré de la consulta andando, pero después de la visita al especialista mis expectativas no están en su mejor momento.
Gracias, no sé si te las di el otro día, creo que no. Muchas gracias por venir con nosotros al hospital. No sabes la falta que me hacía vuestra compañía en ese momento. Y es que aunque mi lesión no sea cuestión de vida o muerte, me tiene a ratos sí a ratos no atrapada en la tristeza. Ya sabes que suelo tender al pesimismo y esto ayuda bastante. Aunque últimamente le he sacado un par de chistes a mi letargo, eso de: «aquí estoy con la pata estirada, que no estirando la pata». Hay que mirar el lado positivo, si es que lo tiene.
Escríbeme pronto, quiero saber cómo estás, pero sin disimulos y palabras justas. Ya sabes que estoy contigo en todo lo que hagas, salvo los deportes de riesgo que ya tienes una edad. Los recitales de poesía, las maratones de lectura, las charlas de filosofía y, sobre todo, las actividades en las amas de casa; asiste a todo eso y a más, si puedes. Aprovecha ahora que no te espera nadie en casa, ve a todo lo que te guste, a todo lo que te haga feliz; disfruta de la vida que para eso está. Y escribe, saca tus libretas improvisadas, esas que te montas con papel reciclado y un poco de lana; prepara el boli y empieza, yo estoy impaciente por escuchar cualquier nueva idea que se te ocurra.
Lo malo de escribir aquí es que no se acaba el folio... Y no es que quiera acabar ya la carta, pero espero visita, así que, de momento, lo dejamos hasta que me respondas o mi pie dé síntomas de dejarme volver a andar ;-)
¿Recuerdas cómo acababan tus cartas sobre papel? Con besos, muchos besos, pequeños y apretados por falta de espacio.
Tu hija que te quiere...
Cartas. Justificación
Una lesión que te paraliza, que te deja anclado entre cuatro paredes, da mucho que pensar.
Hablo a diario con mi madre y algunos días con mi hermana, chateo con mis amigos e intercambio correos con contactos a los que hace más tiempo que no veo. Y escribo, escribo mucho, sobre todo «tontás», que no «tontadas» (no aspiran a tanto mis ideas).
Así que he decidido escribir cartas porque me gusta y creo que es una de las mejores costumbres que llevo tiempo sin poner en práctica, lástima que no pueda reflejar mi letra tal y como es, tal y como soy; cómo aprovecho el folio y tuerzo muy recto.
Candidatos para el primer destinatario tengo algunos, son todas esas personas a las quiero y admiro incondicionalmente, pero no son muchos, la verdad. Quiero a mucha gente, admiro a otros tantos, pero que aúnen ambos sentimientos...
La primera no podía ser otra que mi madre, la que me indicó el camino hacia las palabras y despertó mi interés por plasmar en tinta cuentos e historias que puedan conmover a otros.
Justificación.
La quiero por muchas razones: es mi madre, mi mejor argumento. Quien la conoce, me entiende perfectamente. Si por cada muestra de cariño que recibe arrojara un vaso de agua a una balsa, esta se transformaría en océano antes de acabar de escribirle. La quiero con todo mi corazón.
La admiro por muchas razones: es una artista, creativa, actriz, intérprete, tiene ese talento genial de llegar al corazón de la gente a través de todos sus sentidos. Es valiente, una superviviente. Es hija, hermana, madre; todas las relaciones que puedas establecer y por las que muchos firmaban para estar al menos una vez cerca de ella.
Podría escribir largo y tendido sobre ella, pero esto no es más que una justificación.
Después vendrá Él, mi compañero, amigo y amante. A quien quiero y admiro en otros sentidos, pero con la misma intensidad.
Y después de él podrías ir tú...
domingo, 20 de febrero de 2011
La lluvia

Me gusta oír la lluvia, casi la siento cayendo sobre mi cara.
Abro la ventana, pero no miro hacia fuera, solo hay un patio cerrado de tristes paredes.
Prefiero cerrar los ojos y volar, dejarme llevar por el sonido del agua golpeando sobre los cristales, navegar por el dibujo sinuoso que deja la estela de cada gota y esperar la caída.
Llegar al final, a lo más profundo, atravesar la tierra y alimentar las raíces.
Y me siento privilegiada, saciando su sed.
Soy agua, el elixir de la vida.
Soy fresca, nueva, como estrella naciente.
Y transformaré la luz en arcoiris cada vez que me sonrías.
jueves, 17 de febrero de 2011
La alegría de la huerta

No sé porqué la mayoría de la gente insiste en que «la alegría de la huerta» es esa persona optimista y alegre cual tomates o pimientos en pleno desarrollo, con su color y su aroma en todo lo mejor... Yo más bien prefiero el sentido irónico de la expresión, ese en el que el susodicho es un ser aburrido que solo genera tristeza, cual espantapájaros en el centro del edén, siempre en la misma postura, vigilando y cuidando de las hermosas verduras.
Pero, ¿por qué no ambos aspectos en un mismo ser? Y es que últimamente me siento como ese pobre mamarracho: siempre en la misma postura, con la pierna estirada y el pie en reposo, vigilando de mis bichos y cuidando que estén bien; y a la vez, soy la alegría, la que le da vidilla a este reino mío de 67 metros cuadrados :-)
Debo encontrar la parte positiva de mi lesión, ¿no?
lunes, 14 de febrero de 2011
Cuánto habré de esperar...
Me siento como un tiesto de flor ornamental, regada de vez en cuando con algo de cariño y el calor de mis gatas para recordarme que sigo viva. Se acoplan sobre mi lecho, caminan a mi paso y duermen acompasando nuestras respiraciones. Pero eso no me alivia el corazón.
Quisiera que alguien me dijera qué demonio se ha acoplado a mi tobillo, ese tan caliente y redondo... Quizá sea un pequeño astro, incubando en el sitio equivocado. Lo único seguro es que me sigue manteniendo atada a mi sombra y postrada en el recuerdo, sin saber cuándo podré recuperar mi altura.
jueves, 10 de febrero de 2011
No quiero seguir lloviendo

Maya se asomó a la ventana; la tarde estaba gris, fresca y algo removida por el viento. Apoyó ambos brazos en el alféizar evitando la pintura levantada por la humedad y dejó caer la barbilla sobre sus manos cruzadas.
―Maya, hija, cierra la ventana, entra frío.― Indicó la madre mientras terminaba de estirar el edredón de la pequeña cama.
―Mamá yo sé lo que hay más allá del cielo, más lejos que las estrellas...
La mujer se detiene un momento y se sienta en el borde del colchón con cuidado. Observa a su hija que, mientras juega con el vuelo de su falda, no cesa de mirar hacia fuera.
―Dime cariño, ¿qué crees que hay allá en lo alto?
―No lo creo mamá, estoy segura. Allí está papá y nos mira todo el tiempo.
La mujer saca un pañuelo del bolsillo y limpia las lágrimas en silencio, evitando que su hija perciba su tristeza.
―Es posible, todo es posible...
Comienza a llover; es una lluvia fina y suave que llevada por el céfiro termina sobre la niña. Maya imagina las manos de su padre acariciándola y sonríe, pero no es más que el agua recorriendo sus mejillas. Después de un rato bajo la llovizna, cierra la ventana y se queda allí, mirando hacia el infinito, secando la mezcla salada del agua y las lágrimas que se le han escapado.
―Papá te echo de menos, te quiero y te querré siempre, pero no quiero seguir lloviendo.
miércoles, 9 de febrero de 2011
El peso de mi dolor
Pero, ¿cómo se cuantifica el dolor? ¿Cómo se mide la tristeza que provoca?
Podría medirse en tiempo: doce días de reposo, con el pie en alto y aguantando el roce de la escayola que ha provocado otras moraduras nuevas. Doce días con todas sus horas aguantando esta condena que por ahora no concreta su fin.
Quizá en espacio: todo ese que ha quedado libre de puertas para fuera. Todo este espacio que ahora ocupo en mi casa: el sofá y la cama.
Y el dolor: hormigueo, puntazas, escozor; la agresividad de mis terminaciones nerviosas tienen muchos nombres, pero es peor el dolor subjetivo, ese que relaciona al individuo con el tipo de lesión. Intento modular mi dolor percibiendo el sufrimiento como algo pasajero, pero estoy aquí y ahora, y en este preciso instante mi dolor pesa como tanto como mi desesperanza.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Poemas de escayola
Solo habían pasado unos días desde mi absurdo accidente, desde la caída que me había confinado en el encierro de mes y medio de rotura. Seis semanas con suerte, según mis amigos, porque esas cosas siempre suelen alargarse.
¿Alargarse? ¿Más aún? Solo pensarlo me ponía los pelos de punta y notaba como chocaban con mi carcelero. Tenía que haberme depilado, pero claro, cómo le decía al técnico de emergencias que me diera unos minutos para arreglarme cuando el tobillo se me hinchaba por momentos.
Total, que allí me encontraba sin muletas, moviéndome por el piso con la silla de despacho que tiene ruedas y lavándome a lametazos, como los gatetes. Con tanto tiempo libre, decidí meterme en este espacio indeterminado que es Internet y navegar hasta ahogarme. De todas las cosas que aprendí fue a hacerme un perfil en Facebook y en pocos días ya disfrutaba de la «compañía» de cientos de amigos. La verdad es que en persona solo conocía a diez o doce, el resto era como aquella canción de Objetivo Birmania en la que rezaba: «los amigos de mis amigas son mis amigos».
Obviamente el tema central de todos los comentarios era mi caída, mi torpeza y mi escayola. Y cuando Cristina dijo aquello del poema, me puse a escribir como una loca, pero no directamente sobre el lienzo; primero debía redactar el borrador. Así que abrí el editor de textos, a la vez que compaginaba mis tareas de amistad y búsquedas en Google, y empecé a escribir todo aquello que se me venía a la cabeza. Escribí sobre mi caída lo primero, con mi desacierto como protagonista; versos sobre el amor que le profeso a mi madre; palabras de desafío, miedos, risas, recuerdos. Salió una extraña y extensa amalgama de ideas que, para mi sorpresa, cuando estaba dispuesta a perfeccionar mi letra, ya había llegado la fecha de retirar la cobertura así que me quedé sin muro donde desnudar mi alma pero gané algo a cambio: tiempo y un millón de versos.
lunes, 31 de enero de 2011
Fuera de cobertura
El sábado pasado salí a comprar, eran ya las siete de la tarde y había anochecido. Me resulta una tarea tan tediosa, tan aburrida, que la única manera de hacerla llevadera es oír música durante el proceso.
Aproveché para echar el reciclado, ese que se acumula más rápido que el polvo. Llevaba las dos bolsas en la mano derecha y con la izquierda buscaba el guante para tenerlo a mano en cuando echara los residuos en su correspondiente contenedor. Una vez terminado el trabajo, me dirigí a la acera de enfrente decidiendo cuál era la música más indicada para esa fría tarde de invierno.
Supongo que sería la faena en la que estaba inmersa y una mezcla de circunstancias favorables: oscuridad, silencio y soledad, lo que hizo que el destino decidiera jugarme una mala pasada.
No es que mi calle sea de lo más bonita, más bien diría lo contrario; ni siquiera está bien iluminada, es una calle vieja con viejos que la hacen aún más lúgubre; y esa acera, desordenada y desproporcionada acompañan al asfalto y su fatal desenlace. Cuando faltaba apenas un metro para llegar al bordillo, cuando por fin sonaba la música precisa, Beethoven con su quinta sinfonía (a la cual le he cogido cierta manía), ese primer movimiento, entonces caí.
Caí desplomada al suelo, hincando la rodilla izquierda y apoyando las manos en la acera para impedir que la caída fuera hasta el infierno mismo. El instante se hizo eterno entre las cuerdas y los clarinetes sonando a toda mecha. El dolor se extendió rápidamente.
Estaba sola, me senté en el borde para comprobar que conservaba todo mi cuerpo y la indumentaria correspondiente, y las cuerdas y los clarinetes insistiendo.
Nadie me vio caer, nadie me vio levantarme. Un muchacho que venía de lejos se percató de mis movimientos torpes y doloridos, pero no dijo nada, continuó, como las cuerdas y los dichosos clarinetes.
Volví a casa porque estaba sin móvil y al llegar a la puerta me di cuenta que tampoco llevaba las llaves. No apagué le reproductor hasta que Beethoven acabó de machacarme con sus allegros marcando el ritmo de mis palpitaciones y ese dolor que se hacía cada vez más insoportable.
Cuando acabó la música y solo entonces dejé de castigarme por mi torpeza y llamé al timbre.
lunes, 24 de enero de 2011
Disponibilidad 24 horas a precio de saldo
La costumbre, la rutina, el silencio de las mañanas reina mientras ejecuta su trabajo como cualquier otro día, sin hacer ni un solo ruido para no despertar a los suyos. Hasta el más mínimo paso inseguro podría despertar al dragón y no queremos eso, ¿verdad? Vuelve a sonreír, forzada, mientras resuenan las palabras en su cabeza... «No queremos eso...». ¿Quién lo querría?
Lleva sumida en la condena, a su sombra y bajo su yugo 32 años; «ya es bastante, ya he cumplido», se dice así misma mientras termina de preparar el almuerzo de su hijo menor.
Hoy es el día indicado, Samuel hizo la semana pasada los 18, ya no depende nadie de ella.
Estuvo ahorrando todos los céntimos que podía sisar de las compras durante años y ayer salío a comprarse un vestido bonito y los tacones que vio en las rebajas. Le ha dado hasta para pasarse por la pelu y arreglarse el peinado, pero sin tapar las canas, símbolo inequívoco del paso de los años. «Por cada cana una ostia, un insulto, un desprecio, un empujón...», dice ella por lo bajo mientras la peluquera levanta los mechones y recorta las puntas empeñada en convencerla para tintarla de morena.
―No, hermosa, las canas para mí son como cicatrices, deben permanecer en la memoria de todos, ―aunque nadie sepa a qué heridas corresponden dice para sí.
―Bueno, mujer lo que usted mande―, replica la peluquera.
Otra clienta que andaba ojeando una revista le dice a voces: «Sí, será la primera vez que haces lo que te dicen, porque...». Esta vez Ana ríe con fuerza, lo necesita.
Volvió a casa ilusionada. Guardó el vestido donde su marido no pudiera verlo y se cubrió la cabeza con un pañuelo para disimular la permanente.
Pero hoy es distinto. Ha terminado sus tareas, ha recogido todo el piso, ha dejado la comida hecha. Todo está preparado.
Desde que todos han salido a sus clases y sus trabajos, Ana se ha dedicado todo el día a repasar las fotos de los antiguos álbumes. Ha seleccionado la más entrañable de cada uno de sus hijos y en el reverso les ha dedicado algunas palabras; después las ha dejado en sus camas, sobre la almohada. Es la despedida perfecta.
Apenas ha comido, está impaciente. Se atusa un poco el pelo y se coloca el vestido; habría que hacerle algún arreglo, pero ya no hay tiempo. Ha sacado las viejas pinturas que un día le dio su hermana y se ha maquillado despacio y con esmero. Se mira al espejo y como si fuera una adolescente en el día del baile de fin de curso, se mece a un lado y a otro, y da un par de vueltas para comprobar el vuelo de la falda. ¡Qué pena no poder volver a usarlo!
Miró la información necesaria en Internet, se tomó su tiempo. Preparó un vaso de agua y todas las pastillas necesarias y fue tomándolas despacio, una a una...
―Esta por mamá, porqué no te haría caso el día en que me avisaste que podría acabar así.
―Esta por papá, que aguantaste en silencio todo mi sufrimiento.
―Esta por...
Y así, hasta que empezó a sentirse mareada. Se fue a la cama, tambaleándose. Es el momento.
―Esta por ti Javier, grandísimo hijo de puta, que me has tenido durante 32 años a disponibilidad completa, hoy se acaba el horario, ya he cumplido.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Su séptima vida

No sabía cuánto tiempo más aguantaría, hacía mucho frío y las noches cada vez se hacían más complicadas en la calle. Mamá me había dicho que volvería, que no estaría solo en mi primera Navidad, pero por más que buscaba no daba con ella. Decidí que aquella sería la última puerta a la que llamaría esperando encontrarla.
Una niña de unos diez años abrió la puerta. Yo puse la mejor cara que tenía para estas ocasiones, estaba bien aleccionado:
* Regla número 1: girar ligeramente la cabeza hacia la izquierda.
* Regla número 2: agachar las orejas lo máximo posible.
* Regla número 3: dilatar las pupilas hasta hacer mis ojos tan redondos como la luna llena.
―Mamá, ¿puedes venir?―, gritó la niña sin dejar de mirarme.
Al instante apareció ella, la reconocí desde el primer momento: su pelo negro y esos ojos dulces. Empecé a temblar de emoción, casi no podía tenerme en pie y cuando quise reaccionar caí desmayado allí mismo. A pesar de mi inconsciencia pude notar sus manos cálidas recogiendo mi cuerpo del felpudo. Sí, estaba seguro, había vuelto a su lado...
―Mamá, ¿podemos quedárnoslo? ¿Podemos?
―Cariño, no sé, habrá que esperar a que llegue tu padre, a ver qué opina. De momento le prepararemos una cama y un plato de leche para cuando despierte.
Mamá me envolvió en una mantita y me tuvo en brazos un largo rato; yo me hice el dormido, quería disfrutar de ese momento todo lo posible. Madre me mecía, no sé si intencionadamente, y canturreaba algo que me era familiar, era su nana-ronroneo que tantas veces me cantó de bebé. Humedeció un paño y me lavó suavemente como solía hacerlo. Desperté, no tuve más remedio, no pude evitar sonreír durante el baño.
―Elena ven, ya ha despertado.
La niña se acercó y me tomó entre sus brazos... «¿Podemos quedárnoslo? Porfa, porfa», insistió.
Madre me recogió y me acercó a su cara, rozó su nariz con la mía y dijo: «Sí, se queda».
Aquella fue la primera vez que dormí en casa, que volví con mi familia. Mamá en su séptima vida se había reencarnado en la mujer que desde entonces cada noche al acostarme me susurra al oído: «Nunca más te dejaré».
jueves, 23 de diciembre de 2010
El problema de la construcción
Esta tesela, que se me antoja de la clásica arcilla roja, me hace saber de sus picos cada vez que me muevo y como si de un corredor de fondo se tratara, recorre mi cuerpo en todas direcciones un dolor incansable que me deja baldada.
Pero por fin superé el fin de semana y visité a don médico que amablemente me recetó calmantes. Ojalá me dieran una solución que no tuviera forma de pastilla, una forma de acabar con este fenómeno del ladrillazo.
Y siguiendo con este símil... Estoy yo pensando que quizá el día que deje de pagar hipoteca, deje de dolerme la espalda. Lástima que me haya casado con Caja Madrid durante un tercio de mi vida, tendré que seguir recurriendo a las drogas para limar los picos del ladrillo.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Soñadora de vidas
Hasta hacía poco solo había tenido un par de experiencias muy breves, sueños tan ligeros que apenas recordaba al despertar, pero con la reciente muerte de mi padre la sensación se ha agudizado. Anoche mismo, en el duermevela que precede al sueño nocturno, mis gatas que llevaban un tiempo enredándose a los pies de la cama, se detuvieron de pronto. Oí a Java gruñir, las dos se agazaparon al mismo tiempo y empezaron a temblar de miedo. Sus sentidos me avisaron, abrí los ojos y lo vi allí, en mi habitación, en la esquina de siempre. Todos se aparecen en el mismo rincón...
Ahí estaba él, era un muchacho joven, demacrado, con los ojos inyectados en sangre. Jadeaba al mismo ritmo que se agitaba de un lado a otro. Clavó su mirada en la mía y antes de que pudiera reaccionar se lanzó sobre mí. Me volví hacia un lado y me tapé con la manta como si pudiera protegerme de algo. Me despertó mi propio grito de terror, las gatas ya no estaban allí, no había nadie.
Quisé que mi marido hubiera oído mi quejido, pero debía tener la puerta del despacho cerrada. Pensé incluso en levantarme, contarle lo sucedido y buscar algo de consuelo en sus brazos, pero me pudo el sueño y con el poco valor que me quedaba mullí mi almohada y eché un vistazo más a la habitación antes de apagar la luz.
Volví a dormirme y comencé un nuevo sueño. Recuerdo un jardín y un mirador con balacines de madera y cojines bordados. Yo era más joven, llevaba un vestido a lo Mariquita Pérez; todo acompañaba: el sitio, la luz, el ambiente y el resto de las personas. Llevaba un rato jugando con otros niños cuando se acercó él. Me tomó de la mano y me llevó hasta el banco más cercano, uno que miraba hacia los rosales de los que ahora, después del día entero, aún soy capaz de percibir el olor.
Al principio no lo reconocí, estuvimos un rato sentados, mirándonos sin mediar palabra. Cuando por fin se atrevió a hablar, lo primero que hizo fue darme las gracias. No entendía a qué venía aquello, pero para qué, simplemente era un sueño. Y él, que pareció percibir este pensamiento, enseguida reaccionó:
― ¿No me reconoces?
― Pues no, lo siento, ¿debería?
― Siento haberme presentado así en tu habitación, no pretendía asustarte. Alguien me habló de ti, de tu poder y necesitaba volver aquí, reencontrarme con los míos.
Soy «soñadora de vidas», debería acostumbrándome, lo único que espero es que no se hayan enterado muchos más espíritus y, sobre todo, que el próximo que venga no me dé otro susto como el de anoche.
jueves, 25 de noviembre de 2010
La leyenda de doña Inés de Albizu y Martín de Vera
¡Cuan grande sería su desdicha al verse siempre tan sola...!
Sabed de doña Inés que, aparte de belleza, poseía otras grandes cualidades. Era distinguida y honrada en su carácter, educada en sus formas y digna hija de linaje y condición por su ascendencia noble.
Pero lo que alimentó la leyenda de esta dama no fueron sus virtudes ni su fama, sino su tendencia a vestir siempre de luto. Y es que algunos desvergonzados se empeñaron en asociar su nombre a una leyenda negra: todo caballero que la pretendía, caía muerto a sus pies. Y no estaban faltos de razón porque así era; durante sus años mozos todo aquel que osaba cortejarla yacía finalmente bajo su balcón. Algunos deslenguados pretendieron acusarla de tal despropósito, pero todos la defendían porque, ¿qué razón tendría para acabar con la vida de sus pretendientes sin tan siquiera haber amado?
Fueron muchos los que tomaron la iniciativa de asomarse a su balcón cual caballero parte a la batalla portando armas y escudos, quizá para defenderse del lado desconocido de la belleza de doña Inés. Pero toda armadura fue en vano y uno tras otro fueron cayendo cual flores marchitas en su jardín.
Fue así como se forjó la leyenda de doña Inés de Albizu y Martín de Vera.
...
Pero un humilde servidor conoce toda la verdad, así que dejadme que os desvele el gran secreto que ocultaba aquella dama.
Supimos de su belleza por lo que algún trovador anónimo se empeñó en convencernos.
Nadie se preguntó jamás porqué ni su propio padre, que tanto la amaba, presumía de un retrato de ella al igual que de las otras hermanas. Dicen los rumores que era para salvaguardar su belleza, pero os aseguro que había un motivo más oscuro tras esa decisión.
Nadie jamás osó siquiera apartar el velo negro de su rostro para asegurarse de la leyenda.
Y es que no existía tal belleza; la pobre Inés era fea, pero fea fea y es muy probable que fuera su padre ese trovador desconocido que con intención de proteger su linaje ocultara la feúra de su hija.
Pero, ¿cómo habrían de morir todos aquellos caballeros? Porque es bien cierto que hasta su balcón trepaban y ella, deseosa de amar y ser amada, se dejaba agasajar hasta que en un arranque de locura se destapaba el rostro y los jóvenes ante tal sorpresa perdían el equilibrio y erraban al intentar agarrarse a la baranda acabando con el fatal desenlace que todos conocemos.
Pobre doña Inés, acabó siendo hermosa sin serlo y más sola que si hubiera sido fea como era.
viernes, 19 de noviembre de 2010
Vuelvo en breve
Nada presagiaba su fin. El día había sido como otro cualquiera: rutinario. Madrugar, llevar a los niños al colegio, recoger la casa, hacer la compra... Todos los días las mismas tareas, todos los días los mismos sentimientos. Y es que Adela se sentía sola a pesar de su matrimonio y su familia. Su marido se había vuelto silencioso y pasaba más tiempo fuera que dentro, y cuando compartían mesa parecían auténticos extraños. Sus hijos, ya en la E.S.O., empezaban a necesitarla cada vez menos.
Adela se sentía fuera de lugar. Salió de casa sin destino, ¿o quizá sí? Después de un rato de calles sin nombre, de plazas vacías bajo una lluvia fina que calaba hasta los huesos, levantó la mirada y sonrió. Decidió a dónde ir y casi corriendo se dirigió hacia el puente peatonal que cruzaba la vía del tren. Según se iba a cercando iba acelerando el paso, inconscientemente, hacia su fin. Ya en lo alto, se detuvo. Miró al infinito y sin pensarlo dos veces se arrojó a la vía justo antes de que pasara el regional con destino Madrid.
Nadie la vio, nadie se dio cuenta de su decisión. En su casa no la echaron de menos hasta el día siguiente.
Adela se fue sin decir adiós, pero antes dejó las camas hechas y la cena preparada, y sobre la mesa, una nota que rezaba: «Salgo a dar una vuelta, vuelvo en breve».
lunes, 8 de noviembre de 2010
Silencio, se ha ido.
La muerte se lo llevó al fin el miércoles pasado obligándonos a perder el rumbo de los días, apagando nuestras risas por un tiempo prudencial. Hicimos un esfuerzo por recordar lo bueno, sentándonos todos juntos a la misma mesa. Pero todo fue en vano, a día de hoy seguimos callados.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Creía de la muerte...

La pensaba humilde, la esperaba comprensiva. Siempre la imagino agridulce, regalándonos un final sin dolor, paliando la falta del ser amado o llevándoselo para aportar «nuevos» argumentos.
Pero no, la muerte es cruel, es egoísta y maliciosa. Ayer la vi, junto a su cama, agarrándole el corazón con fuerza, soportando su dolor hasta el último aliento que, mientras no llega, alarga una agonía insoportable.
Él ya no conoce, no responde, no cavila. Se remueve sobre el lecho con palabras no dichas, masticando recuerdos que se escapan de su aliento, consumiéndose entre un dolor oculto por las drogas.
«Ese hombre de ahí no es mi padre». Dije en alto y mientras todos se volvían hacia mí castigándome con la mirada, distinguí los ojos de la muerte, satisfechos, convenidos, orgullosos... Y la odié.
domingo, 31 de octubre de 2010
Como la noche
Llegará como la noche, esperada, oscura y silenciosa.
Aguardamos el momento entre llantos y miradas huidizas,
sin querer reconocer que llega su final.
Tememos la hora en que todo termine,
en que su reloj se detenga y retrase los nuestros por un instante
el tiempo necesario para ajustar de nuevo las agujas.
Y la muerte, en su decisión irrevocable,
se lo llevará al fin sin miedo, sin dolor.
Quedaremos velando su cuerpo, recordando su memoria
a pesar de los pesares.
martes, 19 de octubre de 2010
La decisión de la parca
Apagamos las luces de la casa mientras la muerte siguiera rondando para evitar llamar su atención, si tenía que llevarse a alguien, que solo se llevara a uno, pero ¿cómo decidir a cuál?
Optamos por echarlo a suertes, pero el destino quiso que todos eligiéramos el mismo número.
Razonamos por experiencias y edad, pero todos queríamos seguir aprendiendo.
Debatimos largo rato sobre los motivos de la supervivencia, pero de nada sirvió; la muerte ya había tomado una decisión.
Resumiendo, solo perdimos un tiempo precioso discutiendo por un veredicto que no estaba en nuestras manos, en lugar de disfrutar de la compañía cada uno de nosotros.
La muerte nos llevo a todos por idiotas.
449
de ajustar a la Tumba
cuando Alguien que murió por la Verdad
fue recluido en la habitación de al lado.
Preguntó suavemente «¿Por qué has muerto?»
«Por la Belleza», dije
«Y yo por la Verdad ―Ambas son Una ―
Hermanos somos, pues», me contestó.
.
Y así, como Parientes que una Noche se encuentran
hablamos entre dos Habitaciones
hasta que el Musgo nos alcanzó los labios
y nos cubrió los nombres.»
Poemas a la Muerte, Emily Dickinson
Traducción de Rubén Martín
martes, 5 de octubre de 2010
II. Veranos de plaza y bocadillo de tortilla
Supongo que esta «memoria selectiva» de la que vengo haciendo gala ya algún tiempo se ha quedado solo con lo que realmente importa, con lo que aportó algo a mi vida.
Aquellos años de esa infancia «retardada» que para mí duró hasta los 16 quedó marcada para siempre por los veranos de plaza y los bocadillos de tortilla. No recuerdo ni las penalidades ni las carencias que entristecen a mi madre al recordarlas, solo me vienen a la mente 3 cosas: los juegos de plaza, mi abuela y el fin de mi infancia.
Los juegos de plaza, cuando era una plaza con setos, rosales y laurel; con árboles frondosos de los que siempre recogíamos algún gorrión de vuelo precoz, o de los que emergían auténticos batallones de caracoles tras la lluvia... Aquella plaza llena de padres y niños, de grupos de jóvenes, donde a mi entender cabíamos todos, aquel era el lugar más estupendo del mundo (os recuerdo que solo tenía 8 ó 9 años). Pasábamos los veranos jugando hasta que iban a buscarnos, organizando a todos los chavales que allí había. A veces éramos pocos, entonces tocaba escondite; pero en ocasiones llegamos a juntarnos más de 20, entonces tocaba pañuelo. Y entre carrera y carrera: bocadillo de tortilla. Recuerda madre: a mí con ajito picado :-)
Y mi abuela, falleció hace ya 7 años y todavía sigue muy presente. Hay quien dice que era como una abuela de cuento. Era tan dulce al hablar y sus manos pequeñas, tan suaves. Tan rítmicos sus andares y ese tang que nos preparaba en las visitas me estaba más rico cuando lo hacía ella.
Lo mejor, lo que aún rememoro cada vez que paso por delante de la ventana de su comedor era en esas noches de juegos en las que, a modo de tregua, nos íbamos todo el chiquillerío a su ventana y la llamábamos a voces: «abueli, abueli». Ella, casi de puntillas, se asomaba y nos dedicaba una de esas sonrisas que tanto alimentan, y nos echaba caramelos y bolillas de anís...
Tengo muchos, muchísimos recuerdos de ella, y la añoro mucho. No conocí a ninguno de mis abuelos, y a mi abuela paterna apenas la recuerdo. Ella, la Gloria «al Padre» fue una de las personas más importantes de mi vida, me siento orgullosa de todos sus logros y siempre será para mí un ejemplo a imitar en lo que a la iniciativa se refiere. Os podría contar mil cosas de ella y no solo desde el punto de vista del amor de una nieta, sino desde la admiración a una persona que crió sola a 7 hijos y sacó estudios por el placer de formarse.
Bueno, que me voy del tema...
Y el último recuerdo de aquella etapa, el que deja ese sabor amargo donde pierdes la inocencia de creerte querida. Mi hermana Marieta, para el que no lo sepa es una artista increíble, desde bien pequeña dio muestras de su don así que se apuntó a pintura. Supongo que ese fue el inicio de su autodestrucción como artista y el mío como la «oveja negra de la familia».
Una tarde, estando en Herencia de paseo con mi padre, se acercó un señor y le preguntó cuál de las dos era la pintora; mi padre señaló a Marieta, y el otro, muy educado, volvió a preguntar. «Y la otra, ¿qué sabe hacer?», a lo que mi padre respondió un despectivo «Nada». Nunca hubiera pensado que una palabra tan insignificante, solo 4 letras pudieran atravesar como cuchillos, hacer ese daño tan profundo. Aquel «nada» quedó grabado a fuego para siempre en mi recuerdo. Ojalá mi «memoria selectiva» fuera algo más eficaz y borrara todo lo que duele, aunque supongo que siempre deja la muestra para recordarnos porqué somos como somos.
Hasta los 14 años siempre deseé haber nacido chico. Me vestía y me comportaba como tal porque veía más atención de mi padre hacia mis hermanos varones que hacia nosotras, bueno, hacía a mí que no sabía hacer nada porque ya estaba mi hermana cargada de talento. Os juro que lo adoraba, lo quería con toda mi alma. Siempre estaba dispuesta a irme con él, lo admiraba porque todo el que pasaba a su lado tenía una palabra amable, debía ser una bellísima persona. Debía.
Mi decepción fue enorme, es enorme.
Ahí se acabó mi infancia. Se rompió el lazo de cariño que le había lanzado, que mantenía unida nuestra relación padre-hija.
Ahí empecé a ser yo misma, todavía con la lengua sin partir en dos, sin sacar el sarcasmo (supongo que aún no sabía ni lo que era eso). Creo, pienso, que fue entonces cuando empecé a hacer lo que me venía en gana, lo que me apetecía porque no veía que nadie se preocupara por mí.
Obviamente sé que no es así.
Qué le importa a los demás lo que lleve a mis espaldas
―Sí, iba cargada de melancolía.
―¡Qué mirada! ¡Qué andar tan pesado tenía!
―Da la sensación de que portara una gran carga.
―Ha dejado un reguero de tristeza a su paso, ten cuidado no vayas a pisarlo y te escurras.
―No bromees así, se la veía tan...
―Tan muerta.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Retomo antiguas cartas
Han vuelto esos sentimientos y la muerte a estar muy presentes. Reconozco una vez más mi cobardía, mi silencio, mi ausencia. Porque en ocasiones ―tantas― quisiera estar tan lejos...
No soy capaz de hilar, de continuar una conversación. Me pierdo tras la ventana, esperando el infinito. Y últimamente me embarga una sensación aún más rara: cada momento es un recuerdo, lo vivo trasnochado, me veo fuera de contexto y quisiera parpadear y que al volver a abrir los ojos no hubiera nada a mi alrededor. Deseo sin saberlo, deseo estar sola. Lo que no sé, lo que de verdad temo es saber si habré encontrado en lo más profundo de mi alma ese valor que entonces me faltó para acabar con mi vida.
En ruinas

Estoy en ruinas, cual casa vieja,
desahuciada por el tiempo y los recuerdos.
Me siento hundida, manteniendo la fachada,
pero hueca por dentro.
Atrás quedaron las despedidas
que anidaron como golondrinas.
Ya no hay espacio ni para la tristeza,
solo silencio, solo vacío.
Desalojé a mis sentimientos,
eché a mi corazón por dolerme,
me quedé solo con unas pocas fotografías
con rostros que no recuerdo.
Fluye por mis venas el agua fría
que aún riega unos pocos latidos
y cuento los segundos, los minutos,
las horas... Espero que no más
para que vengan al fin a dejarme a caer,
perderme por fin en el olvido.
lunes, 20 de septiembre de 2010
I. Infancia fugaz
Nací hace treinta y tantos años en el pueblo de mi madre, pero fue más por necesidad que por casualidad ya que donde vivían mis padres no había ni hospital. Vine a este mundo acompañada de mi hermana, Marieta, con la que he compartido mucho en estos años, de la que os hablaré más adelante y con la que comparto todos mis recuerdos porque quien me conoce sabe que siempre que relato algo de mi pasado, empiezo de la misma forma: «Cuando éramos chicas...».
Mis primeros años los dibujo en una casa grande, vieja y oscura. Las imágenes que guardo de ella son como forjadas en algún sueño y rellenadas después con detalles sacados de las pocas fotografías que conservan los álbumes de fotos. La casa de Herencia, la de mi padre, de sus hermanas, de su madre..., todo «su» porque siempre fue, ha sido y es así. De aquel lugar, conservo apenas dos recuerdos claros: la tortuga congelada y mi hermana cayendo por las escaleras.
La pequeña tortuga que se quedó dentro del cubo de agua en una noche que heló y al día siguiente apareció conservada en el centro de hielo. Recuerdo cómo mi hermano nos mostraba el cubo cogiéndolo del asa con cuidado e inclinándola el ángulo justo para que pudiéramos verla. Y mi hermana, Marieta, cayendo por las escaleras que subían al primer piso. Creo que estaba en la parte de arriba viéndola caer desde el quinto o el sexto peldaño, y al final, a mi madre con cara de susto. Es extraño recordar todo esto como si fuera un simple espectador, supongo que esta situación, el propio recuerdo está fabricado con las anécdotas que hemos oído contar tantas veces.
El resto de mis recuerdos de aquellos cuatro primeros años no son más que pinceladas: la cocina pequeña y llena de trastos, con el mueble de puertas azul y verde; una habitación alargada con varias camas y, quizá, una cuna al fondo. No conservo más.
Después nos trasladamos a Manzanares, creo que estuvimos un año o así, no tengo muy claras las fechas. Y de allí conservo también pocos recuerdos, pero sé que estos no son inventados porque están frescos, tienen luz y, si me apuras, hasta olores. El problema es que el piso en el que vivíamos se parecía mucho al siguiente en el que estuvimos en Alcázar, así que algunos de aquellos momentos no sé situarlos con claridad. Tendría que consultar.
De Manzanares guardo los primeros recuerdos nítidos de mi madre: apurada, nerviosa, siempre corriendo. Su gesto triste, su mirada, ya se quedó clavado en mi alma para siempre; pero entonces no caía yo en las razones de su estado. La recuerdo corriendo por el pasillo y un mal paso en un escalón que había en medio la hizo caer, se rompió una muñeca. Solo recuerdo verla caer, ojalá hubiera tenido entonces iniciativa suficiente para controlar la situación, haber ido yo a abrir la puerta y haberle ahorrado el disgusto. De aquel tiempo recuerdo también una nevada enorme que cayó y tener solo un par de botas de agua, así que nos turnamos mi hermana y yo para salir junto a mis hermanos y poder disfrutar de aquel momento... Cómo son las cabezas, pienso en aquel instante, me veo por la calle de la mano de mi hermano, es como si pudiera tocar la nieve, sonrío, no puedo evitarlo.
Y es allí también donde guardo el primer recuerdo amargo de mi padre. Tras la nevada, Marieta y yo habíamos hecho dos muñecos, que se me antojan perfectos, de nieve, en la ventana del pasillo; tenían todos los detalles, me veo junto a ella disfrutando del juego. Aquel día íbamos a alguna cita familiar, no recuerdo si era boda o comunión, y mi padre ante el juego rompió la cercanía de nuestras manos tirando de mí, y ahí se quedaron los muñecos, supongo que llorando. Cuando volvimos se habían derretido casi enteros y el disgusto fue tremendo, él se limitó a insultarnos. Por entonces teníamos cinco años. Aún intento encontrarle la gracia a su insulto favorito: «la tonta de los peines», supongo que sería por evitar decir «de los cojones».
Y de nuevo nos trasladamos, esta vez a Alcázar. Del primer piso en el que estuvimos, muy parecido al anterior, solo recuerdo colarme al dormitorio de mis padres y asomarme a su terraza porque era el mejor sitio para ver los arcoiris. Y el traslado al siguiente piso, el que ha sido nuestra vida. En la escalera de abajo, esperando a los porteadores de los trastos, estábamos mi primo Mariano y yo, compartiendo un chupachups ―cosas de niños―, él me lo quitó de un tirón y me arrancó un diente de cuajo. Bonito recuerdo para despedir aquel sitio.
La vida en el pasaje fue el inicio de mi vida. Esta infancia mía, esos primeros cinco o seis años, están, han pasado, pero apenas los recuerdo. Una infancia fugaz, entiendo que feliz, como debiera ser la de todos los niños. Y supongo que por cada día que pase, se irán borrando lentamente de mi mente todo lo que un día viví.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Camino de nuestro propio Oz
Nos esperan tiempos aciagos, plagados de brujas... Ya oigo los graznidos, los pájaros de mal agüero que tiempo a volaban en círculos sobre nuestras cabezas dibujando la tormenta que nos espera.
Y esto no es un cuento más, no. Es un camino que habremos de recorrer sin baldosas amarillas, pero con un hombre de hojalata que jamás conoció corazón. Tampoco somos Dorothy, pero sí buscamos Oz, en el fondo yo habría deseado encontrar a ese gran mago. Quien sabe, igual al final el truco estaba simplemente en golpear tres veces los talones de mis botas y repetir tres veces mi deseo
Te irás solo
algún atisbo de despertar sentimientos,
con la llegada de la tormenta
todos mis sueños se han quebrado.
Llevaba demasiado tiempo esperando
caminando hacia ninguna parte,
fabricando recuerdos de tu ausencia
para justificar este dolor que siento.
Ya no queda nada por hacer, nada que decir.
Porqué hablar si nunca escuchaste.
Porqué escribir si nunca leíste.
Porqué sentir si nunca quisiste.
Qué vida tan triste has llevado,
a la que nos has arrastrado sin más
por no estar solo en este fango
que ahora te atrapa sin remedio.
Pensé que al final tu dios te daría el valor
para mirarnos a los ojos y al alma
para confesarte y pedirnos perdón,
pero te irás como llegaste, solo.
lunes, 13 de septiembre de 2010
viernes, 3 de septiembre de 2010
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Rutinas
Podría decirse que soy el empleado perfecto. Desde el primer día he sido puntual, siempre al pie del cañón, jamás he pedido una baja ni he dejado de cumplir con mis obligaciones. Aun así nunca he recibido un ascenso o un incentivo, ni siquiera ese traslado que tanto deseaba. Me hubiera bastado una palabra de ánimo o, al menos, de agradecimiento. Pero nada, para los jefes no somos más que números en un listado.
No hace mucho se les ocurrió la brillante idea de contratar a un «experto en eficiencia». Como resultado de ese fantástico plan hubo unas cuantas clases de inglés para todos, nos dieron unas normas absurdas para aumentar nuestro «rendimiento» y, como era de esperar, prejubilaciones para los más veteranos y la llegada de sangre nueva, una panda de novatos, todos igualitos, como cortados por el mismo patrón. Llegaron más preparados y supongo que su soberbia ante alguien como yo era lo que les impedía ―y les sigue impidiendo― dirigirme la palabra.
Mi vida es una rutina insoportable. En la hora punta no me da tiempo ni a escuchar a los viajeros ―mi principal hobby para relajarme en los momentos de estrés― y en las horas de menos tránsito la gente sigue teniendo la misma prisa, va corriendo a todas partes y tampoco se paran a decirme nada. Me siento solo, nadie se percata de mi presencia. Ese es el principal problema: no me ven, no se dan cuenta de que siempre soy el mismo, en mi puesto, cada día durante años, el que les da paso a los andenes como quien abre una puerta hacia su destino.
―¡Buenos días! Good morning! ¿Qué tal se encuentra hoy? How are you? ―para algo tenían que servirme las clases de inglés.
―Buenos días a usted también. Pues bien, aquí estoy, trabajando un día más.
―Eso está bien, hay que levantar España.
―Sí, bueno, con el sueldo que me pagan.
... Invento conversaciones insulsas, establezco monólogos con mi sombra. Quien me oiga pensará que estoy loco, aunque con la fauna que normalmente frecuenta la estación seguro que paso desapercibido; ni cuerdo ni loco se fijan en mí.
Suma y sigue, again and again. Me da la sensación de que cada día soy más impersonal, menos humano. He dejado de prestar atención a las conversaciones ajenas. Las pintadas y los poemas me parecen vacíos y repetitivos y más bien se me antojan vandalismo que la expresión artística que se les atribuye.
Y así todos los días, la misma rutina. Para cada viajero compruebo su billete, el billete es correcto, «Puede usted pasar, que tenga un buen viaje».
Pensándolo despacio no está tan mal, podría decirse incluso que es un chollo: sin tener que moverme del sitio, sin grandes complicaciones, ideal para el pecado del perezoso: un trabajo fácil, Easy!
Es posible que alguno de los usuarios del metro me conozca. El día después de la última huelga mis compañeros y yo ocupamos un lugar destacado en la primera plana de los periódicos más importantes. Haga memoria, yo era el cuarto por la derecha en la foto de portada del ABC. ¿El motivo? Bien sencillo: nuestra estación se convirtió en el campo de batalla entre piquetes y policía. Debido a las consecuencias de la «contienda» uno de mis compañeros estuvo de baja durante bastante tiempo; sin embargo, nadie le dio importancia y al día siguiente todo siguió como si nada. Aquello me hizo pensar en el valor real de mi compromiso con la empresa; por suerte o por desgracia, soy de los que da muchas vueltas a las cosas. Este pensamiento recurrente me lleva atormentando desde entonces, ocupando mi mente, así que he tomado la determinación de hacer mi trabajo sin ocuparme de nothing more.
Y así todos los días. Para cada viajero, check the ticket, su ticket es correcto, «Puede usted pasar, que tenga un buen viaje».
Probablemente usted no lo sepa, pero la comprobación que hacemos de su ticket (o, mejor dicho, título de transporte, como lo llamamos en la jerga técnica del metro) podríamos decir que es bastante deficiente. Cualquier usuario espabilado podría engañarnos fácilmente con poco más que seguir un sencillo experimento de física de primaria. Basta con meter el billete unos minutos en el congelador y ni yo mismo podría darme cuenta de que es usado. Desde que los jefes han descubierto este pequeño truco, han estado pensando alguna forma de darnos el equipo necesario para que podamos detectarlo. En lo que a mí respecta no tengo especial interés en implicarme en el tema, pero bueno, el tiempo que les lleve darnos las instrucciones para el nuevo lector será al menos un descanso en el trabajo, que siempre es de agradecer.
Para cada viajero, with the new reader, check the ticket, si el ticket es correcto, «Puede usted pasar, que tenga un buen viaje».
Un nuevo día, inicio del sistema, diagnóstico de los periféricos, comprobación de la conexión con el servidor establecida, autenticación satisfactoria, todo correcto, iniciando rutina principal:
reader = new Reader();
for (Traveler traveler : travelers) {
if (reader.check_is_OK(traveler.ticket)) {
tourniquet.grant_access()
System.out.println("Have a nice journey " + traveler);
}
}
