miércoles, 1 de junio de 2011

Una decisión importante


Alicia seguía pensando en la pregunta que un rato antes le había formulado su madre: «¿Qué quieres ser de mayor?». Paseaba pensativa acariciando las flores y haciéndose preguntas en alto, suponiendo cómo sería ser veterinaria o maestra...
―Seré veterinaria; cuidé muy bien de los gatitos de Mificú cuando nacieron y le echo de comer todos los días a los peces del estanque, pero no me gustan los perros, me ladran siempre al verme pasar. El san bernardo gordo de la señora Aurelia ya me ha robado varias veces el bocadillo... No, creo que lo de veterinaria no va conmigo.
Cambiaba de opinión al mismo ritmo que caía la tarde.
―Ya lo sé, seré maestra y enseñaré a otros niños como yo a jugar al pillar, a saltar a la comba y a rezar a las cuatro esquinitas de su cama cada noche, pero no me gustan las mates, se me dan fatal las restas y mi maestra dice que es muy importante saber esas cosas... No, creo que tampoco seré maestra.
A Alicia se le agotaban las ideas.
―¿Y policía? Llevan un uniforme muy chulo y ayudan a las personas; el otro día un agente ayudó a mamá cuando un chico muy tonto le intentó quitar el bolso, pero no me gusta su cara, están siempre tan serios... ¡Jopé!
La niña golpeó el suelo con el pie enfadada. No le agradaba verse atrapada en ese dilema. Debía decidir algo ya, además siempre tenía una respuesta para cualquier pregunta que le hacían. «Mamá siempre dice que soy muy ocurrente», pensó, pero, ¿por qué no se le ocurría nada? Se dejó caer enfurruñada.
Después de un rato sentada a la sombra de un gran árbol, jugando con un palito a desorientar a una hilera de hormigas y deshojando margaritas, la niña se levantó sonriendo y echó a correr hacia el porche donde su madre tejía. Atravesó el amplio jardín sin percatarse de que el riego ya estaba encendido y llegó a la entrada de la casa con sus pequeños zapatos manchados de barro.
―Mamá, ya sé lo que quiero ser de mayor, ―dijo la niña llena de emoción mientras se apoyaba en las rodillas de la mujer.
Clara, que hasta ese momento trabaja concentrada en su labor, levantó la vista y la observó.
―Pero niña, ¿dónde has estado? ¿Has visto cómo traes el vestido? ¡¿Y los zapatos?!
Alicia se quitó inmediatamente los zapatos y los dejó en primer peldaño de la escalera, al tiempo que se sacudía la falda del vestido.
―Mamá, no te enfades conmigo. He estado toda la tarde pensando en lo que me has dicho.
La madre, que adoraba a su pequeña, le pidió que se acercara y le dijo con una amplia sonrisa en la cara:
―¡Sorpréndeme!
―Quiero ser palabra ―dijo firmemente la pequeña.
La mujer reaccionó sorprendida. Alicia era la pequeña de sus cinco hijos y ninguno de ellos, cuando les había planteado la pregunta, contestó algo similar...
―¿Palabra? Eso no es una profesión.― Respondió Clara con cariño para evitar causar una decepción a la niña.
―Sí, definiré cada acto, cada acción que las personas lleven a cabo y mi voz se oirá en todo el mundo. Llevaré la palabra «paz» a lo más alto y «respeto» a su pleno significado.
Alicia estaba encantada, gesticulaba exageradamente mientras relataba a su madre los argumentos que el día de mañana la convertirían en una gran «palabra». Su madre apartó la colcha de ganchillo en la que trabajaba y dejó las lanas en un cesto de mimbre a su lado. La pequeña se acercó a ella buscando una muestra de aceptación, sin dejar de sonreír, ilusionada. Clara la recibió en sus brazos con todo el amor del mundo y la subió con cuidado a sus rodillas.
―Pero, cariño... ―acarició la barbilla de su hija y dirigió su mirada hacia ella―, no se puede ser palabra.
La niña se separó por un momento, disgustada y a modo de reto le dijo a su madre:
―Vamos, ponme a prueba.
Clara dudó un momento; empezó a pensar en algún ejemplo que descuadrara a la futura profesional del léxico.
―Bien, veamos, ¿cómo sería «beso»?
Alicia le sonrió, se acercó a su madre y le dio un beso en cada mejilla.
―Veo que controlas el tema, ―dijo su madre mientras le dedicaba una mirada pícara―, probemos con otra... ¿Y «abrazo»?
La niña, como ofendida, volvió a ponerse en pie, firme y seria y le increpó a la mujer...
―¡Jo, mamá, me las pones muy fáciles, búscame algo más difícil!
―Bueno, mientras se me ocurre algo, ven y dame ese abrazo.
Alicia, haciéndose un poco la víctima, se acercó a su madre con paso lento y apretando la boca. Ambas se fundieron en un momento de esos a los que acompaña un somero contoneo al ritmo de sus latidos. Verlas allí, cuando ya solo quedaban en el cielo las últimas gamas de azul, era una hermosa imagen que a Clara le hubiera gustado capturar en una foto. Abrazaba a su hija con tanta ternura, y la niña suspiraba en su hombro mientras suavizaba el gesto de su cara.
Por fin, se apartaron la una de la otra. Alicia quedó frente a su madre y esta le dijo:
―Dime, futura «palabra», ¿cómo definirías este cariño que acabamos de darnos en silencio?
La niña titubeó. El reto era importante, eran demasiados sentimientos para englobarlos en un solo término.
Se volvió despacio y caminó durante un rato por el porche.
Micifú apareció por la baranda del fondo, seguida de dos de sus pequeños. Alicia que aún no encontraba la respuesta a la pregunta de su madre, se entretuvo con los gatitos.
―Cariño, vamos dentro a preparar la mesa.
―¡Espera mamá, por favor, esto es importante!― Dijo mientras dejaba de nuevo en el suelo a la gatita más pequeña de la familia.
Clara aprovechó para terminar de recoger los ganchillos y las lanas. Justo antes de terminar de plegar la colcha, Alicia se acercó a ella con paso firme.
―Lo siento, mamá, no puedo,― dijo la niña un tanto compungida―. No hay única palabra que defina todo lo que te quiero.
Sonrió a la mujer y volvió a sentarse sobre sus rodillas. Estuvieron allí un rato, a pesar de ser la hora de la cena. De pronto, el gesto de Alicia se tornó sereno, se ve que al fin había encontrado la respuesta a la pregunta que su madre le formuló a primera hora de la tarde. Y afirmó sentenciosa:
―Mamá, ya sé qué quiero ser de mayor, ―volvió a sonreír―, seré «silencio».
Clara se quedó aún más extrañada que antes, pero confió en su hija y la dejó continuar.
―Sí, seré «silencio», así podré decir mucho más sin tener que emitir un solo sonido.

martes, 31 de mayo de 2011

Perdida

Cristina se rindió. Se sentó sobre la arena, cansada de deambular por la playa en busca de una respuesta que no llegaba. Agarró sus rodillas y lloró en silencio mientras atardecía. Había perdido a su madre, su ser más querido. No podría volver a casa, sola. Trataba de distraerse observando a los pocos bañistas y paseantes que aún quedaban. Un hombre se acercó a ella, pensó que su príncipe azul venía a rescatarla...

―Hola, ¿te has perdido?

―Sí, estoy buscando a mi mamá.

El voluntario de Cruz Roja la cogió de la mano y le secó las lágrimas.

lunes, 30 de mayo de 2011

Tus versos entre mis cosas

Me dijo que me amaría siempre, pero entre nosotros se interponía algo más que la edad. Ni su familia ni sus amigos comprendían cómo pudo enamorarse de mí: una alumna veinte años más joven que él, con la cabeza llena de pájaros. Durante los primeros meses conseguimos hacer oídos sordos a todos los que se empeñaban en separarnos, y funcionó. Nos amamos, nos prometimos amor eterno.

Cuando ayer saqué del bolso una nota suya en la que rezaba «Encontrarás tus cosas entre mis versos, perdóname», supe que todo había terminado. El primer verso que me dedicó indicaba justo lo contrario.

Tus rimas

Derramas palabras en tus versos
regando las flores de mi vientre,
despertando de nuevo mariposas
sin ser de ello consciente.

¿Qué nos separa, dime?
Salvo la distancia y el tiempo.
¿Qué somos ahora, dime?
Sino amantes desconocidos
compartiendo un amor eterno.

De tus poemas surgen sentimientos,
¿o son el fin, origen de lo no-nuestro?

Y es que tus palabras, inocentes,
de las que no conozco ni su olor
son caricias complacientes
que ya forman parte de mí
dotando a mi alma de otro color.

Déjame entonces que confiese
sin más rodeos ni rimas
cuánta pasión despiertas
cuando viertes tu tinta.

domingo, 29 de mayo de 2011

El siguiente

Volvió a su puesto y presionó el botón mientras pronunciaba con la misma cadencia que el resto, «El siguiente».
Un muchacho alto de flequillo desmechado se sentaba frente a ella con cierta tristeza.
―¿Trae el impreso 35?
―Ni he oído hablar de él...
Ella, saltándose la norma de escurrir el bulto y pasarle el marrón a otro, decide buscar entre sus papeles el impreso citado. Sin mediar palabra, lo rellena y le añade los anexos necesarios para que al muchacho le den la ayuda que solicita.
Él sonríe y le dice: «Le deseo una vida larga y feliz».

La última palabra la tiene El Creador

Adela nació de los sueños,

mecida entre palabras y algunos versos,

mamó ilusiones y creció feliz

junto a otros de los cuales

ya no recuerda su nombre.

Fue protagonista de un sinfín de aventuras,

creció entre flores,

respirando fragancias de pasiones.

Maduró convirtiéndose en la mujer más hermosa.

Tuvo amantes, amores y desamores,

a los que entregó su corazón.

Decidió tomar rumbos inesperados

y a todos sorprendió

cuando decidió ir por su cuenta.

Pero el Creador es caprichoso

y por ese lance no pasó,

decidió castigarla y su vida terminó,

dejándonos el corazón desolado,

cuando Él pronunció la palabra:

«Fin».

domingo, 22 de mayo de 2011

Rima asonante

Y «amar, amor...» amando,
paseando por tus versos
renuevas mariposas en mi vientre.

Se despiertan palabras que olvidadas
en rima libre, desordenadas,
se empeñan en acceder
disfrazadas de verso asonante
a la rima más absurda
del desconocido amante.

La distancia entre los vocablos,
cada punto y a parte,
todas y cada una de las comas
como caricias suaves
recorren el folio de mi cuerpo en blanco.

¿Quién?

―Sara, no te vayas...
Ramón le rogaba a su esposa entre sollozos mientras ella agarraba fírmemente su maleta y salía por la puerta sin mirar atrás.

―Te lo ruego, te suplico... No me dejes.

La mujer se detuvo. Él sorbió con fuerza y se recompuso. Ella, sin volverse a mirarlo, le preguntó: «¿Por qué?». Ramón dudó solo un instante y respondió convencido:

―Te necesito, cariño ¿Quién mantendrá la casa? ¿Quién cuidará de los niños? ¿Quién me preparará la ropa cada mañana? ¿Quién hará la compra? ¿Quién llevará el gato al veterinario?...

―¡Pero mira que eres toooonto!

3, número de mal agüero

Sale todas las mañanas plantando siempre primero el pie derecho, evita pasar bajo escaleras y jamás acaricia un gato negro. Enrique es conocido entre sus amigos como Tyche, diosa griega de la suerte. Esto le cabrea más por el guiño femenino que por el cachondeito de la fortuna siendo como es un supersticioso de cuidado. Prefiere confiar sus pasos a la mística y la magia que atribuir los logros a sus méritos propios, y cuando las cosas van mal siempre tiene una explicación lógica: cuando cogió el ascensor esta mañana hizo más de tres paradas antes de llegar al bajo.

Nombres de amor


Amador, «dícese del que ama». Siempre pensó que sus padres quisieron vengarse de su inesperada llegada asignándole un nombre que él consideraba ridículo. Además, rozando los sesenta jamás había amado, no sabía de sentimientos ni tenía intención de buscar a sus años quien le guiara en ese campo. «¿Amar? Quién lo necesita», se repetía cada mañana.
Amada, «persona amada»; la más desdichada entre todas mis vecinas. Según ella, jamás tuvo tiempo para dedicarse a buscar a novio y con el tiempo se convirtió en una solterona.
Ambos viven puerta con puerta y por fin hoy se han cruzado sus miradas.

domingo, 15 de mayo de 2011

Maldigo la esperanza

Alimenté la esperanza que necesitabas, te regalé la que yo sentía; a pesar de mis buenas intenciones, quiso la suerte castigar con muerte su destino.
No quiero ni imaginar cómo has de sentirte. Parte de mi corazón está contigo, acompañándote en la tristeza del duelo y ofreciéndote cobijo.
Llora lo que necesites, ahoga el desconsuelo. Trae a tu memoria solo los buenos momentos y amárrate a ellos con todas tus fuerzas, aún te quedan.
Y perdóname, no debí alentar tu fe, pensé que hacía lo correcto y solo aportaba más silencio.

Déjame que maldiga la esperanza por alimentar tu desaliento.

lunes, 2 de mayo de 2011

Perfectos amantes


No me dejes. No pases página, ahora es nuestro momento.
Ya dejamos atrás bastantes espacios en blanco entre los dos.
La inspiración ha llegado con tu presencia, quédate a mi lado.
Desnúdate, destapa tu boca y déjate llevar.
Permíteme amarrarme a tus labios, tan suaves.
Acaríciame, desliza tus curvas con la misma ternura con la que me susurrarías al oído tus palabras de amor.
Recórreme como amante inesperado.
Sujétame con cariño y hazme tuya.
Deja que sienta el tono de tus versos sobre mi piel.
Porque... al fin y cabo, tú tinta y yo papel, seremos siempre los perfectos amantes.

domingo, 1 de mayo de 2011

Felicitación maternal

Querida mamita,
Te escribo para decirte, para recordarte, que te quiero. Que la distancia y el tiempo que nos separan refuerzan los hilos invisibles que me unen a ti.
Quisiera regalarte todo aquello que desees, poner a tu disposición cualquier cosa que necesites, pero ya sabes que tampoco voy sobrada de recursos. Así que de momento tendrás que conformarte con mis palabras y el cariño que te profeso que, mientras mantenga el aliento, siempre te tendrán presente.
Si alguna vez herí tus sentimientos, perdóname; jamás quise ofenderte
Te subscribo mi lealtad incondicional y mi admiración.
¡Feliz día de la Madre!

Reencuentros

Bastaron unos pocos silencios para saber que lo nuestro había terminado. Tantos años compartiendo el mismo techo, la misma cama, el mismo camino día a día. Nos habíamos vuelto dos desconocidos sin saber cómo. Aquella tarde recogí lo más necesario, algunas fotos y mis cuadernos de notas. Saqué la maleta y me dispuse a colocarlo todo. Fue entonces cuando encontré tu primera carta con aquel mechón de pelo. Me senté a leerla y descubrí que, a pesar del tiempo y las diferencias, deseo seguir a tu lado aunque eso suponga volver a empezar de nuevo las veces que sea necesario.

Una esperanza

A mi señor don Quijote,
Aquí sigo en mi hacienda, paciente, esperando a que vosa merced vuelva a pesar del paso de los años y los malos agüeros que se empeñaron durante largo tiempo en predecir que habíais muerto. Pero el otro día mi esperanza despertó de nuevo cuando se acercó a la posada un viajero que juraba y perjuraba que os había visto por tierras de Salamanca. Y con aquel juramento firme, que bien recompensé con una jarra de vino, mi corazón empezó a latir de nuevo con la misma fuerza que antaño.
Inmediatamente mandé un mensajero con escuetas palabras a nuestra hija. Sí, nuestra Isabelica que está hecha una moza y que hace solo unos meses contrajo nupcias con un joven caballero de Albacete. Se han casado enamorados, como Dios manda, como yo hubiera querido para vos y para mí, pero me conformé con guardar en secreto nuestro amor y casarme con el Mateo para esconder nuestro pecado. La joven pareja es valiente, con la cabeza en su sitio, y aunque él no posea más que unas pocas tierras, llevan los bolsillos llenos de esperanza. De momento, me han brindado la oportunidad de ser abuela de un nieto que viene en camino. Espero que lleguéis a conocerlo.
La avisé de que su padre sigue vivo y enseguida que recibió mi misiva, decidió volver a casa a esperaros. Ella, más que yo, siempre ha deseado teneros a su lado, pues en el fondo sabía que por muy bueno que fuera el Mateo, ese hombre no era su padre. Oyó mil historias sobre vos y soñaba con encontraros, con ser rescatada por el gentil y valiente don Quijote de la Mancha. Siempre tuve miedo por ella, no quería que tuviera lo peor de ambos: mi fealdad y vuestra locura. Pero mi temor fue recompensado por el buen Dios que la dotó de todo lo mejor de la mujer que vos amasteis, la señora Dulcinea del Toboso, la belleza y la bondad; y de vos, don Quijote de la Mancha, del que jamás conocí vuestro verdadero nombre, heredó la valentía y el honor.
En pocos días estaremos juntas de nuevo; empezaremos los preparativos para recibiros a vos. Sí, para recibiros a vos y a Sancho, si fuera necesario. Porque envié varios emisarios en vuestra busca con intención de entregaros esta carta y haceros saber que aún os amo, que mi corazón es vuestro y que si en algún momento de la vida que os queda decidís volver, sabed que os estamos esperando.
Aprendí a hacer oídos sordos a los insultos y desprecios de aquellos que no confiaban en nosotros; al ama de llaves y a vuestra sobrina, la Antonia, las convencí de que vos habíais muerto para que os dejaran en paz de una vez porque, según las malas lenguas, estaban empeñadas en daros caza y encarcelaros para siempre como a un loco. Los vecinos ya os han olvidado pues tienen siempre a otros con los que ocupar sus espíritus maldicientes. Así que, como veis, solo quedamos nosotras, vuestra esposa por derecho y vuestra legítima hija, esperándoos a que volváis para conformar la que siempre fue vuestra familia.
Si aún os quedan andanzas por vivir y damas que rescatar que os retengan en tierras lejanas, entenderé que retraséis vuestra vuelta, pero devolvedme al menos, aunque sea una fantasía, esta carta con la respuesta clara que a continuación os dicto.
Antes de transcribir vosas palabras, dejadme recordaros que os amo y que os esperaré siempre, incondicionalmente, vuestra señor, Dulcinea del Toboso.
«A mis señoras, Dulcinea e Isabel,
Sabed que no he muerto, que continuo firme en mi empresa de defender mis ideales y hazañas caballerescas.
Dulcinea, decidle a mi hija que la amo, que estoy orgulloso de ella y que ese hijo que espera será digno y noble caballero, como corresponde a nuestro linaje.
Esperadme ambas a que vuelva a vuestro lado pues es mi último propósito.
Con amor, vuestro esposo y padre,
Don Quijote de la Mancha»

miércoles, 27 de abril de 2011

Viviendo en background


Hoy toca vivir otra vez de la tristeza y no, no estoy con la regla, no es por el cambio de tiempo ni tiene que ver con la todavía convalecencia de mi lesión. Simplemente es la misma sensación que vuelve regularmente a recordarme de la materia que estamos hechos: la indiferencia.
Llevo ya unos días viviendo en background, disfrazando sentimientos, persiguiendo una felicidad que se resiste a llegar. Sobrevivo detrás de mi sombra, ejerciendo como tal de mí misma. Soy el reflejo de lo que siempre he querido ser y no consigo. Me siento como el televisor de mi salón, con el led rojo iluminado, diciendo en silencio que está ahí, paciente, esperando la señal, consumiendo recursos propios y ajenos, pero sin transmitir nada; solo negro.
Algunas veces quisiera desconectarme para siempre y olvidarme de anhelar esa realidad que solo aparece cuando presionas el botón adecuado del mando. Otras, quisiera pasar al primer plano, ocupar de nuevo el lugar que me corresponde, pero cómo hacerlo cuándo no estoy segura de cuál es mi sitio.
Supongo que el origen de esta sensación es el propio eco de mi voz, que resuena en esta caja tonta que es mi boca. Taponados los oídos desde mi última infección, taponada la nariz por la dichosa alergia, solo me queda cerrar los ojos y apretar los labios para hacer resonar, como una pelota rebotando contra el suelo, cada uno de estos sentimientos que me hacen permanecer en mi trastienda.

viernes, 22 de abril de 2011

Las virtudes del Sol y la Luna


Cuenta una antigua leyenda que de la unión del Sol y la Luna nacieron los gatos. Los felinos se amamantaban de su madre y dormían el resto de la noche. Durante el día jugaban sin parar hasta que su padre, harto de saltos y travesuras, los castigó en un rincón. Cuando los más pequeños comenzaron a llorar desolados, el Sol los cogió entre sus brazos y, con mucho cariño, los arrulló hasta dormirlos.
Desde entonces los gatos prefieren la vida nocturna, disfrutando durante el día del cariño de su Padre y durante la noche de la paciencia de su Madre.

sábado, 16 de abril de 2011

Suicidio colectivo

Temo a la muerte y ese miedo me obsesiona. Mi vida es una mierda, en estos últimos años todo lo que podía ir mal, ha ido mal. Me siento como la tostada recién untada de mermelada, cayendo siempre boca abajo. Aunque da igual cómo aterrice en el suelo, una caída nunca trae nada bueno. Pero hay que volver a levantarse y seguir hacia delante, ¿no?
Pues no. Yo ya me he cansado. Y mi obsesión está tomando cuerpo. Ya tengo prevista la fecha en la que pondré fin a mi vida.
Es curioso... Mi miedo a la muerte, sobre todo a la ajena, siempre me ha hecho plantearme qué haría sin mi amado, sin mi madre o mis hermanos, sin toda esa gente a la que tanto quiero. Pero nunca me había parado a pensar cómo será su vida, vuestra vida, cuando yo ya no esté aquí. ¿Me echaréis de menos? ¿Me lloraréis? No quiero que lo paséis mal, que vuestra vida se detenga por esta decisión mía.
Así que he pensado, porqué no, que os vengáis conmigo al más allá. Podíamos organizar un suicidio colectivo, así en masa, y todo el que lo pase mal por...
... mi ausencia,
... la tuya,
... la de tu hermano,
... la del amigo de tu hermano,
... la de la madre del amigo de tu hermano,
... la de la amiga de la infancia de la madre del amigo de tu hermano,
... la vecina de la de amiga de la infancia de la madre del amigo de tu hermano,
... el compañero de clase del hijo de la vecina de la amiga de la infancia de la madre del amigo de tu hermano,
... mi etc.,
... tu etc.,
... el etc. de tu hermano,
... el etc. del amigo de tu hermano,
...

Y así hasta acabar con la raza humana. Pues eso, «suicidio colectivo». ¿Qué tal os viene el 8 de Mayo? Es que el día de antes no puedo, me hacen la resonancia.

viernes, 8 de abril de 2011

Esperanza de metro

En el vagón una gitana iba leyendo la buenaventura a cualquiera que le cediera su palma. Al arrancar la máquina tras la última parada, se agarró a la barra para no caer. Ya en marcha, asió la mano más cercana sin reparar en su propietario.
La gitana, concentrada, seguía cada línea de la mano:
―Eres una mujer afortunada, tendrás una vida muy larga, muchos hijos y un amor que no te dejará jamás.
Después de haber perdido a su marido, irse a vivir con su único hijo y con setenta recién cumplidos, Elena se llenó de nuevo de esperanza.

miércoles, 6 de abril de 2011

Los Ángeles

Perdí la fe en Dios cuando dejé de creer en los hombres. No puedo entender que alguien que así mismo se dice «humano» cometa actos tan atroces como el maltrato y el abandono. Si Él nos creó a su imagen y semejanza, debió mirarse con soberbia al espejo.

Pero hay Ángeles en la tierra, caminando entre nosotros, con un corazón tan grande que les convierte en verdaderos Humanos. Ponen un plato más a la mesa, se aprietan en su casa para dejar hueco a otros y, sobre todo, le dan a los indefensos la ley que merecen. Qué pena que sobre ellos recaiga la responsabilidad que algunos decidieron dejar en una cuneta, ahorcaron con su propia soga o arrebataron a golpe de escopeta sin piedad la vida.

A veces pesa demasiado ese trabajo y cuando la esperanza se escapa a la misma velocidad que la luz, cuando su lucha queda en pelea perdida, entonces la fuerza se transforma en rabia.

Sabrás que un ángel viste de luto cuando en días como hoy, cuando un corazón indefenso se detiene para siempre, las nubes ocultan el sol y el viento se para en seco. Verás que el Humano se torna en grises, se convierte en tormenta y derrama lágrimas de tristeza.

Tras la tempestad llega la calma y con ella la misma realidad. Sois los Ángeles quienes debéis continuar la batalla pues seguirá habiendo almas hostigadas por desalmados, sois la última esperanza de esta, nuestra raza mancillada.


Dedicado a Mª Luisa, de la Protectora de Malagón, y a su lucha por Ares.

martes, 5 de abril de 2011

Re-valoración

(Léase rápido, con cierta sorna y/o cachondeito...)

―Me caí. Sí.

―¿Te caíste?

―¡Vaya! Buen piñazo me di.

―No me digas.

―Ya te digo.

―¿Y qué?

―Pues aquí me tienes.

―¿Vas para mucho?

―Como poco otro mes.

―¿Y cuánto llevas?

―Ya van dos.

―¡Madre mía!

―La tuya y la de todos.

―Chica, qué paciencia.

―A kilos la fabrico.

―Pues sí, falta te hace.

―Eso y otras cosas.

―¿Y el médico?

―En su casa, supongo.

―¿Qué te ha dicho?

―Que vaya sin muletas.

―Pero llevas una.

―Toma, claro.

―¿Y la rehabilitación?

―Todavía esperando.

―¿Te han visto?

―Sí, unos cuantos.

―¿Y qué te han dicho?

―Que coja las dos muletas.

―Pero llevas una.

―Ya van dos...

―Una solo...

―Ni pa ti ni pa mí.

―¿Entonces?

―Me han llamado esta tarde.

―¿Para la rehabilitación?

―Sí, bueno no.

―¿Para qué?

―Para otra valoración.

―¿Otra?

―Sí, otra.

―Entonces...

―¿Entonces qué?

―Pues que no es valoración.

―¿Qué es?

―RE-VALORACIÓN.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Dolor de cabeza

Vino a quedarse para siempre a mi lado. No somos amigos a pesar de compartirlo todo. Si por mí fuera lo habría dejado fuera de mi vida hace ya mucho tiempo, pero no puedo, no sé cómo decirle que se vaya. Desespero cada vez que se empeña en manifestar su presencia; de nada valen los calmantes, la cama y el silencio. Mi dolor de cabeza es mi asesino constante, mi obscuro pasajero. Cuando viene a sentarse a mi lado solo queda esperar a que se canse de mis quejas, pero tiene más paciencia que yo. No sé cómo acabará esto.

sábado, 26 de marzo de 2011

Causas del cambio climático

Laura controla el tiempo. No las horas o minutos, sino las nubes y el sol. Solo ella decide cuándo lloverá, esos días en los que se levanta triste. Y en los días de tormenta se oyen voces y golpes en su casa; cuando se siente el portazo sé que ella escapa. Pero tras la tempestad no llega la calma, solo llegan más lágrimas. Aún recuerdo los días de sol, las tardes en las que podías encontrarla jugando con sus pequeños en el parque. ¡Qué lejos quedan ya! Y es que la soledad tiene mucho que ver con el cambio climático.

jueves, 24 de marzo de 2011

Amor eterno

Ahora, justo al final, quisiera decirte tantas cosas... Pero no queda tiempo, acércate, déjame ver la luz de tus ojos antes de que se apague la mía. Déjame entrar una vez más en tu alma y abrazarme a ti. Quisiera quedarme para siempre a tu lado, pero no puedo. Las voces del más allá me llaman insistentes, me ha sido mostrado el camino. Ha llegado mi momento, debo dejarte. Te esperaré al otro lado si realmente hay algo; si no, déjame permanecer en tu memoria hasta que el paso del tiempo considere oportuno. Te quise, te quiero, te querré eternamente.

martes, 22 de marzo de 2011

Déjame un beso

Hoy he pasado la peor noche de mi vida, entre sueños oía tu voz una y otra vez llamándome, interrumpiendo mis fantasías, pero no sabía hacia dónde dirigir la mirada. Resonaba como un eco en mi cabeza; hasta los personajes de mi irrealidad se volvían con tu llamada, pero no podía localizarte.
He amanecido inquieta, sola en la cama. No sé qué hora era, ya llevo varios días descuidando los horarios por causa de la escayola.
―¡Dichoso yeso! ¿Cuándo volveré a ser persona?― me digo cada mañana frente al espejo.
He agarrado las muletas y me he dirigido a la cocina. Queda la huella de tu desayuno: la taza vacía y las migas de la tostada. He recogido lo poco que había, arreglado a las gatas y vuelto un día más al sofá. Me he acoplado con cuidado porque ya empieza a dolerme la espalda de estar tanto tiempo sentada.
―¡Qué aburrimiento, por favor!―, desespero.
Las gatas me mira con cierto descaro, como sabiendo que no puedo correr tras ellas. Lo veo en la mirada de Java, que se acerca a las cortinas mientras me mira de reojo. Le he enseñado las zapatillas un par de veces y, de momento, parece que funciona la amenaza.
Las horas pasan despacio, tan lentas que casi puedo deletrear los segundos. Gris y Java se han acoplado una a cada lado de mi pierna inmovilizada y dormitan tranquilas, creo que me uniré a ellas.
De nuevo el mismo sueño: conocidos y desconocidos que se cruzan en conversaciones sin sentido, y de pronto tu voz. Esta vez suena más lejana, más pausada. Te oigo llorar, te oímos todos. Despierto. Los animales siguen durmiendo.
Hace ya un buen rato que no miro el reloj, no tengo ni idea de qué hora es y tampoco me importa, la verdad, no tengo prisa por ir a ninguna parte. Pero me gustaría que volvieras pronto a casa, este sueño me inquieta.
Gris levanta la cabeza y me mira.
―¿Crees que vendrá pronto a comer? ¿Pero qué hago hablando con la gata?
Ella me mira fijamente y emite un ruidito mientras bosteza.
―Ya, tienes razón.―Le digo convencida pues en su expresión he leído «Puedes esperar sentada».
¡Qué largo se hace el día entre la espera y la apatía! He intentado llamarte un par de veces, pero tu teléfono está apagado o fuera de cobertura, lo mismo que el de mi madre, el de mi hermana y hasta el de la cita del médico. Esto empieza a mosquearme. He mirado el correo y no hay nada nuevo desde hace un par de días, ni siquiera en Facebook. Nada, parece que el tiempo se hubiera detenido.
¿Estaré soñando? Esto cada vez se parece más a una pesadilla, y con los nervios he optado por tomarme alguna de las muchas pastillas que estoy acumulando desde hace algún tiempo. Sé que no debería, pero cada vez estoy más intranquila. A las gatas no parece afectarles mi estado, ¡qué envidia! Quisiera vivir como ellas, sin prisas ni obligaciones.
El relajante va haciendo efecto. Ha anochecido y no tengo ni hambre, ni siquiera recuerdo la hora de la comida; debe haberse pasado por efecto de las pastillas. Creo que hoy haré dieta obligada. Necesito dormir y olvidarme de ese horrible sueño con el que desperté esta mañana. Si llegas pronto, despiértame, quiero estar un rato contigo, necesito un abrazo de esos tuyos que tanto me gustan. Si no, ya te veo mañana. Pero déjame, al menos, un beso.
...

Hoy he pasado la peor noche de mi vida, entre sueños oía tu voz... De nuevo el mismo sueño...

lunes, 21 de marzo de 2011

Palabras

Son la expresión escrita o verbalizada
de sentimientos que fluyen en versos,
mezclados con la sangre y los pensamientos.

Son en distintos idiomas, tamaño o forma,
lo tangible, lo masticable y se atragantan
cuando provocan dolor y maltratan.

Son de cada uno de nosotros la muestra,
el desaliento, nuestro legado del pasado,
hacen y deshacen a su antojo.

Son la fe no dicha ni escrita ni pronunciada,
son pensadas y sentidas, anodinas o poderosas,
pero siempre imprescindibles, necesarias.

Las Palabras

martes, 15 de marzo de 2011

Para Bichi


Se me ha quedado frío en el regazo,
tan suave, tan mimoso, tan pequeño.
Junto a mi corazón le llegó el sueño,
lo eterno de la muerte entre mis brazos.

Ha dejado en mi piel miles de besos
y miles de sonrisas en mi boca.
Su hermana está buscando como loca
al compañero amigo de sus juegos.

Le echaremos de menos cada día,
oiremos sus ligeras expresiones.
Hallaremos por todos los rincones
sus escondites llenos de alegría.

Parece incomprensible. Quién diría
que se unan tan distintos corazones.

Gloria González Jareño


Estos versos se los ha dedicado mi madre a mi pequeño al que conoció, disfrutó con sus juegos y sabe muy bien cuánto lo quería. He querido compartirlos con vosotros porque me parece la despedida más hermosa.
Porque Bichi supo hacerse hueco en la memoria y el corazón de muchos...

miércoles, 9 de marzo de 2011

Adiós mi niño

Se apagó su luz como se pone el sol cada día, despacio y en silencio. Pero no habrá más jornadas ni más despertares para mi pequeño.
Se terminó el sueño, la paz; comenzó el insomnio y la batalla. Ahora toca continuar el camino escribiendo cada línea con una palabra de menos: Bichito.
Ahora necesito tiempo para llorarlo, para hacerme a la idea de que se ha ido...

sábado, 5 de marzo de 2011

Aún soy vulnerable


Vamos, golpea, no tengas miedo. ¡Vamos! ¿Acaso eres un cobarde? Golpea donde quieras salvo en los ojos y en las manos... Rómpeme la boca si quieres, pero así no impedirás que siga diciendo lo que pienso; déjame sorda para evitar escuchar tantas sandeces, lo prefiero, pero recuerda que estoy entrenada para leer los labios; párteme las piernas si lo deseas, tampoco pensaba huir a ningún lado, estoy dispuesta a plantar cara y defender lo creo honesto.
Respeta mis ojos, los quiero para grabar en mi memoria tu rostro, y las manos para escribir mi venganza.
¡Vamos! ¿A qué esperas? No serás el último en golpearme y tampoco el primero. Estoy rodeada de embusteros, de fantasmas, de actores que saben fingir bien los sentimientos.
Los golpes y las mentiras ya no duelen, al menos por dentro. ¡Golpea de una vez! La única huella que quedará de tu ofensa será un cardenal que se irá con el tiempo, a mi corazón le puse coraza. Solo lo siento por aquellos que no llegaron antes, pues ya no habrá hueco para nadie, ni sentimiento alguno que alivie el vacío que ha quedado tras la traición amarga, el saberme despreciada.
Pero, ¿qué haces? ¿Ahora escondes el puñal? Venías a por mí, ¿por qué te lo piensas? No me digas que te he dado pena porque no es esa mi intención, todo lo contrario. Yo preferiría hacerte reír, que fueras feliz; y a pesar del daño, lo sigo queriendo para ti y para el resto. No más trampas, no me hagas un sitio en tu mesa no quiero compartir tu plato; se acabaron las buenas caras, pero no las buenas formas.
Te doy la última oportunidad: golpea. A partir de ahora pienso ir colocando cada pieza de la armadura hasta hacerme invencible, así que aprovecha que aún soy vulnerable. Cuando todo esto termine solo me faltará cambiar mi corazón por piedra, ¡hasta aquí hemos llegado!

jueves, 3 de marzo de 2011

Somos de madera


El bosque al que pertenezco es muy antiguo. Soy simplemente la rama de un árbol cuyo origen se remonta a principios del siglo pasado. Hay otros muchos, tantos que ya no nos conocemos entre nosotros a pesar de compartir el mismo espacio; solo los más viejos de la foresta mantienen en la memoria los nudos que los unieron.

Somos muchos viviendo en este ecosistema entre raíces, tronco y copa. Convivimos con otros seres vivos, respetándonos, dependiendo unos de otros, alimentándolos y refugiándolos cuando necesitan. Aportamos tiempo al planeta con cada nueva vida, con cada nuevo esqueje, y entregamos la sombra necesaria para el descanso eterno de aquellos que ya no volverán.

De un tiempo a esta parte el bosque se ha visto mermado, algunos huyeron arrancando sus raíces del suelo por miedo a morir despedazados, otros simplemente decidieron esperar y asumir su destino. Pero nosotros no... Todos mis iguales y yo decidimos unirnos y hacernos fuertes; fuimos enraizando nuestras ramas, acoplando cada brazo, ensamblando nuestras hojas en perfecta armonía para crear un muro que ningún mal sentimiento pudiera atravesar.

Así nació la leyenda del «Bosque Animado», ese que decidió alimentarse de los hombres que pretendían destruirlo. Lo que muchos no saben es que jamás nos deshicimos de nadie: asumimos a cada insensato como parte del sistema y le dimos una tarea para su propia supervivencia. Esperamos que algún día el Hombre entienda que él es uno más, un ser vivo con raíces y ramas, y todos formamos parte de la misma comunidad.

lunes, 28 de febrero de 2011

Rosquillas por correo

Ha llegado esta mañana, pasadas las 11, justo para este desayuno tardío al que se ha hecho mi cuerpo desde que estoy de baja. La repartidora de correos ha tenido la amabilidad de subirme el paquete hasta casa y yo, que sabía lo que era, ya andaba frotándome las manos y salivando. «Rosquillas...», repetía en mi cabeza y me veía como Homer cada vez que recuerda los donuts.
¡Qué buenas están! Es una receta antigua, aprendida de mi abuela. Saben dulce, a cariño, a todo el que le pone cuando las hace para los suyos. Tienen ese color de horno, tan cálido como sus abrazos. Saben a Gloria :-)
Con los dulces, ha mandado también una cuartilla con poemas; de todos, os dejo el que más me ha gustado, el que mejor la describe:

Ser normal
es muy aburrido,
yo no quiero ser normal,
ser raro es más divertido.

Cuando sea mayor, quiero ser como ella. Quiero cocinar y escribir versos con el mismo cariño, con ese talento que la hace tan cercana.
Hoy ha sido un día especial. Me mandó las rosquillas por correo porque esta tarde le tocaba pasar por quirófano y no podría venir este miércoles, como teníamos planeado.
Con la publicidad que le ha dado «la Aguirre» a su cáncer de mama, que ni mucho menos ha sido siquiera parecido a lo que está pasando mi madre, no hago más que rememorar todos esos momentos que hemos pasado a lo largo de estos 18 meses desde que nos dio la noticia. Han pasado muchas cosas, algunas buenas, otras no tanto. Y ahora, con el pie escayolado y en alto, no puedo estar con ella y eso me duele mucho, pero pienso en las ganas que tiene ella de cerrar este capítulo mientras me como una de esas rosquillas y... No me queda otra que esperar con paciencia a recuperar la normalidad para volver a estar a su lado. Y cuando llegue el momento habrá una pequeña diferencia: ambas estaremos recuperadas.
Una recuperación con rosquillas por correo siempre es mejor.

domingo, 27 de febrero de 2011

Querida Joaquina

Estoy segura de que en toda regla hay, al menos, una excepción y en esa de «todas las suegras son malas», tú eres un buen ejemplo. Habrá quien piense que miento, exagero o simplemente te hago la pelota para caerte bien, pero gracias a tu forma de ser no me ha hecho falta ninguna triquiñuela para mantener una buena relación durante estos años.
Tu experiencia me ha servido en muchas ocasiones, tú hombro, más aún; y es que aunque no haya llorado en él, sí que me ha servido de apoyo en muchas ocasiones. Has entendido bien las razones de algunos sentimientos y resentimientos que venían golpeando mi corazón desde hacía mucho, me has escuchado cada vez que la rabia me hacía escupir esta desazón y, al fin, seguías ahí después de la tormenta.
De un tiempo a esta parte, desde que te uniste al gremio de los escritores, nos une algo más que las conversaciones habituales. Te atreviste a coger el papel y el boli, a destapar tu particular caja de los truenos y dejar salir mucho de lo que tenías dentro. Ahora que has mejorado notablemente tu redacción y caligrafía, escribes cuentos y versos, y hasta te has animado a escribir una novelilla.
Me siento orgullosa de ti, de tu valentía y de tu empeño. Tengo suerte de tener a gente de tanto talento cerca.
Te dejo, que tengo que preparar la cena. Disculpa si no es una carta al uso, es la primera que te escribo, espero que no sea la última.
Con cariño.

sábado, 26 de febrero de 2011

Mi reflejo


Déjame que confiese mis pecados, todos mis errores.
Déjame que te diga que no soy la que ves en el espejo.
Déjame mostrarte porqué mi reflejo engaña.
Y es que no me gusta lo que veo al otro lado.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Querida Rosa

¿Cómo va la vuelta a la normalidad? El camino no es fácil, ¿verdad? Supongo que es cuestión de tiempo y, sobre todo, de paciencia.
Creo que no nos vemos desde septiembre u octubre del año pasado; en mi última visita os conté lo de mi padre y ahí se paró el tiempo en nuestra relación. En mi memoria, últimamente más de pez chico que de ballena, guardo la imagen a modo de instantánea, pero asociada a sentimientos, sonidos, olores. Es curioso cómo funcionan las cabezas.
A lo largo de todo este tiempo que nos separa han ocurrido muchas cosas, entre otras, lo de tu enfermedad y tu ingreso en el hospital. Cómo siento no haber ido a verte, pero mi ánimo no estaba precisamente en todo lo suyo en esos días. Os avisé a todas cuando mi padre murió y fuiste de las pocas que respondió a mi mensaje. Es curioso cómo funcionan los corazones...
Y ahora cuando parece que las aguas vuelven a su cauce, me veo postrada en el sofá, con las ganas que tenía de verte. Tenemos ese café pendiente, ya lo sabes, pero, si no te importa, podíamos pactar previamente de lo que no hablaremos: de enfermedad, de muerte y de tristezas varias, que bastante hemos tenido, ¿no te parece? Además, si como dices «quieres recuperar tu vida», espero de buen grado que me mandes a la porra en cuanto me veas :-)
Ayer mismo estaba pensando en la primera visita que mi marido y yo hicimos a tu consulta. Llevábamos a Gris, ¿recuerdas?, después de pasar su primer celo y con intención de que nos salvaras a los tres de aquel suplicio. ¡Menuda bronca nos llevamos! Y sobre todo, ese comentario tan tuyo mientras recogía al animal de la mesa: «Qué guapa es la gata, pero qué mala leche tiene la jodía»; eres quien mejor la ha definido siempre.
No sé si sabrás que este nexo que me une a ti, este hilo invisible (como mi madre lo llama) tiene fecha de inicio ―espero que no de fin―, el 11 de Agosto de 2009, cuando Peque se durmió para siempre. Hay algo en mi interior que me dice que en aquel momento se creó un vínculo entre las dos; después de un año de lucha constante para que mi gatín saliera adelante, ese día en el que ambas escribimos su final, sé que era la Rosa «persona» además de la «veterinaria» la que me agarraba de la mano mientras salía de la clínica para volver a mi casa con el trasportín vacío. ¡Cuánto te agradezco aquel gesto! No sabes lo importante que fue para mí.
Bueno, eso que había dicho que no tocaría ciertos temas, perdona. Tienes permiso para, cuando me veas, mandarme a la porra y darme un cachete, lo tengo merecido por ingrata.
En fin, que ya sabes lo que te dije en mi anterior mensaje: que te queremos, que te esperamos y que toda esa paciencia que no gasto en mis dolores de cabeza, la reservo junto con mis animales hasta que vuelvas a estar en guardia, porque ¿a quién mejor podría confiar sus vidas que a ti? ¿en qué manos mejor que en las tuyas pueden estar? Si hasta te confié mi integridad cuando fui a que me quitaras los puntos que me dieron en la pierna que, por cierto, sí que dolió, pero poco.
No me alargo más, no voy a darte consejos ni directrices, esta carta solo es para recordarte lo mucho que vales, lo mucho que me importas. Creo que conozco a pocas personas que se tomen su trabajo con tanta intensidad, con tanta fuerza y que, además, sean PERSONA con todas las letras.
Descansa amiga mía, que tienes a otra buena persona cubriendo tu baja, y descuida que los demás estaremos ahí cuando vuelvas al combate.
Un abrazo fuerte, tu amiga.

martes, 22 de febrero de 2011

Querida mamita

Cuánto tiempo, ¿verdad? Esto no es exactamente igual que abrir el buzón y sacar un sobre, pero espero que la sensación, el sabor de boca el final de la lectura, sea al menos parecido.
¿Sabes que tengo todas tus cartas guardadas? Sí, llevo años acumulando tus palabras y de vez cuando, cuando me entra la morriña, saco tu caja y las releo. Ya son muchos años separadas, desde el 98, cuando me vine a estudiar a la capital; y aunque he vuelto los fines de semana y los veranos, tu casa dejó de ser mía por aquel entonces, y más ahora que tengo la mía propia. Pero volver es importante para mí, estar contigo, sentadas en la mesa camilla de la cocina compartiendo tantas ideas mientras el cielo se torna en colores al atardecer.
No sabes lo que te echo de menos, eso que hablamos prácticamente a diario. Lo de poner el fijo en casa fue un acierto y más Internet. El teléfono es muy útil sobre todo cuando el proveedor te regala las llamadas a otros fijos, y la conexión a la red nos permite mantener otro tipo de comunicación, más íntima, compartiendo secretos que quedarán entre nosotras y Gmail. Pero no solo eso, las clases particulares que te doy cuando estoy por allí, esas que tanto te gustan y de las que siempre te quejas porque dices que no eres capaz de asimilar tanta información. ¿Qué no? Ya quisieran muchos tener tu iniciativa y tu capacidad de adaptación a ese sistema operativo llamado Debian que los windoseros solo ven como rarezas de frikis. Has aprendido a manejar su entorno, sus programas y el navegador; y con él, has aprendido a manejar el correo electrónico y has creado tu propio blog. ¿Te parece poco?
No te preocupes si olvidas algún detalle, es normal, a mí me pasa a diario. Ya sabes que para cualquier duda puedes llamarme a casa cuando quieras, además con mi lesión sabes que me pillas seguro; recuerda tener paciencia en los tonos que me cuesta moverme y tardo un poco en llegar al aparato.
No te voy a hablar de mi pie porque hay pocas novedades, te hablaré de mí en general. Sigo postrada en el sofá, cansada de no poder salir y con dolor de culo por no poder coger otra postura que no sea la de estar sentada. Me duele el tobillo, no tanto como al principio, pero sigue molestando para que no me olvide de él. Ya son 22 días así, con alti-bajos, es inevitable. Cada vez que tengo médico pienso que saldré de la consulta andando, pero después de la visita al especialista mis expectativas no están en su mejor momento.
Gracias, no sé si te las di el otro día, creo que no. Muchas gracias por venir con nosotros al hospital. No sabes la falta que me hacía vuestra compañía en ese momento. Y es que aunque mi lesión no sea cuestión de vida o muerte, me tiene a ratos sí a ratos no atrapada en la tristeza. Ya sabes que suelo tender al pesimismo y esto ayuda bastante. Aunque últimamente le he sacado un par de chistes a mi letargo, eso de: «aquí estoy con la pata estirada, que no estirando la pata». Hay que mirar el lado positivo, si es que lo tiene.
Escríbeme pronto, quiero saber cómo estás, pero sin disimulos y palabras justas. Ya sabes que estoy contigo en todo lo que hagas, salvo los deportes de riesgo que ya tienes una edad. Los recitales de poesía, las maratones de lectura, las charlas de filosofía y, sobre todo, las actividades en las amas de casa; asiste a todo eso y a más, si puedes. Aprovecha ahora que no te espera nadie en casa, ve a todo lo que te guste, a todo lo que te haga feliz; disfruta de la vida que para eso está. Y escribe, saca tus libretas improvisadas, esas que te montas con papel reciclado y un poco de lana; prepara el boli y empieza, yo estoy impaciente por escuchar cualquier nueva idea que se te ocurra.
Lo malo de escribir aquí es que no se acaba el folio... Y no es que quiera acabar ya la carta, pero espero visita, así que, de momento, lo dejamos hasta que me respondas o mi pie dé síntomas de dejarme volver a andar ;-)
¿Recuerdas cómo acababan tus cartas sobre papel? Con besos, muchos besos, pequeños y apretados por falta de espacio.
Tu hija que te quiere...

Cartas. Justificación

Sigo en el sofá de casa, con el pie derecho en alto. Aún me quedan otras dos semanas como poco...
Una lesión que te paraliza, que te deja anclado entre cuatro paredes, da mucho que pensar.
Hablo a diario con mi madre y algunos días con mi hermana, chateo con mis amigos e intercambio correos con contactos a los que hace más tiempo que no veo. Y escribo, escribo mucho, sobre todo «tontás», que no «tontadas» (no aspiran a tanto mis ideas).
Así que he decidido escribir cartas porque me gusta y creo que es una de las mejores costumbres que llevo tiempo sin poner en práctica, lástima que no pueda reflejar mi letra tal y como es, tal y como soy; cómo aprovecho el folio y tuerzo muy recto.
Candidatos para el primer destinatario tengo algunos, son todas esas personas a las quiero y admiro incondicionalmente, pero no son muchos, la verdad. Quiero a mucha gente, admiro a otros tantos, pero que aúnen ambos sentimientos...
La primera no podía ser otra que mi madre, la que me indicó el camino hacia las palabras y despertó mi interés por plasmar en tinta cuentos e historias que puedan conmover a otros.
Justificación.
La quiero por muchas razones: es mi madre, mi mejor argumento. Quien la conoce, me entiende perfectamente. Si por cada muestra de cariño que recibe arrojara un vaso de agua a una balsa, esta se transformaría en océano antes de acabar de escribirle. La quiero con todo mi corazón.
La admiro por muchas razones: es una artista, creativa, actriz, intérprete, tiene ese talento genial de llegar al corazón de la gente a través de todos sus sentidos. Es valiente, una superviviente. Es hija, hermana, madre; todas las relaciones que puedas establecer y por las que muchos firmaban para estar al menos una vez cerca de ella.
Podría escribir largo y tendido sobre ella, pero esto no es más que una justificación.
Después vendrá Él, mi compañero, amigo y amante. A quien quiero y admiro en otros sentidos, pero con la misma intensidad.
Y después de él podrías ir tú...

domingo, 20 de febrero de 2011

La lluvia


Me gusta oír la lluvia, casi la siento cayendo sobre mi cara.
Abro la ventana, pero no miro hacia fuera, solo hay un patio cerrado de tristes paredes.
Prefiero cerrar los ojos y volar, dejarme llevar por el sonido del agua golpeando sobre los cristales, navegar por el dibujo sinuoso que deja la estela de cada gota y esperar la caída.
Llegar al final, a lo más profundo, atravesar la tierra y alimentar las raíces.
Y me siento privilegiada, saciando su sed.
Soy agua, el elixir de la vida.
Soy fresca, nueva, como estrella naciente.
Y transformaré la luz en arcoiris cada vez que me sonrías.

jueves, 17 de febrero de 2011

La alegría de la huerta



No sé porqué la mayoría de la gente insiste en que «la alegría de la huerta» es esa persona optimista y alegre cual tomates o pimientos en pleno desarrollo, con su color y su aroma en todo lo mejor... Yo más bien prefiero el sentido irónico de la expresión, ese en el que el susodicho es un ser aburrido que solo genera tristeza, cual espantapájaros en el centro del edén, siempre en la misma postura, vigilando y cuidando de las hermosas verduras.
Pero, ¿por qué no ambos aspectos en un mismo ser? Y es que últimamente me siento como ese pobre mamarracho: siempre en la misma postura, con la pierna estirada y el pie en reposo, vigilando de mis bichos y cuidando que estén bien; y a la vez, soy la alegría, la que le da vidilla a este reino mío de 67 metros cuadrados :-)
Debo encontrar la parte positiva de mi lesión, ¿no?

lunes, 14 de febrero de 2011

Cuánto habré de esperar...

Lo sé, intento asumir mi condena. Los días se alargan como sombras tenebrosas y las horas, pesadas como años, cuentan dos veces cada segundo. La espera, eterna, me indigna, me cansa, me agobia. No estoy hecha a la inutilidad; debo hacer algo, por insignificante que sea. Pero estoy aparcada como un trasto viejo, haciendo el hueco del sofá a mi medida.
Me siento como un tiesto de flor ornamental, regada de vez en cuando con algo de cariño y el calor de mis gatas para recordarme que sigo viva. Se acoplan sobre mi lecho, caminan a mi paso y duermen acompasando nuestras respiraciones. Pero eso no me alivia el corazón.
Quisiera que alguien me dijera qué demonio se ha acoplado a mi tobillo, ese tan caliente y redondo... Quizá sea un pequeño astro, incubando en el sitio equivocado. Lo único seguro es que me sigue manteniendo atada a mi sombra y postrada en el recuerdo, sin saber cuándo podré recuperar mi altura.

jueves, 10 de febrero de 2011

No quiero seguir lloviendo


Maya se asomó a la ventana; la tarde estaba gris, fresca y algo removida por el viento. Apoyó ambos brazos en el alféizar evitando la pintura levantada por la humedad y dejó caer la barbilla sobre sus manos cruzadas.
―Maya, hija, cierra la ventana, entra frío.― Indicó la madre mientras terminaba de estirar el edredón de la pequeña cama.
―Mamá yo sé lo que hay más allá del cielo, más lejos que las estrellas...
La mujer se detiene un momento y se sienta en el borde del colchón con cuidado. Observa a su hija que, mientras juega con el vuelo de su falda, no cesa de mirar hacia fuera.
―Dime cariño, ¿qué crees que hay allá en lo alto?
―No lo creo mamá, estoy segura. Allí está papá y nos mira todo el tiempo.
La mujer saca un pañuelo del bolsillo y limpia las lágrimas en silencio, evitando que su hija perciba su tristeza.
―Es posible, todo es posible...
Comienza a llover; es una lluvia fina y suave que llevada por el céfiro termina sobre la niña. Maya imagina las manos de su padre acariciándola y sonríe, pero no es más que el agua recorriendo sus mejillas. Después de un rato bajo la llovizna, cierra la ventana y se queda allí, mirando hacia el infinito, secando la mezcla salada del agua y las lágrimas que se le han escapado.
―Papá te echo de menos, te quiero y te querré siempre, pero no quiero seguir lloviendo.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El peso de mi dolor

Llevo doce días encerrada entre las cuatro paredes de mi casa. Doce días con la única salida a la consulta del médico que más que esperanzas solo aportó desaliento a mis medios pasos. Mi tobillo sigue resentido conmigo por el abatimiento al que lo sometí; al menos ya he hecho las paces con mi rodilla izquierda y el morado se dispersa al mismo tiempo que curan mis heridas.
Pero, ¿cómo se cuantifica el dolor? ¿Cómo se mide la tristeza que provoca?
Podría medirse en tiempo: doce días de reposo, con el pie en alto y aguantando el roce de la escayola que ha provocado otras moraduras nuevas. Doce días con todas sus horas aguantando esta condena que por ahora no concreta su fin.
Quizá en espacio: todo ese que ha quedado libre de puertas para fuera. Todo este espacio que ahora ocupo en mi casa: el sofá y la cama.
Y el dolor: hormigueo, puntazas, escozor; la agresividad de mis terminaciones nerviosas tienen muchos nombres, pero es peor el dolor subjetivo, ese que relaciona al individuo con el tipo de lesión. Intento modular mi dolor percibiendo el sufrimiento como algo pasajero, pero estoy aquí y ahora, y en este preciso instante mi dolor pesa como tanto como mi desesperanza.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Poemas de escayola

Lo dijo Cristina: «Escríbete un poema en ese pedazo de escayola», y me puse a ello. Llevaba desde el sábado pasado atrapada en mi sofá, con la pierna escayolada y los ánimos entre las vendas, tiesos y blancos, encajados en el tiempo y la tristeza de saberme tan torpe.
Solo habían pasado unos días desde mi absurdo accidente, desde la caída que me había confinado en el encierro de mes y medio de rotura. Seis semanas con suerte, según mis amigos, porque esas cosas siempre suelen alargarse.
¿Alargarse? ¿Más aún? Solo pensarlo me ponía los pelos de punta y notaba como chocaban con mi carcelero. Tenía que haberme depilado, pero claro, cómo le decía al técnico de emergencias que me diera unos minutos para arreglarme cuando el tobillo se me hinchaba por momentos.
Total, que allí me encontraba sin muletas, moviéndome por el piso con la silla de despacho que tiene ruedas y lavándome a lametazos, como los gatetes. Con tanto tiempo libre, decidí meterme en este espacio indeterminado que es Internet y navegar hasta ahogarme. De todas las cosas que aprendí fue a hacerme un perfil en Facebook y en pocos días ya disfrutaba de la «compañía» de cientos de amigos. La verdad es que en persona solo conocía a diez o doce, el resto era como aquella canción de Objetivo Birmania en la que rezaba: «los amigos de mis amigas son mis amigos».
Obviamente el tema central de todos los comentarios era mi caída, mi torpeza y mi escayola. Y cuando Cristina dijo aquello del poema, me puse a escribir como una loca, pero no directamente sobre el lienzo; primero debía redactar el borrador. Así que abrí el editor de textos, a la vez que compaginaba mis tareas de amistad y búsquedas en Google, y empecé a escribir todo aquello que se me venía a la cabeza. Escribí sobre mi caída lo primero, con mi desacierto como protagonista; versos sobre el amor que le profeso a mi madre; palabras de desafío, miedos, risas, recuerdos. Salió una extraña y extensa amalgama de ideas que, para mi sorpresa, cuando estaba dispuesta a perfeccionar mi letra, ya había llegado la fecha de retirar la cobertura así que me quedé sin muro donde desnudar mi alma pero gané algo a cambio: tiempo y un millón de versos.

lunes, 31 de enero de 2011

Fuera de cobertura

No sé cómo me las apaño, siempre me dejo el móvil en casa en los momentos más necesarios...
El sábado pasado salí a comprar, eran ya las siete de la tarde y había anochecido. Me resulta una tarea tan tediosa, tan aburrida, que la única manera de hacerla llevadera es oír música durante el proceso.
Aproveché para echar el reciclado, ese que se acumula más rápido que el polvo. Llevaba las dos bolsas en la mano derecha y con la izquierda buscaba el guante para tenerlo a mano en cuando echara los residuos en su correspondiente contenedor. Una vez terminado el trabajo, me dirigí a la acera de enfrente decidiendo cuál era la música más indicada para esa fría tarde de invierno.
Supongo que sería la faena en la que estaba inmersa y una mezcla de circunstancias favorables: oscuridad, silencio y soledad, lo que hizo que el destino decidiera jugarme una mala pasada.
No es que mi calle sea de lo más bonita, más bien diría lo contrario; ni siquiera está bien iluminada, es una calle vieja con viejos que la hacen aún más lúgubre; y esa acera, desordenada y desproporcionada acompañan al asfalto y su fatal desenlace. Cuando faltaba apenas un metro para llegar al bordillo, cuando por fin sonaba la música precisa, Beethoven con su quinta sinfonía (a la cual le he cogido cierta manía), ese primer movimiento, entonces caí.
Caí desplomada al suelo, hincando la rodilla izquierda y apoyando las manos en la acera para impedir que la caída fuera hasta el infierno mismo. El instante se hizo eterno entre las cuerdas y los clarinetes sonando a toda mecha. El dolor se extendió rápidamente.
Estaba sola, me senté en el borde para comprobar que conservaba todo mi cuerpo y la indumentaria correspondiente, y las cuerdas y los clarinetes insistiendo.
Nadie me vio caer, nadie me vio levantarme. Un muchacho que venía de lejos se percató de mis movimientos torpes y doloridos, pero no dijo nada, continuó, como las cuerdas y los dichosos clarinetes.
Volví a casa porque estaba sin móvil y al llegar a la puerta me di cuenta que tampoco llevaba las llaves. No apagué le reproductor hasta que Beethoven acabó de machacarme con sus allegros marcando el ritmo de mis palpitaciones y ese dolor que se hacía cada vez más insoportable.
Cuando acabó la música y solo entonces dejé de castigarme por mi torpeza y llamé al timbre.

lunes, 24 de enero de 2011

Disponibilidad 24 horas a precio de saldo

Aquella mañana sería distinta, era el día, todo estaba dispuesto. ―Mira a través de la ventana y sonríe por primera vez en mucho tiempo mientras el aire fresco mece sus canas―.
La costumbre, la rutina, el silencio de las mañanas reina mientras ejecuta su trabajo como cualquier otro día, sin hacer ni un solo ruido para no despertar a los suyos. Hasta el más mínimo paso inseguro podría despertar al dragón y no queremos eso, ¿verdad? Vuelve a sonreír, forzada, mientras resuenan las palabras en su cabeza... «No queremos eso...». ¿Quién lo querría?
Lleva sumida en la condena, a su sombra y bajo su yugo 32 años; «ya es bastante, ya he cumplido», se dice así misma mientras termina de preparar el almuerzo de su hijo menor.
Hoy es el día indicado, Samuel hizo la semana pasada los 18, ya no depende nadie de ella.
Estuvo ahorrando todos los céntimos que podía sisar de las compras durante años y ayer salío a comprarse un vestido bonito y los tacones que vio en las rebajas. Le ha dado hasta para pasarse por la pelu y arreglarse el peinado, pero sin tapar las canas, símbolo inequívoco del paso de los años. «Por cada cana una ostia, un insulto, un desprecio, un empujón...», dice ella por lo bajo mientras la peluquera levanta los mechones y recorta las puntas empeñada en convencerla para tintarla de morena.
―No, hermosa, las canas para mí son como cicatrices, deben permanecer en la memoria de todos, ―aunque nadie sepa a qué heridas corresponden dice para sí.
―Bueno, mujer lo que usted mande―, replica la peluquera.
Otra clienta que andaba ojeando una revista le dice a voces: «Sí, será la primera vez que haces lo que te dicen, porque...». Esta vez Ana ríe con fuerza, lo necesita.
Volvió a casa ilusionada. Guardó el vestido donde su marido no pudiera verlo y se cubrió la cabeza con un pañuelo para disimular la permanente.
Pero hoy es distinto. Ha terminado sus tareas, ha recogido todo el piso, ha dejado la comida hecha. Todo está preparado.
Desde que todos han salido a sus clases y sus trabajos, Ana se ha dedicado todo el día a repasar las fotos de los antiguos álbumes. Ha seleccionado la más entrañable de cada uno de sus hijos y en el reverso les ha dedicado algunas palabras; después las ha dejado en sus camas, sobre la almohada. Es la despedida perfecta.
Apenas ha comido, está impaciente. Se atusa un poco el pelo y se coloca el vestido; habría que hacerle algún arreglo, pero ya no hay tiempo. Ha sacado las viejas pinturas que un día le dio su hermana y se ha maquillado despacio y con esmero. Se mira al espejo y como si fuera una adolescente en el día del baile de fin de curso, se mece a un lado y a otro, y da un par de vueltas para comprobar el vuelo de la falda. ¡Qué pena no poder volver a usarlo!
Miró la información necesaria en Internet, se tomó su tiempo. Preparó un vaso de agua y todas las pastillas necesarias y fue tomándolas despacio, una a una...
―Esta por mamá, porqué no te haría caso el día en que me avisaste que podría acabar así.
―Esta por papá, que aguantaste en silencio todo mi sufrimiento.
―Esta por...
Y así, hasta que empezó a sentirse mareada. Se fue a la cama, tambaleándose. Es el momento.
―Esta por ti Javier, grandísimo hijo de puta, que me has tenido durante 32 años a disponibilidad completa, hoy se acaba el horario, ya he cumplido.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Su séptima vida


No sabía cuánto tiempo más aguantaría, hacía mucho frío y las noches cada vez se hacían más complicadas en la calle. Mamá me había dicho que volvería, que no estaría solo en mi primera Navidad, pero por más que buscaba no daba con ella. Decidí que aquella sería la última puerta a la que llamaría esperando encontrarla.
Una niña de unos diez años abrió la puerta. Yo puse la mejor cara que tenía para estas ocasiones, estaba bien aleccionado:
* Regla número 1: girar ligeramente la cabeza hacia la izquierda.
* Regla número 2: agachar las orejas lo máximo posible.
* Regla número 3: dilatar las pupilas hasta hacer mis ojos tan redondos como la luna llena.
―Mamá, ¿puedes venir?―, gritó la niña sin dejar de mirarme.
Al instante apareció ella, la reconocí desde el primer momento: su pelo negro y esos ojos dulces. Empecé a temblar de emoción, casi no podía tenerme en pie y cuando quise reaccionar caí desmayado allí mismo. A pesar de mi inconsciencia pude notar sus manos cálidas recogiendo mi cuerpo del felpudo. Sí, estaba seguro, había vuelto a su lado...
―Mamá, ¿podemos quedárnoslo? ¿Podemos?
―Cariño, no sé, habrá que esperar a que llegue tu padre, a ver qué opina. De momento le prepararemos una cama y un plato de leche para cuando despierte.
Mamá me envolvió en una mantita y me tuvo en brazos un largo rato; yo me hice el dormido, quería disfrutar de ese momento todo lo posible. Madre me mecía, no sé si intencionadamente, y canturreaba algo que me era familiar, era su nana-ronroneo que tantas veces me cantó de bebé. Humedeció un paño y me lavó suavemente como solía hacerlo. Desperté, no tuve más remedio, no pude evitar sonreír durante el baño.
―Elena ven, ya ha despertado.
La niña se acercó y me tomó entre sus brazos... «¿Podemos quedárnoslo? Porfa, porfa», insistió.
Madre me recogió y me acercó a su cara, rozó su nariz con la mía y dijo: «Sí, se queda».
Aquella fue la primera vez que dormí en casa, que volví con mi familia. Mamá en su séptima vida se había reencarnado en la mujer que desde entonces cada noche al acostarme me susurra al oído: «Nunca más te dejaré».

jueves, 23 de diciembre de 2010

El problema de la construcción

El dolor tiene forma, es tangible, pesado y tiene forma de ladrillo; al menos, el mío es así. Llevo varios días con un terrible dolor de espalda que vino con el frío y debió encontrar la puerta abierta en algún momento entre el dormitorio y el baño, o quizá cuando abrí el armario para escoger la ropa. El caso es que este ladrillo que tengo alojado a la altura de..., bueno, como suele decir mi madre: «donde la espalda pierde su casto nombre»; este dolor, ya sea ciática o lumbago, me ha dejado atrapada varios días entre el sofá y la manta eléctrica.
Esta tesela, que se me antoja de la clásica arcilla roja, me hace saber de sus picos cada vez que me muevo y como si de un corredor de fondo se tratara, recorre mi cuerpo en todas direcciones un dolor incansable que me deja baldada.
Pero por fin superé el fin de semana y visité a don médico que amablemente me recetó calmantes. Ojalá me dieran una solución que no tuviera forma de pastilla, una forma de acabar con este fenómeno del ladrillazo.
Y siguiendo con este símil... Estoy yo pensando que quizá el día que deje de pagar hipoteca, deje de dolerme la espalda. Lástima que me haya casado con Caja Madrid durante un tercio de mi vida, tendré que seguir recurriendo a las drogas para limar los picos del ladrillo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Soñadora de vidas

Sé que no soy una soñadora cualquiera, mi madre me lo decía desde niña, me hablaba de un don que se hereda de generación en generación. Soy «soñadora de vidas». Todo el mundo ha oído hablar del significado de los sueños, pero pocos saben que la interpretación está sujeta al origen de los mismos. No tiene igual valor un sueño soñado por cualquiera vosotros, que uno soñado por las mujeres de mi familia porque ―para más inri― esta «maldición» solo persigue a las féminas.
Hasta hacía poco solo había tenido un par de experiencias muy breves, sueños tan ligeros que apenas recordaba al despertar, pero con la reciente muerte de mi padre la sensación se ha agudizado. Anoche mismo, en el duermevela que precede al sueño nocturno, mis gatas que llevaban un tiempo enredándose a los pies de la cama, se detuvieron de pronto. Oí a Java gruñir, las dos se agazaparon al mismo tiempo y empezaron a temblar de miedo. Sus sentidos me avisaron, abrí los ojos y lo vi allí, en mi habitación, en la esquina de siempre. Todos se aparecen en el mismo rincón...
Ahí estaba él, era un muchacho joven, demacrado, con los ojos inyectados en sangre. Jadeaba al mismo ritmo que se agitaba de un lado a otro. Clavó su mirada en la mía y antes de que pudiera reaccionar se lanzó sobre mí. Me volví hacia un lado y me tapé con la manta como si pudiera protegerme de algo. Me despertó mi propio grito de terror, las gatas ya no estaban allí, no había nadie.
Quisé que mi marido hubiera oído mi quejido, pero debía tener la puerta del despacho cerrada. Pensé incluso en levantarme, contarle lo sucedido y buscar algo de consuelo en sus brazos, pero me pudo el sueño y con el poco valor que me quedaba mullí mi almohada y eché un vistazo más a la habitación antes de apagar la luz.
Volví a dormirme y comencé un nuevo sueño. Recuerdo un jardín y un mirador con balacines de madera y cojines bordados. Yo era más joven, llevaba un vestido a lo Mariquita Pérez; todo acompañaba: el sitio, la luz, el ambiente y el resto de las personas. Llevaba un rato jugando con otros niños cuando se acercó él. Me tomó de la mano y me llevó hasta el banco más cercano, uno que miraba hacia los rosales de los que ahora, después del día entero, aún soy capaz de percibir el olor.
Al principio no lo reconocí, estuvimos un rato sentados, mirándonos sin mediar palabra. Cuando por fin se atrevió a hablar, lo primero que hizo fue darme las gracias. No entendía a qué venía aquello, pero para qué, simplemente era un sueño. Y él, que pareció percibir este pensamiento, enseguida reaccionó:
― ¿No me reconoces?
― Pues no, lo siento, ¿debería?
― Siento haberme presentado así en tu habitación, no pretendía asustarte. Alguien me habló de ti, de tu poder y necesitaba volver aquí, reencontrarme con los míos.
Soy «soñadora de vidas», debería acostumbrándome, lo único que espero es que no se hayan enterado muchos más espíritus y, sobre todo, que el próximo que venga no me dé otro susto como el de anoche.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La leyenda de doña Inés de Albizu y Martín de Vera

Sabed vosas mercedes que aquella, doña Inés de Albizu y Martín de Vera, natural de Valencia, fue la dama más hermosa jamás conocida en este reino. Se dice de su belleza que sobrepasaba lo natural, tanto que quizá fue la razón por la que jamás halló el amor verdadero ni caballero alguno que se desposara con ella. Cuentan las malas lenguas que vivía presa de un hechizo que la atrapó para siempre en su propia hermosura, que fue joven hasta su muerte y sobrevivió a todas sus hermanas que sí desposaron y tuvieron familias numerosas.
¡Cuan grande sería su desdicha al verse siempre tan sola...!
Sabed de doña Inés que, aparte de belleza, poseía otras grandes cualidades. Era distinguida y honrada en su carácter, educada en sus formas y digna hija de linaje y condición por su ascendencia noble.
Pero lo que alimentó la leyenda de esta dama no fueron sus virtudes ni su fama, sino su tendencia a vestir siempre de luto. Y es que algunos desvergonzados se empeñaron en asociar su nombre a una leyenda negra: todo caballero que la pretendía, caía muerto a sus pies. Y no estaban faltos de razón porque así era; durante sus años mozos todo aquel que osaba cortejarla yacía finalmente bajo su balcón. Algunos deslenguados pretendieron acusarla de tal despropósito, pero todos la defendían porque, ¿qué razón tendría para acabar con la vida de sus pretendientes sin tan siquiera haber amado?
Fueron muchos los que tomaron la iniciativa de asomarse a su balcón cual caballero parte a la batalla portando armas y escudos, quizá para defenderse del lado desconocido de la belleza de doña Inés. Pero toda armadura fue en vano y uno tras otro fueron cayendo cual flores marchitas en su jardín.
Fue así como se forjó la leyenda de doña Inés de Albizu y Martín de Vera.
...

Pero un humilde servidor conoce toda la verdad, así que dejadme que os desvele el gran secreto que ocultaba aquella dama.
Supimos de su belleza por lo que algún trovador anónimo se empeñó en convencernos.
Nadie se preguntó jamás porqué ni su propio padre, que tanto la amaba, presumía de un retrato de ella al igual que de las otras hermanas. Dicen los rumores que era para salvaguardar su belleza, pero os aseguro que había un motivo más oscuro tras esa decisión.
Nadie jamás osó siquiera apartar el velo negro de su rostro para asegurarse de la leyenda.
Y es que no existía tal belleza; la pobre Inés era fea, pero fea fea y es muy probable que fuera su padre ese trovador desconocido que con intención de proteger su linaje ocultara la feúra de su hija.
Pero, ¿cómo habrían de morir todos aquellos caballeros? Porque es bien cierto que hasta su balcón trepaban y ella, deseosa de amar y ser amada, se dejaba agasajar hasta que en un arranque de locura se destapaba el rostro y los jóvenes ante tal sorpresa perdían el equilibrio y erraban al intentar agarrarse a la baranda acabando con el fatal desenlace que todos conocemos.
Pobre doña Inés, acabó siendo hermosa sin serlo y más sola que si hubiera sido fea como era.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Vuelvo en breve

Adela salió de casa sin un destino concreto, simplemente empezó a caminar en la misma dirección que llevaba la primera persona con la que se cruzó. Era una tarde desapacible, fría; una tarde típica de otoño. Llevaba solo una chaqueta fina que se empeñaba en estirar esperando que abrigara algo más, pero no era suficiente; bajaba la vista y seguía caminando hacia ninguna parte.
Nada presagiaba su fin. El día había sido como otro cualquiera: rutinario. Madrugar, llevar a los niños al colegio, recoger la casa, hacer la compra... Todos los días las mismas tareas, todos los días los mismos sentimientos. Y es que Adela se sentía sola a pesar de su matrimonio y su familia. Su marido se había vuelto silencioso y pasaba más tiempo fuera que dentro, y cuando compartían mesa parecían auténticos extraños. Sus hijos, ya en la E.S.O., empezaban a necesitarla cada vez menos.
Adela se sentía fuera de lugar. Salió de casa sin destino, ¿o quizá sí? Después de un rato de calles sin nombre, de plazas vacías bajo una lluvia fina que calaba hasta los huesos, levantó la mirada y sonrió. Decidió a dónde ir y casi corriendo se dirigió hacia el puente peatonal que cruzaba la vía del tren. Según se iba a cercando iba acelerando el paso, inconscientemente, hacia su fin. Ya en lo alto, se detuvo. Miró al infinito y sin pensarlo dos veces se arrojó a la vía justo antes de que pasara el regional con destino Madrid.
Nadie la vio, nadie se dio cuenta de su decisión. En su casa no la echaron de menos hasta el día siguiente.
Adela se fue sin decir adiós, pero antes dejó las camas hechas y la cena preparada, y sobre la mesa, una nota que rezaba: «Salgo a dar una vuelta, vuelvo en breve».

lunes, 8 de noviembre de 2010

Silencio, se ha ido.

Silencios forzados que nos recuerdan su ausencia...
La muerte se lo llevó al fin el miércoles pasado obligándonos a perder el rumbo de los días, apagando nuestras risas por un tiempo prudencial. Hicimos un esfuerzo por recordar lo bueno, sentándonos todos juntos a la misma mesa. Pero todo fue en vano, a día de hoy seguimos callados.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Creía de la muerte...


La pensaba humilde, la esperaba comprensiva. Siempre la imagino agridulce, regalándonos un final sin dolor, paliando la falta del ser amado o llevándoselo para aportar «nuevos» argumentos.
Pero no, la muerte es cruel, es egoísta y maliciosa. Ayer la vi, junto a su cama, agarrándole el corazón con fuerza, soportando su dolor hasta el último aliento que, mientras no llega, alarga una agonía insoportable.
Él ya no conoce, no responde, no cavila. Se remueve sobre el lecho con palabras no dichas, masticando recuerdos que se escapan de su aliento, consumiéndose entre un dolor oculto por las drogas.
«Ese hombre de ahí no es mi padre». Dije en alto y mientras todos se volvían hacia mí castigándome con la mirada, distinguí los ojos de la muerte, satisfechos, convenidos, orgullosos... Y la odié.

domingo, 31 de octubre de 2010

Como la noche

Se apaga su vida al mismo ritmo que el atardecer se impone.
Llegará como la noche, esperada, oscura y silenciosa.
Aguardamos el momento entre llantos y miradas huidizas,
sin querer reconocer que llega su final.
Tememos la hora en que todo termine,
en que su reloj se detenga y retrase los nuestros por un instante
el tiempo necesario para ajustar de nuevo las agujas.
Y la muerte, en su decisión irrevocable,
se lo llevará al fin sin miedo, sin dolor.
Quedaremos velando su cuerpo, recordando su memoria
a pesar de los pesares.

martes, 19 de octubre de 2010

La decisión de la parca

Dejamos la inocencia a un lado para cubrir nuestros corazones de tristeza y bajamos la mirada hasta clavarnos la barbilla en el pecho con tal de no mirarla.
Apagamos las luces de la casa mientras la muerte siguiera rondando para evitar llamar su atención, si tenía que llevarse a alguien, que solo se llevara a uno, pero ¿cómo decidir a cuál?
Optamos por echarlo a suertes, pero el destino quiso que todos eligiéramos el mismo número.
Razonamos por experiencias y edad, pero todos queríamos seguir aprendiendo.
Debatimos largo rato sobre los motivos de la supervivencia, pero de nada sirvió; la muerte ya había tomado una decisión.
Resumiendo, solo perdimos un tiempo precioso discutiendo por un veredicto que no estaba en nuestras manos, en lugar de disfrutar de la compañía cada uno de nosotros.
La muerte nos llevo a todos por idiotas.

449

«Morí por la Belleza y me acababan
de ajustar a la Tumba
cuando Alguien que murió por la Verdad
fue recluido en la habitación de al lado.

Preguntó suavemente «¿Por qué has muerto?»
«Por la Belleza», dije
«Y yo por la Verdad ―Ambas son Una ―
Hermanos somos, pues», me contestó.
.
Y así, como Parientes que una Noche se encuentran
hablamos entre dos Habitaciones
hasta que el Musgo nos alcanzó los labios
y nos cubrió los nombres.»

Poemas a la Muerte, Emily Dickinson
Traducción de Rubén Martín

martes, 5 de octubre de 2010

II. Veranos de plaza y bocadillo de tortilla

Nos trasladamos a vivir al Pasaje, justo en frente de mi abuela Gloria.
Supongo que esta «memoria selectiva» de la que vengo haciendo gala ya algún tiempo se ha quedado solo con lo que realmente importa, con lo que aportó algo a mi vida.
Aquellos años de esa infancia «retardada» que para mí duró hasta los 16 quedó marcada para siempre por los veranos de plaza y los bocadillos de tortilla. No recuerdo ni las penalidades ni las carencias que entristecen a mi madre al recordarlas, solo me vienen a la mente 3 cosas: los juegos de plaza, mi abuela y el fin de mi infancia.
Los juegos de plaza, cuando era una plaza con setos, rosales y laurel; con árboles frondosos de los que siempre recogíamos algún gorrión de vuelo precoz, o de los que emergían auténticos batallones de caracoles tras la lluvia... Aquella plaza llena de padres y niños, de grupos de jóvenes, donde a mi entender cabíamos todos, aquel era el lugar más estupendo del mundo (os recuerdo que solo tenía 8 ó 9 años). Pasábamos los veranos jugando hasta que iban a buscarnos, organizando a todos los chavales que allí había. A veces éramos pocos, entonces tocaba escondite; pero en ocasiones llegamos a juntarnos más de 20, entonces tocaba pañuelo. Y entre carrera y carrera: bocadillo de tortilla. Recuerda madre: a mí con ajito picado :-)
Y mi abuela, falleció hace ya 7 años y todavía sigue muy presente. Hay quien dice que era como una abuela de cuento. Era tan dulce al hablar y sus manos pequeñas, tan suaves. Tan rítmicos sus andares y ese tang que nos preparaba en las visitas me estaba más rico cuando lo hacía ella.
Lo mejor, lo que aún rememoro cada vez que paso por delante de la ventana de su comedor era en esas noches de juegos en las que, a modo de tregua, nos íbamos todo el chiquillerío a su ventana y la llamábamos a voces: «abueli, abueli». Ella, casi de puntillas, se asomaba y nos dedicaba una de esas sonrisas que tanto alimentan, y nos echaba caramelos y bolillas de anís...
Tengo muchos, muchísimos recuerdos de ella, y la añoro mucho. No conocí a ninguno de mis abuelos, y a mi abuela paterna apenas la recuerdo. Ella, la Gloria «al Padre» fue una de las personas más importantes de mi vida, me siento orgullosa de todos sus logros y siempre será para mí un ejemplo a imitar en lo que a la iniciativa se refiere. Os podría contar mil cosas de ella y no solo desde el punto de vista del amor de una nieta, sino desde la admiración a una persona que crió sola a 7 hijos y sacó estudios por el placer de formarse.
Bueno, que me voy del tema...
Y el último recuerdo de aquella etapa, el que deja ese sabor amargo donde pierdes la inocencia de creerte querida. Mi hermana Marieta, para el que no lo sepa es una artista increíble, desde bien pequeña dio muestras de su don así que se apuntó a pintura. Supongo que ese fue el inicio de su autodestrucción como artista y el mío como la «oveja negra de la familia».
Una tarde, estando en Herencia de paseo con mi padre, se acercó un señor y le preguntó cuál de las dos era la pintora; mi padre señaló a Marieta, y el otro, muy educado, volvió a preguntar. «Y la otra, ¿qué sabe hacer?», a lo que mi padre respondió un despectivo «Nada». Nunca hubiera pensado que una palabra tan insignificante, solo 4 letras pudieran atravesar como cuchillos, hacer ese daño tan profundo. Aquel «nada» quedó grabado a fuego para siempre en mi recuerdo. Ojalá mi «memoria selectiva» fuera algo más eficaz y borrara todo lo que duele, aunque supongo que siempre deja la muestra para recordarnos porqué somos como somos.
Hasta los 14 años siempre deseé haber nacido chico. Me vestía y me comportaba como tal porque veía más atención de mi padre hacia mis hermanos varones que hacia nosotras, bueno, hacía a mí que no sabía hacer nada porque ya estaba mi hermana cargada de talento. Os juro que lo adoraba, lo quería con toda mi alma. Siempre estaba dispuesta a irme con él, lo admiraba porque todo el que pasaba a su lado tenía una palabra amable, debía ser una bellísima persona. Debía.
Mi decepción fue enorme, es enorme.
Ahí se acabó mi infancia. Se rompió el lazo de cariño que le había lanzado, que mantenía unida nuestra relación padre-hija.
Ahí empecé a ser yo misma, todavía con la lengua sin partir en dos, sin sacar el sarcasmo (supongo que aún no sabía ni lo que era eso). Creo, pienso, que fue entonces cuando empecé a hacer lo que me venía en gana, lo que me apetecía porque no veía que nadie se preocupara por mí.
Obviamente sé que no es así.

Qué le importa a los demás lo que lleve a mis espaldas

―¿Te has fijado en esa chica? La que llevaba el pañuelo atado en el bolso.
―Sí, iba cargada de melancolía.
―¡Qué mirada! ¡Qué andar tan pesado tenía!
―Da la sensación de que portara una gran carga.
―Ha dejado un reguero de tristeza a su paso, ten cuidado no vayas a pisarlo y te escurras.
―No bromees así, se la veía tan...
―Tan muerta.