jueves, 18 de abril de 2013

Autocontrol

—Buenas tardes y bienvenidos al curso «Internet básico». Mi nombre es Alicia —me presenté al grupo.
Siempre comenzaba con la misma cantinela: los horarios, el control de asistencia, un resumen de los contenidos y, a modo de chiste, la distribución del centro. Era simple, muy simple. No había recepción; la puerta daba directamente al aula. Allí, distribuidas en filas y contra la pared en un extremo, se apiñaban las mesas. Al otro lado, dos cuartos: un almacén y otro para los aparatos a la espera de reparación. En este último, una puerta daba acceso al baño.
—La salida de emergencia es la misma por la que habéis entrado y si alguien tiene alguna necesidad fisiológica urgente, el aseo está a mi izquierda.
No habían pasado ni diez minutos desde la introducción al primer tema cuando empecé a sentir retorcijones.
—Esto ha sido la salsa de soja —pensé haciendo un repaso mental del menú del restaurante chino.
Hablaba del desarrollo de las Nuevas Tecnologías en los últimos años mientras la agitación de mi estómago evolucionaba a un ritmo más acelerado que el propio Internet. Traté de disimular los rugidos subiendo el tono de voz. Las ventajas del uso de estas herramientas en la vida diaria parecieron calmar algo las molestias, pero al abordar los inconvenientes vino lo peor. Desde el primer uso inadecuado hasta llegar a los fraudes, el malestar se fue intensificando. El dolor era tal que de vez en cuando tenía que sentarme en el pico de mi mesa para disimular cada encogimiento. Di paso a los alumnos invitándolos a participar en un debate improvisado acerca de la cuestión que nos ocupaba. Necesitaba descansar. Intenté controlar la respiración en un vano intento de aliviar mi sufrimiento, pero no hice más que empeorar la situación. Empecé a sudar profusamente. Un calor abrasador me recorría desde el bajo vientre hasta la cabeza.
—Si no os importa, voy a poner un ratito el aire acondicionado —disimulé mis intenciones.
Moderé el debate como pude, intentando mediar entre cada intervención y mi ansiedad. Cuando empezaron a acabarse las ideas, ofrecí hacer un descanso de quince minutos. Lo necesitaba de forma apremiante. Imaginé el agua fresca en la nuca y casi sentí consuelo. Al primer paso hacia el baño, se acercó una muchacha.
—Alicia, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí, claro —mentí, no estaba lo suficientemente concentrada ni para dar la hora.
—Verás, al acceder a Windows me sale un ventana avisando de un error de nosequé y se apaga solo.
—¿No podrías especificar un poco más? —le dije mirando hacia la puerta del aseo.
Ella hablaba sin parar; no recuerdo nada de lo que decía.
—Intenta apuntar el mensaje que te da y mañana me lo dices. Así, sin verlo, no puedo darte una respuesta.
Había pasado el cuarto de hora más largo de mi vida. Todos habían vuelto a su asiento y por delante me quedaba otra hora y media de clase. El frío en el aula parecía hacer efecto. Dejé de sudar, pero empecé a sentir escalofríos. Recordé entonces lo que siempre decía mi madre: «Antes de salir de viaje hay que ir al baño». No pensaba ir de crucero ni nada parecido, simplemente había venido a trabajar. Ahora el chiste del principio ya no me parecía tan gracioso. Ahora era yo la que tenía una necesidad fisiológica urgente. No creí profesional interrumpir la clase, así que apreté mi esfínter todo lo que pude.
De los navegadores pasé al manejo de Google. Después de una breve explicación de sus virtudes, propuse un par de ejercicios fáciles. Tardaron poco en hacerlos, así que se me ocurrió uno más complejo que les llevara el tiempo necesario para poder aligerar mi carga. Pronto empezaron a surgir las dudas.
—Alicia, ¿puedes apagar el aire? Hace frío —solicitó un señor con el mostacho manchado de café.
—¿Puedes venir un momento? No sé dónde tengo que pinchar —me reclamó la señora del fondo.
—Mi ordenador va muy lento —se quejó el alumno más joven.
Volvieron los retorcijones, los escalofríos se turnaban con los calores y mi esfínter parecía empezar a perder fuerza.

miércoles, 3 de abril de 2013

El hombre descalzo

Los cordones se rompieron y fue a comprar otros. De eso hace ya varios días. Es posible que perdiera los zapatos y, con ellos, el camino de vuelta a casa. Debí pedirle que me comprara tabaco, por si vuelve que tenga una buena excusa por el retraso.

Jorge

Empezó con una palabra sin definir y fue creciendo hasta convertirse en el inicio de una historia con nombre propio que aún está por escribir.


Capítulos 1 y 2

1.
Juraría que había oído golpes. Paré el secador y bajé el volumen de la radio, pero no sentí nada. Sonaba «Déjame», de Los Secretos, cuando terminé. Fui al dormitorio, sobre la cama tenía estirado el vestido de flores. Miré el reloj: las nueve y cuarto. Aún tenía un rato para terminar de arreglarme. Me entretuve buscando una chaqueta en el armario. Cuando cerraba la puerta del mueble, sonó el timbre. ¿Quién será? Anudé el cinturón de la bata y fui hacia la entrada. Reconocí a Laura, mi vecina de arriba, a través de la mirilla. Abrí la puerta. Empujó y entró con prisa cerrando con cuidado de no hacer ruido. Apagó la luz del hall.
–Pero, ¿qué haces? –le pregunté sorprendida.
–No digas nada –me susurró.
Laura se echó a llorar. Despedía olor a sudor mezclado con sangre. La escasa luz que llegaba del salón me permitió ver su cara: sobre su ojo derecho, un brecha abierta y, en el otro, un cardenal antiguo. Llevaba la camisa rasgada.
–¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado?
Puso su mano temblorosa sobre mi boca pidiendo silencio.
–Vamos, hay que limpiar esa herida.
Al pasar al baño se detuvo frente al espejo. Limpió la sangre que caía por su mejilla con la manga. Le acerqué el taburete y la invité a sentarse.
–Déjame que te vea ¿Qué ha pasado? –le pregunté mientras tomaba su barbilla.
–Casi me mata. He aprovechado un despiste para salir corriendo –balbuceó.
–¿Dónde están tus hijos? Deberíamos llamar a la policía.
–Están en casa de mi madre. ¡Por favor, no llames! –exclamó.
–Deja, al menos, que te cure.
Asintió sin decir palabra. Miré el reloj: las nueve y media pasadas.
–Has quedado, ¿verdad? Déjalo, me voy –dijo haciendo ademán de levantarse.
–No te preocupes, no es importante. Te preparo un baño y te relajas. Ve quitándote la ropa, voy a buscarte algo limpio.
Recogí el vestido, ya tendría otra ocasión para estrenarlo. Saqué un chándal para Laura y volví con ella. No pude evitar mi cara de asombro al verla desnuda de cintura para arriba, con la espalda marcada de cicatrices y moraduras. Parecía más pequeña de lo que era. Al darse cuenta de mi presencia, tomó una toalla y se cubrió.
El timbre volvió a sonar. Eran las diez en punto. Ambas nos miramos conteniendo la respiración.

2.
«Un hombre condenado por maltrato mata a su hija y se suicida. Con este son tres los crímenes cometidos durante Semana Santa...». Cambié de dial, no me gusta oír ese tipo de noticias, menos cuando hay menores de por medio. Recogí la cocina oyendo Kiss FM. Alekos Rubio comentaba algo sobre un comprador anónimo que había pagado un dineral por un álbum firmado por los Beatles. ¡Menuda pasta! El tío debe ser un friki y estar podrido de dinero, con la mitad me conformaba.
Terminaba de colocar los cacharros secos cuando oí llorar al bebé a través del intercomunicador. Fui a su habitación. El pequeño se rebullía en la cuna y chupaba con ahínco su puño derecho, era su hora de comer.
–¿Ya te has despertado, Iván? Ven aquí, gordo –le dije cariñosamente mientras lo tomaba en brazos.
Sonrió agradecido y se abrazó a mi cuello. Me gustó la sensación. Volví a la cocina con el niño y lo senté en la trona mientras calentaba la papilla. La comida transcurrió entre cucharadas por papá, mamá y los abuelos, la última la reservaría para mí. Hacia la mitad del plato sonó mi móvil.
–Hola Bea, ¿qué haces? –me preguntó Rubén.
–Estoy dándole de comer al gordito. En cuanto llegue su madre me voy para casa.
–¿Te apetece que vayamos al cine esta noche?
–¿Siguen poniendo «El lado bueno de las cosas»? Me apetece mucho verla.
–Lo miro y ya te digo. Te recojo a las diez en casa, ¿vale?
–Genial, ya tengo una excusa para estrenar el vestido que me regaló mi hermana.
Rubén se despidió con un beso, como hacía siempre, pero nunca se atrevía a dármelo en persona. Era lo más parecido a un novio que había tenido, pero ninguno de los dos dábamos el paso.
La programación musical hizo una pausa para emitir un boletín informativo: «En la madrugada del domingo, un hombre mató presuntamente a su hija de seis años y después se suicidó en Campillos, Málaga. El padre, de 32 años...». Ya estamos otra vez. Volví a cambiar el dial.
–¡Y esta por Beatriz! –invité a Iván para terminar la comida.
En la radio sonaba «Déjame», de los hermanos Urquijo. Tarareé la canción para distraer al pequeño.

lunes, 1 de abril de 2013

Un despiste como otro cualquiera

Cuando era pequeño mi padre me enseñó a lanzar la caña, a montar en bicicleta y a buscar espárragos. Pero olvidó algo importante: jamás me dijo «te quiero».

miércoles, 6 de febrero de 2013

Camino

Camino entre brotes de silencio
en la búsqueda incesante
de cada momento, de cada instante.

La indecisión

―¡Espera! ¿Estás completamente seguro? ―la advertencia del padre martilleó su cabeza.
―No quiero pensarlo de nuevo, dudaría. Déjame hacerlo ―el hombre dejaba caer las palabras de su boca arrítmicamente.
―No cometas mi mismo error.

martes, 5 de febrero de 2013

Secuencia III-IV (corrección)

III - IV
El día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró, en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo pasaréis genial».
Tomaron un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita.
–Te dije que invitaba yo –le recordó el muchacho.
La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán.
–Espero que hayan disfrutado de la cena –guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse.
Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Espera, tengo algo para ti –le pidió Elías.
Sacó de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y abrió la tapa.
–Elena, cásate conmigo –le pidió ilusionado.
Ella se quedó sin palabras. Él sacó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo índice.
–Te queda perfecto.
Apartaron las copas y se besaron con cariño.
–Bueno, ¿qué me dices? ¿Aceptas?
–¿Acaso puedo negarme? –Ambos rieron ilusionados y volvieron a besarse bajo la atenta mirada de la camarera que les dio la enhorabuena cuando se marchaban.
Volvieron a casa dando un paseo, entre arrumacos y constantes muestras de cariño.

Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas para celebrar el compromiso. Bebieron y rieron recordando viejos tiempos, esperanzados por los que estaban por venir. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. El cuerpo le pedía a gritos entregarse a la pasión, pero su mente le jugó una mala pasa. Los recuerdos volvieron como una ráfaga.
–Ahora no –dijo Elena.
Elías hizo un movimiento negativo con la cabeza y soltó un suspiro.
–Espera, necesito, dame un segundo.
Ella se levantó y fue al baño. Se refrescó la cara y se miró al espejo.
–Olvídalo de una vez. Elías no es él, ni tú aquella niña tonta –reflexionó el voz alta.
–¿Estás bien? –preguntó el novio desde la habitación.
Elena sacó el neceser el bolso y se retocó el maquillaje. Se entretuvo unos minutos más.
Elías permanecía sentado sobre el colchón, esperándola, repasando lo que había pasado, intentando encontrar el momento en el que había fallado. Para su sorpresa, ella apareció por la puerta. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–No te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.

Secuencia II (corrección)

II
A media mañana recibió un whatsapp de su novio, Elías: «Tenemos que hablar, pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora». No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le preocupaba. Ya habían hablado del tema en más de una ocasión. Él echaba de menos la falta de detalles, necesitaba entenderla mejor, quería ayudarla pero no sabía cómo. Ella, lo contaba como una anécdota casi olvidada, pero sus ojos la delataban siempre.
Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo forzando así una charla más corta de lo que él desearía. Al entrar al piso, dejó los libros sobre la silla que hacía de mesilla improvisada y colgó el abrigo en el único brazo útil del perchero. Al llegar a la cocina, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. En el fregadero, junto a los cacharros utilizados para hacer la pasta, esperaban aún los del desayuno y la cena de la noche anterior. La sartén todavía humeaba.
–Coge lo que quieras, he hecho comida de sobra –comentó Elías sin levantarse de la mesa.
Elena tomó un plato del escurridor y se sirvió una ración escueta, con la salsa fue más generosa.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final.
–¿Cuándo empiezas las prácticas?
–No tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que querías hablar? –preguntó mientras se sentaba a su lado.
–Sabes perfectamente que no.
De nuevo la misma historia: el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de excusas para evitar acabar en la cama. Él hacía alarde de una inmensa paciencia.
–¿Tienes que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te haya escapado –preguntó el novio.
–Ya te lo conté en su día –dijo ella sin apartar la mirada del plato.
Sintió un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se quedaba paralizada. el mero hecho de desear a alguien, de despertar su sexo, la hacia odiarse a sí misma. Sentía miedo, no quería pasar por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su reacción. Se levantó para dejar el plato en la encimera y volvió a la mesa. Se acercó a ella.
–Vamos cariño, no pasa nada –le dijo con cariño.
Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Te quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un favor, confía en mí.
Elena le miró a los ojos.
–Primero tengo que aprender a confiar en mí misma.

Secuencia I (corrección)

I
–Ya sabes dónde está la puerta –le dijo Pablo molesto con la reacción de Elena.
Le habló con el mismo tono con el que pediría un café en el bar, sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete. Su actitud chulesca contrastaba con la inquietud de la muchacha.
–¿Me dejas el encendedor? –habló de nuevo.
Ella siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención. Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el anticuado dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas. Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas, intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en el suelo marcando la alfombrilla. Ella deseó que la pequeña quemadura en la tela prendiera, que el chico ardiera por su pecado.
–¿Nos vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso. Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error, el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años, él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?

miércoles, 30 de enero de 2013

Trabajando con secuencias...

I
«Ya sabes dónde está la puerta». Le dijo con el mismo tono con el que pediría un café en el bar. Sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete.
–¿Me dejas el encendedor? –le dijo a Elena.
Ella siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención. Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas. Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas, intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en el suelo. Ella deseó que ardiera.
–¿Nos vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso. Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error, el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años, él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?


II
A media mañana recibió un whatsapp de Elías: «Tenemos que hablar, pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora». No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le preocupaba a su novio. Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo, así la charla sería corta. Al entrar, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. Cuando llegó a la cocina, vio una pila de cacharros en el fregadero y la sartén todavía humeando. Elías estaba sentado a la mesa terminando su plato. Al lado, había preparado uno para ella.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final e iban a repasar conceptos importantes.
–¿Cuándo empiezas las prácticas?
–No tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que querías hablar? –preguntó mientras dejaba la mochila en el suelo y se sentaba a su lado.
–Sabes perfectamente que no...
Siempre la misma historia desde el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de excusas para evitar acabar en la cama.
–¿Tienes que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te haya escapado –preguntó el novio.
–Ya te lo conté en su día –dijo ella sin mirarle a los ojos.
Sintió un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se quedaba paralizada, se odiaba por desear. Y otra vez el miedo a pasar por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su reacción. Se levantó y se acercó a ella. «Vamos cariño, no pasa nada», le dijo con cariño. Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Te quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un favor, confía en mí.
Elena le miró a los ojos. «Primero tengo que aprender a confiar en mí misma».


III
El día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró, en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo pasaréis genial».
Tomaron un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita: «Te dije que invitaba yo». La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán. «Espero que hayan disfrutado de la cena», guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse. Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Espera, tengo algo para ti –le pidió su novio.
Sacó de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y abrió la tapa.
–Elena, cásate conmigo.
Se quedó sin palabras. Elías sacó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo índice. «Te queda perfecto».
Volvieron a casa dando un paseo, disfrutando de la noche madrileña. Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas. Bebieron y rieron. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. Aún conservaba el puntito de cordura que ponía freno a su pasión.
–Ahora no... –Elías desesperó.
–Necesito, dame solo un segundo.
Ella se levantó y fue al baño. Él se quedó sentado sobre el colchón, repasando lo que había pasado hasta el momento, intentando encontrar el momento donde había fallado. Elena apareció por la puerta de nuevo. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–No te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.

jueves, 17 de enero de 2013

El testamento

–¿Por qué siempre es tu hermano el que organiza las reuniones? –susurró Elena disgustada al oído de su marido.
–Cállate, te van a oír y no tengo ganas de discutir con nadie –le recriminó Lorenzo acomodándose en el sofá de cuero recién estrenado.
–Buenas tardes, ¿queréis tomar un café? –ofreció Lola, la cuñadísima, como Elena la llamaba, mientras dejaba sobre la mesita una bandeja con la cafetera y un par de tazas.
–¿A qué viene tanto misterio? ¿Dónde está mi hermano? –preguntó Lorenzo sujetándose las rodillas un tanto impaciente.
–Aquí estoy –dijo Antonio, entrando por la puerta seguido por Isabel, la pequeña de mis tres vástagos.
Transcurridos unos minutos, todos los miembros de mi familia se sentaron en torno al café recién servido y las últimas pastas navideñas. El primero en tomar la palabra fue el mayor. Antonio, siempre tan templado, tan cabal, hizo el anuncio del hallazgo de mi testamento. Lorenzo se hizo el sorprendido a pesar de que le advertí de mis intenciones el día que murió su padre, y su mujer, correcta como pocas, halagó mi buen hacer con una sonrisa forzada. La única que no abrió la boca fue mi pequeña. Supongo que no quería dar motivos a nadie; desde bien joven siempre fue una «rebelde sin causa», como le gustaba llamarse a sí misma y en estos tres años no había aparecido por casa salvo para pedirme dinero. Me dio gusto verlos a todos reunidos, probablemente por última vez en sus vidas, y mucho más después de conocer mis deseos póstumos. Casi me arrepentía de ciertas decisiones y más después de comprobar lo bien que lo habían organizado todo: el velatorio, la misa, las flores... ¡Hasta plañideras profesionales habían contratado! No me quedó otro remedio que hacer un trato con el Todopoderoso para retrasar mi acceso al Paraíso donde me esperaba pacientemente mi esposo. Quería despedirme a lo grande de mis hijos estando «presente» en la lectura de mi testamento.
–¿Testamento? ¿Contrató a un abogado? No creo que hiciera falta y más después de habernos hecho cargo de ella durante todo este tiempo –Elena daba por sentado que le correspondía más que al resto.
–No te pongas medallas antes de tiempo que todos sabemos que vuestro cariño tenía condiciones –contestó con malicia Lola.
La discusión estaba servida. No pasó ni un minuto cuando ambas mujeres empezaron a sacar todo tipo de trapos sucios. Para sorpresa de todos, la que puso orden fue Isabel.
–¿Por qué no os calláis? A mí me interesa saber cuáles fueron los últimos deseos de mi madre.
–Será la primera vez en mucho tiempo que te interesas por ella y no por su dinero –comentó Elena llevándose la taza a la boca.
–Cariño, cállate, anda –le repitió su marido sin ocultar su malestar.
Haciendo oídos sordos a mi nuera, Lorenzo abrió el sobre donde rezaba «Mi testamento. Léase en presencia de todos mis hijos, a ser posible una vez que haya muerto». Me senté a su lado, sobre el brazo del sofá, y leí al mismo tiempo:
«Queridos hijos:
Seré breve, tampoco hay mucho que repartir, pero antes de ir a lo que os interesa, quiero dejaros unas palabras de lo que a mí me interesa y nadie tuvo la amabilidad de preguntar. Estoy orgullosa de vosotros».
Lorenzo hizo una pausa y sonrió satisfecho, todos lo hicieron, como si lo que acababa de leer fuera una verdad absoluta.
«Sois buenas personas, mejores profesionales e inmejorables padres de familia...».
–Lo siento Isabel, en ese párrafo no te incluye –interrumpió de nuevo Elena con sorna mientras su marido le daba un codazo con poco disimulo.
–¿Puedo continuar?
«En fin, que me alegra haberos conocido. Concluyo diciendo lo que estaréis deseando oír. Dejo todos mis bienes a Isabel».
Lorenzo paró en seco, yo empecé a reír. Obviamente no podían oírme. Mis nueras reanudaron la discusión y mis hijos se unieron indignados. Isabel permaneció callada. Me acerqué a ella y le acaricié el pelo, siempre me gustó ese olor a recién lavado. Intentó intervenir, pero los ánimos estaban demasiado caldeados y decidió marcharse. Cogió la chaqueta raída que remendaba en cada una de sus visitas y se fue sin decir adiós. Antes de salir de la casa, se miró al espejo. Comprobamos el extraordinario parecido que teníamos: los ojos y esa sonrisa pícara. «Mis hermanos no van a cambiar nunca y sus mujeres... ¡Menudas víboras! Mi madre sabrá lo que se hacía al tomar esa decisión».

domingo, 6 de enero de 2013

La lluvia

Te hablaré de la lluvia lejana,
de la que empapaba mi aliento
y adormecía el alma.
Era una lluvia discreta, silenciosa,
lenta como el tiempo.
Permanecía a mi lado en perpetua compañía,
en otoño eterno.
Hasta que amaneció.

Cada gota tiene un destino, un fin último.
Quizá fuera despertar los sentidos,
quizá limpiar los latidos.
Calando hasta los huesos
despertó mi corazón dormido.
Se abrieron puertas desconocidas,
ocultas entre las goteras de la tristeza
y se mostró el mundo.

Te hablaré de la lluvia de primavera,
la que embriaga los sentidos
y aviva los aturdidos sentimientos
del letargo de la melancolía.
En la tímida caída respetando los espacios
que nos unen y nos separan,
me recuerdan a cada paso
que estoy, que sigo viva.

Vuelven a revolverse las mariposas
tintando los verdes campos de azules
entre amapolas encendidas de pasión,
amarillos girasol indicando el camino
y al final... Al final te encuentro.
«¿Dónde has estado todo este tiempo?
Deja el paraguas y camina conmigo,
la llovizna será nuestro sino».

jueves, 20 de diciembre de 2012

Defectos

La mayoría de los hombres son perversos, por desgracia yo no le llego ni a la punta del zapato.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La silla de ruedas

Oí a la muchacha llamando a su perra, sabía que estaban cerca. «Muy bien Lola, junto». Se aproximaba hasta a nosotros, podía oír sus pasos y al animal jadeando detrás de ella, exhausta tras la carrera. Al llegar a nuestra a altura insistió, como tantas otras veces, en el saludo educado con una sonrisa inocente: «Buenos días». Esta vez le respondí, su insistencia lo merecía. Nos adelantó unos metros y al llegar al borde de la acera, ordenó a Lola que se sentara; la perra obedeció y se quedó mirándola, esperando una recompensa. No pude contener la risa, me recordó los tiempos en los que iba de caza de con mi padre y, a su silbido, todos los podencos corrían hacia nosotros, quedándose inmóviles, esperando, como ella, algo que echarse a la boca. La muchacha se volvió y me sonrió; no podía saber lo que pasaba por mi cabeza, pero parecía satisfecha del resultado de su orden. Mi sonrisa era su recompensa.
Aproveché su siguiente mandato: «Cruza», para pedirle a Sara que tomara el andador y se incorporara. No me hizo caso, siempre la excusa del cansancio. «Cariño, haz un esfuerzo», le insistí. Miró hacia el otro lado despreciando mis palabras. Detestaba esa actitud. «¡He dicho que te levantes de una maldita vez!». Mis palabras resonaron por todo el paseo. La muchacha, ya en la otra acera, se volvió sorprendida. Sara se levantó rechinando los dientes. Retiré la silla y me senté, necesitaba meditar un segundo. «Camina, solo unos pasos», le dije. Avanzó con dificultad, esbozando maldiciones en cada movimiento. Y la odié, tanto como cada día a esta misma hora, en este mismo lugar.
La mirada de la chica, aún fija en mí, denotaba cierta inquietud. Su prudencia la mantenía alejada. Le puso la correa al animal y antes de seguir su camino, me miró y parpadeó despacio. No me gustó aquel gesto, detestaba inspirar lástima. La rabia en mis manos arrancó la carrera de las ruedas y me dirigí como un loco hacia la carretera. No miré. El sonido del claxon, los gritos de mi mujer y los insultos del conductor que había reaccionado a tiempo hicieron levantar el vuelo de las pocas perdices del descampado que Lola había dejado en paz. Desde el otro extremo de la calle, la muchacha me miraba sorprendida y Sara insistía en que volviera a su lado: «Vuelve, no aguanto más tiempo de pie».

miércoles, 5 de diciembre de 2012

El jardín secreto

Las dos pequeñas hurgaban bajo la capa de pintura que se levantaba hacia la mitad de la escalera. Eli arrancaba los pétalos de una de las margarita que acababan de descubrir. Las risas parecían disipar la tristeza del manto gris que lo cubría todo. Entre el último «me quiere, no me quiere», la abuela apareció clavando su bastón en el suelo con severidad. El golpe resonó por todos los rincones, hasta la virgen de la Merced se encogió de hombros. Silencio, solo el eco que se extendía como un alud descontrolado.
–¿Qué hacéis ahí? ¡Responded ahora mismo! –gritó Caridad.
Las niñas no dijeron nada, se quedaron atrapadas por el miedo, uniendo sus manos para protegerse. La abuela insistió con más dureza. Los escalones se congelaban a medida que su voz ascendía por la escalera.
–¿Os he dicho que qué hacéis ahí? ¿Acaso no tenéis lengua? ¿No os ha enseñado vuestra madre a obedecer? ¡Responded ahora mismo, he dicho!
–No... Nosotras sólo jugábamos con las flores.
–¡Qué flores ni qué ocho cuartos! Bajad aquí ahora mismo, os voy a dar un buen azote por estropear la pintura.
María no lo pensó dos veces, salió corriendo hacia arriba buscando la protección de su madre. No controló su impulsó y Eli, aún amarrada a su ramo de margaritas, perdió el equilibrio y cayó escaleras abajo. Según descendía, su pequeño cuerpo iba envolviéndose del polvo mortecino. Caridad, que hasta entonces no había movido ni un músculo de su cuerpo, echó mano de su rosario y empezó a rezar. De nuevo el silencio. La quietud dio paso al desasosiego. María empezó a chillar. La abuela esperó a terminar su plegaria. Eli no se movía. La madre apareció en el piso de arriba y al ver a su pequeña inerte, corrió escaleras abajo.
–¡Caridad, haga algo por Dios! Salga a pedir ayuda –dijo mientras cogía a su hija entre sus brazos y la mecía.
La abuela soltó el bastón y se dirigió al despacho. Repasó una vez más la caja de puros. «No ha pasado nada, no ha pasado nada...», decía mientras sobre su mejilla derramaba una única lágrima.

La abuela

Cada vez que Caridad entraba en la casa hasta las ratas contenían el aliento. Cerraba de un portazo para avisar de su llegada. El ritual de costumbre: sacar su viejo rosario y rezar ante la imagen de la patrona una de las mil plegarias que se sabía. Lo hacía en voz baja, con cierta musicalidad, y sin levantar la mirada del suelo. Al acabar, se persignaba a toda velocidad y volvía a guardar el rosario en un bolsillo interior de su uniforme de luto. Después se dirigía al despacho y tomaba el bastón de su difunto marido a modo de báculo. No le hacía falta para caminar, a pesar de su avanzada edad mantenía su físico tan rígido como su carácter; solo era la señal de que la que mandaba allí era ella. Antes de salir de la habitación, abría la caja de Cohibas que había en la esquina de la mesa de oficina y repasaba el número de puros para asegurarse de que nadie había tocado donde no debía. Guardaba los puros que un antiguo socio le regaló a su marido Rafael como si fueran un tesoro, pero el abuelo nuncó llegó a fumarse ninguno.

La casa

La casa vieja y destartalada era una cicatriz en el calle principal de Herencia. La herida, siempre abierta, permanecía en el interior. La autoridad con la que la abuela gobernaba la casa y a todos sus habitantes se hacía patente en cada rincón. «Austeridad» era su palabra favorita. No había adornos ni cuadros colgados, ni siquiera fotografías o retratos. Un manto grisáceo lo cubría todo, el polvo era el único ornamento. Jamás se cambió nada desde que se abrieron sus puertas y se cerraron sus ventanas, los muebles comidos por la carcoma pedían auxilio a gritos, la anea de las sillas descubría sus hojas secas como venas muertas, no había calefacción ni agua corriente. Se respiraba frío de forma constante, quien entraba a la casa no volvía a ser el mismo. Un detalle escapaba a la mirada severa de la matriarca: el papel pintado que en el algún momento lució en las paredes intentaba escapar a imperfectas manos de pintura. Las pequeñas florecillas impresas, muchas marchitas, asomaban tímidamente invitándome cada vez que bajaba las escaleras a descubrir el jardín oculto.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La bata de seda

Antes de abrir la puerta del dormitorio percibí la mezcla de sudor y semen. Lo supe. Dudé si continuar, pero mi cuerpo ya estaba dentro. Sobre la cama yacían mi marido y su amante. El joven imberbe tomaba su cadera con ambas manos y se lanzaba sobre él con ímpetu. El gritito que dejé escapar no desconcentró a la pareja, pero llamó la atención del muchacho. Sin dejar su tarea, me miró con media sonrisa invitándome a participar del momento. Mi respiración se agitó al mismo ritmo que sus embestidas iniciando una lucha interna entre mi lascivia y mi vergüenza. En ese instante, vino a mi memoria el día en que mi madre y yo descubrimos a mi padre follándose a la doncella sobre la mesa de la cocina. Aún era pequeña para entender lo que pasaba. Ella no hizo nada, ni parpadeó, solo agarró mi mano con fuerza y me dijo al oído: «Jamás permitas algo así». Desperté del recuerdo cuando el tomador gimió escandalosamente. Eyaculó sobre las sábanas bordadas y le odié todavía más. Salí de la habitación sin prisa. Las palabras de mi madre resonaban por el pasillo mientras me dirigía a la cocina. Me preparé un café y esperé, no sé exactamente qué. El amante apareció envuelto en mi bata de seda. «Dime por qué». Él se colocó a mi espalda y rozó mi falda con su sexo. «Mejor pregúntate por dónde». Tomó mi taza y volvió al dormitorio.

A los pocos días casi todo había vuelto a la normalidad. Las sábanas volvían a lucir sus bordados inmaculados y la habitación había recuperado el olor a matrimonio tradicional. Pero nosotros ya no éramos los mismos. Volvimos a compartir la mesa y la cama, pero apenas nos rozábamos. No cruzábamos palabra. Había decidido castigarlo con indiferencia mientras decidía qué hacer con mi vida. Seguía queriéndole, pero estaba confundida. Realmente lo deseaba, o quizá quería desearlo con la misma intensidad con la que su amante lo tomó. Habían pasado muchos años. La rutina, el cansancio y los años habían hecho mella en nuestra relación. Estaba convencida de que cuando nuestra hija se independizara, todo volvería a ser como antes. No fue así, nos distanciamos aún más. Justificaba su desliz a la vez que trataba de odiarlo, pero no podía. Pensaba constantemente en la ocasión en que mi jefe me abordó en su despacho y desabrochó mi blusa mientras me besaba profusamente. Repasaba aquel momento arrepintiéndome de haberle rechazado. Ahora deseaba haber sido yo quien le engañara con otro.

Otra vez las dudas. «Él no me ha engañado con una mujer, sino con un hombre». ¿Acaso no fui capaz de darle lo que necesitaba? ¿Se habría cansado de mí? Para cualquier otra sería causa más que suficiente para terminar con la relación. Recordé a mi madre y su petición, pero yo no era ella, no era cualquier mujer. Y luego estaba él, el amante y su conclusión: «Pregúntate por dónde». Le daba vueltas a estas y a otras muchas ideas. Jamás podré admitir una homosexualidad latente, si acaso bisexualidad. ¿Lo habría hecho antes? ¿Con cuántos más? Me di cuenta de que mi indiferencia era más mi castigo. Empecé a necesitar hablar con él, que me aclarara las razones, pero me avergonzaba el mero hecho de plantearle la conversación. Después de mucho pensarlo, opté por convertirme en lo que él deseaba.

A la tarde siguiente pedí hora en el salón de belleza. «Córtame el pelo bien corto, a lo chico, pero con gracia». La peluquera me miró con extrañeza y comenzó a cortar. Lloré mientras veía caer mechón a mechón la melena que había cuidado durante tanto tiempo. Cuando terminó, me ofreció un espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo».

Al salir me dirigí a la calle Montera. Nadie me había recomendado la tienda, la busqué por internet. En la esquina anterior saqué las gafas de sol y me escondí tras ellas; me avergonzaba lo que pudieran pensar de mí. Nadie me miró, nadie se dio cuenta. Entré en el sexshop. Simulando seguridad, pedí un pene con arnés. Sabía perfectamente lo que quería. El dependiente me enseñó varios modelos. Me explicaba al detalle todas ventajas de composición y diseño mientras la gente entraba y salía sin prestar atención. Cuando sacó el producto que elegí con la excusa de hacer una demostración de uso, empecé a sudar. «No hace falta, gracias». El hombre se dio cuenta y sin añadir más, volvió a guardar el aparato en su caja cuidadosamente. «¿Quiere que se lo envuelva para regalo?». Adiviné la ironía y sonreí negando con la cabeza. «El lubricante se lo regalo». Pagué en efectivo y me marché a toda prisa.

Llegué a casa antes que mi marido. Preparé el baño y esparcí en el fondo sus sales favoritas. Con cuidado, rasuré todo el vello de mi cuerpo. Al terminar, vendé mi pecho comprimiendo las tetas todo lo posible. Me miré al espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo...». Fui al dormitorio y abrí la cama. Saqué la compra de la bolsa del sexshop. Dejé el lubricante sobre la mesilla y desembalé el pene con mimo. Me coloqué el arnés siguiendo las instrucciones. Al acabar, metí la caja en la bolsa y la escondí dentro del armario. Justo en ese instante oí la puerta. Finalmente, tomé la bata de seda y me dirigí hacia donde él estaba. Apoyado sobre la barra de la cocina, justo en el mismo sitio donde me abordó su amante, removía la cucharilla de su café. Me coloqué a su espalda y le susurré al oído: «¿Por dónde?»

martes, 6 de noviembre de 2012

Escapar

Blanco, solo blanco. Enjugué mis ojos y traté de enfocar, pero mi miopía no daba para más. Blanco intenso. Levanté la mirada. En el techo, una rejilla negra atrapaba todos los lamentos dejándome a merced de un silencio rancio. ¿Dónde estoy?
No podía moverme. El frío me atrapaba las muñecas. Mi boca no respondía. Tragué saliva e intenté gritar de nuevo, para nada. Blanco, solo blanco.
¿Sería acaso el cielo, el infierno?
Adiviné las paredes junto a la puerta que chillaba cada vez que se abría y cerraba. Y después de esa, quizá otras, y pasillos sin indicaciones... y más blanco. Imaginé una salida.
«¿Necesita algo?». Escapar.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El mapa del tesoro

Ir a la playa era ese viaje dentro de otro viaje: preparar bolsas repletas de toallas, los potingues pre y post baño, los bocadillos, la nevera y el inevitable madrugón para que todos, mayores y pequeños, encontráramos nuestro sitio en el mundo. Al principio me gustaba, al menos así lo creo, pero con el tiempo empecé a detestar las prisas, el olor de las cremas, el pastoso sabor de la sal y, sobre todo, a la gente que parecía perder la visión al llegar allí.
Lo único que consolaba mis pataletas en aquellas citas obligadas era el tacto de la arena; dedicaba mi tiempo a cavar pequeños hoyos con las manos que luego rellenaba con los tesoros que encontraba durante los paseos con mi abuelo: gomas de pelo, algún pendiente cojo y conchas de distintos tamaños. Mantenía la extraña idea de que, si al verano siguiente era capaz de encontrar alguno de aquellos escondites, sería la niña más afortunada, así que siempre, antes de tapar el agujero, me cercioraba de marcarlo con una equis en mi mapa mental.
En la última tarde de playa, en mi última excavación, justo cuando mis padres corrían junto a otras personas hacia la orilla para observar a un socorrista que traía entre sus brazos el cuerpo inerte de un niño pequeño... Justo cuando mi madre gritó el nombre de mi hermano y mi padre cayó de rodillas provocando el terremoto... Justo en ese momento, me arrastré hasta nuestra sombrilla y cogí su muñeco favorito. Volví al agujero y cavé, cavé más profundo que nunca, y allí enterré su memoria para siempre.

martes, 23 de octubre de 2012

La importancia de llamarse...

Marga tenía un don: era capaz de recordar todas las historias que le contaban, todas las caras de esas personas que le confesaban sus secretos. Siempre que se volvía a cruzar con ellos, se paraba y les preguntaba por ese familiar enfermo, por el trabajo recién estrenado o la boda de su hijo. Pero le apenaba enormemente no recordar ni uno solo de los nombres de aquellos a los que tan humildemente regalaba su tiempo.
Un día se propuso hacer el esfuerzo de memorizarlos y en el empeño perdió la capacidad de rememorar sus biografías; aquello le entristeció aún más. La mera idea de aproximarse a alguien y no saber qué decirle, le avergonzaba. Pero no tuvo ocasión para tal sensación, pues la gente que había confiado en ella, se siguió acercando y entregándole su historia porque Marga tenía un gran don: sabía escuchar.

La mejor forma de dejar de fumar

Adela tenía un mal hábito: el tabaco. Había probado de todo para dejarlo: parches de nicotina, acupuntura, hipnosis, hasta la terapia en grupo, pero nada. Una amiga le recomendó hacer deporte y mantener las manos y la boca ocupada, y así hizo, bueno, lo del deporte le duró poco, aunque lo de mantenerse ocupada le resultó más fácil. Aprendió a hacer ganchillo, punto de cruz y hasta bolillos, y en cuanto a la boca... Empezó a comer caramelos, chupa-chups y todo tipo de dulces. Resultado: cuatro jerseys mal acabados, bufandas para todos sus amigos y algunos kilos de más, pero no consiguió quitarse el mal hábito que tenía.
Un tarde, paseando por el Retiro, se cruzó con un muchacho de sonrisa perfecta. Ambos se miraron fijamente y supieron que había surgido algo especial. Él se acercó a ella y le preguntó su nombre. Ella, cogió el cigarro de su boca y le dijo:
–Adela. Vaya, lo siento, ¿te molesta el humo? Estoy intentando dejar de fumar, pero no he sido capaz –respondió un poco nerviosa.
–Es fácil, ¿me dejas que te ayude?
–He probado de todo, fui a terapia, aprendí a hacer calceta y me di a los caramelos...
–Eso está muy bien, pero quizá deberías ocupar tu boca en otra cosa más saludable.
–¿Cómo cuál?
–¿Qué te parece besarme?
A partir de entonces, Adela siempre recomienda enamorarse para dejar de fumar.

lunes, 22 de octubre de 2012

La terapia

Don Ramón era perfecto, tenía su vida calculada al milímetro.
Desde que se levantaba hasta que se acostaba, todas sus acciones estaban perfectamente coordinadas. Preparaba, colocaba y consumía su desayuno por orden alfabético; al igual que el resto de comidas, que respondían a una estricta dieta que seguía desde hacía años para no engordar ni adelgazar ni un gramo, de esta forma, toda su ropa, ordenada por colores y cuidada con un mimo desmesurado, llegaba a durarle más de una década.
En su trabajo todos le respetaban, entregaba sus encargos puntual, con una documentación impecable donde cuidaba cada punto; pero en los doce años que llevaba en su puesto no había logrado hacer ningún amigo. No era por falta de educación, pues hasta en el trato era excelente, sino por falta de implicación.
En su casa era igual. Llevaba toda la vida viviendo en el mismo piso y jamás asistió a ninguna reunión de vecinos ni se paraba a charlar con nadie, salvo para dar los buenos días o comentar el tiempo.
Un buen día, al llegar a casa, se encontró una caja de cartón en la puerta con una nota en la que rezaba: «Sé que cuidará bien de usted». Se extrañó, consumir más de un minuto en la indecisión de abrirla suponía un retraso en su segunda ducha diaria. Cogió el paquete y entró en casa. Se duchó, se puso el pijama, organizó la ropa para el día siguiente, preparó su cena y cuando estuvo sentado en la mesa del comedor, con el tenedor en la mano, se fijó de nuevo en la caja que descansaba sobre el sofá.
Desoyendo a su conciencia que le decía que lo primero era la lechuga, se dirigió hacia el cartón. Al levantarlo vio que la tapicería estaba empapada.
–Pero, ¿qué es esto?
Dejó el paquete en el suelo y empezó a limpiar la tela con el spray y el cepillo hasta dejarla reluciente sin dejar de mirar su plato que, desde la mesa, le recordaba que ya iba con retraso. Cuando acabó, volvió a la mesa.
Casi se ahogó con un trozo de tomate cuando vio que la caja se movía sola. Se acercó de nuevo y la abrió. El cachorro de beagle sonrió de oreja y lamió su cara sin dejar de mover el rabito, salió de un salto y después de hacerse pis en un par de patas del sofá y alguna silla, y caca detrás del ficus, se subió a la mesa y se comió sus salchichas. Satisfecho, volvió a los pies de don Ramón, que ante tanto caos se quedó paralizado, y se tumbó panza arriba para que le acariciara.
A partir de aquel momento la vida de don Ramón se volvió perfectamente imperfecta.

domingo, 14 de octubre de 2012

Bucle infinito

Llegamos a casa después de un largo viaje; hacía tanto frío como en nuestros corazones.
Mientras deshacíamos las maletas, dejamos que el calentador obrase el milagro. Poco a poco, los ánimos empezaron a avivarse, las risas resonaban acompañando miradas cómplices; el calor despertó ese algo adormecido que nos tenía tan callados.
La temperatura subía al mismo ritmo que nuestros cuerpos enardecidos reclamaban el contrario. Cuando el fervor se descontroló, la pasión empezó a entibiarse, a asfixiar nuestro hogar y el bochorno nos agarrotó de nuevo.
Apagamos el interruptor y decidimos abandonarnos una vez más al silencio esperando un nuevo reencuentro.

domingo, 7 de octubre de 2012

Au revoir les enfants

No conseguí entenderlo hasta que, de casualidad, encontré un reportaje en La 2 donde explicaba la conducta migratoria de las cigüeñas relacionada con el cambio climático. Después de un exhaustivo estudio, los naturalistas concluyeron que debido al impacto del calentamiento global en el ecosistema, estas aves optaron por permanecer todo el año en su lugar de residencia estival.
Ahora comprendo porqué la tasa de natalidad ha descendido estos últimos años.

lunes, 1 de octubre de 2012

Síntomas del embarazo

Lancé el dado: un uno. ¿Será niño o niña? Era mi turno y debía mover. El resto de jugadores esperaban impacientes. El tablero estaba a rebosar de fichas y era mi momento. Tenía varias a tiro. Mis hormonas empezaron a alborotarse, sentía deseos de matar, pero no me decidía. ¿Rojo sangre para responder a mis obscuros deseos? ¿Verde esperanza, pues yo quería que fuera niña? ¿O quizá azul para relajar la situación?
–¿A qué esperas? –preguntaron impacientes.
–Es una decisión importante, recordad que soy madre primeriza.
Comí la ficha roja para responder a las necesidades de mi cuerpo, recorrí el camino esmeralda de mi oponente contando veinte con solemnidad y volví a comer, esta vez relajadamente, una ficha azul.
–¡Qué bien lo has hecho! –dijeron con cierta maldad.
–Recordad que yo como por dos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

La máquina del tiempo

Lo supe desde el mismo instante en que me senté: el tiempo se detuvo y me vi envuelto en una extraña combinación espacio-temporal, en una perversa alineación de planetas que hicieron que sonara el teléfono, llamaran al timbre y saltara la alarma del microondas, todo al mismo tiempo mientras me veía atrapado en la maquinaria diaria. Debería ser más previsor y dejar siempre un rollo de papel higiénico disponible.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El placer

Amarré su cuerpo en un perfecto equilibrio de fuerza y cariño, y lo recorrí disfrutando de cada una de sus curvas, de su olor, de su voluptuosidad hasta llegar a la entrepierna que me entregaba sin ningún tipo de pudor. Empuñé mi arma y en armónicos movimientos, sin aspavientos en los vaivenes, fui atravesándolo una y otra vez. No hubo dolor, solo un inmenso placer que en cuestión de cinco minutos, –mi mujer puede dar fe de mi precocidad–, llegó a su culmen...
–¡Ya podéis comer todos! –dije una vez terminado de trinchar el pavo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hasta que la muerte nos encuentre

Llevas razón, como tantas veces...
Porque nunca te digo ni te diré que te quiero, simplemente lo doy por hecho, que te quiero y que me quieres, pero quién sabe si me equivoco; a veces, ni yo mismo lo sé. Las dudas, eternas, esas que me han rendido a la evidencia del silencio, son las que impiden declararte lo que siento. No, nunca te lo he dicho ni creo que lo haga por una simple razón: las palabras pierden su esencia cuando se repiten constantemente; la rutina es el peor de los pecados. No, el «te quiero» que tú esperas habré de guardarlo siempre para mí, como un profundo secreto.
Porque no te doy ni te daré ni una señal de cariño, y a pesar de eso sigues a mi lado, cosa que jamás he entendido ni entenderé. Desde el primer momento de nuestro estúpido enamoramiento fuimos raros, tú empeñada en tus excesos amatorios y yo perdiéndome en tu deseo cual víctima del síndrome de Estocolmo participando de cada uno de tus juegos, cayendo inevitablemente en tu trampa. No, ni un beso ni una caricia motu proprio, y no es que no ambicione poseer tu cuerpo, todo lo contrario, es simplemente la certeza de que estarás a cada momento. Deberás seguir esperando, resignada a tus anhelos para obtener la parte proporcional de los míos hasta que nuestros organismos se rindan al paso de los años.
Porque tampoco estoy ni estaré a tu lado en los malos momentos. Soy un insulso, carezco de la gracia necesaria para generar sonrisas cuando te faltan; soy un cobarde, no tengo la capacidad de añadir valor a las situaciones fatales. De veras, no entiendo porqué me quieres... Quizá es porque al llegar a casa, mi hombro permanece donde siempre y tú lo aceptas de buen grado para derramar las pocas lágrimas que te restan. No es voluntario mi apoyo, solo es la parte de mi anatomía que espera tu lamento. En este caso seré yo el que te permita salar mi clavícula hasta que oxides la llave que dé paso a mi inmortalidad.
Menos aún escucho nada de lo que dices o dirás. Tus palabras caen en saco roto hasta que otros las encuentran y me las hacen llegar. ¿Acaso creíste lo de mi sordera? Crónica, sí, pero a tus sentimientos. Soy capaz de anotar la lista de la compra y las facturas pendientes de pago, pero no he procesado ni una sola petición tuya desde que te conozco, ni creo que lo haga; me agota solo pensarlo. Ahora, arrancando el último pliego del calendario, me doy cuenta de que hace tiempo que dejaste de anotarme aquellos «Te ansío», «Me apeteces» y «Te echo de menos, pero nunca de más». ¿Te has cansado de esperar respuesta? Haces bien, así mi conciencia descansa tranquila y compartiremos mejor el féretro cuando llegue el momento.
De veras que no lo entiendo por más que me esfuerzo... Llevas razón, como tantas veces: no sé confeccionar «te quieros», mimos, miradas cómplices ni la atención que mereces; y apesar de mis defectos sigues ahí, después de tantas primaveras olvidando los enamorados. Sabiendo cercana la visita de la parca, sigo empeñado en mi obstinación, así pues deberás seguir esperando, fabricando paciencia hasta el fin de los tiempos porque sé que justo en tu postrero aliento, o quizá en el mío, saldrán de mi boca las últimas palabras que pronunciaré: «te quiero», y no porque quiera hacerlo sino porque entonces, y solo entonces, habremos de merecerlo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Como tú

¿No crees que deberíamos ponernos de acuerdo? No es una decisión cualquiera, puede declinar la balanza a su favor o en su contra en cualquier momento de su vida, podrían concederle o denegarle un trabajo solo por eso. ¡Qué complicado! ¿Y si lo echamos a suertes? Así no podrá  responsabilizarnos. Podríamos consultar una vidente o simplemente mirar un libro de Historia. Repasar el censo, la lista de vecinos del portal o quizá la guía telefónica... ¿Por qué nadie nos avisó de que lo más complicado del embarazo era elegir el nombre de nuestro futuro hijo? Decidido: se llamará como tú.

Buscado, encontrado

Espera un momento, juraría que se me ha caído. Creo haberlo oído romperse en mil pedazos... Dame un segundo que miro, no me alejaré demasiado. No te acerques, podrías cortarte. Si lo encuentro necesitaré tiempo para recomponerlo, ¿me esperarás? No hay suficiente luz, complica la búsqueda, tendré que tentar mi suerte. No, no insistas; si realmente lo he perdido, debería encontrarlo, ¿cómo vivir sin él? ¿Cómo vivir sin ti, sin ambos? Confía en mí, no tardaré mucho, solo necesito... Solo necesito esperanza y algo de pegamento. ¿Has oído eso? Creo que he pisado algo, quizá sea, quizá no, voy a despegarlo de mi zapato. ¡Por fin, mi mal humor!

jueves, 6 de septiembre de 2012

Sin palabras

Cuando acabó de repasar el borrador de su última novela, el escritor decidió destruir el manuscrito. Su editor, preocupado por los plazos, le preguntó la razón. El novelista frustrado le respondió sin dudarlo: «Después de tanto escribir, al final me di cuenta de que no tenía nada que decir».

martes, 28 de agosto de 2012

La niña-mariposa

Echó mano al bolsillo: un clínex usado imposible de desdoblar, un envoltorio de chicle de sandía que ni siquiera recordaba haber masticado y el dinero justo para el pan. Buscó con la mirada una papelera, no encontró ninguna; decidió volver a guardar sus «tesoros», pero cambiando de bolsillo creyendo que así se acordaría de dejar cada cosa en su sitio.
No había dejado de caminar en ningún momento. El camino a la panadería era tan rutinario que le valía con poner el piloto automático y dejarse llevar. Hoy, sin saber porqué, sus pasos caían sin querer hacia la derecha intentando desviarla hacia un rumbo no planificado. Miraba cada bocacalle intentando reconocer las caras, pero ninguna le era familiar. «No debería entretenerme, si no llegaré tarde».
Todavía sentía el peso de una carga en su bolsillo que juraba haber vaciado en su anterior incursión. Con su pequeña manita, buscó y rebuscó, solo halló un minúsculo hilo. Lo sujetó con sus dedos pulgar e índice y tiró hacia afuera haciendo salir el forro, mostrando a la niña la tela florida de la que únicamente había percibido su olor. Una mariposa que revoloteaba cerca fue a posarse sobre una de las margaritas que habían permanecido ocultas hasta ahora. Se detuvo y miró fijamente al insecto que con sus patitas había enganchado el hilo y empezado a tirar de él.
Jamás llegó a la panadería ni volvió a casa, solo se encontraron sus tesoros, sobre un banco del parque junto a una nota en la que rezaba: «Volveré cuando acaben las clases de vuelo».

lunes, 27 de agosto de 2012

Baile de despedida


Empezó a sonar «La Vie en Rose», ella subió el volumen del aparato. Durante los tres minutos que dura la canción bailó en el salón simulando tomar el cuerpo de su amante entre sus brazos, anhelando el tacto y el olor de su compañía. Casi al final, se escurrió con un líquido viscoso; se detuvo en seco. Se agachó hacia el cuerpo que yacía sobre el suelo y le levantó la cabeza tomándola del pelo con desprecio. La sangre de su marido todavía estaba caliente. Se acercó y le susurró al oído: «Ahora mi vida sí es rosa».

jueves, 14 de junio de 2012

Problemas de pareja

Me miró con cara de circunstancia; no era la mejor forma de comenzar una velada nocturna.
–Tranquila cariño, en un momento estoy contigo. Primero tengo que acabar esto.
Su mirada condescendiente me concedió la tranquilidad necesaria para continuar con mi tarea. No era lo habitual; normalmente salíamos a dar una vuelta antes o después de la cena para despejarnos del estrés diario. Con una auditoría a la vuelta de la esquina, el jefe me había pedido que cuadrara las cuentas antes de terminar el mes, así que no tuve más remedio que traerme el trabajo a casa. Tomé posesión de la mesa del comedor; dispuse la documentación estratégicamente repartida y en un rincón, coloqué una jarra de cerveza fría y el tabaco.
Cada vez que descansaba de los números para beber un sorbo y fumarme un cigarro, ella me miraba fijamente. La expresión de su cara denotaba impaciencia. No sabía dónde ni cómo colocarse.
–Anda, mi amor, échate en el sofá y descansa un ratito. Ya me queda menos.
No me gustaba engañarla, pero entre la tediosa labor y el sueño que empezaba a hacer mella, comencé a considerar posponer el paseo al día siguiente. No me lo tendría en cuenta, además, cuando llegué, salimos a comprar un paquete de Fortuna. Ella pasaba todo el día en el piso, con la única compañía de los dos periquitos que me regaló mi madre cuando nos trasladamos. Debía aburrirse mucho, siempre que llegaba me la encontraba durmiendo y, perezosa, se levantaba para darme la bienvenida; seguidamente se acercaba a comer algo a la cocina. Se estaba poniendo como una foca; obviamente no iba a dejar de quererla por eso, pero me costaba cada vez más compartir el lecho con ella.
Cuando terminé la primera cerveza, me incorporé con intención de ir a por una segunda. Inmediatamente se levantó y se acercó a mí.
–¿Ya? ¿Salimos ya?
–¿Sabes que eres la chica más bonita del mundo? –le dije tiernamente.
–Ya, pero ¿salimos? –insistió.
–Dame un rato más, si no lo acabo ahora tendré que levantarme temprano mañana, y sabes lo que me cuesta madrugar.
Frunció el ceño y sin más, me siguió hasta la cocina. Al pasar por la puerta de casa, se detuvo y volvió a mirarme con ojos suplicantes. Me acerqué a ella y le atusé el pelo con cariño.
–¿Has cenado? ¿Te apetece tomar algo? –le pregunté mientras abría la puerta del frigorífico y revolvía en el cajón del embutido.
–¿Hay jamón york? –se acercó para asegurarse.
Compartimos una escueta cena. Entre bocado y bocado, le daba algún mimo. Ella, sin prestarme atención, deboró su ración.
–Nena, deberías comer más despacio, masticar bien. Mira cómo te estás poniendo... –le reproché.
No me hizo ni caso. Obviamente, estaba enfadada.
–¿Quieres un yogur?
–Quiero salir –se movía nerviosa.
–Me han dicho que es bueno tomar yogur después de cenar.
–¡No aguanto más! –se volvió enojada y se asomó a la ventana.
El aire removía su pelo mientras perdía la mirada en el parque por el que solíamos pasear.
–Venga, te traigo postre y en cuanto acabe salimos –mentí descaradamente.
Su actitud indeferente a mi ofrecimiento hizo que me relajara. «Se conforma», pensé. Recogí la mesa sin prestarle más atención, ella seguía en la misma posición, dándome la espalda. No soportaba sus ademanes ni sus exigencias. Cuando volví al comedor, la encontré sobre el sofá de nuevo, boca arriba moviéndose sutilmente para despertar mi interés.
–Sois todas iguales... –le susurré mientras le daba un beso en la mejilla.
–Quiero salir, porfa.
–Mi chica mimosa... –le dije mientras llevaba mis manos hasta sus pezones.
Se incorporó con cierta prisa despreciando mis caricias y volvió a exigirme:
–¡No aguanto más! ¿Me oyes?
–Cálmate cariño, se van a enterar todos los vecinos.
Regresé al ordenador; empezó a cansarme tanto cambio de ánimo y seguí con mi trabajo.
–¡Quiero salir! ¿Me oyes? –exhortó.
–¡Basta ya, Lola! ¿No ves lo liado que estoy?
–¡No aguanto más!
–¡Basta ya, he dicho! Cómo sigas así vamos a tener un problema serio.
Se calló. Tras nuestra discusión, el espeso silencio podía cortarse con las miradas que nos lanzábamos furtivamente. Solo los avisos sonoros de los errores en el documento conseguían romper esa atmósfera. No podía concentrarme.
Lola se levantó con tranquilidad y fue hacia el dormitorio. Supuse que se había rendido a la evidencia. A los cinco minutos volvió con cara de satisfacción, más relajada, y retomó la posición de descanso sonriéndome de forma sospechosa. Aproveché la siguiente pausa para ir a ponerme al pijama. Cuando llegué a la habitación, encontré una meada enorme sobre mi almohada...
–¡Maldita perra!

Serán

Son amantes sin saberlo. Ya han compartido lecho, ella con otro, otra con él; y los dos desconocidos has captado su correspondiente olor. Ahora se buscan, infatigables, intentando captar la esencia del anónimo amador. Son uno siendo dos, esa será su incesante guía en la interminable cacería. Dejarán de amar a otros hasta hallar el significado de la palabra «amor».

martes, 12 de junio de 2012

La emigración

Con el otoño las golondrinas iniciaron su emigración. La pareja que anidó en el quicio de mi ventana instruía a sus pequeños cuando llegué. «¿Volveréis el año que viene?», les pregunté. «Volveremos siempre que nos esperes». Cuando al fin iniciaron el vuelo, recogí su nido y le dejé mi corazón en él para que permanezca caliente hasta que decidan volver.

miércoles, 6 de junio de 2012

El ascensor

El ascensor de la oficina paró en seco a las ocho en punto de la mañana. No hacía ni tres segundos que me había subido sin prestar atención a mi alrededor. Saltó la luz de emergencia y con ella mi mal humor.
―¡Me cago en la...! ¡Ya es el segundo día! ¿Por qué no habré subido por las escaleras? ¡Me cago en la madre que...!
―Ejem ―una mujer forzó dulcemente un carraspeo que detuvo la blasfemia que ascendía desde mi estómago.
Dudé durante un instante: ¿debía disculparme y volverme, o invertir el orden? Su voz, a pesar de la llamada de atención, se me antojó amable. Mientras me volvía, la escasa iluminación terminó por rendirse a la evidencia y quedamos en una obscuridad absoluta. No hubo forma de detener la inercia de mi movimiento; inevitablemente, nuestros cuerpos chocaron y la onda expansiva rebotó contra las paredes volviendo cargada de deseo.
―Discúlpeme, no pretendía... ―le dije sin huella de arrepentimiento.
―No se preocupe. El ascensor volverá a funcionar enseguida, anteayer también me quedé encerrada; debe ser una avería que no terminan de arreglar.
Me separé lo necesario para que nuestros cuerpos no se tocaran a pesar de que el mío reclamaba justo lo contrario. Busqué el pulsador de emergencia, pero mis manos impacientes fueron a dar con tercer en botón de su camisa...
―Ejem... ―volvió a carraspear sin mucha convicción.
―¡Oh, Dios mío! Perdóneme, no, no... Se va a hacer una idea equivocada de mí. Yo no...
―¿Idea? Lo tengo complicado, lo único que he visto de usted ha sido su trasero ―comentó acompañando con una leve risita.
―Lleva razón. Perdone, subí con cierta prisa.
―No hay problema. Dígame, ¿cómo es? Me gusta mirar a los ojos de la gente con la que hablo y, de momento, lo tenemos complicado.
―Si le digo que soy alto, rubio y de ojos azules, ¿me creería?
―No del todo, es moreno, en eso sí me he fijado.
―¡Vaya! Pensé que había reparado solo en mi culo.
Ambos reímos. La situación era, como poco, inusual; ligar en un ascensor no era uno de mis hobbies favoritos. Después, un espeso silencio se unió a nosotros. Era incómodo; podía oír como respiraba, rítmica y calmada, excitándome con cada inspiración.
―Perdona, creo que... ―ambos rompimos el hielo a la vez mezclando nuestras voces.
―Por favor, habla tú ―deseaba sentir el ritmo de sus palabras.
―No te preocupes, era una bobada.
«Una bobada»; sus palabras resonaron en mi cabeza que empezó a transformar la expresión en cualquier otra que rimara e implicara el tacto de su piel, de su boca. Me decidí, no tenía nada que perder. Ya la había tocado en dos ocasiones y parecía no haberse disgustado. Me acerqué de nuevo con la excusa de buscar la baranda para descansar un poco. De nuevo el choque, de nuevo la pasión que encendió nuestros cuerpos.
―No hables ―me dijo dulcemente mientras me quitaba la chaqueta del traje.
―Pero... ―me ruboricé, no sabría explicar porqué.
―Tranquilo, no haremos nada que no quieras, es solo por pasar el rato ―afirmó como si fuera lo más normal del mundo al terminar de desabrochar mi camisa.
―Un buen rato, sí, pero y si... ―mi miedo a que nos pillaran en plena faena empezaba a ser mayor que mi deseo. Mi erección empezaba a peligrar.
―Vamos, cariño, no seas remilgado; como poco estaremos aquí otros quince minutos ―vaticinó mientras rodeaba con su lengua mi pezón izquierdo.
―¿Sólo quince? ―pregunté entre sorprendido e inquieto.
Ella rió sin dejar de manosearme. Solo necesitó tres segundos para desabrocharse la camisa. Colocó las mías sobre su sujetador, pude notar sus pezones firmes, sus pechos turgentes asomando por encima de la puntilla. Nos besamos apasionadamente. Descubrí con prisa cada parte de su anatomía, el tiempo apremiaba. Cuando llegué al bajo de la falda, me puse de rodillas frente a ella y fui ascendiendo con la lengua hasta llegar al liguero que sujetaba sus medias. Mi nerviosismo me jugó una mala pasada, no atiné a desabrocharlo.
―Déjame a mí ―dijo entre jadeos.
―Espera un segundo, lo intento otra vez.
Nuestra impaciencia hizo que ambos, sin saberlo, nos moviéramos con fuerza llevados por el frenesí que envolvía el momento, con tan mala suerte que nuestras cabezas acabaron chocando bruscamente. Ella cayó al suelo, yo eché mano a la frente, noté el líquido, la sangre que caía sobre mi ceja. La mera idea hizo que me desmayara sobre ella. Justo en ese instante el ascensor volvió a funcionar.
―¡Despierta, imbécil! ―gritó mientras intentaba espabilarme dándome tortas en la cara, manchándose con la sangre que seguía manando de mi cabeza.
―Qué... ¿qué ha pasado? ―balbuceé.
Cuando conseguí recuperar la consciencia, la puerta del ascensor se abrió. Varios bomberos; Santi, el de seguridad; un par de recepcionistas; Jorge, mi compañero de trabajo y otros cuantos miraban atónitos la escena.
―Si no les importa, cojan el siguiente.

jueves, 10 de mayo de 2012

La comunidad

Llegué del trabajo más cansado que de costumbre. Accedí al destartalado edificio por inercia; cuando quise darme cuenta estaba abriendo el buzón, pasando una carta tras otra como si de una baraja se tratara: facturas y más facturas; lo único que ponía una nota de color era la publicidad de Carrefour. Eché mano al bolsillo y conté el poco suelto que llevaba: cuatro euros y treinta y dos céntimos para pasar el resto del mes. Por más que repasara las ofertas, mi pequeña fortuna apenas daba para unas galletas y café. Subí las escaleras hambriento, con el peso de la pobreza a mis espaldas.
Eran más de las diez de la noche, pero aún se podía percibir el olor de la cena de cada uno de mis vecinos; mis tripas rugieron adivinando lo poco que me esperaba en la nevera. Me detuve en la primera planta y me pegué a la puerta de Adela. La mezcla de rape y queso contrastaba con el aroma del melocotón recién cortado. Ella era joven y hermosa, cuidaba su aspecto haciendo deporte a diario, además tenía un buen trabajo que le permitía darse lujos culinarios. La imaginé en su cocina, vestida simplemente con un salto de cama de seda, agitando los ingredientes de la masa de los crêpes con un ímpetu que permitía adivinar cada una de sus curvas. Hubiera tomado uno a uno los trozos de fruta y recorrido su anatomía con lascivas intenciones. Mi cuerpo reaccionó con una erección que me hizo despertar de la fantasía. Seguía pegado a la puerta, babeando inconscientemente. La odié y la deseé en igual medida.
De repente, la puerta de enfrente se abrió y, escondiendo mi vergüenza, continué mi camino hacia casa farfullando un maltrecho «buenas noches» sin mirar a la cara a don Ramón. Ascendí despacio, controlando mi respiración e intentando olvidar a Adela y su melocotón.
En la segunda planta, un olor pestilente abofeteó mi cara. Pescado asado y ensalada de cebollas, ¿quién sería capaz de hacer semejante mezcla? Mi instinto acertó a la primera: la señora Ovidia. Había perdido el olfado después de dedicar toda su vida a pastorear ovejas junto a su esposo. Volvió a mi mente la imagen del salto de cama de seda, pero esta vez no resultó tan excitante. La mujer era oronda, ajada por el paso de los años y marcada por los malos tratos a los que su difunto la había sometido durante mucho tiempo. Ahora vivía con la única compañía de tres gatos tan ariscos como ella para los cuales cocinaba sabrosos platos. La imaginé, inevitablemente en ropa interior, pero cubierta por una amplia bata de flores que ocultaba la asimetría de sus carnes, compartiendo mesa con sus felinos.
Los maullidos de los animales delataron mi presencia. Doña Ovidia se acercó a la puerta y preguntó desde dentro si había alguien allí; antes de que pudiera dar media vuelta, la mujer abrió:
―Hombre, Marce, ¿cómo estás?
―Buenas noches ―respondí tímidamente.
Los gatos, sin salir del piso, me regalaron flores y arquearon el lomo en señal de aviso. Está claro: nunca les he gustado.
―Chico, qué mal te veo. Estás más delgado. ¿Quieres pasar y cenar algo?
En cuanto percibí su aliento me entraron ganas de llorar como si yo mismo hubiera cortado las cebollas.
―No se preocupe, solo estoy cansado. Hoy he tenido jornada continua y no he parado a comer.
―Vamos, mis niños, volvamos a casa ―dijo sin despedirse de mí, dirigiéndose a sus mascotas que, mirándome amenazantes, recularon hacia el interior de la vivienda.
De nuevo solo en el descansillo, inspiré con fuerza para limpiar mis pulmones con aire fresco, pero el hedor que permanecía en el ambiente me obligó a escapar de allí. Cruzó por mi mente la idea de volver al primer piso, junto a la apetecible Adela, pero tener que volver a pasar por la segunda planta me hizo descartarla rápidamente. Decidí seguir subiendo, necesitaba llegar a casa y descansar mi carga.
En la tercera coincidí con mi vecino de planta. Dyctor, como se le conoce en la comunidad, es realmente Víctor, «el borracho de la escalera». Cuarenta y cinco años enganchado a la botella le habían convertido en una sombra. Vivía con su madre que, resignada, aguantaba los desaires y las borracheras de su hijo. Sin llegar a casa, adiviné no lo que había cenado, sino lo que había comido, pues a cada paso que daba, con cada escalón, dejaba caer sutilmente un pedo. Su madre habría cocinado sus famosas judías blancas con almejas que en más de una ocasión había compartido conmigo apartándome una ración generosa. La mezcla de las ventosidades y su respiración ahogada en Dyc me dieron qué pensar; las almejas debían de estar borrachas en su estómago. Quería sentir pena por él, pero no podía; Víctor disponía de la pensión de sus padres que le daba para vivir cómodamente y salir de borrachera cuando el cuerpo se lo pidiera, que era prácticamente a diario. Sin embargo, yo tenía que sobrevivir con un sueldo mísero, rezando para llegar a fin de mes, pero de plegarias no se come.
No cruzamos ni una sola palabra. Dudo que él fuera capaz siquiera de vocalizar su nombre. Simplemente nos miramos y nos cedimos el espacio suficiente para que pasáramos todos sin problema: él con sus aireados amigos y yo con mis rugidos voraces nacidos del hambre.
Cada vez se me hacía más difícil subir a casa. Los últimos encuentros habían desembocado en una desesperación estomacal. Repasé mentalmente la alacena, lo único comestible que tenía era una lata de fabada asturiana, probablemente caducada. Me sentí como el bote: solo, frío y pasado de fecha. Pensé en la absurda idea intercambiar contenidos con él: yo me quedaría con las asquerosas fabes prefabricadas y él con mis facturas. Empezaba a desvariar, el cansancio y la necesidad hacían mella en mi ánimo.
Cuando llegué a la cuarta planta, empeñado en mis disparatados planes gastronómicos, algo llamó mi atención: la puerta del señor Aurelio, el abuelo de la comunidad, estaba entreabierta. Un olor embriagador me atrapó por completo; afiné mis sentidos: solomillo al brandy. No era mi intención allanar su casa, pero ya en la entrada mi estómago reclamó atención con un agudo pinchazo que me hizo doblarme. Levanté la mirada aún en esa posición y pude ver sobre el suelo la mano regordeta de don Aurelio. Entré en la vivienda y cerré la puerta tratando de no hacer ruido. No soy ningún entendido, pero por el gesto del anciano y su mano izquierda apretando el pecho, supuse que habría muerto de un ataque al corazón.
Sobre la mesa del comedor, un gran plato todavía humeante me llamaba a gritos. Tomé asiento y sin quitarme los guantes, cogí solemnemente los cubiertos y empecé a trocear la carne despacio, haciendo la autopsia al suculento filete. Corté pan, mojé la salsa y saboreé cada trozo despacio, como si de la última cena de un condenado a muerte se tratara. De vez cuando, paraba para saborear el vino de Rioja; la primera vez brindé por mi anfitrión, las siguientes lo olvidé por completo. Cuando terminé, guardé la servilleta que había utilizado en el abrigo y me acerqué a la cocina por si había algo con lo que rellenar mi frigorífico. Cogí una par de cervezas y algunas piezas de fruta. Antes de salir, me despedí cortésmente de don Aurelio dejando la puerta tal y como la había encontrado.
Al llegar a casa, satisfecho, me senté sobre el sillón y mordisqueé con pasión uno de los melocotones de mi vecino, rememorando mi fantasía con Adela. Como decía mi abuela: «Comidos nosotros, ya no hay hambre en el mundo».

martes, 8 de mayo de 2012

La noche

Aullidos lastimeros inundan la noche mecidos entre las hojas de la historia...