lunes, 9 de noviembre de 2009

Soy y no soy

Crece la duda, a la vez la seguridad, andan ahí a medias debatiéndose las fuerzas por ocupar firme mi cabeza.

El color de la tristeza

Hoy salí a entregar a otras manos un pequeño futuro
que bajo mi techo sería muerte segura.
Guardé mi tesoro en el más cómodo asiento
y pegado a mi cuerpo me acompañó durante el camino
con miradas tiernas, las más dulces que recuerdo,
quizá tristes sabiendo de su destino incierto...
Durante todo el trayecto hacia sus nuevos vecinos
observé que la gente me miraba raro,
fijaban su mirada en mi pecho,
algunos con horror preferían evitarme
y otros simplemente lloraban,
y es que llevaba en el corazón sangrando
una llaga que no cura, una separación injusta,
un adiós no deseado, y por cada despedida que debo
sangra más mi memoria, el dolor que no cesa,
hasta las lágrimas son sangre cuando la herida no cierra.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Historia de lo vuestro

I. La crónica social
Las 10 de la mañana. Suena la radio en la cocina mientras la señora Encarna termina de recoger los cacharros y preparar el carro de la compra para salir cuanto antes; ha quedado con Manoli, su cuñada, para bajar al mercado y cumplir con la rutina diaria de ponerse al día de las novedades en lo personal de sus convecinos... En los pueblos, esta es la única forma de estar al corriente de los temas del corazón.
Las dos mujeres se encuentran en la plaza. Encarna, la mayor de las dos, se acerca casi corriendo a Manoli y la agarra del brazo; justo en ese momento empieza a susurrarle al oído, mirando de un lado a otro de la  calle hacia la que se han encaminado para asegurarse de que nadie las mira.
―Esto es un secreto a voces... Se veía venir, si ya lo decía yo, si era de esperar...
Su acompañante intenta meter baza en la conversación, pero Encarna, que siempre lleva la voz cantante, no le deja. Sigue utilizando palabras huecas sin decirle nada de ese gran «secreto» que ya se está encargando de desvelar, aunque sin mucha fortuna.
―¡Por Dios, Encarna, suéltalo ya! ―Manoli se detiene indignada y le exige entre voces y gestos.
―Tranquila mujer, que ya te cuento. Sabes la carnicera, esta muchacha tan maja... Sí, hombre, la sobrina de la Mari, la que vivía en la esquina de la calle Real, la que su hijo el mayor se mató en aquel accidente de coche...
―Sí, sí, sí ya sé quién es; cuenta, cuenta.
―Pues esta muchacha, que ya llevo más de tres día sin verla por la tienda...
―Pues sí, sí que es raro; la Eugenia, que vive justo al lado, siempre dice que los siente de levantarse ―les tiene la hora cogida― y cuando preparan el furgón para ir a la carnicería.
―Esta Eugenia, siempre pendiente de la vida de los demás. ¡Es que de verdad, no la dejan a una de ir tranquila por la calle!
Las mujeres llegan por fin al mercado y se detienen en la puerta a saludar a otra que, al verlas tan cogidas, hablando por lo bajini, le comenta al de la ONCE: «Ya van estas haciéndole el padrón a alguien...».
―Sí, Manoli, hija, ya te digo que algo raro pasa aquí, que, vamos, que se nota, tanto silencio, tanto secretismo.
―Acuérdate de la última vez que estuvo un tiempo sin ir por la carnicería. No salía a comprar ni nada, mandaba a los chicos pequeños a hacerle todos los recados y cuando por fin volvió, aún se le notaban las moraduras en la cara.
―¡Qué lástima! ¡Con lo buena que es!
―Su marido dice que está enferma.
―¿Y tú te lo crees? Como la otra vez...
―Te digo yo que ese sinvergüenza la ha matado.
―¡Uh, pero qué dices! ―la mujer vuelve a soltarse y a derrochar aspavientos llamando la atención de los que allí se encuentran.
―Que sí, que sí, ya te digo yo; seguro que la ha hecho trozos y la tiene guardadica en la cámara frigorífica de la carnicería. ―Encarna iba cambiando el gesto de su cara mientras hacía partícipe a Manoli de sus hipótesis, y su tono se tornaba cada vez más serio y misterioso.
―Jesús, Jesús, Jesús... ¿Pero cómo va a hacer eso, mujer?
―Calla, calla, que por allí viene el desgraciado.
Las dos mujeres se quedan paralizadas al ver el furgón blanco con un eslogan en el lateral que reza Carnecería Los Menudillos. Al volante ven al carnicero del pueblo, un hombre recio, corpulento y con gesto tosco y serio que, al verlas, les saluda simplemente con un leve movimiento de barbilla. A su derecha le  acompaña su hijo, el más joven de los varones, que apenas pasa de los 18, delgado y aún con gesto aniñado, dulce.
―Pobrecico el chico, claramente ha salido a su madre.
Las dos mujeres permanecen quitas, sin soltarse, observando cada movimiento del carnicero. El hombre, que ha acabado de aparcar el vehículo justo enfrente, se baja despacio y cierra la puerta de un portazo; se ha dado cuenta de que es el objetivo de todas las miradas de los que allí se encuentran. Vuelve a hacer un gesto a modo de saludo, pero sin mirar a nadie a la cara. Mientras, el pequeño ya ha abierto las puertas de atrás y empieza a descargar cajas.
―Te digo yo que algo oculta, ¿no te has fijado? Ni siquiera ha dado los buenos días; si es que, además de  un asesino, es un maleducado.
El hombre se detiene frente a ellas:
―¿Se les ofrece algo?
―Nada, nada, buenos días, adiós.
Encarna y Manoli se agarran con más fuerza la una a la otra y se dan media vuelta sin mediar palabra. De camino a casa apenas hablan de este tema, pero a la hora de despedirse reanudan la conversación con la misma vehemencia:
―Te digo que se la ha cargado...
―¡Ay, Encarna, que no digas más eso! Se me hiela la sangre solo de pensarlo. ¿Llevas prisa? Tengo arriba  unas rosquillas recién hechas. Te preparo un café, que te tengo que enseñar los bolillos.
―Pero qué lástima, ¿verdad?
―Sí, hija, una pena.
Entran en la casa sin dejar de hablar de esa y de otras mil cosas...

II. Hogar, dulce hogar
Suena la campanilla de la puerta; algún cliente ha entrado en la carnicería. Paco mira su reloj de pulsera ―las diez y media― y, mientras termina de atarse el mandil, sale al despacho.
―Buenos días, Paco.
―Buenas, Ignacio, ¿qué tal va lo de tu mujer?
―Pues como siempre; la Maruja, que ha bajado a la capital con mi chica la mayor; tienen que hacerle más pruebas.
―¿Pero todavía no le dan solución?
―Nada, seguramente se alargue más de lo necesario. Así que me toca a mí seguir con todo lo de la casa; no sé qué se ha pensado mi señora, pero, vamos, que tenga que andar yo haciendo la compra y poniendo la mesa... Menos mal que están las chicas y algo ayudan.
―Sí, estas mujeres nuestras, demasiada tele. Bastante que llevamos los dineros a la casa y mantenemos a la familia como para estar encima haciendo nosotros la cama y poniendo la lavadora.
―A mí poco me falta.
―Mira Ignacio, no es por meterme donde no me llaman, pero como no le pares pronto los pies, al final la que llevará los pantalones en tu casa será tu...
―Para el carro que te veo venir. En mi casa el que manda soy yo; lo de la Maruja es temporal y en cuanto le quiten el tumor ese que tiene vuelve a casa y a sus cosas sin rechistar, como que me llamo Ignacio.
―¡Chico, Marcos! ―Paco llama a voces a su hijo―. ¡Venga niño, que tienes que trabajar! Te dejo Ignacio, que tengo que ir preparando los cortes para las bandejas. Ya viene el chico a atenderte, y que no sea nada lo de la Maruja.
―Por cierto, Paco, ¿y tu mujer? Llevo unos días sin verla.
―Marta... Marta... ―el hombre titubea―. Pues ha ido a visitar a un pariente; volverá pronto.
―Ya, ya entiendo.
Justo en ese instante, Marcos interrumpe:
―¿Qué desea?
Paco, cabizbajo, aparta la cortina que separa el despacho del almacén y entra en la habitación dejándose caer sobre una silla como un peso muerto. Se echa las manos a la cabeza desordenando el poco pelo que le queda y se le acelera la respiración. Sobre la mesa donde guarda la documentación del negocio solo hay un centro de flores de plástico; arroja una carta arrugada que saca del bolsillo y se queda mirando el tablero. Pasan unos minutos, coge la hoja con desdén y vuelve a releerla en voz baja: Solicitud de separación  matrimonial.
―No lo entiendo... ―Paco reflexiona en voz baja mientras aprieta los dientes―. ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué no me has dicho nada? Todo así, de repente, de estas formas; te vas sin avisar, sin saber nadie de ti y dejando solamente esta carta del abogado sobre la mesa.
El hombre, casi llorando, se levanta y rodea el mueble; del cajón saca una foto antigua, de su boda. Roza la cara de su mujer y solloza.
―Con lo que hemos pasado juntos, viviendo de recién casados en un piso de alquiler sin muebles, solamente con un colchón y una estufa de leña. Comenzando desde cero con un negocio que he conseguido  sacar adelante sin ayuda de nadie. Y ahora, ahora que todo va bien, que ya tenemos la clientela hecha, que no hay deudas y he conseguido ahorrar algún dinerillo... ¿Ahora te vas, así, de esta manera? Podíamos haber hablado, no tenías por qué dejarme solo, ¡solo!
El tono del hombre va cambiando; se altera al mismo ritmo que su respiración. Deja el marco sobre la mesa de mala manera y se levanta bruscamente apartando la silla de un golpe. Al oír el ruido, su hijo se acerca.
―Padre, ¿está bien?
―Sí, no pasa nada ―el hombre le responde sin mirarle mientras recoge la silla del suelo―. Si ya se ha marchado Ignacio, vete a la tienda del Pancho y me traes unas cajetillas de negro; coge el dinero de la caja. Mientras el chico sale de la tienda, Paco sigue divagando...
―Porque tú, ¿qué eras tú? ¿Qué? ¿Y qué serás sin mí? Es más... ¿Quién eres, quién te crees que eres para tratarme de este modo? Me deshonras, me faltas al respeto y me humillas ante todos de esta manera. Con razón te has ido, con razón te escondes, pero te encontraré, te tengo que encontrar aunque sea lo último lo haga.
No se ha dado cuenta, pero habla a voces y algunos vecinos se han detenido delante de la puerta sin pasar.

III. Dudas
A muchos kilómetros de distancia, Marta observa la cúpula de la catedral mientras dan las campanadas de las once. La mujer, madre de Marcos y futura ex esposa de Paco, trata de perder la vista en el horizonte, de  espejar la mente, de olvidar aquello que la atormenta, pero no es fácil. Ahora vive en un apartamento y tiene un empleo gracias a la ayuda de Irene, la psicóloga del Centro de la Mujer a la que acudió a pedir consejo. Fueron muchas las visitas y las charlas que mantuvo con ella durante largos meses, tiempo en el que Marta aprendió y forjó el coraje necesario para tomar la decisión de empezar de nuevo.
Por medio de un amigo de Irene, ha conseguido un trabajo como asistente de ancianos. De no haber sido así, habría tenido muchas dificultades para salir adelante ya que, pasados los 40 y, a pesar de llevar trabajando casi desde la niñez, nunca había figurado como contratada en ninguna empresa ni se había registrado cotización alguna por ella, de modo que no podía pedir ayuda o subsidio. Cuando vivía en su casa, con su marido, este decidió que sería mejor no darle de alta para ahorrarse impuestos y seguros y, por  supuesto, sus ideas eran las únicas válidas.
A esa hora de la mañana, Marta ya lo tiene todo recogido y preparado, como de costumbre; hasta la una del mediodía no empieza su turno. Se pasea por el pequeño comedor, inquieta, sin saber dónde meter las manos. No puede quitarse de la cabeza la imagen de su casa al despertar: levantar a Marcos para que ayude a cargar el furgón, ver siempre a la misma hora a su marido esperando sentado a que le sirva el desayuno... Recuerda la ruta a la carnicería, los tres juntos en la furgoneta. Le viene a la mente el último viaje que hizo, miró a su hijo a los ojos, le cogió de la mano y no dejó de sonreírle durante todo el trayecto. Se le tuerce el gesto al recordar la rutina: todo el día trabajando, corriendo siempre para tener lista la comida y, en los pocos ratos libres, limpiando primero la carnicería y luego la casa; y así día tras día durante años y años.
―¿Qué hará a la hora de comer? Están los dos solos en casa ―Marta piensa mientras se apura al imaginar la situación―. Seguramente pondrá al chico a hacer la comida o, en el mejor de los casos, pedirá algo para llevar, pero, ¿cuánto aguantarán así? Claro, con tal de no coger una sartén y no mover un dedo, este hombre es capaz de todo. ¡Je, sí hombre!, el macho de la casa cogiendo una sartén; él, don empresario, que ha sacado él solito adelante el negocio, gracias a su sudor, y al mío, y al de todos mis hijos... ¡Egoísta, machista, sinvergüenza!
La mujer se sienta en el sofá a llorar todos los sentimientos que ahora se agolpan en su pecho, en su cabeza. ―¿Cómo habrá reaccionado al leer la carta del abogado? ¡Por Dios, espero que no le haya pegado al chico! ―Marta se encoge de tristeza, preocupada, y empiezan las dudas―. No creo, Irene me tiene al corriente, si pasa cualquier cosa lo sabré... Pero, igual debería llamar, hablar con él, no he hecho las cosas bien. La única decisión adecuada ha sido esperar a la mayoría de edad del pequeño de mis hijos para evitar problemas de custodia, todos los papeles están preparados y bien hechos según el abogado, y nadie sabe dónde estoy. Pero... La mujer duda de haber hecho lo correcto, ahora piensa que ha sido egoísta, que su decisión solo la ha beneficiado a ella, pero ¿y los demás? ¿Qué pensarán sus hijos? ¿Sus padres? Los vecinos le importan más bien poco, pero también influyen, hablan de más y mal. El odio y el rencor hacia su marido se han tornado en dudas.
―¿Y si se ha dado cuenta de que ha obrado mal? Igual esto le sirve de escarmiento y cambia, empieza a valorarme, a quererme bien... Esta vez seguro que ve claro que lo puede perder todo y quizás lo valore como debe y reaccione, quizá nos trate mejor. Creo que debería volver, tengo que volver.

IV. Marcos
Marcos se ha tomado con calma la vuelta del estanco; cogió algo de más de la caja y se ha comprado una bolsa de regaliz. De camino al negocio familiar se ha sentado un rato en un banco del parque; a veces le gusta escapar de la realidad mientras imagina que está en algún sitio mejor. Le gustaría volver a ver a sus abuelos paternos, como el verano que pasó con mamá los meses que tuvo el brazo escayolado, cuando él era aún un niño.
Sabe perfectamente lo que pasaba en el almacén antes de salir de allí, sabe que su padre había vuelto a perder los papeles, cosa que sucedía cada vez con más frecuencia, y en esas ocasiones prefería evitar estar cerca de él más de lo necesario. Esta situación se había vuelto tan habitual que la rutina le había congelado cualquier tipo de sentimiento hacia su padre; es como si desconectara a la espera de que sonara alguna alarma que lo avisara de que había pasado la tormenta.
Allí sentado, mientras come el regaliz, hace memoria de los últimos momentos que pasó a solas con su madre. La noche anterior a su huida compartieron un largo chocolate en la cocina; mientras el chaval le hablaba de sus planes de futuro, Marta callaba esperando su turno. Cuando hubo un silencio, empezó a hablarle de cuando era pequeño, de sus hermanos, de lo difícil que había sido llegar hasta ese punto, entonces se levantó a cerrar la puerta y se acercó a él.
―Marcos, mañana me voy.
―¿Adónde, madre? ¿Puedo acompañarla?
―Me voy...
La madre bajó la mirada y él la entendió sin añadir nada más, después se abrazaron durante largo tiempo y lloraron en silencio. Ella no le dijo dónde iba, solo le comentó que, de momento, no pensaba volver. Ninguno de los dos tenía muchos conocimientos sobre leyes o trámites judiciales, pero sabían que la espera era larga hasta conseguir que todo estuviera arreglado y terminase el proceso legal de separación. Sin duda, lo mejor para todos era tener engañado al padre haciéndole creer que nadie sabía nada al respecto.
Ha empezado a llorar y no se ha dado cuenta hasta que las lágrimas le han devuelto al momento en el que está, sentado en el parque.
―¡Dios mío, mi padre me mata! ¡Hace casi una hora que me mandó a por el tabaco!
El chico echó a correr presa del miedo. Temía que, además de una buena bronca, le cayeran un par de hostias que, de las manos de su padre ―que no son chicas―, era como para pensárselo mucho. Además, tal y como lo había dejado en la tienda, lo mejor era apremiar. Estos últimos días sin la madre habían sido demenciales, pasando el padre de un estado de arrepentimiento y tristeza a una repentina agonía y desorbitada ira ante la cual poco o nada se podía hacer.
Mientras corría solamente le pasaba una idea por la cabeza: «No vuelvas, mamá, no vuelvas».

viernes, 23 de octubre de 2009

Esperando

Se agota el tiempo cada día que muero porque no muero.
Se acaba la esperanza porque no hay horizonte en mi cielo.
Se cansa la tristeza de llorar mis penas en silencio.
Y aquí sigo, esperando algo que nunca llega, algo que no conozco.

jueves, 15 de octubre de 2009

Necesito

Soy del silencio de tus palabras aquellas que emanan tristeza,
de la oscuridad de tu mirada la luz del cielo infinito,
del sonido de tu risa, la caricia más suave.
Soy de lo que me queda de ti, la mitad de la nada,
del que quiso y no quiere, el verso olvidado,
de la mentira, la verdad a medias.
Soy porque de alguna forma existo aunque solo sea en el recuerdo
de cartas rotas,
de hojas secas,
de mares profundos,
de tormentas obscuras,
de lágrimas que brotan en las despedidas.
Y sigo aquí, esperando, sola, que el sueño venza al fin,
que llegue la noche sin tregua,
que duerman las estrellas,
que los gatos se adueñen de las calles.
Necesito esperarte para saber de mí.

martes, 15 de septiembre de 2009

Desconocida

No sé quién soy. Me equivoco constantemente de camino, siempre tomo la decisión errónea. No entiendo cómo puedo hacerlo todo del revés... Estoy cansada de intentar ser mejor, de esforzarme, pero de un tiempo a esta parte todo es gris oscuro, casi negro.
Ya no me reconozco frente al espejo, mi desesperación se refleja hasta en mi piel, sin luz, sin vida.
Estoy cansada de gritar, de pedir ayuda y pasar desapercibida entre el montón de gente que me rodea, soy estraña entre los míos, soy una completa desconocida para mí misma.
Hay que me dice que me tome un descanso... ¿de qué? ¿de mi trabajo? ¿de mis tareas? ¿de mi casa? ¿de mi vida? No puedo huir y es lo único en lo que pienso. No puedo dejar nada porque todos esperan demasiado de mí: esperan logros, atenciones, sonrisas... Y no puedo, no tengo ganas ni fuerza para continuar con esta farsa.
A veces quisiera ser lo suficientemente egoísta para dejarme morir, acostarme una noche y no despertar al día siguiente sin importarme nada ni nadie, pero sigo siendo una cobarde aún sabiéndome prescindible.
Ya no es silencio, ya no es oscuridad; ahora es la tristeza quien me toma y me transforma haciendo mis ganas de morir más fuertes que las de seguir adelante.

lunes, 14 de septiembre de 2009

De tu mirada


De tu mirada de luz solo me queda el recuerdo. El cariño tan inmenso que te profesé porque eras mío, mi primer, mi único mío...

Invisible

Me siento invisible. Las miradas me atraviesan y dolida de olvidos sigo mi camino como alma en pena, vagando sola, más sola que antes.
Arrojarme al vacío sería una solución como otra cualquiera, nadie notaría mi ausencia; nadie nota mi dolor, nadie sabe siquiera que sufro y sigo aquí, pidiendo a gritos de sonidos sordos que necesito ayuda y nadie oye mi voz.
Me agota este desánimo, puede más que yo. Me cuesta un imperio cada paso que doy, levantarme cada día sin esperanza de ver más luz que la del recuerdo.
¡Y qué más daría si me fuera de una vez por todas! Pero soy una cobarde, no tengo el valor suficiente, solo una ausencia terrible de ganas de continuar hacia delante.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Lo dejaré todo

¿Cómo se puede escapar de la tristeza cuando está tan bien amarrada a nuestros sentimientos?
¿Cómo se puede levantar la mirada más allá del suelo?
¿Cómo se puede olvidar lo que produjo el daño cuando lo amabas tanto?
Sé que no debería ni siquiera pensarlo,
pero el sentimiento de culpabilidad es demasiado grande.
Dejar escapar una vida que es tan tuya, verlo marcharse...
Me avergüenza pero su ausencia se come la mía.
Seguiré tu consejo, le guardaré luto y mientras tanto
no escribiré más mi tragedia.
Dejaré que el silencio aplaque los ánimos.
Déjaré que el tiempo cubra con su suave manto mis ojos.
Lo dejaré todo mientras el dolor sea más fuerte que yo misma.

viernes, 28 de agosto de 2009


Me estoy muriendo de pena...

Al borde del precipicio


Me he cansado de disimular, ya no puedo seguir con esta farsa en la que la única víctima de mis propias mentiras soy yo.
Ya no soporto ni a mi sombra que, incansable, insiste en seguir por este camino que ya no lleva a ninguna parte.
Mis pies ya no pueden seguir de puntillas al borde del precipicio, el peso de mi tristeza ha terminado por mostrarme la realidad: ya no sé quién soy, no recuerdo cómo era, ni siquiera el sonido de mi risa. Me he convertido en el papel que los demás querían que interpretara; me he quitado la máscara, me he mirado al espejo y no me he reconocido. Lo único familiar de mi pasado sigue siendo la tristeza...

lunes, 17 de agosto de 2009

7 días

Hace ya una semana que te fuiste y el dolor sigue ahí.
Sigo llorándote todos los días, buscándote en cada rincón, esperando a que vengas a mi lado solicitando un hueco bajo mi brazo, pidiendo caricias...
Sigo sintiéndome fatal por lo que te hice, culpabilizándome de tu muerte, sintiendo todos mis errores y sufriendo tu ausencia.
Alguien me dijo que es normal sentirse así, que después de la culpabilidad llega la rabia y después el dolor, y que al final llega la paz; pero no puedo, no sé descansar, pienso constantemente en ti y todos esos sentimientos vuelves azotando con fuerza mi cabeza y mi corazón.
Lo siento, lo siento tanto...

lunes, 10 de agosto de 2009

Para mi Peque... te amaré

Llegó el final


Ya sé a qué huele la muerte, ya me avisaron una vez, cuando se percibe su olor es porque está en algún sitio de la casa esperando su turno... Él lo sabía, la percibió como yo, aún así intentaba escapar de ella, salir de su prisión de cuatro paredes como si aquello significara dejar todo su dolor atrás.

Llegó el final, se rindió a las pocas fuerzas que le quedaron y se sentó a esperar, justo en ese instante empezó a desprender ese olor dulzón de muerte y tristeza, cuando sus ojos empezaron a perder el brillo, a apagarse lentamente...

Este no es otro de mis cuentos sobre la parca, no es un sentimiento mal disfrazado en versos, es la puta realidad que ha venido golpeando la puerta de mi casa para llevarse a lo que más quería de mi lado. Y ahora solo me queda llorar su ausencia, dolerme de no haber sabido ayudarle, me siento estúpida, ignorante, perdedora, egoísta... Me siento vacía, se me ha roto el corazón y el alma, y aunque ya sabía que este sería el final no he sabido afrontarlo, no quiero, no puedo.

Un minuto fue lo que él tardó en robarme el corazón cuando llegó.
Un minuto de su mirada bastaba para alegrarme el día.
Un minuto de sonrisa que era la más hermosa de todas.
Un minuto de cada día, el que tardaba en despertarme acariciándome la mejilla.
Un minuto de cada noche, el que me pedía que le hiciera sitio en mi cama.
Un minuto de su mano tocando mi cara.
Un minuto de su cariño buscando el mío.
La suma de tanto tiempo... tanto juntos, y solo un instante para verlo marchar.

Mientras se dormía, mientras se apagaba, me he acercado a su cara, le he acariciado y le he susurrado Tranquilo mi niño, yo estoy a tu lado, sabes que eres lo que más quiero en mi vida... Con las pocas fuerzas que le quedaban ha levantado su mirada hacia a mí y ha emitido un ruido, en él quiero leer Yo a ti también. Después me he marchado, no podía soportar tanto dolor.

Soy una egoísta y ahora debo pagar el justo precio de haberme alejado de su lado: sufrir, sufrir eternamente por haber decidido que era ella, la muerte, la que debía cogerle de la mano.

Ahora ya sé a qué huele la muerte porque ha estado en mi casa y me he acercado a ella.
Ahora ya sé qué tacto tiene porque al tomarlo en sus brazos la he sujetado en el vano intento de detenerla, ella ha soportado su pequeño cuerpo con una mano y con la otra me ha apartado.
Ahora ya sé qué color tienen sus ojos, porque justo en ese instante me ha clavado su mirada.
Ahora conozco el sonido de su voz porque me dijo Déjale marchar, y desde entonces no puedo dejar de llorar.

viernes, 7 de agosto de 2009

Mi historia

Quisiera ser papel para reescribir mi historia, me bastaría con una poca tinta un par de líneas donde se lea claramente:
Sólo quiero ser feliz,
Gloria

martes, 4 de agosto de 2009

Cómo curar lo incurable

Se han despertado los demonios, alguien destapó la caja de Pandora y ahora soy incapaz de detenerlos. Volví de mi ausencia y te encontré dormido, abandonado al silencio de la soledad que dejé a mi paso, y los miedos se hicieron fuerte en cuerpo hasta tomarlo y dejar sin luz esos ojos que fueron guía.
Me muero de pena, solo pensar que te perderé me parte el alma en dos.
Me mata saber que mueres y no poder hacer nada.
Me duele tu mirada perdida, tu afán por permanecer en las sombras.
Y lloro, mares y océanos, solo imaginando que ese día llegará...
Cómo curar lo incurable, cómo recuperar el tiempo perdido que aún no vivimos, que no sé si compartiremos. Perdona mi cobardía, soy débil porque te quiero, porque hemos luchado mucho juntos, porque no quiero que te rindas, porque es injusta tu agonía.
Cómo, dime, cómo sobreviviré sin ti.

Pasa el tiempo

Pasa despacio, imparable, hiriendo a cada segundo que no estás a mi lado.

miércoles, 15 de julio de 2009

Sin vivir como quiero

No sé qué hago a lo largo del día, no me cunde nada el tiempo. Cuando quiero darme cuenta se me ha hecho de noche y ya no me aguanto del sueño y el cansancio acumulados a lo largo de lo que para mí han sido unas pocas horas cuando en realidad ha pasado un día entero.
El tiempo pasa rápido cuando no pensamos en ello y lento cuando hacemos balance... No sé en qué pierdo el tiempo, no sé qué hago con mi vida que amanece un día tras otro, igual de vacío que el anterior, igual de anodino y despistado. Y antes de llegar a casa pienso "debería acabar la limpieza que empecé el domingo, solo me queda el despacho", pero debería volver a empezar, tengo que fregar el comedor de nuevo, recoger hilos y papeles, barrer otra vez, los animales dan mucho trabajo, ahora que estoy sola me doy más cuenta de esos pequeños detalles.
Tengo que planchar una montaña de ropa -si se enterara mi madre la tendría aquí al día siguiente con la plancha en ristre-, con la lavadora en marcha, volver a tender y destender, y estirar y colocar...
Y el frigorífico medio vacío. Estoy descubriendo nuevos métodos de superviviencia alargando mis víveres hasta lo impensable. ¡Qué pereza tener que ir a comprar y luego subirlo todo a mi segundo sin ascensor!
Son casi las doce de la noche, se me ha pasado otro día sin llamar a mi casa, sin saber de los míos, sin llamar al carpintero ni cambiar la bombilla fundida del pasillo, puedo vivir sin todo eso, pero es que no quiero, y así se me pasa un día y otro día y otro, sin vivir como quiero...

martes, 7 de julio de 2009

Perdido y encontrado

Se pierden...
... minutos, horas, días enteros esperando momentos que nunca llegan.
... besos, fugaces como estrellas, que pasan ante nuestros ojos y escapan.
... miradas profundas de desconocidos al fondo del vagón.
... mil te quieros por falta de seguridad o quizá de amor.

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Y con suerte encontraremos...
... monedas de otros, valiosas como tesoros, que ya no tienen valor.
... sentimientos caídos de bolsillos rotos, como amantes perdidos.
... abrazos que creímos encajados, que arropan como manta en invierno.
... el cariño de una infancia perdida en el tiempo.

viernes, 3 de julio de 2009

Volveré a tu lado

Huyó. La tristeza pudo con ella y decidió que escapar sería la mejor solución, la única solución. Cogió su libreta de dibujo y el lapicero, nada más, y se fue.
Pocos días después la encontraron en un banco de la plaza de Santiago, sentada con la mirada perdida. Había consumido todas sus fuerzas en escribir una y otra vez lo mucho que lo quería, que lo echaría de menos, que no podría vivir sin él... En las últimas páginas la letra se había vuelto ilegible y había muchos versos desdibujados por las lágrimas que derramó sobre ellos.
Enloqueció de tristeza.
Aunque intentaron ayudarla, no respondía a palabras. No dejó que nadie se la llevara de aquel lugar, de aquella plaza con aquella pequeña iglesia donde años atrás habían contraído matrimonio.
No se cuánto tiempo pasó. Un día me contaron que dejó el banco; nadie sabe cuándo se fue, ni cómo, simplemente desapareció, pero hay quien dice que de vez en cuando aparecen en el banco hojas de un cuaderno de dibujo donde reza: "Volveré a tu lado".