lunes, 27 de diciembre de 2010

Su séptima vida


No sabía cuánto tiempo más aguantaría, hacía mucho frío y las noches cada vez se hacían más complicadas en la calle. Mamá me había dicho que volvería, que no estaría solo en mi primera Navidad, pero por más que buscaba no daba con ella. Decidí que aquella sería la última puerta a la que llamaría esperando encontrarla.
Una niña de unos diez años abrió la puerta. Yo puse la mejor cara que tenía para estas ocasiones, estaba bien aleccionado:
* Regla número 1: girar ligeramente la cabeza hacia la izquierda.
* Regla número 2: agachar las orejas lo máximo posible.
* Regla número 3: dilatar las pupilas hasta hacer mis ojos tan redondos como la luna llena.
―Mamá, ¿puedes venir?―, gritó la niña sin dejar de mirarme.
Al instante apareció ella, la reconocí desde el primer momento: su pelo negro y esos ojos dulces. Empecé a temblar de emoción, casi no podía tenerme en pie y cuando quise reaccionar caí desmayado allí mismo. A pesar de mi inconsciencia pude notar sus manos cálidas recogiendo mi cuerpo del felpudo. Sí, estaba seguro, había vuelto a su lado...
―Mamá, ¿podemos quedárnoslo? ¿Podemos?
―Cariño, no sé, habrá que esperar a que llegue tu padre, a ver qué opina. De momento le prepararemos una cama y un plato de leche para cuando despierte.
Mamá me envolvió en una mantita y me tuvo en brazos un largo rato; yo me hice el dormido, quería disfrutar de ese momento todo lo posible. Madre me mecía, no sé si intencionadamente, y canturreaba algo que me era familiar, era su nana-ronroneo que tantas veces me cantó de bebé. Humedeció un paño y me lavó suavemente como solía hacerlo. Desperté, no tuve más remedio, no pude evitar sonreír durante el baño.
―Elena ven, ya ha despertado.
La niña se acercó y me tomó entre sus brazos... «¿Podemos quedárnoslo? Porfa, porfa», insistió.
Madre me recogió y me acercó a su cara, rozó su nariz con la mía y dijo: «Sí, se queda».
Aquella fue la primera vez que dormí en casa, que volví con mi familia. Mamá en su séptima vida se había reencarnado en la mujer que desde entonces cada noche al acostarme me susurra al oído: «Nunca más te dejaré».

jueves, 23 de diciembre de 2010

El problema de la construcción

El dolor tiene forma, es tangible, pesado y tiene forma de ladrillo; al menos, el mío es así. Llevo varios días con un terrible dolor de espalda que vino con el frío y debió encontrar la puerta abierta en algún momento entre el dormitorio y el baño, o quizá cuando abrí el armario para escoger la ropa. El caso es que este ladrillo que tengo alojado a la altura de..., bueno, como suele decir mi madre: «donde la espalda pierde su casto nombre»; este dolor, ya sea ciática o lumbago, me ha dejado atrapada varios días entre el sofá y la manta eléctrica.
Esta tesela, que se me antoja de la clásica arcilla roja, me hace saber de sus picos cada vez que me muevo y como si de un corredor de fondo se tratara, recorre mi cuerpo en todas direcciones un dolor incansable que me deja baldada.
Pero por fin superé el fin de semana y visité a don médico que amablemente me recetó calmantes. Ojalá me dieran una solución que no tuviera forma de pastilla, una forma de acabar con este fenómeno del ladrillazo.
Y siguiendo con este símil... Estoy yo pensando que quizá el día que deje de pagar hipoteca, deje de dolerme la espalda. Lástima que me haya casado con Caja Madrid durante un tercio de mi vida, tendré que seguir recurriendo a las drogas para limar los picos del ladrillo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Soñadora de vidas

Sé que no soy una soñadora cualquiera, mi madre me lo decía desde niña, me hablaba de un don que se hereda de generación en generación. Soy «soñadora de vidas». Todo el mundo ha oído hablar del significado de los sueños, pero pocos saben que la interpretación está sujeta al origen de los mismos. No tiene igual valor un sueño soñado por cualquiera vosotros, que uno soñado por las mujeres de mi familia porque ―para más inri― esta «maldición» solo persigue a las féminas.
Hasta hacía poco solo había tenido un par de experiencias muy breves, sueños tan ligeros que apenas recordaba al despertar, pero con la reciente muerte de mi padre la sensación se ha agudizado. Anoche mismo, en el duermevela que precede al sueño nocturno, mis gatas que llevaban un tiempo enredándose a los pies de la cama, se detuvieron de pronto. Oí a Java gruñir, las dos se agazaparon al mismo tiempo y empezaron a temblar de miedo. Sus sentidos me avisaron, abrí los ojos y lo vi allí, en mi habitación, en la esquina de siempre. Todos se aparecen en el mismo rincón...
Ahí estaba él, era un muchacho joven, demacrado, con los ojos inyectados en sangre. Jadeaba al mismo ritmo que se agitaba de un lado a otro. Clavó su mirada en la mía y antes de que pudiera reaccionar se lanzó sobre mí. Me volví hacia un lado y me tapé con la manta como si pudiera protegerme de algo. Me despertó mi propio grito de terror, las gatas ya no estaban allí, no había nadie.
Quisé que mi marido hubiera oído mi quejido, pero debía tener la puerta del despacho cerrada. Pensé incluso en levantarme, contarle lo sucedido y buscar algo de consuelo en sus brazos, pero me pudo el sueño y con el poco valor que me quedaba mullí mi almohada y eché un vistazo más a la habitación antes de apagar la luz.
Volví a dormirme y comencé un nuevo sueño. Recuerdo un jardín y un mirador con balacines de madera y cojines bordados. Yo era más joven, llevaba un vestido a lo Mariquita Pérez; todo acompañaba: el sitio, la luz, el ambiente y el resto de las personas. Llevaba un rato jugando con otros niños cuando se acercó él. Me tomó de la mano y me llevó hasta el banco más cercano, uno que miraba hacia los rosales de los que ahora, después del día entero, aún soy capaz de percibir el olor.
Al principio no lo reconocí, estuvimos un rato sentados, mirándonos sin mediar palabra. Cuando por fin se atrevió a hablar, lo primero que hizo fue darme las gracias. No entendía a qué venía aquello, pero para qué, simplemente era un sueño. Y él, que pareció percibir este pensamiento, enseguida reaccionó:
― ¿No me reconoces?
― Pues no, lo siento, ¿debería?
― Siento haberme presentado así en tu habitación, no pretendía asustarte. Alguien me habló de ti, de tu poder y necesitaba volver aquí, reencontrarme con los míos.
Soy «soñadora de vidas», debería acostumbrándome, lo único que espero es que no se hayan enterado muchos más espíritus y, sobre todo, que el próximo que venga no me dé otro susto como el de anoche.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La leyenda de doña Inés de Albizu y Martín de Vera

Sabed vosas mercedes que aquella, doña Inés de Albizu y Martín de Vera, natural de Valencia, fue la dama más hermosa jamás conocida en este reino. Se dice de su belleza que sobrepasaba lo natural, tanto que quizá fue la razón por la que jamás halló el amor verdadero ni caballero alguno que se desposara con ella. Cuentan las malas lenguas que vivía presa de un hechizo que la atrapó para siempre en su propia hermosura, que fue joven hasta su muerte y sobrevivió a todas sus hermanas que sí desposaron y tuvieron familias numerosas.
¡Cuan grande sería su desdicha al verse siempre tan sola...!
Sabed de doña Inés que, aparte de belleza, poseía otras grandes cualidades. Era distinguida y honrada en su carácter, educada en sus formas y digna hija de linaje y condición por su ascendencia noble.
Pero lo que alimentó la leyenda de esta dama no fueron sus virtudes ni su fama, sino su tendencia a vestir siempre de luto. Y es que algunos desvergonzados se empeñaron en asociar su nombre a una leyenda negra: todo caballero que la pretendía, caía muerto a sus pies. Y no estaban faltos de razón porque así era; durante sus años mozos todo aquel que osaba cortejarla yacía finalmente bajo su balcón. Algunos deslenguados pretendieron acusarla de tal despropósito, pero todos la defendían porque, ¿qué razón tendría para acabar con la vida de sus pretendientes sin tan siquiera haber amado?
Fueron muchos los que tomaron la iniciativa de asomarse a su balcón cual caballero parte a la batalla portando armas y escudos, quizá para defenderse del lado desconocido de la belleza de doña Inés. Pero toda armadura fue en vano y uno tras otro fueron cayendo cual flores marchitas en su jardín.
Fue así como se forjó la leyenda de doña Inés de Albizu y Martín de Vera.
...

Pero un humilde servidor conoce toda la verdad, así que dejadme que os desvele el gran secreto que ocultaba aquella dama.
Supimos de su belleza por lo que algún trovador anónimo se empeñó en convencernos.
Nadie se preguntó jamás porqué ni su propio padre, que tanto la amaba, presumía de un retrato de ella al igual que de las otras hermanas. Dicen los rumores que era para salvaguardar su belleza, pero os aseguro que había un motivo más oscuro tras esa decisión.
Nadie jamás osó siquiera apartar el velo negro de su rostro para asegurarse de la leyenda.
Y es que no existía tal belleza; la pobre Inés era fea, pero fea fea y es muy probable que fuera su padre ese trovador desconocido que con intención de proteger su linaje ocultara la feúra de su hija.
Pero, ¿cómo habrían de morir todos aquellos caballeros? Porque es bien cierto que hasta su balcón trepaban y ella, deseosa de amar y ser amada, se dejaba agasajar hasta que en un arranque de locura se destapaba el rostro y los jóvenes ante tal sorpresa perdían el equilibrio y erraban al intentar agarrarse a la baranda acabando con el fatal desenlace que todos conocemos.
Pobre doña Inés, acabó siendo hermosa sin serlo y más sola que si hubiera sido fea como era.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Vuelvo en breve

Adela salió de casa sin un destino concreto, simplemente empezó a caminar en la misma dirección que llevaba la primera persona con la que se cruzó. Era una tarde desapacible, fría; una tarde típica de otoño. Llevaba solo una chaqueta fina que se empeñaba en estirar esperando que abrigara algo más, pero no era suficiente; bajaba la vista y seguía caminando hacia ninguna parte.
Nada presagiaba su fin. El día había sido como otro cualquiera: rutinario. Madrugar, llevar a los niños al colegio, recoger la casa, hacer la compra... Todos los días las mismas tareas, todos los días los mismos sentimientos. Y es que Adela se sentía sola a pesar de su matrimonio y su familia. Su marido se había vuelto silencioso y pasaba más tiempo fuera que dentro, y cuando compartían mesa parecían auténticos extraños. Sus hijos, ya en la E.S.O., empezaban a necesitarla cada vez menos.
Adela se sentía fuera de lugar. Salió de casa sin destino, ¿o quizá sí? Después de un rato de calles sin nombre, de plazas vacías bajo una lluvia fina que calaba hasta los huesos, levantó la mirada y sonrió. Decidió a dónde ir y casi corriendo se dirigió hacia el puente peatonal que cruzaba la vía del tren. Según se iba a cercando iba acelerando el paso, inconscientemente, hacia su fin. Ya en lo alto, se detuvo. Miró al infinito y sin pensarlo dos veces se arrojó a la vía justo antes de que pasara el regional con destino Madrid.
Nadie la vio, nadie se dio cuenta de su decisión. En su casa no la echaron de menos hasta el día siguiente.
Adela se fue sin decir adiós, pero antes dejó las camas hechas y la cena preparada, y sobre la mesa, una nota que rezaba: «Salgo a dar una vuelta, vuelvo en breve».

lunes, 8 de noviembre de 2010

Silencio, se ha ido.

Silencios forzados que nos recuerdan su ausencia...
La muerte se lo llevó al fin el miércoles pasado obligándonos a perder el rumbo de los días, apagando nuestras risas por un tiempo prudencial. Hicimos un esfuerzo por recordar lo bueno, sentándonos todos juntos a la misma mesa. Pero todo fue en vano, a día de hoy seguimos callados.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Creía de la muerte...


La pensaba humilde, la esperaba comprensiva. Siempre la imagino agridulce, regalándonos un final sin dolor, paliando la falta del ser amado o llevándoselo para aportar «nuevos» argumentos.
Pero no, la muerte es cruel, es egoísta y maliciosa. Ayer la vi, junto a su cama, agarrándole el corazón con fuerza, soportando su dolor hasta el último aliento que, mientras no llega, alarga una agonía insoportable.
Él ya no conoce, no responde, no cavila. Se remueve sobre el lecho con palabras no dichas, masticando recuerdos que se escapan de su aliento, consumiéndose entre un dolor oculto por las drogas.
«Ese hombre de ahí no es mi padre». Dije en alto y mientras todos se volvían hacia mí castigándome con la mirada, distinguí los ojos de la muerte, satisfechos, convenidos, orgullosos... Y la odié.

domingo, 31 de octubre de 2010

Como la noche

Se apaga su vida al mismo ritmo que el atardecer se impone.
Llegará como la noche, esperada, oscura y silenciosa.
Aguardamos el momento entre llantos y miradas huidizas,
sin querer reconocer que llega su final.
Tememos la hora en que todo termine,
en que su reloj se detenga y retrase los nuestros por un instante
el tiempo necesario para ajustar de nuevo las agujas.
Y la muerte, en su decisión irrevocable,
se lo llevará al fin sin miedo, sin dolor.
Quedaremos velando su cuerpo, recordando su memoria
a pesar de los pesares.

martes, 19 de octubre de 2010

La decisión de la parca

Dejamos la inocencia a un lado para cubrir nuestros corazones de tristeza y bajamos la mirada hasta clavarnos la barbilla en el pecho con tal de no mirarla.
Apagamos las luces de la casa mientras la muerte siguiera rondando para evitar llamar su atención, si tenía que llevarse a alguien, que solo se llevara a uno, pero ¿cómo decidir a cuál?
Optamos por echarlo a suertes, pero el destino quiso que todos eligiéramos el mismo número.
Razonamos por experiencias y edad, pero todos queríamos seguir aprendiendo.
Debatimos largo rato sobre los motivos de la supervivencia, pero de nada sirvió; la muerte ya había tomado una decisión.
Resumiendo, solo perdimos un tiempo precioso discutiendo por un veredicto que no estaba en nuestras manos, en lugar de disfrutar de la compañía cada uno de nosotros.
La muerte nos llevo a todos por idiotas.

449

«Morí por la Belleza y me acababan
de ajustar a la Tumba
cuando Alguien que murió por la Verdad
fue recluido en la habitación de al lado.

Preguntó suavemente «¿Por qué has muerto?»
«Por la Belleza», dije
«Y yo por la Verdad ―Ambas son Una ―
Hermanos somos, pues», me contestó.
.
Y así, como Parientes que una Noche se encuentran
hablamos entre dos Habitaciones
hasta que el Musgo nos alcanzó los labios
y nos cubrió los nombres.»

Poemas a la Muerte, Emily Dickinson
Traducción de Rubén Martín

martes, 5 de octubre de 2010

II. Veranos de plaza y bocadillo de tortilla

Nos trasladamos a vivir al Pasaje, justo en frente de mi abuela Gloria.
Supongo que esta «memoria selectiva» de la que vengo haciendo gala ya algún tiempo se ha quedado solo con lo que realmente importa, con lo que aportó algo a mi vida.
Aquellos años de esa infancia «retardada» que para mí duró hasta los 16 quedó marcada para siempre por los veranos de plaza y los bocadillos de tortilla. No recuerdo ni las penalidades ni las carencias que entristecen a mi madre al recordarlas, solo me vienen a la mente 3 cosas: los juegos de plaza, mi abuela y el fin de mi infancia.
Los juegos de plaza, cuando era una plaza con setos, rosales y laurel; con árboles frondosos de los que siempre recogíamos algún gorrión de vuelo precoz, o de los que emergían auténticos batallones de caracoles tras la lluvia... Aquella plaza llena de padres y niños, de grupos de jóvenes, donde a mi entender cabíamos todos, aquel era el lugar más estupendo del mundo (os recuerdo que solo tenía 8 ó 9 años). Pasábamos los veranos jugando hasta que iban a buscarnos, organizando a todos los chavales que allí había. A veces éramos pocos, entonces tocaba escondite; pero en ocasiones llegamos a juntarnos más de 20, entonces tocaba pañuelo. Y entre carrera y carrera: bocadillo de tortilla. Recuerda madre: a mí con ajito picado :-)
Y mi abuela, falleció hace ya 7 años y todavía sigue muy presente. Hay quien dice que era como una abuela de cuento. Era tan dulce al hablar y sus manos pequeñas, tan suaves. Tan rítmicos sus andares y ese tang que nos preparaba en las visitas me estaba más rico cuando lo hacía ella.
Lo mejor, lo que aún rememoro cada vez que paso por delante de la ventana de su comedor era en esas noches de juegos en las que, a modo de tregua, nos íbamos todo el chiquillerío a su ventana y la llamábamos a voces: «abueli, abueli». Ella, casi de puntillas, se asomaba y nos dedicaba una de esas sonrisas que tanto alimentan, y nos echaba caramelos y bolillas de anís...
Tengo muchos, muchísimos recuerdos de ella, y la añoro mucho. No conocí a ninguno de mis abuelos, y a mi abuela paterna apenas la recuerdo. Ella, la Gloria «al Padre» fue una de las personas más importantes de mi vida, me siento orgullosa de todos sus logros y siempre será para mí un ejemplo a imitar en lo que a la iniciativa se refiere. Os podría contar mil cosas de ella y no solo desde el punto de vista del amor de una nieta, sino desde la admiración a una persona que crió sola a 7 hijos y sacó estudios por el placer de formarse.
Bueno, que me voy del tema...
Y el último recuerdo de aquella etapa, el que deja ese sabor amargo donde pierdes la inocencia de creerte querida. Mi hermana Marieta, para el que no lo sepa es una artista increíble, desde bien pequeña dio muestras de su don así que se apuntó a pintura. Supongo que ese fue el inicio de su autodestrucción como artista y el mío como la «oveja negra de la familia».
Una tarde, estando en Herencia de paseo con mi padre, se acercó un señor y le preguntó cuál de las dos era la pintora; mi padre señaló a Marieta, y el otro, muy educado, volvió a preguntar. «Y la otra, ¿qué sabe hacer?», a lo que mi padre respondió un despectivo «Nada». Nunca hubiera pensado que una palabra tan insignificante, solo 4 letras pudieran atravesar como cuchillos, hacer ese daño tan profundo. Aquel «nada» quedó grabado a fuego para siempre en mi recuerdo. Ojalá mi «memoria selectiva» fuera algo más eficaz y borrara todo lo que duele, aunque supongo que siempre deja la muestra para recordarnos porqué somos como somos.
Hasta los 14 años siempre deseé haber nacido chico. Me vestía y me comportaba como tal porque veía más atención de mi padre hacia mis hermanos varones que hacia nosotras, bueno, hacía a mí que no sabía hacer nada porque ya estaba mi hermana cargada de talento. Os juro que lo adoraba, lo quería con toda mi alma. Siempre estaba dispuesta a irme con él, lo admiraba porque todo el que pasaba a su lado tenía una palabra amable, debía ser una bellísima persona. Debía.
Mi decepción fue enorme, es enorme.
Ahí se acabó mi infancia. Se rompió el lazo de cariño que le había lanzado, que mantenía unida nuestra relación padre-hija.
Ahí empecé a ser yo misma, todavía con la lengua sin partir en dos, sin sacar el sarcasmo (supongo que aún no sabía ni lo que era eso). Creo, pienso, que fue entonces cuando empecé a hacer lo que me venía en gana, lo que me apetecía porque no veía que nadie se preocupara por mí.
Obviamente sé que no es así.

Qué le importa a los demás lo que lleve a mis espaldas

―¿Te has fijado en esa chica? La que llevaba el pañuelo atado en el bolso.
―Sí, iba cargada de melancolía.
―¡Qué mirada! ¡Qué andar tan pesado tenía!
―Da la sensación de que portara una gran carga.
―Ha dejado un reguero de tristeza a su paso, ten cuidado no vayas a pisarlo y te escurras.
―No bromees así, se la veía tan...
―Tan muerta.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Retomo antiguas cartas

He releído algunos de mis textos, muchos lejanos, que me han traído de nuevo un dolor que creía olvidado. Un miedo terrible que se ha adueñado de mi cuerpo cayendo sobre mí como manta cálida en invierno. Y tiene gracia que me sugiera calor cuando lo único a lo que me invita es a abrir otra vez esa carta de despedida, ese diario de mi suicidio que un día abandoné para seguir viviendo.
Han vuelto esos sentimientos y la muerte a estar muy presentes. Reconozco una vez más mi cobardía, mi silencio, mi ausencia. Porque en ocasiones ―tantas― quisiera estar tan lejos...
No soy capaz de hilar, de continuar una conversación. Me pierdo tras la ventana, esperando el infinito. Y últimamente me embarga una sensación aún más rara: cada momento es un recuerdo, lo vivo trasnochado, me veo fuera de contexto y quisiera parpadear y que al volver a abrir los ojos no hubiera nada a mi alrededor. Deseo sin saberlo, deseo estar sola. Lo que no sé, lo que de verdad temo es saber si habré encontrado en lo más profundo de mi alma ese valor que entonces me faltó para acabar con mi vida.
Para cuando vuelvas no sé cuánto quedará de mí...

En ruinas


Estoy en ruinas, cual casa vieja,
desahuciada por el tiempo y los recuerdos.
Me siento hundida, manteniendo la fachada,
pero hueca por dentro.
Atrás quedaron las despedidas
que anidaron como golondrinas.
Ya no hay espacio ni para la tristeza,
solo silencio, solo vacío.
Desalojé a mis sentimientos,
eché a mi corazón por dolerme,
me quedé solo con unas pocas fotografías
con rostros que no recuerdo.
Fluye por mis venas el agua fría
que aún riega unos pocos latidos
y cuento los segundos, los minutos,
las horas... Espero que no más
para que vengan al fin a dejarme a caer,
perderme por fin en el olvido.

lunes, 20 de septiembre de 2010

I. Infancia fugaz

Mi nombre es... ¿acaso importa? No es más que un detalle que podría cambiar en cualquier momento porque esta, la historia que aquí os escribo, podría ser la historia de cualquiera.
Nací hace treinta y tantos años en el pueblo de mi madre, pero fue más por necesidad que por casualidad ya que donde vivían mis padres no había ni hospital. Vine a este mundo acompañada de mi hermana, Marieta, con la que he compartido mucho en estos años, de la que os hablaré más adelante y con la que comparto todos mis recuerdos porque quien me conoce sabe que siempre que relato algo de mi pasado, empiezo de la misma forma: «Cuando éramos chicas...».
Mis primeros años los dibujo en una casa grande, vieja y oscura. Las imágenes que guardo de ella son como forjadas en algún sueño y rellenadas después con detalles sacados de las pocas fotografías que conservan los álbumes de fotos. La casa de Herencia, la de mi padre, de sus hermanas, de su madre..., todo «su» porque siempre fue, ha sido y es así. De aquel lugar, conservo apenas dos recuerdos claros: la tortuga congelada y mi hermana cayendo por las escaleras.
La pequeña tortuga que se quedó dentro del cubo de agua en una noche que heló y al día siguiente apareció conservada en el centro de hielo. Recuerdo cómo mi hermano nos mostraba el cubo cogiéndolo del asa con cuidado e inclinándola el ángulo justo para que pudiéramos verla. Y mi hermana, Marieta, cayendo por las escaleras que subían al primer piso. Creo que estaba en la parte de arriba viéndola caer desde el quinto o el sexto peldaño, y al final, a mi madre con cara de susto. Es extraño recordar todo esto como si fuera un simple espectador, supongo que esta situación, el propio recuerdo está fabricado con las anécdotas que hemos oído contar tantas veces.
El resto de mis recuerdos de aquellos cuatro primeros años no son más que pinceladas: la cocina pequeña y llena de trastos, con el mueble de puertas azul y verde; una habitación alargada con varias camas y, quizá, una cuna al fondo. No conservo más.
Después nos trasladamos a Manzanares, creo que estuvimos un año o así, no tengo muy claras las fechas. Y de allí conservo también pocos recuerdos, pero sé que estos no son inventados porque están frescos, tienen luz y, si me apuras, hasta olores. El problema es que el piso en el que vivíamos se parecía mucho al siguiente en el que estuvimos en Alcázar, así que algunos de aquellos momentos no sé situarlos con claridad. Tendría que consultar.
De Manzanares guardo los primeros recuerdos nítidos de mi madre: apurada, nerviosa, siempre corriendo. Su gesto triste, su mirada, ya se quedó clavado en mi alma para siempre; pero entonces no caía yo en las razones de su estado. La recuerdo corriendo por el pasillo y un mal paso en un escalón que había en medio la hizo caer, se rompió una muñeca. Solo recuerdo verla caer, ojalá hubiera tenido entonces iniciativa suficiente para controlar la situación, haber ido yo a abrir la puerta y haberle ahorrado el disgusto. De aquel tiempo recuerdo también una nevada enorme que cayó y tener solo un par de botas de agua, así que nos turnamos mi hermana y yo para salir junto a mis hermanos y poder disfrutar de aquel momento... Cómo son las cabezas, pienso en aquel instante, me veo por la calle de la mano de mi hermano, es como si pudiera tocar la nieve, sonrío, no puedo evitarlo.
Y es allí también donde guardo el primer recuerdo amargo de mi padre. Tras la nevada, Marieta y yo habíamos hecho dos muñecos, que se me antojan perfectos, de nieve, en la ventana del pasillo; tenían todos los detalles, me veo junto a ella disfrutando del juego. Aquel día íbamos a alguna cita familiar, no recuerdo si era boda o comunión, y mi padre ante el juego rompió la cercanía de nuestras manos tirando de mí, y ahí se quedaron los muñecos, supongo que llorando. Cuando volvimos se habían derretido casi enteros y el disgusto fue tremendo, él se limitó a insultarnos. Por entonces teníamos cinco años. Aún intento encontrarle la gracia a su insulto favorito: «la tonta de los peines», supongo que sería por evitar decir «de los cojones».
Y de nuevo nos trasladamos, esta vez a Alcázar. Del primer piso en el que estuvimos, muy parecido al anterior, solo recuerdo colarme al dormitorio de mis padres y asomarme a su terraza porque era el mejor sitio para ver los arcoiris. Y el traslado al siguiente piso, el que ha sido nuestra vida. En la escalera de abajo, esperando a los porteadores de los trastos, estábamos mi primo Mariano y yo, compartiendo un chupachups ―cosas de niños―, él me lo quitó de un tirón y me arrancó un diente de cuajo. Bonito recuerdo para despedir aquel sitio.
La vida en el pasaje fue el inicio de mi vida. Esta infancia mía, esos primeros cinco o seis años, están, han pasado, pero apenas los recuerdo. Una infancia fugaz, entiendo que feliz, como debiera ser la de todos los niños. Y supongo que por cada día que pase, se irán borrando lentamente de mi mente todo lo que un día viví.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Camino de nuestro propio Oz

Preguntas, mujer, por mis palabras que últimamente se esconden tímidas. Están deshojando las últimas margaritas antes de que empiece el otoño, arrancando sentimientos a ver si de una vez por todas agotamos las saladas y descubrimos la coraza que falta me va haciendo.
Nos esperan tiempos aciagos, plagados de brujas... Ya oigo los graznidos, los pájaros de mal agüero que tiempo a volaban en círculos sobre nuestras cabezas dibujando la tormenta que nos espera.
Y esto no es un cuento más, no. Es un camino que habremos de recorrer sin baldosas amarillas, pero con un hombre de hojalata que jamás conoció corazón. Tampoco somos Dorothy, pero sí buscamos Oz, en el fondo yo habría deseado encontrar a ese gran mago. Quien sabe, igual al final el truco estaba simplemente en golpear tres veces los talones de mis botas y repetir tres veces mi deseo

Te irás solo

Si mi corazón alvergaba aún esperanzas,
algún atisbo de despertar sentimientos,
con la llegada de la tormenta
todos mis sueños se han quebrado.

Llevaba demasiado tiempo esperando
caminando hacia ninguna parte,
fabricando recuerdos de tu ausencia
para justificar este dolor que siento.

Ya no queda nada por hacer, nada que decir.
Porqué hablar si nunca escuchaste.
Porqué escribir si nunca leíste.
Porqué sentir si nunca quisiste.

Qué vida tan triste has llevado,
a la que nos has arrastrado sin más
por no estar solo en este fango
que ahora te atrapa sin remedio.

Pensé que al final tu dios te daría el valor
para mirarnos a los ojos y al alma
para confesarte y pedirnos perdón,
pero te irás como llegaste, solo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Fin

Ha venido la muerte a recordarnos que no hay tregua, que no hay perdón, que no hay remedio... Que lo único que hay seguro es FIN.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Dualidad

Hoy me siento cual margarita,
deshojando mis sentimientos:
«te quiero, no te quiero».
No comprendo la dualidad
de estos pensamientos
que comparten espacio
en mi cabeza, corazón y verso.