miércoles, 14 de marzo de 2012

La geometría de las palabras

Dime... ¿Se pueden estudiar los sentimientos, en propiedad y medida, cuando los expresamos en palabras?
No conozco fórmula que descifre la grandeza de los misterios que ocultas, no hay algoritmo que resuelva cada uno de tus pensamientos.
Quisiera hallar las coordenadas concretas de todas tus ideas, a cada momento; analizar matemáticamente la consecución de tus letras.
Anhelo el instante de considerarnos en un único plano, el nuestro, comprender el espacio que nos une y nos separa cuando dibujas lo eterno con tus versos.
Si toda la tinta que viertes en tus rimas tomara cuerpo, sería el tuyo, el más perfecto.

lunes, 12 de marzo de 2012

El recuerdo

No hay palabras de aliento para las despedidas inesperadas. Solo quedan los largos silencios, el necesario paso del tiempo, encontrar un hueco para dejar pasar aire límpido, tan necesario, que limpie la tristeza y disipe esos sentimientos.
Siempre quedará el recuerdo, siempre.

viernes, 9 de marzo de 2012

Mucolítico para los extraterrestres

―Buenos días doctor. ―El extraño hombrecillo saludó mientras accedía a la consulta y cerraba despacio la puerta asegurándose de que nadie afuera le seguía.
―Buenos días. Dígame, ¿qué le pasa? ―Dijo el médico sin dejar de mirar la pantalla de su ordenador.
―Hace un par de noches me abdujeron los extraterrestres. Estoy seguro de que estuvieron experimentando conmigo porque desde entonces no consigo conciliar el sueño.
El médico miró con asombro al paciente que, sentado de lado, casi encogido, y la mirada desencajada, se quedó completamente paralizado, mirándolo fijamente. Después de unos segundos de espeso silencio, decidió preguntar si tenía alguna prueba de aquello; en su informe fue haciendo anotaciones de una posible demencia.
―Y bien ¿Tiene alguna marca que demuestre tal afirmación?
El paciente se levantó de un salto y antes del segundo parpadeo ya estaba completamente desnudo tapando con las manos sus partes pudendas. El buen doctor volvió a sorprenderse ante tal reacción; se levantó despacio y se dirigió hacia el hombrecillo para examinarle.
―Yo le veo bastante bien, algo delgado, pero bien ―afirmó sin mucha convicción.
―Observe, ahí detrás ―señaló un par de lunares estratégicamente ubicados cada uno de ellos en el centro de cada nalga.― No solo eso, mire, aquí en la nuca tengo otra señal, en el pecho, en las rodillas, sobre las palmas de las manos...
Cada una de las pistas a las que se refería correspondían a marcas de nacimiento, pecas, manchas, cicatrices o lunares que, en perfecta simetría, tenía dispersos por su cuerpo.
―¿Algún síntoma más? ―Dijo el doctor volviendo a su asiento mientras miraba su reloj pensando en lo larga que se le estaba haciendo aquella mañana.
―Sí, la prueba definitiva: Creo que me han dejado preñado.
―¿¡Preñado!? ―Preguntó levantando la voz llevado por la sorpresa― Pero... Pero, ¿por qué piensa eso?
―Observe con atención. ―El hombrecillo se acercó a escasos centímetros de su cara, tomó ambas aletillas de la nariz con sus dedos índices y empujando hacia fuera le ofreció una vista clara y en primer plano del contenido de sus fosas nasales.― ¿Lo ve? ¿Ve como están ahí?
―Señor, lo que usted tiene en sus napias son unos mocos de kilo. Le recetaré un mucolítico y en unos días estará como nuevo. ―Mientras imprimía la receta, buscó la palabra «demencia» y a continuación añadió «resfriado y falta de sueño».
―¿Y qué hay de las marcas de mi abducción?
―Le daré un volante para el dermatólogo, él sabrá cómo solucionar su problema con los extraterrestres.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Entre dos tierras

Has insistido en venir el día que tu hijo y yo estrenábamos la cocina. Sabes de sobra que no soy buena cocinera, me he dedicado a estudiar y a trabajar desde que recuerdo. No tener una madre que me enseñara a guisar parece te reconforta y eso es cruel. Te has encargado de traer todos los ingredientes, hasta la sartén cuando aquí no falta de nada, si acaso sobra algo, eres tú. Pero me he preparado a conciencia, la tortilla de patatas hoy saldrá perfecta. Sé que no te sentirás orgullosa, ya me gustaría ver si tu hijo es capaz de hacerla, saber si eres mejor maestra que suegra.

Ni me has invitado a estrenar tu cocina ¡Menuda nuera! Yo a tu edad ya tenía tres hijos y preparaba todo un festín con cuatro patatas y poco más. Cómo no iba a llevar todo lo necesario, conociéndote seguro que no tienes ni cerillas. Y te empeñarás en hacer tú la tortilla, qué soberbia. No moveré ni un dedo, me quedaré allí, mirándote, y solo al final emitiré el veredicto que estoy segura no te será muy favorable. Mi hijo te ha elegido y dudo que sea por tus dotes culinarias. Tendré que pasarme a menudo para evitar que muera por desnutrición.

Las voces

Su vida se había vuelto tan ruinosa como el piso en el que vivía de alquiler. Las grietas, las humedades y los ruidos de los vecinos se habían convertido en sus únicos compañeros. No tenía horarios; desde que se quedó en paro hace unos meses había perdido la habilidad de organizarse. Descuidó su aseo personal y su novia lo abandonó el día que repitió calcetines por quinta vez. No encontraba motivos para seguir adelante. Después de consultar en Google la forma adecuada de suicidarse y dado los recursos de los que disponía, decidió optar por meter la cabeza en el horno y abrir el gas hasta que darse dormido.
El día no lo tenía decidido. Este lunes tenía que ir a fichar al paro, el martes pasaría el casero a cobrar el mes, el miércoles había partido de fútbol, el jueves le habían invitado a salir, el viernes dormiría la mona, el sábado siempre iba a comer a casa de su madre y el domingo... El domingo quizá, ese día no tenía compromiso alguno. Apuntó en su agenda: «A última hora del 11 de marzo, antes de que finalice la jornada, habré de acabar con mi vida».
Aquel día fue a misa de doce, hacía años que no iba. Le pareció estar en deuda con su parte mística y aprovechó para pedir perdón por lo que iba a hacer esa noche. «Al menos iré al infierno con la conciencia tranquila», pensó. El resto del día lo dedicó a limpiar y colocar cuidadosamente cada uno de sus recuerdos. Después de comer repasó el album de fotografías haciendo anotaciones en el reverso de cada una. Tras la siesta, se duchó y se puso su mejor traje, algo arrugado por falta de experiencia con la plancha. Fue a la cocina; allí colocó un cojín a un lado del horno para que su tránsito al más allá fuera cómodo. Abrió la puerta tirando despacio del asa. Echó una última ojeada a lo que le rodeaba, suspiró, no dijo nada. Giró la llave del gas. Metió la cabeza en el horno con los ojos cerrados cogiendo aire suficiente para repasar los motivos que le habían empujado a aquello.
―Oye, perdona.
Andrés abrió los ojos, pensó que estaba alucinando.
―El gas debe estar haciendo efecto ―pensó en alto.
―No, oye. Tú, el del traje cutre y mal planchado. ¿Qué estás haciendo?
Sin moverse del sitio, miró a ambos lados. «¿Habrá alguien en la cocina?». Se asomó al exterior sacando a medias la cabeza.
―Venga, no te hagas el tonto. Estoy hablando contigo. Además, so pánfilo, has abierto el gas del quemador de la derecha. ¿Esa es tu idea de un suicidio? Anda que...
Salió del todo y se incorporó estirando como pudo la chaqueta. No había nadie.
―Joe, qué rápido lo has convencido ―afirmó 2.
―Sí ―dijo 5 sonriendo― estoy perfeccionando mi técnica.
―1111, apúntalo en la lista, creo que es el suicida menos convencido que he conocido hasta ahora ―3 indicó el primer puesto en la lista pues 5 había mejorado el mejor tiempo hasta la fecha.
―¿De dónde vienen las voces? ¿Estoy loco?
―¿Las voces? Este tío no se ha enterado de ninguna de nuestras fiestas, debe estar sordo ―dijo 5 al resto de sus compañeros― ¡Eh, tú! Loco estás si te quieres suicidar, cuerdo si nos prestas atención.
Seguían discutiendo acerca de la capacidad intelectual de Andrés, haciendo chistes que ya empezaban a molestarle.
―¡Basta ya! ¿Quién habla? Os estáis pasando, tengo mi corazoncito, ¿sabéis?
―¿Y para qué lo quieres? Tienes pensado detenerlo para siempre, ¿no? Así que entendemos que no te importará que nos echemos unas risas a su costa ―rieron todas a la vez.
―¡Basta ya! ¡Esto no tiene gracia!
―Pues claro que no la tiene ―dijo 1 con la voz más solemne de todas― ¿No sabes que tus actos tienen consecuencias? ¿Acaso crees que con suicidarte arreglarás algo? Eh, chico, presta atención.
―Pero... ¿Dónde? ¿Con quién estoy hablando? ¿Sois mis fantasmas del pasado, presente y futuro?
―Este tío alucina, ¿seguro que no abrió la llave del horno? ―dijo 2 con cierto desprecio.
―Joven, acérquese al horno, encienda la luz, meta la cabeza y mire a su alrededor ―ordenó 1.
―Pero, ¿no dice que no quiere que me suicide? ¿En qué quedamos?
―Tonto de remate... ¡Anda, déjalo que se mate! No me importa pasar de nuevo por el trance con tal de que este tío desaparezca del mapa ―increpó 5 al supremo 1.
Ante tal afirmación, Andrés no lo pensó. Encendió la luz interior y volvió a meter la cabeza en el electrodoméstico. Le costó unos minutos acerse a la iluminación amarillenta marcada por la grasa acumulada durante años. Cuando sus retinas se acostumbraron al ambiente, pudo distinguir pequeños puntos verdes, algunos más grandes que otros, que se organizaban formando una carita sonriente. «Loco de remate», pensó. Su gesto delató su pensamiento, la carita frunció el ceño y ladeó la sonrisa. Volvió a salir de allí de un respingo.
―¡Caballero! ―exclamó 1― Vuelva aquí ahora mismo, compadece usted ante el anciano y honorable Consejo de Átomos del Horno.
El muchacho no podía creer lo que había visto ni lo que estaba oyendo. «Estoy para que me encierren, pero bueno, nunca se sabe quién o qué, en este caso, puede cambiar tu suerte». Se acomodó una vez más frente a la puerta abierta y metió la cabeza de nuevo disculpándose antes los miembros del consejo. Se presentaron: «Somos los supervivientes de una antigua raza curtida por los desastres culinarios y el amor a la suciedad. Hemos sobrevivido a guerras con quitagrasas y desinfectantes. Nosotros, los más antiguos, estamos versados en tus intenciones, hemos salvado más de una vida. Déjanos aconsejarte sabiamente...». Andrés escuchaba con atención cada una de sus palabras, pero el gas del quemador que dejó abierto empezó a hacer efecto y cayó en un profundo sueño.
Al día siguiente despertó en su cama con un buen dolor de cabeza. Tuvo suerte; su madre se acercó a verle porque el día anterior había “olvidado” el taper de lentejas que le había preparado. Lo encontró tirado en la cocina con el pelo lleno de grasa pegajosa, justo después de perder el sentido. Llamó a una ambulancia y mientras llegaba abrió todas las ventanas para ventilar el piso. Le salvó la vida. Aquella llamada de atención hizo que su familia y amigos estuvieran más pendientes de él, su antiguo jefe volvió a contratarlo y su novia decidió retomar la relación bajo juramento de que mantendría el piso y a él mismo como debía. Esa promesa debía mantenerla a pesar del esfuerzo de los habitantes de su horno por sobrevivir. Con todo el dolor de su corazón, que seguía latiendo con fuerza, hizo limpieza general. Quitó el polvo, tiró la basura que tenía acumulada desde hacía días, lavó y planchó a la perfección toda su ropa y al llegar a la cocina... Allí hizo un esfuerzo por encontrar de nuevo a los átomos del electrodoméstico y retomar la conversación. Le avergonzaba no recordar ni uno de los consejos que le dieron, pero quería agradecerles el gesto. Nada, por más que encendió la luz, metió la cabeza y solicitó audiencia con los miembros del consejo, no obtuvo respuesta. Pensó que todo había sido producto de la intoxicación con el gas y cuando se disponía de limpiarlo, alguien llamó al timbre.
―Andresito, cariño, abre, que soy tu madre. Te traigo unas judías que sobraron de ayer.
―Espera mamá, bajo yo. Tengo el piso patas arriba.
Dejó los guantes de goma sobre la pila y bajó al portal.
―¡Este tío es idiota, va a limpiar el horno! Después de haberle salvado la vida, qué desconsiderado... ―dijo 5 arrepintiéndose de su hazaña.

martes, 6 de marzo de 2012

La salvación

Todos los días puntualmente rezo mis plegarias. A mis padres les encanta la idea de que quiera ser monja y yo estoy entusiasmada. Desde que entré a estudiar en el colegio Nuestra Señora de Loreto lo tuve claro, tengo una vocación innata.
El año pasado mi padre me dio permiso para empezar a colaborar con Cáritas. Cuando salgo de confirmación, me paso a por mi amiga Inés para ir con los voluntarios a repartir algo de comida y café caliente a las pobres almas que viven en la calle. Me siento bien, me gusta ayudar al prójimo.
Hoy es Nochebuena, la ronda para los más jóvenes ha sido algo más corta porque teníamos que volver pronto con la familia. Antes de regresar a casa, hemos pasado al Corte Inglés de la calle Goya. Con lo que he ahorrado desde este verano le he comprado a mamá el perfume que más le gusta: Jasmin Noir, de Bvlgary. Al salir del centro comercial, Inés ha reparado en un muchacho joven que se tapaba con una manta. Fumaba diestro sentado sobre unos cartones, muy cerca de la parada del metro.
―Inmaculada, ¿te has fijado? ¡Huele fatal!
―No digas esas cosas, no es de buen cristiano.
No he podido evitar inspirar con fuerza a pesar del aviso de Inés. Su olor ha atravesado mis fosas nasales como cristales, nauseabundo, fétido hasta llenar mi paladar. Parecía estar masticando su espeso hedor. A pesar de las naúseas, he sentido pena, tanta que ha despertado mi caridad cristiana. He sacado el monedero y le he tendido un billete de veinte a los pies. Él me ha mirado a los ojos... ¡Qué mirada! Todavía sigo cautiva en ella. Inés ha tirado de la manga de mi parca recién estrenado con tanta fuerza que casi me la arranca.
―¿Qué haces? ¿Eres tonta? Seguro que lo gasta en droga, ¿no has visto que pinta tiene?
Me desconsuela ver en Inés tan poca humanidad, pero mi decisión ha sido firme.
Esperábamos a que papá viniera a buscarnos; se retrasaba. El frío de este invierno atraviesa el alma. La gente camina cabizbaja, abrigada hasta la nariz. Nadie se ha percatado de su presencia. Charlamos sobre los regalos que esperábamos recibir esta noche: el iPhone 4S, unas vacaciones en París y alguna que otra joya, eso como poco. Entre capricho y capricho se me ha escapado una mirada furtiva dirigida irremediablemente al muchacho. Había guardado el dinero, pero seguía en el mismo sitio. Al llegar papá, Inés se ha subido corriendo al coche en la parte de atrás, he abierto la puerta del pasajero y me he dirigido a él, algo dentro de mí me ha hecho reaccionar.
―Papito, sabes que soy una buena cristiana y siempre me dices que debo hacer el bien.
―Sí, cariño, es lo más importante.
―¿Puedo invitar a alguien a cenar con nosotros esta noche?
―¿Sin avisar a mamá y en Nochebuena? No sé qué le parecerá.
Inés ha adivinado mis intenciones...
―Inmaculada, no me parece buena idea. Don Santiago no le haga caso, seguro que quiere recoger al mendigo maloliente ―ha dicho mientras señalaba hacia los cartones evitando mirarlo a la cara.
He mirado a mi padre con mi mejor sonrisa, rogándole a él y al mismo Dios para que me diera permiso, no ha podido resistirse.
―Tienes mi permiso, ya veremos qué dice tu madre ―ha dicho un tanto resignado.
He echado a correr hacia el muchacho. Al llegar a su altura me he detenido frente a él y le he dicho sin rodeos: «¿Te vienes a cenar a casa?». Me ha mirado de arriba a abajo, creo que ha notado mi estremecimiento, no he podido evitarlo. Ahora no estoy segura de que fuera a causa del frío. Sin decir palabra se ha levantado, ha recogido sus cartones colocándolos cuidadosamente junto a una papelera y me ha acompañado hasta el coche. Me ha costado soportar el olor a humedad vieja.
Al abrir la puerta, la peste ha entrado como una bofetada. Inés se ha pegado todo lo posible a un lado para evitar siquiera rozarse con él. Mi padre ha aguantado cualquier comentario, seguramente le costaba tragarlos, tenía los moflejetes hinchados como si estuviera aguantando la respiración. Solo le ha preguntado su nombre. «Noah», ha dicho sin añadir nada más. El recorrido ha sido rápido. Al llegar a casa de Inés, se ha despedido como una exhalación, deseando una feliz noche a la velocidad de luz. Nosotros vivimos solo tres calles más abajo.
Ya en casa, mi madre ha salido a recibirnos. Su cara ha sido todo un poema.
―Mamita, este es Noah, le he invitado a cenar como buena cristiana.
―Antes de que me arrepienta siquiera de haberte parido, querida hija, acompaña a tu amigo al baño de Lourdes ―el ama de llaves―, dale toallas limpias y enséñale a darse un buen baño. Después dale algo de ropa de tu hermano, pero del armario donde guarda la ropa usada, y que se la quede, falta le hace. Os espero aquí en una hora ―se ha vuelto rápidamente tapando su nariz con ambas manos.
Una hora entera para ejercer de ángel salvador... Mientras se llenaba la bañera de agua bien calentita, he subido a mi cuarto a por sales de baño con aroma de jazmín y he pasado a por su ropa nueva. Al volver he pasado sin llamar pues he supuesto que ya se habría metido en el agua, pero me he llevado una sorpresa. Él no era él, sino ella. Estaba completamente desnuda ante mis ojos. Su piel blanca como la nieve casi dejaba transparentar sus huesos, muy delgada, con pechos pequeños y su sexo cubierto de una selva negra. Su olor no era tan fuerte, pero seguía infectando el ambiente. Más aún me ha sorprendido ver que en su mano izquierda no había mano, sino un pequeño garfio. Me he acercado a ella sin perderle la mirada admirando su belleza y candidez como si de una virgen se tratara. La he tomado del hierro y, después de esparcir las sales, la he invitado a entrar en el agua.
Con la yema de mis dedos impregnada de espuma, he repasado su escultura. A la altura de sus pechos, sus pezones se han puesto duros y rosados, los he besado en admiración profunda, estaban envueltos en un halo mágico, casi santo. Ella ha seguido quieta, dejándose hacer. He remangado mi camisa para poder recorrer su vientre sin mojarme hasta llegar a su zona obscura, justo en ese momento se ha relajado. Ha subido las piernas a ambos lados dejándome hueco entre ellas, ha tomado mis pequeños dedos con su única mano humana y sin avisar los ha metido en su sexo. A un ritmo lento al principio, más acelerado en breve, ha resuelto su baño. Ha salido sin avisar y despacio ha ido despojándome de mi ropa con una destreza y un mimo que hacía invocar a los santos. Ahora el jazmín la envolvía entera, santa, pura, divina. Cuando solo me quedaban las bragas, ha metido su gancho por encima, rozando mi ombligo. Me he sentido ascender, despegar mis pies del suelo. Las ha bajado despacio, sin sacar ni un solo punto de la delicada prenda.
Tomando una toalla para ayudarse, ha secado su herramienta desenroscándola con cuidado, dejando al descubierto un muñón redondeado. Me lo ha arrimado a la boca; lo he besado, lo he lamido, lo he adorado. Al mismo tiempo, sus dedos jugaban con mi sexo. Al menos dos de ellos me han atravesado hasta notar su puño pegado a mis labios. Entraban y salían al mismo ritmo que su extremidad de mi boca, y cuando empezaba a chorrear en éxtasis, me ha tumbado sobre el suelo con mucho cuidado. Su muñón ha sustituido a los dedos en frenética concesión. Ambas nos hemos ofrecido a Dios sin reparos, con generosidad en amor. Ebria del olor dulzón de los fluidos mezclados, he vuelto a la tierra, a la mortalidad. Nos hemos besado dulcemente, como vírgenes entregadas a un amor sagrado.
Alguien ha llamado a la puerta. Noah ha salido del misterio y se ha tapado rápidamente con la toalla que tenía más cerca.
―Inmaculada, cariño, ¿estás ahí? ―Ha preguntado mi madre.
He intuido su siguiente paso: entrar al baño a recoger los restos del mendigo. Nos hemos ocultado dentro del armario. De nuevo cuerpo con cuerpo, de nuevo el éxtasis en silencio, a un ritmo perfecto, marcado por los salmos que repaso cada noche en mis rezos. Esta vez más despacio, más intenso hasta alcanzar el cielo. La luz que atravesaba las lamas de madera de las puertas en rompimiento de Gloria, han iluminado nuestros rostros alzándanos al Paraíso.
Una hora, solo una hora para salvar su alma.

El tacto de sus manos

Carmen era la perfecta esposa, madre y ama de casa. Su matrimonio después de casi veinticinco años, seguía siendo la envidia a los ojos de los demás. Su marido, Alonso, era gerente de una empresa de consultaría de banca lo que le obligaba a reuniones y viajes constantes. Cuando había alguna cena de gala, ambos iban agarrados del brazo, él presumiendo de su mujer que aún conservaba el tipo y parte de su juventud. Pero esos eventos eran escasos y Carmen no disfrutaba, seguía detestando ser solo la muestra, como una joya o un adorno cualquiera; apenas participaba de las conversaciones, solo sonreía con amabilidad y rezaba porque pasaran rápido las horas.
Era solo apariencia. La rutina, el trabajo incesante y el paso del tiempo habían convertido a la pareja en simples compañeros de piso. Ya no compartían la cama, ni siquiera la habitación. Apenas conversaban salvo cuando se trataba de sus hijos.
Cada noche, después de ponerse el camisón, se miraba en el espejo de su dormitorio. Repasaba su cuerpo despacio, recordando la sensación de sentirse acariciada, deseada. La seda negra que cubría su cuerpo se retorcía a la vez que sus pensamientos y sus pezones se despertaban cuando recordaba la firmeza de sus pechos. Pero al llegar al cuello y recuperar la mirada volvía a su realidad: varios años de encuentros ocasionales, quizá alguna borrachera o después de algún cabreo en el trabajo. «Aún soy joven», se repetía, «¿Por qué no me desea?» Y con la tristeza como único acompañante se iba a la cama.
Un día, estando en el supermercado, se encontró con dos amigas del club de tenis. Ambas hablaban casi en susurros y solo rompían la conversación cuando reían escandalosamente. Carmen se acercó a ellas y las saludó casi por compromiso, no le interesaba entrar en un diálogo que, por sus caras, intuía malicioso. Una de ellas la agarró por el brazo obligándola a ser partícipe. Después de los besos de costumbre, las tres mujeres se reunieron como si compartieran un secreto.
―Mira Carmen ¿Te has fijado en el nuevo reponedor? Está para comérselo ―la otra mujer rió descaradamente.
―Mujer, que estamos casadas...
―¡No seas remilgada, que por mirar no se ponen los cuernos!
El comentario sonó algo más alto de lo deseado. Un señora mayor que se encontraba detrás de ellas carraspeó para hacer notar su presencia; se volvieron y ésta las miró poniendo un gesto de indignación, pero solo arrancó más risas de las dos amigas. Al retomar la posición de ojeo, se encontraron al muchacho observándolas fijamente. Carmen fue la única que se sonrojó y bajó la mirada vergonzosa. La situación se volvió algo comprometida, agarró de nuevo el cesto, se despidió con cierta prisa y siguió con su compra evitando pasar de nuevo por ese pasillo.
Aquel día transcurrió como siempre: algunas compras, volver a casa, comer sola y esperar a que los suyos fueran llegando, cada uno con sus historias y ella siempre aguardando con el consejo adecuado, pero ¿quién la escuchaba a ella? Un simple mensaje de su marido al móvil para avisarla de que esa noche no llegaría. «¡Menuda sorpresa!», pensó.
A la hora de acostarse, volvió a su ritual, pero algo cambió. Aquella noche frente al espejo notó algo distinto en su mirada, más cristalina; cerró el azul intenso de sus ojos y comenzó el repaso mentalmente mientras sus manos, juguetonas, comenzaron a perderse en las dobleces del salto de cama. A la altura de su sexo la respiración se fue acelerando; sus manos ya no eran las suyas, las sentía más grandes, más fuertes. Su cuerpo se estremeció y se detuvo sorprendida: se dio cuenta de que estaba pensando en él. Volvió a sonrojarse. Aquel muchacho había despertado algo dentro, su deseo, y en cierto modo se sentía mal, pero a la vez bien. En la intimidad de su cuarto decidió entregarse a su sueño, nadie lo sabría jamás; cerró de nuevo los ojos y con cierto rubor se entregó a sí misma. Continuó donde lo había dejado. Aquella noche se sintió amada de nuevo.
A la mañana siguiente se despertó más tarde de lo habitual. Después de la ducha le sorprendió encontrarse de nuevo frente a su reflejo con una sonrisa de quinceañera. No hacía nada malo, solo era un pensamiento sin más pretensiones que, de momento, le hacía ver el día con otra perspectiva.
Mientras se preparaba el desayuno se descubrió repasando la alacena y el frigorífico, no faltaba nada. Fue al baño, revisó cada bote de champú, cualquier cosa que hiciera falta comprar. Con el nerviosismo de encontrarse buscando una excusa para volver a la tienda, tiró el vaso con los cepillos de dientes. «¿Qué estoy haciendo? Es una estupidez...». Cuando estaba barriendo los cristales llegó su marido. Le dio un beso rozando apenas su mejilla.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó.
―Nada grave, el vaso estaba al borde, apenas lo he tocado y se ha caído.
―¿Y los cepillos de dientes? ―Ni se preocupó por ella.
―Los he tirado por si acaso... Iré a la tienda y compraré nuevos ―La excusa había surgido sin pensarlo.
―Te acompaño, necesito algunas cosas para el neceser, mañana vuelvo a salir de viaje, tengo reunión en...
A Carmen no le importaba su reunión, pero le inquietaba que Alonso percibiera la sensación que el muchacho despertaba en ella. Pensó que debía ser realista: tener una aventura con un reponedor de la edad de su hijo no era lo más adecuado, pero ¿por qué no aprovechar que su cuerpo había despertado? Se acercó al hombre, ella aún llevaba la bata y debajo solo ropa interior. Él, de espaldas, se entretenía en deshacer la maleta. Se abrió la prenda y le abrazó, pegó su cuerpo al suyo y acercó la boca a su oreja. Su marido giró suavemente la cabeza y suspiró, aquel signo despertó aún más a la mujer que entendió su deseo concedido. Su mano derecha se dirigió sin dudar a la bragueta.
―¿Qué haces Carmen? ¿No ves que estoy ocupado? ―Dijo él casi indignado― ¿Quieres hacer el amor ahora? Acabo de llegar y estoy cansado. Vístete, anda.
Ella se separó rápidamente cerrando la bata y abrochando el cinturón con todas sus fuerzas. Se sentía despreciada. Alonso ni la había mirado, si lo hubiera hecho se habría dado cuenta de que lo único que despertó en ella era odio. Carmen abrió el armario y buscó su camisa más escotada, se puso medias con liguero y una falda ligera. De alguna forma despertaría el deseo su marido, se sentía capaz y ahora estaba armada con el rencor suficiente para ponerlo en un compromiso. Cuando terminó de arreglarse fue a buscarlo; sentado en el salón y con el mando del televisor en la mano, la miró de arriba a abajo.
―¿A dónde vas así vestida?
―A por tu estúpido cepillo de dientes ¿Vienes? ―preguntó con una amplia sonrisa.
La respuesta, entre agresiva y juguetona, lo espabiló. Ella sabía que en sus viajes solía buscar la compañía de prostitutas con las que gustaba jugar a provocar. Durante el trayecto en el coche, Carmen dejó asomar la puntilla de sus medias y desabrochó un botón más de su camisa dejando a la vista su generoso escote. Su marido no pudo evitarlo, tendió su mano sobre la pierna. «Me desea»; lo supo, había encontrado la forma, ahora solo pensaba en hacer rápido la compra y volver a casa para dejarse llevar por los sentidos. Al bajar del coche, él se acercó a ella y la besó. Ambos cuerpos se apretaron uno contra otro, le subió la falda y tomó su pierna izquierda.
―Volvamos a casa.
―No, necesito el cepillo de dientes ―dijo colocándose la corbata que ella había echado hacia atrás en el acercamiento.― Esta noche te llevo a un sitio bonito a cenar y luego descorchamos una botella de vino.
Carmen no podía creerlo, ¿una cena, una botella de vino? ¿Esa noche? «Este tío es  imbécil», pensó mientras se volvía a abrochar los botones superiores de la camisa.
En la tienda intentó controlarse pero no podía. Aprovechaba cualquier ocasión para acercarse a Alonso. Él respondía a sus besos y caricias dependiendo del producto que ojeara; no soportaba su manía de leer todos los ingredientes como si supiera químicos. Y entre la esperanza y la decepción, entre el pasillo de los lácteos y los refrigerados, se encontró de nuevo con el reponedor. Ambos se miraron, ella volvió a sonrojarse y sus pezones se pusieron tiesos de pronto; instintivamente se echó mano a ambos pechos para ocultarlo pues la gasa de la prenda descubrió su reacción. Él, que se dio cuenta, no supo bien qué hacer, se dio media vuelta y desapareció. Carmen estaba desarmada; Alonso, que la vio, se acercó a ella y la besó.
―Necesito hacerlo ahora, ahora o nunca más ―le dijo con convicción.
Aquella afirmación despertó los instintos del hombre, la agarró de la mano y la llevó hacia la puerta con intención de irse a casa. Ella sabía que no llegaría tan lejos su deseo... «Ahora Alonso, debe ser aquí y ahora». Fueron a los baños de señora, entraron en uno de los cuartos y él cerró la puerta mientras se desabrochaba la camisa. Carmen, que conocía los devaneos de su marido, no dudó en entregarse como si se tratara de una cualquiera, necesitaba el sexo tanto como respirar. Él de pie, con la espalda pegada a la puerta, se dejó llevar a los caprichos de su mujer quien se entretuvo en repasar con la lengua cada parte de su cuerpo. Se besaron apasionadamente, como hacía mucho tiempo, tanto que no recordaban. Recorrió su pecho jugando con sus pezones mientras desabrochaba el pantalón y bajaba su ropa interior. Bajó agarrándole el culo con fuerza y se sentó sobre la taza de váter arrimándolo hacia ella. Empezó a lamerle con tal intensidad que los gemidos del hombre se aceleraron. Pero aquella visión se le hizo insoportable a Alonso, debió recordar a las putas a las que pagaba por el sexo y vio a su mujer excitada, semidesnuda, como ellas. Se apartó de ella y se vistió con prisa. La miró con desprecio y se fue sin decir nada.
Carmen se quedó allí, sentada, en silencio. Después de unos minutos, se colocó la ropa despacio, salió y se apoyó en el lavabo con ambas manos, no se atrevía a mirarse el espejo. No pudo más llorar, se sentía avergonzada, jamás había tenido aquel impulso y al verse abandonada, aquella mirada de asco... «¿Qué he hecho? Ahora no querrá volver ni a mirarme». Justo en ese instante entró el reponedor, se había cruzado con el marido cuando se dirigía hacia el almacén y, al oírla llorar, decidió entrar a ver cómo estaba.
―Señora, ¿se encuentra bien? ―Le dijo apoyando su mano sobre el hombro de Carmen.
Se volvió hacia él, limpió sus lágrimas y, sin pensarlo, empezó a besarle. El chico ni siquiera intentó apartarla, se entregó a ella sin más. Oyeron voces; la llevó al mismo cuarto donde antes había estado. Ella volvió a su ritual recién inventado: le desabrochó la camisa y lentamente fue recorriendo su joven torso, casi imberbe, hasta llegar a su sexo. Volvió a tomar el mismo asiento, pero distinto culo, más duro, más tierno, aquello le excitaba aún más. El chico, instintivamente, la apartó de él; por un segundo Carmen pensó que volverían a rechazarla, pero no fue así. La tomó suavemente de las manos invitándola a levantarse. Se besaron sin control. Con torpeza, quizá por falta de costumbre, le desabrochó el sujetador dejando los pechos al descubierto.
―Eres muy hermosa, y tu marido un imbécil ―estaban de acuerdo.
―Calla y bésame.
Él le dio la vuelta, con cierta prisa levantó su falda y bajó sus bragas. La abrazó, tomó sus pechos; ella reconoció el tacto de sus manos, eran las mismas con las que había soñado la noche anterior. Empezó a besarle el cuello y recorrió su espalda en una única e interminable caricia que la hizo encogerse de placer. Al llegar a la cadera, metió la rodilla entre ambas piernas preparando el espacio que hizo a Carmen adivinar el siguiente paso. Ella tomó su miembro, duro y excitado, y lo colocó en la zona húmeda que abría paso a sus deseos, y al ritmo acelerado de sus respiraciones el reponedor empezó a penetrarla. Sentía su cuerpo temblar, sus pechos agitándose al ritmo que él marcaba, y su boca seca. Se irguió sin perder el compás, sin apartarse de él ni un milímetro, y le besó mientras el muchacho alcanzaba el orgasmo. Ambos dejaron manar el dulce líquido entre sus cuerpos y se fundieron en un abrazo.
Ella se volvió torpemente. Olvidó la vergüenza, ahora se sentía satisfecha y feliz a sabiendas de que aquello no era amor, solo sexo. En cierto modo temía al reacción del chico, no quería que la dejara así y volviera al trabajo como si nada, necesitaba sentirse amada. Él tomó su barbilla y la levantó con el cariño de un amante para encontrar sus miradas; sonreía. Se besaron una vez más. Con cuidado, fue vistiéndola despacio; para disimular su nerviosismo aprovechaba cualquier ocasión para dejarle algún beso furtivo sobre la piel; ella, le ayudó con la camisa y al final colocó la etiqueta del bolsillo donde rezaba «Fran».
Carmen salió primero para asegurarse de que no había nadie que pudiera verlos, tenía una reputación que cuidar. Se detuvo fuera del baño y sacó del bolso la cajetilla de tabaco. Cuando Fran salió, le lanzó una mirada cómplice que ella despreció.
―La semana que viene tengo turno de mañanas.
―Adiós Fran.
Sacó el móvil y pidió un taxi.

Sobre el lienzo

La sala despedía un olor pesado a óleos y esencia de trementina. Los caballetes estaban dispersos alrededor de la tarima y sobre ella un diván del siglo XIX tapizado con una tela de pequeñas flores; era mi primera clase de pintura con modelo en vivo.
Los compañeros fueron llegando con cuentagotas; los viernes a primera hora nadie era puntual. Cada uno tomaba su respectivo asiento y desplegaba su maletín sobre la mesita anexa, sacando en cuidadoso ritual la paleta y los pinceles. Cuando estuvimos preparados, don Esteban Crespo, quien impartía la materia, hizo una breve presentación de la actividad, explicó los pasos a dar uno a uno sin entrar en detalle. «Es solo una prueba y, por favor, ahórrense los comentarios lascivos», y con esas palabras invitó a salir a la mujer de detrás del biombo.
Cuando entró, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Venía ataviada solamente con un batín de seda que dejaba adivinar su figura. Se dirigió despacio hacia el escueto decorado; sus pasos eran tan ligeros que daba la sensación de andar de puntillas, casi flotando. Su cuerpo, liviano y pequeño, se me antojó el más hermoso que jamás había visto. Era pálida como la luna, su piel tersa y suave; no hacía falta tocarla para saberlo...
Miré al resto para observar sus reacciones. El tutor se quedó de pie a cierta distancia estudiando la escena; las chicas empezaron a trabajar como si nada (me cuesta creer que contuvieran su mala costumbre de hacer críticas constructivas muy probablemente nacidas de la envidia); solo a Fran, que se sentaba a mi derecha, se le ocurrió dar la nota con un silbido, lo que despertó algunas risas.
―Señor Palomino, si no puede contener sus hormonas, dese una ducha fría y vuelva cuando haya terminado― dijo muy serio el profesor mientras encendía el equipo de música.
Nadie se atrevió a añadir nada, solo ella, la modelo, soltó una pequeña risa velada.



El tiempo parecía haberse parado. Todo a mi alrededor se desdibujaba mientras la música envolvía el momento. Solo estábamos ella, yo y mi lienzo virgen esperando con ansia que le descubriera sus encantos.
Tumbada de lado, como dama victoriana, con un moño mal recogido que dejaba caer sobre sus hombros desnudos algunos mechones, miraba hacia el ventanal que había a mi espalda. El batín, caprichoso, dejaba al aire uno de sus senos de redondez perfecta, con su aureola amaranto y su pezón firme apuntando directamente hacia mí. Su mano izquierda caía ligeramente sobre su cadera intentando tapar su sexo y sus piernas cruzadas de sensualidad ponían fin al brazo del diván.
Saqué mi cuaderno A2 de dibujo y lo coloqué sobre el caballete. Busqué el carboncillo y comencé a hacer bocetos de cada una de sus curvas. Me descubrí amándola, haciéndola mía. Tras el primer dibujo, me volví a fijar en ella, me miraba fijamente a los ojos... ¿Me habría descubierto? ¿Acaso mi cuerpo desvelaba mis intenciones? Volví a centrarme en mi necesidad creativa. Pasé página y retomé mis impulsos. En la siguiente imagen me encontré sobre ella, desnudo, besando su cuello y apretando sus pechos contra el mío, mi sexo entre sus piernas; no había ningún vacío entre nosotros. Solo necesité unos minutos para descubrir su belleza. Seguía mirándome, esta vez con la tez sonrojada, bajando de vez en cuando la mirada vergonzosa de saberse deseada. Un nuevo dibujo para continuar con nuestra pasión, esta vez ella sentada sobre mí, desatando la cinta que atrapaba sus rizos y sus pechos firmes agitados, mis manos sujetando su cintura, acariciando su cadera en perfecta simetría... Con cada dibujo nacían nuevos olores que disipaban las mezclas de aguarrás y aceites, los efluvios delataban nuestra entrega.
Por un momento pensé que realmente estaba allí con ella, tomándola en delirio incontrolable; quizá era el blanco de los lienzos que esa mañana debían resultar como tarea. Cuando la música cesó, don Esteban echó las cortinas y sugirió que fuéramos recogiendo. Las tres horas de exposición habían terminado. La modelo se incorporó cerrando con el cinturón su atuendo y se dirigió hacia el biombo. Mis compañeros mostraban al profesor sus obras mientras él comentaba uno por uno el resultado. Mi lienzo permanecía vacío. Saqué con prisas el pincel de punta redonda reservado para una ocasión especial y mojándolo en pintura negra realicé unos trazos rápidos. Cuando llegó a mi altura ni siquiera prestó atención al dibujo sobre la tela, solo me preguntó si alguna vez querría enseñarle mis bocetos. A ella jamás volví a verla...

lunes, 5 de marzo de 2012

Carta de despedida

Querido mío:
No quedaba tiempo, lo sabías; ya no había días suficientes que nos permitieran continuar, treinta años dan para mucho y tú y yo lo habíamos hecho todo. Lo siento, lo siento de veras; te dije que te amaría siempre y así será.
Esta mañana no fue mucho más distinta al resto de las anteriores. Al despertar te encontré dormido con el hilillo de baba cayéndote de lado, una vez más me quité los tapones de los oídos con la absurda idea de que al fin habrías dejado de roncar... «Ensordecedor», no hay otro adjetivo, y lo peor es que jamás lo admitiste. Lo confieso, me levantaba a las siete de la mañana no porque tuviera mucho que hacer sino porque siempre me faltaban tareas para huir de tu lado. Qué sensación tan terrible quererte tanto como te aborrecía, pero la vida, nuestra vida de casados fue así desde el principio.
No soy capaz de encontrar la razón que me llevó a hacer lo que hice... Hoy no era ningún día especial, ni siquiera nuestro aniversario ―ese que olvidaste desde el segundo―, solo un domingo cualquiera de primavera, de esos en los que la gente "normal" sale a pasear de la mano y disfrutar del buen tiempo; pero, claro, tú seguías en la cama y yo llevaba ya tres horas dedicada a la casa.
Mientras preparaba el desayuno, encontré al fondo de un cajón las pastillas que el médico me recetó para dormir. Pensé que las había tirado, soñé que me las había tomado todas de golpe y me había ido al otro barrio, pero ¿por qué yo? Me quedé un rato mirando el bote, leyendo la etiqueta sin entender absolutamente nada de ingredientes ni de intenciones. Aún no habían caducado y quedaba más de la mitad del frasco. Lo dejé sobre la encimera y fui a ver si seguías durmiendo; no hizo falta llegar hasta la habitación, tus ronquidos podían oírse desde la calle.
¿Cómo lo llaman? ¿Enajenación mental? Aceptaré el alegato si se da el caso, de momento solo lo sabremos tú y yo.
Machaqué con cuidado de no hacer ruido cada pastilla del envase: «Esta por papá, esta por mamá... Esta por los cumpleaños olvidados. Esta por todos los desprecios que me has hecho. Esta por gastarte nuestros ahorros en tu coche. Esta....s (varias a la vez solo en esta ocasión) por todas las putas a las que te has tirado.» Encontré mas motivos que grajeas había, así que continué con los preparativos. Saqué las naranjas que compré el día anterior y te preparé un zumo, añadí dos cucharadas colmadas de azúcar para velar el sabor y lo mezclé todo. Sobre la mesa, esperándote, una taza de café, unas tostadas, la mermelada y el zumo.
Encendí el televisor de la cocina y subí el volumen con intención de despertarte. Solo tardaste una hora en aparecer, semidesnudo y con el pelo enredado. Hubiera preferido que aparecieras con el traje de la boda, tan elegante, pero supongo que no era el momento. Ni un «buenos días, cariño» ni un beso en la mejilla; hubiera sido demasiado. Mientras tomabas el desayuno y te quejabas de la temperatura del café con la boca llena, yo sacaba los cuchillos del cajón y los limpiaba con mimo. Te fumaste un cigarro mientras te bebías el jugo adulterado de las naranjas; no percibiste su sabor extraño, supongo que la nicotina te había privado del placer y la suerte de haberte librado. Me senté frente a ti sin decir nada; tú mirabas el televisor y cambiabas de canal en intervalos de dos segundos. Antes de llegar al último ya habías caído en un dulce sueño.
No sentí ningún remordimiento, al contrario, me sentía feliz y liberada.
Los cuchillos, bien afilados, brillaban a la luz del sol que entraba por la ventana. Te arrastré no sin dificultad hasta el baño de invitados y allí, sin pensarlo ni media vez, utilicé cada uno de los bisturís improvisados: «Este por papá, este por mamá. Este por cada caricia que me negaste. Este por cada insulto que me dedicaste sin motivo. Este por cada vez que me tomaste a pesar de mi negativa...». Estuve toda la mañana y parte de la tarde trabajando sin descanso, desmembrándote y cada miembro haciéndolo aún más trozos; y cada trozo, aún más pequeño, hasta que solo quedó de ti un montón de carne maloliente.
A eso de las cinco paré para comer algo. Al terminar, fregué sin prisa los cacharros y los restos de tu último desayuno. Volví al baño con un cubo y fui cargando tus restos hasta el patio. Fue todo un acierto el día que decidí levantar la tapia para impedir que los vecinos te vieran salir desnudo a tomar el sol, no tanto por ti sino por ellos. Ahora, esa misma tapia serviría para ocultar tu cuerpo, no tanto por ellos, sino por mí. Fui abonando las lilas, los rosales y los jazmines. Y para terminar, machaqué tus huesos y les di un tinte lila para adornar los tiestos. Antes de dejar el patio hasta el día siguiente, repasé cada rincón; estaba aún más hermoso que esta mañana, la primavera le estaba sentando bien a mis plantas. Piénsalo así, querido, jamás hubieras tenido tantas flores en tu lápida del cementerio.
Volví al baño, aún quedaba por hacer: limpiar cada gota de tu espesa sangre, retirar los pelos del desagüe y perfumar el espacio. Fue un día largo y duro de trabajo. Te juro que no lo tenía planeado, surgió sin pensarlo. Para que no me quede mal sabor de boca por este acto, he decidido marcar la fecha en el calendario; ya que no celebrábamos nuestro aniversario de boda, he pensado celebrar el día de tu asesinato. Te aseguro que esa idea calma mi conciencia. Ahora, al final de la jornada, todo lo veo distinto, todo ha vuelto a su sitio: los cuchillos, la cortina de la ducha, el silencio... Estoy más relajada, creo que mañana no madrugaré, de hecho ya he tirado los tapones a la basura.
Dentro de un par de días, denunciaré tu desaparición a la policía. Nadie sospechará nada, tus escapadas eran más habituales de lo necesario. Nadie te echará de menos, no te soportaba tu familia ni tus compañeros de trabajo. Nuestros amigos se volcarán conmigo, sabré hacer bien el papel de esposa abandonada. No debes preocuparte por mí, si acaso por ti; sabes que no creo en el más allá, pero, reconozcámoslo, si existe dudo que te estén esperando con los brazos abiertos y si lo hacen será para darte dos tortas, bien merecidas.
Descansa en paz, yo lo hago.

viernes, 2 de marzo de 2012

Un final, otro comienzo

Resumiendo: una princesa cae presa de un hechizo por la envidia de su madrastra, un príncipe encantador la salva, ambos regresan al reino e imparten justicia, se enamoran, se besan y «colorín colorado este cuento se ha acabado»... ¡Ah, claro! «Y fueron felices y comieron perdices».
Ya está, no hay más; debemos conformarnos con eso, como si la vida se detuviera en el instante de ese beso perfecto. ¿Y por qué perdices? ¿Por qué no algo más digestivo? Entiendo que es por la rima, pero ¿cómo sabemos que fueron felices para siempre? ¿No es algo pretencioso?
Partiendo de que es un cuento para niños y que a ellos poco les preocupa el tema de la natalidad, el paro, el pago de la hipoteca y llegar a fin de mes... Me pregunto: ¿acaso no es nocivo para las futuras generaciones intentar convencerles de que la vida es un cuento? ¿No habría que mostrarles, aunque solo fuera un poco, que la vida es algo más?

Reescribamos el cuento...
«Pasa a diario, ―no hablemos en pasados―, que una joven "sobrevive" a la maltrecha situación económica de sus padres. Influida por los cuentos que le leían de pequeña, su mayor preocupación es recibir la paga de la semana y estar perfecta para el sábado, noche (obvio) en la que saldrá a pasárselo bien con el resto de princesitas y, porqué no, a buscar a un príncipe azul, a poder ser que esté bueno y (como dicen en mi tierra) tenga gavillera.
El último sábado, coincidiendo con las fiestas de su reino, se pilla una buena cogorza en el botellón de las 11:00 y en el estado de embriaguez en el que se encuentra no distingue de bellezas, así que se acaba enrollando con el primero que le susurra al oído vete tú a saber qué borriquerías. Y así, a la tierna edad de dieciséis, la joven es desflorada. Nada de música celestial, ni pajaritos rondando; en la parte trasera de un coche que huele a tabaco y a sudor.
Volver a casa es lo más fácil; asumir lo ocurrido, lo complicado. Después del retraso de la regla viene la incertidumbre y volver a las buenas intenciones de los cuentos infantiles: «Si me quedo embarazada, vendrá a buscarme y tendremos un heredero. Seremos felices para siempre...». Pero ni embarazo ni heredero ni felicidad compartida, al menos, sí la menstruación. ¿Habría aprendido la lección? ¡Qué narices! Es joven, ahora toca disfrutar de la vida. De momento toca fiesta, fiesta y más fiesta.
Y... ¿colorín colorado este cuento se ha acabado?»

Pero, ¿dónde han quedado las dulces lecciones de los cuentos? Supongo que entre fiesta y fiesta, la protagonista de este "anticuento" debería quedarse congelada en el tiempo, pero ¿nadie le ha dicho que la vida continua? Después vendrán los estudios, el trabajo, las responsabilidades... Quién sabe, quizá conozca a un buen muchacho que la haga feliz, igual cuando pase esta crisis consiga tener casa, niños, coche y vacaciones en la playa todos los veranos.
Estoy convencida de que sería más beneficioso para todos orientar, a partir de cierta edad, a nuestros pequeños por una vía más realista, con algún edulcorante no vaya a ser que se piensen que la vida es una mierda.

El auténtico reto de los finales consiste en abrir puertas a nuevos comienzos
con el espíritu de superación adecuado.

jueves, 23 de febrero de 2012

La despedida


(0:05)
Sigue sonando aquella melodía...
El recuerdo, tan intenso aún, me derrite el alma.
La primera despedida,
siempre triste sin saber si te perdía.
La noche, intensa y obscura,
guardará para siempre grabados en su memoria
cada beso, cada abrazo,
cada lágrima de tu partida.
Recuerdo tus ojos, la inmensa tristeza que infundían.
Recuerdo mis manos inquietas, sin saber qué hacer
salvo agitar el pañuelo alejándote de mi lado.
Recuerdo cada nota como si fuera mía...

(0:55)
En el camino de regreso anhelé tu vuelta.
Soñé con el trance y volvió a despertarse
el calor de mi corazón dormido.
Cada calle que recorrimos juntos,
cada rincón en el que fuimos uno.
Pensar en nuestra casa,
cada silencio impregnado de tu aroma,
las sábanas revueltas del último amor.
Rememorar cada instante
en el que fui tuya y tú fuiste mío,
cada caricia que perdimos en la inmensidad
de los cuerpos de pasión encendidos.
Y saberla vacía, llena de tu ausencia,
sin tu despertar junto al mío,
esa soledad doliente, dolida
que hiere el alma de los más queridos,
me hizo detener el reloj.

(1:55)
Me contuve un segundo
en la eternidad del momento.
¿Cómo había sido capaz de asumir
que podría vivir sin ti?
Fue culpa mía, fueron mis temores
fue mi torpeza, mi inexperiencia
los que te llevaban de mi vida.
Y algo dentro de mí me avisó
de que aún estaba a tiempo,
de que no todo estaba perdido.
Despertó una última oportunidad
para suplicar tu perdón y rogar tu cariño.
Una insomne ocasión
para volver atrás y enmendar mi error,
para confesar que lo eras todo,
admitir mis inflamados sentimientos,
declararte sin más remedio que te quería,
que te sigo queriendo...

(2:47)
Volví sobre mis pasos...
¡Oh, agonía! Me perdí en los mismos
en la desesperada búsqueda de mi amante.
Volví repasando cada recuerdo ...
¡Oh, extravío! Caprichoso sinsentido
para no perderte en el olvido.
Volví evitando las saladas...
¡Oh, cómo pude estar tan ciega!
No sabía si sería capaz de encontrarte.
Volví a avivar las llamaradas...
¡Oh, pasión! Apetito vehemente
imprescindible para mi supervivencia.
Volví a recordar tu risa...
¡Oh, vida, qué será de mí sin ella!
Mi luz, mi estrella, mi guía.

(3:34)
Te busqué entre la gente
que parecía ponerse de acuerdo
para impedirme alcanzarte.
Hombres y mujeres sin rostro,
los fantasmas del pasado que,
en el delito de la envidia,
se empeñaron siempre en alejarnos.
Mi sombra huía presa del miedo,
tuve que atarla a mis pies
para que me encontraras plena.
Mi tristeza se fue diluyendo
en el caminar vacilante,
agarrándose a las piedras del camino.
Luchaba con la incertidumbre.
¿Descompondría tu partida
haciéndote volver conmigo en inseparable?
Empezaba a faltarme el aliento.
Si hubiera sido cuestión de vida o muerte
habría preferido a la parca.
Al fin llegué al acceso del que sería,
entre la verdad y la mentira,
el destino incuestionable.

(4:28)
Te encontré...
Tu mirada...
Tus manos...
Eras tú, sin más, sin palabras.
Solo un susurro en boca ajena, recordándonos.
Solos en el andén, apeadero de despedidas
alimentando la aflicción.

(4:50)
Se encendieron las esencias
en el encuentro cristalino.
Nos acercamos irremediablemente
llevados por la vorágine impetuosa.
Sabías que había vuelto a buscarte...

(5:02)
Tu abrazo, infinito, en acorde perfecto.
La sonoridad de tus sentimientos.
La intensidad de cada beso,
más grande que al principio.
Cada caricia regalada sobre mi cuerpo,
tu mano amarrando mi cintura.
Y los corazones latiendo al mismo tiempo.
¿Acaso hubo amor más puro?

(5:29)
Te apartaste de mi mundo...
Tomaste mis manos entrelazando los dedos.
Supe en ese mismo instante que no volverías,
que te marcharías para siempre.

(5:44)
Me regalaste una confesión sincera:
«Te amaré siempre, siempre...»

(5:53)
Subiste al vagón y te disipaste
con el humo en un último adiós.

martes, 21 de febrero de 2012

El término adecuado

Amigos; nos ata irremediablemente la amistad. Y ~del asa, pues nos une la intimidad.
Novios,  en una de las acepciones de la RAE: «Persona que mantiene relaciones amorosas con fines matrimoniales». Para mí es un término asociado a otras edades; pero he de respetar tus deseos y solicitar tu paciencia, pues en mi situación actual, de momento, es inimaginable...
Prometidos, dado que tenemos promesas por cumplir, esas que juramos en la intersección de dos calles.
Pareja, pues somos dos personas en correlación y semejanza.
Porque no somos tan solo amigos, aunque sí cuasi-novios, prometidos y comprometidos en pareja inseparable. Por todo eso te diré que me quedo con un único término que lo engloba a todos: amantes.

domingo, 19 de febrero de 2012

Extraña

Hay días...
Días que podrían ser como otro cualquiera; fríos, cálidos.
Días que cobran sentido si estás con la persona adecuada.
Días que se pierden entre las hojas, otros que quedan guardados para siempre en la memoria.

¿Será hoy uno de ellos?
«Solo lo dirá el tiempo»... Se empeñan en dictar las palabras, pero mis manos están inquietas, necesitan decirlo todo.
«Tempus fugit», irremediablemente... Se empeña mi cabeza pensante en ubicar los nuevos resgistros fabricados entre los antiguos, sobre ellos, pisando sobre lo vivido.

Son muchos, viejos-nuevos sentimientos los que trastocan los cimientos de este pensamiento aún amarrado a la rutina del pasado.

… Un paseo por una ciudad desconocida, tatuando el empedrado sobre mis pies oxidados.
… Ver apagarse el día cuando aún no ha empezado, caminando sin rumbo fijo.
… Sus miradas, sus besos, su risa; simplemente él.

… Y al final de día vivir un recuerdo que no sé si es mío, en compañía de quien no es mi gente, en un lugar extraño y con cada canción un recuerdo. Quisiera decir que todos fueron buenos, pero sigue el dolor latente. Me siento extranjera en mi propia tierra: no entiendo el idioma, no percibo el olor ni llegan a mis oídos los acordes. «Solo es un recuerdo, uno nuevo», me repito. Instantáneas. Miradas furtivas. ¿Cuánto habré de esperar para no sentirme anónima en mi nueva vida?

jueves, 16 de febrero de 2012

Las dos caras de la moneda

Una dulce, otra amarga.
Una brillante, otra apagada.
La feliz y la desgraciada.
La de las risas, la de los llantos.
El pasado y el futuro.
Despierta, dormida.
Una serena, otra en tormenta.
Algo perversa, algo bondadosa.
Un pelín morbosa, un pelín saludable.
Simpática, odiosa.
La mejor amiga, la peor enemiga.
Vengativa, generosa.
...
Todo en perfecto equilibrio,
En cuidada armonía.
Girando siempre sin saber
De qué lado caeré a cada momento.

Soy los dos lados de la moneda.
Me pregunto...
¿Qué será de mí el día que caiga de canto?

lunes, 13 de febrero de 2012

Curiosidad felina

Ara Malikian - Lágrimas de cera

Volver a casa es volver a tu mundo. El frío de la noche y su obscuridad son tus cómplices. A cada paso, tus pensamientos vuelan, te hacen transparente. Quisieras liberarte de tu ropa, desaparecer entre las sombras, pero es lo único que te ata a la realidad. El silencio te permite oír las voces ajenas y las propias. Te concentras en la línea recta.
Al final de la calle distingues un bulto que permanece inmóvil. La distancia aún no permite saber de sus intenciones. Ralentizas tu paso, le das tiempo. Imaginas, imaginas siempre. La luz de las escasas farolas ilumina un recorrido que se te antoja interminable. Necesitas volver a casa, descansar tu corazón, pero te inquieta no saber. La curiosidad es más grande que tu sueño.
Según avanzas, tu vista pone nombre al interfecto. Quieto, con la mirada perdida sobre el asfalto. Todavía no te ha visto, tu transparencia es tu aliada. Pasa un coche. Él levanta la mirada y se vuelve. Quizá un olvido o asegurarse de que cerró el coche. Quizá una despedida, de esas que son para siempre. Todo, todo puede ser... o nada.
Avanzas en automático. La casualidad os ha unido para siempre. Al llegar a su altura evitáis miraros a los ojos. Su aroma, su porte, su traje negro; es un misterio mudo, un secreto indesvelable. Continúas aprisionando las palabras en tu boca, quisieras preguntarle. Caminas hasta la acera opuesta, te detienes. Solo un instante, una mirada, el adiós y seguir con vuestras vidas...
Volvió a mirar a ambos lados. Por fin el gato cruzó la calle.


miércoles, 8 de febrero de 2012

Dos ideas

Me has prometido un futuro lleno de risas, confesiones, dudas, miedos y paseos, todo ello compartido en perfecta armonía. Pero, ¿y si te pidiera más? ¿Serías capaz de entregármelo?
Te dejaré solo dos sentimientos que ahora conviven en dicotomía: te echo de menos tanto como te quiero...

lunes, 6 de febrero de 2012

Contradicciones

Necesito orden y concierto en mi cabeza. ¿Puede vivir con lo que tengo? ¿Quiero hacerlo? Pero, analicemos más despacio...
"Puedo vivir", para empezar. Como poder, puedo. Respiro, es lo mínimo y sin esfuerzo. Las otras actividades necesarias para mantener un cuerpo vivo me interesan menos, salvo el sueño y solo porque soy una dormilona incorregible. La duda viene cuando me planteo si quiero hacerlo.
"Con lo que tengo", para seguir. Como poder, puedo. Tengo ahorrillos que me permiten seguir viviendo del cuento, pero la inactividad me consume y escribir me derrota cuando no va más allá de mis ojos. Hacen falta más cosas para continuar el camino y, creo, que las tengo todas: salud y amor. Vuelve la duda.
Me siento como mi filósofo: bien, si tengo lo que necesito y soy feliz, ¿para qué seguir viviendo? Después de tanto tiempo sumida en la tristeza me veo incapaz de volver a ella, no creo que pudiera soportarlo. ¿No sería mejor dejarlo ahora cuando todo es casi perfecto?
Me inquieta y a la vez me reconforta no saber qué traerá el mañana porque realmente no me importa, y ese desinterés me inquieta y a la vez me reconforta porque me pienso capaz de superarlo todo, y esa sensación me... ¿Qué estoy diciendo? Ayer, alguien con sabias palabras, afirmó con rotundidad que para iniciar mi nueva vida le había echado un par de huevos. Seamos sinceros, ¿no será que estaba muerta de miedo? ¿No será que sí me importaba el mañana y que no era capaz de asumir las circunstancias que me rodeaban?
¿Se puede ser fuerte y débil al mismo tiempo? ¿Se puede ser valiente y cobarde por el mismo hecho?
Solo son pensamientos, contradicciones, que necesitan el hueco adecuado en la estantería.

Mi vida sin mí

La muerte, protagonista de muchos de mis cuentos y que tanto tiempo he tenido olvidada, ha vuelto a reclamar su presencia. Me pide que atienda sus peticiones, sus caprichos constantes, desea que le dedique algunos versos y, si estoy generosa, alguna página en mis nuevos proyectos.
Es curiosa la vida, que complementando a la parca, a veces prefiere hacer oídos sordos a lo que siento. Enmudece, se detiene, quizá piensa que está todo hecho. Me deja charlando con mis obscuros planes, preparando el último café para dos.
Vida y Muerte, en ese orden, las adoro a ambas porque las dos me dan lo que quiero. Pero de momento tendrán que esperar. Ahora mismo vivo sin mí, no tengo horarios ni obligaciones salvo la de respirar a diario. Mi plan está cercano.

viernes, 3 de febrero de 2012

Al mismo ritmo

Suspira...
Palabras sin voz que se escapan por tu boca
dejando los sonidos húmedos de deseo,
atrapados entre tus dientes.
Saliva, ¿no los sientes?
Serán ellos quienes inquieten tu cuerpo,
los que despierten los sentidos de ese corazón dormido.

Respira...
Palabras profundas que deciden abandonarte para envolverme,
susurrándome al oído que me anhelas,
que me esperas junto a tu lecho.
Inspira profundo, ¿no lo sientes?
Serán ellos quienes te muestren que estás vivo,
los que despierten la pasión de ese corazón dormido.


Siente...
Latir tu corazón que ahora suspira y respira
al mismo ritmo que el mío.

Suspiremos, respiremos, sintamos...

jueves, 2 de febrero de 2012

El colorante perfecto


Sonia, madre primeriza, sobrevivió a los mocos y las fiebres de su pequeño Manuel con verdadero estoicismo. Los dientes fueron otro cantar; los periodos de irritabilidad y alteración del sueño se convirtieron en lo más sencillo de capear, el problema vino con la negativa del niño a comer. Compró todos los modelos de mordedor disponibles en la farmacia, ―siempre sin PVC―, con música, sonajero, juguete incorporado y hasta con refrigerante, pero nada funcionaba. Volvieron los mocos, las fiebres, la irritabilidad y el mal sueño, todo a la vez. Pensó que no saldría de esa, pero cuando al fin asomaron los primeros dientes todo pareció volver a la normalidad.
Manolín, como lo llamaban en casa, siguió creciendo a buen ritmo a pesar de mantenerse prácticamente del aire. Sonia, preocupada, le preguntó a su madre:
―Este niño me tiene inquieta, no come prácticamente nada. No sabes lo que me cuesta darle siquiera un plato de sopa.
―No te preocupes, ya comerá cuando tenga hambre.
Y así sentenció la consulta.
El trance de las papillas lo atravesó discretamente, tampoco hacía falta masticar mucho así que la ley del mínimo esfuerzo la aplicaba a la perfección. El drama se inició con la comida sólida; cuántos llantos tuvo que soportar la pobre Sonia hasta que Manolín decidió probar la carne y el pescado. Para que se lo comiera antes debía hacerles la autopsia, cortarlos en diminutos trozos y separarlos sin que se rozaran unos con otros. El niño inspeccionaba con detalle el plato y después empezaba a comer muy lento, tanto que a veces empalmaba la comida con la merienda o esta con la cena. Volvió a consultar con su oráculo particular pues el anterior consejo no parecía tener efecto...
―Mamá, ¿qué hago? Me cuesta horrores que el niño se coma siquiera media rodaja de merluza. Y míralo, que parece que no se le agotan las pilas, no sé de dónde saca la energía con lo poco que me come.
―Cariño, ¿has probado ya a darle verdura? El puré se lo comía divinamente.
Volvió a sentenciar.
Sonia buscó información, sabía que la verdura sería el mayor reto al que se enfrentaría. Empezó probando a cortarlas minuciosamente como hacía con el resto de la comida, pero el niño las apartaba de forma automática. Le dibujaba caritas sonrientes intercalando los trozos, pero nada, volvía a deshecharla como si de la peste se tratara, de hecho hasta les puso nombre: «coloritos». Volvió a la técnica del puré en pequeñas dosis acompañando al resto, pero ni olerlo quiso. Como último recurso preparó postres: aprendió a cocinar una estupenda tarta de zanahoria que solo pudieron apreciar sus familiares más cercanos.
Se rindió, no había más que hacer. Un día, viendo la televisión, ya cansada de insistirle al pequeño Manolín para que acabara los fideos, puso el canal de Teletienda. Una mujer ya entrada en años mostraba las increíbles bondades del colorante «Cobalto, el color de los más altos». En guisos, fritos, cocidos y hasta en postres, todo aquello que cocinaba tomaba un atrayente tono azulado. No lo pensó, cogió el teléfono y encargó dos frascos por el módico precio de 59 euros, incluyendo un medidor y un libro de recetas de regalo. En cuestión de un par de semanas, su pequeño empezó a dibujar peces nadando entre olas y pollitos bañándose en una charca. El plato se convirtió en su particular lienzo y satisfecho de su trabajo acababa por comérselo todo.