viernes, 21 de septiembre de 2012

La máquina del tiempo

Lo supe desde el mismo instante en que me senté: el tiempo se detuvo y me vi envuelto en una extraña combinación espacio-temporal, en una perversa alineación de planetas que hicieron que sonara el teléfono, llamaran al timbre y saltara la alarma del microondas, todo al mismo tiempo mientras me veía atrapado en la maquinaria diaria. Debería ser más previsor y dejar siempre un rollo de papel higiénico disponible.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El placer

Amarré su cuerpo en un perfecto equilibrio de fuerza y cariño, y lo recorrí disfrutando de cada una de sus curvas, de su olor, de su voluptuosidad hasta llegar a la entrepierna que me entregaba sin ningún tipo de pudor. Empuñé mi arma y en armónicos movimientos, sin aspavientos en los vaivenes, fui atravesándolo una y otra vez. No hubo dolor, solo un inmenso placer que en cuestión de cinco minutos, –mi mujer puede dar fe de mi precocidad–, llegó a su culmen...
–¡Ya podéis comer todos! –dije una vez terminado de trinchar el pavo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hasta que la muerte nos encuentre

Llevas razón, como tantas veces...
Porque nunca te digo ni te diré que te quiero, simplemente lo doy por hecho, que te quiero y que me quieres, pero quién sabe si me equivoco; a veces, ni yo mismo lo sé. Las dudas, eternas, esas que me han rendido a la evidencia del silencio, son las que impiden declararte lo que siento. No, nunca te lo he dicho ni creo que lo haga por una simple razón: las palabras pierden su esencia cuando se repiten constantemente; la rutina es el peor de los pecados. No, el «te quiero» que tú esperas habré de guardarlo siempre para mí, como un profundo secreto.
Porque no te doy ni te daré ni una señal de cariño, y a pesar de eso sigues a mi lado, cosa que jamás he entendido ni entenderé. Desde el primer momento de nuestro estúpido enamoramiento fuimos raros, tú empeñada en tus excesos amatorios y yo perdiéndome en tu deseo cual víctima del síndrome de Estocolmo participando de cada uno de tus juegos, cayendo inevitablemente en tu trampa. No, ni un beso ni una caricia motu proprio, y no es que no ambicione poseer tu cuerpo, todo lo contrario, es simplemente la certeza de que estarás a cada momento. Deberás seguir esperando, resignada a tus anhelos para obtener la parte proporcional de los míos hasta que nuestros organismos se rindan al paso de los años.
Porque tampoco estoy ni estaré a tu lado en los malos momentos. Soy un insulso, carezco de la gracia necesaria para generar sonrisas cuando te faltan; soy un cobarde, no tengo la capacidad de añadir valor a las situaciones fatales. De veras, no entiendo porqué me quieres... Quizá es porque al llegar a casa, mi hombro permanece donde siempre y tú lo aceptas de buen grado para derramar las pocas lágrimas que te restan. No es voluntario mi apoyo, solo es la parte de mi anatomía que espera tu lamento. En este caso seré yo el que te permita salar mi clavícula hasta que oxides la llave que dé paso a mi inmortalidad.
Menos aún escucho nada de lo que dices o dirás. Tus palabras caen en saco roto hasta que otros las encuentran y me las hacen llegar. ¿Acaso creíste lo de mi sordera? Crónica, sí, pero a tus sentimientos. Soy capaz de anotar la lista de la compra y las facturas pendientes de pago, pero no he procesado ni una sola petición tuya desde que te conozco, ni creo que lo haga; me agota solo pensarlo. Ahora, arrancando el último pliego del calendario, me doy cuenta de que hace tiempo que dejaste de anotarme aquellos «Te ansío», «Me apeteces» y «Te echo de menos, pero nunca de más». ¿Te has cansado de esperar respuesta? Haces bien, así mi conciencia descansa tranquila y compartiremos mejor el féretro cuando llegue el momento.
De veras que no lo entiendo por más que me esfuerzo... Llevas razón, como tantas veces: no sé confeccionar «te quieros», mimos, miradas cómplices ni la atención que mereces; y apesar de mis defectos sigues ahí, después de tantas primaveras olvidando los enamorados. Sabiendo cercana la visita de la parca, sigo empeñado en mi obstinación, así pues deberás seguir esperando, fabricando paciencia hasta el fin de los tiempos porque sé que justo en tu postrero aliento, o quizá en el mío, saldrán de mi boca las últimas palabras que pronunciaré: «te quiero», y no porque quiera hacerlo sino porque entonces, y solo entonces, habremos de merecerlo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Como tú

¿No crees que deberíamos ponernos de acuerdo? No es una decisión cualquiera, puede declinar la balanza a su favor o en su contra en cualquier momento de su vida, podrían concederle o denegarle un trabajo solo por eso. ¡Qué complicado! ¿Y si lo echamos a suertes? Así no podrá  responsabilizarnos. Podríamos consultar una vidente o simplemente mirar un libro de Historia. Repasar el censo, la lista de vecinos del portal o quizá la guía telefónica... ¿Por qué nadie nos avisó de que lo más complicado del embarazo era elegir el nombre de nuestro futuro hijo? Decidido: se llamará como tú.

Buscado, encontrado

Espera un momento, juraría que se me ha caído. Creo haberlo oído romperse en mil pedazos... Dame un segundo que miro, no me alejaré demasiado. No te acerques, podrías cortarte. Si lo encuentro necesitaré tiempo para recomponerlo, ¿me esperarás? No hay suficiente luz, complica la búsqueda, tendré que tentar mi suerte. No, no insistas; si realmente lo he perdido, debería encontrarlo, ¿cómo vivir sin él? ¿Cómo vivir sin ti, sin ambos? Confía en mí, no tardaré mucho, solo necesito... Solo necesito esperanza y algo de pegamento. ¿Has oído eso? Creo que he pisado algo, quizá sea, quizá no, voy a despegarlo de mi zapato. ¡Por fin, mi mal humor!

jueves, 6 de septiembre de 2012

Sin palabras

Cuando acabó de repasar el borrador de su última novela, el escritor decidió destruir el manuscrito. Su editor, preocupado por los plazos, le preguntó la razón. El novelista frustrado le respondió sin dudarlo: «Después de tanto escribir, al final me di cuenta de que no tenía nada que decir».

martes, 28 de agosto de 2012

La niña-mariposa

Echó mano al bolsillo: un clínex usado imposible de desdoblar, un envoltorio de chicle de sandía que ni siquiera recordaba haber masticado y el dinero justo para el pan. Buscó con la mirada una papelera, no encontró ninguna; decidió volver a guardar sus «tesoros», pero cambiando de bolsillo creyendo que así se acordaría de dejar cada cosa en su sitio.
No había dejado de caminar en ningún momento. El camino a la panadería era tan rutinario que le valía con poner el piloto automático y dejarse llevar. Hoy, sin saber porqué, sus pasos caían sin querer hacia la derecha intentando desviarla hacia un rumbo no planificado. Miraba cada bocacalle intentando reconocer las caras, pero ninguna le era familiar. «No debería entretenerme, si no llegaré tarde».
Todavía sentía el peso de una carga en su bolsillo que juraba haber vaciado en su anterior incursión. Con su pequeña manita, buscó y rebuscó, solo halló un minúsculo hilo. Lo sujetó con sus dedos pulgar e índice y tiró hacia afuera haciendo salir el forro, mostrando a la niña la tela florida de la que únicamente había percibido su olor. Una mariposa que revoloteaba cerca fue a posarse sobre una de las margaritas que habían permanecido ocultas hasta ahora. Se detuvo y miró fijamente al insecto que con sus patitas había enganchado el hilo y empezado a tirar de él.
Jamás llegó a la panadería ni volvió a casa, solo se encontraron sus tesoros, sobre un banco del parque junto a una nota en la que rezaba: «Volveré cuando acaben las clases de vuelo».

lunes, 27 de agosto de 2012

Baile de despedida


Empezó a sonar «La Vie en Rose», ella subió el volumen del aparato. Durante los tres minutos que dura la canción bailó en el salón simulando tomar el cuerpo de su amante entre sus brazos, anhelando el tacto y el olor de su compañía. Casi al final, se escurrió con un líquido viscoso; se detuvo en seco. Se agachó hacia el cuerpo que yacía sobre el suelo y le levantó la cabeza tomándola del pelo con desprecio. La sangre de su marido todavía estaba caliente. Se acercó y le susurró al oído: «Ahora mi vida sí es rosa».

jueves, 14 de junio de 2012

Problemas de pareja

Me miró con cara de circunstancia; no era la mejor forma de comenzar una velada nocturna.
–Tranquila cariño, en un momento estoy contigo. Primero tengo que acabar esto.
Su mirada condescendiente me concedió la tranquilidad necesaria para continuar con mi tarea. No era lo habitual; normalmente salíamos a dar una vuelta antes o después de la cena para despejarnos del estrés diario. Con una auditoría a la vuelta de la esquina, el jefe me había pedido que cuadrara las cuentas antes de terminar el mes, así que no tuve más remedio que traerme el trabajo a casa. Tomé posesión de la mesa del comedor; dispuse la documentación estratégicamente repartida y en un rincón, coloqué una jarra de cerveza fría y el tabaco.
Cada vez que descansaba de los números para beber un sorbo y fumarme un cigarro, ella me miraba fijamente. La expresión de su cara denotaba impaciencia. No sabía dónde ni cómo colocarse.
–Anda, mi amor, échate en el sofá y descansa un ratito. Ya me queda menos.
No me gustaba engañarla, pero entre la tediosa labor y el sueño que empezaba a hacer mella, comencé a considerar posponer el paseo al día siguiente. No me lo tendría en cuenta, además, cuando llegué, salimos a comprar un paquete de Fortuna. Ella pasaba todo el día en el piso, con la única compañía de los dos periquitos que me regaló mi madre cuando nos trasladamos. Debía aburrirse mucho, siempre que llegaba me la encontraba durmiendo y, perezosa, se levantaba para darme la bienvenida; seguidamente se acercaba a comer algo a la cocina. Se estaba poniendo como una foca; obviamente no iba a dejar de quererla por eso, pero me costaba cada vez más compartir el lecho con ella.
Cuando terminé la primera cerveza, me incorporé con intención de ir a por una segunda. Inmediatamente se levantó y se acercó a mí.
–¿Ya? ¿Salimos ya?
–¿Sabes que eres la chica más bonita del mundo? –le dije tiernamente.
–Ya, pero ¿salimos? –insistió.
–Dame un rato más, si no lo acabo ahora tendré que levantarme temprano mañana, y sabes lo que me cuesta madrugar.
Frunció el ceño y sin más, me siguió hasta la cocina. Al pasar por la puerta de casa, se detuvo y volvió a mirarme con ojos suplicantes. Me acerqué a ella y le atusé el pelo con cariño.
–¿Has cenado? ¿Te apetece tomar algo? –le pregunté mientras abría la puerta del frigorífico y revolvía en el cajón del embutido.
–¿Hay jamón york? –se acercó para asegurarse.
Compartimos una escueta cena. Entre bocado y bocado, le daba algún mimo. Ella, sin prestarme atención, deboró su ración.
–Nena, deberías comer más despacio, masticar bien. Mira cómo te estás poniendo... –le reproché.
No me hizo ni caso. Obviamente, estaba enfadada.
–¿Quieres un yogur?
–Quiero salir –se movía nerviosa.
–Me han dicho que es bueno tomar yogur después de cenar.
–¡No aguanto más! –se volvió enojada y se asomó a la ventana.
El aire removía su pelo mientras perdía la mirada en el parque por el que solíamos pasear.
–Venga, te traigo postre y en cuanto acabe salimos –mentí descaradamente.
Su actitud indeferente a mi ofrecimiento hizo que me relajara. «Se conforma», pensé. Recogí la mesa sin prestarle más atención, ella seguía en la misma posición, dándome la espalda. No soportaba sus ademanes ni sus exigencias. Cuando volví al comedor, la encontré sobre el sofá de nuevo, boca arriba moviéndose sutilmente para despertar mi interés.
–Sois todas iguales... –le susurré mientras le daba un beso en la mejilla.
–Quiero salir, porfa.
–Mi chica mimosa... –le dije mientras llevaba mis manos hasta sus pezones.
Se incorporó con cierta prisa despreciando mis caricias y volvió a exigirme:
–¡No aguanto más! ¿Me oyes?
–Cálmate cariño, se van a enterar todos los vecinos.
Regresé al ordenador; empezó a cansarme tanto cambio de ánimo y seguí con mi trabajo.
–¡Quiero salir! ¿Me oyes? –exhortó.
–¡Basta ya, Lola! ¿No ves lo liado que estoy?
–¡No aguanto más!
–¡Basta ya, he dicho! Cómo sigas así vamos a tener un problema serio.
Se calló. Tras nuestra discusión, el espeso silencio podía cortarse con las miradas que nos lanzábamos furtivamente. Solo los avisos sonoros de los errores en el documento conseguían romper esa atmósfera. No podía concentrarme.
Lola se levantó con tranquilidad y fue hacia el dormitorio. Supuse que se había rendido a la evidencia. A los cinco minutos volvió con cara de satisfacción, más relajada, y retomó la posición de descanso sonriéndome de forma sospechosa. Aproveché la siguiente pausa para ir a ponerme al pijama. Cuando llegué a la habitación, encontré una meada enorme sobre mi almohada...
–¡Maldita perra!

Serán

Son amantes sin saberlo. Ya han compartido lecho, ella con otro, otra con él; y los dos desconocidos has captado su correspondiente olor. Ahora se buscan, infatigables, intentando captar la esencia del anónimo amador. Son uno siendo dos, esa será su incesante guía en la interminable cacería. Dejarán de amar a otros hasta hallar el significado de la palabra «amor».

martes, 12 de junio de 2012

La emigración

Con el otoño las golondrinas iniciaron su emigración. La pareja que anidó en el quicio de mi ventana instruía a sus pequeños cuando llegué. «¿Volveréis el año que viene?», les pregunté. «Volveremos siempre que nos esperes». Cuando al fin iniciaron el vuelo, recogí su nido y le dejé mi corazón en él para que permanezca caliente hasta que decidan volver.

miércoles, 6 de junio de 2012

El ascensor

El ascensor de la oficina paró en seco a las ocho en punto de la mañana. No hacía ni tres segundos que me había subido sin prestar atención a mi alrededor. Saltó la luz de emergencia y con ella mi mal humor.
―¡Me cago en la...! ¡Ya es el segundo día! ¿Por qué no habré subido por las escaleras? ¡Me cago en la madre que...!
―Ejem ―una mujer forzó dulcemente un carraspeo que detuvo la blasfemia que ascendía desde mi estómago.
Dudé durante un instante: ¿debía disculparme y volverme, o invertir el orden? Su voz, a pesar de la llamada de atención, se me antojó amable. Mientras me volvía, la escasa iluminación terminó por rendirse a la evidencia y quedamos en una obscuridad absoluta. No hubo forma de detener la inercia de mi movimiento; inevitablemente, nuestros cuerpos chocaron y la onda expansiva rebotó contra las paredes volviendo cargada de deseo.
―Discúlpeme, no pretendía... ―le dije sin huella de arrepentimiento.
―No se preocupe. El ascensor volverá a funcionar enseguida, anteayer también me quedé encerrada; debe ser una avería que no terminan de arreglar.
Me separé lo necesario para que nuestros cuerpos no se tocaran a pesar de que el mío reclamaba justo lo contrario. Busqué el pulsador de emergencia, pero mis manos impacientes fueron a dar con tercer en botón de su camisa...
―Ejem... ―volvió a carraspear sin mucha convicción.
―¡Oh, Dios mío! Perdóneme, no, no... Se va a hacer una idea equivocada de mí. Yo no...
―¿Idea? Lo tengo complicado, lo único que he visto de usted ha sido su trasero ―comentó acompañando con una leve risita.
―Lleva razón. Perdone, subí con cierta prisa.
―No hay problema. Dígame, ¿cómo es? Me gusta mirar a los ojos de la gente con la que hablo y, de momento, lo tenemos complicado.
―Si le digo que soy alto, rubio y de ojos azules, ¿me creería?
―No del todo, es moreno, en eso sí me he fijado.
―¡Vaya! Pensé que había reparado solo en mi culo.
Ambos reímos. La situación era, como poco, inusual; ligar en un ascensor no era uno de mis hobbies favoritos. Después, un espeso silencio se unió a nosotros. Era incómodo; podía oír como respiraba, rítmica y calmada, excitándome con cada inspiración.
―Perdona, creo que... ―ambos rompimos el hielo a la vez mezclando nuestras voces.
―Por favor, habla tú ―deseaba sentir el ritmo de sus palabras.
―No te preocupes, era una bobada.
«Una bobada»; sus palabras resonaron en mi cabeza que empezó a transformar la expresión en cualquier otra que rimara e implicara el tacto de su piel, de su boca. Me decidí, no tenía nada que perder. Ya la había tocado en dos ocasiones y parecía no haberse disgustado. Me acerqué de nuevo con la excusa de buscar la baranda para descansar un poco. De nuevo el choque, de nuevo la pasión que encendió nuestros cuerpos.
―No hables ―me dijo dulcemente mientras me quitaba la chaqueta del traje.
―Pero... ―me ruboricé, no sabría explicar porqué.
―Tranquilo, no haremos nada que no quieras, es solo por pasar el rato ―afirmó como si fuera lo más normal del mundo al terminar de desabrochar mi camisa.
―Un buen rato, sí, pero y si... ―mi miedo a que nos pillaran en plena faena empezaba a ser mayor que mi deseo. Mi erección empezaba a peligrar.
―Vamos, cariño, no seas remilgado; como poco estaremos aquí otros quince minutos ―vaticinó mientras rodeaba con su lengua mi pezón izquierdo.
―¿Sólo quince? ―pregunté entre sorprendido e inquieto.
Ella rió sin dejar de manosearme. Solo necesitó tres segundos para desabrocharse la camisa. Colocó las mías sobre su sujetador, pude notar sus pezones firmes, sus pechos turgentes asomando por encima de la puntilla. Nos besamos apasionadamente. Descubrí con prisa cada parte de su anatomía, el tiempo apremiaba. Cuando llegué al bajo de la falda, me puse de rodillas frente a ella y fui ascendiendo con la lengua hasta llegar al liguero que sujetaba sus medias. Mi nerviosismo me jugó una mala pasada, no atiné a desabrocharlo.
―Déjame a mí ―dijo entre jadeos.
―Espera un segundo, lo intento otra vez.
Nuestra impaciencia hizo que ambos, sin saberlo, nos moviéramos con fuerza llevados por el frenesí que envolvía el momento, con tan mala suerte que nuestras cabezas acabaron chocando bruscamente. Ella cayó al suelo, yo eché mano a la frente, noté el líquido, la sangre que caía sobre mi ceja. La mera idea hizo que me desmayara sobre ella. Justo en ese instante el ascensor volvió a funcionar.
―¡Despierta, imbécil! ―gritó mientras intentaba espabilarme dándome tortas en la cara, manchándose con la sangre que seguía manando de mi cabeza.
―Qué... ¿qué ha pasado? ―balbuceé.
Cuando conseguí recuperar la consciencia, la puerta del ascensor se abrió. Varios bomberos; Santi, el de seguridad; un par de recepcionistas; Jorge, mi compañero de trabajo y otros cuantos miraban atónitos la escena.
―Si no les importa, cojan el siguiente.

jueves, 10 de mayo de 2012

La comunidad

Llegué del trabajo más cansado que de costumbre. Accedí al destartalado edificio por inercia; cuando quise darme cuenta estaba abriendo el buzón, pasando una carta tras otra como si de una baraja se tratara: facturas y más facturas; lo único que ponía una nota de color era la publicidad de Carrefour. Eché mano al bolsillo y conté el poco suelto que llevaba: cuatro euros y treinta y dos céntimos para pasar el resto del mes. Por más que repasara las ofertas, mi pequeña fortuna apenas daba para unas galletas y café. Subí las escaleras hambriento, con el peso de la pobreza a mis espaldas.
Eran más de las diez de la noche, pero aún se podía percibir el olor de la cena de cada uno de mis vecinos; mis tripas rugieron adivinando lo poco que me esperaba en la nevera. Me detuve en la primera planta y me pegué a la puerta de Adela. La mezcla de rape y queso contrastaba con el aroma del melocotón recién cortado. Ella era joven y hermosa, cuidaba su aspecto haciendo deporte a diario, además tenía un buen trabajo que le permitía darse lujos culinarios. La imaginé en su cocina, vestida simplemente con un salto de cama de seda, agitando los ingredientes de la masa de los crêpes con un ímpetu que permitía adivinar cada una de sus curvas. Hubiera tomado uno a uno los trozos de fruta y recorrido su anatomía con lascivas intenciones. Mi cuerpo reaccionó con una erección que me hizo despertar de la fantasía. Seguía pegado a la puerta, babeando inconscientemente. La odié y la deseé en igual medida.
De repente, la puerta de enfrente se abrió y, escondiendo mi vergüenza, continué mi camino hacia casa farfullando un maltrecho «buenas noches» sin mirar a la cara a don Ramón. Ascendí despacio, controlando mi respiración e intentando olvidar a Adela y su melocotón.
En la segunda planta, un olor pestilente abofeteó mi cara. Pescado asado y ensalada de cebollas, ¿quién sería capaz de hacer semejante mezcla? Mi instinto acertó a la primera: la señora Ovidia. Había perdido el olfado después de dedicar toda su vida a pastorear ovejas junto a su esposo. Volvió a mi mente la imagen del salto de cama de seda, pero esta vez no resultó tan excitante. La mujer era oronda, ajada por el paso de los años y marcada por los malos tratos a los que su difunto la había sometido durante mucho tiempo. Ahora vivía con la única compañía de tres gatos tan ariscos como ella para los cuales cocinaba sabrosos platos. La imaginé, inevitablemente en ropa interior, pero cubierta por una amplia bata de flores que ocultaba la asimetría de sus carnes, compartiendo mesa con sus felinos.
Los maullidos de los animales delataron mi presencia. Doña Ovidia se acercó a la puerta y preguntó desde dentro si había alguien allí; antes de que pudiera dar media vuelta, la mujer abrió:
―Hombre, Marce, ¿cómo estás?
―Buenas noches ―respondí tímidamente.
Los gatos, sin salir del piso, me regalaron flores y arquearon el lomo en señal de aviso. Está claro: nunca les he gustado.
―Chico, qué mal te veo. Estás más delgado. ¿Quieres pasar y cenar algo?
En cuanto percibí su aliento me entraron ganas de llorar como si yo mismo hubiera cortado las cebollas.
―No se preocupe, solo estoy cansado. Hoy he tenido jornada continua y no he parado a comer.
―Vamos, mis niños, volvamos a casa ―dijo sin despedirse de mí, dirigiéndose a sus mascotas que, mirándome amenazantes, recularon hacia el interior de la vivienda.
De nuevo solo en el descansillo, inspiré con fuerza para limpiar mis pulmones con aire fresco, pero el hedor que permanecía en el ambiente me obligó a escapar de allí. Cruzó por mi mente la idea de volver al primer piso, junto a la apetecible Adela, pero tener que volver a pasar por la segunda planta me hizo descartarla rápidamente. Decidí seguir subiendo, necesitaba llegar a casa y descansar mi carga.
En la tercera coincidí con mi vecino de planta. Dyctor, como se le conoce en la comunidad, es realmente Víctor, «el borracho de la escalera». Cuarenta y cinco años enganchado a la botella le habían convertido en una sombra. Vivía con su madre que, resignada, aguantaba los desaires y las borracheras de su hijo. Sin llegar a casa, adiviné no lo que había cenado, sino lo que había comido, pues a cada paso que daba, con cada escalón, dejaba caer sutilmente un pedo. Su madre habría cocinado sus famosas judías blancas con almejas que en más de una ocasión había compartido conmigo apartándome una ración generosa. La mezcla de las ventosidades y su respiración ahogada en Dyc me dieron qué pensar; las almejas debían de estar borrachas en su estómago. Quería sentir pena por él, pero no podía; Víctor disponía de la pensión de sus padres que le daba para vivir cómodamente y salir de borrachera cuando el cuerpo se lo pidiera, que era prácticamente a diario. Sin embargo, yo tenía que sobrevivir con un sueldo mísero, rezando para llegar a fin de mes, pero de plegarias no se come.
No cruzamos ni una sola palabra. Dudo que él fuera capaz siquiera de vocalizar su nombre. Simplemente nos miramos y nos cedimos el espacio suficiente para que pasáramos todos sin problema: él con sus aireados amigos y yo con mis rugidos voraces nacidos del hambre.
Cada vez se me hacía más difícil subir a casa. Los últimos encuentros habían desembocado en una desesperación estomacal. Repasé mentalmente la alacena, lo único comestible que tenía era una lata de fabada asturiana, probablemente caducada. Me sentí como el bote: solo, frío y pasado de fecha. Pensé en la absurda idea intercambiar contenidos con él: yo me quedaría con las asquerosas fabes prefabricadas y él con mis facturas. Empezaba a desvariar, el cansancio y la necesidad hacían mella en mi ánimo.
Cuando llegué a la cuarta planta, empeñado en mis disparatados planes gastronómicos, algo llamó mi atención: la puerta del señor Aurelio, el abuelo de la comunidad, estaba entreabierta. Un olor embriagador me atrapó por completo; afiné mis sentidos: solomillo al brandy. No era mi intención allanar su casa, pero ya en la entrada mi estómago reclamó atención con un agudo pinchazo que me hizo doblarme. Levanté la mirada aún en esa posición y pude ver sobre el suelo la mano regordeta de don Aurelio. Entré en la vivienda y cerré la puerta tratando de no hacer ruido. No soy ningún entendido, pero por el gesto del anciano y su mano izquierda apretando el pecho, supuse que habría muerto de un ataque al corazón.
Sobre la mesa del comedor, un gran plato todavía humeante me llamaba a gritos. Tomé asiento y sin quitarme los guantes, cogí solemnemente los cubiertos y empecé a trocear la carne despacio, haciendo la autopsia al suculento filete. Corté pan, mojé la salsa y saboreé cada trozo despacio, como si de la última cena de un condenado a muerte se tratara. De vez cuando, paraba para saborear el vino de Rioja; la primera vez brindé por mi anfitrión, las siguientes lo olvidé por completo. Cuando terminé, guardé la servilleta que había utilizado en el abrigo y me acerqué a la cocina por si había algo con lo que rellenar mi frigorífico. Cogí una par de cervezas y algunas piezas de fruta. Antes de salir, me despedí cortésmente de don Aurelio dejando la puerta tal y como la había encontrado.
Al llegar a casa, satisfecho, me senté sobre el sillón y mordisqueé con pasión uno de los melocotones de mi vecino, rememorando mi fantasía con Adela. Como decía mi abuela: «Comidos nosotros, ya no hay hambre en el mundo».

martes, 8 de mayo de 2012

La noche

Aullidos lastimeros inundan la noche mecidos entre las hojas de la historia...

viernes, 27 de abril de 2012

El último cigarro del día

 «Todos los días las mismas noticias: el número de parados crece sin medida, recortes que afectan a los que menos tienen ―que somos la mayoría―, terremotos y accidentes que dejan muchas almas en el tintero... Y así, una tras otra, a un ritmo constante al que nos acostumbramos irremediablemente porque todos los días hay que levantarse y seguir luchando para alcanzar el siguiente con esperanza suficiente para ver otro amanecer».
―Déjate de historia, el mundo se acaba esta noche, lo han dicho en las noticias.
Mi madre, siempre tan optimista.
―¿Y qué quieres que haga? ¿Que no vaya a trabajar? ―Le dije indignado.
―No no, tú acaba el desayuno y ve puntual, como todos los días, no vaya a ser que...
―Que no se acabe el mundo y todo siga como hasta ahora, ¿no?
―Ya, pero ¿y si se acaba? Voy a llamar a tus tías ahora mismo y a pedir hora en la peluquería.
―¿Te vas a hacer la permanente para llegar guapa al otro lado? Anda que vaya cosas tienes...
―Bueno, si no se acaba al menos ya estoy arreglada para el fin de semana.
La conversación entraba ya en un absurdo bucle. Acabé el tazón de cereales y me levanté sin mediar palabra.
―¿Te vas a ir sin despedirte? ―Mi madre empezó a sollozar de una forma casi teatral.
―Pero mamá...
―Ni mamá ni leches, ¿y si realmente se acaba el mundo? No volveré a verte.
―¿No estarás esta tarde?
―No, he quedado para ir a tomar algo con mis amigas. Vamos a darnos un homenaje, por si acaso.
Me acerqué para darle el beso de costumbre, ella se abrazó a mí desesperada, diciendo lo mucho que me quería. «Vale mamá, yo también te quiero. Nos vemos mañana», y lanzándole un beso desde la puerta zanjé la conversación.
De camino al trabajo me sorprendió el poco tráfico a pesar de ser hora punta. Los comercios estaban atestados, la gente hacía cola para entrar en las tiendas de comestibles y salían cargados de bolsas. Me detuve en un semáforo; cruzó un grupo de chavales con litrona en mano, agarrados del hombro y coreando al unísono una canción de Extremoduro. Al otro lado, en el parque, las parejas ocupaban los bancos entregándose al amor; solo reconocí a un usuario habitual: el hombre que daba de comer a las palomas ocupaba el asiento de siempre, pero esta vez desmenuzaba el pan con otra cara, con una amplia sonrisa. A la entrada de los colegios apenas había niños y las pocas madres que acompañaban a sus pequeños, les abrazaban y besaban sin dejar de llorar; la cara de estos era todo un poema, a saber qué pensarían que les esperaba hoy en clase.
Cuando llegué al parking no tuve problema para dejar el coche. «No me puedo creer que la gente se haya creído lo del fin del mundo. Estoy convencido de que es una campaña de marketing para fomentar el consumo y que la gente se olvide de las preocupaciones mundanas». En el departamento apenas estábamos una decena; la excusa del día: «Enfermedad», más bien lo llamaría «miedo», pero dudo que esté reflejado en el convenio.
La jornada se hizo larga y aburrida. Me tocó hacer todo el trabajo de los ausentes y eso me retuvo hasta tarde. Cuando al fin terminé, apagué el ordenador y me acerqué a la máquina de café para tomar algo antes de irme. Como no había nadie, aproveché y me encendí un cigarro. «Si este es el último pito de mi vida, al menos me lo fumo tranquilo», pensé.
―Disculpa, aquí no se puede fumar ―afirmó la recepcionista que había subido al descansillo con la misma intención pues, aunque trató de ocultar el paquete de Fortuna, el mechero lo llevaba a la vista.
―No hay nadie más. Si me guardas el secreto, yo guardaré el tuyo ―dije mientras le ofrecía un cigarro.
―¿Crees que se acabará el mundo? ―preguntó mientras le daba la primera calada.
Me eché a reír. «¿Acaso importa?». Y sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí y empezó a besarme. Hicimos el amor en la escalera, algo frío para mi gusto e incómodo para el suyo. Cuando acabamos, ella se vistió deprisa y ambos compartimos mi último cigarro.
―Pase lo que pase, si le cuentas esto a alguien, le diré al jefe de personal que te pillé fumando en el edificio ―sentenció amenazante.
Mi madre llevaba razón, debería dejarme de rollos. Ahora solo espero que el mundo se acabe todos los días.

miércoles, 18 de abril de 2012

Soledad

Convertí el silencio en ruido para no sentirme sola.

Querer

Decía quererme, le creí... Me quiso, no mentía.

Desamor

Bebí los vientos por ti, ahora vomito tormentas.

La mudanza

La luz entraba perezosa a través de los grandes ventanales del salón. Los estantes marcados por el polvo mostraban la huella de la infinidad de recuerdos que ahora dormían apilados en cajas de cartón. Ya no había cortinas que ocultaran secretos, ni alfombras bajo las que esconder la vergüenza. El resto permanecía como el primer día: las baldosas deslucidas en geométrica composición, los cables desnudos colgando del techo y el rodapié vencido bajo el radiador. La casa que había sido tan suya, dejaba de serlo. La sensación de vacío y, a la vez, de alivio se hacía fuerte en el ambiente.
Adela se sentó sobre la maleta aprisionando la colección de novela histórica haciendo que el tiempo se detuviera para cada uno de los tomos. Cuando consiguió cerrarla, oyó un último quejido del Cid que en eco mudo puso fin a toda discusión. Se levantó dolorida, llevaba varias jornadas empaquetando sus cosas, vaciando cajones, haciendo un viaje tras otro trasladando su vida a su nuevo hogar: más pequeño, más alejado de todo, sobre todo de él.
Tardó una hora en bajarlo todo al coche. Con los bultos colocados aprovechando hasta el más mínimo hueco y la llave en el contacto, decidió regresar, sentía que olvidaba algo. Volvió a repasar cada rincón, abrió todos los armarios, recorrió cada pasillo, miró en los baños, en la cocina... Pero no encontró nada. Ya no quedaba rastro de su paso por aquellos años donde apenas recordaba un momento de felicidad. Antes de marcharse escribió sobre la libreta una nota a modo de despedida: «Solo dejo olvidados mis recuerdos».

sábado, 14 de abril de 2012

Pesca nocturna

Escaló hasta la copa del sauce del jardín. Enredó sus llorosas en lianas imperfectas uniéndolas con un nudo marinero. Cuando dejó calvo al árbol, amarró el extremo final a la escalera extensible y, en un último esfuerzo, alargó el brazo hasta tocar la estrella más cercana. Así, saltando de lucero en lucero, rozando el alba, alcanzó la Luna.
Debía volver antes de que sonora el despertador. Corrió hasta hallar la orilla del mar tranquilo y lanzó la caña una y otra vez, pero no encontró a Juanito.
Apremiado por el tiempo, abandonó su búsqueda y decidió volver a casa. Descendió por la llanura, cabizbajo, gris como las piedras, con un único pensamiento... «Mamá debe haberse equivocado, mi pez no descansa aquí».