jueves, 20 de diciembre de 2012

Defectos

La mayoría de los hombres son perversos, por desgracia yo no le llego ni a la punta del zapato.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La silla de ruedas

Oí a la muchacha llamando a su perra, sabía que estaban cerca. «Muy bien Lola, junto». Se aproximaba hasta a nosotros, podía oír sus pasos y al animal jadeando detrás de ella, exhausta tras la carrera. Al llegar a nuestra a altura insistió, como tantas otras veces, en el saludo educado con una sonrisa inocente: «Buenos días». Esta vez le respondí, su insistencia lo merecía. Nos adelantó unos metros y al llegar al borde de la acera, ordenó a Lola que se sentara; la perra obedeció y se quedó mirándola, esperando una recompensa. No pude contener la risa, me recordó los tiempos en los que iba de caza de con mi padre y, a su silbido, todos los podencos corrían hacia nosotros, quedándose inmóviles, esperando, como ella, algo que echarse a la boca. La muchacha se volvió y me sonrió; no podía saber lo que pasaba por mi cabeza, pero parecía satisfecha del resultado de su orden. Mi sonrisa era su recompensa.
Aproveché su siguiente mandato: «Cruza», para pedirle a Sara que tomara el andador y se incorporara. No me hizo caso, siempre la excusa del cansancio. «Cariño, haz un esfuerzo», le insistí. Miró hacia el otro lado despreciando mis palabras. Detestaba esa actitud. «¡He dicho que te levantes de una maldita vez!». Mis palabras resonaron por todo el paseo. La muchacha, ya en la otra acera, se volvió sorprendida. Sara se levantó rechinando los dientes. Retiré la silla y me senté, necesitaba meditar un segundo. «Camina, solo unos pasos», le dije. Avanzó con dificultad, esbozando maldiciones en cada movimiento. Y la odié, tanto como cada día a esta misma hora, en este mismo lugar.
La mirada de la chica, aún fija en mí, denotaba cierta inquietud. Su prudencia la mantenía alejada. Le puso la correa al animal y antes de seguir su camino, me miró y parpadeó despacio. No me gustó aquel gesto, detestaba inspirar lástima. La rabia en mis manos arrancó la carrera de las ruedas y me dirigí como un loco hacia la carretera. No miré. El sonido del claxon, los gritos de mi mujer y los insultos del conductor que había reaccionado a tiempo hicieron levantar el vuelo de las pocas perdices del descampado que Lola había dejado en paz. Desde el otro extremo de la calle, la muchacha me miraba sorprendida y Sara insistía en que volviera a su lado: «Vuelve, no aguanto más tiempo de pie».

miércoles, 5 de diciembre de 2012

El jardín secreto

Las dos pequeñas hurgaban bajo la capa de pintura que se levantaba hacia la mitad de la escalera. Eli arrancaba los pétalos de una de las margarita que acababan de descubrir. Las risas parecían disipar la tristeza del manto gris que lo cubría todo. Entre el último «me quiere, no me quiere», la abuela apareció clavando su bastón en el suelo con severidad. El golpe resonó por todos los rincones, hasta la virgen de la Merced se encogió de hombros. Silencio, solo el eco que se extendía como un alud descontrolado.
–¿Qué hacéis ahí? ¡Responded ahora mismo! –gritó Caridad.
Las niñas no dijeron nada, se quedaron atrapadas por el miedo, uniendo sus manos para protegerse. La abuela insistió con más dureza. Los escalones se congelaban a medida que su voz ascendía por la escalera.
–¿Os he dicho que qué hacéis ahí? ¿Acaso no tenéis lengua? ¿No os ha enseñado vuestra madre a obedecer? ¡Responded ahora mismo, he dicho!
–No... Nosotras sólo jugábamos con las flores.
–¡Qué flores ni qué ocho cuartos! Bajad aquí ahora mismo, os voy a dar un buen azote por estropear la pintura.
María no lo pensó dos veces, salió corriendo hacia arriba buscando la protección de su madre. No controló su impulsó y Eli, aún amarrada a su ramo de margaritas, perdió el equilibrio y cayó escaleras abajo. Según descendía, su pequeño cuerpo iba envolviéndose del polvo mortecino. Caridad, que hasta entonces no había movido ni un músculo de su cuerpo, echó mano de su rosario y empezó a rezar. De nuevo el silencio. La quietud dio paso al desasosiego. María empezó a chillar. La abuela esperó a terminar su plegaria. Eli no se movía. La madre apareció en el piso de arriba y al ver a su pequeña inerte, corrió escaleras abajo.
–¡Caridad, haga algo por Dios! Salga a pedir ayuda –dijo mientras cogía a su hija entre sus brazos y la mecía.
La abuela soltó el bastón y se dirigió al despacho. Repasó una vez más la caja de puros. «No ha pasado nada, no ha pasado nada...», decía mientras sobre su mejilla derramaba una única lágrima.

La abuela

Cada vez que Caridad entraba en la casa hasta las ratas contenían el aliento. Cerraba de un portazo para avisar de su llegada. El ritual de costumbre: sacar su viejo rosario y rezar ante la imagen de la patrona una de las mil plegarias que se sabía. Lo hacía en voz baja, con cierta musicalidad, y sin levantar la mirada del suelo. Al acabar, se persignaba a toda velocidad y volvía a guardar el rosario en un bolsillo interior de su uniforme de luto. Después se dirigía al despacho y tomaba el bastón de su difunto marido a modo de báculo. No le hacía falta para caminar, a pesar de su avanzada edad mantenía su físico tan rígido como su carácter; solo era la señal de que la que mandaba allí era ella. Antes de salir de la habitación, abría la caja de Cohibas que había en la esquina de la mesa de oficina y repasaba el número de puros para asegurarse de que nadie había tocado donde no debía. Guardaba los puros que un antiguo socio le regaló a su marido Rafael como si fueran un tesoro, pero el abuelo nuncó llegó a fumarse ninguno.

La casa

La casa vieja y destartalada era una cicatriz en el calle principal de Herencia. La herida, siempre abierta, permanecía en el interior. La autoridad con la que la abuela gobernaba la casa y a todos sus habitantes se hacía patente en cada rincón. «Austeridad» era su palabra favorita. No había adornos ni cuadros colgados, ni siquiera fotografías o retratos. Un manto grisáceo lo cubría todo, el polvo era el único ornamento. Jamás se cambió nada desde que se abrieron sus puertas y se cerraron sus ventanas, los muebles comidos por la carcoma pedían auxilio a gritos, la anea de las sillas descubría sus hojas secas como venas muertas, no había calefacción ni agua corriente. Se respiraba frío de forma constante, quien entraba a la casa no volvía a ser el mismo. Un detalle escapaba a la mirada severa de la matriarca: el papel pintado que en el algún momento lució en las paredes intentaba escapar a imperfectas manos de pintura. Las pequeñas florecillas impresas, muchas marchitas, asomaban tímidamente invitándome cada vez que bajaba las escaleras a descubrir el jardín oculto.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La bata de seda

Antes de abrir la puerta del dormitorio percibí la mezcla de sudor y semen. Lo supe. Dudé si continuar, pero mi cuerpo ya estaba dentro. Sobre la cama yacían mi marido y su amante. El joven imberbe tomaba su cadera con ambas manos y se lanzaba sobre él con ímpetu. El gritito que dejé escapar no desconcentró a la pareja, pero llamó la atención del muchacho. Sin dejar su tarea, me miró con media sonrisa invitándome a participar del momento. Mi respiración se agitó al mismo ritmo que sus embestidas iniciando una lucha interna entre mi lascivia y mi vergüenza. En ese instante, vino a mi memoria el día en que mi madre y yo descubrimos a mi padre follándose a la doncella sobre la mesa de la cocina. Aún era pequeña para entender lo que pasaba. Ella no hizo nada, ni parpadeó, solo agarró mi mano con fuerza y me dijo al oído: «Jamás permitas algo así». Desperté del recuerdo cuando el tomador gimió escandalosamente. Eyaculó sobre las sábanas bordadas y le odié todavía más. Salí de la habitación sin prisa. Las palabras de mi madre resonaban por el pasillo mientras me dirigía a la cocina. Me preparé un café y esperé, no sé exactamente qué. El amante apareció envuelto en mi bata de seda. «Dime por qué». Él se colocó a mi espalda y rozó mi falda con su sexo. «Mejor pregúntate por dónde». Tomó mi taza y volvió al dormitorio.

A los pocos días casi todo había vuelto a la normalidad. Las sábanas volvían a lucir sus bordados inmaculados y la habitación había recuperado el olor a matrimonio tradicional. Pero nosotros ya no éramos los mismos. Volvimos a compartir la mesa y la cama, pero apenas nos rozábamos. No cruzábamos palabra. Había decidido castigarlo con indiferencia mientras decidía qué hacer con mi vida. Seguía queriéndole, pero estaba confundida. Realmente lo deseaba, o quizá quería desearlo con la misma intensidad con la que su amante lo tomó. Habían pasado muchos años. La rutina, el cansancio y los años habían hecho mella en nuestra relación. Estaba convencida de que cuando nuestra hija se independizara, todo volvería a ser como antes. No fue así, nos distanciamos aún más. Justificaba su desliz a la vez que trataba de odiarlo, pero no podía. Pensaba constantemente en la ocasión en que mi jefe me abordó en su despacho y desabrochó mi blusa mientras me besaba profusamente. Repasaba aquel momento arrepintiéndome de haberle rechazado. Ahora deseaba haber sido yo quien le engañara con otro.

Otra vez las dudas. «Él no me ha engañado con una mujer, sino con un hombre». ¿Acaso no fui capaz de darle lo que necesitaba? ¿Se habría cansado de mí? Para cualquier otra sería causa más que suficiente para terminar con la relación. Recordé a mi madre y su petición, pero yo no era ella, no era cualquier mujer. Y luego estaba él, el amante y su conclusión: «Pregúntate por dónde». Le daba vueltas a estas y a otras muchas ideas. Jamás podré admitir una homosexualidad latente, si acaso bisexualidad. ¿Lo habría hecho antes? ¿Con cuántos más? Me di cuenta de que mi indiferencia era más mi castigo. Empecé a necesitar hablar con él, que me aclarara las razones, pero me avergonzaba el mero hecho de plantearle la conversación. Después de mucho pensarlo, opté por convertirme en lo que él deseaba.

A la tarde siguiente pedí hora en el salón de belleza. «Córtame el pelo bien corto, a lo chico, pero con gracia». La peluquera me miró con extrañeza y comenzó a cortar. Lloré mientras veía caer mechón a mechón la melena que había cuidado durante tanto tiempo. Cuando terminó, me ofreció un espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo».

Al salir me dirigí a la calle Montera. Nadie me había recomendado la tienda, la busqué por internet. En la esquina anterior saqué las gafas de sol y me escondí tras ellas; me avergonzaba lo que pudieran pensar de mí. Nadie me miró, nadie se dio cuenta. Entré en el sexshop. Simulando seguridad, pedí un pene con arnés. Sabía perfectamente lo que quería. El dependiente me enseñó varios modelos. Me explicaba al detalle todas ventajas de composición y diseño mientras la gente entraba y salía sin prestar atención. Cuando sacó el producto que elegí con la excusa de hacer una demostración de uso, empecé a sudar. «No hace falta, gracias». El hombre se dio cuenta y sin añadir más, volvió a guardar el aparato en su caja cuidadosamente. «¿Quiere que se lo envuelva para regalo?». Adiviné la ironía y sonreí negando con la cabeza. «El lubricante se lo regalo». Pagué en efectivo y me marché a toda prisa.

Llegué a casa antes que mi marido. Preparé el baño y esparcí en el fondo sus sales favoritas. Con cuidado, rasuré todo el vello de mi cuerpo. Al terminar, vendé mi pecho comprimiendo las tetas todo lo posible. Me miré al espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo...». Fui al dormitorio y abrí la cama. Saqué la compra de la bolsa del sexshop. Dejé el lubricante sobre la mesilla y desembalé el pene con mimo. Me coloqué el arnés siguiendo las instrucciones. Al acabar, metí la caja en la bolsa y la escondí dentro del armario. Justo en ese instante oí la puerta. Finalmente, tomé la bata de seda y me dirigí hacia donde él estaba. Apoyado sobre la barra de la cocina, justo en el mismo sitio donde me abordó su amante, removía la cucharilla de su café. Me coloqué a su espalda y le susurré al oído: «¿Por dónde?»

martes, 6 de noviembre de 2012

Escapar

Blanco, solo blanco. Enjugué mis ojos y traté de enfocar, pero mi miopía no daba para más. Blanco intenso. Levanté la mirada. En el techo, una rejilla negra atrapaba todos los lamentos dejándome a merced de un silencio rancio. ¿Dónde estoy?
No podía moverme. El frío me atrapaba las muñecas. Mi boca no respondía. Tragué saliva e intenté gritar de nuevo, para nada. Blanco, solo blanco.
¿Sería acaso el cielo, el infierno?
Adiviné las paredes junto a la puerta que chillaba cada vez que se abría y cerraba. Y después de esa, quizá otras, y pasillos sin indicaciones... y más blanco. Imaginé una salida.
«¿Necesita algo?». Escapar.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El mapa del tesoro

Ir a la playa era ese viaje dentro de otro viaje: preparar bolsas repletas de toallas, los potingues pre y post baño, los bocadillos, la nevera y el inevitable madrugón para que todos, mayores y pequeños, encontráramos nuestro sitio en el mundo. Al principio me gustaba, al menos así lo creo, pero con el tiempo empecé a detestar las prisas, el olor de las cremas, el pastoso sabor de la sal y, sobre todo, a la gente que parecía perder la visión al llegar allí.
Lo único que consolaba mis pataletas en aquellas citas obligadas era el tacto de la arena; dedicaba mi tiempo a cavar pequeños hoyos con las manos que luego rellenaba con los tesoros que encontraba durante los paseos con mi abuelo: gomas de pelo, algún pendiente cojo y conchas de distintos tamaños. Mantenía la extraña idea de que, si al verano siguiente era capaz de encontrar alguno de aquellos escondites, sería la niña más afortunada, así que siempre, antes de tapar el agujero, me cercioraba de marcarlo con una equis en mi mapa mental.
En la última tarde de playa, en mi última excavación, justo cuando mis padres corrían junto a otras personas hacia la orilla para observar a un socorrista que traía entre sus brazos el cuerpo inerte de un niño pequeño... Justo cuando mi madre gritó el nombre de mi hermano y mi padre cayó de rodillas provocando el terremoto... Justo en ese momento, me arrastré hasta nuestra sombrilla y cogí su muñeco favorito. Volví al agujero y cavé, cavé más profundo que nunca, y allí enterré su memoria para siempre.

martes, 23 de octubre de 2012

La importancia de llamarse...

Marga tenía un don: era capaz de recordar todas las historias que le contaban, todas las caras de esas personas que le confesaban sus secretos. Siempre que se volvía a cruzar con ellos, se paraba y les preguntaba por ese familiar enfermo, por el trabajo recién estrenado o la boda de su hijo. Pero le apenaba enormemente no recordar ni uno solo de los nombres de aquellos a los que tan humildemente regalaba su tiempo.
Un día se propuso hacer el esfuerzo de memorizarlos y en el empeño perdió la capacidad de rememorar sus biografías; aquello le entristeció aún más. La mera idea de aproximarse a alguien y no saber qué decirle, le avergonzaba. Pero no tuvo ocasión para tal sensación, pues la gente que había confiado en ella, se siguió acercando y entregándole su historia porque Marga tenía un gran don: sabía escuchar.

La mejor forma de dejar de fumar

Adela tenía un mal hábito: el tabaco. Había probado de todo para dejarlo: parches de nicotina, acupuntura, hipnosis, hasta la terapia en grupo, pero nada. Una amiga le recomendó hacer deporte y mantener las manos y la boca ocupada, y así hizo, bueno, lo del deporte le duró poco, aunque lo de mantenerse ocupada le resultó más fácil. Aprendió a hacer ganchillo, punto de cruz y hasta bolillos, y en cuanto a la boca... Empezó a comer caramelos, chupa-chups y todo tipo de dulces. Resultado: cuatro jerseys mal acabados, bufandas para todos sus amigos y algunos kilos de más, pero no consiguió quitarse el mal hábito que tenía.
Un tarde, paseando por el Retiro, se cruzó con un muchacho de sonrisa perfecta. Ambos se miraron fijamente y supieron que había surgido algo especial. Él se acercó a ella y le preguntó su nombre. Ella, cogió el cigarro de su boca y le dijo:
–Adela. Vaya, lo siento, ¿te molesta el humo? Estoy intentando dejar de fumar, pero no he sido capaz –respondió un poco nerviosa.
–Es fácil, ¿me dejas que te ayude?
–He probado de todo, fui a terapia, aprendí a hacer calceta y me di a los caramelos...
–Eso está muy bien, pero quizá deberías ocupar tu boca en otra cosa más saludable.
–¿Cómo cuál?
–¿Qué te parece besarme?
A partir de entonces, Adela siempre recomienda enamorarse para dejar de fumar.

lunes, 22 de octubre de 2012

La terapia

Don Ramón era perfecto, tenía su vida calculada al milímetro.
Desde que se levantaba hasta que se acostaba, todas sus acciones estaban perfectamente coordinadas. Preparaba, colocaba y consumía su desayuno por orden alfabético; al igual que el resto de comidas, que respondían a una estricta dieta que seguía desde hacía años para no engordar ni adelgazar ni un gramo, de esta forma, toda su ropa, ordenada por colores y cuidada con un mimo desmesurado, llegaba a durarle más de una década.
En su trabajo todos le respetaban, entregaba sus encargos puntual, con una documentación impecable donde cuidaba cada punto; pero en los doce años que llevaba en su puesto no había logrado hacer ningún amigo. No era por falta de educación, pues hasta en el trato era excelente, sino por falta de implicación.
En su casa era igual. Llevaba toda la vida viviendo en el mismo piso y jamás asistió a ninguna reunión de vecinos ni se paraba a charlar con nadie, salvo para dar los buenos días o comentar el tiempo.
Un buen día, al llegar a casa, se encontró una caja de cartón en la puerta con una nota en la que rezaba: «Sé que cuidará bien de usted». Se extrañó, consumir más de un minuto en la indecisión de abrirla suponía un retraso en su segunda ducha diaria. Cogió el paquete y entró en casa. Se duchó, se puso el pijama, organizó la ropa para el día siguiente, preparó su cena y cuando estuvo sentado en la mesa del comedor, con el tenedor en la mano, se fijó de nuevo en la caja que descansaba sobre el sofá.
Desoyendo a su conciencia que le decía que lo primero era la lechuga, se dirigió hacia el cartón. Al levantarlo vio que la tapicería estaba empapada.
–Pero, ¿qué es esto?
Dejó el paquete en el suelo y empezó a limpiar la tela con el spray y el cepillo hasta dejarla reluciente sin dejar de mirar su plato que, desde la mesa, le recordaba que ya iba con retraso. Cuando acabó, volvió a la mesa.
Casi se ahogó con un trozo de tomate cuando vio que la caja se movía sola. Se acercó de nuevo y la abrió. El cachorro de beagle sonrió de oreja y lamió su cara sin dejar de mover el rabito, salió de un salto y después de hacerse pis en un par de patas del sofá y alguna silla, y caca detrás del ficus, se subió a la mesa y se comió sus salchichas. Satisfecho, volvió a los pies de don Ramón, que ante tanto caos se quedó paralizado, y se tumbó panza arriba para que le acariciara.
A partir de aquel momento la vida de don Ramón se volvió perfectamente imperfecta.

domingo, 14 de octubre de 2012

Bucle infinito

Llegamos a casa después de un largo viaje; hacía tanto frío como en nuestros corazones.
Mientras deshacíamos las maletas, dejamos que el calentador obrase el milagro. Poco a poco, los ánimos empezaron a avivarse, las risas resonaban acompañando miradas cómplices; el calor despertó ese algo adormecido que nos tenía tan callados.
La temperatura subía al mismo ritmo que nuestros cuerpos enardecidos reclamaban el contrario. Cuando el fervor se descontroló, la pasión empezó a entibiarse, a asfixiar nuestro hogar y el bochorno nos agarrotó de nuevo.
Apagamos el interruptor y decidimos abandonarnos una vez más al silencio esperando un nuevo reencuentro.

domingo, 7 de octubre de 2012

Au revoir les enfants

No conseguí entenderlo hasta que, de casualidad, encontré un reportaje en La 2 donde explicaba la conducta migratoria de las cigüeñas relacionada con el cambio climático. Después de un exhaustivo estudio, los naturalistas concluyeron que debido al impacto del calentamiento global en el ecosistema, estas aves optaron por permanecer todo el año en su lugar de residencia estival.
Ahora comprendo porqué la tasa de natalidad ha descendido estos últimos años.

lunes, 1 de octubre de 2012

Síntomas del embarazo

Lancé el dado: un uno. ¿Será niño o niña? Era mi turno y debía mover. El resto de jugadores esperaban impacientes. El tablero estaba a rebosar de fichas y era mi momento. Tenía varias a tiro. Mis hormonas empezaron a alborotarse, sentía deseos de matar, pero no me decidía. ¿Rojo sangre para responder a mis obscuros deseos? ¿Verde esperanza, pues yo quería que fuera niña? ¿O quizá azul para relajar la situación?
–¿A qué esperas? –preguntaron impacientes.
–Es una decisión importante, recordad que soy madre primeriza.
Comí la ficha roja para responder a las necesidades de mi cuerpo, recorrí el camino esmeralda de mi oponente contando veinte con solemnidad y volví a comer, esta vez relajadamente, una ficha azul.
–¡Qué bien lo has hecho! –dijeron con cierta maldad.
–Recordad que yo como por dos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

La máquina del tiempo

Lo supe desde el mismo instante en que me senté: el tiempo se detuvo y me vi envuelto en una extraña combinación espacio-temporal, en una perversa alineación de planetas que hicieron que sonara el teléfono, llamaran al timbre y saltara la alarma del microondas, todo al mismo tiempo mientras me veía atrapado en la maquinaria diaria. Debería ser más previsor y dejar siempre un rollo de papel higiénico disponible.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El placer

Amarré su cuerpo en un perfecto equilibrio de fuerza y cariño, y lo recorrí disfrutando de cada una de sus curvas, de su olor, de su voluptuosidad hasta llegar a la entrepierna que me entregaba sin ningún tipo de pudor. Empuñé mi arma y en armónicos movimientos, sin aspavientos en los vaivenes, fui atravesándolo una y otra vez. No hubo dolor, solo un inmenso placer que en cuestión de cinco minutos, –mi mujer puede dar fe de mi precocidad–, llegó a su culmen...
–¡Ya podéis comer todos! –dije una vez terminado de trinchar el pavo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hasta que la muerte nos encuentre

Llevas razón, como tantas veces...
Porque nunca te digo ni te diré que te quiero, simplemente lo doy por hecho, que te quiero y que me quieres, pero quién sabe si me equivoco; a veces, ni yo mismo lo sé. Las dudas, eternas, esas que me han rendido a la evidencia del silencio, son las que impiden declararte lo que siento. No, nunca te lo he dicho ni creo que lo haga por una simple razón: las palabras pierden su esencia cuando se repiten constantemente; la rutina es el peor de los pecados. No, el «te quiero» que tú esperas habré de guardarlo siempre para mí, como un profundo secreto.
Porque no te doy ni te daré ni una señal de cariño, y a pesar de eso sigues a mi lado, cosa que jamás he entendido ni entenderé. Desde el primer momento de nuestro estúpido enamoramiento fuimos raros, tú empeñada en tus excesos amatorios y yo perdiéndome en tu deseo cual víctima del síndrome de Estocolmo participando de cada uno de tus juegos, cayendo inevitablemente en tu trampa. No, ni un beso ni una caricia motu proprio, y no es que no ambicione poseer tu cuerpo, todo lo contrario, es simplemente la certeza de que estarás a cada momento. Deberás seguir esperando, resignada a tus anhelos para obtener la parte proporcional de los míos hasta que nuestros organismos se rindan al paso de los años.
Porque tampoco estoy ni estaré a tu lado en los malos momentos. Soy un insulso, carezco de la gracia necesaria para generar sonrisas cuando te faltan; soy un cobarde, no tengo la capacidad de añadir valor a las situaciones fatales. De veras, no entiendo porqué me quieres... Quizá es porque al llegar a casa, mi hombro permanece donde siempre y tú lo aceptas de buen grado para derramar las pocas lágrimas que te restan. No es voluntario mi apoyo, solo es la parte de mi anatomía que espera tu lamento. En este caso seré yo el que te permita salar mi clavícula hasta que oxides la llave que dé paso a mi inmortalidad.
Menos aún escucho nada de lo que dices o dirás. Tus palabras caen en saco roto hasta que otros las encuentran y me las hacen llegar. ¿Acaso creíste lo de mi sordera? Crónica, sí, pero a tus sentimientos. Soy capaz de anotar la lista de la compra y las facturas pendientes de pago, pero no he procesado ni una sola petición tuya desde que te conozco, ni creo que lo haga; me agota solo pensarlo. Ahora, arrancando el último pliego del calendario, me doy cuenta de que hace tiempo que dejaste de anotarme aquellos «Te ansío», «Me apeteces» y «Te echo de menos, pero nunca de más». ¿Te has cansado de esperar respuesta? Haces bien, así mi conciencia descansa tranquila y compartiremos mejor el féretro cuando llegue el momento.
De veras que no lo entiendo por más que me esfuerzo... Llevas razón, como tantas veces: no sé confeccionar «te quieros», mimos, miradas cómplices ni la atención que mereces; y apesar de mis defectos sigues ahí, después de tantas primaveras olvidando los enamorados. Sabiendo cercana la visita de la parca, sigo empeñado en mi obstinación, así pues deberás seguir esperando, fabricando paciencia hasta el fin de los tiempos porque sé que justo en tu postrero aliento, o quizá en el mío, saldrán de mi boca las últimas palabras que pronunciaré: «te quiero», y no porque quiera hacerlo sino porque entonces, y solo entonces, habremos de merecerlo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Como tú

¿No crees que deberíamos ponernos de acuerdo? No es una decisión cualquiera, puede declinar la balanza a su favor o en su contra en cualquier momento de su vida, podrían concederle o denegarle un trabajo solo por eso. ¡Qué complicado! ¿Y si lo echamos a suertes? Así no podrá  responsabilizarnos. Podríamos consultar una vidente o simplemente mirar un libro de Historia. Repasar el censo, la lista de vecinos del portal o quizá la guía telefónica... ¿Por qué nadie nos avisó de que lo más complicado del embarazo era elegir el nombre de nuestro futuro hijo? Decidido: se llamará como tú.

Buscado, encontrado

Espera un momento, juraría que se me ha caído. Creo haberlo oído romperse en mil pedazos... Dame un segundo que miro, no me alejaré demasiado. No te acerques, podrías cortarte. Si lo encuentro necesitaré tiempo para recomponerlo, ¿me esperarás? No hay suficiente luz, complica la búsqueda, tendré que tentar mi suerte. No, no insistas; si realmente lo he perdido, debería encontrarlo, ¿cómo vivir sin él? ¿Cómo vivir sin ti, sin ambos? Confía en mí, no tardaré mucho, solo necesito... Solo necesito esperanza y algo de pegamento. ¿Has oído eso? Creo que he pisado algo, quizá sea, quizá no, voy a despegarlo de mi zapato. ¡Por fin, mi mal humor!

jueves, 6 de septiembre de 2012

Sin palabras

Cuando acabó de repasar el borrador de su última novela, el escritor decidió destruir el manuscrito. Su editor, preocupado por los plazos, le preguntó la razón. El novelista frustrado le respondió sin dudarlo: «Después de tanto escribir, al final me di cuenta de que no tenía nada que decir».