miércoles, 6 de febrero de 2013

Camino

Camino entre brotes de silencio
en la búsqueda incesante
de cada momento, de cada instante.

La indecisión

―¡Espera! ¿Estás completamente seguro? ―la advertencia del padre martilleó su cabeza.
―No quiero pensarlo de nuevo, dudaría. Déjame hacerlo ―el hombre dejaba caer las palabras de su boca arrítmicamente.
―No cometas mi mismo error.

martes, 5 de febrero de 2013

Secuencia III-IV (corrección)

III - IV
El día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró, en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo pasaréis genial».
Tomaron un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita.
–Te dije que invitaba yo –le recordó el muchacho.
La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán.
–Espero que hayan disfrutado de la cena –guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse.
Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Espera, tengo algo para ti –le pidió Elías.
Sacó de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y abrió la tapa.
–Elena, cásate conmigo –le pidió ilusionado.
Ella se quedó sin palabras. Él sacó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo índice.
–Te queda perfecto.
Apartaron las copas y se besaron con cariño.
–Bueno, ¿qué me dices? ¿Aceptas?
–¿Acaso puedo negarme? –Ambos rieron ilusionados y volvieron a besarse bajo la atenta mirada de la camarera que les dio la enhorabuena cuando se marchaban.
Volvieron a casa dando un paseo, entre arrumacos y constantes muestras de cariño.

Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas para celebrar el compromiso. Bebieron y rieron recordando viejos tiempos, esperanzados por los que estaban por venir. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. El cuerpo le pedía a gritos entregarse a la pasión, pero su mente le jugó una mala pasa. Los recuerdos volvieron como una ráfaga.
–Ahora no –dijo Elena.
Elías hizo un movimiento negativo con la cabeza y soltó un suspiro.
–Espera, necesito, dame un segundo.
Ella se levantó y fue al baño. Se refrescó la cara y se miró al espejo.
–Olvídalo de una vez. Elías no es él, ni tú aquella niña tonta –reflexionó el voz alta.
–¿Estás bien? –preguntó el novio desde la habitación.
Elena sacó el neceser el bolso y se retocó el maquillaje. Se entretuvo unos minutos más.
Elías permanecía sentado sobre el colchón, esperándola, repasando lo que había pasado, intentando encontrar el momento en el que había fallado. Para su sorpresa, ella apareció por la puerta. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–No te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.

Secuencia II (corrección)

II
A media mañana recibió un whatsapp de su novio, Elías: «Tenemos que hablar, pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora». No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le preocupaba. Ya habían hablado del tema en más de una ocasión. Él echaba de menos la falta de detalles, necesitaba entenderla mejor, quería ayudarla pero no sabía cómo. Ella, lo contaba como una anécdota casi olvidada, pero sus ojos la delataban siempre.
Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo forzando así una charla más corta de lo que él desearía. Al entrar al piso, dejó los libros sobre la silla que hacía de mesilla improvisada y colgó el abrigo en el único brazo útil del perchero. Al llegar a la cocina, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. En el fregadero, junto a los cacharros utilizados para hacer la pasta, esperaban aún los del desayuno y la cena de la noche anterior. La sartén todavía humeaba.
–Coge lo que quieras, he hecho comida de sobra –comentó Elías sin levantarse de la mesa.
Elena tomó un plato del escurridor y se sirvió una ración escueta, con la salsa fue más generosa.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final.
–¿Cuándo empiezas las prácticas?
–No tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que querías hablar? –preguntó mientras se sentaba a su lado.
–Sabes perfectamente que no.
De nuevo la misma historia: el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de excusas para evitar acabar en la cama. Él hacía alarde de una inmensa paciencia.
–¿Tienes que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te haya escapado –preguntó el novio.
–Ya te lo conté en su día –dijo ella sin apartar la mirada del plato.
Sintió un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se quedaba paralizada. el mero hecho de desear a alguien, de despertar su sexo, la hacia odiarse a sí misma. Sentía miedo, no quería pasar por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su reacción. Se levantó para dejar el plato en la encimera y volvió a la mesa. Se acercó a ella.
–Vamos cariño, no pasa nada –le dijo con cariño.
Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Te quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un favor, confía en mí.
Elena le miró a los ojos.
–Primero tengo que aprender a confiar en mí misma.

Secuencia I (corrección)

I
–Ya sabes dónde está la puerta –le dijo Pablo molesto con la reacción de Elena.
Le habló con el mismo tono con el que pediría un café en el bar, sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete. Su actitud chulesca contrastaba con la inquietud de la muchacha.
–¿Me dejas el encendedor? –habló de nuevo.
Ella siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención. Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el anticuado dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas. Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas, intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en el suelo marcando la alfombrilla. Ella deseó que la pequeña quemadura en la tela prendiera, que el chico ardiera por su pecado.
–¿Nos vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso. Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error, el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años, él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?

miércoles, 30 de enero de 2013

Trabajando con secuencias...

I
«Ya sabes dónde está la puerta». Le dijo con el mismo tono con el que pediría un café en el bar. Sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete.
–¿Me dejas el encendedor? –le dijo a Elena.
Ella siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención. Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas. Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas, intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en el suelo. Ella deseó que ardiera.
–¿Nos vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso. Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error, el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años, él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?


II
A media mañana recibió un whatsapp de Elías: «Tenemos que hablar, pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora». No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le preocupaba a su novio. Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo, así la charla sería corta. Al entrar, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. Cuando llegó a la cocina, vio una pila de cacharros en el fregadero y la sartén todavía humeando. Elías estaba sentado a la mesa terminando su plato. Al lado, había preparado uno para ella.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final e iban a repasar conceptos importantes.
–¿Cuándo empiezas las prácticas?
–No tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que querías hablar? –preguntó mientras dejaba la mochila en el suelo y se sentaba a su lado.
–Sabes perfectamente que no...
Siempre la misma historia desde el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de excusas para evitar acabar en la cama.
–¿Tienes que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te haya escapado –preguntó el novio.
–Ya te lo conté en su día –dijo ella sin mirarle a los ojos.
Sintió un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se quedaba paralizada, se odiaba por desear. Y otra vez el miedo a pasar por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su reacción. Se levantó y se acercó a ella. «Vamos cariño, no pasa nada», le dijo con cariño. Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Te quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un favor, confía en mí.
Elena le miró a los ojos. «Primero tengo que aprender a confiar en mí misma».


III
El día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró, en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo pasaréis genial».
Tomaron un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita: «Te dije que invitaba yo». La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán. «Espero que hayan disfrutado de la cena», guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse. Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Espera, tengo algo para ti –le pidió su novio.
Sacó de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y abrió la tapa.
–Elena, cásate conmigo.
Se quedó sin palabras. Elías sacó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo índice. «Te queda perfecto».
Volvieron a casa dando un paseo, disfrutando de la noche madrileña. Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas. Bebieron y rieron. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. Aún conservaba el puntito de cordura que ponía freno a su pasión.
–Ahora no... –Elías desesperó.
–Necesito, dame solo un segundo.
Ella se levantó y fue al baño. Él se quedó sentado sobre el colchón, repasando lo que había pasado hasta el momento, intentando encontrar el momento donde había fallado. Elena apareció por la puerta de nuevo. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–No te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.

jueves, 17 de enero de 2013

El testamento

–¿Por qué siempre es tu hermano el que organiza las reuniones? –susurró Elena disgustada al oído de su marido.
–Cállate, te van a oír y no tengo ganas de discutir con nadie –le recriminó Lorenzo acomodándose en el sofá de cuero recién estrenado.
–Buenas tardes, ¿queréis tomar un café? –ofreció Lola, la cuñadísima, como Elena la llamaba, mientras dejaba sobre la mesita una bandeja con la cafetera y un par de tazas.
–¿A qué viene tanto misterio? ¿Dónde está mi hermano? –preguntó Lorenzo sujetándose las rodillas un tanto impaciente.
–Aquí estoy –dijo Antonio, entrando por la puerta seguido por Isabel, la pequeña de mis tres vástagos.
Transcurridos unos minutos, todos los miembros de mi familia se sentaron en torno al café recién servido y las últimas pastas navideñas. El primero en tomar la palabra fue el mayor. Antonio, siempre tan templado, tan cabal, hizo el anuncio del hallazgo de mi testamento. Lorenzo se hizo el sorprendido a pesar de que le advertí de mis intenciones el día que murió su padre, y su mujer, correcta como pocas, halagó mi buen hacer con una sonrisa forzada. La única que no abrió la boca fue mi pequeña. Supongo que no quería dar motivos a nadie; desde bien joven siempre fue una «rebelde sin causa», como le gustaba llamarse a sí misma y en estos tres años no había aparecido por casa salvo para pedirme dinero. Me dio gusto verlos a todos reunidos, probablemente por última vez en sus vidas, y mucho más después de conocer mis deseos póstumos. Casi me arrepentía de ciertas decisiones y más después de comprobar lo bien que lo habían organizado todo: el velatorio, la misa, las flores... ¡Hasta plañideras profesionales habían contratado! No me quedó otro remedio que hacer un trato con el Todopoderoso para retrasar mi acceso al Paraíso donde me esperaba pacientemente mi esposo. Quería despedirme a lo grande de mis hijos estando «presente» en la lectura de mi testamento.
–¿Testamento? ¿Contrató a un abogado? No creo que hiciera falta y más después de habernos hecho cargo de ella durante todo este tiempo –Elena daba por sentado que le correspondía más que al resto.
–No te pongas medallas antes de tiempo que todos sabemos que vuestro cariño tenía condiciones –contestó con malicia Lola.
La discusión estaba servida. No pasó ni un minuto cuando ambas mujeres empezaron a sacar todo tipo de trapos sucios. Para sorpresa de todos, la que puso orden fue Isabel.
–¿Por qué no os calláis? A mí me interesa saber cuáles fueron los últimos deseos de mi madre.
–Será la primera vez en mucho tiempo que te interesas por ella y no por su dinero –comentó Elena llevándose la taza a la boca.
–Cariño, cállate, anda –le repitió su marido sin ocultar su malestar.
Haciendo oídos sordos a mi nuera, Lorenzo abrió el sobre donde rezaba «Mi testamento. Léase en presencia de todos mis hijos, a ser posible una vez que haya muerto». Me senté a su lado, sobre el brazo del sofá, y leí al mismo tiempo:
«Queridos hijos:
Seré breve, tampoco hay mucho que repartir, pero antes de ir a lo que os interesa, quiero dejaros unas palabras de lo que a mí me interesa y nadie tuvo la amabilidad de preguntar. Estoy orgullosa de vosotros».
Lorenzo hizo una pausa y sonrió satisfecho, todos lo hicieron, como si lo que acababa de leer fuera una verdad absoluta.
«Sois buenas personas, mejores profesionales e inmejorables padres de familia...».
–Lo siento Isabel, en ese párrafo no te incluye –interrumpió de nuevo Elena con sorna mientras su marido le daba un codazo con poco disimulo.
–¿Puedo continuar?
«En fin, que me alegra haberos conocido. Concluyo diciendo lo que estaréis deseando oír. Dejo todos mis bienes a Isabel».
Lorenzo paró en seco, yo empecé a reír. Obviamente no podían oírme. Mis nueras reanudaron la discusión y mis hijos se unieron indignados. Isabel permaneció callada. Me acerqué a ella y le acaricié el pelo, siempre me gustó ese olor a recién lavado. Intentó intervenir, pero los ánimos estaban demasiado caldeados y decidió marcharse. Cogió la chaqueta raída que remendaba en cada una de sus visitas y se fue sin decir adiós. Antes de salir de la casa, se miró al espejo. Comprobamos el extraordinario parecido que teníamos: los ojos y esa sonrisa pícara. «Mis hermanos no van a cambiar nunca y sus mujeres... ¡Menudas víboras! Mi madre sabrá lo que se hacía al tomar esa decisión».

domingo, 6 de enero de 2013

La lluvia

Te hablaré de la lluvia lejana,
de la que empapaba mi aliento
y adormecía el alma.
Era una lluvia discreta, silenciosa,
lenta como el tiempo.
Permanecía a mi lado en perpetua compañía,
en otoño eterno.
Hasta que amaneció.

Cada gota tiene un destino, un fin último.
Quizá fuera despertar los sentidos,
quizá limpiar los latidos.
Calando hasta los huesos
despertó mi corazón dormido.
Se abrieron puertas desconocidas,
ocultas entre las goteras de la tristeza
y se mostró el mundo.

Te hablaré de la lluvia de primavera,
la que embriaga los sentidos
y aviva los aturdidos sentimientos
del letargo de la melancolía.
En la tímida caída respetando los espacios
que nos unen y nos separan,
me recuerdan a cada paso
que estoy, que sigo viva.

Vuelven a revolverse las mariposas
tintando los verdes campos de azules
entre amapolas encendidas de pasión,
amarillos girasol indicando el camino
y al final... Al final te encuentro.
«¿Dónde has estado todo este tiempo?
Deja el paraguas y camina conmigo,
la llovizna será nuestro sino».

jueves, 20 de diciembre de 2012

Defectos

La mayoría de los hombres son perversos, por desgracia yo no le llego ni a la punta del zapato.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La silla de ruedas

Oí a la muchacha llamando a su perra, sabía que estaban cerca. «Muy bien Lola, junto». Se aproximaba hasta a nosotros, podía oír sus pasos y al animal jadeando detrás de ella, exhausta tras la carrera. Al llegar a nuestra a altura insistió, como tantas otras veces, en el saludo educado con una sonrisa inocente: «Buenos días». Esta vez le respondí, su insistencia lo merecía. Nos adelantó unos metros y al llegar al borde de la acera, ordenó a Lola que se sentara; la perra obedeció y se quedó mirándola, esperando una recompensa. No pude contener la risa, me recordó los tiempos en los que iba de caza de con mi padre y, a su silbido, todos los podencos corrían hacia nosotros, quedándose inmóviles, esperando, como ella, algo que echarse a la boca. La muchacha se volvió y me sonrió; no podía saber lo que pasaba por mi cabeza, pero parecía satisfecha del resultado de su orden. Mi sonrisa era su recompensa.
Aproveché su siguiente mandato: «Cruza», para pedirle a Sara que tomara el andador y se incorporara. No me hizo caso, siempre la excusa del cansancio. «Cariño, haz un esfuerzo», le insistí. Miró hacia el otro lado despreciando mis palabras. Detestaba esa actitud. «¡He dicho que te levantes de una maldita vez!». Mis palabras resonaron por todo el paseo. La muchacha, ya en la otra acera, se volvió sorprendida. Sara se levantó rechinando los dientes. Retiré la silla y me senté, necesitaba meditar un segundo. «Camina, solo unos pasos», le dije. Avanzó con dificultad, esbozando maldiciones en cada movimiento. Y la odié, tanto como cada día a esta misma hora, en este mismo lugar.
La mirada de la chica, aún fija en mí, denotaba cierta inquietud. Su prudencia la mantenía alejada. Le puso la correa al animal y antes de seguir su camino, me miró y parpadeó despacio. No me gustó aquel gesto, detestaba inspirar lástima. La rabia en mis manos arrancó la carrera de las ruedas y me dirigí como un loco hacia la carretera. No miré. El sonido del claxon, los gritos de mi mujer y los insultos del conductor que había reaccionado a tiempo hicieron levantar el vuelo de las pocas perdices del descampado que Lola había dejado en paz. Desde el otro extremo de la calle, la muchacha me miraba sorprendida y Sara insistía en que volviera a su lado: «Vuelve, no aguanto más tiempo de pie».

miércoles, 5 de diciembre de 2012

El jardín secreto

Las dos pequeñas hurgaban bajo la capa de pintura que se levantaba hacia la mitad de la escalera. Eli arrancaba los pétalos de una de las margarita que acababan de descubrir. Las risas parecían disipar la tristeza del manto gris que lo cubría todo. Entre el último «me quiere, no me quiere», la abuela apareció clavando su bastón en el suelo con severidad. El golpe resonó por todos los rincones, hasta la virgen de la Merced se encogió de hombros. Silencio, solo el eco que se extendía como un alud descontrolado.
–¿Qué hacéis ahí? ¡Responded ahora mismo! –gritó Caridad.
Las niñas no dijeron nada, se quedaron atrapadas por el miedo, uniendo sus manos para protegerse. La abuela insistió con más dureza. Los escalones se congelaban a medida que su voz ascendía por la escalera.
–¿Os he dicho que qué hacéis ahí? ¿Acaso no tenéis lengua? ¿No os ha enseñado vuestra madre a obedecer? ¡Responded ahora mismo, he dicho!
–No... Nosotras sólo jugábamos con las flores.
–¡Qué flores ni qué ocho cuartos! Bajad aquí ahora mismo, os voy a dar un buen azote por estropear la pintura.
María no lo pensó dos veces, salió corriendo hacia arriba buscando la protección de su madre. No controló su impulsó y Eli, aún amarrada a su ramo de margaritas, perdió el equilibrio y cayó escaleras abajo. Según descendía, su pequeño cuerpo iba envolviéndose del polvo mortecino. Caridad, que hasta entonces no había movido ni un músculo de su cuerpo, echó mano de su rosario y empezó a rezar. De nuevo el silencio. La quietud dio paso al desasosiego. María empezó a chillar. La abuela esperó a terminar su plegaria. Eli no se movía. La madre apareció en el piso de arriba y al ver a su pequeña inerte, corrió escaleras abajo.
–¡Caridad, haga algo por Dios! Salga a pedir ayuda –dijo mientras cogía a su hija entre sus brazos y la mecía.
La abuela soltó el bastón y se dirigió al despacho. Repasó una vez más la caja de puros. «No ha pasado nada, no ha pasado nada...», decía mientras sobre su mejilla derramaba una única lágrima.

La abuela

Cada vez que Caridad entraba en la casa hasta las ratas contenían el aliento. Cerraba de un portazo para avisar de su llegada. El ritual de costumbre: sacar su viejo rosario y rezar ante la imagen de la patrona una de las mil plegarias que se sabía. Lo hacía en voz baja, con cierta musicalidad, y sin levantar la mirada del suelo. Al acabar, se persignaba a toda velocidad y volvía a guardar el rosario en un bolsillo interior de su uniforme de luto. Después se dirigía al despacho y tomaba el bastón de su difunto marido a modo de báculo. No le hacía falta para caminar, a pesar de su avanzada edad mantenía su físico tan rígido como su carácter; solo era la señal de que la que mandaba allí era ella. Antes de salir de la habitación, abría la caja de Cohibas que había en la esquina de la mesa de oficina y repasaba el número de puros para asegurarse de que nadie había tocado donde no debía. Guardaba los puros que un antiguo socio le regaló a su marido Rafael como si fueran un tesoro, pero el abuelo nuncó llegó a fumarse ninguno.

La casa

La casa vieja y destartalada era una cicatriz en el calle principal de Herencia. La herida, siempre abierta, permanecía en el interior. La autoridad con la que la abuela gobernaba la casa y a todos sus habitantes se hacía patente en cada rincón. «Austeridad» era su palabra favorita. No había adornos ni cuadros colgados, ni siquiera fotografías o retratos. Un manto grisáceo lo cubría todo, el polvo era el único ornamento. Jamás se cambió nada desde que se abrieron sus puertas y se cerraron sus ventanas, los muebles comidos por la carcoma pedían auxilio a gritos, la anea de las sillas descubría sus hojas secas como venas muertas, no había calefacción ni agua corriente. Se respiraba frío de forma constante, quien entraba a la casa no volvía a ser el mismo. Un detalle escapaba a la mirada severa de la matriarca: el papel pintado que en el algún momento lució en las paredes intentaba escapar a imperfectas manos de pintura. Las pequeñas florecillas impresas, muchas marchitas, asomaban tímidamente invitándome cada vez que bajaba las escaleras a descubrir el jardín oculto.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La bata de seda

Antes de abrir la puerta del dormitorio percibí la mezcla de sudor y semen. Lo supe. Dudé si continuar, pero mi cuerpo ya estaba dentro. Sobre la cama yacían mi marido y su amante. El joven imberbe tomaba su cadera con ambas manos y se lanzaba sobre él con ímpetu. El gritito que dejé escapar no desconcentró a la pareja, pero llamó la atención del muchacho. Sin dejar su tarea, me miró con media sonrisa invitándome a participar del momento. Mi respiración se agitó al mismo ritmo que sus embestidas iniciando una lucha interna entre mi lascivia y mi vergüenza. En ese instante, vino a mi memoria el día en que mi madre y yo descubrimos a mi padre follándose a la doncella sobre la mesa de la cocina. Aún era pequeña para entender lo que pasaba. Ella no hizo nada, ni parpadeó, solo agarró mi mano con fuerza y me dijo al oído: «Jamás permitas algo así». Desperté del recuerdo cuando el tomador gimió escandalosamente. Eyaculó sobre las sábanas bordadas y le odié todavía más. Salí de la habitación sin prisa. Las palabras de mi madre resonaban por el pasillo mientras me dirigía a la cocina. Me preparé un café y esperé, no sé exactamente qué. El amante apareció envuelto en mi bata de seda. «Dime por qué». Él se colocó a mi espalda y rozó mi falda con su sexo. «Mejor pregúntate por dónde». Tomó mi taza y volvió al dormitorio.

A los pocos días casi todo había vuelto a la normalidad. Las sábanas volvían a lucir sus bordados inmaculados y la habitación había recuperado el olor a matrimonio tradicional. Pero nosotros ya no éramos los mismos. Volvimos a compartir la mesa y la cama, pero apenas nos rozábamos. No cruzábamos palabra. Había decidido castigarlo con indiferencia mientras decidía qué hacer con mi vida. Seguía queriéndole, pero estaba confundida. Realmente lo deseaba, o quizá quería desearlo con la misma intensidad con la que su amante lo tomó. Habían pasado muchos años. La rutina, el cansancio y los años habían hecho mella en nuestra relación. Estaba convencida de que cuando nuestra hija se independizara, todo volvería a ser como antes. No fue así, nos distanciamos aún más. Justificaba su desliz a la vez que trataba de odiarlo, pero no podía. Pensaba constantemente en la ocasión en que mi jefe me abordó en su despacho y desabrochó mi blusa mientras me besaba profusamente. Repasaba aquel momento arrepintiéndome de haberle rechazado. Ahora deseaba haber sido yo quien le engañara con otro.

Otra vez las dudas. «Él no me ha engañado con una mujer, sino con un hombre». ¿Acaso no fui capaz de darle lo que necesitaba? ¿Se habría cansado de mí? Para cualquier otra sería causa más que suficiente para terminar con la relación. Recordé a mi madre y su petición, pero yo no era ella, no era cualquier mujer. Y luego estaba él, el amante y su conclusión: «Pregúntate por dónde». Le daba vueltas a estas y a otras muchas ideas. Jamás podré admitir una homosexualidad latente, si acaso bisexualidad. ¿Lo habría hecho antes? ¿Con cuántos más? Me di cuenta de que mi indiferencia era más mi castigo. Empecé a necesitar hablar con él, que me aclarara las razones, pero me avergonzaba el mero hecho de plantearle la conversación. Después de mucho pensarlo, opté por convertirme en lo que él deseaba.

A la tarde siguiente pedí hora en el salón de belleza. «Córtame el pelo bien corto, a lo chico, pero con gracia». La peluquera me miró con extrañeza y comenzó a cortar. Lloré mientras veía caer mechón a mechón la melena que había cuidado durante tanto tiempo. Cuando terminó, me ofreció un espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo».

Al salir me dirigí a la calle Montera. Nadie me había recomendado la tienda, la busqué por internet. En la esquina anterior saqué las gafas de sol y me escondí tras ellas; me avergonzaba lo que pudieran pensar de mí. Nadie me miró, nadie se dio cuenta. Entré en el sexshop. Simulando seguridad, pedí un pene con arnés. Sabía perfectamente lo que quería. El dependiente me enseñó varios modelos. Me explicaba al detalle todas ventajas de composición y diseño mientras la gente entraba y salía sin prestar atención. Cuando sacó el producto que elegí con la excusa de hacer una demostración de uso, empecé a sudar. «No hace falta, gracias». El hombre se dio cuenta y sin añadir más, volvió a guardar el aparato en su caja cuidadosamente. «¿Quiere que se lo envuelva para regalo?». Adiviné la ironía y sonreí negando con la cabeza. «El lubricante se lo regalo». Pagué en efectivo y me marché a toda prisa.

Llegué a casa antes que mi marido. Preparé el baño y esparcí en el fondo sus sales favoritas. Con cuidado, rasuré todo el vello de mi cuerpo. Al terminar, vendé mi pecho comprimiendo las tetas todo lo posible. Me miré al espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo...». Fui al dormitorio y abrí la cama. Saqué la compra de la bolsa del sexshop. Dejé el lubricante sobre la mesilla y desembalé el pene con mimo. Me coloqué el arnés siguiendo las instrucciones. Al acabar, metí la caja en la bolsa y la escondí dentro del armario. Justo en ese instante oí la puerta. Finalmente, tomé la bata de seda y me dirigí hacia donde él estaba. Apoyado sobre la barra de la cocina, justo en el mismo sitio donde me abordó su amante, removía la cucharilla de su café. Me coloqué a su espalda y le susurré al oído: «¿Por dónde?»

martes, 6 de noviembre de 2012

Escapar

Blanco, solo blanco. Enjugué mis ojos y traté de enfocar, pero mi miopía no daba para más. Blanco intenso. Levanté la mirada. En el techo, una rejilla negra atrapaba todos los lamentos dejándome a merced de un silencio rancio. ¿Dónde estoy?
No podía moverme. El frío me atrapaba las muñecas. Mi boca no respondía. Tragué saliva e intenté gritar de nuevo, para nada. Blanco, solo blanco.
¿Sería acaso el cielo, el infierno?
Adiviné las paredes junto a la puerta que chillaba cada vez que se abría y cerraba. Y después de esa, quizá otras, y pasillos sin indicaciones... y más blanco. Imaginé una salida.
«¿Necesita algo?». Escapar.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El mapa del tesoro

Ir a la playa era ese viaje dentro de otro viaje: preparar bolsas repletas de toallas, los potingues pre y post baño, los bocadillos, la nevera y el inevitable madrugón para que todos, mayores y pequeños, encontráramos nuestro sitio en el mundo. Al principio me gustaba, al menos así lo creo, pero con el tiempo empecé a detestar las prisas, el olor de las cremas, el pastoso sabor de la sal y, sobre todo, a la gente que parecía perder la visión al llegar allí.
Lo único que consolaba mis pataletas en aquellas citas obligadas era el tacto de la arena; dedicaba mi tiempo a cavar pequeños hoyos con las manos que luego rellenaba con los tesoros que encontraba durante los paseos con mi abuelo: gomas de pelo, algún pendiente cojo y conchas de distintos tamaños. Mantenía la extraña idea de que, si al verano siguiente era capaz de encontrar alguno de aquellos escondites, sería la niña más afortunada, así que siempre, antes de tapar el agujero, me cercioraba de marcarlo con una equis en mi mapa mental.
En la última tarde de playa, en mi última excavación, justo cuando mis padres corrían junto a otras personas hacia la orilla para observar a un socorrista que traía entre sus brazos el cuerpo inerte de un niño pequeño... Justo cuando mi madre gritó el nombre de mi hermano y mi padre cayó de rodillas provocando el terremoto... Justo en ese momento, me arrastré hasta nuestra sombrilla y cogí su muñeco favorito. Volví al agujero y cavé, cavé más profundo que nunca, y allí enterré su memoria para siempre.

martes, 23 de octubre de 2012

La importancia de llamarse...

Marga tenía un don: era capaz de recordar todas las historias que le contaban, todas las caras de esas personas que le confesaban sus secretos. Siempre que se volvía a cruzar con ellos, se paraba y les preguntaba por ese familiar enfermo, por el trabajo recién estrenado o la boda de su hijo. Pero le apenaba enormemente no recordar ni uno solo de los nombres de aquellos a los que tan humildemente regalaba su tiempo.
Un día se propuso hacer el esfuerzo de memorizarlos y en el empeño perdió la capacidad de rememorar sus biografías; aquello le entristeció aún más. La mera idea de aproximarse a alguien y no saber qué decirle, le avergonzaba. Pero no tuvo ocasión para tal sensación, pues la gente que había confiado en ella, se siguió acercando y entregándole su historia porque Marga tenía un gran don: sabía escuchar.

La mejor forma de dejar de fumar

Adela tenía un mal hábito: el tabaco. Había probado de todo para dejarlo: parches de nicotina, acupuntura, hipnosis, hasta la terapia en grupo, pero nada. Una amiga le recomendó hacer deporte y mantener las manos y la boca ocupada, y así hizo, bueno, lo del deporte le duró poco, aunque lo de mantenerse ocupada le resultó más fácil. Aprendió a hacer ganchillo, punto de cruz y hasta bolillos, y en cuanto a la boca... Empezó a comer caramelos, chupa-chups y todo tipo de dulces. Resultado: cuatro jerseys mal acabados, bufandas para todos sus amigos y algunos kilos de más, pero no consiguió quitarse el mal hábito que tenía.
Un tarde, paseando por el Retiro, se cruzó con un muchacho de sonrisa perfecta. Ambos se miraron fijamente y supieron que había surgido algo especial. Él se acercó a ella y le preguntó su nombre. Ella, cogió el cigarro de su boca y le dijo:
–Adela. Vaya, lo siento, ¿te molesta el humo? Estoy intentando dejar de fumar, pero no he sido capaz –respondió un poco nerviosa.
–Es fácil, ¿me dejas que te ayude?
–He probado de todo, fui a terapia, aprendí a hacer calceta y me di a los caramelos...
–Eso está muy bien, pero quizá deberías ocupar tu boca en otra cosa más saludable.
–¿Cómo cuál?
–¿Qué te parece besarme?
A partir de entonces, Adela siempre recomienda enamorarse para dejar de fumar.

lunes, 22 de octubre de 2012

La terapia

Don Ramón era perfecto, tenía su vida calculada al milímetro.
Desde que se levantaba hasta que se acostaba, todas sus acciones estaban perfectamente coordinadas. Preparaba, colocaba y consumía su desayuno por orden alfabético; al igual que el resto de comidas, que respondían a una estricta dieta que seguía desde hacía años para no engordar ni adelgazar ni un gramo, de esta forma, toda su ropa, ordenada por colores y cuidada con un mimo desmesurado, llegaba a durarle más de una década.
En su trabajo todos le respetaban, entregaba sus encargos puntual, con una documentación impecable donde cuidaba cada punto; pero en los doce años que llevaba en su puesto no había logrado hacer ningún amigo. No era por falta de educación, pues hasta en el trato era excelente, sino por falta de implicación.
En su casa era igual. Llevaba toda la vida viviendo en el mismo piso y jamás asistió a ninguna reunión de vecinos ni se paraba a charlar con nadie, salvo para dar los buenos días o comentar el tiempo.
Un buen día, al llegar a casa, se encontró una caja de cartón en la puerta con una nota en la que rezaba: «Sé que cuidará bien de usted». Se extrañó, consumir más de un minuto en la indecisión de abrirla suponía un retraso en su segunda ducha diaria. Cogió el paquete y entró en casa. Se duchó, se puso el pijama, organizó la ropa para el día siguiente, preparó su cena y cuando estuvo sentado en la mesa del comedor, con el tenedor en la mano, se fijó de nuevo en la caja que descansaba sobre el sofá.
Desoyendo a su conciencia que le decía que lo primero era la lechuga, se dirigió hacia el cartón. Al levantarlo vio que la tapicería estaba empapada.
–Pero, ¿qué es esto?
Dejó el paquete en el suelo y empezó a limpiar la tela con el spray y el cepillo hasta dejarla reluciente sin dejar de mirar su plato que, desde la mesa, le recordaba que ya iba con retraso. Cuando acabó, volvió a la mesa.
Casi se ahogó con un trozo de tomate cuando vio que la caja se movía sola. Se acercó de nuevo y la abrió. El cachorro de beagle sonrió de oreja y lamió su cara sin dejar de mover el rabito, salió de un salto y después de hacerse pis en un par de patas del sofá y alguna silla, y caca detrás del ficus, se subió a la mesa y se comió sus salchichas. Satisfecho, volvió a los pies de don Ramón, que ante tanto caos se quedó paralizado, y se tumbó panza arriba para que le acariciara.
A partir de aquel momento la vida de don Ramón se volvió perfectamente imperfecta.

domingo, 14 de octubre de 2012

Bucle infinito

Llegamos a casa después de un largo viaje; hacía tanto frío como en nuestros corazones.
Mientras deshacíamos las maletas, dejamos que el calentador obrase el milagro. Poco a poco, los ánimos empezaron a avivarse, las risas resonaban acompañando miradas cómplices; el calor despertó ese algo adormecido que nos tenía tan callados.
La temperatura subía al mismo ritmo que nuestros cuerpos enardecidos reclamaban el contrario. Cuando el fervor se descontroló, la pasión empezó a entibiarse, a asfixiar nuestro hogar y el bochorno nos agarrotó de nuevo.
Apagamos el interruptor y decidimos abandonarnos una vez más al silencio esperando un nuevo reencuentro.