Un rincón para la palabra, el silencio, para todo aquello que nunca nos dijimos...
lunes, 29 de abril de 2013
jueves, 18 de abril de 2013
Autocontrol
Publicado por
Arioleta
—Buenas
tardes y bienvenidos al curso «Internet básico». Mi nombre es
Alicia —me presenté al grupo.
Siempre
comenzaba con la misma cantinela: los horarios, el control de
asistencia, un resumen de los contenidos y, a modo de chiste, la
distribución del centro. Era simple, muy simple. No había
recepción; la puerta daba directamente al aula. Allí, distribuidas
en filas y contra la pared en un extremo, se apiñaban las mesas. Al
otro lado, dos cuartos: un almacén y otro para los aparatos a la
espera de reparación. En este último, una puerta daba acceso al
baño.
—La
salida de emergencia es la misma por la que habéis entrado y si
alguien tiene alguna necesidad fisiológica urgente, el aseo está a
mi izquierda.
No
habían pasado ni diez minutos desde la introducción al primer tema
cuando empecé a sentir retorcijones.
—Esto
ha sido la salsa de soja —pensé haciendo un repaso mental del menú
del restaurante chino.
Hablaba
del desarrollo de las Nuevas Tecnologías en los últimos años
mientras la agitación de mi estómago evolucionaba a un ritmo más
acelerado que el propio Internet. Traté de disimular los rugidos
subiendo el tono de voz. Las ventajas del uso de estas herramientas
en la vida diaria parecieron calmar algo las molestias, pero al
abordar los inconvenientes vino lo peor. Desde el primer uso
inadecuado hasta llegar a los fraudes, el malestar se fue
intensificando. El dolor era tal que de vez en cuando tenía que
sentarme en el pico de mi mesa para disimular cada encogimiento. Di
paso a los alumnos invitándolos a participar en un debate
improvisado acerca de la cuestión que nos ocupaba. Necesitaba
descansar. Intenté controlar la respiración en un vano intento de
aliviar mi sufrimiento, pero no hice más que empeorar la situación.
Empecé a sudar profusamente. Un calor abrasador me recorría desde
el bajo vientre hasta la cabeza.
—Si
no os importa, voy a poner un ratito el aire acondicionado —disimulé
mis intenciones.
Moderé
el debate como pude, intentando mediar entre cada intervención y mi
ansiedad. Cuando empezaron a acabarse las ideas, ofrecí hacer un
descanso de quince minutos. Lo necesitaba de forma apremiante.
Imaginé el agua fresca en la nuca y casi sentí consuelo. Al primer
paso hacia el baño, se acercó una muchacha.
—Alicia,
¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí,
claro —mentí, no estaba lo suficientemente concentrada ni para dar
la hora.
—Verás,
al acceder a Windows me sale un ventana avisando de un error de
nosequé
y se apaga solo.
—¿No
podrías especificar un poco más? —le dije mirando hacia la puerta
del aseo.
Ella
hablaba sin parar; no recuerdo nada de lo que decía.
—Intenta
apuntar el mensaje que te da y mañana me lo dices. Así, sin verlo,
no puedo darte una respuesta.
Había
pasado el cuarto de hora más largo de mi vida. Todos habían vuelto
a su asiento y por delante me quedaba otra hora y media de clase. El
frío en el aula parecía hacer efecto. Dejé de sudar, pero empecé
a sentir escalofríos. Recordé entonces lo que siempre decía mi
madre: «Antes de salir de viaje hay que ir al baño». No pensaba ir
de crucero ni nada parecido, simplemente había venido a trabajar.
Ahora el chiste del principio ya no me parecía tan gracioso. Ahora
era yo la que tenía una necesidad fisiológica urgente. No creí
profesional interrumpir la clase, así que apreté mi esfínter todo
lo que pude.
De
los navegadores pasé al manejo de Google. Después de una breve
explicación de sus virtudes, propuse un par de ejercicios fáciles.
Tardaron poco en hacerlos, así que se me ocurrió uno más complejo
que les llevara el tiempo necesario para poder aligerar mi carga.
Pronto empezaron a surgir las dudas.
—Alicia,
¿puedes apagar el aire? Hace frío —solicitó un señor con el
mostacho manchado de café.
—¿Puedes
venir un momento? No sé dónde tengo que pinchar —me reclamó la
señora del fondo.
—Mi
ordenador va muy lento —se quejó el alumno más joven.
Volvieron
los retorcijones, los escalofríos se turnaban con los calores y mi
esfínter parecía empezar a perder fuerza.
miércoles, 3 de abril de 2013
El hombre descalzo
Publicado por
Arioleta
Los cordones se rompieron y fue a comprar otros. De eso hace ya varios días. Es posible que perdiera los zapatos y, con ellos, el camino de vuelta a casa. Debí pedirle que me comprara tabaco, por si vuelve que tenga una buena excusa por el retraso.
Capítulos 1 y 2
Publicado por
Arioleta
1.
Juraría que había oído golpes. Paré el secador y bajé el volumen de la radio, pero no sentí nada. Sonaba «Déjame», de Los Secretos, cuando terminé. Fui al dormitorio, sobre la cama tenía estirado el vestido de flores. Miré el reloj: las nueve y cuarto. Aún tenía un rato para terminar de arreglarme. Me entretuve buscando una chaqueta en el armario. Cuando cerraba la puerta del mueble, sonó el timbre. ¿Quién será? Anudé el cinturón de la bata y fui hacia la entrada. Reconocí a Laura, mi vecina de arriba, a través de la mirilla. Abrí la puerta. Empujó y entró con prisa cerrando con cuidado de no hacer ruido. Apagó la luz del hall.
Juraría que había oído golpes. Paré el secador y bajé el volumen de la radio, pero no sentí nada. Sonaba «Déjame», de Los Secretos, cuando terminé. Fui al dormitorio, sobre la cama tenía estirado el vestido de flores. Miré el reloj: las nueve y cuarto. Aún tenía un rato para terminar de arreglarme. Me entretuve buscando una chaqueta en el armario. Cuando cerraba la puerta del mueble, sonó el timbre. ¿Quién será? Anudé el cinturón de la bata y fui hacia la entrada. Reconocí a Laura, mi vecina de arriba, a través de la mirilla. Abrí la puerta. Empujó y entró con prisa cerrando con cuidado de no hacer ruido. Apagó la luz del hall.
–Pero, ¿qué haces? –le pregunté sorprendida.
–No digas nada –me susurró.
Laura se echó a llorar. Despedía olor a sudor mezclado con sangre.
La escasa luz que llegaba del salón me permitió ver su cara: sobre
su ojo derecho, un brecha abierta y, en el otro, un cardenal antiguo.
Llevaba la camisa rasgada.
–¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado?
Puso su mano temblorosa sobre mi boca pidiendo silencio.
–Vamos, hay que limpiar esa herida.
Al pasar al baño se detuvo frente al espejo. Limpió la sangre que
caía por su mejilla con la manga. Le acerqué el taburete y la
invité a sentarse.
–Déjame que te vea ¿Qué ha pasado? –le pregunté mientras
tomaba su barbilla.
–Casi me mata. He aprovechado un despiste para salir corriendo
–balbuceó.
–¿Dónde están tus hijos? Deberíamos llamar a la policía.
–Están en casa de mi madre. ¡Por favor, no llames! –exclamó.
–Deja, al menos, que te cure.
Asintió sin decir palabra. Miré el reloj: las nueve y media
pasadas.
–Has quedado, ¿verdad? Déjalo, me voy –dijo haciendo ademán
de levantarse.
–No te preocupes, no es importante. Te preparo un baño y te
relajas. Ve quitándote la ropa, voy a buscarte algo limpio.
Recogí el vestido, ya tendría otra ocasión para estrenarlo. Saqué
un chándal para Laura y volví con ella. No pude evitar mi cara de
asombro al verla desnuda de cintura para arriba, con la espalda
marcada de cicatrices y moraduras. Parecía más pequeña de lo que
era. Al darse cuenta de mi presencia, tomó una toalla y se cubrió.
El timbre volvió a sonar. Eran las diez en punto. Ambas nos miramos
conteniendo la respiración.
2.
«Un hombre condenado por maltrato mata a su hija y se suicida. Con este son tres los crímenes cometidos durante Semana Santa...». Cambié de dial, no me gusta oír ese tipo de noticias, menos cuando hay menores de por medio. Recogí la cocina oyendo Kiss FM. Alekos Rubio comentaba algo sobre un comprador anónimo que había pagado un dineral por un álbum firmado por los Beatles. ¡Menuda pasta! El tío debe ser un friki y estar podrido de dinero, con la mitad me conformaba.
2.
«Un hombre condenado por maltrato mata a su hija y se suicida. Con este son tres los crímenes cometidos durante Semana Santa...». Cambié de dial, no me gusta oír ese tipo de noticias, menos cuando hay menores de por medio. Recogí la cocina oyendo Kiss FM. Alekos Rubio comentaba algo sobre un comprador anónimo que había pagado un dineral por un álbum firmado por los Beatles. ¡Menuda pasta! El tío debe ser un friki y estar podrido de dinero, con la mitad me conformaba.
Terminaba de colocar los cacharros secos cuando oí llorar al bebé
a través del intercomunicador. Fui a su habitación. El pequeño se
rebullía en la cuna y chupaba con ahínco su puño derecho, era su
hora de comer.
–¿Ya te has despertado, Iván? Ven aquí, gordo –le dije
cariñosamente mientras lo tomaba en brazos.
Sonrió agradecido y se abrazó a mi cuello. Me gustó la sensación.
Volví a la cocina con el niño y lo senté en la trona mientras
calentaba la papilla. La comida transcurrió entre cucharadas por
papá, mamá y los abuelos, la última la reservaría para mí. Hacia
la mitad del plato sonó mi móvil.
–Hola Bea, ¿qué haces? –me preguntó Rubén.
–Estoy dándole de comer al gordito. En cuanto llegue su madre me
voy para casa.
–¿Te apetece que vayamos al cine esta noche?
–¿Siguen poniendo «El lado bueno de las cosas»? Me apetece
mucho verla.
–Lo miro y ya te digo. Te recojo a las diez en casa, ¿vale?
–Genial, ya tengo una excusa para estrenar el vestido que me
regaló mi hermana.
Rubén se despidió con un beso, como hacía siempre, pero nunca se
atrevía a dármelo en persona. Era lo más parecido a un novio que
había tenido, pero ninguno de los dos dábamos el paso.
La programación musical hizo una pausa para emitir un boletín
informativo: «En la madrugada del domingo, un hombre mató
presuntamente a su hija de seis años y después se suicidó en
Campillos, Málaga. El padre, de 32 años...». Ya estamos otra vez.
Volví a cambiar el dial.
–¡Y esta por Beatriz! –invité a Iván para terminar la comida.
En la radio sonaba «Déjame», de los hermanos Urquijo. Tarareé la
canción para distraer al pequeño.
lunes, 1 de abril de 2013
Un despiste como otro cualquiera
Publicado por
Arioleta
Cuando era pequeño mi padre me enseñó a lanzar la caña, a montar en bicicleta y a buscar espárragos. Pero olvidó algo importante: jamás me dijo «te quiero».
miércoles, 6 de febrero de 2013
La indecisión
Publicado por
Arioleta
―¡Espera! ¿Estás completamente seguro? ―la advertencia del padre martilleó su cabeza.
―No quiero pensarlo de nuevo, dudaría. Déjame hacerlo ―el hombre dejaba caer las palabras de su boca arrítmicamente.
―No cometas mi mismo error.
―No quiero pensarlo de nuevo, dudaría. Déjame hacerlo ―el hombre dejaba caer las palabras de su boca arrítmicamente.
―No cometas mi mismo error.
martes, 5 de febrero de 2013
Secuencia III-IV (corrección)
Publicado por
Arioleta
III - IV
El día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró, en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo pasaréis genial».
Tomaron un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita.
–Te dije que invitaba yo –le recordó el muchacho.
La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán.
–Espero que hayan disfrutado de la cena –guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse.
Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Te dije que invitaba yo –le recordó el muchacho.
La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán.
–Espero que hayan disfrutado de la cena –guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse.
Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Espera, tengo algo para ti –le pidió Elías.
Sacó de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y abrió la tapa.
–Elena, cásate conmigo –le pidió ilusionado.
Ella se quedó sin palabras. Él sacó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo índice.
–Te queda perfecto.
Apartaron las copas y se besaron con cariño.
–Bueno, ¿qué me dices? ¿Aceptas?
–¿Acaso puedo negarme? –Ambos rieron ilusionados y volvieron a besarse bajo la atenta mirada de la camarera que les dio la enhorabuena cuando se marchaban.
Volvieron a casa dando un paseo, entre arrumacos y constantes muestras de cariño.
Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas para celebrar el compromiso. Bebieron y rieron recordando viejos tiempos, esperanzados por los que estaban por venir. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. El cuerpo le pedía a gritos entregarse a la pasión, pero su mente le jugó una mala pasa. Los recuerdos volvieron como una ráfaga.
–Te queda perfecto.
Apartaron las copas y se besaron con cariño.
–Bueno, ¿qué me dices? ¿Aceptas?
–¿Acaso puedo negarme? –Ambos rieron ilusionados y volvieron a besarse bajo la atenta mirada de la camarera que les dio la enhorabuena cuando se marchaban.
Volvieron a casa dando un paseo, entre arrumacos y constantes muestras de cariño.
Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas para celebrar el compromiso. Bebieron y rieron recordando viejos tiempos, esperanzados por los que estaban por venir. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. El cuerpo le pedía a gritos entregarse a la pasión, pero su mente le jugó una mala pasa. Los recuerdos volvieron como una ráfaga.
–Ahora no –dijo Elena.
Elías hizo un movimiento negativo con la cabeza y soltó un suspiro.
Elías hizo un movimiento negativo con la cabeza y soltó un suspiro.
–Espera, necesito, dame un segundo.
Ella se levantó y fue al baño. Se refrescó la cara y se miró al espejo.
–Olvídalo de una vez. Elías no es él, ni tú aquella niña tonta –reflexionó el voz alta.
–¿Estás bien? –preguntó el novio desde la habitación.
Elena sacó el neceser el bolso y se retocó el maquillaje. Se entretuvo unos minutos más.
Elías permanecía sentado sobre el colchón, esperándola, repasando lo que había pasado, intentando encontrar el momento en el que había fallado. Para su sorpresa, ella apareció por la puerta. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–Olvídalo de una vez. Elías no es él, ni tú aquella niña tonta –reflexionó el voz alta.
–¿Estás bien? –preguntó el novio desde la habitación.
Elena sacó el neceser el bolso y se retocó el maquillaje. Se entretuvo unos minutos más.
Elías permanecía sentado sobre el colchón, esperándola, repasando lo que había pasado, intentando encontrar el momento en el que había fallado. Para su sorpresa, ella apareció por la puerta. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–No te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.
Secuencia II (corrección)
Publicado por
Arioleta
II
A media mañana recibió un whatsapp de su novio, Elías: «Tenemos que hablar, pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora». No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le preocupaba. Ya habían hablado del tema en más de una ocasión. Él echaba de menos la falta de detalles, necesitaba entenderla mejor, quería ayudarla pero no sabía cómo. Ella, lo contaba como una anécdota casi olvidada, pero sus ojos la delataban siempre.
Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo forzando así una charla más corta de lo que él desearía. Al entrar al piso, dejó los libros sobre la silla que hacía de mesilla improvisada y colgó el abrigo en el único brazo útil del perchero. Al llegar a la cocina, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. En el fregadero, junto a los cacharros utilizados para hacer la pasta, esperaban aún los del desayuno y la cena de la noche anterior. La sartén todavía humeaba.
–Coge lo que quieras, he hecho comida de sobra –comentó Elías sin levantarse de la mesa.
Elena tomó un plato del escurridor y se sirvió una ración escueta, con la salsa fue más generosa.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo forzando así una charla más corta de lo que él desearía. Al entrar al piso, dejó los libros sobre la silla que hacía de mesilla improvisada y colgó el abrigo en el único brazo útil del perchero. Al llegar a la cocina, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. En el fregadero, junto a los cacharros utilizados para hacer la pasta, esperaban aún los del desayuno y la cena de la noche anterior. La sartén todavía humeaba.
–Coge lo que quieras, he hecho comida de sobra –comentó Elías sin levantarse de la mesa.
Elena tomó un plato del escurridor y se sirvió una ración escueta, con la salsa fue más generosa.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final.
–¿Cuándo empiezas las prácticas?
–No tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que querías hablar? –preguntó mientras se sentaba a su lado.
–Sabes perfectamente que no.
De nuevo la misma historia: el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de excusas para evitar acabar en la cama. Él hacía alarde de una inmensa paciencia.
–¿Tienes que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te haya escapado –preguntó el novio.
–Ya te lo conté en su día –dijo ella sin apartar la mirada del plato.
Sintió un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se quedaba paralizada. el mero hecho de desear a alguien, de despertar su sexo, la hacia odiarse a sí misma. Sentía miedo, no quería pasar por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su reacción. Se levantó para dejar el plato en la encimera y volvió a la mesa. Se acercó a ella.
–Vamos cariño, no pasa nada –le dijo con cariño.
Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Vamos cariño, no pasa nada –le dijo con cariño.
Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Te quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un favor, confía en mí.
Elena le miró a los ojos.
–Primero tengo que aprender a confiar en mí misma.
–Primero tengo que aprender a confiar en mí misma.
Secuencia I (corrección)
Publicado por
Arioleta
I
–Ya sabes dónde está la puerta –le dijo Pablo molesto con la reacción de Elena.
Le habló con el mismo tono con el que pediría un café en el bar, sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete. Su actitud chulesca contrastaba con la inquietud de la muchacha.
Le habló con el mismo tono con el que pediría un café en el bar, sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete. Su actitud chulesca contrastaba con la inquietud de la muchacha.
–¿Me dejas el encendedor? –habló de nuevo.
Ella siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención. Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el anticuado dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas. Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas, intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en el suelo marcando la alfombrilla. Ella deseó que la pequeña quemadura en la tela prendiera, que el chico ardiera por su pecado.
–¿Nos vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso. Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error, el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años, él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?
miércoles, 30 de enero de 2013
Trabajando con secuencias...
Publicado por
Arioleta
I
«Ya
sabes dónde está la puerta». Le dijo con el mismo tono con el que
pediría un café en el bar. Sin sentimiento alguno. Solo se movió
para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos
y sacó un cigarro del paquete.
–¿Me
dejas el encendedor? –le dijo a Elena.
Ella
siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención.
Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía
notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de
noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El
olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el
dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas.
Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la
calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar
el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín
que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un
azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué
haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos
nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena
se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas,
intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más
fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en
el suelo. Ella deseó que ardiera.
–¿Nos
vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena
no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso.
Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho
resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió
a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error,
el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años,
él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían
llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le
gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se
dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la
vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?
II
A
media mañana recibió un whatsapp de Elías: «Tenemos que hablar,
pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora».
No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le
preocupaba a su novio. Se presentó en su casa después de la última
clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo
lo que pudo, así la charla sería corta. Al entrar, el olor a salsa
cuatro quesos despertó su apetito. Cuando llegó a la cocina, vio
una pila de cacharros en el fregadero y la sartén todavía humeando.
Elías estaba sentado a la mesa terminando su plato. Al lado, había
preparado uno para ella.
–Perdona
que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía
una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final e
iban a repasar conceptos importantes.
–¿Cuándo
empiezas las prácticas?
–No
tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que
querías hablar? –preguntó mientras dejaba la mochila en el suelo
y se sentaba a su lado.
–Sabes
perfectamente que no...
Siempre
la misma historia desde el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se
quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses
saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes
besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que
siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de
excusas para evitar acabar en la cama.
–¿Tienes
que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te
haya escapado –preguntó el novio.
–Ya
te lo conté en su día –dijo ella sin mirarle a los ojos.
Sintió
un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se
quedaba paralizada, se odiaba por desear. Y otra vez el miedo a pasar
por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su
reacción. Se levantó y se acercó a ella. «Vamos cariño, no pasa
nada», le dijo con cariño. Elena se abrazó a él y comenzó a
llorar.
–Te
quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo
sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un
favor, confía en mí.
Elena
le miró a los ojos. «Primero tengo que aprender a confiar en mí
misma».
III
El
día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un
restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró,
en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica
con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo
pasaréis genial».
Tomaron
un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la
cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita: «Te dije que
invitaba yo». La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos
copas de champán. «Espero que hayan disfrutado de la cena», guiñó
cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse. Elena tomó
la copa y se la acercó a la boca.
–Espera,
tengo algo para ti –le pidió su novio.
Sacó
de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y
abrió la tapa.
–Elena,
cásate conmigo.
Se
quedó sin palabras. Elías sacó el anillo de la caja y se lo puso
en el dedo índice. «Te queda perfecto».
Volvieron
a casa dando un paseo, disfrutando de la noche madrileña. Cuando
llegaron, se sirvieron una par de copas. Bebieron y rieron. El
alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a
los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en
mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó
la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados.
La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera
de su vestido. Ella le detuvo. Aún conservaba el puntito de cordura
que ponía freno a su pasión.
–Ahora
no... –Elías desesperó.
–Necesito,
dame solo un segundo.
Ella
se levantó y fue al baño. Él se quedó sentado sobre el colchón,
repasando lo que había pasado hasta el momento, intentando encontrar
el momento donde había fallado. Elena apareció por la puerta de
nuevo. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que
dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora
prometido.
–No
te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías
la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.
jueves, 17 de enero de 2013
El testamento
Publicado por
Arioleta
–¿Por qué siempre es
tu hermano el que organiza las reuniones? –susurró Elena
disgustada al oído de su marido.
–Cállate, te van a oír
y no tengo ganas de discutir con nadie –le recriminó Lorenzo
acomodándose en el sofá de cuero recién estrenado.
–Buenas tardes, ¿queréis
tomar un café? –ofreció Lola, la cuñadísima, como Elena
la llamaba, mientras dejaba sobre la mesita una bandeja con la
cafetera y un par de tazas.
–¿A qué viene tanto
misterio? ¿Dónde está mi hermano? –preguntó Lorenzo sujetándose
las rodillas un tanto impaciente.
–Aquí estoy –dijo
Antonio, entrando por la puerta seguido por Isabel, la pequeña de
mis tres vástagos.
Transcurridos unos
minutos, todos los miembros de mi familia se sentaron en torno al
café recién servido y las últimas pastas navideñas. El primero en
tomar la palabra fue el mayor. Antonio, siempre tan templado, tan
cabal, hizo el anuncio del hallazgo de mi testamento. Lorenzo se hizo
el sorprendido a pesar de que le advertí de mis intenciones el día
que murió su padre, y su mujer, correcta como pocas, halagó mi buen
hacer con una sonrisa forzada. La única que no abrió la boca fue mi
pequeña. Supongo que no quería dar motivos a nadie; desde bien
joven siempre fue una «rebelde sin causa», como le gustaba llamarse
a sí misma y en estos tres años no había aparecido por casa salvo
para pedirme dinero. Me dio gusto verlos a todos reunidos,
probablemente por última vez en sus vidas, y mucho más después de
conocer mis deseos póstumos. Casi me arrepentía de ciertas
decisiones y más después de comprobar lo bien que lo habían
organizado todo: el velatorio, la misa, las flores... ¡Hasta
plañideras profesionales habían contratado! No me quedó otro
remedio que hacer un trato con el Todopoderoso para retrasar mi
acceso al Paraíso donde me esperaba pacientemente mi esposo. Quería
despedirme a lo grande de mis hijos estando «presente» en la
lectura de mi testamento.
–¿Testamento? ¿Contrató
a un abogado? No creo que hiciera falta y más después de habernos
hecho cargo de ella durante todo este tiempo –Elena daba por
sentado que le correspondía más que al resto.
–No te pongas medallas
antes de tiempo que todos sabemos que vuestro cariño tenía
condiciones –contestó con malicia Lola.
La discusión estaba
servida. No pasó ni un minuto cuando ambas mujeres empezaron a sacar
todo tipo de trapos sucios. Para sorpresa de todos, la que puso orden
fue Isabel.
–¿Por qué no os
calláis? A mí me interesa saber cuáles fueron los últimos deseos
de mi madre.
–Será la primera vez en
mucho tiempo que te interesas por ella y no por su dinero –comentó
Elena llevándose la taza a la boca.
–Cariño, cállate,
anda –le repitió su marido sin ocultar su malestar.
Haciendo oídos sordos a
mi nuera, Lorenzo abrió el sobre donde rezaba «Mi testamento. Léase
en presencia de todos mis hijos, a ser posible una vez que haya
muerto». Me senté a su lado, sobre el brazo del sofá, y leí al
mismo tiempo:
«Queridos hijos:
Seré breve, tampoco hay
mucho que repartir, pero antes de ir a lo que os interesa, quiero
dejaros unas palabras de lo que a mí me interesa y nadie tuvo la
amabilidad de preguntar. Estoy orgullosa de vosotros».
Lorenzo hizo una pausa y
sonrió satisfecho, todos lo hicieron, como si lo que acababa de leer
fuera una verdad absoluta.
«Sois buenas personas,
mejores profesionales e inmejorables padres de familia...».
–Lo siento Isabel, en
ese párrafo no te incluye –interrumpió de nuevo Elena con sorna
mientras su marido le daba un codazo con poco disimulo.
–¿Puedo continuar?
«En fin, que me alegra
haberos conocido. Concluyo diciendo lo que estaréis deseando oír.
Dejo todos mis bienes a Isabel».
Lorenzo paró en seco, yo
empecé a reír. Obviamente no podían oírme. Mis nueras reanudaron
la discusión y mis hijos se unieron indignados. Isabel permaneció
callada. Me acerqué a ella y le acaricié el pelo, siempre me gustó
ese olor a recién lavado. Intentó intervenir, pero los ánimos
estaban demasiado caldeados y decidió marcharse. Cogió la chaqueta
raída que remendaba en cada una de sus visitas y se fue sin decir
adiós. Antes de salir de la casa, se miró al espejo. Comprobamos el
extraordinario parecido que teníamos: los ojos y esa sonrisa pícara.
«Mis hermanos no van a cambiar nunca y sus mujeres... ¡Menudas
víboras! Mi madre sabrá lo que se hacía al tomar esa decisión».
domingo, 6 de enero de 2013
La lluvia
Publicado por
Arioleta
Te hablaré de la lluvia lejana,
de la que empapaba mi aliento
y adormecía el alma.
Era una lluvia discreta, silenciosa,
lenta como el tiempo.
Permanecía a mi lado en perpetua compañía,
en otoño eterno.
Hasta que amaneció.
Cada gota tiene un destino, un fin último.
Quizá fuera despertar los sentidos,
quizá limpiar los latidos.
Calando hasta los huesos
despertó mi corazón dormido.
Se abrieron puertas desconocidas,
ocultas entre las goteras de la tristeza
y se mostró el mundo.
Te hablaré de la lluvia de primavera,
la que embriaga los sentidos
y aviva los aturdidos sentimientos
del letargo de la melancolía.
En la tímida caída respetando los espacios
que nos unen y nos separan,
me recuerdan a cada paso
que estoy, que sigo viva.
Vuelven a revolverse las mariposas
tintando los verdes campos de azules
entre amapolas encendidas de pasión,
amarillos girasol indicando el camino
y al final... Al final te encuentro.
«¿Dónde has estado todo este tiempo?
Deja el paraguas y camina conmigo,
la llovizna será nuestro sino».
jueves, 20 de diciembre de 2012
miércoles, 19 de diciembre de 2012
La silla de ruedas
Publicado por
Arioleta
Oí
a la muchacha llamando a su perra, sabía que estaban cerca. «Muy
bien Lola, junto». Se aproximaba hasta a nosotros, podía oír sus
pasos y al animal jadeando detrás de ella, exhausta tras la carrera.
Al llegar a nuestra a altura insistió, como tantas otras veces, en
el saludo educado con una sonrisa inocente: «Buenos días». Esta
vez le respondí, su insistencia lo merecía. Nos adelantó unos
metros y al llegar al borde de la acera, ordenó a Lola que se
sentara; la perra obedeció y se quedó mirándola, esperando una
recompensa. No pude contener la risa, me recordó los tiempos en los
que iba de caza de con mi padre y, a su silbido, todos los podencos
corrían hacia nosotros, quedándose inmóviles, esperando, como
ella, algo que echarse a la boca. La muchacha se volvió y me sonrió;
no podía saber lo que pasaba por mi cabeza, pero parecía satisfecha
del resultado de su orden. Mi sonrisa era su recompensa.
Aproveché
su siguiente mandato: «Cruza», para pedirle a Sara que tomara el
andador y se incorporara. No me hizo caso, siempre la excusa del
cansancio. «Cariño, haz un esfuerzo», le insistí. Miró hacia el
otro lado despreciando mis palabras. Detestaba esa actitud. «¡He
dicho que te levantes de una maldita vez!». Mis palabras resonaron
por todo el paseo. La muchacha, ya en la otra acera, se volvió
sorprendida. Sara se levantó rechinando los dientes. Retiré la
silla y me senté, necesitaba meditar un segundo. «Camina, solo unos
pasos», le dije. Avanzó con dificultad, esbozando maldiciones en
cada movimiento. Y la odié, tanto como cada día a esta misma hora,
en este mismo lugar.
La
mirada de la chica, aún fija en mí, denotaba cierta inquietud. Su
prudencia la mantenía alejada. Le puso la correa al animal y antes
de seguir su camino, me miró y parpadeó despacio. No me gustó
aquel gesto, detestaba inspirar lástima. La rabia en mis manos
arrancó la carrera de las ruedas y me dirigí como un loco hacia la
carretera. No miré. El sonido del claxon, los gritos de mi mujer y
los insultos del conductor que había reaccionado a tiempo hicieron
levantar el vuelo de las pocas perdices del descampado que Lola había
dejado en paz. Desde el otro extremo de la calle, la muchacha me
miraba sorprendida y Sara insistía en que volviera a su lado:
«Vuelve, no aguanto más tiempo de pie».
miércoles, 5 de diciembre de 2012
El jardín secreto
Publicado por
Arioleta
Las dos pequeñas hurgaban bajo la capa de pintura que se levantaba
hacia la mitad de la escalera. Eli arrancaba los pétalos de una de
las margarita que acababan de descubrir. Las risas parecían disipar
la tristeza del manto gris que lo cubría todo. Entre el último «me
quiere, no me quiere», la abuela apareció clavando su bastón en el
suelo con severidad. El golpe resonó por todos los rincones, hasta
la virgen de la Merced se encogió de hombros. Silencio, solo el eco
que se extendía como un alud descontrolado.
–¿Qué hacéis ahí? ¡Responded ahora mismo! –gritó Caridad.
Las niñas no dijeron nada, se quedaron atrapadas por el miedo,
uniendo sus manos para protegerse. La abuela insistió con más
dureza. Los escalones se congelaban a medida que su voz ascendía por
la escalera.
–¿Os he dicho que qué hacéis ahí? ¿Acaso no tenéis lengua?
¿No os ha enseñado vuestra madre a obedecer? ¡Responded ahora
mismo, he dicho!
–No... Nosotras sólo jugábamos con las flores.
–¡Qué flores ni qué ocho cuartos! Bajad aquí ahora mismo, os
voy a dar un buen azote por estropear la pintura.
María no lo pensó dos veces, salió corriendo hacia arriba
buscando la protección de su madre. No controló su impulsó y Eli,
aún amarrada a su ramo de margaritas, perdió el equilibrio y cayó
escaleras abajo. Según descendía, su pequeño cuerpo iba
envolviéndose del polvo mortecino. Caridad, que hasta entonces no
había movido ni un músculo de su cuerpo, echó mano de su rosario y
empezó a rezar. De nuevo el silencio. La quietud dio paso al
desasosiego. María empezó a chillar. La abuela esperó a terminar
su plegaria. Eli no se movía. La madre apareció en el piso de
arriba y al ver a su pequeña inerte, corrió escaleras abajo.
–¡Caridad, haga algo por Dios! Salga a pedir ayuda –dijo
mientras cogía a su hija entre sus brazos y la mecía.
La abuela soltó el bastón y se dirigió al despacho. Repasó una
vez más la caja de puros. «No ha pasado nada, no ha pasado
nada...», decía mientras sobre su mejilla derramaba una única
lágrima.
La abuela
Publicado por
Arioleta
Cada vez que Caridad entraba en la casa hasta las ratas contenían el
aliento. Cerraba de un portazo para avisar de su llegada. El ritual
de costumbre: sacar su viejo rosario y rezar ante la imagen de la
patrona una de las mil plegarias que se sabía. Lo hacía en voz
baja, con cierta musicalidad, y sin levantar la mirada del suelo. Al
acabar, se persignaba a toda velocidad y volvía a guardar el rosario
en un bolsillo interior de su uniforme de luto. Después se dirigía
al despacho y tomaba el bastón de su difunto marido a modo de
báculo. No le hacía falta para caminar, a pesar de su avanzada edad
mantenía su físico tan rígido como su carácter; solo era la señal
de que la que mandaba allí era ella. Antes de salir de la
habitación, abría la caja de Cohibas que había en la esquina de la
mesa de oficina y repasaba el número de puros para asegurarse de que
nadie había tocado donde no debía. Guardaba los puros que un
antiguo socio le regaló a su marido Rafael como si fueran un tesoro,
pero el abuelo nuncó llegó a fumarse ninguno.
La casa
Publicado por
Arioleta
La casa vieja y destartalada era una cicatriz en el calle principal
de Herencia. La herida, siempre abierta, permanecía en el interior.
La autoridad con la que la abuela gobernaba la casa y a todos sus
habitantes se hacía patente en cada rincón. «Austeridad» era su
palabra favorita. No había adornos ni cuadros colgados, ni siquiera
fotografías o retratos. Un manto grisáceo lo cubría todo, el polvo
era el único ornamento. Jamás se cambió nada desde que se abrieron
sus puertas y se cerraron sus ventanas, los muebles comidos por la
carcoma pedían auxilio a gritos, la anea de las sillas descubría
sus hojas secas como venas muertas, no había calefacción ni agua
corriente. Se respiraba frío de forma constante, quien entraba a la
casa no volvía a ser el mismo. Un detalle escapaba a la mirada
severa de la matriarca: el papel pintado que en el algún momento
lució en las paredes intentaba escapar a imperfectas manos de
pintura. Las pequeñas florecillas impresas, muchas marchitas,
asomaban tímidamente invitándome cada vez que bajaba las escaleras
a descubrir el jardín oculto.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
La bata de seda
Publicado por
Arioleta
Antes de abrir la
puerta del dormitorio percibí la mezcla de sudor y semen. Lo supe.
Dudé si continuar, pero mi cuerpo ya estaba dentro. Sobre la cama
yacían mi marido y su amante. El joven imberbe tomaba su cadera con
ambas manos y se lanzaba sobre él con ímpetu. El gritito que dejé
escapar no desconcentró a la pareja, pero llamó la atención del
muchacho. Sin dejar su tarea, me miró con media sonrisa invitándome
a participar del momento. Mi respiración se agitó al mismo ritmo
que sus embestidas iniciando una lucha interna entre mi lascivia y mi
vergüenza. En ese instante, vino a mi memoria el día en que mi
madre y yo descubrimos a mi padre follándose a la doncella sobre la
mesa de la cocina. Aún era pequeña para entender lo que pasaba.
Ella no hizo nada, ni parpadeó, solo agarró mi mano con fuerza y me
dijo al oído: «Jamás permitas algo así». Desperté del recuerdo
cuando el tomador gimió escandalosamente. Eyaculó sobre las sábanas
bordadas y le odié todavía más. Salí de la habitación sin prisa.
Las palabras de mi madre resonaban por el pasillo mientras me dirigía
a la cocina. Me preparé un café y esperé, no sé exactamente qué.
El amante apareció envuelto en mi bata de seda. «Dime por qué».
Él se colocó a mi espalda y rozó mi falda con su sexo. «Mejor
pregúntate por dónde». Tomó mi taza y volvió al dormitorio.
A los pocos días casi todo había vuelto a la normalidad. Las sábanas volvían a lucir sus bordados inmaculados y la habitación había recuperado el olor a matrimonio tradicional. Pero nosotros ya no éramos los mismos. Volvimos a compartir la mesa y la cama, pero apenas nos rozábamos. No cruzábamos palabra. Había decidido castigarlo con indiferencia mientras decidía qué hacer con mi vida. Seguía queriéndole, pero estaba confundida. Realmente lo deseaba, o quizá quería desearlo con la misma intensidad con la que su amante lo tomó. Habían pasado muchos años. La rutina, el cansancio y los años habían hecho mella en nuestra relación. Estaba convencida de que cuando nuestra hija se independizara, todo volvería a ser como antes. No fue así, nos distanciamos aún más. Justificaba su desliz a la vez que trataba de odiarlo, pero no podía. Pensaba constantemente en la ocasión en que mi jefe me abordó en su despacho y desabrochó mi blusa mientras me besaba profusamente. Repasaba aquel momento arrepintiéndome de haberle rechazado. Ahora deseaba haber sido yo quien le engañara con otro.
Otra vez las dudas. «Él no me ha engañado con una mujer, sino con un hombre». ¿Acaso no fui capaz de darle lo que necesitaba? ¿Se habría cansado de mí? Para cualquier otra sería causa más que suficiente para terminar con la relación. Recordé a mi madre y su petición, pero yo no era ella, no era cualquier mujer. Y luego estaba él, el amante y su conclusión: «Pregúntate por dónde». Le daba vueltas a estas y a otras muchas ideas. Jamás podré admitir una homosexualidad latente, si acaso bisexualidad. ¿Lo habría hecho antes? ¿Con cuántos más? Me di cuenta de que mi indiferencia era más mi castigo. Empecé a necesitar hablar con él, que me aclarara las razones, pero me avergonzaba el mero hecho de plantearle la conversación. Después de mucho pensarlo, opté por convertirme en lo que él deseaba.
A la tarde siguiente pedí hora en el salón de belleza. «Córtame el pelo bien corto, a lo chico, pero con gracia». La peluquera me miró con extrañeza y comenzó a cortar. Lloré mientras veía caer mechón a mechón la melena que había cuidado durante tanto tiempo. Cuando terminó, me ofreció un espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo».
Al salir me dirigí a la calle Montera. Nadie me había recomendado la tienda, la busqué por internet. En la esquina anterior saqué las gafas de sol y me escondí tras ellas; me avergonzaba lo que pudieran pensar de mí. Nadie me miró, nadie se dio cuenta. Entré en el sexshop. Simulando seguridad, pedí un pene con arnés. Sabía perfectamente lo que quería. El dependiente me enseñó varios modelos. Me explicaba al detalle todas ventajas de composición y diseño mientras la gente entraba y salía sin prestar atención. Cuando sacó el producto que elegí con la excusa de hacer una demostración de uso, empecé a sudar. «No hace falta, gracias». El hombre se dio cuenta y sin añadir más, volvió a guardar el aparato en su caja cuidadosamente. «¿Quiere que se lo envuelva para regalo?». Adiviné la ironía y sonreí negando con la cabeza. «El lubricante se lo regalo». Pagué en efectivo y me marché a toda prisa.
Llegué a casa antes que mi marido. Preparé el baño y esparcí en el fondo sus sales favoritas. Con cuidado, rasuré todo el vello de mi cuerpo. Al terminar, vendé mi pecho comprimiendo las tetas todo lo posible. Me miré al espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo...». Fui al dormitorio y abrí la cama. Saqué la compra de la bolsa del sexshop. Dejé el lubricante sobre la mesilla y desembalé el pene con mimo. Me coloqué el arnés siguiendo las instrucciones. Al acabar, metí la caja en la bolsa y la escondí dentro del armario. Justo en ese instante oí la puerta. Finalmente, tomé la bata de seda y me dirigí hacia donde él estaba. Apoyado sobre la barra de la cocina, justo en el mismo sitio donde me abordó su amante, removía la cucharilla de su café. Me coloqué a su espalda y le susurré al oído: «¿Por dónde?»
A los pocos días casi todo había vuelto a la normalidad. Las sábanas volvían a lucir sus bordados inmaculados y la habitación había recuperado el olor a matrimonio tradicional. Pero nosotros ya no éramos los mismos. Volvimos a compartir la mesa y la cama, pero apenas nos rozábamos. No cruzábamos palabra. Había decidido castigarlo con indiferencia mientras decidía qué hacer con mi vida. Seguía queriéndole, pero estaba confundida. Realmente lo deseaba, o quizá quería desearlo con la misma intensidad con la que su amante lo tomó. Habían pasado muchos años. La rutina, el cansancio y los años habían hecho mella en nuestra relación. Estaba convencida de que cuando nuestra hija se independizara, todo volvería a ser como antes. No fue así, nos distanciamos aún más. Justificaba su desliz a la vez que trataba de odiarlo, pero no podía. Pensaba constantemente en la ocasión en que mi jefe me abordó en su despacho y desabrochó mi blusa mientras me besaba profusamente. Repasaba aquel momento arrepintiéndome de haberle rechazado. Ahora deseaba haber sido yo quien le engañara con otro.
Otra vez las dudas. «Él no me ha engañado con una mujer, sino con un hombre». ¿Acaso no fui capaz de darle lo que necesitaba? ¿Se habría cansado de mí? Para cualquier otra sería causa más que suficiente para terminar con la relación. Recordé a mi madre y su petición, pero yo no era ella, no era cualquier mujer. Y luego estaba él, el amante y su conclusión: «Pregúntate por dónde». Le daba vueltas a estas y a otras muchas ideas. Jamás podré admitir una homosexualidad latente, si acaso bisexualidad. ¿Lo habría hecho antes? ¿Con cuántos más? Me di cuenta de que mi indiferencia era más mi castigo. Empecé a necesitar hablar con él, que me aclarara las razones, pero me avergonzaba el mero hecho de plantearle la conversación. Después de mucho pensarlo, opté por convertirme en lo que él deseaba.
A la tarde siguiente pedí hora en el salón de belleza. «Córtame el pelo bien corto, a lo chico, pero con gracia». La peluquera me miró con extrañeza y comenzó a cortar. Lloré mientras veía caer mechón a mechón la melena que había cuidado durante tanto tiempo. Cuando terminó, me ofreció un espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo».
Al salir me dirigí a la calle Montera. Nadie me había recomendado la tienda, la busqué por internet. En la esquina anterior saqué las gafas de sol y me escondí tras ellas; me avergonzaba lo que pudieran pensar de mí. Nadie me miró, nadie se dio cuenta. Entré en el sexshop. Simulando seguridad, pedí un pene con arnés. Sabía perfectamente lo que quería. El dependiente me enseñó varios modelos. Me explicaba al detalle todas ventajas de composición y diseño mientras la gente entraba y salía sin prestar atención. Cuando sacó el producto que elegí con la excusa de hacer una demostración de uso, empecé a sudar. «No hace falta, gracias». El hombre se dio cuenta y sin añadir más, volvió a guardar el aparato en su caja cuidadosamente. «¿Quiere que se lo envuelva para regalo?». Adiviné la ironía y sonreí negando con la cabeza. «El lubricante se lo regalo». Pagué en efectivo y me marché a toda prisa.
Llegué a casa antes que mi marido. Preparé el baño y esparcí en el fondo sus sales favoritas. Con cuidado, rasuré todo el vello de mi cuerpo. Al terminar, vendé mi pecho comprimiendo las tetas todo lo posible. Me miré al espejo. «Sigo siendo yo, sigo siendo yo...». Fui al dormitorio y abrí la cama. Saqué la compra de la bolsa del sexshop. Dejé el lubricante sobre la mesilla y desembalé el pene con mimo. Me coloqué el arnés siguiendo las instrucciones. Al acabar, metí la caja en la bolsa y la escondí dentro del armario. Justo en ese instante oí la puerta. Finalmente, tomé la bata de seda y me dirigí hacia donde él estaba. Apoyado sobre la barra de la cocina, justo en el mismo sitio donde me abordó su amante, removía la cucharilla de su café. Me coloqué a su espalda y le susurré al oído: «¿Por dónde?»
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