lunes, 6 de mayo de 2013

La condena


Se despertó con el ruido de la puerta. Su carcelera echó dos vueltas de llave y se marchó. Pudo oír sus pasos alejándose por el pasillo. Suspiró. Aún estaba en la cama. Su celda estaba a oscuras. No estaba seguro de si era de día o de noche. Se incorporó y encendió la lamparilla. En la mesita había una nota en la que rezaba:
«Me voy a comprar, vuelvo en seguida. Procura comer algo.
Un beso. Tu madre»
Sobre la bandeja, una taza de café humeante, un par de sobaos y la colección de calmantes. Tomó las pastillas y las masticó con desgana. Tragó su escueto desayuno ayudándose de un sorbo de café. Se sentó y buscó las zapatillas con los pies. El frío del suelo le hizo encoger los dedos. Abrió el cajón del mueble y sacó una navajilla. Tiró de la uña y desplegó la hoja. Una vez más sintió la tentación de acabar con su vida. La condena se le hacía insoportable, pero era demasiado cobarde. En un lateral de la caja hizo una marca, una diagonal que cruzó cuatro muescas. «Veinticinco días», contó.
Su cuerpo entumecido necesitaba tiempo para tomar conciencia de cada uno de sus miembros. Cogió uno de los bizcochos y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Cuando reunió las fuerzas necesarias, se levantó y se dirigió lentamente hacia la ventana. Al llegar, abrió e inspiró con fuerza. El olor a hierba recién cortada del parque de enfrente chocó inevitablemente con la pestilencia que despedía. Sintió cierta paz, una libertad insignificante que le alivió durante unos segundos. Sacó el sobao y lo deshizo desperdigando las migas por el quicio. Esperaba la visita de un gorrión, cualquiera que quisiera convertirse en su compañero. Le hubiera gustado parecerse a Burt Lancaster, pero nunca fue un galán ni le gustó la gimnasia, prefería el sofá y una buena cerveza fría para pasar las tardes.
Volvió a respirar con la misma intensidad. Esta vez notó los minúsculos granos de polen atravesándole como proyectiles. El dolor borró su recién estrenado sosiego. Tosió. Tosió con tanta fuerza que acabó vomitando sobre los geranios. Las flores tintadas de un amarillo pálido se apagaron. Sintió más pena por ellas que por sí mismo. Cerró la cristalera y bajó la persiana dejando solo un palmo de luz. Se despidió con tristeza del día regresando a su encierro.
El ambiente volvió a hacerse pesado. «Demasiado tiempo recluido», pensó. Volvió a su cama arrastrando los pies. Las zapatillas ajadas, a modo de grilletes, hacían su paso lento y torpe. Se sentó en el borde, junto a la mesilla, y encendió un cigarro. El humo se movía caprichoso a su alrededor. Buscó su reflejo en el espejo del armario. El pelo desaliñado y la barba descuidada le hacían parecer mayor. Le costaba enfocar; su vista, intoxicada por el tratamiento, le engañaba borrando las primeras arrugas de su cara. Parecía encoger por momentos. Sabía que estaba condenado a muerte. Con cada calada hacía un esfuerzo por cambiar el gesto: pasó de la sonrisa al llanto, de la calma a la sorpresa, del enfado a la felicidad; pero ninguna le convencía. Con la última chupada, dibujó un aro y trató de atravesarlo; quiso ser Alicia atravesando la puerta al País de las Maravillas. Esperó pero no ocurrió nada. Cuando sintió el calor en la yema de sus dedos, apagó la colilla en el cenicero y se recostó.
Estaba incómodo. Las finas sábanas aplastaban sus heridas. Ninguna postura le reconfortaba. Miró el despertador: las once en punto. Esta vez la medicación tardaba en hacer efecto. A pesar de notar la somnolencia, no era capaz de conciliar el sueño. El picor se hizó molesto. Se levantó de nuevo intentando huir de esa sensación.
Solo le hicieron falta un par de pasos para encontrarse otra vez con su imagen. Apenas se reconocía. «Das asco. Si Paula te viera así, se iría una y mil veces más», susurró. Examinó de arriba a abajo al extraño en el que se había convertido. Las rayas de su pijama eran los barrotes de su celda. Las dos piezas almidonadas de sudor le rozaban provocando un dolor insoportable. El cuello, que permanecía perfectamente planchado, cortaba su respiración. Podía notar los puños de las mangas cortando sus muñecas como cuchillas. Sintió un calor agobiante. Necesitaba una ducha de agua fría. Comenzó a desnudarse desabrochando primero el pie de la camisa evitando rozar las úlceras y siguió despacio con cada ojal. Al llegar a la altura del bolsillo, descansó su mano derecha sobre el corazón que latía cada vez con menos fuerza. «Cualquier día de estos te concedo el tercer grado», bromeó. En una maniobra bien coordinada, consiguió deshacerse de la prenda dejándola caer sin mirar. Al contacto con el suelo, rebotó un ruido metálico, casi ensordecedor. A pesar de las quejas cuando estrenó el pantalón, nadie hizo nada por aliviar el martirio que para él suponían las costuras que parecían estar cosidas con hilo de pescar. Lo bajó con cuidado. La goma del pantalón había marcado el perímetro de su cintura igual que el código de un preso. En la zona más castigada, la entrepierna, las heridas escocían a conciencia. Pronunció su nombre en alto un par de veces: «Francisco Javier, Francisco Javier»; quería comprobar si su timbre había variado. Se sintió como un castrati.
Lloró como un niño al contemplar su cuerpo huesudo en la penumbra de su prisión. De camino al baño que había en su dormitorio, maldijo su cadena perpetua.

lunes, 29 de abril de 2013

jueves, 18 de abril de 2013

Autocontrol

—Buenas tardes y bienvenidos al curso «Internet básico». Mi nombre es Alicia —me presenté al grupo.
Siempre comenzaba con la misma cantinela: los horarios, el control de asistencia, un resumen de los contenidos y, a modo de chiste, la distribución del centro. Era simple, muy simple. No había recepción; la puerta daba directamente al aula. Allí, distribuidas en filas y contra la pared en un extremo, se apiñaban las mesas. Al otro lado, dos cuartos: un almacén y otro para los aparatos a la espera de reparación. En este último, una puerta daba acceso al baño.
—La salida de emergencia es la misma por la que habéis entrado y si alguien tiene alguna necesidad fisiológica urgente, el aseo está a mi izquierda.
No habían pasado ni diez minutos desde la introducción al primer tema cuando empecé a sentir retorcijones.
—Esto ha sido la salsa de soja —pensé haciendo un repaso mental del menú del restaurante chino.
Hablaba del desarrollo de las Nuevas Tecnologías en los últimos años mientras la agitación de mi estómago evolucionaba a un ritmo más acelerado que el propio Internet. Traté de disimular los rugidos subiendo el tono de voz. Las ventajas del uso de estas herramientas en la vida diaria parecieron calmar algo las molestias, pero al abordar los inconvenientes vino lo peor. Desde el primer uso inadecuado hasta llegar a los fraudes, el malestar se fue intensificando. El dolor era tal que de vez en cuando tenía que sentarme en el pico de mi mesa para disimular cada encogimiento. Di paso a los alumnos invitándolos a participar en un debate improvisado acerca de la cuestión que nos ocupaba. Necesitaba descansar. Intenté controlar la respiración en un vano intento de aliviar mi sufrimiento, pero no hice más que empeorar la situación. Empecé a sudar profusamente. Un calor abrasador me recorría desde el bajo vientre hasta la cabeza.
—Si no os importa, voy a poner un ratito el aire acondicionado —disimulé mis intenciones.
Moderé el debate como pude, intentando mediar entre cada intervención y mi ansiedad. Cuando empezaron a acabarse las ideas, ofrecí hacer un descanso de quince minutos. Lo necesitaba de forma apremiante. Imaginé el agua fresca en la nuca y casi sentí consuelo. Al primer paso hacia el baño, se acercó una muchacha.
—Alicia, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí, claro —mentí, no estaba lo suficientemente concentrada ni para dar la hora.
—Verás, al acceder a Windows me sale un ventana avisando de un error de nosequé y se apaga solo.
—¿No podrías especificar un poco más? —le dije mirando hacia la puerta del aseo.
Ella hablaba sin parar; no recuerdo nada de lo que decía.
—Intenta apuntar el mensaje que te da y mañana me lo dices. Así, sin verlo, no puedo darte una respuesta.
Había pasado el cuarto de hora más largo de mi vida. Todos habían vuelto a su asiento y por delante me quedaba otra hora y media de clase. El frío en el aula parecía hacer efecto. Dejé de sudar, pero empecé a sentir escalofríos. Recordé entonces lo que siempre decía mi madre: «Antes de salir de viaje hay que ir al baño». No pensaba ir de crucero ni nada parecido, simplemente había venido a trabajar. Ahora el chiste del principio ya no me parecía tan gracioso. Ahora era yo la que tenía una necesidad fisiológica urgente. No creí profesional interrumpir la clase, así que apreté mi esfínter todo lo que pude.
De los navegadores pasé al manejo de Google. Después de una breve explicación de sus virtudes, propuse un par de ejercicios fáciles. Tardaron poco en hacerlos, así que se me ocurrió uno más complejo que les llevara el tiempo necesario para poder aligerar mi carga. Pronto empezaron a surgir las dudas.
—Alicia, ¿puedes apagar el aire? Hace frío —solicitó un señor con el mostacho manchado de café.
—¿Puedes venir un momento? No sé dónde tengo que pinchar —me reclamó la señora del fondo.
—Mi ordenador va muy lento —se quejó el alumno más joven.
Volvieron los retorcijones, los escalofríos se turnaban con los calores y mi esfínter parecía empezar a perder fuerza.

miércoles, 3 de abril de 2013

El hombre descalzo

Los cordones se rompieron y fue a comprar otros. De eso hace ya varios días. Es posible que perdiera los zapatos y, con ellos, el camino de vuelta a casa. Debí pedirle que me comprara tabaco, por si vuelve que tenga una buena excusa por el retraso.

Jorge

Empezó con una palabra sin definir y fue creciendo hasta convertirse en el inicio de una historia con nombre propio que aún está por escribir.


Capítulos 1 y 2

1.
Juraría que había oído golpes. Paré el secador y bajé el volumen de la radio, pero no sentí nada. Sonaba «Déjame», de Los Secretos, cuando terminé. Fui al dormitorio, sobre la cama tenía estirado el vestido de flores. Miré el reloj: las nueve y cuarto. Aún tenía un rato para terminar de arreglarme. Me entretuve buscando una chaqueta en el armario. Cuando cerraba la puerta del mueble, sonó el timbre. ¿Quién será? Anudé el cinturón de la bata y fui hacia la entrada. Reconocí a Laura, mi vecina de arriba, a través de la mirilla. Abrí la puerta. Empujó y entró con prisa cerrando con cuidado de no hacer ruido. Apagó la luz del hall.
–Pero, ¿qué haces? –le pregunté sorprendida.
–No digas nada –me susurró.
Laura se echó a llorar. Despedía olor a sudor mezclado con sangre. La escasa luz que llegaba del salón me permitió ver su cara: sobre su ojo derecho, un brecha abierta y, en el otro, un cardenal antiguo. Llevaba la camisa rasgada.
–¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado?
Puso su mano temblorosa sobre mi boca pidiendo silencio.
–Vamos, hay que limpiar esa herida.
Al pasar al baño se detuvo frente al espejo. Limpió la sangre que caía por su mejilla con la manga. Le acerqué el taburete y la invité a sentarse.
–Déjame que te vea ¿Qué ha pasado? –le pregunté mientras tomaba su barbilla.
–Casi me mata. He aprovechado un despiste para salir corriendo –balbuceó.
–¿Dónde están tus hijos? Deberíamos llamar a la policía.
–Están en casa de mi madre. ¡Por favor, no llames! –exclamó.
–Deja, al menos, que te cure.
Asintió sin decir palabra. Miré el reloj: las nueve y media pasadas.
–Has quedado, ¿verdad? Déjalo, me voy –dijo haciendo ademán de levantarse.
–No te preocupes, no es importante. Te preparo un baño y te relajas. Ve quitándote la ropa, voy a buscarte algo limpio.
Recogí el vestido, ya tendría otra ocasión para estrenarlo. Saqué un chándal para Laura y volví con ella. No pude evitar mi cara de asombro al verla desnuda de cintura para arriba, con la espalda marcada de cicatrices y moraduras. Parecía más pequeña de lo que era. Al darse cuenta de mi presencia, tomó una toalla y se cubrió.
El timbre volvió a sonar. Eran las diez en punto. Ambas nos miramos conteniendo la respiración.

2.
«Un hombre condenado por maltrato mata a su hija y se suicida. Con este son tres los crímenes cometidos durante Semana Santa...». Cambié de dial, no me gusta oír ese tipo de noticias, menos cuando hay menores de por medio. Recogí la cocina oyendo Kiss FM. Alekos Rubio comentaba algo sobre un comprador anónimo que había pagado un dineral por un álbum firmado por los Beatles. ¡Menuda pasta! El tío debe ser un friki y estar podrido de dinero, con la mitad me conformaba.
Terminaba de colocar los cacharros secos cuando oí llorar al bebé a través del intercomunicador. Fui a su habitación. El pequeño se rebullía en la cuna y chupaba con ahínco su puño derecho, era su hora de comer.
–¿Ya te has despertado, Iván? Ven aquí, gordo –le dije cariñosamente mientras lo tomaba en brazos.
Sonrió agradecido y se abrazó a mi cuello. Me gustó la sensación. Volví a la cocina con el niño y lo senté en la trona mientras calentaba la papilla. La comida transcurrió entre cucharadas por papá, mamá y los abuelos, la última la reservaría para mí. Hacia la mitad del plato sonó mi móvil.
–Hola Bea, ¿qué haces? –me preguntó Rubén.
–Estoy dándole de comer al gordito. En cuanto llegue su madre me voy para casa.
–¿Te apetece que vayamos al cine esta noche?
–¿Siguen poniendo «El lado bueno de las cosas»? Me apetece mucho verla.
–Lo miro y ya te digo. Te recojo a las diez en casa, ¿vale?
–Genial, ya tengo una excusa para estrenar el vestido que me regaló mi hermana.
Rubén se despidió con un beso, como hacía siempre, pero nunca se atrevía a dármelo en persona. Era lo más parecido a un novio que había tenido, pero ninguno de los dos dábamos el paso.
La programación musical hizo una pausa para emitir un boletín informativo: «En la madrugada del domingo, un hombre mató presuntamente a su hija de seis años y después se suicidó en Campillos, Málaga. El padre, de 32 años...». Ya estamos otra vez. Volví a cambiar el dial.
–¡Y esta por Beatriz! –invité a Iván para terminar la comida.
En la radio sonaba «Déjame», de los hermanos Urquijo. Tarareé la canción para distraer al pequeño.

lunes, 1 de abril de 2013

Un despiste como otro cualquiera

Cuando era pequeño mi padre me enseñó a lanzar la caña, a montar en bicicleta y a buscar espárragos. Pero olvidó algo importante: jamás me dijo «te quiero».

miércoles, 6 de febrero de 2013

Camino

Camino entre brotes de silencio
en la búsqueda incesante
de cada momento, de cada instante.

La indecisión

―¡Espera! ¿Estás completamente seguro? ―la advertencia del padre martilleó su cabeza.
―No quiero pensarlo de nuevo, dudaría. Déjame hacerlo ―el hombre dejaba caer las palabras de su boca arrítmicamente.
―No cometas mi mismo error.

martes, 5 de febrero de 2013

Secuencia III-IV (corrección)

III - IV
El día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró, en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo pasaréis genial».
Tomaron un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita.
–Te dije que invitaba yo –le recordó el muchacho.
La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán.
–Espero que hayan disfrutado de la cena –guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse.
Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Espera, tengo algo para ti –le pidió Elías.
Sacó de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y abrió la tapa.
–Elena, cásate conmigo –le pidió ilusionado.
Ella se quedó sin palabras. Él sacó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo índice.
–Te queda perfecto.
Apartaron las copas y se besaron con cariño.
–Bueno, ¿qué me dices? ¿Aceptas?
–¿Acaso puedo negarme? –Ambos rieron ilusionados y volvieron a besarse bajo la atenta mirada de la camarera que les dio la enhorabuena cuando se marchaban.
Volvieron a casa dando un paseo, entre arrumacos y constantes muestras de cariño.

Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas para celebrar el compromiso. Bebieron y rieron recordando viejos tiempos, esperanzados por los que estaban por venir. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. El cuerpo le pedía a gritos entregarse a la pasión, pero su mente le jugó una mala pasa. Los recuerdos volvieron como una ráfaga.
–Ahora no –dijo Elena.
Elías hizo un movimiento negativo con la cabeza y soltó un suspiro.
–Espera, necesito, dame un segundo.
Ella se levantó y fue al baño. Se refrescó la cara y se miró al espejo.
–Olvídalo de una vez. Elías no es él, ni tú aquella niña tonta –reflexionó el voz alta.
–¿Estás bien? –preguntó el novio desde la habitación.
Elena sacó el neceser el bolso y se retocó el maquillaje. Se entretuvo unos minutos más.
Elías permanecía sentado sobre el colchón, esperándola, repasando lo que había pasado, intentando encontrar el momento en el que había fallado. Para su sorpresa, ella apareció por la puerta. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–No te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.

Secuencia II (corrección)

II
A media mañana recibió un whatsapp de su novio, Elías: «Tenemos que hablar, pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora». No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le preocupaba. Ya habían hablado del tema en más de una ocasión. Él echaba de menos la falta de detalles, necesitaba entenderla mejor, quería ayudarla pero no sabía cómo. Ella, lo contaba como una anécdota casi olvidada, pero sus ojos la delataban siempre.
Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo forzando así una charla más corta de lo que él desearía. Al entrar al piso, dejó los libros sobre la silla que hacía de mesilla improvisada y colgó el abrigo en el único brazo útil del perchero. Al llegar a la cocina, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. En el fregadero, junto a los cacharros utilizados para hacer la pasta, esperaban aún los del desayuno y la cena de la noche anterior. La sartén todavía humeaba.
–Coge lo que quieras, he hecho comida de sobra –comentó Elías sin levantarse de la mesa.
Elena tomó un plato del escurridor y se sirvió una ración escueta, con la salsa fue más generosa.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final.
–¿Cuándo empiezas las prácticas?
–No tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que querías hablar? –preguntó mientras se sentaba a su lado.
–Sabes perfectamente que no.
De nuevo la misma historia: el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de excusas para evitar acabar en la cama. Él hacía alarde de una inmensa paciencia.
–¿Tienes que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te haya escapado –preguntó el novio.
–Ya te lo conté en su día –dijo ella sin apartar la mirada del plato.
Sintió un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se quedaba paralizada. el mero hecho de desear a alguien, de despertar su sexo, la hacia odiarse a sí misma. Sentía miedo, no quería pasar por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su reacción. Se levantó para dejar el plato en la encimera y volvió a la mesa. Se acercó a ella.
–Vamos cariño, no pasa nada –le dijo con cariño.
Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Te quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un favor, confía en mí.
Elena le miró a los ojos.
–Primero tengo que aprender a confiar en mí misma.

Secuencia I (corrección)

I
–Ya sabes dónde está la puerta –le dijo Pablo molesto con la reacción de Elena.
Le habló con el mismo tono con el que pediría un café en el bar, sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete. Su actitud chulesca contrastaba con la inquietud de la muchacha.
–¿Me dejas el encendedor? –habló de nuevo.
Ella siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención. Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el anticuado dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas. Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas, intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en el suelo marcando la alfombrilla. Ella deseó que la pequeña quemadura en la tela prendiera, que el chico ardiera por su pecado.
–¿Nos vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso. Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error, el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años, él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?

miércoles, 30 de enero de 2013

Trabajando con secuencias...

I
«Ya sabes dónde está la puerta». Le dijo con el mismo tono con el que pediría un café en el bar. Sin sentimiento alguno. Solo se movió para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos y sacó un cigarro del paquete.
–¿Me dejas el encendedor? –le dijo a Elena.
Ella siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención. Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas. Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas, intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en el suelo. Ella deseó que ardiera.
–¿Nos vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso. Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error, el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años, él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?


II
A media mañana recibió un whatsapp de Elías: «Tenemos que hablar, pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora». No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le preocupaba a su novio. Se presentó en su casa después de la última clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo lo que pudo, así la charla sería corta. Al entrar, el olor a salsa cuatro quesos despertó su apetito. Cuando llegó a la cocina, vio una pila de cacharros en el fregadero y la sartén todavía humeando. Elías estaba sentado a la mesa terminando su plato. Al lado, había preparado uno para ella.
–Perdona que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final e iban a repasar conceptos importantes.
–¿Cuándo empiezas las prácticas?
–No tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que querías hablar? –preguntó mientras dejaba la mochila en el suelo y se sentaba a su lado.
–Sabes perfectamente que no...
Siempre la misma historia desde el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de excusas para evitar acabar en la cama.
–¿Tienes que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te haya escapado –preguntó el novio.
–Ya te lo conté en su día –dijo ella sin mirarle a los ojos.
Sintió un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se quedaba paralizada, se odiaba por desear. Y otra vez el miedo a pasar por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su reacción. Se levantó y se acercó a ella. «Vamos cariño, no pasa nada», le dijo con cariño. Elena se abrazó a él y comenzó a llorar.
–Te quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un favor, confía en mí.
Elena le miró a los ojos. «Primero tengo que aprender a confiar en mí misma».


III
El día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró, en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo pasaréis genial».
Tomaron un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita: «Te dije que invitaba yo». La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos copas de champán. «Espero que hayan disfrutado de la cena», guiñó cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse. Elena tomó la copa y se la acercó a la boca.
–Espera, tengo algo para ti –le pidió su novio.
Sacó de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y abrió la tapa.
–Elena, cásate conmigo.
Se quedó sin palabras. Elías sacó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo índice. «Te queda perfecto».
Volvieron a casa dando un paseo, disfrutando de la noche madrileña. Cuando llegaron, se sirvieron una par de copas. Bebieron y rieron. El alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados. La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera de su vestido. Ella le detuvo. Aún conservaba el puntito de cordura que ponía freno a su pasión.
–Ahora no... –Elías desesperó.
–Necesito, dame solo un segundo.
Ella se levantó y fue al baño. Él se quedó sentado sobre el colchón, repasando lo que había pasado hasta el momento, intentando encontrar el momento donde había fallado. Elena apareció por la puerta de nuevo. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora prometido.
–No te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.

jueves, 17 de enero de 2013

El testamento

–¿Por qué siempre es tu hermano el que organiza las reuniones? –susurró Elena disgustada al oído de su marido.
–Cállate, te van a oír y no tengo ganas de discutir con nadie –le recriminó Lorenzo acomodándose en el sofá de cuero recién estrenado.
–Buenas tardes, ¿queréis tomar un café? –ofreció Lola, la cuñadísima, como Elena la llamaba, mientras dejaba sobre la mesita una bandeja con la cafetera y un par de tazas.
–¿A qué viene tanto misterio? ¿Dónde está mi hermano? –preguntó Lorenzo sujetándose las rodillas un tanto impaciente.
–Aquí estoy –dijo Antonio, entrando por la puerta seguido por Isabel, la pequeña de mis tres vástagos.
Transcurridos unos minutos, todos los miembros de mi familia se sentaron en torno al café recién servido y las últimas pastas navideñas. El primero en tomar la palabra fue el mayor. Antonio, siempre tan templado, tan cabal, hizo el anuncio del hallazgo de mi testamento. Lorenzo se hizo el sorprendido a pesar de que le advertí de mis intenciones el día que murió su padre, y su mujer, correcta como pocas, halagó mi buen hacer con una sonrisa forzada. La única que no abrió la boca fue mi pequeña. Supongo que no quería dar motivos a nadie; desde bien joven siempre fue una «rebelde sin causa», como le gustaba llamarse a sí misma y en estos tres años no había aparecido por casa salvo para pedirme dinero. Me dio gusto verlos a todos reunidos, probablemente por última vez en sus vidas, y mucho más después de conocer mis deseos póstumos. Casi me arrepentía de ciertas decisiones y más después de comprobar lo bien que lo habían organizado todo: el velatorio, la misa, las flores... ¡Hasta plañideras profesionales habían contratado! No me quedó otro remedio que hacer un trato con el Todopoderoso para retrasar mi acceso al Paraíso donde me esperaba pacientemente mi esposo. Quería despedirme a lo grande de mis hijos estando «presente» en la lectura de mi testamento.
–¿Testamento? ¿Contrató a un abogado? No creo que hiciera falta y más después de habernos hecho cargo de ella durante todo este tiempo –Elena daba por sentado que le correspondía más que al resto.
–No te pongas medallas antes de tiempo que todos sabemos que vuestro cariño tenía condiciones –contestó con malicia Lola.
La discusión estaba servida. No pasó ni un minuto cuando ambas mujeres empezaron a sacar todo tipo de trapos sucios. Para sorpresa de todos, la que puso orden fue Isabel.
–¿Por qué no os calláis? A mí me interesa saber cuáles fueron los últimos deseos de mi madre.
–Será la primera vez en mucho tiempo que te interesas por ella y no por su dinero –comentó Elena llevándose la taza a la boca.
–Cariño, cállate, anda –le repitió su marido sin ocultar su malestar.
Haciendo oídos sordos a mi nuera, Lorenzo abrió el sobre donde rezaba «Mi testamento. Léase en presencia de todos mis hijos, a ser posible una vez que haya muerto». Me senté a su lado, sobre el brazo del sofá, y leí al mismo tiempo:
«Queridos hijos:
Seré breve, tampoco hay mucho que repartir, pero antes de ir a lo que os interesa, quiero dejaros unas palabras de lo que a mí me interesa y nadie tuvo la amabilidad de preguntar. Estoy orgullosa de vosotros».
Lorenzo hizo una pausa y sonrió satisfecho, todos lo hicieron, como si lo que acababa de leer fuera una verdad absoluta.
«Sois buenas personas, mejores profesionales e inmejorables padres de familia...».
–Lo siento Isabel, en ese párrafo no te incluye –interrumpió de nuevo Elena con sorna mientras su marido le daba un codazo con poco disimulo.
–¿Puedo continuar?
«En fin, que me alegra haberos conocido. Concluyo diciendo lo que estaréis deseando oír. Dejo todos mis bienes a Isabel».
Lorenzo paró en seco, yo empecé a reír. Obviamente no podían oírme. Mis nueras reanudaron la discusión y mis hijos se unieron indignados. Isabel permaneció callada. Me acerqué a ella y le acaricié el pelo, siempre me gustó ese olor a recién lavado. Intentó intervenir, pero los ánimos estaban demasiado caldeados y decidió marcharse. Cogió la chaqueta raída que remendaba en cada una de sus visitas y se fue sin decir adiós. Antes de salir de la casa, se miró al espejo. Comprobamos el extraordinario parecido que teníamos: los ojos y esa sonrisa pícara. «Mis hermanos no van a cambiar nunca y sus mujeres... ¡Menudas víboras! Mi madre sabrá lo que se hacía al tomar esa decisión».

domingo, 6 de enero de 2013

La lluvia

Te hablaré de la lluvia lejana,
de la que empapaba mi aliento
y adormecía el alma.
Era una lluvia discreta, silenciosa,
lenta como el tiempo.
Permanecía a mi lado en perpetua compañía,
en otoño eterno.
Hasta que amaneció.

Cada gota tiene un destino, un fin último.
Quizá fuera despertar los sentidos,
quizá limpiar los latidos.
Calando hasta los huesos
despertó mi corazón dormido.
Se abrieron puertas desconocidas,
ocultas entre las goteras de la tristeza
y se mostró el mundo.

Te hablaré de la lluvia de primavera,
la que embriaga los sentidos
y aviva los aturdidos sentimientos
del letargo de la melancolía.
En la tímida caída respetando los espacios
que nos unen y nos separan,
me recuerdan a cada paso
que estoy, que sigo viva.

Vuelven a revolverse las mariposas
tintando los verdes campos de azules
entre amapolas encendidas de pasión,
amarillos girasol indicando el camino
y al final... Al final te encuentro.
«¿Dónde has estado todo este tiempo?
Deja el paraguas y camina conmigo,
la llovizna será nuestro sino».

jueves, 20 de diciembre de 2012

Defectos

La mayoría de los hombres son perversos, por desgracia yo no le llego ni a la punta del zapato.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La silla de ruedas

Oí a la muchacha llamando a su perra, sabía que estaban cerca. «Muy bien Lola, junto». Se aproximaba hasta a nosotros, podía oír sus pasos y al animal jadeando detrás de ella, exhausta tras la carrera. Al llegar a nuestra a altura insistió, como tantas otras veces, en el saludo educado con una sonrisa inocente: «Buenos días». Esta vez le respondí, su insistencia lo merecía. Nos adelantó unos metros y al llegar al borde de la acera, ordenó a Lola que se sentara; la perra obedeció y se quedó mirándola, esperando una recompensa. No pude contener la risa, me recordó los tiempos en los que iba de caza de con mi padre y, a su silbido, todos los podencos corrían hacia nosotros, quedándose inmóviles, esperando, como ella, algo que echarse a la boca. La muchacha se volvió y me sonrió; no podía saber lo que pasaba por mi cabeza, pero parecía satisfecha del resultado de su orden. Mi sonrisa era su recompensa.
Aproveché su siguiente mandato: «Cruza», para pedirle a Sara que tomara el andador y se incorporara. No me hizo caso, siempre la excusa del cansancio. «Cariño, haz un esfuerzo», le insistí. Miró hacia el otro lado despreciando mis palabras. Detestaba esa actitud. «¡He dicho que te levantes de una maldita vez!». Mis palabras resonaron por todo el paseo. La muchacha, ya en la otra acera, se volvió sorprendida. Sara se levantó rechinando los dientes. Retiré la silla y me senté, necesitaba meditar un segundo. «Camina, solo unos pasos», le dije. Avanzó con dificultad, esbozando maldiciones en cada movimiento. Y la odié, tanto como cada día a esta misma hora, en este mismo lugar.
La mirada de la chica, aún fija en mí, denotaba cierta inquietud. Su prudencia la mantenía alejada. Le puso la correa al animal y antes de seguir su camino, me miró y parpadeó despacio. No me gustó aquel gesto, detestaba inspirar lástima. La rabia en mis manos arrancó la carrera de las ruedas y me dirigí como un loco hacia la carretera. No miré. El sonido del claxon, los gritos de mi mujer y los insultos del conductor que había reaccionado a tiempo hicieron levantar el vuelo de las pocas perdices del descampado que Lola había dejado en paz. Desde el otro extremo de la calle, la muchacha me miraba sorprendida y Sara insistía en que volviera a su lado: «Vuelve, no aguanto más tiempo de pie».

miércoles, 5 de diciembre de 2012

El jardín secreto

Las dos pequeñas hurgaban bajo la capa de pintura que se levantaba hacia la mitad de la escalera. Eli arrancaba los pétalos de una de las margarita que acababan de descubrir. Las risas parecían disipar la tristeza del manto gris que lo cubría todo. Entre el último «me quiere, no me quiere», la abuela apareció clavando su bastón en el suelo con severidad. El golpe resonó por todos los rincones, hasta la virgen de la Merced se encogió de hombros. Silencio, solo el eco que se extendía como un alud descontrolado.
–¿Qué hacéis ahí? ¡Responded ahora mismo! –gritó Caridad.
Las niñas no dijeron nada, se quedaron atrapadas por el miedo, uniendo sus manos para protegerse. La abuela insistió con más dureza. Los escalones se congelaban a medida que su voz ascendía por la escalera.
–¿Os he dicho que qué hacéis ahí? ¿Acaso no tenéis lengua? ¿No os ha enseñado vuestra madre a obedecer? ¡Responded ahora mismo, he dicho!
–No... Nosotras sólo jugábamos con las flores.
–¡Qué flores ni qué ocho cuartos! Bajad aquí ahora mismo, os voy a dar un buen azote por estropear la pintura.
María no lo pensó dos veces, salió corriendo hacia arriba buscando la protección de su madre. No controló su impulsó y Eli, aún amarrada a su ramo de margaritas, perdió el equilibrio y cayó escaleras abajo. Según descendía, su pequeño cuerpo iba envolviéndose del polvo mortecino. Caridad, que hasta entonces no había movido ni un músculo de su cuerpo, echó mano de su rosario y empezó a rezar. De nuevo el silencio. La quietud dio paso al desasosiego. María empezó a chillar. La abuela esperó a terminar su plegaria. Eli no se movía. La madre apareció en el piso de arriba y al ver a su pequeña inerte, corrió escaleras abajo.
–¡Caridad, haga algo por Dios! Salga a pedir ayuda –dijo mientras cogía a su hija entre sus brazos y la mecía.
La abuela soltó el bastón y se dirigió al despacho. Repasó una vez más la caja de puros. «No ha pasado nada, no ha pasado nada...», decía mientras sobre su mejilla derramaba una única lágrima.

La abuela

Cada vez que Caridad entraba en la casa hasta las ratas contenían el aliento. Cerraba de un portazo para avisar de su llegada. El ritual de costumbre: sacar su viejo rosario y rezar ante la imagen de la patrona una de las mil plegarias que se sabía. Lo hacía en voz baja, con cierta musicalidad, y sin levantar la mirada del suelo. Al acabar, se persignaba a toda velocidad y volvía a guardar el rosario en un bolsillo interior de su uniforme de luto. Después se dirigía al despacho y tomaba el bastón de su difunto marido a modo de báculo. No le hacía falta para caminar, a pesar de su avanzada edad mantenía su físico tan rígido como su carácter; solo era la señal de que la que mandaba allí era ella. Antes de salir de la habitación, abría la caja de Cohibas que había en la esquina de la mesa de oficina y repasaba el número de puros para asegurarse de que nadie había tocado donde no debía. Guardaba los puros que un antiguo socio le regaló a su marido Rafael como si fueran un tesoro, pero el abuelo nuncó llegó a fumarse ninguno.

La casa

La casa vieja y destartalada era una cicatriz en el calle principal de Herencia. La herida, siempre abierta, permanecía en el interior. La autoridad con la que la abuela gobernaba la casa y a todos sus habitantes se hacía patente en cada rincón. «Austeridad» era su palabra favorita. No había adornos ni cuadros colgados, ni siquiera fotografías o retratos. Un manto grisáceo lo cubría todo, el polvo era el único ornamento. Jamás se cambió nada desde que se abrieron sus puertas y se cerraron sus ventanas, los muebles comidos por la carcoma pedían auxilio a gritos, la anea de las sillas descubría sus hojas secas como venas muertas, no había calefacción ni agua corriente. Se respiraba frío de forma constante, quien entraba a la casa no volvía a ser el mismo. Un detalle escapaba a la mirada severa de la matriarca: el papel pintado que en el algún momento lució en las paredes intentaba escapar a imperfectas manos de pintura. Las pequeñas florecillas impresas, muchas marchitas, asomaban tímidamente invitándome cada vez que bajaba las escaleras a descubrir el jardín oculto.