Llegó, como casi siempre, después de trabajar, de tomarse unas cañas en el bar, de comer sus aperitivos y los de sus amigos, de tomar unas copas, de follarse a alguna puta, de, quizá, vomitar en el rellano, de maldecir por no encontrar el interruptor de la luz a la primera, de farfullar en la cocina, de entrar como un torbellino hasta llegar a nuestro dormitorio, de insultarme y golpearme por encontrar la cena fría…
Llegó sí, y después se arrojó por la ventana.
Llegó para nunca más volver.
Un rincón para la palabra, el silencio, para todo aquello que nunca nos dijimos...
jueves, 20 de marzo de 2014
domingo, 9 de febrero de 2014
En el cuerpo, en la memoria
Publicado por
Arioleta
Llevo tres días sintiendo una extraña sensación. Al principio era tan leve que apenas le di importancia, pero en cuestión de horas empezó a complicarse. Las molestias se hacían más vívidas y concentradas durante los sueños. Cuando empezó, traté de controlar sus efectos. Era un dolor agudo, con horribles punzadas que atravesaban solo mi parte derecha mientras la izquierda permanecía dormida. Podía notar cómo hacían reacción las drogas que no había tomado. En las peores pesadillas, miraba a uno y a otro lado y veía agujas clavadas en ambos brazos. Fiebre, escalofríos, la tensión descontrolada. Más drogas. Oía mi nombre a lo lejos y en esos momentos de mi propia ausencia, ya no sentía ni las bofetadas. Sabía que el perdón era necesario porque no me agredían sin razón; de mi consciencia dependían mi vida y la de él.
Sí, ahora recuerdo… Ahora sé el porqué de esta sensación. Miro el reloj. Aún me quedan algunas horas de lucha. De pronto, el miedo se ha disipado;sé cómo acaba la historia y no puedo dejar de sonreír. Lo único que no ha cambiado en estos casi 365 días es la asunción del peligro. Yo sigo aquí, él está con nosotros. Esta historia tiene un final feliz.
Sí, ahora recuerdo… Ahora sé el porqué de esta sensación. Miro el reloj. Aún me quedan algunas horas de lucha. De pronto, el miedo se ha disipado;sé cómo acaba la historia y no puedo dejar de sonreír. Lo único que no ha cambiado en estos casi 365 días es la asunción del peligro. Yo sigo aquí, él está con nosotros. Esta historia tiene un final feliz.miércoles, 5 de febrero de 2014
El incidente
Publicado por
Arioleta
Fue apenas un segundo; un escalofrío. Sentí el aguijón clavándose en mi nuca. Rápidamente me llevé la mano a la zona y de un manotazo hice desaparecer a mi agresor. Mi acompañante, sorprendido por el golpe que yo mismo me había asestado, me preguntó:
—¿Te pasa algo? —No, no sé. Creo que ha sido un mosquito.
—Debió ser uno grande —afirmó con cierta sorna.
—No sé el tamaño, pero cabrón…
Nos despedimos. Avancé sólo unos pasos; el escozor se hizo insoportable. Volví a llevar la mano a la nuca, esta vez con suavidad. No noté nada, ninguna hinchazón que delatara la embestida. Me quité la bufanda y dejé que el frío me consolara.
En el siguiente cruce, me paré a esperar el paso para los peatones. Una mujer se detuvo a mi lado. Detrás de ella, asomó una niña que no dejaba de observarme.
—Mamá, ese señor suena —le dijo a su madre con voz chillona.
La madre se acercó a mí y empezó a olisquearme.
—Dijo «suena», no «huele» —corregí su actitud.
—¿Disculpe? —se hizo la ofendida.
El semáforo empezó a sonar. Cruzamos a distinta velocidad para no coincidir, pero la pequeña insistió: «Ese señor suena, mami. Ese señor suena…». Si hubiera podido, le habría dado una buena bofetada, pero me sentía taaaan cansado. Fue entonces cuando, al ver mi reflejo en un escaparate, me di cuenta de que algo no iba bien. Caminé a paso lento observando cada parte de mi cuerpo. Perseguí mi imagen —o lo que quedaba de ella— a lo largo de la vitrina; al girar la esquina, en los último cinco metros de exposición, conseguí oír el sonido al que se refería la mocosa. Toqué con mi índice detrás del cuello y cuando la cadencia varió me di cuenta de que me estaba desinflando. Corrí hacia mi casa con las escasas fuerzas que me quedaban. Solo dos calles, solo dos. Poco antes de llegar a mi portal ya me había convertido en una alfombra.
En la plaza, justo delante del banco donde solía sentarme a leer el periódico los domingos, un vagabundo recogía mis restos, los estiraba aireando con fuerza mis extremidades y se envolvía conmigo para acostarse sobre su improvisada cama.
—¿Te pasa algo? —No, no sé. Creo que ha sido un mosquito.
—Debió ser uno grande —afirmó con cierta sorna.
—No sé el tamaño, pero cabrón…
Nos despedimos. Avancé sólo unos pasos; el escozor se hizo insoportable. Volví a llevar la mano a la nuca, esta vez con suavidad. No noté nada, ninguna hinchazón que delatara la embestida. Me quité la bufanda y dejé que el frío me consolara.
En el siguiente cruce, me paré a esperar el paso para los peatones. Una mujer se detuvo a mi lado. Detrás de ella, asomó una niña que no dejaba de observarme.
—Mamá, ese señor suena —le dijo a su madre con voz chillona.
La madre se acercó a mí y empezó a olisquearme.
—Dijo «suena», no «huele» —corregí su actitud.
—¿Disculpe? —se hizo la ofendida.
El semáforo empezó a sonar. Cruzamos a distinta velocidad para no coincidir, pero la pequeña insistió: «Ese señor suena, mami. Ese señor suena…». Si hubiera podido, le habría dado una buena bofetada, pero me sentía taaaan cansado. Fue entonces cuando, al ver mi reflejo en un escaparate, me di cuenta de que algo no iba bien. Caminé a paso lento observando cada parte de mi cuerpo. Perseguí mi imagen —o lo que quedaba de ella— a lo largo de la vitrina; al girar la esquina, en los último cinco metros de exposición, conseguí oír el sonido al que se refería la mocosa. Toqué con mi índice detrás del cuello y cuando la cadencia varió me di cuenta de que me estaba desinflando. Corrí hacia mi casa con las escasas fuerzas que me quedaban. Solo dos calles, solo dos. Poco antes de llegar a mi portal ya me había convertido en una alfombra.
En la plaza, justo delante del banco donde solía sentarme a leer el periódico los domingos, un vagabundo recogía mis restos, los estiraba aireando con fuerza mis extremidades y se envolvía conmigo para acostarse sobre su improvisada cama.
viernes, 20 de diciembre de 2013
El elegido
Publicado por
Arioleta
La reunión estaba convocada a las cinco de la tarde. Algunos se retrasaron; hacía mucho frío y daba pereza venir hasta tan lejos sólo para discutir algo que podía resolverse al día siguiente, pero Fran, «el Jefe», se empeñó en que había que zanjar el asunto cuanto antes. Cuando estuvimos todos, se propuso una ronda de intervenciones donde cada uno expondría su solución. La decisión que había que tomar era importante. Llevábamos ya varios días inmersos en aquel terrible proyecto que odiaba profundamente. Sentados en torno a la improvisada mesa de despacho, no pasamos de la primera propuesta; empezamos a discutir y a alzar las voces. Cuando Álvaro y Pedro llegaron a las manos, Fran puso fin a la discusión.
—¡Basta ya! ¡Parecéis nenazas! —gritó con fuerza.
Callamos. Volvimos a tomar asiento. El vaho que exhalábamos avisaba que se acercaba la noche, casi podía notarse cómo bajaba la temperatura a cada momento. Miré el reloj, eran casi las seis.
—Hay que cerrar esto ya. Uno de nosotros lo hará —afirmó con seguridad Fran.
Nos miramos a los ojos. Nuestra mirada delataba el miedo que sentíamos.
Buscábamos al elegido evitando ser nosotros mismos. Acabamos centrándonos en «el Jefe». Él era el más fuerte, el más decidido; al final siempre era quien tomaba las decisiones, nos gustaran o no.
—Yo no puedo hacerlo; bastante responsabilidad tengo con elegir al encargado.
—Eso no es justo, todo esto lo iniciaste tú —le recriminó Ángel.
—¿Perdona? Yo no os obligué a seguirme, estáis aquí porque queréis —respondió Fran amenazante.
—Es cierto, pero seguir con el «proyecto», como tú lo llamas, es despreciable y malvado. Debimos dejarlo pasar —comenté.
El ambiente empezaba a calentarse de nuevo. En cierto modo temíamos su reacción; más que un jefe, era un dictador. Ángel y yo habíamos osado replicarle, ya estábamos hartos de obedecer sus estúpidas órdenes, más aún cuando llegaban a ser crueles. El resto nos observaba desde la barrera, expectantes. Después de un largo minuto de silencio, Fran volvió a ordenar:
—¿Dejarlo pasar? Es un experimento. Ensayo y error, así es como se aprende todo en la vida. Nosotros, todos, empezamos esto y todos debemos acabarlo.
—¿No dijiste que sería uno solo? —pregunté. En qué momento se me ocurriría…
—Llevas razón. Serás tú.
—¿Yo? ¿Por qué yo? Has dicho que lo acabaríamos entre todos.
—¿Estamos todos de acuerdo en que sea Óscar el elegido? —preguntó ignorando mi respuesta.
—Sí, es el mejor candidato. Por favor, que sea rápido, queremos volver a casa —respondieron al unísono Álvaro y Pedro sin dudarlo.
Ángel no dijo nada. Me miró con una inmensa tristeza y afirmó sin pronunciar palabra. Estaba decidido, yo era el elegido. Fran me acercó un palo.
—Debes hacerlo ahora.
—Apenas hay luz. Mañana lo haré —dije soltando la madera.
—No. Debe ser ahora —ordenó «el Jefe» volviendo a colocarme el arma en la mano.
Miré a mis amigos buscando ayuda, pero se habían transformado. Ya no había opiniones contrarias, nadie que cuestionara la autoridad. Esperaban impacientes a que cumpliera con mi deber.
—Chicos, no puedo. Yo… No puedo —rompí a llorar.
—¡Eres un puto cobarde! ¡Dame eso, yo mismo lo haré! —dijo Fran mientras me empujaba.
Me arrancó el palo y fue hasta el animal que permanecía inmóvil, acurrucado sobre un cartón. Detrás de él, le siguieron los demás. Ángel se acercó y me ayudó a levantarme.
—Si no lo detienes, lo matará, lo sabes.
—¡No! ¡Espera! ¡Fran, lo haré! ¡Lo haré yo! —corrí desesperado.
—Así me gusta. Te hemos elegido todos, cumple como un hombre.
Le odié como nunca antes lo había hecho.
Volví a coger el arma. Me tomé mi tiempo. Ya se había hecho de noche; buscaba la oscuridad como aliada. Ángel se marchó poniendo una excusa estúpida; sabía que no podría soportarlo. Los demás sacaron el móvil y alumbraron el rincón. Me acerqué al perro que, moribundo, me lanzó una mirada suplicante. No necesitaba más agresiones. Su escuálido cuerpo sólo buscaba consuelo, algo que echarse a la boca. Sentí más pena por mí que por él.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? —azuzó Fran.
Levanté el palo con todas mis fuerzas. Una idea cruzó mi mente: cuanto antes acabe con su sufrimiento, mejor para todos. Me volví hacia mis amigos.
—¡Venga Óscar, que nos queremos ir a merendar!
¿Merendar? Estaban allí quietos, mirando, esperando a que matara a aquel pobre animal indefenso. ¿Cómo se puede ser espectador de tan macabra visión y pensar en comida? No sé bien quién se llevó el primer golpe. Recuerdo que se mezclaron mis lanzadas con los haces de luz que despedían los teléfonos. Hubo gritos y llantos. Salieron corriendo despavoridos. Dejé caer el palo. Me senté en el suelo, derrotado por el cansancio, intentando recuperar el aliento. Saqué el móvil del bolsillo para iluminar la escena. El animal permanecía tumbado. El teléfono empezó a sonar. Vi mi rostro reflejado sobre la pantalla y detrás, la foto de mi madre mirándome a los ojos.
—Cariño, ¿dónde estás? Tu padre y yo vamos a salir a hacer unos recados. ¿Llevas llaves?
—Sí, no te preocupes.
—No vuelvas tarde.
—Mamá, ¿dónde guardas las mantas viejas?
—¿Por qué?
—Tengo un proyecto. Luego en casa te lo enseño.
—¡Basta ya! ¡Parecéis nenazas! —gritó con fuerza.
Callamos. Volvimos a tomar asiento. El vaho que exhalábamos avisaba que se acercaba la noche, casi podía notarse cómo bajaba la temperatura a cada momento. Miré el reloj, eran casi las seis.
—Hay que cerrar esto ya. Uno de nosotros lo hará —afirmó con seguridad Fran.
Nos miramos a los ojos. Nuestra mirada delataba el miedo que sentíamos.
Buscábamos al elegido evitando ser nosotros mismos. Acabamos centrándonos en «el Jefe». Él era el más fuerte, el más decidido; al final siempre era quien tomaba las decisiones, nos gustaran o no.
—Yo no puedo hacerlo; bastante responsabilidad tengo con elegir al encargado.
—Eso no es justo, todo esto lo iniciaste tú —le recriminó Ángel.
—¿Perdona? Yo no os obligué a seguirme, estáis aquí porque queréis —respondió Fran amenazante.
—Es cierto, pero seguir con el «proyecto», como tú lo llamas, es despreciable y malvado. Debimos dejarlo pasar —comenté.
El ambiente empezaba a calentarse de nuevo. En cierto modo temíamos su reacción; más que un jefe, era un dictador. Ángel y yo habíamos osado replicarle, ya estábamos hartos de obedecer sus estúpidas órdenes, más aún cuando llegaban a ser crueles. El resto nos observaba desde la barrera, expectantes. Después de un largo minuto de silencio, Fran volvió a ordenar:
—¿Dejarlo pasar? Es un experimento. Ensayo y error, así es como se aprende todo en la vida. Nosotros, todos, empezamos esto y todos debemos acabarlo.
—¿No dijiste que sería uno solo? —pregunté. En qué momento se me ocurriría…
—Llevas razón. Serás tú.
—¿Yo? ¿Por qué yo? Has dicho que lo acabaríamos entre todos.
—¿Estamos todos de acuerdo en que sea Óscar el elegido? —preguntó ignorando mi respuesta.
—Sí, es el mejor candidato. Por favor, que sea rápido, queremos volver a casa —respondieron al unísono Álvaro y Pedro sin dudarlo.
Ángel no dijo nada. Me miró con una inmensa tristeza y afirmó sin pronunciar palabra. Estaba decidido, yo era el elegido. Fran me acercó un palo.
—Debes hacerlo ahora.
—Apenas hay luz. Mañana lo haré —dije soltando la madera.
—No. Debe ser ahora —ordenó «el Jefe» volviendo a colocarme el arma en la mano.
Miré a mis amigos buscando ayuda, pero se habían transformado. Ya no había opiniones contrarias, nadie que cuestionara la autoridad. Esperaban impacientes a que cumpliera con mi deber.
—Chicos, no puedo. Yo… No puedo —rompí a llorar.
—¡Eres un puto cobarde! ¡Dame eso, yo mismo lo haré! —dijo Fran mientras me empujaba.
Me arrancó el palo y fue hasta el animal que permanecía inmóvil, acurrucado sobre un cartón. Detrás de él, le siguieron los demás. Ángel se acercó y me ayudó a levantarme.
—Si no lo detienes, lo matará, lo sabes.
—¡No! ¡Espera! ¡Fran, lo haré! ¡Lo haré yo! —corrí desesperado.
—Así me gusta. Te hemos elegido todos, cumple como un hombre.
Le odié como nunca antes lo había hecho.
Volví a coger el arma. Me tomé mi tiempo. Ya se había hecho de noche; buscaba la oscuridad como aliada. Ángel se marchó poniendo una excusa estúpida; sabía que no podría soportarlo. Los demás sacaron el móvil y alumbraron el rincón. Me acerqué al perro que, moribundo, me lanzó una mirada suplicante. No necesitaba más agresiones. Su escuálido cuerpo sólo buscaba consuelo, algo que echarse a la boca. Sentí más pena por mí que por él.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? —azuzó Fran.
Levanté el palo con todas mis fuerzas. Una idea cruzó mi mente: cuanto antes acabe con su sufrimiento, mejor para todos. Me volví hacia mis amigos.
—¡Venga Óscar, que nos queremos ir a merendar!
¿Merendar? Estaban allí quietos, mirando, esperando a que matara a aquel pobre animal indefenso. ¿Cómo se puede ser espectador de tan macabra visión y pensar en comida? No sé bien quién se llevó el primer golpe. Recuerdo que se mezclaron mis lanzadas con los haces de luz que despedían los teléfonos. Hubo gritos y llantos. Salieron corriendo despavoridos. Dejé caer el palo. Me senté en el suelo, derrotado por el cansancio, intentando recuperar el aliento. Saqué el móvil del bolsillo para iluminar la escena. El animal permanecía tumbado. El teléfono empezó a sonar. Vi mi rostro reflejado sobre la pantalla y detrás, la foto de mi madre mirándome a los ojos.
—Cariño, ¿dónde estás? Tu padre y yo vamos a salir a hacer unos recados. ¿Llevas llaves?
—Sí, no te preocupes.
—No vuelvas tarde.
—Mamá, ¿dónde guardas las mantas viejas?
—¿Por qué?
—Tengo un proyecto. Luego en casa te lo enseño.
jueves, 19 de diciembre de 2013
jueves, 28 de noviembre de 2013
La ceguera
Publicado por
Arioleta
Desde pequeña tenía la manía de cerrar los ojos con todas mis fuerzas cuando me encontraba en una absoluta obscuridad por miedo a encontrar algo inesperado. Solo los abría cuando tenía la seguridad de que había luz, cuando intuía claridad al otro lado. Todo ha cambiado esta noche. Me he levantado alertada por los ladridos del perro. He salido del dormitorio sin encender. He oído pasos al final del pasillo. Asustada, me he ocultado en la negrura de mi ceguera voluntaria. Al poco tiempo, con los ojos bien cerrados, he recuperado la vista. Alguien me espera al final del túnel.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Brotes de esperanza
Publicado por
Arioleta
Mientras todos duermen, Isabel se dedica a cuidar sus flores. Con el último beso de buenas noches, deja la lectura y se traslada al cuarto de costura. En la mesa descansan sus herramientas de jardinería: agujas de 16 pulgadas, lanas de colores y cintas de raso. Solo hizo una muestra de cada color que ahora descansan en pequeños floreros sobre el quicio de la ventana. Hoy ha añadido al pulverizador unas gotitas de esencia de vainilla. Riega cada noche sus plantas con la esperanza de que nazcan nuevos brotes. Sus manos, enfermas, ya no pueden añadir vida a las hebras.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Hoja en blanco
Publicado por
Arioleta
Después de leer durante varias horas, tengo claras varias cosas:
No, un microrrelato no es una secuencia de palabras bonitas escritas en prosa poética. Sí, yo también soy aficionada a esta composición absurda. No, no pienso volver a caer en la trampa de buscar la palabra adecuada.
¡Madre mía! He leído una y otra vez la misma historia con distinto traje: él, que se va; ella, que se desengaña; y, cualquiera de los dos muertos. Al final siempre es lo mismo. Sí, es cierto que la muerte es uno de los grandes temas literarios, pero ¿por qué no hablar de la vida? ¿Tan difícil es? ¡Claro, es más fácil sacarnos los trapos sucios! Y obviamente, más divertido. Pero creo que un final feliz de vez en cuando viene bien para coger el sueño.
Cómo detesto que los escritores desprecien su nombre. ¡Señores, González, López, Rodríguez… del mundo! ¡Poseen una tilde, hagan uso de ella! Y qué decir de las erratas, las faltas de ortografía y de gramática. Sí, yo también las cometo, pero es más por escribir deprisa que por desconocimiento. No, no pienso pasar ni una, ni siquiera de las mías, pero es que hay algunas que dañan la vista y ya soy bastante miope.
Y qué decir de las dichosas metáforas… Algunas son espesas como mi puré de patata, difíciles de digerir. ¿No sería más sencillo recurrir a expresiones sencillas? Sí, lo reconozco, yo también me paso en ocasiones. No, procuraré no volver a abusar de ellas. Mi profesor de novela me dijo en más de una ocasión que hay que huir de lo falsamente literario. ¡Es tan complicado! ¡Algunas frases quedan tan lindas! Pero… Seamos francos, para gustos los colores. Sí, es una frase hecha, de esas de las que deberíamos desprendernos como si fueran la peste porque tanta, taaaanta repetición ya cansa. ¿Acaso no existen formas nuevas para describir lo viejo? Señores escritores, hagamos todos un esfuerzo.
He de reconocerlo: no todo lo leído ha sido absurdo. Algunas líneas han merecido la pena. Aquellas que me han sacado una sonrisa o que me han hecho pensar en algo de mi pasado. Sí, es cierto, salvo algunos textos, pero qué sensación tan triste me queda al pensar que de cientos solo valen un par. Me preocupa ciertamente repasar todos mis escritos y descubrir que la mayoría de ellos puedan ser basura.
En resumen: la vida comienza desde que nos engendran hasta que exhalamos nuestro último aliento, la muerte no es más que el final de la vida, el amor es solo un cambio químico, como la tristeza o la alegría; sí, nos dejarán mil veces, tantas como lo haremos nosotros y sufriremos, sufriremos otro cambio químico… Resumiendo mi resumen: escritores, sigamos en el empeño de transformar en sentimientos esos cambios químicos, pero, por favor, aportemos algo más de originalidad.
¡Ahora me siento como un sarmiento, seco y flaco! Oigan, también tengo sentimientos y una necesidad fuerte de plasmarlos. ¡Quién tiene miedo ahora a la hoja en blanco!
No, un microrrelato no es una secuencia de palabras bonitas escritas en prosa poética. Sí, yo también soy aficionada a esta composición absurda. No, no pienso volver a caer en la trampa de buscar la palabra adecuada.
¡Madre mía! He leído una y otra vez la misma historia con distinto traje: él, que se va; ella, que se desengaña; y, cualquiera de los dos muertos. Al final siempre es lo mismo. Sí, es cierto que la muerte es uno de los grandes temas literarios, pero ¿por qué no hablar de la vida? ¿Tan difícil es? ¡Claro, es más fácil sacarnos los trapos sucios! Y obviamente, más divertido. Pero creo que un final feliz de vez en cuando viene bien para coger el sueño.
Cómo detesto que los escritores desprecien su nombre. ¡Señores, González, López, Rodríguez… del mundo! ¡Poseen una tilde, hagan uso de ella! Y qué decir de las erratas, las faltas de ortografía y de gramática. Sí, yo también las cometo, pero es más por escribir deprisa que por desconocimiento. No, no pienso pasar ni una, ni siquiera de las mías, pero es que hay algunas que dañan la vista y ya soy bastante miope.
Y qué decir de las dichosas metáforas… Algunas son espesas como mi puré de patata, difíciles de digerir. ¿No sería más sencillo recurrir a expresiones sencillas? Sí, lo reconozco, yo también me paso en ocasiones. No, procuraré no volver a abusar de ellas. Mi profesor de novela me dijo en más de una ocasión que hay que huir de lo falsamente literario. ¡Es tan complicado! ¡Algunas frases quedan tan lindas! Pero… Seamos francos, para gustos los colores. Sí, es una frase hecha, de esas de las que deberíamos desprendernos como si fueran la peste porque tanta, taaaanta repetición ya cansa. ¿Acaso no existen formas nuevas para describir lo viejo? Señores escritores, hagamos todos un esfuerzo.
He de reconocerlo: no todo lo leído ha sido absurdo. Algunas líneas han merecido la pena. Aquellas que me han sacado una sonrisa o que me han hecho pensar en algo de mi pasado. Sí, es cierto, salvo algunos textos, pero qué sensación tan triste me queda al pensar que de cientos solo valen un par. Me preocupa ciertamente repasar todos mis escritos y descubrir que la mayoría de ellos puedan ser basura.
En resumen: la vida comienza desde que nos engendran hasta que exhalamos nuestro último aliento, la muerte no es más que el final de la vida, el amor es solo un cambio químico, como la tristeza o la alegría; sí, nos dejarán mil veces, tantas como lo haremos nosotros y sufriremos, sufriremos otro cambio químico… Resumiendo mi resumen: escritores, sigamos en el empeño de transformar en sentimientos esos cambios químicos, pero, por favor, aportemos algo más de originalidad.
¡Ahora me siento como un sarmiento, seco y flaco! Oigan, también tengo sentimientos y una necesidad fuerte de plasmarlos. ¡Quién tiene miedo ahora a la hoja en blanco!
martes, 19 de noviembre de 2013
Publicado por
Arioleta
Había algo más en la habitación, algo más que obscuridad y silencio, pero el miedo me impedía descubrirlo. Noche tras noche, traté de engañarme colocando velas encendidas y dejando la persiana subida algunos centímetros, pero cuando la cera se acababa derritiendo y la noche caía cerrada, volvía la misma sensación. No, no estaba sola, lo sé. Quizá fuera mi sombra que, desembaránzose de mis talones, intentaba despedirse. Quizá fuera mi vida que, expectante, esperaba el nuevo día.
Una mañana, cuando la primera luz del alba asomaba por el hueco de la ventana, abrí tímidamente los ojos. Aún tapada con la manta, estúpido escudo, sin mover ni un sólo músculo, oteé a mi alrededor. Sus ojos me miraron fijamente y con una voz pedregosa dijo: «No, no estás sola».
Una mañana, cuando la primera luz del alba asomaba por el hueco de la ventana, abrí tímidamente los ojos. Aún tapada con la manta, estúpido escudo, sin mover ni un sólo músculo, oteé a mi alrededor. Sus ojos me miraron fijamente y con una voz pedregosa dijo: «No, no estás sola».
Cuando me pierdas, lo perderás todo
Publicado por
Arioleta
De qué vale atesorar momentos, de qué guardar secretos bajo llave. No trates de repasar fotografías con caras sin nombre, ni ciudades que visitaste, ni siquiera el día que nació tu primer hijo. Porque lo perderás todo cuando pierdas la memoria. Lo perderás todo cuando la pierdan los tuyos. No serás más que un nombre en una lista, en una lápida fría.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
La edad del olvido
Publicado por
Arioleta
Las palabras se fueron marchitando
lentamente en su boca. Apenas recordaba el sabor del «amor», pero
sí tenía muy presente el del «olvido». Se desenmarañó del
sillón ajado que durante tantos años había consolado su cuerpo en
interminables siestas y fue al baño. Allí, levantó su mirada gris
y se observó en el espejo. La imagen borrosa fingía la juventud de
antaño. Esperando un último milagro, alzó la mano en movimiento
remiso y emborronó el vaho para descubrirse envejecido. Descubrió
surcos sinuosos, manchas estratégicamente distribuidas y el pelo
blanquecino coronando su cabeza. «Tu cara me suena, ¿nos conocemos
de algo?»
miércoles, 30 de octubre de 2013
Brotes de esperanza
Publicado por
Arioleta
Mientras todos duermen, Isabel se dedica a cuidar sus flores. Con el último beso de buenas noches, deja la lectura sobre el escritorio y se traslada al cuarto de costura. Sobre la mesa, descansan desde hace tiempo sus herramientas de jardinería: agujas de 16 pulgadas, lanas de colores y cintas de raso. Sólo hizo una muestra de cada color que ahora descansan en pequeños floreros dispuestos sobre el quicio de la ventana. Hoy ha añadido al pulverizador unas gotitas de esencia de vainilla. Riega cada noche sus plantas con la esperanza de que nazcan nuevos brotes. Sus manos, enfermas, ya no pueden añadir vida a las hebras.
jueves, 17 de octubre de 2013
Justicia para el roedor
Publicado por
Arioleta
—Vuelva a explicármelo desde el principio.
—Verá, señor policía, aquella noche volvía del trabajo, cansado, como siempre. Tengo un trabajo de mierda, ¿sabe? Mi jefe me explota. Paso diez horas sentado delante del ordenador revisando sus sandeces y...
—No se vaya por las ramas. Continúe.
—Pues eso, volvía del trabajo andando y son al menos cinco kilómetros. Cuando llegué a la plaza que hay frente a los pisos que la constructora Sainz dejó a medias, encontré a tres niños apaleando al animal. Al principio pensé que era un pobre gatito. Me acerqué con intención de salvarle la vida; lo que estaban haciendo esos gamberros me hizo hervir la sangre. Empecé a gritarles a cierta distancia para que dejaran de maltratar al bicho, pero se rieron de mí. Solo cuando inicié la carrera hacia ellos se detuvieron retrocediendo un pasos. Al llegar a su altura, pude ver que no era un felino. Se trataba de una sucia y asquerosa rata. Apenas le quedaba un hilo de vida. Los chavales se fueron hasta el banco más cercano y se sentaron a observar mi reacción. La alimaña se retorcía de dolor. Sentí grima. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al ver la sangre oscura que manaba de su boca. Pude oír las risas de los niños cuando me daba la vuelta rendido a la evidencia. Justo en ese instante, escuché su voz débil. La rata, extenuada, solo dijo una palabra: «Venganza» mientras señalaba a sus tres asesinos con el único dedo vivo que le quedaba. Su uña mugrienta decidió el destino.
—¿Y por eso les cortó la mano derecha a los pequeños?
—No exactamente, a uno de ellos le corté la izquierda porque era zurdo. Alguien tenía que hacerle justicia a la sucia y asquerosa rata.
miércoles, 16 de octubre de 2013
Don Fernando
Publicado por
Arioleta
Después de mucho tiempo, Juan y Elisa decidieron cambiar de aires. Sus hijos se habían independizado y la casa de cinco habitaciones se les hacía innecesariamente grande. La única condición que le pusieron al agente de la inmobiliaria fue que su nuevo hogar tuviera un gran comedor para poder reunirse todos y un trastero de considerable tamaño.
A finales de agosto organizaron una última comida a modo de despedida. Sus hijos fueron llegando, unos más puntuales que otros, cada uno con sus parejas, sus niños y sus juguetes. Algunos traían platos con comida, otros bebida. Al pasar todos comentaban lo mismo:
A finales de agosto organizaron una última comida a modo de despedida. Sus hijos fueron llegando, unos más puntuales que otros, cada uno con sus parejas, sus niños y sus juguetes. Algunos traían platos con comida, otros bebida. Al pasar todos comentaban lo mismo:
—¡Qué triste! ¡Qué desangelada! —decían con cierta tristeza.
Su casa, donde se habían criado, estaba ahora vacía, no quedaba ni un solo cuadro colgado. Las últimas cajas que quedaban por recoger estaban fuera, junto a la puerta del porche. Allí, sus padres habían preparado varias mesas, con manteles de papel y vasos y cubiertos de plástico. No faltaba nada por empaquetar.
Después de disfrutar de un buen rato en familia, mientras los adultos tomaban el café entre risas rememorando algunas de sus travesuras, los niños se distraían jugando al escondite detrás de los paquetes. Alicia, la más pequeña de las nietas, tropezó y tiró una de las cajas que aún permanecía abierta. Rápidamente, la madre de la chiquilla fue a ver qué había pasado. Cuando llegó, su hija ya estaba corriendo por el jardín con el resto de sus primos. Antes de volver a la mesa, se entretuvo recogiendo las cosas que se habían quedado desperdigadas tras el accidente de la niña. De entre todas, le llamó mucho la atención una pipa.
—Papá, ¿esta pipa es tuya?
—Mía no, será de tu madre —dijo sorprendido.
Todos se quedaron perplejos.
—¿Cuándo has fumado tú en pipa, mami? —preguntó el mayor.
Elisa rió a carcajadas. Estaba segura, solo había sido una vez. Lo recordó como si fuera ayer. La pipa era de don Fernando, su maestro de escuela. El hombre se pasaba las horas de clase paseándose de un lado para otro del pasillo con la pipa en la boca. Unas veces encendida, otras apagada. Vaciarla, limpiarla y volver a rellenarla de tabaco era el ritual que repetía todos los días nada más entrar por la puerta. No tenía claro el motivo que la había empujado a robarla. Realmente detestaba aquel olor. Un viernes, antes de irse, en un descuido del maestro, Elisa metió la pipa en el abrigo y echó a correr en busca de su madre que la esperaba fuera. Durante el trayecto a casa, apretó todo lo que pudo la solapa del bolsillo para que la mujer no se diera cuenta de lo que escondía. Notaba un calor tibio que aliviaba el frío de su mano. Cuando llegaron, fue corriendo a su cuarto, sacó la pipa y la chupó con todas sus fuerzas. Sintió un asco horrible. Empezó a escupir y a toser. Abrió la ventana y la tiró afuera. La pipa quedó sobre la nieve exhalando sus últimos estertores. Al día siguiente, Elisa decidió recuperarla para devolvérsela a su dueño, pero la humedad había hecho que se hinchara. Solo tenía dos opciones: dejarla donde estaba o guardarla hasta que volviera a recuperar su forma original. Decidió recogerla y esconderla al fondo del baúl de sus juguetes para que nadie pudiera encontrarla. Allí permaneció durante años. Mucho tiempo después, fue pasando de caja en caja, de casa en casa, sin que nadie se fijara en ella, ni siquiera Elisa.
—Mamá, que te despistas ¿Nos vas a decir cuándo has fumado tú en pipa?
—Una vez, solo una.
martes, 15 de octubre de 2013
La curiosidad mató al gato
Publicado por
Arioleta
Entonces... se escuchó
un grito pidiendo auxilio que me despertó. Me incorporé en la cama
intentando recuperar el aliento. Creí que todo había sido un mal
sueño y volví a acostarme. Pasé un rato dando vueltas intentando
retomar el descanso, pero no fui capaz. Me levanté y fui arrastrando
los pies hasta el baño. Oriné intentando atinar en la taza, pero
aún estaba medio dormido. Al acabar, me lavé las manos y miré el
reloj: las cuatro y cuarto; solo faltaban un par de horas para que
sonara el despertador. De camino al dormitorio volví a oír las
llamadas de socorro. No sabía exactamente de dónde provenían. Me
acerqué a la ventana del comedor, pero no vi a nadie. Fui hasta los
dormitorios que dan al patio interior; tampoco descubrí el origen de
la llamada desesperada. Pensé que algún vecino debía estar viendo
una película de terror y abandoné mi búsqueda.
Con el sobresalto se me
había puesto un buen dolor de cabeza. Decidí tomarme una aspirina y
entretenerme con el canal 24 Horas a ver si recuperaba el sueño. En
la cocina preparé una taza con leche y la metí en el microondas.
Cerré la puerta y seleccioné el tiempo: dos minutos. En ese momento
sonaron los gritos con más fuerza. Un hombre amenazaba a una mujer
que lloraba desesperada.
—¡Eres una zorra, te
mataré!
—Cariño, por favor,
te juro que yo no...
Dos minutos, tiempo más
que suficiente para forcejeos, golpes, un grito ahogado, una
respiración cada vez más pausada y un último estertor que entraron
a través de la campana del extractor. Me quedé paralizado. En ese
instante, la alarma del microondas sonó; mi única reacción fue
soltar el bote de Nescafé que, al caer al suelo, se rompió en
pedazos.
—¿Quién hay ahí?
—preguntó el asesino.
Podía imaginarlo
asomado a su campana esperando encontrar la cara de alguien, la mía.
Tragué saliva y contuve el aliento, ni pestañeé. Al otro lado, el
hombre empezó a silbar la marcha del Coronel Bogey. Mi corazón
latía a toda velocidad, juraría que él podía oírlo desde su
cocina. La alarma del microondas volvió a sonar. Me estremecí.
—¿Quién hay ahí?
—insistió de nuevo.
Cerré la boca y los
ojos con todas mis fuerzas. Él retomó la melodía. La música
resonaba a través de la campana. Decidí sacar la taza antes de que
volviera a avisar el electrodoméstico. Sin darme cuenta, caminé
descalzo hasta la puerta y pisé algunos cristales. Mordí mi labio
inferior intentando reprimir el grito de dolor, pero se me escapó un
pequeño quejido.
—¿Qué, te has
cortado? —su risa malvada martilleó mis oídos.
Miré hacia abajo y vi
salir un hilo de sangre por debajo de mi pie derecho. Haciendo un
esfuerzo, llegué hasta el microondas y saqué la leche maldiciendo
por dentro mi dolor de cabeza.
—Si no me hubiera
movido de la cama nada de esto habría pasado —pensé.
Dejé la taza sobre la
encimera y miré la herida. Arranqué el cristal que tenía clavado y
fue el sonido de una gota de sangre cayendo al suelo la que me hizo
darme cuenta del silencio que había. Ya no sonaba nada, no había
gritos ni silbidos. Enrollé papel de cocina alrededor del corte y
fui a buscar mi móvil, debía avisar a la policía. Justo cuando
pasaba por delante de la puerta de entrada, oí el silbido por la
escalera. Mi cuerpo empezó a temblar de forma incontrolada. Ya había
marcado el 112. El sonido era cada vez más cercano, debía estar
bajando las escaleras. No sé porqué, pero un arrebato de curiosidad
me llevó a levantar la mirilla. Allí estaba, cargando con el cuerpo
de la mujer. Justo en ese instante, sonó una voz femenina al otro
lado del teléfono: «Policía, ¿dígame?». Colgué la llamada, no
quería que el asesino me descubriera. Permanecí unos segundos
quieto, soportando el dolor de mi pie, con el miedo metido hasta el
tuétano. De nuevo silencio, de nuevo la curiosidad. Corrí de una
vez más la mirilla. Al otro lado estaba el hombre manchado de
sangre, sonriéndome con la mirada fija. Levantó el brazo izquierdo,
en su mano un cuchillo de cocina ensangrentado me apuntó
directamente.
—Sé que estás ahí
—rió burlonamente y continuó silbando mientras bajaba las
escaleras.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Muuuuuuucha mala leche
Publicado por
Arioleta
Me mira desde lo alto del estante, perversa. A ciertas horas sus ojos saltones, su lengua juguetona y el cencerro inmóvil, resultan simpáticos; pero cuando cae la noche se transforma. La vaca de barro que ocupa un lugar prominente en el salón parece tomar vida, retoma su enfado constante. Frunce el ceño, me observa fijamente. De su boca, pende una gota de saliva y el badajo me apunta directo entre ojo y ojo. Creo que me odia, quizá quiera comerme. Lo mejor será que me vaya a dormir. Mañana, con las primeras luces del alba, volveremos a sellar la paz.
jueves, 3 de octubre de 2013
El interruptor
Publicado por
Arioleta
«Érase una vez...». Así comenzaba
siempre Beatriz a narrar cuentos a su pequeña, desde Caperucita
hasta el Rey Rana, cada día uno distinto. Aquella noche, mientras la
niña terminaba de acurrucarse en la cama, su madre empezó la
historia de Pulgarcito: «Érase una vez...», pero algo la
interrumpió: la lamparita dejó de funcionar. Beatriz fue a buscar
una bombilla nueva. Durante esos minutos, Carmen no pudo más y cerró
los ojos rendida por el cansancio. Cuando la mujer volvió y repitió
el comienzo, su hija la interrumpió: «Mamá, déjalo para mañana,
ese ya me lo sé» y se durmió profundamente.
El gusano iluso
Publicado por
Arioleta
Érase una vez un miriópodo, concretamente un
ciempiés que quiso ser humano desde que vino al mundo. Aprendió a
masticar pausadamente, usó un par de gafas de diseño para sus
cuatro ojos y fundas de ganchillo para su par de antenas. Coqueto,
lucía cada día un cinturón distinto en cada uno de sus veintiún
anillos. Llegó a calzar cincuenta pares de botas de tacón alto, todas
del mismo número, presumiendo de un andar sinuoso. Pero sólo
consiguió tropezar cien veces con la misma piedra.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Confesiones literarias
Publicado por
Arioleta
—Al principio fue divertido.
Simplemente me dediqué durante unas cuantas noches a transcribir lo
que doña Enriqueta relataba al resto de víboras acerca de los
cuernos de Isabel, mi vecina de planta. A la hora del café, con
Jorge Javier Vázquez de fondo, la buena mujer, como una colaboradora
más del show, presentaba los hechos —probados según ella—;
después de su afilada exposición daba paso a las contertulias.
Entre voces y aspavientos, los rumores recorrían el patio interior
del antiguo edificio de vecinas infestándolo todo. Así nació mi
primera novela de éxito, «Se pilla antes a un adúltero que a un
mentiroso». No lo podía creer, en menos de seis meses ya era
superventas.
—Claro, es una obra maestra. Tus
anteriores libros eran basura —afirmó con rotundidad Ismael.
—Hombre, yo no los calificaría como
basura; es cierto que tenían poca gracia, pero…
—¿Poca? Más bien ninguna.
Respiré profundo. Conté en silencio
hasta diez para recobrar la calma. Durante ese corto intervalo de
silencio, me incorporé un poco para apagar el cigarro en el
cenicero. Al lado, sobre la mesa, en forma de abanico, tenía
colocadas sus tarjetas: «Ismael Lozano. Editor». Tomé una y
descoloqué el resto como represalia por su insulto.
—¿Y bien? ¿Qué querías contarme?
No tengo todo el día —me invitó amablemente a seguir con mi
declaración.
—Al poco tiempo, me pediste un
segundo libro. Prácticamente me exigiste el mismo nivel y fue
complicado. Tuve que ingeniármelas para hacerme un hueco en el club
social de doña Enriqueta. Me costó muchas tardes de favores,
recados y chapuzas en su casa. Pasé de ser un don nadie a ser el
niño de sus ojos; si hubiera continuado con aquella pantomima habría
acabado nombrándome su heredero, estoy seguro. Con el paso del
tiempo y el divorcio de Isabel, el tema de conversación había
cambiado. Ahora, las vecinas, generosas como siempre, habían puesto
el foco de atención sobre Leo, el chico del conserje. La verdad es
que se le veía venir, ya desde niño apuntaba maneras. Los rasgos
afeminados se hicieron más patentes con el tiempo y, claro, según
Enri —como le gustaba que la llamara— era más maricón que un
palomo cojo. Tanto insistió que acabó convenciéndonos a todos,
incluido al padre, que decidió llevarlo a unos cursillos católicos
para reformarlo. Al final acabó haciéndose cura.
—Genial el título, «Padre gay, cura
maricón» —dijo entre risotadas que me resultaron casi
insultantes.
—A mí no me hace ni puta gracia.
—Ya, bueno, pero volviste a desbancar a Erika Leonard y sus jodidas «Cuarenta sombras de Grey».
—Son cincuenta —le corregí.
—Como si son dos mil, me da igual.
Conseguiste vender más que ella las Navidades pasadas, ¿qué más
quieres?
—No quiero seguir con esto.
—¿Con qué? ¿Escribiendo? ¡Eres
escritor, maldita sea! ¿Ahora quieres cambiar de profesión? ¿Qué
quieres ser, sexador de pollos? —volvió a reír.
—Quiero decir que no puedo seguir con
esto. No soy escritor, soy transcriptor. Únicamente me dedico a
pasar al papel todas y cada una de las calumnias de mis vecinas, me
avergüenzo de ello. Además pensé que pasaría desapercibido, la
mayoría de ellas, lo más que han leído en su vida es la Biblia.
Pero no contaba con sus hijos ni sus nietos, ni los amigos de sus
hijos y sus nietos. Por más que traté de cambiar los nombres y las
descripciones de los personajes, me han pillado. Enri ha dejado de
ser Enri, ha vuelto al doña y al nombre completo al darse cuenta de
mis verdaderas intenciones. Su nieta —maldita niña— la puso
sobre aviso.
—No insultes a nuestros lectores, son
los que te dan de comer —aseveró con sarcasmo.
—Ahora ya no me habla nadie en la
escalera, salvo para pedirme que les firme el libro para algún
conocido.
—¿Cuál es el problema? Cómprale
unas flores y listo. Necesito un tercer libro en el plazo de un
mes, así que no te demores.
—No puedo, me niego. Estoy seguro de
que ahora estarán rajándome a mí. Casi puedo verlas, asomadas cada
una a su ventana, imitando mi forma de hablar. Se estarán mofando de
cada momento en los que participé en sus reuniones.
—¿Eso te preocupa? Con lo que has
ganado con tus últimas dos novelas puedes permitirte un piso en la
misma Plaza Mayor de Madrid.
—Yo no quiero eso... No sé qué
quiero la verdad —dije compungido.
—Pues yo lo tengo muy claro: quiero
un tercer libro así que ya te estás buscando otro vecindario con
viejas glorias que te surtan de buenas historias.
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