jueves, 23 de febrero de 2012

La despedida


(0:05)
Sigue sonando aquella melodía...
El recuerdo, tan intenso aún, me derrite el alma.
La primera despedida,
siempre triste sin saber si te perdía.
La noche, intensa y obscura,
guardará para siempre grabados en su memoria
cada beso, cada abrazo,
cada lágrima de tu partida.
Recuerdo tus ojos, la inmensa tristeza que infundían.
Recuerdo mis manos inquietas, sin saber qué hacer
salvo agitar el pañuelo alejándote de mi lado.
Recuerdo cada nota como si fuera mía...

(0:55)
En el camino de regreso anhelé tu vuelta.
Soñé con el trance y volvió a despertarse
el calor de mi corazón dormido.
Cada calle que recorrimos juntos,
cada rincón en el que fuimos uno.
Pensar en nuestra casa,
cada silencio impregnado de tu aroma,
las sábanas revueltas del último amor.
Rememorar cada instante
en el que fui tuya y tú fuiste mío,
cada caricia que perdimos en la inmensidad
de los cuerpos de pasión encendidos.
Y saberla vacía, llena de tu ausencia,
sin tu despertar junto al mío,
esa soledad doliente, dolida
que hiere el alma de los más queridos,
me hizo detener el reloj.

(1:55)
Me contuve un segundo
en la eternidad del momento.
¿Cómo había sido capaz de asumir
que podría vivir sin ti?
Fue culpa mía, fueron mis temores
fue mi torpeza, mi inexperiencia
los que te llevaban de mi vida.
Y algo dentro de mí me avisó
de que aún estaba a tiempo,
de que no todo estaba perdido.
Despertó una última oportunidad
para suplicar tu perdón y rogar tu cariño.
Una insomne ocasión
para volver atrás y enmendar mi error,
para confesar que lo eras todo,
admitir mis inflamados sentimientos,
declararte sin más remedio que te quería,
que te sigo queriendo...

(2:47)
Volví sobre mis pasos...
¡Oh, agonía! Me perdí en los mismos
en la desesperada búsqueda de mi amante.
Volví repasando cada recuerdo ...
¡Oh, extravío! Caprichoso sinsentido
para no perderte en el olvido.
Volví evitando las saladas...
¡Oh, cómo pude estar tan ciega!
No sabía si sería capaz de encontrarte.
Volví a avivar las llamaradas...
¡Oh, pasión! Apetito vehemente
imprescindible para mi supervivencia.
Volví a recordar tu risa...
¡Oh, vida, qué será de mí sin ella!
Mi luz, mi estrella, mi guía.

(3:34)
Te busqué entre la gente
que parecía ponerse de acuerdo
para impedirme alcanzarte.
Hombres y mujeres sin rostro,
los fantasmas del pasado que,
en el delito de la envidia,
se empeñaron siempre en alejarnos.
Mi sombra huía presa del miedo,
tuve que atarla a mis pies
para que me encontraras plena.
Mi tristeza se fue diluyendo
en el caminar vacilante,
agarrándose a las piedras del camino.
Luchaba con la incertidumbre.
¿Descompondría tu partida
haciéndote volver conmigo en inseparable?
Empezaba a faltarme el aliento.
Si hubiera sido cuestión de vida o muerte
habría preferido a la parca.
Al fin llegué al acceso del que sería,
entre la verdad y la mentira,
el destino incuestionable.

(4:28)
Te encontré...
Tu mirada...
Tus manos...
Eras tú, sin más, sin palabras.
Solo un susurro en boca ajena, recordándonos.
Solos en el andén, apeadero de despedidas
alimentando la aflicción.

(4:50)
Se encendieron las esencias
en el encuentro cristalino.
Nos acercamos irremediablemente
llevados por la vorágine impetuosa.
Sabías que había vuelto a buscarte...

(5:02)
Tu abrazo, infinito, en acorde perfecto.
La sonoridad de tus sentimientos.
La intensidad de cada beso,
más grande que al principio.
Cada caricia regalada sobre mi cuerpo,
tu mano amarrando mi cintura.
Y los corazones latiendo al mismo tiempo.
¿Acaso hubo amor más puro?

(5:29)
Te apartaste de mi mundo...
Tomaste mis manos entrelazando los dedos.
Supe en ese mismo instante que no volverías,
que te marcharías para siempre.

(5:44)
Me regalaste una confesión sincera:
«Te amaré siempre, siempre...»

(5:53)
Subiste al vagón y te disipaste
con el humo en un último adiós.

martes, 21 de febrero de 2012

El término adecuado

Amigos; nos ata irremediablemente la amistad. Y ~del asa, pues nos une la intimidad.
Novios,  en una de las acepciones de la RAE: «Persona que mantiene relaciones amorosas con fines matrimoniales». Para mí es un término asociado a otras edades; pero he de respetar tus deseos y solicitar tu paciencia, pues en mi situación actual, de momento, es inimaginable...
Prometidos, dado que tenemos promesas por cumplir, esas que juramos en la intersección de dos calles.
Pareja, pues somos dos personas en correlación y semejanza.
Porque no somos tan solo amigos, aunque sí cuasi-novios, prometidos y comprometidos en pareja inseparable. Por todo eso te diré que me quedo con un único término que lo engloba a todos: amantes.

domingo, 19 de febrero de 2012

Extraña

Hay días...
Días que podrían ser como otro cualquiera; fríos, cálidos.
Días que cobran sentido si estás con la persona adecuada.
Días que se pierden entre las hojas, otros que quedan guardados para siempre en la memoria.

¿Será hoy uno de ellos?
«Solo lo dirá el tiempo»... Se empeñan en dictar las palabras, pero mis manos están inquietas, necesitan decirlo todo.
«Tempus fugit», irremediablemente... Se empeña mi cabeza pensante en ubicar los nuevos resgistros fabricados entre los antiguos, sobre ellos, pisando sobre lo vivido.

Son muchos, viejos-nuevos sentimientos los que trastocan los cimientos de este pensamiento aún amarrado a la rutina del pasado.

… Un paseo por una ciudad desconocida, tatuando el empedrado sobre mis pies oxidados.
… Ver apagarse el día cuando aún no ha empezado, caminando sin rumbo fijo.
… Sus miradas, sus besos, su risa; simplemente él.

… Y al final de día vivir un recuerdo que no sé si es mío, en compañía de quien no es mi gente, en un lugar extraño y con cada canción un recuerdo. Quisiera decir que todos fueron buenos, pero sigue el dolor latente. Me siento extranjera en mi propia tierra: no entiendo el idioma, no percibo el olor ni llegan a mis oídos los acordes. «Solo es un recuerdo, uno nuevo», me repito. Instantáneas. Miradas furtivas. ¿Cuánto habré de esperar para no sentirme anónima en mi nueva vida?

jueves, 16 de febrero de 2012

Las dos caras de la moneda

Una dulce, otra amarga.
Una brillante, otra apagada.
La feliz y la desgraciada.
La de las risas, la de los llantos.
El pasado y el futuro.
Despierta, dormida.
Una serena, otra en tormenta.
Algo perversa, algo bondadosa.
Un pelín morbosa, un pelín saludable.
Simpática, odiosa.
La mejor amiga, la peor enemiga.
Vengativa, generosa.
...
Todo en perfecto equilibrio,
En cuidada armonía.
Girando siempre sin saber
De qué lado caeré a cada momento.

Soy los dos lados de la moneda.
Me pregunto...
¿Qué será de mí el día que caiga de canto?

lunes, 13 de febrero de 2012

Curiosidad felina

Ara Malikian - Lágrimas de cera

Volver a casa es volver a tu mundo. El frío de la noche y su obscuridad son tus cómplices. A cada paso, tus pensamientos vuelan, te hacen transparente. Quisieras liberarte de tu ropa, desaparecer entre las sombras, pero es lo único que te ata a la realidad. El silencio te permite oír las voces ajenas y las propias. Te concentras en la línea recta.
Al final de la calle distingues un bulto que permanece inmóvil. La distancia aún no permite saber de sus intenciones. Ralentizas tu paso, le das tiempo. Imaginas, imaginas siempre. La luz de las escasas farolas ilumina un recorrido que se te antoja interminable. Necesitas volver a casa, descansar tu corazón, pero te inquieta no saber. La curiosidad es más grande que tu sueño.
Según avanzas, tu vista pone nombre al interfecto. Quieto, con la mirada perdida sobre el asfalto. Todavía no te ha visto, tu transparencia es tu aliada. Pasa un coche. Él levanta la mirada y se vuelve. Quizá un olvido o asegurarse de que cerró el coche. Quizá una despedida, de esas que son para siempre. Todo, todo puede ser... o nada.
Avanzas en automático. La casualidad os ha unido para siempre. Al llegar a su altura evitáis miraros a los ojos. Su aroma, su porte, su traje negro; es un misterio mudo, un secreto indesvelable. Continúas aprisionando las palabras en tu boca, quisieras preguntarle. Caminas hasta la acera opuesta, te detienes. Solo un instante, una mirada, el adiós y seguir con vuestras vidas...
Volvió a mirar a ambos lados. Por fin el gato cruzó la calle.


miércoles, 8 de febrero de 2012

Dos ideas

Me has prometido un futuro lleno de risas, confesiones, dudas, miedos y paseos, todo ello compartido en perfecta armonía. Pero, ¿y si te pidiera más? ¿Serías capaz de entregármelo?
Te dejaré solo dos sentimientos que ahora conviven en dicotomía: te echo de menos tanto como te quiero...

lunes, 6 de febrero de 2012

Contradicciones

Necesito orden y concierto en mi cabeza. ¿Puede vivir con lo que tengo? ¿Quiero hacerlo? Pero, analicemos más despacio...
"Puedo vivir", para empezar. Como poder, puedo. Respiro, es lo mínimo y sin esfuerzo. Las otras actividades necesarias para mantener un cuerpo vivo me interesan menos, salvo el sueño y solo porque soy una dormilona incorregible. La duda viene cuando me planteo si quiero hacerlo.
"Con lo que tengo", para seguir. Como poder, puedo. Tengo ahorrillos que me permiten seguir viviendo del cuento, pero la inactividad me consume y escribir me derrota cuando no va más allá de mis ojos. Hacen falta más cosas para continuar el camino y, creo, que las tengo todas: salud y amor. Vuelve la duda.
Me siento como mi filósofo: bien, si tengo lo que necesito y soy feliz, ¿para qué seguir viviendo? Después de tanto tiempo sumida en la tristeza me veo incapaz de volver a ella, no creo que pudiera soportarlo. ¿No sería mejor dejarlo ahora cuando todo es casi perfecto?
Me inquieta y a la vez me reconforta no saber qué traerá el mañana porque realmente no me importa, y ese desinterés me inquieta y a la vez me reconforta porque me pienso capaz de superarlo todo, y esa sensación me... ¿Qué estoy diciendo? Ayer, alguien con sabias palabras, afirmó con rotundidad que para iniciar mi nueva vida le había echado un par de huevos. Seamos sinceros, ¿no será que estaba muerta de miedo? ¿No será que sí me importaba el mañana y que no era capaz de asumir las circunstancias que me rodeaban?
¿Se puede ser fuerte y débil al mismo tiempo? ¿Se puede ser valiente y cobarde por el mismo hecho?
Solo son pensamientos, contradicciones, que necesitan el hueco adecuado en la estantería.

Mi vida sin mí

La muerte, protagonista de muchos de mis cuentos y que tanto tiempo he tenido olvidada, ha vuelto a reclamar su presencia. Me pide que atienda sus peticiones, sus caprichos constantes, desea que le dedique algunos versos y, si estoy generosa, alguna página en mis nuevos proyectos.
Es curiosa la vida, que complementando a la parca, a veces prefiere hacer oídos sordos a lo que siento. Enmudece, se detiene, quizá piensa que está todo hecho. Me deja charlando con mis obscuros planes, preparando el último café para dos.
Vida y Muerte, en ese orden, las adoro a ambas porque las dos me dan lo que quiero. Pero de momento tendrán que esperar. Ahora mismo vivo sin mí, no tengo horarios ni obligaciones salvo la de respirar a diario. Mi plan está cercano.

viernes, 3 de febrero de 2012

Al mismo ritmo

Suspira...
Palabras sin voz que se escapan por tu boca
dejando los sonidos húmedos de deseo,
atrapados entre tus dientes.
Saliva, ¿no los sientes?
Serán ellos quienes inquieten tu cuerpo,
los que despierten los sentidos de ese corazón dormido.

Respira...
Palabras profundas que deciden abandonarte para envolverme,
susurrándome al oído que me anhelas,
que me esperas junto a tu lecho.
Inspira profundo, ¿no lo sientes?
Serán ellos quienes te muestren que estás vivo,
los que despierten la pasión de ese corazón dormido.


Siente...
Latir tu corazón que ahora suspira y respira
al mismo ritmo que el mío.

Suspiremos, respiremos, sintamos...

jueves, 2 de febrero de 2012

El colorante perfecto


Sonia, madre primeriza, sobrevivió a los mocos y las fiebres de su pequeño Manuel con verdadero estoicismo. Los dientes fueron otro cantar; los periodos de irritabilidad y alteración del sueño se convirtieron en lo más sencillo de capear, el problema vino con la negativa del niño a comer. Compró todos los modelos de mordedor disponibles en la farmacia, ―siempre sin PVC―, con música, sonajero, juguete incorporado y hasta con refrigerante, pero nada funcionaba. Volvieron los mocos, las fiebres, la irritabilidad y el mal sueño, todo a la vez. Pensó que no saldría de esa, pero cuando al fin asomaron los primeros dientes todo pareció volver a la normalidad.
Manolín, como lo llamaban en casa, siguió creciendo a buen ritmo a pesar de mantenerse prácticamente del aire. Sonia, preocupada, le preguntó a su madre:
―Este niño me tiene inquieta, no come prácticamente nada. No sabes lo que me cuesta darle siquiera un plato de sopa.
―No te preocupes, ya comerá cuando tenga hambre.
Y así sentenció la consulta.
El trance de las papillas lo atravesó discretamente, tampoco hacía falta masticar mucho así que la ley del mínimo esfuerzo la aplicaba a la perfección. El drama se inició con la comida sólida; cuántos llantos tuvo que soportar la pobre Sonia hasta que Manolín decidió probar la carne y el pescado. Para que se lo comiera antes debía hacerles la autopsia, cortarlos en diminutos trozos y separarlos sin que se rozaran unos con otros. El niño inspeccionaba con detalle el plato y después empezaba a comer muy lento, tanto que a veces empalmaba la comida con la merienda o esta con la cena. Volvió a consultar con su oráculo particular pues el anterior consejo no parecía tener efecto...
―Mamá, ¿qué hago? Me cuesta horrores que el niño se coma siquiera media rodaja de merluza. Y míralo, que parece que no se le agotan las pilas, no sé de dónde saca la energía con lo poco que me come.
―Cariño, ¿has probado ya a darle verdura? El puré se lo comía divinamente.
Volvió a sentenciar.
Sonia buscó información, sabía que la verdura sería el mayor reto al que se enfrentaría. Empezó probando a cortarlas minuciosamente como hacía con el resto de la comida, pero el niño las apartaba de forma automática. Le dibujaba caritas sonrientes intercalando los trozos, pero nada, volvía a deshecharla como si de la peste se tratara, de hecho hasta les puso nombre: «coloritos». Volvió a la técnica del puré en pequeñas dosis acompañando al resto, pero ni olerlo quiso. Como último recurso preparó postres: aprendió a cocinar una estupenda tarta de zanahoria que solo pudieron apreciar sus familiares más cercanos.
Se rindió, no había más que hacer. Un día, viendo la televisión, ya cansada de insistirle al pequeño Manolín para que acabara los fideos, puso el canal de Teletienda. Una mujer ya entrada en años mostraba las increíbles bondades del colorante «Cobalto, el color de los más altos». En guisos, fritos, cocidos y hasta en postres, todo aquello que cocinaba tomaba un atrayente tono azulado. No lo pensó, cogió el teléfono y encargó dos frascos por el módico precio de 59 euros, incluyendo un medidor y un libro de recetas de regalo. En cuestión de un par de semanas, su pequeño empezó a dibujar peces nadando entre olas y pollitos bañándose en una charca. El plato se convirtió en su particular lienzo y satisfecho de su trabajo acababa por comérselo todo.

martes, 31 de enero de 2012

El sabor del amarillo

El amarillo me sabe a...
... A luz, a esa de cielo despejado y temperatura adecuada para salir a disfrutar del momento.
... Me inspira felicidad, la que aporta la alegría que permite la expresión de nuestros sentimientos.
... A orden, a ideas claras en memoria, decisión y comprensión, a la tan necesaria empatía.
... Respirando vida, justo en el instante en que capturas su intensidad en la retina durante un eclipse.
... Igualando nuestra fuerza, sin rendirnos en batalla, superando miedos y temores.
... Lluvia de otoño, teñida de tormenta, refrescando el verano tardío y los corazones dormidos.
... Las palabras maldicientes que algunos desean escribir en nuestros libros encontrando las tapas cerradas.
... O simplemente a un limón, porqué no.

El sonido del invierno

Te hablaré de las despedidas, del silencio, a eso suenan mis inviernos, al menos los últimos... Pero al final de este que compartimos hay un calor dormido, una esperanza que late a escondidas despertando una luz aún por descubrir.
Así que a eso me suena el invierno: a latidos inquietos después de un largo silencio.

¿Qué pesa más, una roca o un corazón entristecido?

La roca, ese compuesto mineral de formas caprichosas, mantiene el peso a pesar del transcurso del tiempo.
El corazón entristecido, ese órgano musculoso y cónico, soporta el peso de la tristeza a pesar del dolor que no cesa.
Pero, ¿y si el dolor encallara? ¿Pesarían ambas igual? ¿Se transformaría el corazón en piedra?

miércoles, 25 de enero de 2012

Querido mío

Escribir sobre lo que siento siempre es más fácil si lo disfrazo de cuento, de versos,
de un simple pensamiento...

Decir lo que siento es mucho más complejo. Abrir la boca, liberar los sentimientos con mi voz pequeña me hace sentir ínfima, vulnerable.

¿Realmente es necesario? Pronunciar un «te quiero» es más complicado que seguir viviendo. Porque cuando tantas veces lo has dicho contra las paredes y al revotar ha vuelto diluido, te olvidas de decirlo.

Ahora me pides que destape mis secretos. Algo me dice que podría, pero necesito entrenamiento. ¿Sabrás esperar el momento? ¿Sabré reconocerlo?

Paciencia, querido mío.

lunes, 23 de enero de 2012

Si el mar supiera...

Si el mar supiera de mis obscuras intenciones
me arrojaría entre olas en naufragio...

Soñé que era tristeza.
Lloré.
Oculté mi pena.
Salí de mi cueva.
Me metí bajo el agua y exfolié mi cuerpo.

Borré sus huellas.
Olvidé el surco que dejaron mis lágrimas.
Me convertí en salado.
Me dejé llevar por la corriente.
Fui transparente, fui silenciosa.

Llegué a la mar.
Esperé a que me acogería en su seno.
Quería perderme entre corales.
Despertar antiguas sirenas, reanudar sus cantos.

Solo quimera...
Si el mar supiera...

Una simple fotografía

¿Qué duelen más, las palabras o los recuerdos? Y si una simple foto está cargada del crudo silencio de ambas... Quizá debiera olvidarlo todo, no volver a hablar, perderme en la ceguera para dejar de dolerme.

domingo, 15 de enero de 2012

El secreto


Espérame vida mía,
espérame dormida hasta que la noche aprenda.
Dejemos que Morfeo tome las riendas,
procuremos en caricias quietas
el secreto que otros desvelan.

sábado, 14 de enero de 2012

Nunca es siempre

Nunca es cuando te pierdo,
cuando no queda esperanza.

Nunca es cuando no hay belleza
y las palabras pierden su esencia.

Nunca es ahora si no te tengo,
cuando mi vida se viste de tu ausencia.

Nunca son los sentimientos inconfesos,
aquellos que jamás verán la luz.

Nunca es el camino desconocido
que aún está por andar.

Nunca... Nunca será siempre
si nos proponemos no separarnos jamás.

El color del sueño

Hay muchos tipos de sueño: pesado cuando no te deja seguir tus pasos, ligero cuando cualquier ruido rompe la conexión con el momento, también los hay simbólicos o premonitorios. Pero jamás me habían parado a pensar en su color. No hablo de los colores y su interpretación en los sueños, sino del sueño mismo.
El sueño, mi sueño, ahora mismo es esperanzador en verde vivo, rojo cuando viste pasión y blanco cuando abarca el mundo entero. Si los mezclo todos en experimento, acabará siendo negro, un obscuro curioso que abrirá paso a la luz.

Folio en blanco

El folio se expande, se come la mesa, todo es blanco, todo se puede escribir en cualquier parte. Todo tiene cabida: lo bueno y lo malo. Las palabras fluyen en distintos tamaños, en diagonal, en cualquier sentido y dirección.
Ahora todo es plano. Los sentimientos conviven en el folio en blanco, sexo, religión. Ya no hay miradas vacías, todos tenemos algo que decir, algo que ocultar.

Desmedidas

¿Cómo se mide el tiempo
cuando las horas a tu lado pasan volando?

¿Cómo el espacio,
si a pesar de la distancia te siento a mi lado?

¿Cómo las palabras
ahora que nada impide decir lo que pensamos?

Mira.
Visualiza.
Gravitan los versos,
revoloteando inquietos,
esperando tu nueva llegada,
la respuesta a mis preguntas
que desde que te conozco
nacen desmedidas.

¿Seguirás escribiendo
conmigo los cuentos que tanto inspiras?

¿Pasarás a mi lado
sin espacios en blanco el resto de nuestras vidas?

¿Olvidarás sin más
los minutos marcados por el tic tac del reloj?

Duerme tranquilo,
mañana llegará otro día.
A las ocho y media en punto
recibirás mi mejor sonrisa
la primera en realidad
sacada del sueño
sin medida,
feliz.

viernes, 13 de enero de 2012

De repente, el silencio

Porque las sonrisas no son eternas debo hacerme a la idea de que el silencio siempre vuelve, de que no todo está andado. Tendré que volver sobre mis pasos una y otra vez hasta cerrar este capítulo inacabado en la incoherencia del reloj que vuelve a descubrirme callada.
Para no anclarme a la derrota, he roto mi hucha y he contado monedas como si fueran palabras. ¿Merece la pena ahorrarlas? En pequeños montones, de más grandes a más pequeñas, he compuesto oraciones que no tienen precio pues jamás serán escritas ni leídas. Y tras descubrir mis sentimientos, he roto el orden en desconcierto devolviéndolos al cajón desastre de mi cabeza.
¿Sabrá quien ataca cuánto duele la afrenta? ¿Acaso imagina lo que tardan en cerrar las heridas? Quizá es cosa mía que me empeño en olvidar cómo son los malhechores, en intentar perdonar. Pero las personas no cambian.
Quizá debí permanecer en silencio, atada a mi anterior existencia, al olvido y a la ausencia donde tan cómoda me sentía; al menos conocía bien el silencio. Ahora me desconciertan el ruido constante, las miradas maliciosas y la mentira. ¿Esto es pasar a mejor vida?
Y en la observación constante, sabiendo rota mi invisibilidad, en días como hoy, nublado y fríos, en días como yo... Quisiera que las agujas del reloj se detuvieran. O mejor aún, aprender a no sentir nada, al menos me evitaría el disgusto de saberme no querida.

El puente de San Carlos

― Coautor: Jorge Colado ―

La mañana amaneció más fría de lo habitual, tanto como su tristeza. Sintió la necesidad de escapar, de salir volando para no volver jamás... Caminó durante largo rato sin saber dónde se despediría de ella. Cuando llegó al puente de San Carlos aún era temprano. De frente, un grupo de escolares perfectamente ordenados a pares,  recorrían el empedrado entre juegos y canciones, pero ni sus risas conseguían llenar el gran vacío que ahora adolecía su corazón.
Todavía recuerda la última vez que hizo aquel recorrido con ella en un viaje de manos entrelazadas y miradas cómplices, cuando aún los sentimientos caminaban a la par y el futuro parecía escrito en perfecta armonía. No sabía porqué, no entendía la razón del deshielo, de aquella partida que le dejó sin alma.
A la altura de la estatua de San Juan Nemopuceno, se detuvo y tocó suavemente las estrellas de la placa como tantas veces había hecho con ella, y deseó... Deseó volver a tenerla entre sus brazos. De su bolsillo derecho sacó su última carta; se juró que jamás volvería a leerla. Lentamente fue rompiéndola en pequeños trozos y los arrojó al río mientras susurraba «te quiero».

Charles Bridge
Fotografía cedida por jorcolma - El puente de San Carlos

miércoles, 11 de enero de 2012

Vera y su gato Caramelo

(Cuento infantil escrito para la asignatura Matemáticas y su didáctica (Magisterio, Educación Infantil). Introducción de las Regletas de Cuisenaire. 2002)


Vera y su gato Caramelo

Érase una vez una niña llamada Vera.

Vera era una niña muy simpática; tenía una mirada dulce y la cara toda llena de pecas que, con sus trenzas pelirrojas, le hacían parecer una niña un tanto traviesa. Pero no, Vera era una niña muy buena.

A Vera le encantaban los animales. En su casa tenía de todo: periquitos, conejos, patos, un perro y un gato, Caramelo.

Un día Caramelo, persiguiendo una mariposa, empezó a trepar y a trepar a lo largo del árbol más alto que había en el jardín de Vera; y cual fue su sorpresa que cuando quiso darse cuenta estaba arriba del todo.

Caramelo empezó a llorar: Miiiiiiiaaaaauuuu, miiiiiiiaaaaauuuu...

Cuando Vera vio a Caramelo ahí arriba le pidió que bajara, pero Caramelo estaba muy asustado y no se movía del sitio. Vera, asustada, fue a llamar a su mamá.

Alicia, que así se llamaba la mamá de Vera, llamó a los bomberos para que vinieran a bajar a Caramelo de lo alto del árbol y, al rato, se presentaron un grupo de bomberos en su camión rojo.

Alicia y Vera les contaron que Caramelo se había subido al árbol y ahora le daba miedo bajar.

―Tranquilas, bajaremos al gato en un periqute.

Pero cuando el jefe de bomberos fue a buscar la escalera se dieron cuenta de que la habían dejado olvidada en el parque de bomberos. «¿Qué haremos ahora?», preguntó Vera.

Mientras tanto, Caramelo no dejaba de llorar: Miiiiiiiaaaaauuuu, miiiiiiiaaaaauuuu...

A Vera se le ocurrió entonces que podían utilizar las cajas que su papá guardaba en el garaje. Así, primero una y luego otra y otra y otra... Hasta 10 diez cajas fueron colocando hasta que al fin un bombero subió a la última caja, que era la más alta, y pudo rescatar al gato.

Cuando el bombero bajó con Caramelo todos se pusieron muy muy contentos y Vera y su mamá decidieron dejar ahí las cajas por si a Caramelo se le volvía a ocurrir perseguir una mariposa.


martes, 10 de enero de 2012

No siento las piennas

Tal día como hoy hace 16 años, mi hermana y yo hicimos novillos consentidos; después de celebrar nuestro cumpleaños el día anterior y acabar tarde, tras insistir mucho, mi madre nos dio permiso para quedarnos en casa. La mañana transcurrió normal, como cualquier otra: a primera hora los recados y más tarde, preparar la comida. Mi hermano llegó a comer a las tres, como marcaba su horario. Cuando acabamos, se marchó a su casa porque tenía que estudiar inglés y nosotras nos quedamos recogiendo la mesa. Mi madre, después de fregar los cacharros, se quedó en la cocina leyendo, mi hermana se fue al estudio a dibujar y yo a la cama porque me sentía mal.
Aquella sobremesa podría haber sido la habitual si no fuera porque a las tres nos dolía la cabeza y a ninguna nos extrañó. Mi madre sufría migrañas desde siempre, yo las he heredado y a mi hermana también le duele de vez en cuando. Así que, cada una por nuestro lado, nos fuimos a una habitación a ver si se pasaba el dolor con una aspirina.
Mi siguiente recuerdo es despertarme con voces y ruido. Lo primero que pensé fue que mi vecina de abajo debía tener visita, la mujer estaba muy sorda y siempre hablaba a voces. Mi madre abrió la puerta, sujetándose con las manos al marco, me preguntó si estaba bien. Aquella imagen quedó grabada para siempre: mi habitación a obscuras, su figura negra enmarcando la puerta y al fondo una luz tenue. «Estoy bien», le dije, pero al intentar levantarme las piernas no me respondieron y me caí. Empecé a llorar asustada, llamé a mi madre. Como pudo me ayudó a salir al pasillo. Allí estaba mi hermana, sentada en el suelo, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la pared, no decía nada, tenía la mirada perdida, solo lágrimas rodando por sus mejillas. Me coloqué a su lado mientras mi madre se dirigía hacia la puerta a duras penas. Según me apoyé en la pared, mi cuerpo se fue resbalando hacia un lado hasta caer de nuevo, no podía controlarlo; tuve un buen moratón en el ojo durante toda la semana siguiente.
Recuerdo el miedo que sentí al ver a mi madre salir hacia la escalera para abrir la puerta cuando sonó el timbre, pensé que se caería por las escaleras y la sensación de impotencia me hacía sentir aún peor.
La policía subió corriendo y nos sacó al descansillo, poco después llegaron las ambulancias. Golfo, nuestro perrillo, aprovechó para escaparse. Llovía y hacía mucho frío.
Cuando me espabilé un poco, la policía me llevó en su coche hasta la casa de mi hermano para comprobar cómo estaba. Lo vi desde el asiento de atrás. Abrió la puerta y se quedó blanco. Le dolía un poco la cabeza, pero había escapado a tiempo.
No recuerdo el trayecto al hospital, solo el ingreso. Me tuvieron cuatro horas en una sala, con una vía puesta y suero; seguramente algo más pondrían. Los médicos y enfermeros entraban y salían, aún no había recuperado todas mis fuerzas. No sabía nada de mi madre ni de mi hermana y me temía lo peor, nadie me decía nada. Aquellas cuatro horas pasaron lentas y pesadas, entre el miedo y una recuperación tardía. Cuando al fin me dijeron que podía marcharme, me levanté de la camilla y salí hacia la puerta, aún llevaba la vía puesta; me volví y les dije que no me gustaba el souvenir. Me miraron raro y un enfermero me lo quitó sin mucho cuidado. A la salida estaba mi tío Fito, me abracé a él y lloré, estaba temblando.
Mi hermana, dicen, entró en coma, pero despertó rápido. Mi madre, dicen, entraba a urgencias tumbada en la camilla y diciendo a voz en grito: «No siento las piennas»...
Cuando volvimos a casa, mi madre abrió bien las ventanas para que el piso se ventilara. No olía a gas, ese no había sido el problema, solo fue la falta de oxígeno por la mala combustión del calentador. Mi madre y mi hermana durmieron en casa de mi hermana mayor, yo en casa del pequeño; estuve llorando toda la noche pensando en lo que hubiera pasado si mi hermana no se hubiera levantado a quitarse las lentillas pues tenía intención de acostarse por el dolor que tenía de cabeza. En el baño, perdió el equilibrio y se cayó al suelo, aquella fue la voz de alarma. Mi madre supo reaccionar a tiempo, salvó su vida y la nuestra.
Somos como los gatos, ya hemos consumido una vida extra. Por eso, a fecha de hoy seguimos felicitándonos el 9 de enero por seguir vivas.

P.D. Pocos días después fallecieron en Villafranca, un pueblo de al lado, un padre y sus dos hijas pequeñas por la misma causa... Ellos no tuvieron tanta suerte.

domingo, 8 de enero de 2012

Reviere



Abrió la pequeña lata y sacó el último bombón. Realmente no le gustaban, el único motivo por el que los había comprado era la caja adornada en su tapa con un detalle de Reviere, de Alphonse Mucha. No era ninguna entendida en arte, conoció el autor porque en la parte de abajo venía la referencia: «Chocolate-Amatller. Alphonse Mucha. Centenario de la casa año 1900». No le cuadraba la fecha, significaba que el chocolate tenía al menos 10 años.
La mujer del retrato, de tez pálida y labios rosados, la miraba fijamente a los ojos. El vestido tan adornado y tal cantidad de flores, todo en tonos cálidos, llamaban enormemente su atención. Quizá quisiera avisarle de la caducidad del contenido, peor no era más que una cara hermosa impresa sobre lata fría. Pensó en darle mejor uso, pero no sabía qué guardar en ella, demasiado pequeña como joyero, demasiado grande para guardar las llaves. Tampoco servía de monedero, demasiado escandoloso. Quizá para las especias, pero no quería concederle olor a albahaca a aquel rostro tan hermoso.
Al día siguiente la caja seguía en el mismo sitio, pero algo había cambiado. La mirada de la muchacha decía algo distinto, apretaba la boca quizá con enfado o decepción. «A ver, calma, solo es una caja de lata y he madrugado demasiado», se dijo. No le prestó más atención. Aquella mañana en el trabajo, sacó hueco para mirar su correo personal y consultar en la web sobre el pintor. Sentía curiosidad por saber quién era la mujer, ver el resto del cuadro. Según la Wikipedia, Alphonse Mucha se dedicó principalmente a diseñar decorados y publicidad; frustado y cansado de luchar por el verdadero origen de su arte, se rindió a su trabajo. Se fijó en un comentario que decía sobre el autor que la intención de su arte era la de transmitir un mensaje espiritual, pero ¿qué mensaje portaba la mujer de Reviere?
Localizó la imagen completa. Flotaba en vestido vaporoso de anaranjados con adornos en el pecho, un halo de flores enmarcaba la figura que, sentada, se entretenía en leer una revista. «Como toda mujer en una peluquería», pensó. Repasó cada detalle del torso pues era lo que coincidía con su contenedor. Estaba segura de que había algo distinto, encontraría ese mensaje del que hablaba Mucha porque juraría que esta mañana tenía una expresión distina. Eran los ojos, donde consultaba la imagen la mirada tenía un verde más suave. La buscó en otras fuentes y en todas halló el mismo distintivo: el color de sus pupilas.
Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue buscar la caja. No podía creerlo... ¡La mujer había desaparecido! Lo siguiente que recuerda fue un golpe en la cabeza. Cuando despertó se notó distinta, más plana y lánguida, ahora era ella la que portaba el vestido naranja. Vio a la joven terminando de subirse la cremallera de sus vaqueros mientras se miraba el espejo de lado para ver cómo le quedaban. «Te hubiera avisado, debiste informarte primero».

sábado, 7 de enero de 2012

Por mí seremos

Soy, eres, seremos.
Somos lo que nunca fuimos.
En esencia, palabras, intenciones,
lo dicho y lo callado.

Habremos de esperar el momento .

Oyendo a Silvio pienso que
Si te doy mis versos
Te estoy entregando mi vida.
Es extraño el desearte cerca
Sabiéndote tan lejos.

Es complejo el sentimiento
Pues no sé explicar
Cómo, cuánto ni por dentro
Despierta una nueva paz.

Quizá es sentirme esperada,
Quizá el saberte esperar.

En la margatita dudosa
Del «te quiero, no te quiero»
Te guardaré el último pétalo
En profundo secreto.
No desvelaré su sino
Hasta saberte en mi lecho.

Dime, ¿seremos?

viernes, 6 de enero de 2012

En el buen camino

Java ha escogido una nueva cama, ahora descansa sobre la funda del portátil. Gris, como siempre, se ha hecho fuerte en el centro de la manta y duerme tranquila en ovillo. Las pequeñas, Laura y Jinja, se han metido bajo la funda del sofá, inseparables dormitan junto a la almohada. Es una paz perfecta la que cierra este día de Reyes.
En el silencio de noches similares, de todas las anteriores desde que mi vida cambió, he escrito mucho y pensado aún más. En estos cuatro meses de soledad he vivido más que en los diez años anteriores: he querido con mucha intensidad, he odiado ―incluso a mí misma―, he llorado pérdidas y sentido miedo a sufrirlas, pero, sobre todo, he reído. Me quedo con lo último porque es lo que me está haciendo fuerte, segura, capaz... La vida, mi vida en estos ciento veintitantos días me ha enseñado más de lo jamás habría pensado.

Son las 02:10 de la madrugada del 6 de enero y por primera vez en mucho tiempo he planificado mi agenda para más de un mes. Me sorprende saber lo que quiero hacer mañana, volver a ser capaz de organizar mis horarios, tener claro lo que espero: madrugar, fregar las tazas de esta semana, planchar la ropa (ya sabéis, «Mi estresante vida como ama de casa»), y en cualquier momento encontrarme contigo. Porque las horas se hacen pocas y el día muy largo cuando apenas hablamos. Debo añadir a la lista algún abrazo, los entendidos en el tema recomiendan una media de 12 diarios para una perfecta supervivencia emocional; la mía va un poco torcida, de momento.

Aún queda un largo trecho para reiniciar de nuevo, pero sé que estoy en el buen camino. Sigo teniendo cerca a mi gente: a mi familia (a la que adoro) y a mis amigos, los pocos pero grandes que me han quedado tras el cambio. Y sí, lo reconozco, retomar la ilusión por alguien facilita el proceso. Quisiera decir que no lo tengo claro pues hasta hace nada me había acomodado a la soledad con la absurda idea de que podía controlar mis sentimientos. Insisto, quisiera decir que no lo tengo claro pues mi cabeza reclama paciencia, pero está claro que no lo hace con el suficiente ímpetu pues no, no tengo dudas. Ahora tengo muy claro lo que quiero, mañana quiero encontrarte, volver a sonreír contigo, darte de nuevo la oportunidad de evitar tu inminente derrota al parchís... Pero, hablando de sueños te diré que espero con ansiedad ese día y no tanto por el juego, sino por saberte conmigo.

No diré más, que me pierden las manos.

Me voy a la cama feliz. Los Reyes Magos me han dejado sus tres regalos: gel de baño de Hello Kitty (que mañana pienso estrenar justo antes de los largos), un libro de iniciación al patchwork y unas gafas de sol, las primeras sin graduar ahora que me he pasado a las lentillas. No, no había pedido ninguna de estas cosas, pero ¿acaso importa? Mis deseos son sencillos: amor, salud y trabajo, en ese orden. Dado que nada es tangible tengo la esperanza de que esta noche se vuelvan a pasar por casa, pero esta vez los de verdad, y mañana amanezca con cualquiera de esos tres presentes. El año es muy largo y espero dará tiempo a todo.

Solo un sueño

(Sueño fechado el 3 de agosto del 2000. Lo encontré el otro día entre mis cuadernos. Los sueños, sueños son, pero a veces transmiten sensaciones tan reales como la vida misma...)


Estábamos en su piso, cenando en su salón-comedor, en una mesa enorme llena de platos vacíos, vasos medios de vino y varias botellas descorchadas. Había solo unos pocos focos iluminando el grupo; a ambos lados de la pared, unos cuadros enormes de paisajes obscuros iluminados con una luz tenue.
Desde la mesa, apoyada mi silla en la pared, podía ver el resto de la habitación: una sala amplia, con muebles grandes y confortables; al fondo un gran ventanal desde donde se podía ver toda la ciudad, y a ambos lados plantas a modo de vigías. Todo ello envuelto en una penumbra que llegaba a asustarme...
Me recuerdo sentada en un extremo de la mesa, el más cercano a la puerta que sabía de escapada. Podía ver toda la habitación y a él mirándome de vez en cuando. Oía las risas y las conversaciones de los demás; creo que era más una reunión de amigos que de familia.
No entiendo qué hacía allí, no conocía a nadie y, a la vez, tenía la sensación de estar arropada. La gente hablaba conmigo y yo reía con ellos, pero no pertenecía a ese círculo, no era mi gente.
De vez en cuando le miraba. Él no me quitaba los ojos de encima. Cuando hablaba con alguien le cambiaba la cara: sonreía y se tocaba la barba pensando alguna respuesta, pero cuando se conversación acababa volvía a fijarse en mí y eso no me gustaba.
Cuando nuestros acompañantes dijeron de irse fui la primera en levantarme. Hubo revuelo, éramos muchos. Lo siguiente que recuerdo es verme abajo, en la puerta del edificio, despidiéndome de todos ellos. Pero en un momento dado, cerraron el círculo y nos quedamos fuera una pareja y yo, cruzamos algunas palabras y me cambié de acera. Me quedé frente al escaparate de una tienda de muebles de madera, pegué las manos en el cristal y me asomé todo lo que pude. Me quedé embobada fijándome en cada detalle de un ave tallada que había en el suelo. Fue entonces cuando él se acercó a mí agarrándome del brazo derecho y me dijo que nunca más volviera a hacerle eso a la pareja, era de muy mala educación dejarlos solos. Sentí miedo, mucho miedo.
Sé que estábamos en Madrid porque dos chicas, más o menos de mi edad, se despedían de su madre diciendo que irían andando hasta casa y le pidieron consejo sobre qué itinerario seguir... No recuerdo el nombre de las calles, pero sé que en su momento las reconocí.
Cuando ya se habían ido todos, pasamos a la entrada del edificio; era lujoso y no correspondía para nada a la fachada, muy decorado con cuadros, mármoles y estatuas por todas partes.
No entendía porqué seguía allí con ese hombre.
Pasamos al ascensor. Él me notó rara, asustada, intentando esconderme en cualquier rincón.
―¿Qué te pasa? ¿Ya no quieres estar conmigo? ¿Acaso no recuerdas lo que me dijiste en el ascensor de magisterio? ―Me dijo con mal tono.
Intenté hacer memoria, no sé si consciente o inconscientemente, y me vi como en un recuerdo borroso, subida en el ascensor que él decía junto a otro hombre más, ambos sonrieron pero no recuerdo lo que dije aquel día. (Ahora, en la realidad, estoy segura del momento que me indicó el sueño, el curso de Matemáticas, pero estoy segura de que aquella situación no se dio).
Cuando el hombre formuló la pregunta, en los segundos que cerré los ojos y me transporté a mi recuerdo dentro del sueño, le cambió la cara: se convirtió en un déspota, algo cruel asomaba en su mirada.
Creo que pulsó la tecla 9 y cuando el ascensor comenzó a subir él se acercó a mí y empezó a tocarme. Estaba paralizada, tenía miedo y la sola idea de gritar, parar el ascensor en cualquier otro piso y salir huyendo me aterrorizaba aún más. Eran sus ojos los que me acosaban y sus brazos los que me rodeaban, pero la sola idea de reaccionar me hacía pensar que lo siguiente sería peor.
Al llegar al piso, volvió a ser un hombre amable. Sé que había alguien recogiendo la mesa y limpiando. Entró por la puerta con aires de gran señor, se colocó la bata y se volvió de nuevo a mirarme. No dijo más. En ese preciso instante me sentí condenada, poseída, vendida como un trozo de carne. Allí, desahuciada, apoyada en una silla, no sé si para no desmayarme o para sentirme atada a la realidad que para mí era ese momento.
Hubo miradas fuertes, violentas, entre los dos.
Sentía tanto miedo. No sabía si reír o llorar, quedarme allí o salir corriendo. De lo único que estaba segura era de que debía obedecer, que de un modo u otro le pertenecía.

martes, 3 de enero de 2012

Un pensamiento en felino

Frío, calor, y más frío... Hoy solo son despedidas tristes. El día amaneció de un húmedo obscuro, poblado de espesos cúmulos. No hay escapatoria, la noche es cada día más larga. Me sentaré junto a mis gatas a ver la vida pasar, dormitaré las mismas horas y participaré de sus juegos rebeldes. Por hoy no hay más motivo para seguir adelante que agotar alguna de las seis vidas que aún me quedan. Quizá mañana tenga más suerte ...

Vestida de silencio

Por fin ha vuelto la inspiración, lo ha hecho vestida de silencio. Ha traído entre sus manos un pequeño pájaro muerto. Lloraba inconsolable acariando sus alas yermas, lamentando la pérdida como si en ella se hubiera ido parte de su vida, de la mía. Cuando al fin ha levantado la mirada, ha fijado sus ojos en mí diciendo con toda su rabia: «Tú me has obligado a hacerlo...»
Casi acabé con mi vida al intentar acabar con la suya; ahora me castiga con estas ausencias repentinas, disfrazando de tristeza las palabras en insufrible agonía. Ya no volverá con las golondrinas.

jueves, 29 de diciembre de 2011

En el limbo de los sentimientos

En el borde de la nada, entre el cielo y el infierno, las ideas vuelan alrededor sin dejarse atrapar. La inspiración está de vacaciones, se las ha tomado sin decirme cuándo volverá, siquiera si piensa hacerlo. Estoy agotada de forzar las ideas, de mirar a cualquier parte y no ver nada más que un espacio desierto. Me tomaré un descanso. Escribiré para mí sola pues ahora me encuentro en el limbo de los sentimientos. Me quedaré con Bécquer, vagando sin rumbo fijo en ese espacio misterioso entre la vigilia y el sueño hasta que vengan a despertarme diciendo «te quiero».

(RIMA LXXI, de Gustavo Adolfo Bécquer)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La palabra adecuada

Puedes encontrar más de 100000 palabras en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, eso sin contar derivados y demás. Pero, ¿cómo hallar la secuencia concreta, la que responda a todos los gustos? Te lo digo: no la hay.
Escriba lo que escriba habrá a quién le parezca triste, aburrido, sin sentido o quizá todo lo contrario. Acomodarse a todos los públicos es complicado, ¿cuál es el tema más neutro, aquel del que todos hablan? Para niños, adultos y ancianos, déjame pensar... Lo único que puede arrancar unas carcajadas sería el clásico «caca-culo-pedo-pis», y el que piense lo contrario que lo diga. Pero tendrás a aquellos a los que ni eso les parezca correcto.
Descartemos el tema del amor ―por aquello de ponerse moñas―, el de la muerte (no se vayan a pensar que voy a suicidarme), la tristeza está muy manida, tanto como el silencio y el vacío, ¿y la alegría? ¿Qué escribo, un monólogo y nos reímos todos? Seguro que alguien se ofende con alguno de mis chistes.
Así que casi mejor guardo silencio hasta que propongas un tema concreto, sé mi muso exigente, pide por esa boca, a ver si tienes suerte y das con la palabra adecuada.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Supervivencia

Otra vez sentimientos en el tintero.
A pesar de negarme a reconocerlo,
A pesar del frío del largo invierno,
Han surgido como primavera en flor.

Han regresado las mariposas
A revolver mi vientre dormido
Despertando de nuevo la inspiración.
Tanto es el tiempo perdido...

No hablaré más del silencio,
Del vacío o la obscuridad.
Ahora solo quiero tu risa dibujada,
Todo lo que dices y lo que callas.

Seremos la luz serena y dulce,
Habitantes de un futuro incierto
Caminando a la par sin perdernos
Una sola palabra, una sola mirada.

Mientras siga habiendo amor
Juro que sobrevivirá mi poesía.

sábado, 24 de diciembre de 2011

La cara oculta de la Luna

Me pediste la Luna y me quedé sin palabras, ¿cómo hacerte similar ofrenda? Consulté con astrónomos sobre su movimiento, y a físicos sobre la gravedad del evento, pero ninguno me dio la solución al problema. Después de mucho pensarlo he decidido que la próxima vez que te vea esperaremos juntos la noche, pero no una noche cualquiera, la primera de luna llena. Cuando esté en lo más alto la miraré fijamente hasta memorizar cada orilla de su Mar de la Tranquilidad, entonces cerraré mis ojos capturando la imagen y dejaré que beses suavemente mis párpados para entregarte su cara oculta.


Me niego a escribir un cuento navideño

No, me niego. Nos negamos mis palabras y yo. La Navidad es para quien la celebra; ellas prefieres dedicarse a otros menesteres y yo ya perdí la ilusión. Me falta gente, me faltan ganas, me falta la Navidad simplemente.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Hambre de cariño

Cuánto silencio, cuánto vacío.
Mirar hacia fuera en invierno
Es conocer mi interior:
Marchito, yermo y frío.

Los días pasan insondables.
Mi esperanza es la mar infinita
Excitada en olas albinas,
Profunda y negra de arte.

¿Me acostumbraré a morir en vida,
A las noches de insomnio?
Me anclaría al cálido otoño,
Al cobrizo de sus hojas caídas.

Tan difícil la palabra, la sonrisa.
Querer sin querer estar sin estar.
En la espera traicionera
Que susurra a voces la brisa.

Solo el sueño infranqueable,
El que siempre evita la paz.
Dejemos de ser quienes somos
Para no pasar más hambre.

martes, 20 de diciembre de 2011

A mis palabras

Qué extraña sensación... Mis palabras han enmudecido, parecen indecisas, no saben en qué orden salir. Es la primera vez en mucho tiempo que no sé qué ni cómo decir lo que siento. He intentado forzarlas en prosa y en verso, pero cada vez que quiero echar mano de ellas, huyen de mi boca. Es algo inusitado, estaba acostumbrada al revuelo y al desorden, ahora perecen haberse aliado con el silencio.
Para vosotras este post pues sois mis mejores aliadas; os debo el reconocimiento y muchos sentimientos compartidos. Así que, queridas mías, no tardéis en decidiros, necesito vuestra guía, vuestro consuelo.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Muda

¿Dónde estáis palabras? Siempre deseando salir de mi boca y ahora os escondéis obligándome al silencio... Caprichosas, me mantenéis muda.

La larga espera

Lo supo desde el primer instante, dudaba de si tendría otra oportunidad. No creía en la suerte ni en el destino, solo en la gente y en sus intenciones, y ahora creía en él pero le seguía faltando fe en ella misma. Algo le impulsó a tomar la decisión, quizá el miedo, quizá la esperanza, pero, como siempre, le fallaron las palabras... Se quedó en silencio, muda, solo supo decir «te quiero» con un abrazo intenso, rozando sus mejillas, acompasando los latidos al ritmo de un ligero contoneo. Al final, él le susurró al oído: «¿Por qué has tardado tanto?»

Tu corazón es mío

Te vas y me dejas sin palabras, sin letras en el tintero, sin más que decir. Vuelvo al silencio, a tu ausencia que es mi vida hasta el instante en el que te reencuentro.
… ¿Dónde has estado todo este tiempo, dime?
… ¿Qué harás el resto de mi vida?
Decirte que eres, en definitiva, lo que esperaba encontrar, y ahora que (no sé si) te tengo, siento un horrible miedo. Experta en declaración de intenciones, te diré que seguiré a tu lado, no tengo nada que perder ¿Harás tú lo mismo? Dejo mi corazón en tus manos, es tuyo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

sábado, 17 de diciembre de 2011

Volvamos a estar vivos

¿Qué tal si dejamos a los muertos de lado
Y volvemos a estar vivos?
Si retomamos los sentimientos olvidados
En un mismo rumbo fijo.

Despertemos todos los sentidos,
Utilicemos todas las palabras del diccionario,
Gritemos a los cuatro vientos por capricho
Agitemos los instintos primarios.

Esta noche yo soy tuya y tú eres mío.

viernes, 16 de diciembre de 2011

De tu voz...



Hoy me han hecho un regalo muy especial... Eternamente agradecida a Clarisa Leal; siempre la llevaré en mi corazón.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Borrando nuestro recuerdo

No, que no digan que no supimos amarnos, se equivocarían siempre. Dejemos que mientan, que digan lo que quieran, pero que no nieguen que hubo algo grande entre los dos pues quisimos alcanzar el cielo en nuestra particular torre de Babel construida con cariños. Mas, como en el Génesis, acabamos destruyendo todo aquello con los silencios, confundiendo nuestros caminos y alejándonos sin remedio.
No, no permitamos que borren nuestro recuerdo. No olvidemos nuestra capacidad de amar aunque el destino nos lleve a otros. El pasado es nuestra historia y los recuerdos el legado.
Que no digan que no nos amamos...

sábado, 10 de diciembre de 2011

Poemas en flor

Déjame ser tu voz,
Engañemos al silencio.
Dejemos que fluyan las palabras
En prosa o en verso.

No importa el tema, motivo u oración.
Rompamos las cadenas que nos atan
A la página en blanco,
A la tinta seca y al borrador.

Déjame ser tu voz
Tantas veces como nos haga falta.
Déjame amarrarme a tu garganta
En trueno aterrador.

Acabemos con esta paz incauta
Que nos separó en dos.
Volvamos a la unidad tan ansiada
Que no quiero morir sin dicción

Déjame ser tu voz
Y gritemos a los cuatro vientos
Quienes somos tú y yo:
Poemas en flor.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Inspiración, expiración

¿Qué haría yo sin ti?
Sin tu ausencia, sin tu silencio, sin tus palabras huecas,
Sin esa sonrisa atorada y esos ojos muertos de sueño.
¿Me quedaría sin inspiración,
Sin motivo por el que escribir?
¿O quizá no?
Mi inspiración viene con lo más inesperado.
Verás...
Empiezo a no echarte de menos, tampoco te echo de más.
Es solo que la vida continúa contigo o sin ti.
Lo siento, querido, eres prescindible,
Aunque seguirás siendo blanco de mis versos,
Quizá algún personaje en mis cuentos.
Quién sabe.
Ahora sé lo que haría sin ti:
Lo mismo que contigo:
Inspirarme, expirarte.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Tras la tormenta llega la calma

Aún recuerda cuando la tristeza era una opción y no una constante en su vida, cuando aún tenía fe en que tras la tormenta llegaría la calma. Lo recuerda con nostalgia, con la sensación de haber perdido la capacidad de levantarse de nuevo a pesar del esfuerzo. Sabe que nada volverá a ser igual, que el futuro se presenta tintado en un color desconocido. No sabe de mezclas, jamás se le dio bien elegir el tono adecuado para nada que tuviera ver con ella misma.
Ahora, sentada frente al ordenador, solo lee. Repasa todos sus escritos intentando rememorar la sensación de tibieza, pero no lo logra. «¿Cuándo me perdí?», se pregunta una y otra vez intentando hallar la respuesta que no llega. Se detiene ante una lectura inesperada, unas palabras que no le pertenecen, una dedicatoria antigua que pasó por alto en su día.

«Adoro todas y cada una de tus palabras. Si tus sentimientos son sinceros, déjame que tome tus manos para siempre.»

No sabe quién escribió aquello. El enlace del autor lleva a una página caducada y hacer la búsqueda por el pseudónimo es imposible. Mira la fecha: 8 de octubre de 2009. Han pasado más de dos años. Sabe que se agarraría a un clavo ardiendo si ello supone su salvación, y a la vez siente una mezcla entre curiosidad y miedo. «Jamás sabré quién fue». Se rinde y vuelve a la lectura de sus post.
Después de tantos años escribiendo, el tiempo pasa despacio mientras en cada cuento, en cada verso, trae a su memoria cada sentimiento sobrevivido: el amor, el desamor, la muerte de un ser querido, la esperanza, la decepción... y otra vez el amor, y con él, otra vez el desamor.
Se detiene de nuevo, le resulta duro masticar de nuevo esa sensación amarga. Abre otra pestaña en su navegador y revisa el correo; tiene un nuevo comentario en su última publicación. Justo en ese momento llaman al teléfono. Es su primera conversación del día, rozando las once de la noche; su madre, preocupada, le pregunta cómo está, si quiere que vaya a verla... «Mamá, solo he cogido frío, debo estar incubando algo. No te preocupes, ya está aquí mi minino para hacerme compañía. Mañana voy a verte sin falta. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?» Odia mentirle, ojalá tuviera el valor suficiente para decirle que está cansada de esperar, de que todos los días sean iguales y de acabar cada jornada más triste que la anterior; pero no puede. Para ella fabrica su mejor sonrisa.
Antes de volver al ordenador, se prepara un café caliente y un par de galletas, su cena más frecuente. La noche será tan larga como el día, dormir lo hace solo por aburrimiento, apenas tiene sueño, apenas tiene sueños. Cuando se reincorpora a la red, recuerda el comentario pendiente y lee.

«Sigo adorando todas y cada una de tus palabras. Sé que tus sentimientos son sinceros, estoy seguro de ello. Déjame pues que tome tus manos para siempre.»

Yesterday


De volver al silencio me encuentro cansada,
Derrotada en las mil mareas en las que nado
Con la espalda dolida por el peso que cargo.
Y a pesar de todo eso, no me queda nada.

De encontrarme otra vez con ella, mi sombra,
Enraizada a la cordura que perdí con el tiempo,
Se burlan de mi locura golpeando contra el viento
Todo lo que siento y, sin querer, vomito por mi boca.

¡Alejáos, insensatos, no merezco vuestra ayuda!
Dejadme morir en paz reviviendo mi pasado,
Aquel tan lejano que apenas he llorado
Cuando era feliz, el de la infancia huesuda.

Reflexiones de última hora

«Solo necesito tiempo...» Le he dicho a mi tocaya totalmente convencida. Ojalá hubiera sido capaz de confesar que mi lista de necesidades es interminable, pero no puedo. Me resisto a negociar la felicidad conmigo misma, pero lo sigo haciendo. En este trance de indeterminada paciencia llevo más de tres meses, y aunque me he recuperado en algunos aspectos, sigo atrapada en muchos otros.
A pesar de la seguridad que ahora me domina, sigo arrepintiéndome en pequeñas dosis de palabras no dichas, de actos contenidos y deseos impronunciables. ¿Se puede continuar una vida anclada a esos defectos? Segura estoy de que el camino no es fácil, que todavía tengo mucho por descubrir.
Un buen amigo me decía el otro día lo que me queda por aguantar... Ni imaginarlo quiero, pero me siento preparada para hacerle frente a todo lo que venga porque de todo lo que compartimos el otro día en la comida, dijo algo más que me llegó al alma. Me describió en una palabra: «fiel». Fiel a mí misma, a mi gente, a mis ideas y valores, incluso a mis contradicciones. Casi me avergoncé, pero se lo agradezco.
Ahora, rozando la una de la madrugada y después de un día agotador, entre risas y caminata, no puedo evitar repasar en global mi vida. Y a pesar de los cambios a mejor, creo que sigo retenida por mis miedos. Con mis niñas dormidas, todas en el sofá-cama, la mochila en la cocina y el paquete de tabaco vacío, creo que mejor me voy a dormir, no quiero pensar más, ni en lo ínfimo ni en lo eterno. Me entregaré a los brazos de Morfeo que, de momento, es el único varón con el que comparto mi cama.

Por orden de llegada...

Por mi hermana y mi amiga,
los policías con los que compartimos el riego,
porque la vida es bella,
la Gran Vía, ida y vuelta, vuelta e ida,
los amigos reencontrados,
el restaurante cerrado,
por el abierto y su tarta de zanahoria,
mi déjà vu,
el Parque del Retiro y su Palacio de Cristal,
los recuerdos imborrables,
todas las risas compartidas,
para el malqueda y los dejados en el tintero,
por el/lo que pudo ser y no fue,
las despedidas,
las horas de tren,
el placer de volver a casa,
y mis niñas...

Por todo eso, ¡me voy a la cama!

martes, 6 de diciembre de 2011

Los cuatro elementos

Soñó que era fuego, caliente y seco,
Amando con pasión a Prometeo.
En rojo ardiente de perdidos deseos
Y silencios encondidos.

Soñó que era tierra, seca y fría,
Creció en melancolía de adversidades
Amamantando a quien dio luz
De alma yerma y marchita.

Soñó que era agua, fría y húmeda
Y se dejó llevar por las mareas
Víctima de las emociones en superficie
Ocultando de invierno su feminidad.

Soñó que era aire, húmedo y caliente,
Sangre viscosa en sustancia pura,
Inspirando la muerte, expirando la vida.
Bebiendo los vientos por Eros.

En la indecisión de los elementos decidió ser Vida.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Vida por vida

Aquel invierno había empezado antes de lo esperado. El otoño duró lo que un suspiro dejando paso al frío, a la noche temprana y el brasero de la mesa camilla. Elena se había trasladado hacía poco a la casa de su abuela. La vivienda, pendiente de muchos arreglos, tenía un patio en la parte trasera al que apenas salía; su suelo, vencido por el tiempo, necesitaba un repaso y con el hielo se hacía especialmente peligroso.
Por las noches miraba por la ventana de su dormitorio helado, cubierta por un mar de mantas gruesas. Deseaba que su destino fuera otro, pero el paro y las deudas con el banco, la habían obligado a volver al pueblo. Vivía aquella casa como su vergüenza última, se sentía igual: achacosa y desvencijada, haciendo un esfuerzo por sobrevivir. Dejaba pasar los días entre los quehaceres de la casa sin hacer un solo ruido, ni radio ni televisión. No leía ni escribía, apenas encendía luces y tampoco salía a hacer la compra, prefería que se la trajeran a casa con tal de no hablar con nadie, ―«Olvidaré mi voz», se decía―; tampoco cantaba, como solía hacerlo cuando era joven. Sus únicos compañeros de fatigas eran los crujidos constantes de las vigas que se quejaban de la humedad.
Una tarde, poco después del café, oyó un ruido fuera. Se asomó al patio, pero no vio nada. De vuelta a la cocina volvió a escuchar como si alguien rascara la puerta trasera. Dudó que fuera un ladrón, qué se iban a llevar si solo tenía miseria. Ante la insistente llamada, dedició abrir la puerta de madera no sin esfuerzo pues estaba hinchada tras la última nevada. Frente a ella, tiritando de frío, había un gatito negro. Ambos se quedaron un rato quietos mirándose. El felino no se atrevió a dar un paso y ella no supo cómo reaccionar. No quería compañía, apenas tenía para mantenerse ella sola, pero el estado del animal, desnutrido y canijo, conmovió su corazón. Con la puerta aún abierta, pasó al aseo a buscar una toalla con la que recogió al pequeño entre sus brazos. Lo secó con cuidado, repasando su frágil cuerpo para asegurarse de que no viniera acompañado. El gatito se quedó dormido con tanto mimo. Cuando empezó a ronronear, Elena dejó escapar la primera sonrisa después de mucho tiempo.
Cuando llegó la primavera todo en aquella casa había cambiado: La mujer había recuperado las ganas de vivir, de hacer cosas, había encontrado trabajo y reformado el tejado para acallar sus protestas; soló el suelo del patio y colocó allí una sombrilla y una mecedora con unos cojines cómodos donde ella y Vida, su gato negro, se echaban la siesta a diario.
La gente pensó que aquel cambio se debía a que Elena se habría hecho novia con algún muchacho del pueblo; pero no, solo ella sabía que el amor incondicional que su gato le entregaba a cambio de haberle salvado la vida era lo que había salvado la suya.

sábado, 3 de diciembre de 2011

En sonrisa constante

Soy en sonrisa constante. No recordaba que ser feliz fuera tan fácil. Ahora todo me resulta agradable y lo que me molesta, lo obvio y a otra cosa. Los primeros meses de cambio fueron complicados, se me juntó demasiado, pero ahora, simplificando, todo toma un aire nuevo. He de reconocer que de entre todos mis sueños mantengo solo uno, pero lo guardaré en secreto, de momento.
Me gustaría contagiarte de esto que me empuja a caminar hacia delante sin miedos ni apreturas, sin pensar en el pasado ni las consecuencias. Cuando al fin nos amemos, querido mío, lo haremos sin medida.

Soñar de tu recuerdo

Quiero olvidarte y no puedo,
Tendría que olvidarme de mí primero.
El amor tiene estas cosas,
Va y viene haciendo renacer la llama,
Abriendo las heridas de nuevo.

Quisiera ser mariposa
Ligera en la nebulosa.
Escapar del sentimiento
Que ahora me tiene atrapada
Marchitando entre las rosas.

Quisiera que me llevase el viento,
Olvidar cada momento
Que nos unió para siempre.
Pero tengo un ala rota,
No puedo levantar el vuelo.

Quedaré dormida en tu regazo
Sin dar un ruido siquiera.
No te molestaré jamás,
No percibirás mi presencia.
Seré invisible ante tus ojos.

Solo déjame soñar de tu recuerdo.

viernes, 2 de diciembre de 2011

4 minutos



Podía haber cumplido con cualquiera de sus tareas diarias, pero aquella mañana decidió salir a pasear de nuevo; a pesar del frío, el día había amanecido claro y soleado. Se calzó las zapatillas de deporte y cogió el reproductor de música. Con el volumen bien alto para aislarse de los ruidos de la calle, salió sin dirección concreta. Anduvo un buen rato hasta terminar en su sitio favorito: el parque; le encantaba disfrutar de las risas de los niños jugando en los columpios, pero a esas horas y un martes no se cruzó con ningún pequeño. En la zona del fondo aún permanecía la antigua pista de patinaje, rodeada de árboles, casi oculta, y poblada por hierbajos. Como en cada escapada matutina, miró en todas direcciones, ―no vio a nadie―, y pasando por debajo de la baranda accedió al cemento pintado en rojo teja. Se entretuvo un momento buscando en el aparato una canción concreta, nunca sabremos lo que escuchó (ni siquiera yo).
Cuando la música empezó a sonar, comenzó a contonearse lentamente, con los ojos cerrados. Allí, escondida entre las sombras de los pinos, estaban ella, la melodía y su improvisada pista de baile. Sus hombros contagiaron el ritmo a sus brazos y levantándolos despacio, inició una coreografía para la que no había espectador. Sus movimientos suaves, su sonrisa tibia y la punta de sus dedos dibujando lazos invisibles, marcaron el inicio de unos pasos tímidos que poco a poco la convirtieron en la dueña de aquel espacio. Desde el centro de la superficie fue desplazándose hasta cada rincón, regalando con sus manos todo lo que la letra le inspiraba. Durante cuatro minutos no hubo nada más en el mundo...
En el silencio que daba paso a la siguiente pista de audio, se detuvo en seco y abrió los ojos volviendo a la realidad. Comprobó de nuevo que no hubiera nadie cerca; se moriría de vergüenza si alguien la viera. Nadie, de nuevo esa soledad que tanto la consolaba. Salió del recinto sin mirar atrás y volvió a casa con cierta prisa; se acercaba la hora de comer y aún tenía que hacer la compra.
Por la tarde, cuando salía hacia la clase de piano, coincidió en el ascensor con un muchacho. Ella, tímida, como siempre, le sonrió y volvió a perder la mirada en los botones de cada planta. Él, que ya la conocía de vista, se atrevió a iniciar la conversación. No hablaron del tiempo ni de la crisis; el muchacho simplemente sacó de su mochila el mp3, activó el minúsculo altavoz y dejó que sonara «No ordinary love», de Sade.
―¿Son tus cuatro minutos? ―Preguntó sin rodeos.
Ella se quedó cortada, no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran, no sabía qué decir, solo que la próxima vez que fuera a bailar al parque ―si se atrevía― debía comprobar mejor los alrededores.
―Yo... ―No encontraba las palabras adecuadas.
―No te preocupes, guardaré tu secreto. A cambio, concédeme un baile.

Por los cerros de Úbeda

Saturnino Compostizo, natural de La Alameda, siempre quiso ser escritor. Sus padres, de campo de toda la vida, vieron poco productivo que el niño dedicara su infancia a los libros en lugar de jugar o ayudar en casa. Ser el pequeño de siete hermanos y su naturaleza enclenque le libraron de las tareas más pesadas pudiendo dedicar casi todo su tiempo a lo que más le gustaba: las palabras.
Con los años, el muchacho se atrevió por fin a escribir de su puño y letra. Comenzó, como todos, plasmando en ridículas poesías sus desengaños amorosos; por suerte no fueron muchos dado que Satur, como solían llamarlo en el pueblo, era poco agraciado. Sabiendo que lo tendría complicado en el plano personal, decidió pasar a temas más profundos. Las ovejas y la labranza poco le inspiraron, a pesar de ello consiguió reunir en un poemario más de mil versos. Se esforzó mucho, pero el talento no era algo que, a primera vista, había heredado.
Convenció a sus padres para que le dejaran marchar a la capital a estudiar una carrera. Después de casi una década, en la que su esfuerzo principal fue integrarse con sus compañeros, Saturnino se graduó en Hispánicas. Contaba ya alguno más de treinta y sentía un ansia terrible por empezar a escribir a nivel profesional. Volvió a su tierra con la intención de encerrarse en su cuarto y narrar todo aquello que le viniera a la cabeza, pero a los pocos días, con solo un par de folios escritos y el resto del paquete en la papelera, Saturnino empezó a desesperar. Sus padres, ya mayores, se preocuparon por su hijo, todo hombre, sin familia propia ni ingresos. «Soy un escritor maldito», les decía... Escribió prosa y poesía, cuentos y alguna novela, todo lo mandaba a concursos literarios, pero nunca consiguió ningún premio importante, ni siquiera una mención; a pesar de su fracaso nunca se rindió.
Cuando poco le quedaba en la vida, decidió actualizarse y comprar un ordenador, por fin había llegado la era de Internet a su casa, y si antes salía poco, entonces menos. Algo que tampoco ayudó fue su enfermedad: cáncer de estómago. Poco a poco se fue encerrando en sí mismo, concentrándose en su dolor y, a pesar de resultarle bastante inspirador, jamás escribió ni una sola queja acerca de su suerte. Un amigo suyo le recomendó consumir marihuana para controlar las molestias. Saturnino pensó que nunca había probado el sexo ni el alcohol, pero no era tarde para las drogas.
Al primer porro, pues conocía otro medio, las palabras empezaron a fluir con una intensidad desmesurada. Él, que no acertaba a coger el bolígrafo, quiso apuntarlas todas, pero se le escapaban. Fue entonces cuando se dio cuenta de que solo bajo el efecto de la droga conseguía por fin escribir algo de calidad. Su última novela «Por los cerros de Úbeda» recibió los máximos galardones de este año, pero Satur no llegó a disfrutar de las mieles del éxito; murió de sobredosis.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Rojo

Se me olvidó que soy rojo,
Puro y brillante desde el origen,
Honesta en composición,
Cálida en sentimientos,
En pasión ardiente y desbordada
Imperceptible al ojo humano.

Soy rojo carmesí
En transparencia de mi corazón.
Soy bermellón
En la naturaleza de mis palabras.
Soy encarnado
Cuando las heridas no cierran.
Soy púrpura
Cual soldado de terracota.
Soy en rufo
Tras la oxidación de mi alma.
Cereza, guinda o frambuesa
Según te apetezca.

Fortaleza Roja como la Alhambra,
Sangre derramada por los héroes
Tintando la historia.
Incandescente, impetuosa,
Ígnea como el sol.
Escondida tras una faz
De inocente y virtuoso blanco.