martes, 1 de noviembre de 2011

Capítulo I - El consuelo

Elena tenía muchas personas con quien confesarse, a quien contarle su desdicha, pero le eligió a él. Habían compartido muchos años de sus vidas y ahora, en pleno trámite de divorcio, seguía siendo la única persona a la que conseguía confesarle sus secretos. A pesar del frío, permanecieron largo rato sentados en el banco de siempre. Álvaro le cogía la mano intentando consolarla, ella recostaba la cabeza sobre su hombro, llorando en silencio. La noche caía lentamente y con ella un rocío condensado que calaba hasta los huesos. Ya no había palabras de aliento, de nada servía esperar allí.
―Ven a casa. Cenamos algo, te tomas un buen vaso de leche caliente y te acuestas. Mañana verás las cosas de otra manera, vamos niña. Yo tengo que madrugar, pero puedes quedarte el tiempo que necesites.
Las palabras caían en saco rato. Elena había desconectado hacía rato, tenía la mirada perdida en el empedrado de la plaza de Santiago. Siempre decía que le gustaba contar las piezas que dibujaban la cuadrícula del centro y ahora las repasaba incansable.
―Falta algo... ―Dijo en un susurro.
Su todavía marido se levantó quedando en pie frente a ella. Insistió, no podían quedarse más tiempo. La tomó de las manos suavemente y tiró hacia él levantándola del asiento. La abrazó en un último intento de aliviar su dolor, pero ella seguía inmutable. El camino hacia el piso se hizo lento; él tiraba de Elena casi como un peso pesado. Cuando llegaban al portal, una vecina que volvía de echar la basura, se dio cuenta del estado en que se encontraba la mujer, pero no dijo nada, ni siquiera se acercó.
―Hablarán, lo sabes ¿Verdad? Vamos, nena, dime algo...
Ella bajó de nuevo la mirada y buscó las llaves en el bolso. Abrió la puerta y entró al rellano como siempre, tomando la barandilla y subiendo de dos en dos los escalones. Álvaro la observaba desde abajo, recordando viejos tiempos. Tomaron el ascensor recién estrenado.
―¿Recuerdas lo que te costó bajar las escaleras cuando estuviste escayolada? Sentada por miedo a perder el equilibrio. dejando caer los bastones en cada descansillo. Mari Carmen, la del 2º B, pensó que te habías caído de nuevo la primera vez que oyó el ruido. ―Álvaro rió tímidamente, no sabía bien cómo reaccionaría, pero no consiguió arrancarle ni una sonrisa, tampoco era un recuerdo grato para ella.
Llegaron a su planta. Antes de entrar, ella sacó el tabaco del bolsillo de su chaqueta.
―Puedes fumar dentro, si quieres. Haré una excepción.
Elena sacó el mechero y encendió un pitillo. Aspiró despacio y echó el humo de la primera calada en dirección al elevador ya vacío. La luz del descansillo se apagó, en el espacio solo se veía el tabaco encendido y el vaho de ambas respiraciones. El hombre volvió a tocar el interruptor.
―Como quieras... Yo voy dentro ¿Te hago una tortilla? Creo que tengo queso, ¿te pongo una loncha? No tardes, ¿vale?

lunes, 31 de octubre de 2011

500


 «Quinientas palabras al día», ese fue el consejo de un gran filólogo y mejor escritor, de un buen amigo, después de confesarle que en mi estado, que no sé bien cómo definir, no soy capaz de escribir de nada. Siempre he tenido una idea, una historia que contar, pero con tanto cambio en mi vida ando un poco perdida. Intento poner orden en mis tareas, volver a la rutina, pero no puedo. Todo ha cambiado, yo he cambiado. No soy la misma de hace ni unos meses, ni siquiera de hace años. Cada día intento buscar algo distinto, incluso pensé en dejar la escritura, pero no puedo, es lo único que me anima a seguir adelante, aunque no tenga nada que contar.
Estos últimos días han sido difíciles, he pasado del desamor al amor y del amor al desamor más rápido que nunca, y todo, por pequeño que sea, siempre deja huella. A veces me odio a mí misma, queriendo protegerme levanto barreras sin darme cuenta. No me gusta estar aislada, soy social por naturaleza, pero tengo miedo, siempre lo he tenido. Entregarse por completo es complicado porque pienso que habrá algo de mí que no le gustará a la otra persona, y ahí empieza mi tarea de constructora.
Pero dejemos ese tema ahora.
Esta mañana he estado en el entierro de mi tío. Lo quería, claro que lo quería, pero la tristeza de la despedida ha sido más dolida por tener a mi padre en mi memoria. El jueves que viene hará un año que falleció. «No debí ir al hospital a verlo...», no debí, me trajo demasiados recuerdos, pero necesitaba despedirme porque no pude hacerlo de mi padre. A los que queremos, estén o no, hay que recordarlos siempre... No creo en el más allá, ni en Dios, ese recurso no me vale. Ojalá tuviera fe, envidio a quien la disfruta, ahora no creo en nada. Durante la misa no he podido evitar coger el folleto de La Virgen del Rosario y corregirlo; tres faltas de ortografía para acallar al cura que besaba la biblia que leía.. Las despedidas, siempre eternas, el «Ya nos veremos en mejores circunstancias», pero es tan difícil reunir a tantos. Mi hermana dice que algunos primos quieren que nos juntemos todos en el cumpleaños de mi abuela, pero ¿seguiremos todos en abril?
Pero dejemos ese tema también.
En noviembre haré en curso en Madrid, en la Escuela de Escritores. Seguramente mucho de lo que me cuenten ya lo sabré, pero, lo reconozco, solo es una excusa para salir de aquí, de mi vida, creerme que puedo hacer algo distinto, al menos intentarlo. Tomar una hoja en blanco y escribir, siempre tuve buena letra y a veces con esto de las teclas se me olvida.
Me parece muy triste dejar pasar los días llorando las heridas, no cerrarán, pero al menos dejarán de doler. Utilizaré las palabras a modo de tirita, intentando crear nuevas historias con fines más o menos felices, dependendiendo del día.

viernes, 28 de octubre de 2011

Despedida

Amanezco con el corazón dormido, con la pena escaldada de tanto frío y descubro que entre todos los habitantes de este planeta existe alguien con un amor inmenso, dispuesta a darme un pellizco...
No puedo decir grandes  cosas de ella, apenas la conozco, pero me ha ofrecido de su boca los versos de Benedetti y con ellos me despido hasta que recupere fuerzas; de momento solo me quedan las palabras de Audrey B. que siempre tendrá un lugar en mi corazón.

―Mis disculpas si a alguien ofendí, mis agradecimientos a quien compartió conmigo―
Ariola

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.

Mario Benedetti

jueves, 27 de octubre de 2011

Tapiaré los armarios

Porque quiero y no quiero
Porque no sé cómo querer...
Porque quiero aprender
Y no tengo quien me enseñe

Porque solo sé odiarme
Maltratar este pobre corazón
Alejando a mis seres queridos
De lo poco que soy yo

Tengo tanto que entregar
Perdí la cuenta de los besos
Sin destino, sin rumbo ni acierto
Volverán de nuevo a su cajón

Colgados los vestidos
Junto al alma y la razón
Tapiaré las puertas del armario
Abandonándome al olvido

Quizá cuando vuelva el sol
Rescate las ganas de seguir adelante
De momento me quedaré en un rincón
A seguir llorando mi error

Corazón roto

Las dudas, siempre las dudas... ¿Autodefensa o autodestrucción? Despedida inapropiada, correos de impaciencia, mensajes con palabras equivocadas... Y ahora solo la sensación de haberlo perdido todo sin tener nada.
Me pensaba experta en tristeza y silencios, pero estas lágrimas que derramo tienen un sabor más amargo, uno que apenas recordaba. Son la sangre de mi corazón roto.

miércoles, 26 de octubre de 2011

La belleza del silencio

Del calor más vivo al frío más intenso
Y vuelta a empezar
Es complicado esto de respirar
A pesar del esfuerzo

Olvidaré de nuevo las palabras
Pues solo me causan dolor
Olvidaré otra vez el amor
Seré solo mar en calma.

Echaré a las mariposas de mi vientre
Y tejeré brocados con su seda
Seguiré viviendo mientras pueda
Con el corazón durmiente

Ya no esperaré respuestas
A más preguntas sin sentido
Rescataré el sonido de mis latidos
Aceptaré la crueldad impuesta

Ahora permaneceré callada
No volveré a decir jamás «te quiero»
Porque no, ya no puedo
En silencio estoy más guapa

Fábula del Pavo y la Liebre


Érase que se era un liebre joven y asustadiza a la que no le iba muy bien el vida. Un día, perdida en una zona de matorral, justo en la linde del reino donde habitaba, oyó un gorgoteo...
―Gordogordogordogordogordo...
―¿Quién anda ahí? ―Preguntó Liebre sin salir de su escondite.
―Gordogordogordogordogordo... Soy yo, Pavo.
Liebre, temerosa, permaneció al abrigo de las sombras, pero la curiosidad le hizo insistir.
―Dime, Pavo, ¿qué andas buscando? Aquí no hay más tierra seca.
―Gordogordogordo, solo quiero un poco de conversación.
Pavo y Liebre hablaron durante largo tiempo entre gorgoteos y pequeños chillidos, ella siempre en su escondrijo y él pegado a la linde.
Un día, Liebre, confiada, salió a su encuentro, y Pavo, engalanado con un peculiar plumaje a cuadros, le correspondió.
―Vaya no te esperaba tan diminuta.
―Ni yo tan grande.
Durante unas horas el tamaño pareció no importarles, conversaron sobre sus respectivos familiares, los decretos del gobernador, los impuestos y la vida cada vez más difícil en aquellas tierras. A la hora de la despedida, Liebre, sin poder desprenderse de su timidez, le dijo:
―Ya hablamos.
A lo que Pavo respondió...
―Gordogordogordogordogordo...
Pero nunca llegó otra conversación. Los días siguientes Liebre esperó y esperó como Penélope a Ulises, tejiendo y destejiendo su labor, y entre vuelta y vuelta, le dejaba notas de amor a los pies de la valla que marcaba los límites del reino. Con el tiempo y el silencio de Pavo, Liebre empezó a alejarse cada día un poco más de su madriguera, volviendo la mirada a cada paso por si volvía a encontrarlo.
Liebre no esperaría veinte años como hizo el personaje de La Odisea, ella solo viviría diez más y con suerte...
Un día, el azar quiso que Liebre supiera de la supervivencia de Pavo al margen de la suya propia. Lloró amargamente por ese y por otros motivos que ahora no vienen a cuento. ¡Qué sola se sentía la pequeña liebre! Cuando hubo acabado con las lágrimas, se percató del Mar que la rodeaba. Y allí se quedó, preguntándose durante una temporada: «¿Qué hago? ¿Aprendo a nadar o perfecciono la costura?».

Moraleja: Las dudas no son buenas cuando no sé sabe cuánto tiempo queda por vivir...



martes, 25 de octubre de 2011

Amor infinito

Aquella noche el mirlo encantador volvió a llamar a mi ventana. Me pidió que le abriera, venía con frío y cansado de agitar sus alas.
―Morirás de pena si entras ―le dije a través del cristal que nos separaba.
―Al contrario, llenaré de luz tu vida. Déjame entrar ―insistió.
Giré el asa y, sin más, le descubrí la puerta a mi corazón. A la vez que él entraba, una brisa fresca envolvió mi tristeza llevándosela para siempre.
―Ahora cierra, no pienso moverme de tu lado.
Allí se quedó sin más jaula que mi amor.

lunes, 24 de octubre de 2011

Hija de Indra

En cuanto la oí, abrí la ventana de par en par para poder verla...
―¡Has vuelto! Te echaba de menos.
―Y yo a ti. Anoche te oí llorar y supuse que me necesitarías.
Despertó mi mejor sonrisa. Me levanté con prisas y me preparé para salir a la calle. La Lluvia me recibió con los brazos abiertos...
―No te apenes alma mía, estoy a tu lado. ―Dijo maternal.
―No sabes la falta que me hacía tu abrazo.
Caminamos juntas durante largo tiempo. Conversamos; nadie como ella sabe de la tristeza. Me recomendó seguir llorando, «llorar es humano», decía melancólica.
―No tengo nada, estoy sola. ―Confesé― ¿Por qué has tardado tanto?
―La soledad no es mala, pero el vacío... No caigas, alma mía, de eso no hay escapatoria.
Me agarró de la mano y detuvo mi paso. Ella, hija de Indra, condenada a vagar eternamente llorando su pena, posó sobre mí sus ojos humedecidos por las lágrimas.
―Amé a un mortal y por ello me sentenciaron a esta vida.
―Lluvia, yo amo y eso me condena, déjame ir contigo.
Dudó, también ella estaba cansada de la soledad. Me deshice del paraguas y me volví hacia el cielo levantando los brazos para poder amarrarme a la nube más cercana. «Llévame contigo», repetí.
―No puedo. Si volviera a ser feliz dejaría de llover y sería vuestra destrucción. Allá donde hay desiertos amé.
Lloré. Ella me envolvió con su manto para protegerme del frío y me acompañó a casa. No cruzamos ni una palabra, solo hubo cariño para consolarnos. Llegó la hora de la despedida.
―No te vayas aún, te necesito.
―Alma mía, me quedaré a tu lado hasta que agotes tu lamento, hasta tu último suspiro. Este año haré una excepción, por ti.
―Entonces lo inundaremos todo.
―No querida, lloraremos hasta que vuelva a haber vida.
Me abrazó hasta humedecer mi corazón. Le correspondí sin prisa, entregándole el poco calor que aún me quedaba. Fue un intercambio hermoso: ella me concedió la capacidad de la lluvia primaveral y yo le transmití mi humanidad.

Llorando en silencio

Lloro...
Lloro ahora que nadie me ve
Por una profunda tristeza retenida largo tiempo
Aliméntandola cada día con esperanza y recuerdos
Hasta que ha dicho basta

Lloro...
Lloro por todos mis errores que son muchos
En pequeñas heridas aferrándose a mi cuerpo
Maltratando mi alma
Arrancando las costras para que sigan doliendo

Lloro...
Lloro porque quiero volverme desierto
En el vano intento de dejar de sentir
Pero siempre quedará un oasis despierto
Recórdandome que sigo siendo frágil.

Lloro...
Lloro aprovechando cada lágrima
Derramadas en múltiple composición y sin orden concreto
Amor, desamor, amor, desamor
La soledad ha vencido al corazón

domingo, 23 de octubre de 2011

Desconectar

Está decidido. Ya me he puesto en contacto con una amiga. Solo falta decidir los días. En breve me iré de aquí, dejando lo que me rodea. Necesito desconectar...

Reflexiones sobre mi melancolía

Ayer tuve una conversación muy interesante con mi madre. Después del teatro, la acompañé hasta su casa en un paseo de unos veinte minutos. Me da la sensación ―dime si me equivoco― de que le gustaría hablar largo y tendido conmigo, pero no encuentra el momento oportuno. No lo hay, para mí no. Desde siempre me ha costado horrores abrir mi corazón. Agradezco enormemente a todos los que me rodean, especialmente a mi familia, que no me hayan preguntado abiertamente «¿Cómo estás?». A día de hoy, después de casi dos meses de mi decisión de abandonar mi vida anterior y de unos cuantos años sumida en una tristeza indeterminada... A día de hoy, me echaría a llorar como una cobarde.

Hablamos de melancolía, supongo que es porque me ve sumida en ese estado. Ella había oído en la radio hablar a algún entendido en el tema clasificándola  en activa y pasiva. Me llamó la atención, me dio una idea para un relato, al menos para iniciarlo.

Después de una larga noche de esperas e insomnio en el que prácticamente había olvidado el tema, me fui a la cama llevada por el aburrimiento. He dormido apenas 4 horas; me levantado de nuevo impulsada por el mismo motivo y, a pesar de tener tarea en casa, me he sentado a mirar el correo. Nada. Otra vez la larga espera. Y en la indecisión de ponerme a recoger (que no me apetece nada) o ponerme a escribir, ha vuelto de nuevo la conversación a mi cabeza.

En un principio, había pensado redactar algo relacionado con el silencio, pero me canso de leerme en ese aspecto. Así que me puesto a leer acerca de la melancolía esperando encontrar la clasificación de la que me hablaba mi madre. No la he encontrado, pero la información en la red me ha dado suficientes argumentos para definir, en cierto modo, lo que siento.

Es curioso el origen de la palabra... «del griego clásico μέλας "negro" y χολή "bilis"», bilis negra. No me entretendré en dar demasiados detalles, para eso consulten la Wikipedia. Lo primero que me ha venido a la cabeza fue un sueño que tuve el otro día. Moría, de mi cuerpo se iba desprendiendo la piel a jirones y debajo de ella solo había negro. Pensé que se trataba de esa obscuridad, del silencio, de mi propia sombra que al fin se había apoderado de mi cuerpo ―mis genes de escritora―. Ahora, empiezo a pensar que estoy enferma de melancolía.

No soy amiga de los fármacos, si acaso de la aspirina, así que no me daré a las pastillas pues en esencia no soy una persona triste, todo lo contrario. Conozco el origen: el estrés, la decepción sentimental, el miedo, la pena... Y reconozco los síntomas: inhibición, falta de esperanza, pérdida de interés, del apetito, de peso, cansancio y problemas de sueño.

Sé que es algo pasajero. En algún momento surgirá la chispa, el motivo por el que volveré a ser de nuevo yo misma, siempre con la sonrisa puesta, con un chiste en la boca, dispuesta a hacer reír, a trabajar, a moverme las 24 horas del día. Recobraré las fuerzas y las ganas de continuar. No, necesito prozac, conozco la cura: amar y ser amada, es lo único que quiero en esta vida pues es lo único que siempre me ha impulsado a hacer todo lo que hago.

Re-defino mi estado: Melancolía transitoria.


P.D. Y dicho esto, me voy a recoger el piso. Primer paso para la recuperación: mantenerme ocupada.

Sangre de mar

Tus palabras llegaron en el ansia de la espera
Llenando de nuevo el vacío al que acostumbro
Has despertado mi última sonrisa de la madrugada
Recordándome tu amor por mi escritura

He repasado tus últimas rimas
Y me he hecho protagonista de ellas
Desearía despertarme mecida en tus versos
Saboreando la sal de tus estrofas

Esta noche me dejaré arrastrar por las olas
Seré sirena en la arena de tus playas
Esperando el conjuro que me convierta
En el personaje principal de tu próxima historia

Mamita linda

Tus palabras, siempre tus palabras...
Tus versos, tus rimas
Tus cuentos en teselas
Tus sonrisas que nacen de las mías
Y a la inversa
Tu mirada, blanca y sincera
Tus manos, tus abrazos, tus besos
¡Hasta tus lentejas me alimentan!
Madre, te quiero

sábado, 22 de octubre de 2011

Ida y vuelta numerada

1. El frío llega empeñado en mantenerme caliente
2. Las nubes no tratan de ocultar mi sonrisa
3. El día se ha levantado optimista
4. A pesar de las dificultades
5. Seguiré en la senda
6. Dirigiéndome
7. Hacia...
8. Ti
8. Tú
7. Mira...
6. Sigue pensando
5. Mientras siga habiendo
4. Esperanzas en palabras quedas
3. Sonrisas, miradas y manos inquietas
2. Me empeñaré en dirigir mis torpes pasos
1. En la misma dirección en la que vayan los tuyos

Recuperada en versos sin rima

Las palabras caprichosas
Nos acercan y alejan
Disparan directo al alma
Desarmando el corazón

Veleidosas se disfrazan
Ocultando sentimientos
Y volubles como el viento
Nos transforman en la nada

Rechazo la futilidad
Pues no era mi intención
Reclamo la esencia
De lo no pronunciado

Liberaré en acertado
Cada pensamiento
Pues no quedan más
Que las intenciones

Le gritaré al viento
Que fuiste mío...
Que fui tuya...
Sin un solo beso

Reclamaré mi derecho
A recuperar la ternura
A cada paso
En cada verso

Rescataré mis anhelos
Volveré a decir «te quiero»
Cueste lo que cueste
A pesar de mis miedos

viernes, 21 de octubre de 2011

Alma mía

La una y cuarto y aún no habían abierto el acceso a la vía. Estaba en la fila, la cuarta o la quinta, dependía de si la señora con la chaqueta de cuadros que se había acoplado a mi izquierda se colaba o no. La gente se empezaba a impacientar, el tren seguramente llegaba con retraso. La chica que encabezaba el desfile de viajeros llevaba un buen rato intranquila. Miraba a todas partes, consultando el reloj y el móvil constantemente. Es fácil que esperara a su compañero de viaje y el retraso la inquietara, pero había algo más, una tristeza que asomaba tímida tras sus gafas de sol. Cuando la empleada de Adif le pidió el billete, ella se volvió una última vez a mirar a su alrededor y fue entonces cuando comenzó a llorar. Recogió el papel y accedió a las escaleras mecánicas tapando el reloj con la manga del jersey y apagando el móvil, rindiéndose a la inevitable ausencia de su esperada despedida.
Me retrasé, tal y como esperaba, la señora de cuadros se me adelantó y con ella toda su familia. Esperé con cierta impaciencia pues sentía una curiosidad, innata en mi alma de escritor, por saber de la chica. A media altura de descenso al andén la localicé, subió al vagón 4. Consulté de nuevo mi billete, perfecto, compartiríamos espacio y tendría ocasión de estudiarla con la prudencia de un espectador «casual».
Poco antes de alcanzar la entrada, pisé un agujero y mi tacón derecho salió disparado. No llegué a caer, pero el montón de papeles que llevaba en la carpeta mal cerrada cedieron y fueron a parar al suelo. El revisor entre medias sonrisas se acercó para ayudarme.
―¿Está bien señorita? ―Dijo mientras se agachaba a recoger algunos folios.
―Sí, no se preocupe. El único que ha sufrido daños ha sido el zapato.
―Tome, creo que están todos.
Le di las gracias amablemente y para evitar el bochorno de andar a dos alturas decidí poner de puntillas mi pie derecho e intentar disimular en lo posible el accidente. Quién sabe, quizá fui carne de cañón para algún otro escritor... Mientras recomponía los documentos, vi cómo un muchacho bajaba la escalera saltando de tres en tres los escalones, mientras escribía algo en un cuaderno. «Eso requiere concentración, dudo que ahora mismo fuera capaz siquiera de escribir algo sobre la marcha», pensé y reanudé mi camino deseosa de reencontrarme con la muchacha.
Llegué a mi asiento empezando a resentirme del tobillo. «¡Dichosos zapatos! Los tiro en cuanto llegue a casa». Ella estaba en el grupo de asientos junto al mío, pegada a la ventanilla. Miraba hacia fuera, todavía protegida por los cristales oscuros, disimulando como podía las lágrimas. Le ofrecí un clínex que tomó con agradecimiento, me sentía mal al verla tan pequeña en el asiento, casi encogida. «¿Estás bien?». Simplemente giró la cabeza a un lado en silencio. Le hubiera tomado la mano, le hubiera ofrecido mi hombro para llorar, pero me sentía violenta. Me senté a su lado, olvidando mi trabajo, por si necesitaba algo.
Ayudé a la pareja de ancianos que se sentaron frente a nosotras a subir la maleta, justo cuando me colocaba la chaqueta vi al chico pasar de largo corriendo. La megafonía anunció la inminente salida del tren. Ella apartó la mirada del cristal, secó sus últimas lágrimas y empezó a desenredar los cascos de su reproductor de MP3. Lo puso a todo volumen. Conocía esa sensación tan bien... El aislamiento forzado, la huida.
Alguien empezó a golpear la ventana desde fuera, era él. Había ida a buscarla, era su despedida, pero ella estaba concentrada en su música. La avisé.
Fueron solo unos segundos. Cuando todos nos volvimos hacia él, un guardia de seguridad lo cogió por la chaqueta y empezó a increparle mientras le empujaba de vuelta a la estación. Ella empezó a temblar, no sabía si levantarse, hizo ademán un par de veces, pero el forcejeo del chico y que el tren había empezado a andar hizo que se mantuviera en el sitio. Lo perdimos de vista. Silencio.
Fueron solo unos segundos después... Volvió a aparecer corriendo y en un último esfuerzo plantó la mano en el cristal y entre ambos una cuartilla arrancada de un cuaderno donde se leía en letras mayúsculas...


Mis pies en el metro

Una hora de trayecto. No había apenas nadie en el vagón. Viajé todo el tiempo concentrada en mis pies cruzados al final de mis piernas. Apenas consumí cuatro palabras con mi compañera de viaje, me costaba fabricar sonrisas; con la sensación de verme de nuevo alejada de la conversación, del momento, incluso antes, durante la charla en la cena. Solo fui capaz de coger la cámara e inmortalizar cualquier rostro que no fuera el mío, y de veras que lo siento más por mis amigos que por mí.
Volví a mis pies, a mis propios pasos, a la decisión que me había llevado hasta ahí. Me veía atrapada entre los hierros, en la necesidad de volver al silencio. ¿Quién soy? ¿Qué he hecho? ¿Podría haber salido peor?
"A ver, céntrate, mira las puntas de tus botas manchadas con la tierra de los jardines del Palacio Real, disfruta ese paseo de nuevo". Sí, esa era la opción adecuada, trasladarme otra vez a la buena compañía, a la charla sobre arte, a las miradas perdidas y... "¿otra vez miras el móvil?". Esperaba una llamada, por qué no.
Intentar averiguar cómo fue su tarde, si lo pensó tanto como yo... Él lo tenía más fácil: "El siguiente, por favor". Definitivamente necesito un trabajo ya, algo en que ocupar la cabeza. "En cuanto llegue cogeré el manual y me pondré a leer sobre mayúsculas y minúsculas".
"Minúscula" es quizá la palabra que mejor me defina... "No, céntrate de nuevo, ¡por Dios, si calzas un 41!"
Y vuelta al vagón. ¿Me dejarían viajar eternamente al precio de un único viaje? Cambiaría de asiento de vez en cuando y, quizá, cuando estuvieran todos desgastados y sin color me bajaría para descubrir hacia dónde me dirigen mis nuevos pasos.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Codo con codo

A veces el amor surge en los momentos más inesperados: esperando el metro, saliendo del cine o trabajando codo con codo. ¿Puedes imaginártelo? Él sentado a su derecha, trabajando en el portátil, y ella, justo a su lado, en su ordenador. En algún momento, hace un rato, ha surgido la chispa y ambos, con sutileza, intentan evitar lo inevitable... El más liviano de los roces, uno solo es suficiente para encontrarse frente a frente, en silencio, adelantándose cada vez más lento y, justo cuando los labios de ambos están a punto de rozarse, él le da un beso de esquimal.

lunes, 17 de octubre de 2011

Si fueras poesía

Eres hombre por orden alfabético...
Agradable, bueno, correcto, discreto, expectante, fiel, guapo, halagador, inquieto, Javier, kilométrico, luchador, misterioso, natural, ocurrente, perfecto, quimera, respetuoso, sincero, tolerante, único, valiente, (con «w», «x», «y» y «z» no encuentro, lo siento).
Pero, ¿y si fueras poesía?