viernes, 11 de noviembre de 2011

Reflexiones sobre mi nueva vida

Habrá quien se sorprenda, reconozco que soy la primera. Hace solo unos meses era una triste ama de casa sumida en las tareas del hogar, ahogada en el trabajo y, a menudo, decepcionada con mi existencia.
La decisión de reiniciar fue dura, para mí y para cuantos me rodeaban, pero es mi vida y necesito aprovecharla. He dejado atrás a mi otra familia, que siempre tendrá un hueco en mi corazón; a personas a las que estimaba y que, por desgracia, han salido de mi lista de amigos. Mantendré siempre la cercanía en la distancia con otros que sin ser íntimos se han convertido, y en todas mis visitas a la capitalilla les dedicaré un hueco.
Es cierto, los plazos siempre se cumplen; una amiga que ha pasado por lo mismo me lo dijo: «Lo peor son los dos primeros meses». Así han sido, terribles; no solo el trauma de la separación, también las desgracias familiares y alguna que otra decepción, me sumieron en una profunda tristeza. A pesar de poseer al fin la oportunidad de rehacer mi vida, esa soledad tan ansiada, me sentía peor que nunca. Me costó darme cuenta de que a mi alrededor hay gente buena que me quiere, que no se ofrece a ayudar solo de palabra. Tengo tanto que agradecer a mi familia y a mis amigos...
Y al fin llegaron las sonrisas :-) Con un café de tres horas en buena compañía, con los largos paseos y las celestinas, con las visitas a Madrid a casa de una gran amiga, planes para viajes más lejanos; con los conciertos, los teatros y los libros; de cañas y tapas, como está mandado.
Ahora sí puedo decir que estoy reiniciando mi vida, estoy convencida de que lo que quiero es escribir, de que tengo una oportunidad; es ahora o nunca.
Este tiempo pasado me ha enseñado que es más productivo sonreírle a la vida que llorarla. Dejaré las lágrimas para las ocasiones que lo merezcan; prefiero llorar de emoción y soy muy emocionable. Y reír... ¡Por Dios! Que no se agote nunca, a carcajadas, hasta que nos cambie el color de la cara. Pienso compartir mi alegría con todo el que lo necesite o simplemente lo pida. Ahora es mi momento y pienso disfrutarlo, eso sí, con prudencia (¿Verdad, madre?)
Y sí, sigo esperando la oportunidad de encontrar a alguien especial, pero sin prisas, sin expectativas que luego ya se sabe. No creo en los flechazos, eso lo dejo para los veinteañeros; ya pasada la treintena, cuando llegue el momento, analizaremos conjuntamente. Hasta entonces, disfrutaré de lo que tengo que para empezar es un plan de formación para el año 2012 que espero resulte generoso en experiencias, sensaciones, sentimientos... Todos buenos y que iré compartiendo.

«Vida»: disfrutar de todo lo que me rodea, sonreír a todas horas, cuidar (y ampliar dentro de lo posible) mi círculo social, desarrollar mi vena escritora en plan profesional y, porqué no, conseguir una relación estable.

MI VIDA ES Y SERÁ

Hablando del amor

Nunca digas te quiero,
Las palabras se las lleva el viento.
No firmes más contratos,
Solo son papel mojado.
No ocultes los sentimientos,
Los secretos no son buenos.

Para que el amor persista
Debe haber un nexo,
Una intención inagotable,
Miradas y besos a destiempo,
Susurros en silencio
Corazones palpitando al unísono.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sublevación librera


Cuando llegué al piso apenas tenía trastos. Compré algunas cosas que necesitaba para la cocina: cubiertos, vasos y una botella de cristal. Para el salón conseguí reunir el valor suficiente para comprar ―por primera vez en mi vida― un ramo de flores (pompones, creo que se llamaban), y es que nunca me han gustado las flores cortadas; para calmar mi conciencia, completé la decoración con una planta y su correspondiente maceta. Esa todavía dura. Para el dormitorio, sábanas y edredón, y algunas perchas a la espera de camisas y vestidos que colgar. Y para los baños, toallas nuevas, cepillo de dientes, dentífrico, jabón y el imprescindible papel higiénico. El despacho salió mejor parado: mesa y estantes regalados, todo a juego en un gris plomo.
Al poco tiempo hice la mudanza y me traje la mayoría de mis cosas. Estuve todo un fin de semana colocando y organizando ropa, calzado, muñecos, detalles... Infinidad de ellos, esos que hacen mi piso de alquiler una casa más propia. Pero algo que no termina de cuadrarme son los libros. No porque no los quiera, todo lo contrario, es solo que cada vez que paso por delante del mueble del salón parecen hablarme. De primeras los ordené por tamaño: de mayor a menor, pero mezclar a Isabel Allende con Fernando Sánchez Dragó causó un gran revuelo entre los autores, los propios y los ajenos. Ante tanto jaleo no tuve más remedio que reubicar las obras por autor con cuidado de no mezclar ciertos elementos, pero Stieg Larsson y el Marqués de Sade con tanto presumir de ser los más leídos empezarón a levantar envidias entre los que se encontraban en única publicación. De nuevo la batalla, de nuevo reordenación. Decidí tomar como medida de cautela el ordenarlos por estilo: a un lado la ilustración, a otro la lírica, más allá la narrativa y la final la dramática. De momento parecen contentos, no se han vuelto a quejar; la única, Ana María Matute, a la que le gustaría estar más cerca de Jimmy Liao (creo que envidia su imaginación).
¡Por fin! Problema resuelto.
Esta misma mañana, al entrar al despacho, todos mis manuales se han puesto en pie de guerra. Aquellos dedicados a aplicaciones de software propietario han dejado de hablarse con los de sofware libre; Blogger y WordPress ni se miran las portadas; y no os digo nada del enfado que tiene el manual Cómo crear una web docente de calidad con los dedicados a la Web 2.0. Menos mal que don José Martínez de Sousa ha puesto un poco de orden y coherencia en este sinsentido; eso que sus libros no han levantado la voz ni cuando no se ponían de acuerdo en ciertas normas tipográficas.
Mañana, sin más espera, me dedicaré a poner paz, que para eso soy la «jefa de mi casa». Ya estoy cansada de tanta discusión y, sobre todo, de tanto cambio.
Miedo me da pensar que todos mis pendientes felinos se pongan a maullar una de estas noches.

martes, 8 de noviembre de 2011

Luna llena



Noche de luna,
Iluminando cada silencio
Escondido tras los rincones.
Abro las ventanas
Para dejar pasar el frío,
Mi único compañero de piso.
A veces pienso en la muerte, 
Esa dulce de mis relatos,
La invitaría a entrar,
A quedarse a mi lado.
Pero sigo sola.
Y mi vida pasa, sin más.
Cojo el abrigo y salgo a pasear.
No hay nadie,
Solo algún gato que vigilante
Sigue mis pasos.
Me gusta la noche,
Estas horas
En las que solo te cruzas
Almas perdidas que,
Como fantasmas,
Vagan por vida.
Soy uno de ellos,
Disfrazada de negro,
En obscuros pensamientos.

Son, serán



Son...

Son amantes sin saberlo.
Ya han compartido lecho.
ELLA con otro, otra con ÉL.
Y los dos desconocidos
Han captado su correspondiente olor.

Ahora se buscan,
Infatigables, obstinados,
Intentando captar la esencia
Del anónimo amador.

ÉL caminará perdido
En la coherencia de unos pasos
Sin rumbo fijo.

ELLA buscará incansable
Siempre guiada por el corazón
En cariz inestable.

Son uno siendo dos.
Pues comparten el perfume
De una incontrolable pasión.
Esa será su infalible guía.

En la interminable cacería
ÉL de ELLA, ELLA de ÉL,
Dejarán de amar a otros
Hasta hallar el significado
De la palabra «amor».

Serán...

Libertad

El día amaneció despejado, solo unas tímidas nubes a lo lejos recordaban la amenaza del invierno. El frío permanecía fuera, esperando a los incautos que se atrevían a lanzarse a la calle; irremediable salida para los obligados por la vida. Los quicios de las ventanas servían de refugio a los pajarillos que aún mantenían el trino.
No sabía qué hora era, no le importaba. A pesar de estar despierta, seguía en la cama, atrapada por el peso de las mantas. Sonó el móvil, pero no se movió del sitio, ni siquiera hizo acto de presencia la curiosidad. Solo tenía encendida la lámpara de noche. Miró a su alrededor. «Lo tengo todo», pensaba.
Sobre la cómoda su colección de cajitas y en cada una de ellas alguna joya; en el armario de seis puertas guardaba la ropa de verano y de invierno perfectamente doblada y colocada, los vestidos que ya no se ponía nunca, colgados por orden de talla. Y los bolsos, demasiados para su gusto, los apilaba en un lateral de mayor a menor. Todo tenía su sitio. El resto del piso lucía igual de ordenado, tanto las habitaciones como el salón tenían cuadros en las paredes, muebles repletos de libros y recuerdos. Y los baños de blanco inmaculado, presumían los juegos de toallas recién compradas. En la cocina, el frigorífico era el único que echaba de menos la compañía de los alimentos.
A pesar de las comodidades, no disfrutaba de su espacio, hacía vida en el despacho y apenas salía a la calle. Su vida era el portátil desde que se levantaba hasta que se quedaba dormida sobre cualquiera de los libros que tuviera empezados. Sus personajes eran parte de ella, sus historias empezaban a tomar vida desde el mismo instante en el que posaba sus dedos sobre las teclas, pero tampoco le consolaba.
Sentía una necesidad tan grande como su miedo y en ese equilibrio permanecía siempre oculta tras las cuatro paredes del cuarto.
Volvió a sonar el teléfono. Supo que era su madre porque empezó a sonar la melodía de Mercedes Sousa. No se movió, no quería. Aquella mañana de luz y frío había decidido permanecer allí hasta encontrar el motivo que la impulsara a seguir hacia delante.
―Repasemos... La familia. No, cada uno tiene su vida hecha. Mi trabajo. ¿Escribir? ¿Cuántos comen de eso? No tendré ni para el pan. Mis amigos; para un café o unas cañas vale, pero ¿Y el resto del día? Mis cuentos, esos que solo yo leo, y mis personajes que, a pesar del esfuerzo, siguen siendo yo misma... ¡Eso es! Mientras ellos no escapen, yo seguiré aquí.
Sonó el timbre. Se levantó, pero no fue a abrir la puerta. Cogió la bata y fue corriendo a su escritorio. Tomó todos los folios escritos, excitada, y abrió la ventana. Un par de palomas que dormitaban salieron volando espantadas. Y despidiéndose de cada una de sus historias y sus protagonistas fue lanzando los papeles al viento.
―Por fin soy libre.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La línea ecológica de Titan


Terminé de pintar las paredes. Según indicaciones del vendedor, mezclando el blanco con el verde de la nueva línea ecológica de Titan conseguiría darle a mi dormitorio el sosiego y la serenidad necesarias para el descanso. No entiendo de mezclas, tampoco de cantidades; al final el tono resultó ser algo más «alegre» de lo esperado en un principio.
Dejé los guantes en la cubeta y me levanté brocha en mano para admirar mi obra. Abrí la ventana de par en par, subí bien la persiana y encendí todas las luces para apreciar el resultado. Ninguna gota, todo perfectamente verde primaveral para un sueño que no se me antojaba precisamente relajante, pero después de tanto trabajo decidí dejarlo. Me subí las gafas instintivamente, sin recordar la pintura aún fresca en las cerdas. ¡Qué desastre! No veía nada, tenía los cristales manchados y en lugar de quitarme las lentes eché a andar a ciegas... ¡Qué desastre! Tropecé con el cubo y acabé derramando el resto de la mezcla, manchando la parte baja de la pared en frente de la ventana. Y de la perfección pasé a la catástrofe, una semana de trabajo para echarlo todo a perder un minuto escaso.
Me fui de allí sin pensarlo dos veces, enfadada conmigo misma, todavía con el pañuelo en la cabeza y restos del esmalte en la cara y los cristales.
Al día siguiente volví al piso dispuesta a recogerlo todo. Preparé un cubo con agua bien caliente y el raspador de la placa. La pintura se había agarrado bien a las baldosas y por más que me empeñara, las manchas no salían completamente. La pared ya era otro cantar, intenté quitar los restos con un trapo húmedo, pero nada. «Colocaré los muebles estratégicamente para ocultarlo ¡No lo voy a pintar otra vez!» Dejé de nuevo la ventana abierta para que ventilara y se secara cuando antes.
Aquel fin de semana no pasé por allí, llovió y decidí darme un descanso sobre todo para ver si se me pasaba el disgusto. Al lunes siguiente, incluso antes de llegar al portal, ya se percibía un olor especial. Intenté localizar el origen, pero mi olfato de fumadora no atinaba. No había duda, al abrir la puerta de mi casa supe de inmediato que aquel extraño olor a flores provenía de mi cuarto. Cómo era posible, estaba vacía, ni había más que brochas, cubos de pintura y la escalera. Me dirigí al dormitorio algo agitada, el perfume emanaba de allí con toda seguridad. Al llegar, descubrí con sorpresa todo un jardín nacido en las primeras manchas de la pared. Gracias a la lluvia y el sol que atravesaban la ventana, la línea ecológica había hecho crecer todo tipo de flores y plantas a lo largo de las cuatro paredes. El verde vivo había dejado paso a una vida inesperada, transformándose en un color pastel, convirtiendo la habitación en un hermoso vergel aportando esa paz deseada.
Parece que al final el dependiente de La Tienda del Pintor tenía razón.

Unas simples palabras

Cuánto vacío hay en mi corazón... Has pronunciado unas simples palabras y, de pronto, se ha derrumbado todo un universo, convirtiendo mi vida en un caos.
No tengo muy claro cual es mi camino ahora que no sé dónde dormir, de dónde soy y de dónde vengo lo sé seguro, pero hacia donde voy... Me pierdo en el horizonte con solo levantar la mirada, ¡qué obscuro mi futuro!
Quise encontrar mi sitio y perdí lo poco que tenía. Ahora, vago sin rumbo, con el corazón herido y un vacío inmenso que duele más que nunca. ¡Qué estúpido sinsentido! Quisiera que alguien me dijera qué tengo que hacer para volver a ser alguien, persona, un ente con nombre y apellidos que adquiera de nuevo la mínima importancia de la que gozan los necios.
Y aguanto estoica esta nueva batalla, con los ojos a punto de reventar de lágrimas; a veces, quisiera no ser, y cuando no soy, volver. Pero ahora, que no sé dónde ni cuándo ni cómo, ¿qué debo hacer? ¿Qué?

domingo, 6 de noviembre de 2011

Cuerpos encendidos



Anoche tuve un sueño en el que aparecías tú. Me tomabas de la mano y me llevabas a recorrer las calles del Madrid nocturno, dibujadas en trazos borrosos, cruzándonos con seres grises que solo tomaban color cuando tropezábamos con ellos. Llovían pequeñas plumas de almohadón; el suelo estaba plagado de charcos blancos que salpicaban ligero al que los pisaba.
En esa fría atmósfera de invierno vacío aprovechábamos cada rincón para acercarnos. En esos momentos siempre había luz; una luz cálida que desprendíamos atrayéndonos inevitablemente el uno hacia el otro. Tus ojos me decían que aún me deseas, tus manos inquietas se aferraban a mi cintura y yo me moría por besarte, pero en cada aproximación alguien retomaba el pigmento y volvíamos a los pasos sin rumbo fijo.
No recuerdo exactamente cuántas veces quisimos amarnos, tantas como nos interrumpieron. Pero sé que en una de ellas, el reloj se detuvo para concedernos ese tiempo tan ansiado. Reconocí el espacio, te tenía tan cerca que apenas podía contar las flores muertas de jarrón. En el sofá, semidesnudos, recorrimos todos los rincones de nuestra piel. Besos apasionados, algún mordisco, ambos cuerpos entrelazados respirándono al unísono. Y la luz, cegadora, terminó por despertarme de la fantasía justo en el instante en el que al fin alcanzaba tu boca...
Contarte que anoche soñé contigo, con nuestros cuerpos encendidos.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Problemas de tensión

Aquel día estaba resultando más largo de lo habitual: a primera hora discusión con mi pareja, de los nervios en el atasco matutino, por llegar tarde al trabajo me gané un rapapolvo de mi jefe, me quedé encerrada en el ascensor ―del que me sacaron un buen rato después de la hora de comer―, y para colmo me había bajado la regla y no tenía qué ponerme; al menos agradecí no haberme quedado embarazada por cuarta vez. Con tanta excitación mi tensión empezó a bajar a un ritmo descontrolado. Eva, la administrativa, se fue corriendo a buscar al encargado cuando empecé a palidecer. Entre los dos me sacaron a la calle. «El fresco te vendrá bien», dijeron sin tener en cuenta que estábamos en pleno diciembre a -5º.
Justo en el momento en que ambos entraban corriendo a la oficina temblando de frío, pasaba por allí mi amiga Lola.
―Chica, qué mala cara tienes.
―No sé qué me ha dado, un bajón o algo.
―Vamos, anda, te invito a una Coca-Cola.
Cuatro me tomé en menos de veinte minutos y ni así me espabilaba. Toñi, otra amiga de la infancia que trabaja de camarera en el bar, salió de la barra preocupada. «Tú lo que necesitas es un porro», dijo sentenciosa; nos fuimos las tres a la despensa del local. Allí con nuestra poca práctica en el tema acabamos fumándonos lo más parecido a un churro o una trompeta, depende de a cuál de las tres preguntaras.
No tardaron en aparecer las risas tontas, los bucles infinitos de carcajadas y viejos recuerdos de travesuras, pero nada, no se me pasaba el mal cuerpo. Antes de que ninguna pudiera darse cuenta caí desmayada sobre unos sacos de patatas viejas. Mis amigas, sumergidas en la hilaridad de la inexperiencia, me sacaron como pudieron a la entrada y, aún no sé cómo, me llevaron a urgencias. Después de pruebas, analíticas y alguna placa, el médico preguntó:
―Señora, ¿consume usted drogas?
No supe qué responder, jamás bebía alcohol ni tomaba nada. Espera, creo recordar... Solté una carcajada. Me levanté de la camilla, tomé al doctor de la mano y lo llevé a la sala de espera. Allí me acerqué a Lola y le susurré al oído.
―Tía, que me ha preguntado que si tomo drogas.
―¿Y qué le has dicho?
―Pues que no. ―Dije alargando el final casi entre dudas.
―¡Eres tonta! Eso lo verán en los análisis.
Me erguí lentamente y me dirigí al médico:
―¿Me preguntó que si tomo drogas? Se refiere a un porro, ¿no? Pues sí, estoy colocada. Yo y todos estooooooos. ―Dije levantando el brazo y señalando con el dedo a todos los allí presentes cómo quien marca los límites de su linde.
La gente, que no entendía lo que estaba sucediendo, guardó silencio. Las únicas que rompieron a reír a carcajada batiente fueron Lola y Toñi. Seguramente llevaban aguántandose la risa desde que llegamos al hospital.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Tras la lluvia

Decirte que volverán...

Del silencio,
Las golondrinas.

De los charcos,
Tu recuerdo.

Del frío,
El calor de tus besos.

Del otoño,
Tu presencia tan esperada.

De la obscuridad,
Tu sombra intuida.

De tus huellas,
Las mías caminando a la par.

Del álbum de fotografías,
Tu rostro rescatado.

Del olvido,
La verdad.

De las mantas,
El calor sentido.

De la humedad,
La pasión nocturna.

Del aire,
Los suspiros.

Del agua caída,
Las dulces lágrimas.

De la luz escondida,
Las secretos entre nubes.

De los cúmulos,
Tus palabras.

Del viento caprichoso,
El cabello revuelto.

... Pues tras la lluvia
Volverán las golondrinas.


Paloma nueva

Alimentando de poesía
El espíritu de madrigal.
Soy paloma nueva
Con ganas de volar.

martes, 1 de noviembre de 2011

A mi padre

Querido Rafael, no sé bien qué tiempo verbal utilizar para esta carta; te escribiré en presente, como siempre te tengo...

Bien sabes que no soy amiga de visitas al cementerio, que no me gustan las flores cortadas ni los paseos entre tumbas luciendo el traje de los domingos; a los que queremos, en la vida o en la muerte, hay que tenerlos siempre en el alma y en el corazón.
Lo siento, no te nominaré al Padre del Año, ni siquiera del siglo. Nuestra relación fue difícil; tú no supiste quererme y yo tampoco puse mucho de mi parte. No sabes cómo lo siento... Ahora, después de casi un año de tu ausencia me arrepiento de todos los silencios, de la distancia que impusimos y que, en cierto modo, facilitó nuestro trato. Ser casi desconocidos hacía más fácil compartir unos pocos minutos hablando de cualquier cosa que no fuera de la familia.
Hago un esfuerzo por recordar alguna muestra de tu cariño, más bien escaso en cuanto entrabas por la puerta de casa, por traer a mi memoria cualquier momento en el que fuimos una verdadera familia. Todos..., todos adolecemos de lo mismo: la falta de tu amor. Achaco esa carencia a la educación que recibiste, a tu carácter cambiante, a tantos malos tiempos de apreturas y sinsabores que pasamos. Para algunos esas razones bastan para permanecer más unidos, a ti, sin embargo, te separó aún más de tu estirpe.
Pero te diré una cosa: había algo bueno, algo muy grande, lo mejor que hiciste en tu vida... Tu familia, tu mujer y tus cinco hijos. Y necesito recordártelo, que sepas que cada uno de nosotros, a nuestra manera, te queremos y te añoramos. Eres parte de nuestra historia, llevamos en la sangre parte de tu genio e ingenio... Me gustaba tanto tu risa.
Ahora, a mis treinta y tantos, sola, sin familia propia y solo unos pocos sueños en el bolsillo, es cuando más me apetece tenerte cerca. Quizá con las malas experiencias sobrevividas en estos últimos tiempos habrías hablandado ese corazón tan duro y sabido escuchar mi pena. Me gustaría compartirla contigo, algo me dice que tendrías palabras de aliento y, porqué no, algún buen consejo.
¿Sabes? Tengo en mente sacarme el carnet de conducir. Por una vez me gustaría ser yo quien te llevara a alguna parte, a visitar ese Cádiz del que tanto hablabas, a tomar una ración de pescaito frito en la playa, compartir una cerveza contigo y contarnos algunos secretos, sin críticas ni malas caras, pero supongo que para eso debíamos habernos encontrado por primera vez en la vida; sabemos demasiado.
Recibe a mi tío Fito con los brazos abiertos, invítale a un chato de vino y sentaros a charlar de todo lo bueno que nos unió en vida y lo nos sigue uniendo en la muerte.
Padre, descansa tranquilo, ya te he perdonado, espero que tú lo hagas conmigo. Te lo diré una vez solo, te quiero, aunque a veces me cueste recordarlo.

Capítulo I - El consuelo

Elena tenía muchas personas con quien confesarse, a quien contarle su desdicha, pero le eligió a él. Habían compartido muchos años de sus vidas y ahora, en pleno trámite de divorcio, seguía siendo la única persona a la que conseguía confesarle sus secretos. A pesar del frío, permanecieron largo rato sentados en el banco de siempre. Álvaro le cogía la mano intentando consolarla, ella recostaba la cabeza sobre su hombro, llorando en silencio. La noche caía lentamente y con ella un rocío condensado que calaba hasta los huesos. Ya no había palabras de aliento, de nada servía esperar allí.
―Ven a casa. Cenamos algo, te tomas un buen vaso de leche caliente y te acuestas. Mañana verás las cosas de otra manera, vamos niña. Yo tengo que madrugar, pero puedes quedarte el tiempo que necesites.
Las palabras caían en saco rato. Elena había desconectado hacía rato, tenía la mirada perdida en el empedrado de la plaza de Santiago. Siempre decía que le gustaba contar las piezas que dibujaban la cuadrícula del centro y ahora las repasaba incansable.
―Falta algo... ―Dijo en un susurro.
Su todavía marido se levantó quedando en pie frente a ella. Insistió, no podían quedarse más tiempo. La tomó de las manos suavemente y tiró hacia él levantándola del asiento. La abrazó en un último intento de aliviar su dolor, pero ella seguía inmutable. El camino hacia el piso se hizo lento; él tiraba de Elena casi como un peso pesado. Cuando llegaban al portal, una vecina que volvía de echar la basura, se dio cuenta del estado en que se encontraba la mujer, pero no dijo nada, ni siquiera se acercó.
―Hablarán, lo sabes ¿Verdad? Vamos, nena, dime algo...
Ella bajó de nuevo la mirada y buscó las llaves en el bolso. Abrió la puerta y entró al rellano como siempre, tomando la barandilla y subiendo de dos en dos los escalones. Álvaro la observaba desde abajo, recordando viejos tiempos. Tomaron el ascensor recién estrenado.
―¿Recuerdas lo que te costó bajar las escaleras cuando estuviste escayolada? Sentada por miedo a perder el equilibrio. dejando caer los bastones en cada descansillo. Mari Carmen, la del 2º B, pensó que te habías caído de nuevo la primera vez que oyó el ruido. ―Álvaro rió tímidamente, no sabía bien cómo reaccionaría, pero no consiguió arrancarle ni una sonrisa, tampoco era un recuerdo grato para ella.
Llegaron a su planta. Antes de entrar, ella sacó el tabaco del bolsillo de su chaqueta.
―Puedes fumar dentro, si quieres. Haré una excepción.
Elena sacó el mechero y encendió un pitillo. Aspiró despacio y echó el humo de la primera calada en dirección al elevador ya vacío. La luz del descansillo se apagó, en el espacio solo se veía el tabaco encendido y el vaho de ambas respiraciones. El hombre volvió a tocar el interruptor.
―Como quieras... Yo voy dentro ¿Te hago una tortilla? Creo que tengo queso, ¿te pongo una loncha? No tardes, ¿vale?

lunes, 31 de octubre de 2011

500


 «Quinientas palabras al día», ese fue el consejo de un gran filólogo y mejor escritor, de un buen amigo, después de confesarle que en mi estado, que no sé bien cómo definir, no soy capaz de escribir de nada. Siempre he tenido una idea, una historia que contar, pero con tanto cambio en mi vida ando un poco perdida. Intento poner orden en mis tareas, volver a la rutina, pero no puedo. Todo ha cambiado, yo he cambiado. No soy la misma de hace ni unos meses, ni siquiera de hace años. Cada día intento buscar algo distinto, incluso pensé en dejar la escritura, pero no puedo, es lo único que me anima a seguir adelante, aunque no tenga nada que contar.
Estos últimos días han sido difíciles, he pasado del desamor al amor y del amor al desamor más rápido que nunca, y todo, por pequeño que sea, siempre deja huella. A veces me odio a mí misma, queriendo protegerme levanto barreras sin darme cuenta. No me gusta estar aislada, soy social por naturaleza, pero tengo miedo, siempre lo he tenido. Entregarse por completo es complicado porque pienso que habrá algo de mí que no le gustará a la otra persona, y ahí empieza mi tarea de constructora.
Pero dejemos ese tema ahora.
Esta mañana he estado en el entierro de mi tío. Lo quería, claro que lo quería, pero la tristeza de la despedida ha sido más dolida por tener a mi padre en mi memoria. El jueves que viene hará un año que falleció. «No debí ir al hospital a verlo...», no debí, me trajo demasiados recuerdos, pero necesitaba despedirme porque no pude hacerlo de mi padre. A los que queremos, estén o no, hay que recordarlos siempre... No creo en el más allá, ni en Dios, ese recurso no me vale. Ojalá tuviera fe, envidio a quien la disfruta, ahora no creo en nada. Durante la misa no he podido evitar coger el folleto de La Virgen del Rosario y corregirlo; tres faltas de ortografía para acallar al cura que besaba la biblia que leía.. Las despedidas, siempre eternas, el «Ya nos veremos en mejores circunstancias», pero es tan difícil reunir a tantos. Mi hermana dice que algunos primos quieren que nos juntemos todos en el cumpleaños de mi abuela, pero ¿seguiremos todos en abril?
Pero dejemos ese tema también.
En noviembre haré en curso en Madrid, en la Escuela de Escritores. Seguramente mucho de lo que me cuenten ya lo sabré, pero, lo reconozco, solo es una excusa para salir de aquí, de mi vida, creerme que puedo hacer algo distinto, al menos intentarlo. Tomar una hoja en blanco y escribir, siempre tuve buena letra y a veces con esto de las teclas se me olvida.
Me parece muy triste dejar pasar los días llorando las heridas, no cerrarán, pero al menos dejarán de doler. Utilizaré las palabras a modo de tirita, intentando crear nuevas historias con fines más o menos felices, dependendiendo del día.

viernes, 28 de octubre de 2011

Despedida

Amanezco con el corazón dormido, con la pena escaldada de tanto frío y descubro que entre todos los habitantes de este planeta existe alguien con un amor inmenso, dispuesta a darme un pellizco...
No puedo decir grandes  cosas de ella, apenas la conozco, pero me ha ofrecido de su boca los versos de Benedetti y con ellos me despido hasta que recupere fuerzas; de momento solo me quedan las palabras de Audrey B. que siempre tendrá un lugar en mi corazón.

―Mis disculpas si a alguien ofendí, mis agradecimientos a quien compartió conmigo―
Ariola

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.

Mario Benedetti

jueves, 27 de octubre de 2011

Tapiaré los armarios

Porque quiero y no quiero
Porque no sé cómo querer...
Porque quiero aprender
Y no tengo quien me enseñe

Porque solo sé odiarme
Maltratar este pobre corazón
Alejando a mis seres queridos
De lo poco que soy yo

Tengo tanto que entregar
Perdí la cuenta de los besos
Sin destino, sin rumbo ni acierto
Volverán de nuevo a su cajón

Colgados los vestidos
Junto al alma y la razón
Tapiaré las puertas del armario
Abandonándome al olvido

Quizá cuando vuelva el sol
Rescate las ganas de seguir adelante
De momento me quedaré en un rincón
A seguir llorando mi error

Corazón roto

Las dudas, siempre las dudas... ¿Autodefensa o autodestrucción? Despedida inapropiada, correos de impaciencia, mensajes con palabras equivocadas... Y ahora solo la sensación de haberlo perdido todo sin tener nada.
Me pensaba experta en tristeza y silencios, pero estas lágrimas que derramo tienen un sabor más amargo, uno que apenas recordaba. Son la sangre de mi corazón roto.

miércoles, 26 de octubre de 2011

La belleza del silencio

Del calor más vivo al frío más intenso
Y vuelta a empezar
Es complicado esto de respirar
A pesar del esfuerzo

Olvidaré de nuevo las palabras
Pues solo me causan dolor
Olvidaré otra vez el amor
Seré solo mar en calma.

Echaré a las mariposas de mi vientre
Y tejeré brocados con su seda
Seguiré viviendo mientras pueda
Con el corazón durmiente

Ya no esperaré respuestas
A más preguntas sin sentido
Rescataré el sonido de mis latidos
Aceptaré la crueldad impuesta

Ahora permaneceré callada
No volveré a decir jamás «te quiero»
Porque no, ya no puedo
En silencio estoy más guapa

Fábula del Pavo y la Liebre


Érase que se era un liebre joven y asustadiza a la que no le iba muy bien el vida. Un día, perdida en una zona de matorral, justo en la linde del reino donde habitaba, oyó un gorgoteo...
―Gordogordogordogordogordo...
―¿Quién anda ahí? ―Preguntó Liebre sin salir de su escondite.
―Gordogordogordogordogordo... Soy yo, Pavo.
Liebre, temerosa, permaneció al abrigo de las sombras, pero la curiosidad le hizo insistir.
―Dime, Pavo, ¿qué andas buscando? Aquí no hay más tierra seca.
―Gordogordogordo, solo quiero un poco de conversación.
Pavo y Liebre hablaron durante largo tiempo entre gorgoteos y pequeños chillidos, ella siempre en su escondrijo y él pegado a la linde.
Un día, Liebre, confiada, salió a su encuentro, y Pavo, engalanado con un peculiar plumaje a cuadros, le correspondió.
―Vaya no te esperaba tan diminuta.
―Ni yo tan grande.
Durante unas horas el tamaño pareció no importarles, conversaron sobre sus respectivos familiares, los decretos del gobernador, los impuestos y la vida cada vez más difícil en aquellas tierras. A la hora de la despedida, Liebre, sin poder desprenderse de su timidez, le dijo:
―Ya hablamos.
A lo que Pavo respondió...
―Gordogordogordogordogordo...
Pero nunca llegó otra conversación. Los días siguientes Liebre esperó y esperó como Penélope a Ulises, tejiendo y destejiendo su labor, y entre vuelta y vuelta, le dejaba notas de amor a los pies de la valla que marcaba los límites del reino. Con el tiempo y el silencio de Pavo, Liebre empezó a alejarse cada día un poco más de su madriguera, volviendo la mirada a cada paso por si volvía a encontrarlo.
Liebre no esperaría veinte años como hizo el personaje de La Odisea, ella solo viviría diez más y con suerte...
Un día, el azar quiso que Liebre supiera de la supervivencia de Pavo al margen de la suya propia. Lloró amargamente por ese y por otros motivos que ahora no vienen a cuento. ¡Qué sola se sentía la pequeña liebre! Cuando hubo acabado con las lágrimas, se percató del Mar que la rodeaba. Y allí se quedó, preguntándose durante una temporada: «¿Qué hago? ¿Aprendo a nadar o perfecciono la costura?».

Moraleja: Las dudas no son buenas cuando no sé sabe cuánto tiempo queda por vivir...