miércoles, 10 de septiembre de 2014

Inquietudes

Laura tenía inquietudes como cualquier chica de su edad, pero tenía una extraña costumbre a la que los suyos no terminaban de acostumbrarse: gustaba de consultar las esquelas. Cada día desde hacía años, primero a la vuelta del colegio y más tarde del instituto, examinaba las defunciones. Si sus tareas se lo permitían, se acercaba al tanatorio y se daba una vuelta entre los amigos y familiares del fallecido, observando sus caras, sus gestos, sus comentarios. Buscaba algo o alguien, aún no lo tenía claro.
Tampoco sabían que esa «inquietud» le había llevado a experimentar con la muerte. Con apenas ocho años arrojó al gatito de su hermana desde el balcón de su piso, un noveno. Justo en el momento en el que el animal iniciaba el vuelo, Laura corrió hacia el ascensor con la estúpida idea de que llegaría a tiempo al último estertor del desgraciado, pero no fue así. Primer intento fallido. Aquel «accidente» pasó desapercibido en casa. Después vinieron pequeños experimentos con insectos que se le antojaron triviales para la Parca. A los doce por fin tuvo su primer contacto; con su abuelo en cama, muy grave, le dejaron despedirse. Ella, fingiéndose compungida, se acercó al moribundo y le susurró al oído cosas terribles, tanto que no me atrevo a repetirlas. El hombre, que no podía pronunciar palabra, tomó la mano de la muchacha con firmeza, como queriendo llevársela con él al otro mundo. Laura empezó a chillar. Sus padres trataron de que el abuelo la soltara, pero la tenía fuertemente agarrada. El forcejeo duró solo unos segundos. De pronto, el silencio. Se sintió satisfecha al notar cómo el frío pasaba hasta sus dedos. «Cariño, el abuelo ha muerto», sentenció su padre. Lloró, era lo más adecuado. Después sintió rabia, no encontró lo que esperaba; tampoco en el tanatorio.
A Laura le gustaban las despedidas, pero más aún las bienvenidas; estaba deseando saludar a la muerte.

jueves, 24 de julio de 2014

La próxima parada

Resultas ridículo. ¿No te das cuenta de que estás asustando a la gente? Tus pasos torpes, tu mirada perdida, vas haciéndote hueco a golpes. Acabarás llamando la atención de los agentes.
¿Y ahora por qué te detienes? Sí, mírate en el escaparate, ¿qué ves? Sólo encuentro a un perdedor y no soy yo.
—¡Déjame en paz! —me gritas.
Reanudas tu marcha sin rumbo fijo. Aceleras el paso, pero lo único que consigues es que tu jadeo resulte grosero. Te golpearía sin dudarlo. ¡Reacciona de una vez! Caes al suelo —recuerda, yo no he sido—, te quedas de rodillas en medio del río humano. Enseguida se hace un hueco a tu alrededor, eres como la peste. ¿Lloras?
Eres un despojo, ¿por qué me fijaría en ti? Me has engañado completamente. Desde el primer instante me quedé prendada de ese cuerpo de Adonis perfectamente esculpido, de esa candidez que desprendían tu mirada y tu sonrisa, y tus manos… ¡Oh, Dios! ¡Esas manos que escribían poesía sobre el cuerpo de tu novia! Lo dejaste todo por mí, la dejaste a ella a pesar de tener planes de boda. No te creía tan imbécil. Pero esa fue tu decisión, dejarte llevar por el deseo, por la ambición. Jamás te prometí nada que no estuviera a tu alcance, pero te empeñaste en complicar la relación…
—¡Cállate de una vez! ¡Me vas a volver loco! —me recriminas.
Te apoyas en el carrito de un niño para levantar tu estupidez. La mujer grita asustada, se habrá pensado que vas a hacerle algo al pequeño, ¿o lo has hecho? Te acusa de haberle robado el caramelo, una piruleta. ¡Ja, no me lo puede creer! Yo no, pero los demás te siguen con mirada acusatoria, alguno hasta se ha atrevido a insultarte. Vuélvete, ¿no me ves? Lo reconozco, he sido yo, pero creerte culpable me da placer.
¡Corre! ¡Vamos, corre! ¡No pares hasta llegar al cementerio!
—¡Ayuda! —¡Socorro! —solicitas hacia un público que ya no se digna en escucharte.
Estás solo. Quizá deberías mirar dónde pisas. Tropiezas, Vuelves a caer de nuevo golpeándote con un banco de piedra. Te lo dije. Te encoges, posición fetal. Gimoteas como un niño. ¿Qué haces?
—¡Déjame en paz, por favor! —me ruegas.
¿Dejarte? Nada me gustaría más que eso…
Han pasado varias horas. Te quedaste dormido. Ni siquiera notaste la sangre tibia cayendo por tu ceja, te heriste. Un grupo de niños te observa. Uno de ellos saca la pistola de agua y comienza a dispararte. Te espabilas. Tratas de alejarlos haciendo aspavientos. Resulta cómico. Los chicos se van corriendo cuando ven tu cara desencajada. «¡Loco, mamarracho!», gritan mientras se alejan.
Vámonos a casa, anda. Me avergüenzas.
—Me rindo —afirmas quejumbroso.
En el portal te cuesta meter la llave, ¿sigues desorientado? Te ayudaría, pero prefieres evitarme, hacer como que no estoy. Sabes que no te servirá de nada. Subes por las escaleras. Seis plantas. ¿No estás suficientemente cansado? Yo iré en el ascensor, te espero arriba. Sé que no escaparás, ya no tienes fuerzas ni para eso. Déjame que abra.
—¿Por qué no te vas de una vez? —preguntas a pesar de conocer la respuesta.
En un arranque, entras corriendo y tratas de dejarme fuera, casi lo consigues. Tú mismo frenas el cierre con el pie, además te has hecho daño. Disculpa que me ría… Te quejas. En el pasillo te descalzas y te quitas el calcetín para ver si te has hecho algo. ¿No cierras? Me arrojas el zapato cabreado, con todas tus fuerzas. Lo esquivo fácilmente. Has conseguido alcanzar la puerta, ahora se ha quedado entornada. Tú mismo.
Te diriges al baño. Te desnudas. Adoro tu cuerpo. Buscas algo en el mueble, mientras me acerco sigilosamente, no quiero que vuelvas a apartarme de tu lado. Puedo percibir tu hedor, mezcla de sudor y sangre, pero me atraes igualmente. Te abrazo desde atrás para que puedas sentir mi calor. Llevo mis manos a tu sexo, no tarda reaccionar. Miras al espejo, la ceja se te ha hinchado, apenas ver por tu ojo izquierdo. No puedes verme, sigo detrás de ti.
—Porqué me haces esto…
Porque te deseo, así de simple.
Vacías el frasco de pastillas y las tragas sin masticar. Abres el grifo y bebes agua con ansiedad. Vas al dormitorio y te tumbas en la cama, boca arriba. Tu erección continúa, aparentemente es la única parte de tu cuerpo que responde a mis caricias. Cariño, dime que me quieres.
—Estoy tan cansado…
Vamos, dímelo. Me desnudo despacio. La escasa luz que proviene de la calle nos da la intimidad necesaria. Miro el despertador: las diez y media. Deja que te ame una última vez, después me iré para siempre. Suspiras. Me coloco sobre ti, a rítmicos movimientos conseguimos acompasar nuestra respiración. Ahora somos uno. Te dejas hacer, no tienes ganas de nada, pero yo te deseo ardientemente. Mordisqueo tus pezones. Sueltas un quejido leve, apenas perceptible. Lamo tu cuerpo hasta llegar de nuevo a tu verga, pero esta vez no despierta. Así no hay forma, no das la talla como amante.
Me aparto y me siento en la esquina de la cama, mirando hacia la ventana. Fumo. El humo se colorea con el neón recién encendido del restaurante chino. Puedo sentir cómo tu respiración se va haciendo más lenta, más pausada. En la silla pegada a la cristalera están tus prismáticos. ¿Aún sigues espiando a tu vecinita? Eres un cerdo. Tomo asiento y ajusto la lente. Allí está. Quince años desnudos, Una Venus en plena pubertad descubriendo su cuerpo. ¡Oh, dioses, cómo os adoro! Se mira en el espejo, repasa sus senos impacientes, los aprieta uno junto a otro. Su cadera, su viente estrecho me llaman a gritos. Se sienta sobre el colchón y acaricia sus partes, se prepara para el placer. Mi cuerpo vuelve a despertarse. Busco el caramelo que robé a tu costa y lo chupo ansiosamente pensando en ella. Creo que le haré una visita.
Me levanto y me visto impaciente. Cariño, me esperan al otro lado de la calle. Oigo crujir la puerta, alguien entra.
—Fran, ¿estás en casa? —es tu ex.
Déjame que te bese antes del último estertor. Escapo con cuidado de no ser descubierta. Desde la puerta puedo oír el grito desgarrado de la mujer.
Fue bonito mientras duró.

miércoles, 23 de julio de 2014

Corazón verde

Llevaba días sin poder dormir bien y cuando al fin conseguía descansar un rato, tenía pesadillas. Cada noche, en el plazo de pocas horas, todo mi mundo se desmoronaba. Los sueños eran tan vívidos que me devolvían al insomnio, encontrando alivio en mis ojeras. Los días se hacían largos y pesados, el cansancio empezaba a hacer mella, pero el miedo a caer en los brazos de Morfeo, aparentemente cabreado conmigo, era mayor que el de sobrevivir a mis propios delirios.
Anoche soñé que caminaba huyendo de la tormenta cuando un pequeño rayo de luz me atravesó, entonces me di cuenta de que era de cristal. El miedo me hizo volver a la obscuridad que traían la lluvia y el viento (podía oír el aire golpeando la persiana de mi dormitorio). Inevitablemente, empecé a resquebrajarme a cada paso que daba; traté de permanecer inmóvil (pude sentir mi cuerpo rígido contra el colchón). Mis pies empezaron a desintegrarse, esquirlas transparentes flotaban a mi alrededor (mientras un dolor agudo subía por mis piernas). Un remolino de hojas jugó con mi pelo deshaciendo la melena; una de ellas, la más astuta, vino a clavarse en mi pecho (llevé rápidamente mi mano derecha al corazón para protegerlo, pero no pude hacer nada). Ella puso fin al sueño; me atravesó haciéndome estallar en ínfimos pedazos…
Desperté. Estaba completa, en mi cama. El dolor había desaparecido. Mis pies estaban donde siempre, como mi trenza despeinada. Aparté mi mano del pecho y abrí el puño. En la palma tenía un trozo de cristal clavado. Al arrancarlo no brotó sangre sino un líquido espeso, casi transparente, era savia.

domingo, 22 de junio de 2014

Como la tormenta

La tarde prometía. Los niños jugaban en el parque. En los bancos, los mayores charlaban de tiempos mejores. Sobre el césped, había jóvenes jugando a las cartas y alguna pareja demostrando su amor. La tormenta no tardó en aparecer. Se levantó aire trayendo el olor de la inminente lluvia. Al poco empezó a tronar. Los pequeños lloraban asustados obligando a sus padres a marcharse. Con el primer rayo, los mayores y los muchachos se despidieron de los suyos. Con las primeras gotas, los amantes salieron corriendo… Me quedé solo esperando a la parca. La muerte es inevitable, como la tormenta.

jueves, 20 de marzo de 2014

Como cada día

Llegó, como casi siempre, después de trabajar, de tomarse unas cañas en el bar, de comer sus aperitivos y los de sus amigos, de tomar unas copas, de follarse a alguna puta, de, quizá, vomitar en el rellano, de maldecir por no encontrar el interruptor de la luz a la primera, de farfullar en la cocina, de entrar como un torbellino hasta llegar a nuestro dormitorio, de insultarme y golpearme por encontrar la cena fría…
Llegó sí, y después se arrojó por la ventana. Llegó para nunca más volver.

domingo, 9 de febrero de 2014

En el cuerpo, en la memoria

Llevo tres días sintiendo una extraña sensación. Al principio era tan leve que apenas le di importancia, pero en cuestión de horas empezó a complicarse. Las molestias se hacían más vívidas y concentradas durante los sueños. Cuando empezó, traté de controlar sus efectos. Era un dolor agudo, con horribles punzadas que atravesaban solo mi parte derecha mientras la izquierda permanecía dormida. Podía notar cómo hacían reacción las drogas que no había tomado. En las peores pesadillas, miraba a uno y a otro lado y veía agujas clavadas en ambos brazos. Fiebre, escalofríos, la tensión descontrolada. Más drogas. Oía mi nombre a lo lejos y en esos momentos de mi propia ausencia, ya no sentía ni las bofetadas. Sabía que el perdón era necesario porque no me agredían sin razón; de mi consciencia dependían mi vida y la de él.
Sí, ahora recuerdo… Ahora sé el porqué de esta sensación. Miro el reloj. Aún me quedan algunas horas de lucha. De pronto, el miedo se ha disipado;sé cómo acaba la historia y no puedo dejar de sonreír.  Lo único que no ha cambiado en estos casi 365 días es la asunción del peligro. Yo sigo aquí, él está con nosotros. Esta historia tiene un final feliz.


miércoles, 5 de febrero de 2014

El incidente

Fue apenas un segundo; un escalofrío. Sentí el aguijón clavándose en mi nuca. Rápidamente me llevé la mano a la zona y de un manotazo hice desaparecer a mi agresor. Mi acompañante, sorprendido por el golpe que yo mismo me había asestado, me preguntó:
—¿Te pasa algo? —No, no sé. Creo que ha sido un mosquito.
—Debió ser uno grande —afirmó con cierta sorna.
—No sé el tamaño, pero cabrón…
Nos despedimos. Avancé sólo unos pasos; el escozor se hizo insoportable. Volví a llevar la mano a la nuca, esta vez con suavidad. No noté nada, ninguna hinchazón que delatara la embestida. Me quité la bufanda y dejé que el frío me consolara.
En el siguiente cruce, me paré a esperar el paso para los peatones. Una mujer se detuvo a mi lado. Detrás de ella, asomó una niña que no dejaba de observarme.
—Mamá, ese señor suena —le dijo a su madre con voz chillona.
La madre se acercó a mí y empezó a olisquearme.
—Dijo «suena», no «huele» —corregí su actitud.
—¿Disculpe? —se hizo la ofendida.
El semáforo empezó a sonar. Cruzamos a distinta velocidad para no coincidir, pero la pequeña insistió: «Ese señor suena, mami. Ese señor suena…». Si hubiera podido, le habría dado una buena bofetada, pero me sentía taaaan cansado. Fue entonces cuando, al ver mi reflejo en un escaparate, me di cuenta de que algo no iba bien. Caminé a paso lento observando cada parte de mi cuerpo. Perseguí mi imagen —o lo que quedaba de ella— a lo largo de la vitrina; al girar la esquina, en los último cinco metros de exposición, conseguí oír el sonido al que se refería la mocosa. Toqué con mi índice detrás del cuello y cuando la cadencia varió me di cuenta de que me estaba desinflando. Corrí hacia mi casa con las escasas fuerzas que me quedaban. Solo dos calles, solo dos. Poco antes de llegar a mi portal ya me había convertido en una alfombra.
En la plaza, justo delante del banco donde solía sentarme a leer el periódico los domingos, un vagabundo recogía mis restos, los estiraba aireando con fuerza mis extremidades y se envolvía conmigo para acostarse sobre su improvisada cama.

viernes, 20 de diciembre de 2013

El elegido

La reunión estaba convocada a las cinco de la tarde. Algunos se retrasaron; hacía mucho frío y daba pereza venir hasta tan lejos sólo para discutir algo que podía resolverse al día siguiente, pero Fran, «el Jefe», se empeñó en que había que zanjar el asunto cuanto antes. Cuando estuvimos todos, se propuso una ronda de intervenciones donde cada uno expondría su solución. La decisión que había que tomar era importante. Llevábamos ya varios días inmersos en aquel terrible proyecto que odiaba profundamente. Sentados en torno a la improvisada mesa de despacho, no pasamos de la primera propuesta; empezamos a discutir y a alzar las voces. Cuando Álvaro y Pedro llegaron a las manos, Fran puso fin a la discusión.
—¡Basta ya! ¡Parecéis nenazas! —gritó con fuerza.
Callamos. Volvimos a tomar asiento. El vaho que exhalábamos avisaba que se acercaba la noche, casi podía notarse cómo bajaba la temperatura a cada momento. Miré el reloj, eran casi las seis.
—Hay que cerrar esto ya. Uno de nosotros lo hará —afirmó con seguridad Fran.
Nos miramos a los ojos. Nuestra mirada delataba el miedo que sentíamos.
Buscábamos al elegido evitando ser nosotros mismos. Acabamos centrándonos en «el Jefe». Él era el más fuerte, el más decidido; al final siempre era quien tomaba las decisiones, nos gustaran o no.
—Yo no puedo hacerlo; bastante responsabilidad tengo con elegir al encargado.
—Eso no es justo, todo esto lo iniciaste tú —le recriminó Ángel.
—¿Perdona? Yo no os obligué a seguirme, estáis aquí porque queréis —respondió Fran amenazante.
—Es cierto, pero seguir con el «proyecto», como tú lo llamas, es despreciable y malvado. Debimos dejarlo pasar —comenté.
El ambiente empezaba a calentarse de nuevo. En cierto modo temíamos su reacción; más que un jefe, era un dictador. Ángel y yo habíamos osado replicarle, ya estábamos hartos de obedecer sus estúpidas órdenes, más aún cuando llegaban a ser crueles. El resto nos observaba desde la barrera, expectantes. Después de un largo minuto de silencio, Fran volvió a ordenar:
—¿Dejarlo pasar? Es un experimento. Ensayo y error, así es como se aprende todo en la vida. Nosotros, todos, empezamos esto y todos debemos acabarlo.
—¿No dijiste que sería uno solo? —pregunté. En qué momento se me ocurriría…
—Llevas razón. Serás tú.
—¿Yo? ¿Por qué yo? Has dicho que lo acabaríamos entre todos.
—¿Estamos todos de acuerdo en que sea Óscar el elegido? —preguntó ignorando mi respuesta.
—Sí, es el mejor candidato. Por favor, que sea rápido, queremos volver a casa —respondieron al unísono Álvaro y Pedro sin dudarlo.
Ángel no dijo nada. Me miró con una inmensa tristeza y afirmó sin pronunciar palabra. Estaba decidido, yo era el elegido. Fran me acercó un palo.
—Debes hacerlo ahora.
—Apenas hay luz. Mañana lo haré —dije soltando la madera.
—No. Debe ser ahora —ordenó «el Jefe» volviendo a colocarme el arma en la mano.
Miré a mis amigos buscando ayuda, pero se habían transformado. Ya no había opiniones contrarias, nadie que cuestionara la autoridad. Esperaban impacientes a que cumpliera con mi deber.
—Chicos, no puedo. Yo… No puedo —rompí a llorar.
—¡Eres un puto cobarde! ¡Dame eso, yo mismo lo haré! —dijo Fran mientras me empujaba.
Me arrancó el palo y fue hasta el animal que permanecía inmóvil, acurrucado sobre un cartón. Detrás de él, le siguieron los demás. Ángel se acercó y me ayudó a levantarme.
—Si no lo detienes, lo matará, lo sabes.
—¡No! ¡Espera! ¡Fran, lo haré! ¡Lo haré yo! —corrí desesperado.
—Así me gusta. Te hemos elegido todos, cumple como un hombre.
Le odié como nunca antes lo había hecho.
Volví a coger el arma. Me tomé mi tiempo. Ya se había hecho de noche; buscaba la oscuridad como aliada. Ángel se marchó poniendo una excusa estúpida; sabía que no podría soportarlo. Los demás sacaron el móvil y alumbraron el rincón. Me acerqué al perro que, moribundo, me lanzó una mirada suplicante. No necesitaba más agresiones. Su escuálido cuerpo sólo buscaba consuelo, algo que echarse a la boca. Sentí más pena por mí que por él.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? —azuzó Fran.
Levanté el palo con todas mis fuerzas. Una idea cruzó mi mente: cuanto antes acabe con su sufrimiento, mejor para todos. Me volví hacia mis amigos.
—¡Venga Óscar, que nos queremos ir a merendar!
¿Merendar? Estaban allí quietos, mirando, esperando a que matara a aquel pobre animal indefenso. ¿Cómo se puede ser espectador de tan macabra visión y pensar en comida? No sé bien quién se llevó el primer golpe. Recuerdo que se mezclaron mis lanzadas con los haces de luz que despedían los teléfonos. Hubo gritos y llantos. Salieron corriendo despavoridos. Dejé caer el palo. Me senté en el suelo, derrotado por el cansancio, intentando recuperar el aliento. Saqué el móvil del bolsillo para iluminar la escena. El animal permanecía tumbado. El teléfono empezó a sonar. Vi mi rostro reflejado sobre la pantalla y detrás, la foto de mi madre mirándome a los ojos.
—Cariño, ¿dónde estás? Tu padre y yo vamos a salir a hacer unos recados. ¿Llevas llaves?
—Sí, no te preocupes.
—No vuelvas tarde.
—Mamá, ¿dónde guardas las mantas viejas?
—¿Por qué?
—Tengo un proyecto. Luego en casa te lo enseño.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Amor

Siempre digo que no encuentro palabras para expresarte mi amor… Miento, hay tantas que no sé por dónde empezar.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La ceguera

Desde pequeña tenía la manía de cerrar los ojos con todas mis fuerzas cuando me encontraba en una absoluta obscuridad por miedo a encontrar algo inesperado. Solo los abría cuando tenía la seguridad de que había luz, cuando intuía claridad al otro lado. Todo ha cambiado esta noche. Me he levantado alertada por los ladridos del perro. He salido del dormitorio sin encender. He oído pasos al final del pasillo. Asustada, me he ocultado en la negrura de mi ceguera voluntaria. Al poco tiempo, con los ojos bien cerrados, he recuperado la vista. Alguien me espera al final del túnel.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Brotes de esperanza

Mientras todos duermen, Isabel se dedica a cuidar sus flores. Con el último beso de buenas noches, deja la lectura y se traslada al cuarto de costura. En la mesa descansan sus herramientas de jardinería: agujas de 16 pulgadas, lanas de colores y cintas de raso. Solo hizo una muestra de cada color que ahora descansan en pequeños floreros sobre el quicio de la ventana. Hoy ha añadido al pulverizador unas gotitas de esencia de vainilla. Riega cada noche sus plantas con la esperanza de que nazcan nuevos brotes. Sus manos, enfermas, ya no pueden añadir vida a las hebras.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Hoja en blanco

Después de leer durante varias horas, tengo claras varias cosas:
No, un microrrelato no es una secuencia de palabras bonitas escritas en prosa poética. Sí, yo también soy aficionada a esta composición absurda. No, no pienso volver a caer en la trampa de buscar la palabra adecuada.
¡Madre mía! He leído una y otra vez la misma historia con distinto traje: él, que se va; ella, que se desengaña; y, cualquiera de los dos muertos. Al final siempre es lo mismo. Sí, es cierto que la muerte es uno de los grandes temas literarios, pero ¿por qué no hablar de la vida? ¿Tan difícil es? ¡Claro, es más fácil sacarnos los trapos sucios! Y obviamente, más divertido. Pero creo que un final feliz de vez en cuando viene bien para coger el sueño.
Cómo detesto que los escritores desprecien su nombre. ¡Señores, González, López, Rodríguez… del mundo! ¡Poseen una tilde, hagan uso de ella! Y qué decir de las erratas, las faltas de ortografía y de gramática. Sí, yo también las cometo, pero es más por escribir deprisa que por desconocimiento. No, no pienso pasar ni una, ni siquiera de las mías, pero es que hay algunas que dañan la vista y ya soy bastante miope.
Y qué decir de las dichosas metáforas… Algunas son espesas como mi puré de patata, difíciles de digerir. ¿No sería más sencillo recurrir a expresiones sencillas? Sí, lo reconozco, yo también me paso en ocasiones. No, procuraré no volver a abusar de ellas. Mi profesor de novela me dijo en más de una ocasión que hay que huir de lo falsamente literario. ¡Es tan complicado! ¡Algunas frases quedan tan lindas! Pero… Seamos francos, para gustos los colores. Sí, es una frase hecha, de esas de las que deberíamos desprendernos como si fueran la peste porque tanta, taaaanta repetición ya cansa. ¿Acaso no existen formas nuevas para describir lo viejo? Señores escritores, hagamos todos un esfuerzo.
He de reconocerlo: no todo lo leído ha sido absurdo. Algunas líneas han merecido la pena. Aquellas que me han sacado una sonrisa o que me han hecho pensar en algo de mi pasado. Sí, es cierto, salvo algunos textos, pero qué sensación tan triste me queda al pensar que de cientos solo valen un par. Me preocupa ciertamente repasar todos mis escritos y descubrir que la mayoría de ellos puedan ser basura.
En resumen: la vida comienza desde que nos engendran hasta que exhalamos nuestro último aliento, la muerte no es más que el final de la vida, el amor es solo un cambio químico, como la tristeza o la alegría; sí, nos dejarán mil veces, tantas como lo haremos nosotros y sufriremos, sufriremos otro cambio químico… Resumiendo mi resumen: escritores, sigamos en el empeño de transformar en sentimientos esos cambios químicos, pero, por favor, aportemos algo más de originalidad.
¡Ahora me siento como un sarmiento, seco y flaco! Oigan, también tengo sentimientos y una necesidad fuerte de plasmarlos. ¡Quién tiene miedo ahora a la hoja en blanco!

martes, 19 de noviembre de 2013

Había algo más en la habitación, algo más que obscuridad y silencio, pero el miedo me impedía descubrirlo. Noche tras noche, traté de engañarme colocando velas encendidas y dejando la persiana subida algunos centímetros, pero cuando la cera se acababa derritiendo y la noche caía cerrada, volvía la misma sensación. No, no estaba sola, lo sé. Quizá fuera mi sombra que, desembaránzose de mis talones, intentaba despedirse. Quizá fuera mi vida que, expectante, esperaba el nuevo día.
Una mañana, cuando la primera luz del alba asomaba por el hueco de la ventana, abrí tímidamente los ojos. Aún tapada con la manta, estúpido escudo, sin mover ni un sólo músculo, oteé a mi alrededor. Sus ojos me miraron fijamente y con una voz pedregosa dijo: «No, no estás sola».

Cuando me pierdas, lo perderás todo

De qué vale atesorar momentos, de qué guardar secretos bajo llave. No trates de repasar fotografías con caras sin nombre, ni ciudades que visitaste, ni siquiera el día que nació tu primer hijo. Porque lo perderás todo cuando pierdas la memoria. Lo perderás todo cuando la pierdan los tuyos. No serás más que un nombre en una lista, en una lápida fría.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La edad del olvido

Las palabras se fueron marchitando lentamente en su boca. Apenas recordaba el sabor del «amor», pero sí tenía muy presente el del «olvido». Se desenmarañó del sillón ajado que durante tantos años había consolado su cuerpo en interminables siestas y fue al baño. Allí, levantó su mirada gris y se observó en el espejo. La imagen borrosa fingía la juventud de antaño. Esperando un último milagro, alzó la mano en movimiento remiso y emborronó el vaho para descubrirse envejecido. Descubrió surcos sinuosos, manchas estratégicamente distribuidas y el pelo blanquecino coronando su cabeza. «Tu cara me suena, ¿nos conocemos de algo?»

miércoles, 30 de octubre de 2013

Brotes de esperanza

Mientras todos duermen, Isabel se dedica a cuidar sus flores. Con el último beso de buenas noches, deja la lectura sobre el escritorio y se traslada al cuarto de costura. Sobre la mesa, descansan desde hace tiempo sus herramientas de jardinería: agujas de 16 pulgadas, lanas de colores y cintas de raso. Sólo hizo una muestra de cada color que ahora descansan en pequeños floreros dispuestos sobre el quicio de la ventana. Hoy ha añadido al pulverizador unas gotitas de esencia de vainilla. Riega cada noche sus plantas con la esperanza de que nazcan nuevos brotes. Sus manos, enfermas, ya no pueden añadir vida a las hebras.

jueves, 17 de octubre de 2013

Justicia para el roedor

—Vuelva a explicármelo desde el principio.
—Verá, señor policía, aquella noche volvía del trabajo, cansado, como siempre. Tengo un trabajo de mierda, ¿sabe? Mi jefe me explota. Paso diez horas sentado delante del ordenador revisando sus sandeces y...
—No se vaya por las ramas. Continúe.
—Pues eso, volvía del trabajo andando y son al menos cinco kilómetros. Cuando llegué a la plaza que hay frente a los pisos que la constructora Sainz dejó a medias, encontré a tres niños apaleando al animal. Al principio pensé que era un pobre gatito. Me acerqué con intención de salvarle la vida; lo que estaban haciendo esos gamberros me hizo hervir la sangre. Empecé a gritarles a cierta distancia para que dejaran de maltratar al bicho, pero se rieron de mí. Solo cuando inicié la carrera hacia ellos se detuvieron retrocediendo un pasos. Al llegar a su altura, pude ver que no era un felino. Se trataba de una sucia y asquerosa rata. Apenas le quedaba un hilo de vida. Los chavales se fueron hasta el banco más cercano y se sentaron a observar mi reacción. La alimaña se retorcía de dolor. Sentí grima. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al ver la sangre oscura que manaba de su boca. Pude oír las risas de los niños cuando me daba la vuelta rendido a la evidencia. Justo en ese instante, escuché su voz débil. La rata, extenuada, solo dijo una palabra: «Venganza» mientras señalaba a sus tres asesinos con el único dedo vivo que le quedaba. Su uña mugrienta decidió el destino.
—¿Y por eso les cortó la mano derecha a los pequeños?
—No exactamente, a uno de ellos le corté la izquierda porque era zurdo. Alguien tenía que hacerle justicia a la sucia y asquerosa rata.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Don Fernando

Después de mucho tiempo, Juan y Elisa decidieron cambiar de aires. Sus hijos se habían independizado y la casa de cinco habitaciones se les hacía innecesariamente grande. La única condición que le pusieron al agente de la inmobiliaria fue que su nuevo hogar tuviera un gran comedor para poder reunirse todos y un trastero de considerable tamaño.
A finales de agosto organizaron una última comida a modo de despedida. Sus hijos fueron llegando, unos más puntuales que otros, cada uno con sus parejas, sus niños y sus juguetes. Algunos traían platos con comida, otros bebida. Al pasar todos comentaban lo mismo:
—¡Qué triste! ¡Qué desangelada! —decían con cierta tristeza.
Su casa, donde se habían criado, estaba ahora vacía, no quedaba ni un solo cuadro colgado. Las últimas cajas que quedaban por recoger estaban fuera, junto a la puerta del porche. Allí, sus padres habían preparado varias mesas, con manteles de papel y vasos y cubiertos de plástico. No faltaba nada por empaquetar.
Después de disfrutar de un buen rato en familia, mientras los adultos tomaban el café entre risas rememorando algunas de sus travesuras, los niños se distraían jugando al escondite detrás de los paquetes. Alicia, la más pequeña de las nietas, tropezó y tiró una de las cajas que aún permanecía abierta. Rápidamente, la madre de la chiquilla fue a ver qué había pasado. Cuando llegó, su hija ya estaba corriendo por el jardín con el resto de sus primos. Antes de volver a la mesa, se entretuvo recogiendo las cosas que se habían quedado desperdigadas tras el accidente de la niña. De entre todas, le llamó mucho la atención una pipa.
—Papá, ¿esta pipa es tuya?
—Mía no, será de tu madre —dijo sorprendido.
Todos se quedaron perplejos.
—¿Cuándo has fumado tú en pipa, mami? —preguntó el mayor.
Elisa rió a carcajadas. Estaba segura, solo había sido una vez. Lo recordó como si fuera ayer. La pipa era de don Fernando, su maestro de escuela. El hombre se pasaba las horas de clase paseándose de un lado para otro del pasillo con la pipa en la boca. Unas veces encendida, otras apagada. Vaciarla, limpiarla y volver a rellenarla de tabaco era el ritual que repetía todos los días nada más entrar por la puerta. No tenía claro el motivo que la había empujado a robarla. Realmente detestaba aquel olor. Un viernes, antes de irse, en un descuido del maestro, Elisa metió la pipa en el abrigo y echó a correr en busca de su madre que la esperaba fuera. Durante el trayecto a casa, apretó todo lo que pudo la solapa del bolsillo para que la mujer no se diera cuenta de lo que escondía. Notaba un calor tibio que aliviaba el frío de su mano. Cuando llegaron, fue corriendo a su cuarto, sacó la pipa y la chupó con todas sus fuerzas. Sintió un asco horrible. Empezó a escupir y a toser. Abrió la ventana y la tiró afuera. La pipa quedó sobre la nieve exhalando sus últimos estertores. Al día siguiente, Elisa decidió recuperarla para devolvérsela a su dueño, pero la humedad había hecho que se hinchara. Solo tenía dos opciones: dejarla donde estaba o guardarla hasta que volviera a recuperar su forma original. Decidió recogerla y esconderla al fondo del baúl de sus juguetes para que nadie pudiera encontrarla. Allí permaneció durante años. Mucho tiempo después, fue pasando de caja en caja, de casa en casa, sin que nadie se fijara en ella, ni siquiera Elisa.
—Mamá, que te despistas ¿Nos vas a decir cuándo has fumado tú en pipa?
—Una vez, solo una.

martes, 15 de octubre de 2013

La curiosidad mató al gato

Entonces... se escuchó un grito pidiendo auxilio que me despertó. Me incorporé en la cama intentando recuperar el aliento. Creí que todo había sido un mal sueño y volví a acostarme. Pasé un rato dando vueltas intentando retomar el descanso, pero no fui capaz. Me levanté y fui arrastrando los pies hasta el baño. Oriné intentando atinar en la taza, pero aún estaba medio dormido. Al acabar, me lavé las manos y miré el reloj: las cuatro y cuarto; solo faltaban un par de horas para que sonara el despertador. De camino al dormitorio volví a oír las llamadas de socorro. No sabía exactamente de dónde provenían. Me acerqué a la ventana del comedor, pero no vi a nadie. Fui hasta los dormitorios que dan al patio interior; tampoco descubrí el origen de la llamada desesperada. Pensé que algún vecino debía estar viendo una película de terror y abandoné mi búsqueda.
Con el sobresalto se me había puesto un buen dolor de cabeza. Decidí tomarme una aspirina y entretenerme con el canal 24 Horas a ver si recuperaba el sueño. En la cocina preparé una taza con leche y la metí en el microondas. Cerré la puerta y seleccioné el tiempo: dos minutos. En ese momento sonaron los gritos con más fuerza. Un hombre amenazaba a una mujer que lloraba desesperada.
—¡Eres una zorra, te mataré!
—Cariño, por favor, te juro que yo no...
Dos minutos, tiempo más que suficiente para forcejeos, golpes, un grito ahogado, una respiración cada vez más pausada y un último estertor que entraron a través de la campana del extractor. Me quedé paralizado. En ese instante, la alarma del microondas sonó; mi única reacción fue soltar el bote de Nescafé que, al caer al suelo, se rompió en pedazos.
—¿Quién hay ahí? —preguntó el asesino.
Podía imaginarlo asomado a su campana esperando encontrar la cara de alguien, la mía. Tragué saliva y contuve el aliento, ni pestañeé. Al otro lado, el hombre empezó a silbar la marcha del Coronel Bogey. Mi corazón latía a toda velocidad, juraría que él podía oírlo desde su cocina. La alarma del microondas volvió a sonar. Me estremecí.
—¿Quién hay ahí? —insistió de nuevo.
Cerré la boca y los ojos con todas mis fuerzas. Él retomó la melodía. La música resonaba a través de la campana. Decidí sacar la taza antes de que volviera a avisar el electrodoméstico. Sin darme cuenta, caminé descalzo hasta la puerta y pisé algunos cristales. Mordí mi labio inferior intentando reprimir el grito de dolor, pero se me escapó un pequeño quejido.
—¿Qué, te has cortado? —su risa malvada martilleó mis oídos.
Miré hacia abajo y vi salir un hilo de sangre por debajo de mi pie derecho. Haciendo un esfuerzo, llegué hasta el microondas y saqué la leche maldiciendo por dentro mi dolor de cabeza.
—Si no me hubiera movido de la cama nada de esto habría pasado —pensé.
Dejé la taza sobre la encimera y miré la herida. Arranqué el cristal que tenía clavado y fue el sonido de una gota de sangre cayendo al suelo la que me hizo darme cuenta del silencio que había. Ya no sonaba nada, no había gritos ni silbidos. Enrollé papel de cocina alrededor del corte y fui a buscar mi móvil, debía avisar a la policía. Justo cuando pasaba por delante de la puerta de entrada, oí el silbido por la escalera. Mi cuerpo empezó a temblar de forma incontrolada. Ya había marcado el 112. El sonido era cada vez más cercano, debía estar bajando las escaleras. No sé porqué, pero un arrebato de curiosidad me llevó a levantar la mirilla. Allí estaba, cargando con el cuerpo de la mujer. Justo en ese instante, sonó una voz femenina al otro lado del teléfono: «Policía, ¿dígame?». Colgué la llamada, no quería que el asesino me descubriera. Permanecí unos segundos quieto, soportando el dolor de mi pie, con el miedo metido hasta el tuétano. De nuevo silencio, de nuevo la curiosidad. Corrí de una vez más la mirilla. Al otro lado estaba el hombre manchado de sangre, sonriéndome con la mirada fija. Levantó el brazo izquierdo, en su mano un cuchillo de cocina ensangrentado me apuntó directamente.
—Sé que estás ahí —rió burlonamente y continuó silbando mientras bajaba las escaleras.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Muuuuuuucha mala leche

Me mira desde lo alto del estante, perversa. A ciertas horas sus ojos saltones, su lengua juguetona y el cencerro inmóvil, resultan simpáticos; pero cuando cae la noche se transforma. La vaca de barro que ocupa un lugar prominente en el salón parece tomar vida, retoma su enfado constante. Frunce el ceño, me observa fijamente. De su boca, pende una gota de saliva y el badajo me apunta directo entre ojo y ojo. Creo que me odia, quizá quiera comerme. Lo mejor será que me vaya a dormir. Mañana, con las primeras luces del alba, volveremos a sellar la paz.