miércoles, 1 de septiembre de 2010

Rutinas

Odio mi trabajo, si los sindicatos supieran que mi jornada es de 20 horas lo llamarían «explotación» o algo peor. Nunca veo la luz del sol, llevo tantos años realizando la misma tarea que ya ni recuerdo haber hecho otra cosa, mi vida es «nocturna» a pesar de trabajar durante el día. A diario soy testigo de mil historias: amigos que se reencuentran, parejas que se rompen, otras que comienzan... Más de una vez han dejado versos escritos cerca y desde mi sitio los releo hasta gastarlos, con la inestimable ayuda de la señora de la limpieza.
Podría decirse que soy el empleado perfecto. Desde el primer día he sido puntual, siempre al pie del cañón, jamás he pedido una baja ni he dejado de cumplir con mis obligaciones. Aun así nunca he recibido un ascenso o un incentivo, ni siquiera ese traslado que tanto deseaba. Me hubiera bastado una palabra de ánimo o, al menos, de agradecimiento. Pero nada, para los jefes no somos más que números en un listado.
No hace mucho se les ocurrió la brillante idea de contratar a un «experto en eficiencia». Como resultado de ese fantástico plan hubo unas cuantas clases de inglés para todos, nos dieron unas normas absurdas para aumentar nuestro «rendimiento» y, como era de esperar, prejubilaciones para los más veteranos y la llegada de sangre nueva, una panda de novatos, todos igualitos, como cortados por el mismo patrón. Llegaron más preparados y supongo que su soberbia ante alguien como yo era lo que les impedía ―y les sigue impidiendo― dirigirme la palabra.
Mi vida es una rutina insoportable. En la hora punta no me da tiempo ni a escuchar a los viajeros ―mi principal hobby para relajarme en los momentos de estrés― y en las horas de menos tránsito la gente sigue teniendo la misma prisa, va corriendo a todas partes y tampoco se paran a decirme nada. Me siento solo, nadie se percata de mi presencia. Ese es el principal problema: no me ven, no se dan cuenta de que siempre soy el mismo, en mi puesto, cada día durante años, el que les da paso a los andenes como quien abre una puerta hacia su destino.
―¡Buenos días! Good morning! ¿Qué tal se encuentra hoy? How are you? ―para algo tenían que servirme las clases de inglés.
―Buenos días a usted también. Pues bien, aquí estoy, trabajando un día más.
―Eso está bien, hay que levantar España.
―Sí, bueno, con el sueldo que me pagan.
... Invento conversaciones insulsas, establezco monólogos con mi sombra. Quien me oiga pensará que estoy loco, aunque con la fauna que normalmente frecuenta la estación seguro que paso desapercibido; ni cuerdo ni loco se fijan en mí.
Suma y sigue, again and again. Me da la sensación de que cada día soy más impersonal, menos humano. He dejado de prestar atención a las conversaciones ajenas. Las pintadas y los poemas me parecen vacíos y repetitivos y más bien se me antojan vandalismo que la expresión artística que se les atribuye.
Y así todos los días, la misma rutina. Para cada viajero compruebo su billete, el billete es correcto, «Puede usted pasar, que tenga un buen viaje».
Pensándolo despacio no está tan mal, podría decirse incluso que es un chollo: sin tener que moverme del sitio, sin grandes complicaciones, ideal para el pecado del perezoso: un trabajo fácil, Easy!
Es posible que alguno de los usuarios del metro me conozca. El día después de la última huelga mis compañeros y yo ocupamos un lugar destacado en la primera plana de los periódicos más importantes. Haga memoria, yo era el cuarto por la derecha en la foto de portada del ABC. ¿El motivo? Bien sencillo: nuestra estación se convirtió en el campo de batalla entre piquetes y policía. Debido a las consecuencias de la «contienda» uno de mis compañeros estuvo de baja durante bastante tiempo; sin embargo, nadie le dio importancia y al día siguiente todo siguió como si nada. Aquello me hizo pensar en el valor real de mi compromiso con la empresa; por suerte o por desgracia, soy de los que da muchas vueltas a las cosas. Este pensamiento recurrente me lleva atormentando desde entonces, ocupando mi mente, así que he tomado la determinación de hacer mi trabajo sin ocuparme de nothing more.
Y así todos los días. Para cada viajero, check the ticket, su ticket es correcto, «Puede usted pasar, que tenga un buen viaje».
Probablemente usted no lo sepa, pero la comprobación que hacemos de su ticket (o, mejor dicho, título de transporte, como lo llamamos en la jerga técnica del metro) podríamos decir que es bastante deficiente. Cualquier usuario espabilado podría engañarnos fácilmente con poco más que seguir un sencillo experimento de física de primaria. Basta con meter el billete unos minutos en el congelador y ni yo mismo podría darme cuenta de que es usado. Desde que los jefes han descubierto este pequeño truco, han estado pensando alguna forma de darnos el equipo necesario para que podamos detectarlo. En lo que a mí respecta no tengo especial interés en implicarme en el tema, pero bueno, el tiempo que les lleve darnos las instrucciones para el nuevo lector será al menos un descanso en el trabajo, que siempre es de agradecer.
Para cada viajero, with the new reader, check the ticket, si el ticket es correcto, «Puede usted pasar, que tenga un buen viaje».
Un nuevo día, inicio del sistema, diagnóstico de los periféricos, comprobación de la conexión con el servidor establecida, autenticación satisfactoria, todo correcto, iniciando rutina principal:

reader = new Reader();
for (Traveler traveler : travelers) {
   if (reader.check_is_OK(traveler.ticket)) {
       tourniquet.grant_access()
       System.out.println("Have a nice journey " + traveler);
   }
}

martes, 31 de agosto de 2010

Se fue, este es mi fin

Se fue, lo decidió así, sin más. No tuvo en cuenta mis ruegos ni mis lágrimas. De nada sirvió que me arrodillara frente a él, que le jurara una y otra vez que no sabría qué hacer con vida si se marchaba.
Se fue y ya está. Y me quedé sola, tirada en suelo como un trapo viejo, cansada de llorar su ausencia que, apesar de seguir oyendo sus pasos por las escaleras, sabía infinita, sabía que nunca volvería. Gris vino a sentarse a mi lado. Me miró a los ojos, locos de tristeza, y empezó a ronronear; se acurrucó junto a mí. No sé cuánto tiempo permanecimos allí tumbadas.
Se fue y con su marcha todo mi mundo se derrumbó. Ya no había motivo para continuar y decidí poner fin a mi vida. Pasé mucho tiempo dándole vueltas a la forma más efectiva, más rápida, más indolora..., pero ninguna de ellas reunía todas las condiciones. Además, morir suponía dejar solas a mis niñas, a mis gatitas que en parte también eran mi vida, pero él... siempre él. Metido en mi cabeza, en mi corazón; se había convertido en una obsesión hasta el punto de no poder seguir.
Se fue, y con él se llevó mis sueños y mis esperanzas, mis ganas de mirar hacia delante. La vida se hizo lenta, pesada, triste, y pasaron los días, los meses, los años y esperé. Esperé con paciencia a que ellas vivieran, disfrutaran de la vida como yo no había podido hacerlo. Y cuando mi pequeña expiró, cuando ya mis canas asomaban, decidí que era el momento.
Se fue. Ya apenas recordaba su rostro, pero no había conseguido borrar de mi memoria todo el dolor, no había conseguido curar la herida que había quedado en mi corazón tras su marcha.
Anoche dejé en un diario bien detallado qué debían hacer con mis pocas pertenencias, el piso recogido y la cama hecha con las sábanas recién puestas. Llené la bañera de agua caliente y dejé la cuchilla con la que pondría fin a mi vida en la repisa; todo estaba dispuesto.
Se fue, y ella, la parca vino a buscarme. Cuando preparaba mi vestido favorito sobre la cama, se sentó a mi lado y me dijo:
―¿Por qué te has empeñado en sufrir de este modo?
―Sufro así desde que él se fue.
―Has tenido toda una vida para olvidarlo.
―No he sido capaz, lo quiero demasiado.
―He venido a recompensar tu cariño hacia él y tu lealtad hacia mí.
Me ayudó a tenderme en la cama, colocó mis manos sobre mi pecho. Yo le sonreía dulcemente mientras ella cerraba mis ojos con la palma de su mano.
Me voy, sé que este es mi fin.

lunes, 30 de agosto de 2010

No padre, no

Me has convertido en tristeza.
Yo, disimulo entre sonrisas
y enjugo con mis lágrimas,
entre silencios y soledad,
el sufrimiento que me causas.
De haber tenido otra cuna
no habría conocido a mi madre,
la tierra bendita de la vida
que nos dio raíz a todos
por eso no puedo desearlo
y asumo mi destino.
Mas adolezco de falta de cariño
y lamento tu insolencia,
incapacidad paterna,
que no es más que tu pérdida,
descarada ocurrencia.
Y es que hay cosas que no se perdonan;
me has convertido en tristeza...

jueves, 26 de agosto de 2010

Soy Gris


Soy Gris.
Felina, gatuna.
Nací hace cuatro años y llevo casi toda mi vida aquí, viviendo entre cables y letras, entre la cabeza y el corazón, la razón y el absurdo.
Adoro al hombre, quiero a la mujer.
Tengo a mi Java, compartida, porque jamás tendré mis propios hijos. Ella es casi mía, pero no se parece a mí en nada: es bruta, supongo que por su juventud, su origen, su carácter.
Soy gris.
Felina, señorita, la princesa de mi casa.
Todos dicen de mí lo hermosa que soy, la genética me ha tratado bien.
Soy hembra dominante, jefa en mi terreno, dócil cuando quiero. Vigilo a todo el que llega de nuevo, adoro al que ya respetaba y mantengo a ralla al resto.
Deberíais verme dormir. Soy el sueño, la paz, la belleza.
No tengo ni modestia ni abuela, no las conocí ni las necesito.
Soy Gris.
Mirada felina, andar sinuoso. Educados movimientos, calculados en todo momento.
No soy interesada como algunos se empeñan en decir. Doy cariño porque quiero, me gusta y también lo necesito.
Nosotros, los gatos, inventamos el ronroneo, expresión máxima del amor, ¿qué tienen los humanos que se equipare a esta muestra de cariño?
Soy Gris.
Felina afortunada, haciendo sentirse afortunados a mis amos.

Somos

Somos, sin más.

Oscuridad en noches de luna llena

Había luna llena; lo sé porque su luz iluminaba todo mi cuarto. Hacía un rato que solo reinaba el silencio. El día había sido muy largo; su dolor, su enfermedad, cada momento escondiendo sus temores en cualquier rincón, hacían crecer mi miedo a perderlo. Repetía la misma sensación de incapacidad que hace un año cuando perdí a mi Pequeño...
Sentí a Gris acurrucada a mis pies, sin moverse apenas para que no percibiera su presencia y acabara echándola de nuevo de la cama. Me levanté y la recogí con cuidado; preparé un cojín en la silla del dormitorio y la acomodé allí. Me miraba con la carita hinchada de sueño como dándome las gracias ―aunque sé que en el fondo sigue prefiriendo dormir con nosotros en la cama―, dio dos vueltas al relleno y se acopló rápidamente para seguir durmiendo.
Antes de volver a la cama me acerqué a ver cómo seguía Bichito. Dormía profundamente. Lo cogí con todo el cuidado del mundo para no despertarlo, para no apartarlo de los brazos de Morfeo. Lo acerqué a mi cara y lo acaricié despacio, quería sentir su respiración, me tranquilizaba saber que seguía respirando. «Mañana será otro día, mañana seguiremos luchando por la vida, por tu vida», pensé mientras lo colocaba en su cama.
Volví al dormitorio. Mi gata había vuelto a colocarse a los pies de la cama, disimuló, disimulamos las dos y reanudamos el sueño.
Había luna llena o eso pensaba porque cuando volví a abrir los ojos solo había oscuridad. La persiana estaba a medias y la cortina sin echar, no había cambiado nada y, sin embargo, la luz había desaparecido. De pronto, empezaron a iluminarse pequeños luceros, pasando por delante de mi ventana. Eran las estrellas del cielo que habían bajado a buscar a mi pequeño.
―¿Se puede saber dónde vais?
―Venimos a por él, ha llegado su momento.
―De eso nada...― Salí corriendo hacia el comedor donde dormía mi «niño» y allí estaba, despierto, jugando con ellas, feliz, persiguiéndolas sobre el sofá y riendo cómo hacía tiempo que no lo veía. Me eché a llorar y él se dio cuenta de que estaba allí, se acercó hasta el borde y me habló.
―¿Qué te pasa mami? ¿Por qué lloras?
―Eres feliz con las estrellas, ¿acaso te quieres marchar con ellas?
―Dicen que es mi momento, que debo acompañarlas.
―¿Eso dicen? Yo preferiría que te quedaras porque... porque... Aún no es mi momento.
―¿Qué quieres decir? ―preguntaron las estrellas al únisono.
―No estoy preparada para perderte, te quiero demasiado, te quiero a mi lado.
El pequeño se acercó a mí, secó mis lágrimas y se acurrucó en mi vientre. Al poco tiempo se había quedado dormido. Las estrellas empezaron a marcharse despacio, una a una, despidiéndose de él con un beso. La última me advirtió de que volverían, era inevitable.
«Lo sé, esperaré de nuevo la oscuridad en las noches de luna llena; la próxima vez sabré que es el momento».

lunes, 16 de agosto de 2010

Anclados en la tristeza



Vivimos anclados en la tristeza,
como almas en pena compartiendo
nuestro particular purgatorio.
Somos como fantasmas,
sombras de nuestra sombra,
personajes desdibujados
de nuestra inacabada historia.
Utilizamos el silencio como arma,
la indiferencia como destino,
miradas perdidas al fondo del pasillo,
para intentar no descubrirnos.
Hasta cuándo durará este castigo,
hasta cuándo seguiremos sangrando.
Vivimos anclados en la tristeza.

jueves, 12 de agosto de 2010

365 días de tu ausencia


Te fuiste, llegó tu final, inevitable, y el silencio se apoderó un poco más de mi corazón; la tristeza lo agarró con fuerza y lo apretó hasta que ya no me quedaron lágrimas que llorarte.
Ha pasado un año repleto de tu ausencia. En la tinta de mis versos quedaron aquellos 7 días en los que fui fantasma recorriendo cada rincón de tu historia.
Disfruté de ti 365 días y por cada uno de ellos he sufrido una agonía recordándote, tendido en mi pecho, oculto bajo mis rodillas, buscándome en cada uno de tus descansos. Tú lo sabías desde el principio, sabías que te irías pronto y apesar de tu pesar, te entregaste a mis cariños, a las palabras dulces que con tanto amor te dediqué. Sigo adorando tus ojos, tu mirada, tus suspiros... Te echo de menos.
Y ahora, ahora vuelvo a llorarte un mar porque no me acostumbro a este corazón aún arrugado de dolor.

lunes, 9 de agosto de 2010

Cambio de personalidad

Me presento nuevamente: hoy vengo vestida de su dolor de cabeza. Sí, hoy no cabe otra explicación otro personaje de su vida, solamente él. Y es un dilema, soy femenina por ser (y no) ella, pero a la vez me siento él, tan masculino, tan fuerte.
Ahora, metida en este macabro papel os puedo hablar objetivamente de su «persona». Para empezar no tiene rostro, está borrado por el dolor, supongo que todas las lágrimas que derrama Ariola por su culpa son su maldición. Se siente fuerte cuando la toma entre sus brazos, es como un amante malvado, obsesivo, celoso. Ella es para él como el droga, la necesita constantemente; él es para ella como el veneno, matándola lentamente.
Lleva días sumergida en el silencio. Creo que tanta búsqueda ha despertado los peores instintos de su cruel asesino. A pesar de todo, en el tiempo en que los químicos esconden a su obscuro pasajero, se ha decidido a dictarme estas palabras, aunque no sabe que yo también pongo de mi parte...
Al fin y al cabo soy él, su dolor, intenso, insistente, y por mucho que quiera revelarse jamás diré aquí ni en ninguna parte que lo único que desea.

domingo, 8 de agosto de 2010

Soy tú

Me presento: soy su ausencia. Podría ser muchas cosas más: su recuerdo, sus sentimientos, sus palabras... Pero de todo lo bueno ―o malo, depende de cómo se mire― elegí su ausencia.
Ariola está absorta buscando en su interior algo que no entiende, un objetivo desconocido, un sueño que perseguir. Cree que ya dibujó un boceto por eso busca hacia dentro, repasando su pasado, en lugar de mirar hacia fuera, hacia el futuro.
En mi humilde opinión creo que se equivoca, está obcecada y esta ceguera no la llevará a nada bueno. He tratado de hablar con ella, pero no se deja; dice que necesita estar sola, no pensar en nada, relajarse, centrarse, pero cada vez la veo más perdida.
Estoy preocupada por ella.

jueves, 22 de julio de 2010

El mercado de abastos

Regreso al mercado de abastos. Majestuoso gigante compartiendo la plaza junto al Ayuntamiento y el Pasaje, y al frente, cerrando el cuarteto, a Don Quijote y Sancho.
Ese lugar, aunque renovado, sigue siendo uno de los vínculos a mi infancia...
Regreso como respuesta a la llamada de un amigo preguntando por los sentimientos que aquel lugar me infunde. Atravieso sus puertas y algo cambia: su luz, el decorado, la pintura en las parades..., pero la esencia permanece. Avanzo por los pasillos viendo las mismas caras, ―más viejas y ajadas―, pero amarradas a la misma mirada, a la misma sonrisa... Los olores, los colores, las voces de oferta. Y me miro y soy yo con 8, 9 ó 10 años, con la lista de la compra en una mano y apretando las perras en la otra para no perderlas.
Visitar este lugar es volver a mi pasado y, a veces, es necesario.

Se nos ve en la cara

Lucas y yo quedamos esa mañana para ir juntos a la oficina de trabajo a solicitar las prestaciones por desempleo. Íbamos a primera hora para evitar las eternas colas que se formaban a la hora de pasar el control del paro.
Cuando llegamos al edificio ya había bastante gente esperando en la puerta y como si se tratara de las rebajas, en cuanto abrieron las puertas, todos corrimos hacia dentro como desesperados. Buscamos la ventanilla correspondiente; según los carteles luminosos, había una donde rezaba: «Prestaciones por desempleo aquí», y para allá nos fuimos.
Éramos los primeros en la cola. Justo cuando una señora habría la ventanilla, el texto del cartel cambió: «Prestaciones por desempleo, ventanilla 2». Obedientes, nos trasladamos a la ventanilla 2. Allí el funcionario nos pidió un documento que no teníamos y automáticamente la indicación volvió a cambiar: «Prestaciones por desempleo incompletas, ventanilla 6». Medio refunfuñando nos trasladamos a la ventanilla. «A la tercera va la vencida», pensé. Pero no, ni tercera ni cuarta ni nada; estuvimos toda la mañana allí, de funcionario a funcionario, de ventanilla en ventanilla... Y es que la frase cambiaba cada vez que la leía; está claro, el luminoso debía tener trampa.
Después de tanto rotar, de tanto esperar, nos cansamos y nos fuimos a casa.
―Estoy seguro de que había alguien observándonos, cambiando los mensajes.
―Sí, se nos ve en la cara que íbamos a pedir las ayudas. Ya lo dice el refrán: «Contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar».

Aprender jugando

La semana pasada murió Carlitos, mi hermano pequeño. Mi madre, en un vano intento de quitarle importancia al asunto, me contó la historia de que se había ido volando por el balcón con su disfraz de Superman, ―detalle que a mí me vino estupendamente―. Creo que alguien debería decirle a mamá que, aunque tenga solo siete años, me entero de las cosas.
Ya lo dice mi profe del cole: «También se aprende jugando», y a mí esto de experimentar me está empezando a gustar. La semana anterior oí en la tele una noticia que hablaba de la resistencia de los niños ante grandes caídas. Casualmente vi de pasada una película que iba de algo parecido, se llamaba «Piel dura». En la peli un niño se caía desde un noveno piso y salía completamente ileso del accidente.
Aquella tarde fatídíca, Carlitos corría pasillo arriba, pasillo abajo, con su recién estrenado disfraz. Le propuse un juego y accedió, pero algo salió mal: murió. Está claro que algo falló en mi experimento. He llegado a la conclusión de que el próximo «conejillo de indias» debe ser menor de tres años; de momento, la altura del piso se cumple sin problemas.

Juan y Juanito

A Juan le resultaba agradable salir de paseo hasta en los días más desapacibles. Esa mañana hacía mucho frío, pero necesitaba salir a dar su vuelta diaria, cumplir con la rutina para no verse siempre encerrado entre sus cuatro paredes. Se colocó el traje de los domingos y dispuso al ama de llaves para que preparara a Juanito, su mascota.
Ya en el parque, la poca disposición de su «pupilo» a continuar con la marcha llamó la atención de los que allí estaban. Juanito había parado el paso y no dejaba de quejarse de lo cansado que estaba.
Al otro lado del jardín, discutían las dos policías que desde el fondo observaban la escena con cara de incredulidad.
―¡Qué descaro tiene el loco del pez! Sacar así a su mascota, con el frío que hace hoy. No sé en qué estaría pensando.
―Hija, todos tienen derecho a salir a la calle.
―Y míralo, así sin tapar ni nada, metido en su pecera con el agua a temperatura ambiente. Y el otro con gorro y abrigo, ¡qué exceso!
―Para que luego digan que se parecen las mascotas a sus dueños, no será en la igualdad de condiciones a la hora del paseo.
―Pues no sé si habrá fijado, pero a la entrada del parque hay un cartel donde dice bien claro: «Prohibida la entrada a humanos».
―Entrar, lo que se dice entrar, no ha entrado. De momento solo están dando la vuelta por fuera.
―Bueno, tú estate pendiente por si nos toca ir y llamarle la atención.
Las dálmatas, miembros de la ley y el orden, no terminaban de acostumbrarse a los caprichos de las mascotas humanas.

martes, 20 de julio de 2010

Los pilares de la amistad

Sinceridad.- de los términos «sin» y «ceridad», dícese de la relación que no desea cera para corregir sus imperfecciones.
Humildad.- del latín «humilis», dícese de la persona baja, cercana, sin más aspiraciones que llegarnos a la altura de los talones.
Generosidad.- dícese de la persona que muestra completo desinterés por los demás.

AMISTAD.- del latín «amicus», relación entre dos personas o más derivada del esfuerzo por corregir las irregularidades, las bajezas y el desinterés de los unos por los otros.

A la cuarta va la vencida

Sabes que te quiero, lo sabes, ¿verdad? Pero debes entender que nuestra relación está basada únicamente en la amistad, y te juro que para mí eres mi mejor amigo, el mejor que se puede desear. Yo es que era muy joven cuando te conocí, cuando nos casamos; tenía la cabeza en otro sitio, estoy segura, y confundí la amistad con el cariño, por eso te digo...
Esta es la última vez que te soy infiel, te lo aseguro. Tú eres la mejor persona del mundo, quien mejor entiende mis problemas, mis necesidades, y sabes que yo sigo, a pesar de ti, buscando a mi «príncipe azul».
No te enfades, si yo te quiero, te lo juro, pero es que no eres del color indicado. La primera vez que te puse los cuernos lo hice para probarme a mí misma lo mucho que te amo... y no hicieron más que confirmar lo que ya sospechaba: eres mi mejor amigo. La segunda debo reconocer que fue porque me picó el gusanillo y es que Gaspar está muy bueno, lo siento, es así, tú serás mi mejor amigo pero hace ya algún tiempo que asoma barriga cervecera, poco estética para mi gusto. La tercera vez pensé que sería para siempre, pero el muy idiota está casado. Y ahora, a la cuarta, va la vencida.
Perdona, pero he de reconocerte que te he sido infiel.

Casa con vistas

Álvaro llevaba mucho tiempo dándole vueltas a una idea: quería independizarse, se había cansado de vivir con sus padres y es que ya con 45 años iba siendo hora de vivir por su cuenta.
Miró y remiró ofertas en inmobiliarias, la web, los anuncios de particulares... y nada, todo se salía del presupuesto. Además él no quería cualquier cosa, estaba acostumbrado a amplios espacios y habitaciones con mucha luz.
Un día de playa empezó a escarbar en la arena sin una idea concreta, simplemente sacaba arena del mismo sitio y le daba forma en otro. Pensó entonces, «¿Por qué no construirme un castillo de arena a mi medida?», porqué no. Allí había mucho espacio, mucha luz, sería el primero en ver amanecer y el último en ver llegar la noche. Tendría brisa fresca todos los días y siempre el mejor sitio en la playa.
Empezó por el salón para poder invitar esa misma noche a sus padres a cenar en su nueva casa.

Lemuel Polo o Marco Gulliver

Marco Polo, el famoso explorador veneciano, tras viajar por la ruta de la seda a China y volver contando fantásticas historias, fue apresado y llevado a prisión tras diecisiete años de aventuras. El encierro fue terrible para él y tras varias semanas decidió escapar de la cárcel.
Un buen día, mientras los guardias andaban despistados, Marco aprovechó para arrastrarse entre los barrotes de la puerta del huerto y echó a correr campo a través. Al llegar al acantilado, sin pensarlo dos veces, se lanzó al mar.
Hay quien lo dio por muerto, pero muchos dicen que tomó el nombre de Lemuel Gulliver y volvió a embarcarse con rumbo hacia nuevas aventuras. Incluso hay quien asegura que fue él quien encontró el Dorado...

El extraño caso del vuelo JK 450


Oscara era una gatita blanca de un año con penetrantes ojos azules que un buen día apareció en el avión de Spanair que cubría el trayecto Madrid - Barcelona, alguien debió olvidarla y como nunca conseguían atraparla, la tripulación decidió adoptarla mientras no molestara a nadie.
Rafa, el azafato, le puso el nombre de aquel gato del geriátrico de Rhode Island por su extraordinario parecido; como resultó ser hembra, le añadió la «a» al final para zanjar el problema. Y fue precisamente él el primero en caer en la maldición... La misma tarde de su muerte, Oscara había estado durmiendo plácidamente sobre su regazo; cuando Rafa bajaba del avión, tropezó en el tercer escalón y la caída fue fatal.
Todos pensaron que quizá se repetiría la historia de aquel extraño gato, pero también podía ser casualidad. El pasado sábado leí en el periódico que el vuelo JK 450 tuvo un accidente donde el único superviviente fue una gata de penetrantes ojos azules.

De paseo por Ikea

Ese sábado no teníamos nada que hacer y decidimos coger el coche e irnos «de excursión» a Ikea. Me encantan los grandes centros comerciales y, sobre todo, este que tiene de todo y a buen precio, del que siempre sales comprando algo de lo que necesitas y mucho de lo que no.
Nos encontrábamos paseando cual domingueros por el pasillo número 4, en la sección de muebles de baño marca Godmorgon, ideal para aseos por los que pasa un alto índice de tráfico humano. Mi marido, Manuel, como buen ingeniero que es, se acercaba a los muebles y abría todos los cajones, observaba los detalles de la instalación y, si podía, hasta lo desmontaba para volver a montarlo después y saber así si era o no el ideal.
En una de estas «pruebas de resistencia» ―y lo digo más por mí que por el mueble―, Manuel se quedó paralizado mientras miraba al frente cual espejo inexistente. Alguien, al lado opuesto del expositor, también se había quedado perplejo al verlo. Eran como dos gotas de agua, altos y delgados. Llevaban el mismo corte de pelo, modelo de gafas y una ropa muy parecida. Ambos levantaron lentamente la mano y se saludaron amablemente.
De las muchas ideas que me rondaron es que podrían ser hermanos, separados al nacer en plan «peliculero», o quizá un doble de esos que dicen que circulan por el mundo. Los dos sonreían como niños hasta que al fin Manuel rompió el hielo y empezó a hablar:
―Hola, mi nombre es... es. ―Arrancó entre balbuceos y antes de que pudiera acabar el otro hombre empezó a hablar en un idioma incomprensible.
Automáticamente los dos callaron, se saludaron de nuevo y continuaron con sus quehaceres con si nada hubiera ocurrido.

domingo, 18 de julio de 2010

Tu poesía me alimenta


Sabes que tus besos me saben a versos,
tu cariño a poesía que me alimenta
y en cada caricia, en cada abrazo,
escribes el soneto más perfecto.

Tú, escritora de sentimientos,
eres madre de todas mis rimas,
eres la elegía más hermosa,
hasta en la tristeza me consuelas.

Caminas entre olas de palabras,
eres la sal de la mar dando sabor
a todo lo que nos rodea, a cada línea
que dictas con tu inspiración divina.

Alimentas mi espíritu en madrigal
y regalas las miradas más profundas
en cada juramento definido,
en cada punto y aparte,
en cada nuevo alejandrino.

Dedicado a P. Shada

jueves, 15 de julio de 2010

De porqué os quiero y no os quiero

A mi señor Don Quijote,
Hoy y aquí, mi señor, desde la aldea del Toboso, que no es Reino de Caballeros como vos os empeñáis en decir ni yo princesa de cortes encantada por un hechizo... Desde aquí, con estas palabras, solicito vuestra atención.
Desde la misma tinta de esta misiva os suplico sobre mis intenciones hacia vos, mi amante, ―que no mi amado―, que son más para predicaros sobre un amor que hacia vosa merced se profesa. Y no os confundáis mi señor, que yo no soy esa a la que tan alegremente llamáis «la señora de mis pensamientos»; una servidora se llama Aldonza Lorenzo y, en secreto, vive prometida desde hace algún tiempo con un buen mozo del pueblo.
Quizá os habréis confundido, quizá tantas aventuras tildadas de locura caballeresca os hayan nublado la mente porque la que aquí os escribe, aunque os agradece en el alma tanto halago, debe reconoceros que tiene poco de la tal Dulcinea; vosa merced ama a un fantasma.
Es cierto que tras la segunda carta que vuestro escudero Sancho Panza me trajo os convertí en mi «amante», pero entendido desde el que dice de las cosas en que se manifiesta el amor, y es que, como a cualquier moza, empezó a gustarme eso de hacerme sentir doncella atrapada, protagonista de historias hasta que la fama rebasó fronteras. Pero os recuerdo que de linajes nada, no soy más que una humilde posadera.
Tras su última visita, después de unas pintas en la posada, Sancho y yo hermanados por las circunstancias compartimos ciertos secretos.
Dejadme ahora, por un momento, ser yo quien dicte vuestra historia y leed con alma de poeta esto que a continuación os relato. Situaros por un momento en vuestro lecho, una de estas noches de estío, con la única luz de la vela en la mesilla. Cerrad los ojos e imaginad que vuestro amante se acerca al catre; estáis de espaldas, solo podéis percibir su silueta recortada al fondo y su olor dulzón. Cuando al fin llega hasta vos se sienta a vuestro lado, ¿no sentís el calor de una caricia suave? Todo el cariño del mundo reunido en un único toque... ¿No detendríais la historia? ¿No pararíais el tiempo para que ese amor fuera eterno? Vuestro corazón late con la fuerza de cien caballeros en combate, sois un dios en vuestro terreno.
Ahora, abrid los ojos. Vuestro amante, señor mío, no soy yo, sino Sancho.
No os sorprendáis mi señor, sabed que el amor no entiende de edades y, a estas alturas, tampoco de religión; y mi patrón dice muy a menudo que sabe de otros para los que el amor tampoco distingue de sexo. ¿Acaso importa si el amor más puro es del mismo color?
No hace falta ser muy diestro para percatarse de la mucha admiración que Sancho siente hacia vos, un sentimiento íntimo que ha hecho más profunda su amistad. Y ésta, unida a la verdad, a sus palabras, lo ha convertido en vuestro héroe complementario hasta el punto de abandonar el sentido común para entregarse a la sinrazón de vuestras andanzas, participando de vuestras locuras. Él es el amante perfecto: os es leal, os respeta y venera, os ama incondicionalmente, a pesar de que sabe que jamás será gobernante de ninguna ínsula tal y como vos le prometisteis; si no, pensad, ¿de qué iba a seguir a vuestro lado?
Pero no es mi intención romperos el alma, como os digo solo soy mensajera. Sancho de esto nada sabe, y entiendo que no permanecerá lejos mientras leéis mi carta. No nos odiéis a ambos, si esa es vuestra decisión, repudiadme a mí por rechazaros y por destapar el gran secreto de voso escudero. Él os ama como hermano, como amigo, pero sobre todo, como hombre valeroso y sincero.
Siempre fiel a vosas palabras, vuestra «amada».
Aldonza Lorenzo
Si así lo preferís, Dulcinea del Toboso

¿De qué color eres?

Aquel día el paseo resultó extraño, por alguna razón todas las personas con las que me cruzaba fijaban su mirada en mí con cara de asombro, con los ojos abiertos como platos y la boca abierta exhalando un pequeño suspiro a modo de grito reprimido.
No creo que fuera terror... No soy tan fea ―creo―. Tampoco podía ser tristeza porque a nadie vi llorar...
A cada encuentro yo me miraba hacia abajo, de un lado a otro, esperando encontrar lo que provocaba esa reacción en los demás y por más que busqué no encontré nada. Observaba mi reflejo en los escaparates y nada, no había nada raro en mi indumentaria y tampoco tenía ojeras que entristecieran mi rostro, así que no entendía lo que estaba pasando.
Cuando llegué a casa lo primero que hice fue mirarme en el espejo y lo entendí todo. Iba desnuda, desnuda de apariencias y malos sentimientos, mostrándome como realmente soy: blanca, libre, feliz... Era mi transparencia y mi sonrisa de plenitud lo que sorprendía al resto que, hasta ese momento, no me había dado cuenta de que eran grises.

lunes, 12 de julio de 2010

Doña Quijota y Sancha Panza

Dicen las malas lenguas que de don Quijote y Sancho Panza nada, que «ambos» eran «ambas», que se cansaron de estar metidas en sus casas y obedecer a sus maridos, aunque claro, de doña Quijota no se conoce varón, se entiende que la tal Aldonza Lorenzo sería más bien Lorenzo Aldonza, porque haberlo lo había...
Y no es tan descabellado que aquellas buenas señoras se lanzaran a la aventura siendo dignas precursoras del movimiento actual feminista, ¿por qué no? ¿Alguien puede demostranos lo contrario? Pues en un mundo de hombres, escrito, inventado y dirigido por ellos no quedaba más que el tal Cervantes fuera también una «manca» en lugar de un «manco», Princesa de Ingenios, ya que dicen las mismas malas lenguas que su padre no tuvo varón y crió a su hija como tal.
Quién sabe, si de momento ni siquiera se ponen de acuerdo con su lugar de nacimiento.

La inteligencia de Bimbo

Es bien sabido que un primo lejano de Bambi con el que guarda buena relación, viviendo de niño en la selva, un día se vio atrapado entre dos felinos cuya intención era merendárselo.
Bimbo, que así se llama el ciervo en cuestión, tuvo que echarle imaginación al asunto...
―Antes de hincarme el diente, deberíais saber que cuanto más limpio más rico estoy.―Les dijo Bimbo a los dos guepardos.
Ambos se miraron y sin pensarlo dos veces se pusieron a lamer al animalillo hasta que quedó reluciente. Tanto tiempo estuvieron aseándolo que al final se quedaron sin saliva...
―Vamos a beber agua a la charca, estamos sedientoss. ―Dijo uno.
―Ni se te ocurra alejarte porque te encontraremos rápido, somos los más veloces. ―Dijo el otro.
Y se fueron tranquilamente, con la lengua colgando como un trapo a saciar su sed. Justo cuando estaba fuera del alcance de su vista, Bimbo echó a correr hasta perderse en el horizonte. Cuando los felinos volvieron se lamentaron de haberlo lamido con tanto ahínco, ahora sin su olor natural era imposible rastrearlo...

El día después

Después de la victoria del equipo español en la final no quedaba otra que celebrarlo a lo «Noche-vieja», bebiendo y bailando hasta el amanecer.
Yo juraría que había vuelto a casa, de hecho recuerdo entrar a gatas hasta el dormitorio y dejarme caer en la cama con intención de dormir toda la semana, pero al despertar no reconocí el sitio.
Me acerqué a un espejo de pie enorme que había junto a la ventana del cuarto mientras desperezaba mi cuerpo, aún llevaba la ropa de ayer, y me miré en él. No podía creer lo que estaba viendo... ¡Me había convertido en una rubia macizorra de largas piernas y pechos prominentes. El espejo reflejaba todos mis gestos, todos mis movimientos hasta que al fin me pregunté cómo era eso posible y mi supuesto reflejo contestó con sonrisa picarona: «¿Desea algo más el caballero?»

martes, 29 de junio de 2010

Qué seré de mayor




La niña seguía pensando en la pregunta que un rato antes le había formulado su madre: «¿Qué quieres ser de mayor?». Paseaba pensativa acariciando las flores y haciéndose preguntas en alto, suponiendo cómo sería ser veterinaria o maestra... Después de un rato sentada a la sombra de un gran árbol, la niña se levantó y echó a correr hacia el porche donde su madre tejía.
―Mamá, ya sé lo que quiero ser de mayor, ―dijo la niña llena de emoción mientras se apoyaba en las rodillas de la mujer.
―Sorpréndeme.
―Quiero ser palabra ―dijo firmemente la pequeña.
―¿Palabra? Eso no es una profesión.
―Sí, definiré cada acto, cada acción que las personas lleven a cabo y mi voz se oirá en todo el mundo. Llevaré la palabra «paz» a lo más alto y «respeto» a su pleno significado.
―Pero, cariño... ―la madre acaricia la barbilla de su hija y dirige su mirada hacia ella―, no se puede ser palabra.
La niña se separa por un momento, medio enfurruñada y a modo de reto le dice «ponme a prueba». La mujer duda un momento mientras busca algún ejemplo que descuadre a la futura profesional del léxico.
―Bien, veamos, ¿cómo sería «beso»?
La niña sonríe, se acerca a su madre y le da un beso en cada mejilla.
―Veo que controlas el tema, ―dice la madre mientras le dedica una sonrisa pícara―, probemos con otra... ¿Y «abrazo»?
―Jo, mamá, me las pones muy fáciles, búscame algo más difícil.
―Bueno, mientras se me ocurre algo, ven y dame ese abrazo.
La niña se acerca a su madre y ambas se funden en un momento de esos a los que acompaña un somero contoneo al ritmo de sus latidos.
―Dime, futura «palabra», ¿cómo definirías este cariño que acabamos de darnos en silencio?
La niña titubea, son demasiados sentimientos para englobarlos en un solo término.
―No puedo mamá, no hay única palabra que defina todo lo que te quiero. ―Sonríe mientras se sienta sobre las rodillas de su madre―, creo que seré «silencio», así podré decir mucho más sin tener que emitir un solo sonido.

Mi muerte, su salvación

Se ha acabado la tormenta de tormentas
dejando paso al silencios de silencios.
Suena el eco de los recuerdos y
las palabras «bien-sonantes»
se empeñan en ser tinta de teclado.
Pero no puedo...
Hoy solo siento rabia e impotencia
por eso dejo sitio a todos los desalmados...
Entrad, malditos, entrad todos en mis sueños
y en el culmen de vuestros pecados
pondré fin a mi vida para llevaros.
Y después...
Solo habrá paz para los que fueron maltratados,
obligados a la inmundicia y la tristeza.
Volverán a anidar en nuestro pecho
y declararnos su lealtad incondicional.
Ellos, los de siempre, los olvidados
unirán su canto de sirena al unísono
para recordarnos que están ahí antes que nosotros,
que merecen todo nuestro respeto.
Sí, mi muerte será su salvación
porque limpiaré el mundo de odio,
me llevaré todos los malos sentimientos.

martes, 22 de junio de 2010

El sonido de mi voz

Anclada en el silencio, tras varios días encerrada entre mis cuatro paredes, mi voz ha decidido mudarse. Se ha rebelado porque desoí sus quejas, hice oídos sordos a sus lamentos, utilicé mi armadura ante sus gritos hasta que prácticamente la anulé. Se ha cansado de su soledad y de la mía, ha cogido su maleta, repleta de las palabras aún no dichas, y se ha ido sin avisar...
Soy la única responsable de haber silenciado mis sentimientos y ahora temo que también decidan marcharse. Dejaré de sentir, de ser quien soy. Y podría pasar, porqué no, que mis ojos, por temor a descubrir esa cruel realidad, se apagaran para siempre sumiéndome definitivamente en la obscuridad.
Debo poner remedio a la tormenta, debo encontrar las sonrisas que antaño decían tanto de mí. Debo volver a pintarme de colores y barrer bajo la alfombra este cúmulo de siniestras tentaciones. Hay un futuro, no muy lejano, donde mi voz se levantará orgullosa sobre el resto para gritarle al mundo: aquí estoy yo.
Lo que me preocupa, ciertamente, es que no sé es ni la reconoceré cuando la encuentre :-/

miércoles, 16 de junio de 2010

Como un mal sueño

Tengo dos miradas que ofrecerte. La que no dice dice nada, que está cansada de sobrevivir a este recuerdo, y la que lo da todo sin esperar más que tu sonrisa a cambio.
Y cuando te vas prefiero cerrar los ojos para no enfrentarme a la indecisión, al miedo de no controlar lo que mis ojos puedan decir... o no decir. Así que, anclada en el silencio, ahora he decidido abrazar la oscuridad y esperar a que todo pase, como un mal sueño.

Despedidas

¿Sabes? He inventado una nueva despedida. Esta vez no llorábamos ninguno de los dos, no había tristeza porque el amor es más grande que la distancia... Y aún sabedora de esta abrumadora verdad, ni la más ingeniosa de mis ideas, ni el más lírico de mis escritos han conseguido engañar a mi corazón: las despedidas son tristes las pintes como las pintes.

Dime

De todos los silencios espero con sensación agridulce aquellos que ya conozco, que ya saboreamos tristemente tantas veces. Espero con quietud porque llegarán irremediablemente a cubrir de nuevo con su manta caliente las noches y a ocultar las sombras de día convirtiéndonos en personajes planos de mirada perdida.
Y vosotros, los que respiráis por costumbre, por rutina, seguiréis siendo del mismo color, mientras, yo, desdibujándome de nuevo, lucharé por cada bocanada de aire.
Vivo en la incertidumbre, rodeada de vacío, dejando que la distancia crezca aún contigo a mi lado.
Qué será de mí, dime.

domingo, 6 de junio de 2010

Cambio de color

No entiendo porqué nos empeñamos en vestir a la parca de negro cuando el final del trayecto es claro, cuando el último suspiro se escribe en blanco, el color de la paz.
Somos nosotros, los vivos, los que disfrazamos de tristeza las despedidas, los que nos ataviamos de oscuro y lloramos salado a nuestro seres queridos, los que ya nunca volverán a sentarse a nuestra mesa ni a compartir nuestro pan.
Insistimos una y otra vez en nublar esos días en los que ya no volveremos a verlos, y guardamos silencio en su memoria cuando hay muchas cosas hermosas que recordar. Deberíamos redecorar las funerarias, iluminar bien los tanatorios y cambiarnos de color, vestir sonrisas y compartir con todos los momentos que disfrutamos en vida. Nada de frías lápidas de mármol, porqué no usar pizarra para que cualquier día del año pudiéramos escribir con una tiza aquello que queramos, cambiar el epitafio en cada visita...
La muerte no debería ser algo sombrío sino hermoso.

jueves, 3 de junio de 2010

miércoles, 2 de junio de 2010

Conversación a la luz de la luna


Anoche no podía dormir, hacía mucho calor.
Me senté frente a la ventana de mi dormitorio y levanté la persiana. A las cuatro y media de la madrugada la única luz que había era la de una luna llena que aún asomaba, casi tímida. Me acerqué con la vana esperanza de que correría algo de aire, pero solo había calor en el ambiente, así que volví de nuevo a mi asiento.
Hubiera querido pronunciar algún sortilegio que me hiciera caer en un sueño profundo, pero nunca he creído en la magia. Pensé en tomar algún brebaje, alguna infusión, pero a quién le apetece un caldo caliente con esta temperatura...
Miré el reloj casi desesperada pensando en lo lento que pasa el tiempo hasta que llega la hora de levantarse, pero «¿y si me levanto ya y me voy a trabajar?». ¿A dónde iba a ir a esas horas? Empezaba a desanimarme más aún, ya no sabía cómo colocarme, ninguna postura propiciaba el sueño. Entonces oí a mi Gris llamando a la puerta. Ella no suele pedir permiso para entrar, siempre llama a la puerta y espera en silencio a que le abramos. Y allí estaba, la sentía al otro lado de la puerta pidiéndome con una voz suave, casi susurrando, que la dejara entrar.
Le abrí y entró. No sé qué pasó, pero cuando se tendió a mi lado, justo sobre el reflejo lunar, comenzó a hablar con una fluidez pasmosa... Habrá a quien esto no le sorprenda, pero ¿qué pensarías si tu gata te mira a los ojos y te pregunta con toda claridad qué te pasa? Imaginad mi cara de asombro. Ella me miró fijamente y me volvió a preguntar: «¿Qué, qué pasa?».
No me froté los ojos, no me hacía falta aclarar nada, ni la mente, me pellizqué para asegurarme de que no dormía.
―¿Qué te ocurre que estás inquieta? Te he sentido de levantarte desde el sofá del comedor. ―Me dijo tranquilamente y cuando acabó, mientras esperaba mi respuesta, empezó a acicalarse el pelaje.
―No sé mi niña, que no me duermo, este calor... ―respondí sin mirarle simulando naturalidad.
―Oye, tranquila, tiéndete que yo velaré tus sueños...
Me volví a mi sitio, en el lado derecho del colchón; ella se acercó con cuidado y empezó a ronronearme suavemente al oído. Ya no recibía el influjo de la luna, supongo que por eso no volvió a dirigirme la palabra, aunque en su intenso consuelo percibí todas las palabras de cariño que se sabe...

lunes, 31 de mayo de 2010

Presunción de inocencia

¿Qué tenemos ahora, en este momento? Tenemos una sociedad enferma que martillea al que reclama paz.
Estamos contagiados de una ira que, oculta, nos niega la presunción de inocencia y odiamos al prójimo por el simple hecho de mirarnos más de la cuenta... ¿Por qué no ofrecer una sonrisa a cambio? ¿Por qué nos empeñamos en fruncir el ceñó y rechazar por norma?
Hoy, entre muchas otras palabras, expresé un deseo a alguien que como yo comparte una pasión y solo obtuve miedo y un portazo como respuesta.
He releído una y mil veces mi mensaje y por más que me empeño no encuentro más que un sentido directo, una expresión honesta y sincera de lo que pretendo. Será que yo me miro con buenos ojos... Y aunque me he disculpado en una segunda misiva a pesar de que en ningún momento ofendí, mis palabras han caído en saco roto.
Me siento triste porque he perdido algo que aún no tenía, una amistad que quizá nos hubiera alimentado a ambos, y es que este odio infundado que contagia al que lo respira ha engendrado ―como no― más silencio, una distancia innecesaria y todo por rechazar mi presunción de inocencia.

viernes, 28 de mayo de 2010

Con la misma intensidad

Hay ideas con las que convivo desde que me levanto hasta que me acuesto y retomo la inconsciencia.
Ideas que me asustan como la muerte,
que me atormentan como el suicidio,
que me persiguen como el silencio,
que se acostumbran como esta soledad.
También tengo recuerdos que palian mis miedos y me recuerdan que sigo aquí...
Llevo siempre a mi madre en el alma,
a mi amante en mi corazón,
a mi familia en mis manos,
a mi abuela y su sonrisa,
despertando otra sonrisa en mí.
Y así, a lo largo del día, de mis horas de realidad, repaso cada uno de mis sentimientos, y temo y amo con la misma intensidad.

Un poco de mí...



Hoy me he levantado calzando pasos firmes y decididos, abordando cada instante con una claridad inexperada.
No sé si será el agua fría con la que me lavé la cara esta mañana, pero mis ojos ven con otra luz los mismos rostros.
Todo tiene una extraña musicalidad, todos mis movimientos siguen el mismo ritmo que, al contrario que en días anteriores, van acompasados con los latidos de mi corazón.
Hoy no me siento como la «Ofelia» perdida por mis sentimientos, no cuento días ni años y esa locura de silencios parece haberse quedado bajo las sábanas al levantarme. No siento frustación ni miedo, ya no me desdibujo.
He dejado de ser invisible, al fin... y todo porque repasé mi agenda y me di cuenta que en pocos días volveré a tener a mi lado. Retomaremos nuestras vidas donde lo dejamos cuando te marchaste.

jueves, 27 de mayo de 2010

Empieza de dejar de pesarme tanto esta soledad, a ser parte de mí sin extrañar nada de ella...

miércoles, 26 de mayo de 2010

De paso por el silencio

Soy invisible, nadie percibe mi presencia. Recorro mi camino despacio, sin prisa, observándolo todo y a todos, nadie me ve.
La gente pasa a mi lado sin mirarme a los ojos, sin oler mi perfume, sin fijarse en mis ropas. No estoy, no existo.
Camino entre ellos escuchando sus conversaciones, observando sus movimientos, con descaro, pero a nadie le importa porque no estoy presente.
Estoy de paso, soy silencio entre el barullo, entre el ruido de su realidad. Una barrera nos separa: mi inesixtencia, mi transparencia.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Ofelia

Soñé que andaba descalza. Llevaba un vestido ligero, claro, y el entorno me recordaba mucho al «ecosistema pictórico» de sir John Everett Millais; me había convertido en Ofelia. Y como ella, el delirio me empujaba a batirme contra el bosque, a luchar en contra de los miedos que me hacían perder el juicio. Pero si la locura es así de hermosa, aunque sea en sueños, quizá merezca más la pena que la cordura a la que nos obliga la realidad.
Quizá debería encerrarme en esta ensoñación y ser para siempre la Ofelia que enloqueció de amor, que murió joven y hermosa, que quedará para siempre, como Gertrude la definió «incapaz de su propia angustia», la muerte más poética de la literatura.


lunes, 17 de mayo de 2010

Solo son 10

¡Qué son diez años en una vida entera! Empezamos como niños, a dar nuestros primeros pasos, unos torpes otros acertados, en esta vida unidos como un solo ser.
Hemos formado una familia que, aún en la distancia, sigue unida por los lazos del amor, de la amistad, de la confianza... Y aunque a las «abuelas» no les guste reconocerlo, nuestras niñas Gris y Java, nuestro pequeño Bicho, son parte de ella.
Sabes que no hay palabras para decirte cuán agradecida te estoy, sin ti no creo que hubiera logrado ser ni sombra de lo que soy ahora. Y aunque nuestro hogar sea pequeño y esté lleno de trastitos, sabes que no hay metros suficientes, ni aunque sea tarima flotante, para dar cabida a este futuro que labramos juntos, superando todos los martes, todos los treces.
Tenemos la suerte de habernos encontrado, la paciencia suficiente para sobrevivirnos y, sobre todo, un corazón enorme en el cabe todo lo mutuo.
Te quiero, te quiero por diez y por todos los que vayan viniendo.

Sentimientos

Me quedé toda la noche escuchando canciones de amor y de desamor, esperando a que reconsideraras la idea de regresar a mi lado porque...
Hoy me sentía extraña entre los míos, en mi casa, hasta el camino al trabajo me resultaba distinto. No sé si es que, por fin, el sol se ha dignado a dedicarnos su calor, su luz y después de tantos días de tormenta apenas reconocía mi entorno.
Hoy he tenido la sensación de estar encogiendo, envolvíendome sobre mí misma intentando ocultar mi tristeza, convirtiéndome en ser, sin forma definida, como un capullo en flor ocultando la belleza de mis sentimientos. Porque hasta la tristeza se torna bella cuando es motivada por el amor...
Mis sentimientos, extraños para el mundo, son intensos, tanto que duelen.
Mis sentimientos están ahí, como la caja de Pandora, esperando a que alguien los libere.
Hoy salí de mi casa, de esas cuatro paredes que me aprisionan, en un intento deliberado de mostraros a todos el alcance de mi pena; y lloré, lloré durante el camino hasta el final del mundo y al llegar allí, volví sobre mis propios pasos recogiendo cada una de mis lágrimas, esas que nadie percibió. Vuelvo a mi hogar, con los bolsillos llenos de pesar, con la sensación de seguir siendo un fantasma en mi propia vida.

martes, 11 de mayo de 2010

Loca de silencios

He aprendido a reconocer tu ausencia a golpes de realidad porque sé que jamás podré hablar de ella en términos de comprensión, asunción o entendimiento. Quiero convencerme de que es necesaria para un futuro mejor, pero no puedo acostumbrarme a esta soledad, a esta «no-presencia» que transforma mis sueños sueños en pesadillas, los días en años y las palabras en silencio. Y todo eso, sumado a un dolor de cabeza, se convierte en el peor de los castigos.
Ahora soy dos colores en mi pensamiento: la roja que lucha por seguir adelante convenciendo a la otra parte de que no necesito a nadie; y, la azul, que sigue llorando en silencio cada noche, esperando como Gris, en la puerta, tu regreso. Es complicado decidirse por alguna de ellas, no sería definitivo, porque cuando casi alcanzo el tono más vivo, oigo la otra voz a lo lejos diciendo «no te engañes, esa no eres tú», y es justo en ese momento cuando palidezco y redecoro mi mundo.
¡Quién dijo que estar separados tiene sus ventajas! Yo me estoy volviendo loca de silencios.

jueves, 6 de mayo de 2010

Frustración

«Frustración», no encuentro una palabra mejor para definir el estado en que me encuentro. Mi intención al embarcarme en mi nueva aventura era la de ayudar a mis iguales, pero hay fuerzas poderosas, vientos viejos y resabiados, que tratan de envolver las esperanzas renovadas que la juventud ofrece.
Discutimos, arrojamos palabras contra nosotros mismos, avitamos miradas que descubrieran las verdaderas intenciones y al final no llegó la calma sino que continua la tormenta.
Y aunque volví vencedora en la batalla, arruina mi ánimo el caer en su bajeza, el despreciar los tonos altos que, como cuchillos, lanzaron contra mi persona, pero qué debía hacer, ¿agachar la cabeza y aceptar una derrota aún no lograda? No, mi espíritu es luchador y me hice fuerte en el convencimiento de que debía mirar hacia delante, sin volver la vista atrás, pero aprendiendo de los antiguos errores.
Quiero negar esa parte de mí que, poderosa, convenció al resto de que los «sabios» también se equivocan, que es mejor estar de mi lado. No sé si hice lo correcto al negar incluso su existencia, pero ahora me arrepiento porque aunque soy perro ladrador, jamás se me ocurrió morder...

miércoles, 5 de mayo de 2010

...

No es cuestión de esperar a que vuelvas, ahora mi vida solo tiene un objetivo: sobrevivir a tu ausencia...

Desdibujándome

Tengo un nuevo síntoma de tu ausencia, de mi proceso hacia la invisibilidad, hacia mi propia destrucción; hoy me he dado cuenta de que estoy perdiendo color.
Empecé fijándome en el pelo, las raíces blancas asomaban sin piedad; hice cuentas, no hacía tanto de mi última visita a la peluquería para taparlas, no podía ser que en tan poco tiempo volvieran otra vez a descubrir que ya no soy tan joven...
Lo de mirarse en un espejo no es buena idea, si una se fija acaba encontrándose más defectos de los que quisiera, pero insistí no sé porqué y empecé a recorrer mi reflejo incrédula al ver que mi imagen empezaba a desdibujarse. Me froté los ojos creyendo que todo era causa de mi cansancio ―desde que te has ido no he conseguido dormir maś de 3 horas seguidas―, pero volví a fijarme de nuevo. ¡Qué horror! Mi cara, mis manos... Las partes de mi cuerpo que no estaban cubiertas delataban mi nuevo estado incoloro, desdibujado, sin líneas definidas, estoy desapareciendo.
El ascensor paró en la segunda planta y salí como una exhalación, casi como si alguien me hubiera arrojado fuera. Debía ser ese espejo, ese ascensor, el espacio cerrado, alguna concentración del ambientador que hizo que mi vista se nublara. Pero cuando entré en el laboratorio nadie se dio cuenta, alguno levantó la mirada como el que se despierta de una cabezada, otros simplemente se colocaron el flequillo como si una brisa hubiera venido juguetona a entorpecer su trabajo.
Nadie dijo nada, nadie. Pensé que mi silencio era la causa y es que ―desde que te has ido― pocas palabras cruzo. Pero no, simplemente no estaba. Miré mis manos y todo seguía igual que antes; al quitarme la chaqueta descubrí mis brazos, casi transparentes, pero aunque me acerqué a mis compañeros pidiendo ayuda nadie me oyó, nadie se percató de mi miedo y mi dolor.
Ahora son casi las 12 de la noche, apenas queda un resquicio de mí. Solo mis gatas perciben mi presencia, aún debo expeler algún olor que me identifique; solo ellas saben que sobrevivo a pesar de mi silencio, de mi transparencia, de mi invisibilidad...

martes, 4 de mayo de 2010

Pasos de gigante a ritmo de tortuga

Pasos que, a pesar de estar orientados, de ir uno tras de otro, no van a ninguna parte.
Hoy ha tocado dar pasos de gigante, avanzando grandes distancias ayudada por la Tierra que, mientras giraba, colaboraba en mi camino, pero a pesar del avance nada ha impedido que el tiempo frenara mis intenciones...
Hoy ha tocado ser tortuga, viendo pasar el día lentamente sin poder impedirlo porque la tristeza pesaba más que la realidad y, queriendo huir de ella deprisa me he visto atrapada en sus manos...
A cada paso de gigante, mi torpeza de tortuga solo confirmaba lo que queda de mí: invisibilidad.

lunes, 3 de mayo de 2010

Invisible no, gracias

Entraste en el control del aeropuerto y aunque me pediste que me fuera me quedé esperando tras el cristal para mandarte un último beso... No podía creerlo, te marchabas de nuevo sin más remedio. Estuve suplicándote que te quedaras aún después de haber facturado la maleta, pero las cosas son así, hay que aceptar y acatar cuando la meta, aunque lejana, merece la pena.
Y allí me quedé, esperando a solo unos metros, intentando encontrarte entre la gente a través de los tabiques invisibles. Cuando por fin se cruzaron nuestras miradas, nos delató el reflejo de las lágrimas que ambos aguantamos durante la despedida tratando de disimular un valor que se vuelve ridículo cada vez que nos separamos. Te quedaste quieto y yo no supe que hacer; rompí a llorar y me fui para que no me vieras así, para que tu último recuerdo mío no fuera el de esta tonta llorona que te echa de menos a cada segundo...
Empecé a andar, recorriendo el camino de vuelta a la estación de Atocha, pero esta vez el camino era más largo, infinito, pensé que me había perdido porque hasta las estaciones me parecían disintas. Las voces de la gente en el vagón, cada curva que tomaba, las miradas furtivas... Todo empezó a desdibujarse, a perder su esencia y yo creí volverme invisible.
Supongo que es el síntoma habitual de esta soledad que queda cada vez que te vas. Silencio y más silencio. Hasta mi voz se hace extraña; han crecido telarañas en mi garganta y me cuesta emitir el más mínimo sonido.
Una vez me preguntaste porqué hablaba con las gatas, ¿lo entiendes ahora? No quiero volverme invisible, si así lo hiciera desaparecería y no quiero. Quiero estar aquí para cuando vuelvas, de hecho te esperaré en el mismo sitio, al otro lado de las paredes de cristal, a pocos metros entre tu futuro y mi opacidad, aguardando a que vuelvas de nuevo conmigo.

viernes, 9 de abril de 2010

Navega hacia el futuro

¿Has pensado qué harás cuando todo esto termine? Volverás a tu vida de siempre, sencilla, sin más pretensiones que sobrevivir un día tras otro...
Creo que te equivocas: la vida es algo más. Has descubierto que es más fácil perderla que mantener el barco a flote con toda su tripulación, que si tú te hundes, los demás vamos detrás, sin remedio. Así que deja de remar sin rumbo, de tratar únicamente de mantenerte, de mantenernos a todos a flote.
Preocúpate de ti misma, de disfrutar la vida, esta nueva oportunidad que se te ha dado y olvídate de viejas costumbres que ya no tiene sentido mantener. Deja que aquellos que viven anclados en el pasado se poblen de coral que esa será la única vida que les quedará: el silencio de una compañía ajustada y sin palabras.
Tú te mereces mucho más que eso y ahora es cuando debes echar las velas y dejar el viento te lleve allá donde quieras, que disfrutes a cada momento de todos los latidos de tu corazón; navega hacia el futuro y sigue prestado atención a las sirenas que te guiarán a la hora de escribir los más hermosos versos, pondrán ritmo a tus rimas, serán inspiración de nuevas historias...
Vive de nuevo, vive con ganas, que nosotros, tus hijos, tu tripulación, velaremos tus sueños.

El final

Solo tengo lo que llevo en mis bolsillos,
la miseria de mis pensamientos y un atisbo de paz.
Llegué al final del camino sin más necesidades que
un bocado de mar y tus besos para seguir viviendo.
Y qué será de mí, dime, cuando no haya otros pasos,
cuando ya no haya más baldosas amarillas que pisar.
Decidí esperar a que el tiempo pasara, sin más,
sin esperar nada a cambio, salvo la muerte,
una paz, esa que aún guardo en el bolsillo
en el mismo lado en el que aún late mi corazón.
Contaré cada latido hasta que se detenga,
y en cada uno deshojaré de mis ajados pensamientos
hasta que las agujas se cansen de marcar mi pasado,
hasta que al fin solo quede eso, nada, el final.

miércoles, 7 de abril de 2010

El vacío de nuevo...

Te marchas otra vez convirtiendo la paz en derrota y mi vida en obscuro.
No encuentro palabras para describir lo conocido, este sentimiento mío,
que vuelve de nuevo a ser el mismo espacio vacío, mi día a día sin ti,
y la rutina de despertar sola, de seguir adelante sin levantar la mirada,
de volver a ser gris, ente inanimado, una simple burla de mí...
Y es que te vuelves a ir y yo me quedo sola, como distraído recuerdo.
Volverán a anidar las lágrimas en mi pelo, cubriendo de humedad mi silencio,
y tus niñas tenderán su cansancio al sol, esperando como yo, a que vuelvas...

martes, 23 de marzo de 2010

Con qué facilidad se pierde la vida

― Lo sé, deja de insistir.

― Es sumamente fácil...

― ¡Qué tentaciones tengo! Y es que me he acostumbrado, como el que se toma un par de cafés al día, a tomarme las pastillas a pares. No importa que sean aspirinas o «paracetamoles», no importa...

― Lo que debe preocuparte es la dosis.

― Debe ser letal, sino no quiero siquiera intentarlo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Platinos del alma mía


Cayeron, implacables, como hojas de otoño. Síntoma inevitable que arrancó de tu cuerpo el tiempo, llevándose el platino de tus cabellos y en tu cabeza solo quedó desierto, pero no te apenes alma mía, que hasta el Sahara es hermoso en invierno.
Y tras la tormenta volverá la calma vestida de primavera y colmará tu cuerpo de flores nuevas, no te apenes alma mía. Piensa que ahora eres más gato que nunca, que con esta son más de dos vidas perdidas, pero aún te quedan hasta siete por callejear despierta o dormida y escribir los versos más bellos.
¡Quién te dijo, dime! ¿Alguien te avisó de esto? Pellízcate de nuevo para despertar tu alma de guerrero, vuelve a empuñar la espada y vestir las galas de andante caballero, que sabes como nadie que entre tintas anda el juego.
No te apenes alma mía, que ya sabes que te quiero.

martes, 29 de diciembre de 2009

Goteras en el alma

Brotaron,
como el silencio, abundantes,
como la mar, saladas,
tan cálidas, tan olvidadas,
tan odiadas, tan esperadas,
Cada una por un dolor,
y son tantas...
Por palabras no dichas,
por mentiras, por rabia contenida,
Brotaron al fin las lágrimas
y ahora lloro un mar,
lloro un mar de tristeza
que se alojaba en mi corazón
ahogando mis penas
que hartas de nadar entre coral,
cansadas de esperar,
han decido apretar la esponja
y obligar a salir la humedad
que ya hacía goteras en mi alma.

A contramí

Volví a desear el silencio, el más absoluto de todos,
con la obscuridad por compañera, con la parca como fin.
Volví a querer desaparecer, con la mirada perdida,
contando cada movimiento de la aguja del reloj.
Volví a aguantarme las lágrimas, a convertirme en piedra,
pero no funcionó porque mi corazón sigue latiendo,
aunque siga siendo a contratiempo,
aunque siga siendo a contraviento,
aunque siga siendo a contraluz...

El último silencio

Se agolparon las palabras en mi garganta intentando salir todas a un mismo tiempo, peleando por ver la luz, queriendo escapar corriendo de mi interior para dejar de dolerme, de hacerme daño, porque sabían que se acercaba el final, sentían mi dolor fluyendo por ellas como la sangre por mis venas; si pudieran hubieran atravesado sus líneas dejando verter la tinta de sus versos, el veneno de las mentiras con tal de dejarme vivir, pero su única salida era escapar y como caballos al galope, locas, perdidas, se arrojaron contra mi boca.
Sentí un entremiciento y salió de mí una vida entera por escribir: historias, versos, cuentos, verdades y mentiras, todas ellas, disfrazadas de silencio...
― ¡No estábais tan desesperadas por abandonarme! Decidme, por favor, decidme ahora que no me pertenecéis porqué me dejáis tan sola, no podré continuar escribiendo mi camino.
Ellas, ya libres del yugo de mi tristeza, empezaron a estirarse disfrutando de la libertad tan ansiada y fue tanta la pasión que la muerte las llevó en mis propias manos y allí me quedé, sentada en el frío suelo de invierno, viendo como todo lo que alguna vez me importó se perdía entre la lluvia.
No sé el tiempo que quedé llorando mi destino, solo recuerdo que cayó la noche. Ya no importaba nada, ya no me quedaba nada... De qué me servían los recuerdos o los sentimientos si no tenía forma de expresarlos. Entonces se acercó Ella, mi niña Gris, con su andar sinuoso, su mirada de oro y su cálido ronroneo. « ¡Qué muerte tan dulce! » pensé, y dejé mi cuerpo caer en el más plácido sueño.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Sentir miedo, rabia, impotencia.
Sentir que no soy nada, que no soy nadie.
Sentir que nada importa ya.
Sentir y no sentir.
Sentir que ya no siento nada.

martes, 15 de diciembre de 2009

Java

Eres mi pequeña negra, mi Java hermosa, la niña de mis ojos. Llegaste a mi vida para llenar un vacío aún no esperado, anunciando una llegada a la que en vano hice oídos sordos. Eres ahora importante en mi historia, una fuerza más en el motor de mi vida. Seguiré tu marca allá donde vayas, como madre protectora sin ser teta tuya, y pondré mi vientre para para darte cama cómoda cuando necesites.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Soy y no soy

Crece la duda, a la vez la seguridad, andan ahí a medias debatiéndose las fuerzas por ocupar firme mi cabeza.

El color de la tristeza

Hoy salí a entregar a otras manos un pequeño futuro
que bajo mi techo sería muerte segura.
Guardé mi tesoro en el más cómodo asiento
y pegado a mi cuerpo me acompañó durante el camino
con miradas tiernas, las más dulces que recuerdo,
quizá tristes sabiendo de su destino incierto...
Durante todo el trayecto hacia sus nuevos vecinos
observé que la gente me miraba raro,
fijaban su mirada en mi pecho,
algunos con horror preferían evitarme
y otros simplemente lloraban,
y es que llevaba en el corazón sangrando
una llaga que no cura, una separación injusta,
un adiós no deseado, y por cada despedida que debo
sangra más mi memoria, el dolor que no cesa,
hasta las lágrimas son sangre cuando la herida no cierra.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Historia de lo vuestro

I. La crónica social
Las 10 de la mañana. Suena la radio en la cocina mientras la señora Encarna termina de recoger los cacharros y preparar el carro de la compra para salir cuanto antes; ha quedado con Manoli, su cuñada, para bajar al mercado y cumplir con la rutina diaria de ponerse al día de las novedades en lo personal de sus convecinos... En los pueblos, esta es la única forma de estar al corriente de los temas del corazón.
Las dos mujeres se encuentran en la plaza. Encarna, la mayor de las dos, se acerca casi corriendo a Manoli y la agarra del brazo; justo en ese momento empieza a susurrarle al oído, mirando de un lado a otro de la  calle hacia la que se han encaminado para asegurarse de que nadie las mira.
―Esto es un secreto a voces... Se veía venir, si ya lo decía yo, si era de esperar...
Su acompañante intenta meter baza en la conversación, pero Encarna, que siempre lleva la voz cantante, no le deja. Sigue utilizando palabras huecas sin decirle nada de ese gran «secreto» que ya se está encargando de desvelar, aunque sin mucha fortuna.
―¡Por Dios, Encarna, suéltalo ya! ―Manoli se detiene indignada y le exige entre voces y gestos.
―Tranquila mujer, que ya te cuento. Sabes la carnicera, esta muchacha tan maja... Sí, hombre, la sobrina de la Mari, la que vivía en la esquina de la calle Real, la que su hijo el mayor se mató en aquel accidente de coche...
―Sí, sí, sí ya sé quién es; cuenta, cuenta.
―Pues esta muchacha, que ya llevo más de tres día sin verla por la tienda...
―Pues sí, sí que es raro; la Eugenia, que vive justo al lado, siempre dice que los siente de levantarse ―les tiene la hora cogida― y cuando preparan el furgón para ir a la carnicería.
―Esta Eugenia, siempre pendiente de la vida de los demás. ¡Es que de verdad, no la dejan a una de ir tranquila por la calle!
Las mujeres llegan por fin al mercado y se detienen en la puerta a saludar a otra que, al verlas tan cogidas, hablando por lo bajini, le comenta al de la ONCE: «Ya van estas haciéndole el padrón a alguien...».
―Sí, Manoli, hija, ya te digo que algo raro pasa aquí, que, vamos, que se nota, tanto silencio, tanto secretismo.
―Acuérdate de la última vez que estuvo un tiempo sin ir por la carnicería. No salía a comprar ni nada, mandaba a los chicos pequeños a hacerle todos los recados y cuando por fin volvió, aún se le notaban las moraduras en la cara.
―¡Qué lástima! ¡Con lo buena que es!
―Su marido dice que está enferma.
―¿Y tú te lo crees? Como la otra vez...
―Te digo yo que ese sinvergüenza la ha matado.
―¡Uh, pero qué dices! ―la mujer vuelve a soltarse y a derrochar aspavientos llamando la atención de los que allí se encuentran.
―Que sí, que sí, ya te digo yo; seguro que la ha hecho trozos y la tiene guardadica en la cámara frigorífica de la carnicería. ―Encarna iba cambiando el gesto de su cara mientras hacía partícipe a Manoli de sus hipótesis, y su tono se tornaba cada vez más serio y misterioso.
―Jesús, Jesús, Jesús... ¿Pero cómo va a hacer eso, mujer?
―Calla, calla, que por allí viene el desgraciado.
Las dos mujeres se quedan paralizadas al ver el furgón blanco con un eslogan en el lateral que reza Carnecería Los Menudillos. Al volante ven al carnicero del pueblo, un hombre recio, corpulento y con gesto tosco y serio que, al verlas, les saluda simplemente con un leve movimiento de barbilla. A su derecha le  acompaña su hijo, el más joven de los varones, que apenas pasa de los 18, delgado y aún con gesto aniñado, dulce.
―Pobrecico el chico, claramente ha salido a su madre.
Las dos mujeres permanecen quitas, sin soltarse, observando cada movimiento del carnicero. El hombre, que ha acabado de aparcar el vehículo justo enfrente, se baja despacio y cierra la puerta de un portazo; se ha dado cuenta de que es el objetivo de todas las miradas de los que allí se encuentran. Vuelve a hacer un gesto a modo de saludo, pero sin mirar a nadie a la cara. Mientras, el pequeño ya ha abierto las puertas de atrás y empieza a descargar cajas.
―Te digo yo que algo oculta, ¿no te has fijado? Ni siquiera ha dado los buenos días; si es que, además de  un asesino, es un maleducado.
El hombre se detiene frente a ellas:
―¿Se les ofrece algo?
―Nada, nada, buenos días, adiós.
Encarna y Manoli se agarran con más fuerza la una a la otra y se dan media vuelta sin mediar palabra. De camino a casa apenas hablan de este tema, pero a la hora de despedirse reanudan la conversación con la misma vehemencia:
―Te digo que se la ha cargado...
―¡Ay, Encarna, que no digas más eso! Se me hiela la sangre solo de pensarlo. ¿Llevas prisa? Tengo arriba  unas rosquillas recién hechas. Te preparo un café, que te tengo que enseñar los bolillos.
―Pero qué lástima, ¿verdad?
―Sí, hija, una pena.
Entran en la casa sin dejar de hablar de esa y de otras mil cosas...

II. Hogar, dulce hogar
Suena la campanilla de la puerta; algún cliente ha entrado en la carnicería. Paco mira su reloj de pulsera ―las diez y media― y, mientras termina de atarse el mandil, sale al despacho.
―Buenos días, Paco.
―Buenas, Ignacio, ¿qué tal va lo de tu mujer?
―Pues como siempre; la Maruja, que ha bajado a la capital con mi chica la mayor; tienen que hacerle más pruebas.
―¿Pero todavía no le dan solución?
―Nada, seguramente se alargue más de lo necesario. Así que me toca a mí seguir con todo lo de la casa; no sé qué se ha pensado mi señora, pero, vamos, que tenga que andar yo haciendo la compra y poniendo la mesa... Menos mal que están las chicas y algo ayudan.
―Sí, estas mujeres nuestras, demasiada tele. Bastante que llevamos los dineros a la casa y mantenemos a la familia como para estar encima haciendo nosotros la cama y poniendo la lavadora.
―A mí poco me falta.
―Mira Ignacio, no es por meterme donde no me llaman, pero como no le pares pronto los pies, al final la que llevará los pantalones en tu casa será tu...
―Para el carro que te veo venir. En mi casa el que manda soy yo; lo de la Maruja es temporal y en cuanto le quiten el tumor ese que tiene vuelve a casa y a sus cosas sin rechistar, como que me llamo Ignacio.
―¡Chico, Marcos! ―Paco llama a voces a su hijo―. ¡Venga niño, que tienes que trabajar! Te dejo Ignacio, que tengo que ir preparando los cortes para las bandejas. Ya viene el chico a atenderte, y que no sea nada lo de la Maruja.
―Por cierto, Paco, ¿y tu mujer? Llevo unos días sin verla.
―Marta... Marta... ―el hombre titubea―. Pues ha ido a visitar a un pariente; volverá pronto.
―Ya, ya entiendo.
Justo en ese instante, Marcos interrumpe:
―¿Qué desea?
Paco, cabizbajo, aparta la cortina que separa el despacho del almacén y entra en la habitación dejándose caer sobre una silla como un peso muerto. Se echa las manos a la cabeza desordenando el poco pelo que le queda y se le acelera la respiración. Sobre la mesa donde guarda la documentación del negocio solo hay un centro de flores de plástico; arroja una carta arrugada que saca del bolsillo y se queda mirando el tablero. Pasan unos minutos, coge la hoja con desdén y vuelve a releerla en voz baja: Solicitud de separación  matrimonial.
―No lo entiendo... ―Paco reflexiona en voz baja mientras aprieta los dientes―. ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué no me has dicho nada? Todo así, de repente, de estas formas; te vas sin avisar, sin saber nadie de ti y dejando solamente esta carta del abogado sobre la mesa.
El hombre, casi llorando, se levanta y rodea el mueble; del cajón saca una foto antigua, de su boda. Roza la cara de su mujer y solloza.
―Con lo que hemos pasado juntos, viviendo de recién casados en un piso de alquiler sin muebles, solamente con un colchón y una estufa de leña. Comenzando desde cero con un negocio que he conseguido  sacar adelante sin ayuda de nadie. Y ahora, ahora que todo va bien, que ya tenemos la clientela hecha, que no hay deudas y he conseguido ahorrar algún dinerillo... ¿Ahora te vas, así, de esta manera? Podíamos haber hablado, no tenías por qué dejarme solo, ¡solo!
El tono del hombre va cambiando; se altera al mismo ritmo que su respiración. Deja el marco sobre la mesa de mala manera y se levanta bruscamente apartando la silla de un golpe. Al oír el ruido, su hijo se acerca.
―Padre, ¿está bien?
―Sí, no pasa nada ―el hombre le responde sin mirarle mientras recoge la silla del suelo―. Si ya se ha marchado Ignacio, vete a la tienda del Pancho y me traes unas cajetillas de negro; coge el dinero de la caja. Mientras el chico sale de la tienda, Paco sigue divagando...
―Porque tú, ¿qué eras tú? ¿Qué? ¿Y qué serás sin mí? Es más... ¿Quién eres, quién te crees que eres para tratarme de este modo? Me deshonras, me faltas al respeto y me humillas ante todos de esta manera. Con razón te has ido, con razón te escondes, pero te encontraré, te tengo que encontrar aunque sea lo último lo haga.
No se ha dado cuenta, pero habla a voces y algunos vecinos se han detenido delante de la puerta sin pasar.

III. Dudas
A muchos kilómetros de distancia, Marta observa la cúpula de la catedral mientras dan las campanadas de las once. La mujer, madre de Marcos y futura ex esposa de Paco, trata de perder la vista en el horizonte, de  espejar la mente, de olvidar aquello que la atormenta, pero no es fácil. Ahora vive en un apartamento y tiene un empleo gracias a la ayuda de Irene, la psicóloga del Centro de la Mujer a la que acudió a pedir consejo. Fueron muchas las visitas y las charlas que mantuvo con ella durante largos meses, tiempo en el que Marta aprendió y forjó el coraje necesario para tomar la decisión de empezar de nuevo.
Por medio de un amigo de Irene, ha conseguido un trabajo como asistente de ancianos. De no haber sido así, habría tenido muchas dificultades para salir adelante ya que, pasados los 40 y, a pesar de llevar trabajando casi desde la niñez, nunca había figurado como contratada en ninguna empresa ni se había registrado cotización alguna por ella, de modo que no podía pedir ayuda o subsidio. Cuando vivía en su casa, con su marido, este decidió que sería mejor no darle de alta para ahorrarse impuestos y seguros y, por  supuesto, sus ideas eran las únicas válidas.
A esa hora de la mañana, Marta ya lo tiene todo recogido y preparado, como de costumbre; hasta la una del mediodía no empieza su turno. Se pasea por el pequeño comedor, inquieta, sin saber dónde meter las manos. No puede quitarse de la cabeza la imagen de su casa al despertar: levantar a Marcos para que ayude a cargar el furgón, ver siempre a la misma hora a su marido esperando sentado a que le sirva el desayuno... Recuerda la ruta a la carnicería, los tres juntos en la furgoneta. Le viene a la mente el último viaje que hizo, miró a su hijo a los ojos, le cogió de la mano y no dejó de sonreírle durante todo el trayecto. Se le tuerce el gesto al recordar la rutina: todo el día trabajando, corriendo siempre para tener lista la comida y, en los pocos ratos libres, limpiando primero la carnicería y luego la casa; y así día tras día durante años y años.
―¿Qué hará a la hora de comer? Están los dos solos en casa ―Marta piensa mientras se apura al imaginar la situación―. Seguramente pondrá al chico a hacer la comida o, en el mejor de los casos, pedirá algo para llevar, pero, ¿cuánto aguantarán así? Claro, con tal de no coger una sartén y no mover un dedo, este hombre es capaz de todo. ¡Je, sí hombre!, el macho de la casa cogiendo una sartén; él, don empresario, que ha sacado él solito adelante el negocio, gracias a su sudor, y al mío, y al de todos mis hijos... ¡Egoísta, machista, sinvergüenza!
La mujer se sienta en el sofá a llorar todos los sentimientos que ahora se agolpan en su pecho, en su cabeza. ―¿Cómo habrá reaccionado al leer la carta del abogado? ¡Por Dios, espero que no le haya pegado al chico! ―Marta se encoge de tristeza, preocupada, y empiezan las dudas―. No creo, Irene me tiene al corriente, si pasa cualquier cosa lo sabré... Pero, igual debería llamar, hablar con él, no he hecho las cosas bien. La única decisión adecuada ha sido esperar a la mayoría de edad del pequeño de mis hijos para evitar problemas de custodia, todos los papeles están preparados y bien hechos según el abogado, y nadie sabe dónde estoy. Pero... La mujer duda de haber hecho lo correcto, ahora piensa que ha sido egoísta, que su decisión solo la ha beneficiado a ella, pero ¿y los demás? ¿Qué pensarán sus hijos? ¿Sus padres? Los vecinos le importan más bien poco, pero también influyen, hablan de más y mal. El odio y el rencor hacia su marido se han tornado en dudas.
―¿Y si se ha dado cuenta de que ha obrado mal? Igual esto le sirve de escarmiento y cambia, empieza a valorarme, a quererme bien... Esta vez seguro que ve claro que lo puede perder todo y quizás lo valore como debe y reaccione, quizá nos trate mejor. Creo que debería volver, tengo que volver.

IV. Marcos
Marcos se ha tomado con calma la vuelta del estanco; cogió algo de más de la caja y se ha comprado una bolsa de regaliz. De camino al negocio familiar se ha sentado un rato en un banco del parque; a veces le gusta escapar de la realidad mientras imagina que está en algún sitio mejor. Le gustaría volver a ver a sus abuelos paternos, como el verano que pasó con mamá los meses que tuvo el brazo escayolado, cuando él era aún un niño.
Sabe perfectamente lo que pasaba en el almacén antes de salir de allí, sabe que su padre había vuelto a perder los papeles, cosa que sucedía cada vez con más frecuencia, y en esas ocasiones prefería evitar estar cerca de él más de lo necesario. Esta situación se había vuelto tan habitual que la rutina le había congelado cualquier tipo de sentimiento hacia su padre; es como si desconectara a la espera de que sonara alguna alarma que lo avisara de que había pasado la tormenta.
Allí sentado, mientras come el regaliz, hace memoria de los últimos momentos que pasó a solas con su madre. La noche anterior a su huida compartieron un largo chocolate en la cocina; mientras el chaval le hablaba de sus planes de futuro, Marta callaba esperando su turno. Cuando hubo un silencio, empezó a hablarle de cuando era pequeño, de sus hermanos, de lo difícil que había sido llegar hasta ese punto, entonces se levantó a cerrar la puerta y se acercó a él.
―Marcos, mañana me voy.
―¿Adónde, madre? ¿Puedo acompañarla?
―Me voy...
La madre bajó la mirada y él la entendió sin añadir nada más, después se abrazaron durante largo tiempo y lloraron en silencio. Ella no le dijo dónde iba, solo le comentó que, de momento, no pensaba volver. Ninguno de los dos tenía muchos conocimientos sobre leyes o trámites judiciales, pero sabían que la espera era larga hasta conseguir que todo estuviera arreglado y terminase el proceso legal de separación. Sin duda, lo mejor para todos era tener engañado al padre haciéndole creer que nadie sabía nada al respecto.
Ha empezado a llorar y no se ha dado cuenta hasta que las lágrimas le han devuelto al momento en el que está, sentado en el parque.
―¡Dios mío, mi padre me mata! ¡Hace casi una hora que me mandó a por el tabaco!
El chico echó a correr presa del miedo. Temía que, además de una buena bronca, le cayeran un par de hostias que, de las manos de su padre ―que no son chicas―, era como para pensárselo mucho. Además, tal y como lo había dejado en la tienda, lo mejor era apremiar. Estos últimos días sin la madre habían sido demenciales, pasando el padre de un estado de arrepentimiento y tristeza a una repentina agonía y desorbitada ira ante la cual poco o nada se podía hacer.
Mientras corría solamente le pasaba una idea por la cabeza: «No vuelvas, mamá, no vuelvas».

viernes, 23 de octubre de 2009

Esperando

Se agota el tiempo cada día que muero porque no muero.
Se acaba la esperanza porque no hay horizonte en mi cielo.
Se cansa la tristeza de llorar mis penas en silencio.
Y aquí sigo, esperando algo que nunca llega, algo que no conozco.

jueves, 15 de octubre de 2009

Necesito

Soy del silencio de tus palabras aquellas que emanan tristeza,
de la oscuridad de tu mirada la luz del cielo infinito,
del sonido de tu risa, la caricia más suave.
Soy de lo que me queda de ti, la mitad de la nada,
del que quiso y no quiere, el verso olvidado,
de la mentira, la verdad a medias.
Soy porque de alguna forma existo aunque solo sea en el recuerdo
de cartas rotas,
de hojas secas,
de mares profundos,
de tormentas obscuras,
de lágrimas que brotan en las despedidas.
Y sigo aquí, esperando, sola, que el sueño venza al fin,
que llegue la noche sin tregua,
que duerman las estrellas,
que los gatos se adueñen de las calles.
Necesito esperarte para saber de mí.