sábado, 11 de abril de 2015

Desenlace

El mejor desenlace es que nuestro amor no tenga fin.

Efímero

Caminando por la calle, me encontré con tu mirada. Fue entonces cuando me sentí la mujer más bella del mundo. Juraría que me acariciabas con el azul de tus ojos. Me ruboricé y te diste cuenta. Remataste la faena con la más dulce de las sonrisas y casi caí desmayada, podía notar esos labios recorriendo mi cuerpo, lamiendo cada recoveco. Me detuve para gozar del momento. El error fue parpadear; en ese preciso instante, pude ver tu mano en el culo de la que te acompañaba. Y es que el amor, ese amor que siento, siempre es así de efímero.

Maltratador

El escritor, orgulloso de su obra, fue a una editorial a solicitar que la publicaran. Días después recibió un aviso para que asistiera a una reunión urgente con el responsable de Edición.
Sentados en una enorme mesa oval, uno en cada extremo, el autor comenzó a hablar entusiasmado pensando que iba a firmar su primer contrato. El otro hombre le cortó de inmediato. «Disculpe, no estoy aquí para eso. Necesito saber si ha sido usted quien ha escrito esto para tomar una decisión». Un «sí» rotundo, una llamada al interfono, y la sala se llenó de agentes uniformados que detuvieron al escritor.
«Se le acusa de maltrato a las letras. Ahórrese los formalismos, aquí no hay juicio, es culpable y debe pagar su pena. Se le condena a completar los veinticuatro cuadernos de Escritura y los seis de Evolución de la Lengua de Rubio, así como ha completar el manual de Ortografía en Casa de Enrique Fontanillo, incluyendo su libro para colorear. Si después de esto vuelve a presentarnos su obra con una sola falta de ortografía, me encargaré personalmente de que no vuelva a escribir en su vida. ¿Lo ha entendido?».

Por lo que sé, ha reescrito su libro unas cuantas veces; después de leerlo he de reconocer que es una de las mejores historias que he leído nunca. El problema es que siempre se le olvida la tilde de su segundo apellido.

miércoles, 8 de abril de 2015

Serendipia

Era la hora oportuna. Salí al parque y me senté en el banco de siempre. Un minuto de silencio y... Me mimeticé con el viento.
Perseguí la estela de las mariposas y las derribé en pleno vuelo.
Jugué a saltar entre las olas de la maderada en la pérgola.
Me escondí en los nidos ocultos entre las ramas.
Volé a ras del césped dejándome acariciar el vientre.
Hurgué los hormigueros hasta hacerlas correr despavoridas.
Y subí lo más alto que pude hasta perder el sentido, entonces caí sin remedio.
Sesenta segundos bastaron.

... Buscando el silencio me encontré a mí misma.

miércoles, 1 de abril de 2015

La pluma

El escritor estuvo trabajando durante horas delante del ordenador sin percatarse de la presencia de la pluma. Cuando iba a hacer clic sobre la opción «Apagar», reparó en ella. Blanca, canija y sin fuste, había estado todo el tiempo bajo la barra espaciadora. La cogió con curiosidad, giró un par de veces los dedos a ambos lados para inspeccionarla bien y la dejó a su izquierda sin más. Volvió a fijar su atención en la pantalla; fue entonces cuando recordó que le faltaba algo al último documento editado. Lo abrió y firmó al final de la página:

«El Patito Feo»

miércoles, 25 de marzo de 2015

La búsqueda

Entraron hasta el fondo, sin avisar, sin llamar a la puerta. Recorrieron todas las habitaciones, vaciaron los cajones y armarios, pero no encontraron lo que buscaban. La verdad solo la conozco yo y la guardo en mi corazón.

martes, 17 de marzo de 2015

La bolsa o la vida

―Los dos muchachos se acercaron a ella, se colocaron uno a cada lado. El más joven sacó una navaja y le preguntó: «¿La bolsa o la vida?». La mujer dejó escapar un leve suspiro, se colocó el pelo y se abrió la chaqueta. Los chicos se miraron extrañados. El del arma, nervioso, volvió a preguntarle: «Venga, vieja, decide ya». Ella se despidió mirando hacia la bolsa y dijo decidida: «La vida» ―narró el testigo al agente.
―¿Está seguro?
Lo que no sabían es que en la bolsa llevaba una cajita de lata y en ella, las cenizas de su marido.

jueves, 12 de marzo de 2015

Adicción

—Chico, ponme otra —pidió señalando la copa vacía.
—¿No cree que ya ha bebido bastante? —sugirió el camarero.
—Creo que lo que tienes que hacer es servirme y dejarte de rollos.
El muchacho se volvió y cogió una botella con la etiqueta ilegible de la repisa más alta. Dentro bailaba un licor espeso que cambiaba de color dependiendo de dónde recibiera la luz. Rellenó el vaso hasta la mitad.
—Hasta arriba —indicó el borde del cristal con su índice.
—Lo que usted man...
—Y déjala en la mesa, así no te molestaré durante un rato —le cortó.
El hombre bebía sin tregua, a veces a sorbos, otras de un trago. Reía en ocasiones, lloraba siempre después de vaciar la copa de golpe. Cuando casi había terminado con el brebaje, sacó del bolsillo de la chaqueta una fotografía. Repasó los rostros: él, su exmujer y sus tres hijos aún pequeños. «Entonces éramos felices, ¿recuerdas?».
—Chico, déjame un boli —exigió sin dejar de mirar el retrato.
Empezó a escribir algo en el reverso. Su mano temblorosa y las lágrimas hacían difícil conseguir una buena caligrafía. Cuando acabó, cogió una servilleta de la barra y volvió a llamar al camarero mientras anotaba algo con prisa.
—Oye, ¿te importaría enviar la foto a la dirección que te he apuntado aquí? —preguntó a la vez que la envolvía con la servilleta manuscrita.
—Claro, no hay proble...
—Y abre otra botella de ese veneno —volvió a cortarle.
Con cada nuevo trago, el hombre se retorcía de dolor. Se levantó del taburete e intentó llegar al baño, pero no pudo. Se agarró a la barra, sujetó su vientre y sin poder evitarlo, se puso a vomitar en mitad del bar. Con cada arcada, salían excusas y mentiras, voces y reproches.
—¡Pero qué...! —el camarero salió con fregona en mano.
El borracho trató de avanzar balbuceando disculpas, pero de nuevo el dolor hizo que se doblara. Más mentiras, golpes, borracheras y abusos salían de su boca sin control.
—Venga, tío, vuelve a tu taburete —le acompañó y le ayudó a sentarse.
Dejó caer los brazos sobre la barra y recostó su cabeza sobre ellos. Observaba al chico mientras recogía sus miserias del suelo; al poco se quedó dormido.
Cuando acabó de fregar, el camarero se acercó al teléfono y llamó a alguien:
—Será mejor que vengas a buscarle.


Cuando llegué el hombre seguía dormido.
—Entiendo que es este — dije dirigiéndome al chico.
—Es obvio, ¿no? —respondió sin mirarme.
—Vamos, voy a llevarte a casa.
Eché uno de sus brazos sobre mi hombro y le levanté. Apenas podía andar. Tardamos bastante en llegar. Abrí la puerta y entramos pegando nuestros cuerpos.
—Dios, cada vez me da más asco este olor —exclamé evitando el hedor del aliento del borracho.
Le tendí sobre la cama y le coloqué un poco la ropa para que estuviera presentable cuando le encontraran. Con un simple roce de mi guadaña le arrebaté la vida y me fui por donde había venido.


Días después, alertados por el olor desagradable que provenía de su piso, los vecinos llamaron a la policía. Encontraron su cuerpo hinchado y con un color amarillento. La autopsia reveló que había muerto de una extraña afección, una especie de cirritis que había afectado al corazón, y es que este borracho murió por una sobredosis de tristeza embotellada y con una etiqueta ilegible.


viernes, 6 de marzo de 2015

El artista

A esas horas ya no había casi nadie en el metro. Entró un joven con un maletín de pintura y se sentó a mi lado. Yo leía un libro cuando él empezó a subir la mano por debajo de mi falda. No lo pensé dos veces, aparté mi lectura y me bajé las bragas. Se arrodilló delante de mí y empezó a lamer con ahínco. Me agarré a la barandilla creyendo perder el sentido. «Rápido, la siguiente es mi parada», le informé. Metió sus dedos y rubricó su obra a la perfección.

Olivia

Su cuerpo apenas había estrenado la pubertad. Olivia no sabía nada acerca del sexo y sentía tanta curiosidad como deseo por experimentar. Una noche se metió desnuda en la cama de su hermano Fran. «¿Qué haces?», le preguntó asombrado mientras ella tomaba su verga y empezaba a agitarla sin control. «Así no, déjame que te enseñe». Fue la primera vez que gozaron del amor fraternal.

Preliminares

Me desnudó despacio dejando mi cuerpo al descubierto, esa noche hacía frío y reaccioné rápidamente. «No te cubras», me dijo mientras apartaba la sábana. Empezó a acariciarme lentamente. «Me encanta recorrer tu vello erizado, notar tus glúteos contraídos y jugar con tus pezones erectos». Hicimos el amor. Cuando entré en calor, él ya había acabado.

La decisión

Te juras a ti misma que nunca volverás a dejar que nadie te amedrente. Sin embargo, el cambio de vida te vuelve a colocar sobre la cuerda floja. Sí, sientes vergüenza ajena y sobre todo miedo, pero esta vez el coraje que siempre permaneció en silencio se abre hueco en tu interior. Una fuerza desconcertante lucha por escapar. Pero tu temor a la caída, a los daños colaterales, es mayor y bloquea las salidas.
No entiendes lo absurdo del mundo, esa locura inquietante que demasiados espiran. No quieres dejarte contagiar, te aferras a la objetividad con un afán agotador. Y así, día tras día, supervives portando el amor como escudo.
Te preguntas cuándo acabará todo. Esta dicotomía te está destrozando, no sabes cuánto tiempo aguantarás, ni siquiera qué caerá antes: tu cuerpo y tu mente, quizá ambos al mismo tiempo. Hay que tomar una decisión, es lo oportuno. Razón o locura.

miércoles, 4 de marzo de 2015

La coleccionista de amantes


En aquel edificio viejo y destartalado vivíamos solo seis mujeres, una por cada década contando desde los treinta, —casualidades de la vida—, en orden alfabético y ascendente. Las señoras Adolfa y Balbina, las más antiguas, vigilaban la entrada a ambos lados del hall. En la primera planta, Cayetana y Domi compartían piso por temporadas: primavera y verano en casa de la primera, y otoño e invierno en la de la segunda. Y en la última planta estábamos Eli y yo. Éramos una pequeña familia, un matriarcado en el que, por años, nos turnábamos la presidencia de la comunidad más como una hobby que como una obligación. Aunque tuviéramos nuestros más y nuestros menos, la simbiosis era perfecta.
Pero esta historia no es la mía, tampoco la de mis vecinas de los pisos inferiores, aunque entre todas ellas daban para una novela de varios tomos. No, esta que os voy a contar es la de Eli.
Eli, de Elicia, detestaba corregir a los de Correos cuando le traían un certificado, aunque más detestaba su nombre. Siempre coincidíamos a primera hora, cuando yo salía a trabajar y ella sacaba de paseo a su bichón maltés, Magnum. Todavía me pregunto qué clase de nombre era ese. Cada vez que lo llamaba, me la imaginaba sujetando las patas traseras de su perro como si fuera el palito de madera, lamiéndolo, la boca llena de pelos. Me da repelús solo recordarlo.
Era una mujer normal, de cuarenta y pocos. No trabajaba. Ninguna sabíamos de dónde sacaba el dinero para permitirse tantos lujos como se daba. Las señoras Adolfa y Balbina tenían la teoría de que era alguna rica heredera que quería pasar desapercibida; sin embargo, Cayetana y Domi se decantaban más por el puterío. A mí, la verdad, siempre me dio igual. Eli era generosa e inteligente, sabía bien a quién y cuándo hacer favores, y siempre correspondía cuando se los hacíamos.
Pero esta historia que os voy a contar tampoco va sobre su vida, al menos no de toda ella; esta que os voy a contar es la de la afición de Eli.
Eli, de Elicia, estaba tres veces divorciada. Las relaciones estables no eran su fuerte. Estaba desencantada del amor; cada vez que me veía entrar a casa con Héctor, mi novio de entonces, sonreía levemente mientras meneaba despacio la cabeza de un lado a otro. Después de cada discusión con él, iba a verla buscando un hombro en el que llorar y siempre me decía: «No te fíes de los hombres, ellos solo quieren una cosa y cuando se cansan de ti, la buscan en otro lado». En una de esas visitas me llamó la atención una vitrina de cristal donde lucían miniaturas de los perfumes más conocidos. En otra, me fijé en la colección de muñecas de porcelana que descansaba sobre varios estantes de la salita de estar. En la siguiente, sobre la repisa del baño, pude contar al menos cincuenta piedras distintas, todas del mismo tamaño. Sí, Héctor y yo discutíamos a menudo, tanto como coleccionables tenía Eli.
—Te gusta coleccionar cosas, ¿verdad?
—Sí, es mi hobby favorito. Algún día te enseñaré mi colección de llaves y la de collares de perro, una lástima que los hicieran tan grandes, si fueran un poco más pequeños le podría haber puesto uno distinto cada día durante tres meses a mi Magnum —dijo besando amorosamente a su chucho.
Mi vecina era peculiar, pero más lo era la última afición que le conocí: coleccionar amantes. No lo hacía en plan peliculero, era «algo práctico» como a ella le gustaba decir.
Todo empezó el día que se dio la última oportunidad con Cupido; se registró en una de esas web de contactos y conoció a su primer fascículo: Adrián. El muchacho, de mi quinta, se presentaba como alguien discreto y maduro. Después de llevarla a cenar a un burguer, ella le invitó a tomar una copa en su piso (casi mejor que le hubiera puesto un Cola-Cao). Follaron toda la noche, lo sé no porque les oyera sino porque Magnum aullaba a la vez que ellos se dejaban llevar por la pasión. Obviamente no funcionó, ella necesitaba algo más que una hamburguesa y un buen polvo para ser feliz, así que volvió a intentarlo.
El siguiente fascículo vino en italiano. Marco, peluquero y esteticista, prometía embellecer y llenar de color su vida, pero lo único que sacó fue un corte de pelo pasado de moda y unas mechas que no le favorecían nada. Eso sí, volví a aguantar los aullidos del dichoso can una noche más. «A la tercera va la vencida», me dijo cuando nos encontramos una mañana en el rellano. La primavera le trajo a sus brazos a Miguel Ángel, un adonis despampanante que podía sacarte un ojo con el pezón si te acercabas demasiado. Con este repitió un par de noches... Y seguidas... ¡Dichoso Magnum, no se quedó afónico ni con esas! Pero tampoco terminó de convencerla.
A todo esto, las señoras Adolfa y Balbina empezaban a creer en la teoría de las vecinas del segundo, y Cayetana y Domi a envidiarla cada día un poco más. A mí siguió dándome lo mismo lo que hiciera con su vida, lo único que me fastidiaba de aquello era la serenata que daba su perro cada noche de pasión.
Eli empezó a cogerle un gustillo a aquello y decidió coleccionar amantes. Había noches en que las entregas venían por pares; recuerdo una ocasión en la que me presentó a dos gemelos, no recuerdo los nombres. Altos y guapos, —como todos los números de su colección—, trajeados, ambos con gafas de pasta (el mismo modelo en distinto color) que les hacía más interesantes. La noche en la que montaron el trío gritaron el nombre de algún santo cada vez que se corrían, y os juro que recitaron casi todo el santoral.
Cada dos semanas llegaba una nueva entrega. Lo tenía todo calculado: siete días para entablar amistad, tres para intimar por escrito, dos para la relación por teléfono, uno para conocerse en persona y el último para follar. Solo repetía cuando era fin de semana, supongo que para no quedarse sin plan. Nunca había cine ni escapada romántica, y Eli parecía no tener hartura. Después de un par de meses, Magnum cambió su banda sonora por atronadores ronquidos; aún me pregunto cómo podía un perro tan pequeño resoplar con tanta fuerza.
Todo cambió el día que llegó un fascículo especial, de esos que vienen en todos los coleccionables con algún regalo, los que suponen lanzarse hasta el final o abandonar. Conoció a Adela en un chat. Las dos tenían parte de su pasado en común, principalmente los tres ex. No se cumplieron los plazos de rigor dado que mi vecina entendió aquella relación como una bonita amistad. Una noche, después de una visita al Prado, de ir al cine  y unas cañas por la Latina, se fueron a casa de Eli con intención de tomarse la última copa. Estaban intentando meter la llave en la cerradura con la risa tonta del que ha bebido un poco de más cuando yo salía a echar la basura. Reconocí su risa al instante. Imaginaos la escena: ellas vestidas de fiesta con taconazos y yo en pijama y zapatillas de andar por casa.
—¿Adela, eres tú?
—¡Prima! —dijo mientras se agachaba para abrazarme.
—¿Os conocéis? —preguntó sorprendida Eli.
—Sí, es mi primita. ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos? —Adela contaba con los dedos meses, años.
—Muchos... Ni se te ocurra hacerle daño —susurré mientras lanzaba una mirada inquisitoria a mi vecina.
Eli me lanzó un beso, agarró a mi prima del brazo sin dejar que nos despidiéramos y subieron a trompicones las dos plantas. Aquella noche no se oyó nada, ni siquiera al perro.
Nunca más volví a ver entrar a un hombre en casa de Eli. Acabó su colección de amantes después de casi un año de entregas.
¿Queréis saber qué pasó con el último fascículo? Tendréis que preguntárselo a ella. Si os interesa, alquilo mi piso, es un segundo sin ascensor, tres dormitorios, baño, cocina y comedor, con calefacción central. Totalmente reformado. El barrio es muy tranquilo, tiene zona ajardinada y está muy bien comunicado con el centro. Lo mejor: las vistas y mis vecinas. La única condición: es solo para treintañeras cuyo nombre empiece por «F».

martes, 24 de febrero de 2015

¿Error?

—Quiero que te lo lleves de aquí, no lo aguanto, estoy harta de él... —se quejó mamá dirigiéndose a papá.
No entendí porqué, Bobby es un perro obediente y cariñoso.
—Estás exagerando —dijo él mirando hacia nosotros.
—Tú decides, él o yo.
Esa misma tarde papá y yo fuimos a cazar al campo. Dimos un largo paseo. Jugábamos al escondite cuando papá vio un conejo escondido en unas matas, preparó la escopeta y dijo con una voz triste: «Es el momento».
Estoy desendo ver la cara de sorpresa de mamá cuando vea aparecer en casa a papá y a Bobby...

Siete palabras

«Te odio, te odio, te odio... Adiós». Bastaron únicamente siete palabras como puñaladas certeras.
Al día siguiente encontraron el cuerpo del hombre sobre un charco de sangre y una pluma estilográfica clavada en el corazón.

viernes, 9 de enero de 2015

Tropieza con la misma piedra

Levantarte y huir. Ese pensamiento te persigue a menudo, ¿qué piensas hacer? «Caminar». Tropiezas una vez más contigo misma, no tienes a dónde ir. Miras a tu alrededor. Tu habitación en penumbra, tu ropa tirada sobre el sillón y tú... descansas sobre la cama. Cada noche lo mismo. Pero hoy, hoy te sientes liviana. Caminas despacio, no quieres despertar al hombre. Te miras al espejo. «¿Esa soy yo?», te preguntas en silencio. Lloras. La rabia intenta apoderarse de ti, pero la realidad es más grande. Vuelves al lecho sabiendo que no hay escapatoria, pero esta vez no recuperas tu forma.
Hoy sí, hoy eres libre al fin. Ya no tropezarás más con la misma piedra: la muerte vino a buscarte.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Indigestión

Su boca, dientes de ajo, despiden el hedor de la miseria al hablar. Sus palabras atraviesan mis oídos como pequeños alfileres retorciéndose en mis conductos auditivos. Y trato de tragarlas... Metal empobrecido llega hasta mi estómago. Me espera una larga digestión.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Inquietudes

Laura tenía inquietudes como cualquier chica de su edad, pero tenía una extraña costumbre a la que los suyos no terminaban de acostumbrarse: gustaba de consultar las esquelas. Cada día desde hacía años, primero a la vuelta del colegio y más tarde del instituto, examinaba las defunciones. Si sus tareas se lo permitían, se acercaba al tanatorio y se daba una vuelta entre los amigos y familiares del fallecido, observando sus caras, sus gestos, sus comentarios. Buscaba algo o alguien, aún no lo tenía claro.
Tampoco sabían que esa «inquietud» le había llevado a experimentar con la muerte. Con apenas ocho años arrojó al gatito de su hermana desde el balcón de su piso, un noveno. Justo en el momento en el que el animal iniciaba el vuelo, Laura corrió hacia el ascensor con la estúpida idea de que llegaría a tiempo al último estertor del desgraciado, pero no fue así. Primer intento fallido. Aquel «accidente» pasó desapercibido en casa. Después vinieron pequeños experimentos con insectos que se le antojaron triviales para la Parca. A los doce por fin tuvo su primer contacto; con su abuelo en cama, muy grave, le dejaron despedirse. Ella, fingiéndose compungida, se acercó al moribundo y le susurró al oído cosas terribles, tanto que no me atrevo a repetirlas. El hombre, que no podía pronunciar palabra, tomó la mano de la muchacha con firmeza, como queriendo llevársela con él al otro mundo. Laura empezó a chillar. Sus padres trataron de que el abuelo la soltara, pero la tenía fuertemente agarrada. El forcejeo duró solo unos segundos. De pronto, el silencio. Se sintió satisfecha al notar cómo el frío pasaba hasta sus dedos. «Cariño, el abuelo ha muerto», sentenció su padre. Lloró, era lo más adecuado. Después sintió rabia, no encontró lo que esperaba; tampoco en el tanatorio.
A Laura le gustaban las despedidas, pero más aún las bienvenidas; estaba deseando saludar a la muerte.

jueves, 24 de julio de 2014

La próxima parada

Resultas ridículo. ¿No te das cuenta de que estás asustando a la gente? Tus pasos torpes, tu mirada perdida, vas haciéndote hueco a golpes. Acabarás llamando la atención de los agentes.
¿Y ahora por qué te detienes? Sí, mírate en el escaparate, ¿qué ves? Sólo encuentro a un perdedor y no soy yo.
—¡Déjame en paz! —me gritas.
Reanudas tu marcha sin rumbo fijo. Aceleras el paso, pero lo único que consigues es que tu jadeo resulte grosero. Te golpearía sin dudarlo. ¡Reacciona de una vez! Caes al suelo —recuerda, yo no he sido—, te quedas de rodillas en medio del río humano. Enseguida se hace un hueco a tu alrededor, eres como la peste. ¿Lloras?
Eres un despojo, ¿por qué me fijaría en ti? Me has engañado completamente. Desde el primer instante me quedé prendada de ese cuerpo de Adonis perfectamente esculpido, de esa candidez que desprendían tu mirada y tu sonrisa, y tus manos… ¡Oh, Dios! ¡Esas manos que escribían poesía sobre el cuerpo de tu novia! Lo dejaste todo por mí, la dejaste a ella a pesar de tener planes de boda. No te creía tan imbécil. Pero esa fue tu decisión, dejarte llevar por el deseo, por la ambición. Jamás te prometí nada que no estuviera a tu alcance, pero te empeñaste en complicar la relación…
—¡Cállate de una vez! ¡Me vas a volver loco! —me recriminas.
Te apoyas en el carrito de un niño para levantar tu estupidez. La mujer grita asustada, se habrá pensado que vas a hacerle algo al pequeño, ¿o lo has hecho? Te acusa de haberle robado el caramelo, una piruleta. ¡Ja, no me lo puede creer! Yo no, pero los demás te siguen con mirada acusatoria, alguno hasta se ha atrevido a insultarte. Vuélvete, ¿no me ves? Lo reconozco, he sido yo, pero creerte culpable me da placer.
¡Corre! ¡Vamos, corre! ¡No pares hasta llegar al cementerio!
—¡Ayuda! —¡Socorro! —solicitas hacia un público que ya no se digna en escucharte.
Estás solo. Quizá deberías mirar dónde pisas. Tropiezas, Vuelves a caer de nuevo golpeándote con un banco de piedra. Te lo dije. Te encoges, posición fetal. Gimoteas como un niño. ¿Qué haces?
—¡Déjame en paz, por favor! —me ruegas.
¿Dejarte? Nada me gustaría más que eso…
Han pasado varias horas. Te quedaste dormido. Ni siquiera notaste la sangre tibia cayendo por tu ceja, te heriste. Un grupo de niños te observa. Uno de ellos saca la pistola de agua y comienza a dispararte. Te espabilas. Tratas de alejarlos haciendo aspavientos. Resulta cómico. Los chicos se van corriendo cuando ven tu cara desencajada. «¡Loco, mamarracho!», gritan mientras se alejan.
Vámonos a casa, anda. Me avergüenzas.
—Me rindo —afirmas quejumbroso.
En el portal te cuesta meter la llave, ¿sigues desorientado? Te ayudaría, pero prefieres evitarme, hacer como que no estoy. Sabes que no te servirá de nada. Subes por las escaleras. Seis plantas. ¿No estás suficientemente cansado? Yo iré en el ascensor, te espero arriba. Sé que no escaparás, ya no tienes fuerzas ni para eso. Déjame que abra.
—¿Por qué no te vas de una vez? —preguntas a pesar de conocer la respuesta.
En un arranque, entras corriendo y tratas de dejarme fuera, casi lo consigues. Tú mismo frenas el cierre con el pie, además te has hecho daño. Disculpa que me ría… Te quejas. En el pasillo te descalzas y te quitas el calcetín para ver si te has hecho algo. ¿No cierras? Me arrojas el zapato cabreado, con todas tus fuerzas. Lo esquivo fácilmente. Has conseguido alcanzar la puerta, ahora se ha quedado entornada. Tú mismo.
Te diriges al baño. Te desnudas. Adoro tu cuerpo. Buscas algo en el mueble, mientras me acerco sigilosamente, no quiero que vuelvas a apartarme de tu lado. Puedo percibir tu hedor, mezcla de sudor y sangre, pero me atraes igualmente. Te abrazo desde atrás para que puedas sentir mi calor. Llevo mis manos a tu sexo, no tarda reaccionar. Miras al espejo, la ceja se te ha hinchado, apenas ver por tu ojo izquierdo. No puedes verme, sigo detrás de ti.
—Porqué me haces esto…
Porque te deseo, así de simple.
Vacías el frasco de pastillas y las tragas sin masticar. Abres el grifo y bebes agua con ansiedad. Vas al dormitorio y te tumbas en la cama, boca arriba. Tu erección continúa, aparentemente es la única parte de tu cuerpo que responde a mis caricias. Cariño, dime que me quieres.
—Estoy tan cansado…
Vamos, dímelo. Me desnudo despacio. La escasa luz que proviene de la calle nos da la intimidad necesaria. Miro el despertador: las diez y media. Deja que te ame una última vez, después me iré para siempre. Suspiras. Me coloco sobre ti, a rítmicos movimientos conseguimos acompasar nuestra respiración. Ahora somos uno. Te dejas hacer, no tienes ganas de nada, pero yo te deseo ardientemente. Mordisqueo tus pezones. Sueltas un quejido leve, apenas perceptible. Lamo tu cuerpo hasta llegar de nuevo a tu verga, pero esta vez no despierta. Así no hay forma, no das la talla como amante.
Me aparto y me siento en la esquina de la cama, mirando hacia la ventana. Fumo. El humo se colorea con el neón recién encendido del restaurante chino. Puedo sentir cómo tu respiración se va haciendo más lenta, más pausada. En la silla pegada a la cristalera están tus prismáticos. ¿Aún sigues espiando a tu vecinita? Eres un cerdo. Tomo asiento y ajusto la lente. Allí está. Quince años desnudos, Una Venus en plena pubertad descubriendo su cuerpo. ¡Oh, dioses, cómo os adoro! Se mira en el espejo, repasa sus senos impacientes, los aprieta uno junto a otro. Su cadera, su viente estrecho me llaman a gritos. Se sienta sobre el colchón y acaricia sus partes, se prepara para el placer. Mi cuerpo vuelve a despertarse. Busco el caramelo que robé a tu costa y lo chupo ansiosamente pensando en ella. Creo que le haré una visita.
Me levanto y me visto impaciente. Cariño, me esperan al otro lado de la calle. Oigo crujir la puerta, alguien entra.
—Fran, ¿estás en casa? —es tu ex.
Déjame que te bese antes del último estertor. Escapo con cuidado de no ser descubierta. Desde la puerta puedo oír el grito desgarrado de la mujer.
Fue bonito mientras duró.

miércoles, 23 de julio de 2014

Corazón verde

Llevaba días sin poder dormir bien y cuando al fin conseguía descansar un rato, tenía pesadillas. Cada noche, en el plazo de pocas horas, todo mi mundo se desmoronaba. Los sueños eran tan vívidos que me devolvían al insomnio, encontrando alivio en mis ojeras. Los días se hacían largos y pesados, el cansancio empezaba a hacer mella, pero el miedo a caer en los brazos de Morfeo, aparentemente cabreado conmigo, era mayor que el de sobrevivir a mis propios delirios.
Anoche soñé que caminaba huyendo de la tormenta cuando un pequeño rayo de luz me atravesó, entonces me di cuenta de que era de cristal. El miedo me hizo volver a la obscuridad que traían la lluvia y el viento (podía oír el aire golpeando la persiana de mi dormitorio). Inevitablemente, empecé a resquebrajarme a cada paso que daba; traté de permanecer inmóvil (pude sentir mi cuerpo rígido contra el colchón). Mis pies empezaron a desintegrarse, esquirlas transparentes flotaban a mi alrededor (mientras un dolor agudo subía por mis piernas). Un remolino de hojas jugó con mi pelo deshaciendo la melena; una de ellas, la más astuta, vino a clavarse en mi pecho (llevé rápidamente mi mano derecha al corazón para protegerlo, pero no pude hacer nada). Ella puso fin al sueño; me atravesó haciéndome estallar en ínfimos pedazos…
Desperté. Estaba completa, en mi cama. El dolor había desaparecido. Mis pies estaban donde siempre, como mi trenza despeinada. Aparté mi mano del pecho y abrí el puño. En la palma tenía un trozo de cristal clavado. Al arrancarlo no brotó sangre sino un líquido espeso, casi transparente, era savia.