viernes, 1 de mayo de 1998

Muerte de un filósofo

No quería recibir más llamadas... Enchufó el contestador y se volvió a recostar en el sofá. No pasaron ni cinco minutos cuando volvió a sonar de nuevo el teléfono, pero no se movió, esperó a que la
tecnología hiciera su función.
―Aída, soy mamá; entiendo que no quieras coger el teléfono, pero, vamos, nena. Los niños no hacen más que preguntar por ti. Vamos, niña, comprendo tu dolor, pero hay que sobreponerse, tienes un trabajo y unos hijos que atender y sabes que nosotros estamos aquí para lo que necesites...
Su madre seguía hablando y ella escuchando, y a cada cosa que decía provocaba más el llanto y la amargura de Aída... Nadie podía entender lo que ella estaba pasando, nadie. Ni por mucho apoyo, ni por muchas llamadas; nadie iba a conseguir que se sintiera mejor.
De pronto se levantó y en un ataque de locura llegó a la idea de que ella haría lo mismo, cogería lo primero que encontrara y acabaría con su vida. Creyendo ver su futuro fuera de su cuerpo, se aseguraba de que su madre cuidaría de sus hijos y que en el trabajo todos la echarían de menos durante una semana, quizá dos, pero luego encontrarían a otra que la sustituiría. Y sus hijos... Sus hijos la perdonarían, la entenderían.
Iba acumulando ideas locas que le hacían perder la razón por momentos. De pronto empezó a golpear los muebles, a tirar todo lo que se encontraba a su paso al suelo... Y cuando hubo acabado de destrozar el interior del salón, deshecha ya y sin fuerzas, se dejó caer al suelo. Agarró su pelo con las dos manos y volvió a llorar. Ni ella misma entendía lo que hacía o pensaba. No hacía más que repetirse que no sería tan cobarde como él, que no acabaría con su vida sin tener en cuenta todo lo que tenía, lo que le rodeaba, lo que la hacía feliz.
Se levantó y lentamente se dirigió al despacho. Sabía que allí estaba la pistola con la que su marido había acabado con su vida. Quería saber porqué, qué motivos tenía para hacer lo que hizo. Pensaba recrear la situación: colocarse la pistola en la boca y si en un momento de distracción se disparaba... ¡Dios! Se estaba volviendo loca...
Al llegar cerró la puerta por dentro con cerrojo. Se sentó en el sillón de su marido y encendió la lámpara del escritorio. Después de intentar despejar la cabeza y algo más tranquila, con la parsimonia de quien cree saber lo que está haciendo, abrió los cajones y empezó a buscar el arma. La encontró en el tercer cajón, sin llave, con facilidad; y debajo de ella, unas notas en las cuales ponía: «Para Aída». Primero sacó la pistola y la colocó con cuidado en frente suyo y en dirección al corazón y después sacó las notas. Sabía que su marido escribía día y noche. Vivía obsesionado con la idea de escribir un libro que tratara del ser humano y todo lo que le hacía feliz, quería convertirse en el primer escritor que descubriera cuáles era las máximas de la felicidad.
Aída empezó a recordar a su marido, cuando hablaba de este tema: recordaba que le hacía reír con sus sueños de llegar al «culmen» de la felicidad y cómo esto influía en su personalidad; recordaba con qué entusiasmo hablaba de ello, quería hacer partícipe a todo aquel que conocía de su idea, de esa felicidad inalcanzable que para él era real y se podía llegar a tocar en algún momento.
Acercó la lámpara a los folios y comenzó a leer: «Dedicado a mi mujer Aída, a la que quiero más que a mi propia vida y por ser la persona que más me ha apoyado todos estos años y ayudado a elaborar este tratado sobre la idea de la felicidad».
Esto le extrañó mucho porque no recordaba que nunca le hubiera dictado o él le hubiera preguntado lo que opinaba sobre alguno de estos factores que había inventado para llegar a ese abstracto tan deseado. Continuó. «Desde muy joven y debido a la mala vida que pasé, he vivido obsesionado con la idea de la felicidad. Todos creemos ser felices en el día de nuestro cumpleaños o con el nacimiento de nuestro primer hijo... Pero nos equivocamos, esa felicidad no es plena, solamente complementa uno de los puntos que yo, como filósofo que soy, he llegado a encontrar en lo más profundo de mi psique y creo poder aplicar al ser humanos en general.
Así, que tras esta pequeña introducción, doy paso a la explicación de mi nuevo plan en cuanto a filosofía se refiere, un sistema, un tratado nuevo que revelará a los más sabios el secreto de la felicidad...»
Aída empezó a creer que estaba loco. Por un momento dejó de leer, creía haber encontrado la razón del suicidio de su marido... la locura. Entre risas de asombro y sollozos se levantó de la mesa con un aire de enfado. ¿Cómo era posible que alguien como él, tan normal en su trabajo, con su familia, en su casa, hubiera llegado hasta el punto de la locura? No era posible. En cierto modo se estaba enfadando con quien ya no podía discutir y empezó a pensar que a lo mejor ella había tenido la culpa de su estado, pero ¿cómo? Ella siempre estaba ahí cuando la necesitaba, fue una buena esposa, una buena amiga, una buena... No, no era posible aquello, no lo entendía, eso no podía ser. Tanto empezó a obsesionarle la idea que cogió los folios de la mesa y los tiró al suelo con fuerza creando un desorden completo en la habitación.
Sentada en el suelo y con poca luz volvió a leer de nuevo: «El secreto de la felicidad, entendida como una felicidad plena, ese sueño inalcanzable por todos, y al igual, tan deseado, tiene solución y explicación, lo único que hay que hacer es tener fe en uno mismo.
La felicidad se puede dividir en factores. Estos serían cada una de las causas que al ser humano hace ser feliz:
* Por un lado tenemos el «aire», que se podría interpretar como la idea del Amor.
* En segundo lugar, encontramos la «tierra», intrepretándose ésta por el Trabajo.
* En tercer lugar, el «agua», como las Amistades.
* Y, por último, el «fuego», que sería la Familia.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que «el orden de los factores no altera el producto», así cada cual podría ordenarlos según su criterio de importancia».
Aída siguió leyendo las páginas siguientes en las que hacía numerosas alusiones a todos sus filósofos favoritos. Hasta que llegó a la conclusión: «Cuál es el momento en el que se alcanza la felicidad plena».
«Para acabar este tratado sobre la felicidad, me queda descubrir el secreto de cómo alcanzarla y, claro está, que depende de los factores al principio mencionados.
Bien, empecemos por recordar el movimiento del péndulo que en este caso es importante tener presente, y es que éste va de un extremo a otro. La explicación a este fenómeno es la existencia plena de todos los factores, lo que sería la felicidad en su perfección; y la ausencia de todos los factores, que llevaría con toda seguridad a la locura y, en última instancia, al suicidio...»
Aída dejó el folio sobre la mesa. Por un momento quedó muda, pálida, pensativa. «Suicidio» o «locura», de todos modos es compatible. Está mal redactado, sería: «locura y/o suicidio».
«Existe una explicación racional para todos los niveles de felicidad. Así, si contamos con la presencia de nuestra vida de todos los factores mencionados, significaría que hemos alcanzado la felicidad perfecta.
La falta de un factor nos puede provocar tristeza o malestar anímico; así, como el término medio, 2 y 2, se podría traducir en un equilibrio mental y nos indica que todavía podemos llegar a la felicidad, pero con algo más de trabajo.
La falta de tres factores puede provocarnos crisis nerviosas o similares. Debemos tener mucha fuerza para poder superar esta situación tan difícil para no caer en la última etapa.
A la falta de éstos, se aconseja visitar a un médico especializado si aún se tienen esperanzas de tocar la felicidad, pero si no se tiene la capacidad suficiente para superarlo podría llegar incluso al suicidio.
En conclusión, la felicidad depende de los factores que hay presentes y la fortaleza de las personas ante los distintos niveles».
Acabó de leer el «apunte sobre la felicidad» de su marido mirando asombrada cada una de las ideas expuestas. En cierto modo se podría entender como algo lógico. Quizás algo mejor redactado hubiera llegado a ser un auténtico tratado filosófico, pero su marido nunca fue un lumbreras. Tenía lógica, lo entendía; en cierto modo lo que explicaba en sus escritos podía ser real, pero ¿qué motivos tenía él? Empezó a darle vueltas a la cabeza pensando que, si el suicidio era lo que quedaba cuando no se daba ninguno de los factores, ella tenía que ver en eso. Pero no era normal, eran felices, vivían bien. ¿Por qué? Se convencía de que ella era la culpable, de que quizá él era infeliz y después de tanto tiempo juntos no se había dado cuenta. No lo entendía.
Empezó a llorar de nuevo. Cogió la pistola y temblando se la colocó en la boca. Temblaba. En su cabeza se mezclaban los sentimientos de culpabilidad y las ganas de vivir... No sabía qué hacer. De pronto, apretó el gatillo...
Había cerrado los ojos y todavía caían lágrimas sobre los folios. Cuando los abrió respiraba jadeando, quizá por el miedo. Había sido capaz de disparar con tan buena fortuna que el arma estaba descargada. La dejó caer en el suelo. Estaba destrozada. Pero eso no impidió que se levantara a buscar las balas; si había sido capaz de apretar el gatillo una vez, sería capaz de hacerlo otra. Abrió los cajones y donde había encontrado la pistola, al fondo del cajón, había una caja donde su marido las guardaba. Cargó el arma, pero al intentar meter la segunda carga esta cayó sobre el último folio.
Antes de acabar con su vida, como si de una última oportunidad se tratara, buscó el final: «Aída, no creas que mi muerte es debida a la falta de los factores que forman la felicidad, no; yo soy feliz. Tengo la mejor esposa del mundo, te quiero, te quiero más de lo que he querido mi vida; a los niños también, son parte importante de mí. Y mi trabajo es perfecto y mis amigos... Todo, y es que he llegado a ese culmen, he tocado la felicidad justo esta tarde, en este momento en que lo escribo y me doy cuenta de que lo tengo todo, por tanto no quiero perderlo nunca. Si he decidido acabar con mi vida es porque quiero conservar este momento, esta felicidad tan real para siempre, y no me basta con unas pocas fotos o unos folios bien escritos; necesito acabar como empecé: con la ingenuidad de un bebé recién nacido y esa felicidad innata que lleva dentro, así me siento...
Aída, te quiero».
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