jueves, 28 de noviembre de 2013

La ceguera

Desde pequeña tenía la manía de cerrar los ojos con todas mis fuerzas cuando me encontraba en una absoluta obscuridad por miedo a encontrar algo inesperado. Solo los abría cuando tenía la seguridad de que había luz, cuando intuía claridad al otro lado. Todo ha cambiado esta noche. Me he levantado alertada por los ladridos del perro. He salido del dormitorio sin encender. He oído pasos al final del pasillo. Asustada, me he ocultado en la negrura de mi ceguera voluntaria. Al poco tiempo, con los ojos bien cerrados, he recuperado la vista. Alguien me espera al final del túnel.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Hoja en blanco

Después de leer durante varias horas, tengo claras varias cosas:
No, un microrrelato no es una secuencia de palabras bonitas escritas en prosa poética. Sí, yo también soy aficionada a esta composición absurda. No, no pienso volver a caer en la trampa de buscar la palabra adecuada.
¡Madre mía! He leído una y otra vez la misma historia con distinto traje: él, que se va; ella, que se desengaña; y, cualquiera de los dos muertos. Al final siempre es lo mismo. Sí, es cierto que la muerte es uno de los grandes temas literarios, pero ¿por qué no hablar de la vida? ¿Tan difícil es? ¡Claro, es más fácil sacarnos los trapos sucios! Y obviamente, más divertido. Pero creo que un final feliz de vez en cuando viene bien para coger el sueño.
Cómo detesto que los escritores desprecien su nombre. ¡Señores, González, López, Rodríguez… del mundo! ¡Poseen una tilde, hagan uso de ella! Y qué decir de las erratas, las faltas de ortografía y de gramática. Sí, yo también las cometo, pero es más por escribir deprisa que por desconocimiento. No, no pienso pasar ni una, ni siquiera de las mías, pero es que hay algunas que dañan la vista y ya soy bastante miope.
Y qué decir de las dichosas metáforas… Algunas son espesas como mi puré de patata, difíciles de digerir. ¿No sería más sencillo recurrir a expresiones sencillas? Sí, lo reconozco, yo también me paso en ocasiones. No, procuraré no volver a abusar de ellas. Mi profesor de novela me dijo en más de una ocasión que hay que huir de lo falsamente literario. ¡Es tan complicado! ¡Algunas frases quedan tan lindas! Pero… Seamos francos, para gustos los colores. Sí, es una frase hecha, de esas de las que deberíamos desprendernos como si fueran la peste porque tanta, taaaanta repetición ya cansa. ¿Acaso no existen formas nuevas para describir lo viejo? Señores escritores, hagamos todos un esfuerzo.
He de reconocerlo: no todo lo leído ha sido absurdo. Algunas líneas han merecido la pena. Aquellas que me han sacado una sonrisa o que me han hecho pensar en algo de mi pasado. Sí, es cierto, salvo algunos textos, pero qué sensación tan triste me queda al pensar que de cientos solo valen un par. Me preocupa ciertamente repasar todos mis escritos y descubrir que la mayoría de ellos puedan ser basura.
En resumen: la vida comienza desde que nos engendran hasta que exhalamos nuestro último aliento, la muerte no es más que el final de la vida, el amor es solo un cambio químico, como la tristeza o la alegría; sí, nos dejarán mil veces, tantas como lo haremos nosotros y sufriremos, sufriremos otro cambio químico… Resumiendo mi resumen: escritores, sigamos en el empeño de transformar en sentimientos esos cambios químicos, pero, por favor, aportemos algo más de originalidad.
¡Ahora me siento como un sarmiento, seco y flaco! Oigan, también tengo sentimientos y una necesidad fuerte de plasmarlos. ¡Quién tiene miedo ahora a la hoja en blanco!

martes, 19 de noviembre de 2013

Había algo más en la habitación, algo más que obscuridad y silencio, pero el miedo me impedía descubrirlo. Noche tras noche, traté de engañarme colocando velas encendidas y dejando la persiana subida algunos centímetros, pero cuando la cera se acababa derritiendo y la noche caía cerrada, volvía la misma sensación. No, no estaba sola, lo sé. Quizá fuera mi sombra que, desembaránzose de mis talones, intentaba despedirse. Quizá fuera mi vida que, expectante, esperaba el nuevo día.
Una mañana, cuando la primera luz del alba asomaba por el hueco de la ventana, abrí tímidamente los ojos. Aún tapada con la manta, estúpido escudo, sin mover ni un sólo músculo, oteé a mi alrededor. Sus ojos me miraron fijamente y con una voz pedregosa dijo: «No, no estás sola».

Cuando me pierdas, lo perderás todo

De qué vale atesorar momentos, de qué guardar secretos bajo llave. No trates de repasar fotografías con caras sin nombre, ni ciudades que visitaste, ni siquiera el día que nació tu primer hijo. Porque lo perderás todo cuando pierdas la memoria. Lo perderás todo cuando la pierdan los tuyos. No serás más que un nombre en una lista, en una lápida fría.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La edad del olvido

Las palabras se fueron marchitando lentamente en su boca. Apenas recordaba el sabor del «amor», pero sí tenía muy presente el del «olvido». Se desenmarañó del sillón ajado que durante tantos años había consolado su cuerpo en interminables siestas y fue al baño. Allí, levantó su mirada gris y se observó en el espejo. La imagen borrosa fingía la juventud de antaño. Esperando un último milagro, alzó la mano en movimiento remiso y emborronó el vaho para descubrirse envejecido. Descubrió surcos sinuosos, manchas estratégicamente distribuidas y el pelo blanquecino coronando su cabeza. «Tu cara me suena, ¿nos conocemos de algo?»