miércoles, 28 de marzo de 2012

Lamparillas de tacón de noche

El piso, recién estrenado, con los muebles prácticamente de exposición y la pintura elegida de entre una amplia gama adaptándose perfectamente a la decoración elegida por la joven pareja, lucía perfecto hasta que llegaron ellas: las lamparillas de noche. El regalo de bodas de la prima segunda de Elena, Romi ―Ramona para la familia―, había llegado hacía un rato a través de Seur, perfectamente empaquetado, protegido por una gruesa capa de plástico de burbujas.
Luis y Elena abrieron, no sin cierta dificultad, el presente. Con cada vuelta de precinto, con cada pliego de periódico arrugado para ajustar los obsequios y el entretenimiento de explotar las burbujas en medio de la excitación del momento, sus expectativas iban creciendo. Craso error. Luis terminó de desembalar la segunda pieza y la dejó sobre la mesa del salón, junto a la otra. Ambos se miraron estupefactos y después se volvieron hacia las lamparillas sin mediar palabra.
Sobre cada base de madera se erguía una pierna con zapato de tacón negro y media de rejilla hasta llegar a la bombilla, y sobre ella, una desproporcionada pantalla amarillenta terminada en un adorno del que pendían pequeñas borlas negras.
―Esto... ¿Realmente piensas poner eso en el dormitorio? ―preguntó Luis aguantándose la risa.
Elena le miró con una expresión entre triste, de asco y decepción. No le hacía ninguna gracia el regalo, pero después de leer la carta que su prima Romi había incluído en el paquete, le sabía mal deshacerse de las lamparillas. En la misiva, decía que se habían acercado a la ciudad ella y su marido desde Moral de la Reina, donde vivían a cincuenta y siete kilómetros de Valladolid, para comprarlas, que le hacía ilusión que su primita del alma tuviera un detalle por su reciente enlace. Elena conocía bien el mal gusto de la mujer en cuanto a detalles, de hecho era famosa en el pueblo y alrededores por su indumentaria algo destartalada, rozando lo hortera. Pero ese «defectillo» poco importaba, lo compensaba con su inmensa simpatía y comprensión.
―¿Y bien?; ¿has pensado qué vamos a hacer con ellas? Tengo que bajar la basura, si quieres aprovecho el viaje.
―No digas eso, Luis. Seguramente habrán gastado una fortuna, conociendo a Ramona habrá ido a alguna tienda de diseño, y esas cosas siempre salen caras.
―¿Pero tú las has visto bien? ―insistió Luis.
―No vamos a tirarlas. Haremos sitio en el trastero.
―Siempre podemos decirles que se han roto en el transporte.
―Sí, claro, tal y como venían embaladas ni siquiera un terremoto las habría descalzado.
Elena se dejó caer sobre el sofá, chafada por la sorpresa que no había sido tan agradable como esperaba. Luis se sentó a su lado y trató de consolarla.
―Vamos, nena, no te preocupes. Siempre puedes pedirles el ticket y cambiarlas por algo que te guste más.
―¿Cómo vamos a hacer eso? No, no, las lamparillas se quedan, lo que no sé es dónde, la verdad.
Luis se levantó y se acercó con aire ceremonioso a la mesa. Empezó a jugar con las lámparas, cambiándolas de sitio, colocando las puntas de los zapatos hacia dentro y hacia afuera, probando todas las combinaciones posibles mientras acompañaba sus movimientos con un discurso absurdo y una voz ridícula. Consiguió arrancar las risas de su esposa. Ambos rieron.
―Probemos en el dormitorio, igual quedan bien ―dijo Elena a sabiendas de que no iban con la decoración de ningún rincón de su casa.
―¡Ni pensarlo! Si no las quieres tirar, van al trastero ahora mismo ―afirmó amarrando una «pierna-lámpara» con cada brazo.
La joven no le detuvo, era la única solución. Acompañó a su marido hasta la entrada y se despidió de ellas deseando que fuera para siempre. Justo cuando se cerraba la puerta del ascensor en dirección al «cuarto del olvido», como Luis llamaba al trastero, sonó el timbre del piso.
―¿Quién es? ―preguntó Elena con su voz dulce, casi tímida.
―¡Moza! Soy tu prima Romi ―dijo a voces.
―Y tu primo político, Ramón ―añadió su marido por detrás.
Elena se quedó paralizada. No supo qué decir ni qué hacer. Pensó en avisar a Luis, pero no había cogido el móvil; no tardaría en volver y, conociéndolo, llegaría haciendo algún chiste sobre las lamparillas.
―¿Elena?; ¿niña? Primica, ¿estás?
―Sí, sí... Dame... Dame un segundo, que acabo de salir de la ducha.
―¡Como si no te hubiera visto desnuda! ¿Quién te crees que limpiaba ese culo gordo cuando eras un bebé? ―la pareja que aún esperaba en la calle, rió al unísono.
Elena, instintivamente se miró las nalgas.
―Mi culo no es gordo ―dijo casi indignada. Pensó que dándole conversación concedería tiempo suficiente a su marido para volver a casa y buscar una solución.
―Mujer, no te ofendas, pero sabes que es bien cierto.
Se abrió la puerta del piso. Luis entró entre risas y encontró a Elena enganchada al telefonillo suplicándole silencio.
―¿Qué pasa? ―dijo susurrando.
―Mi prima Ramona y su esposo están abajo. Han venido de visita, comprobará cada espacio, buscará las lamparillas, querrá ver si su regalo ha llegado bien ―el tono apurado delataba su estado de nervios.
―Tranquila, tú dale cháchara; en cinco minutos estamos de vuelta las piernas y yo ―le giñó un ojo a Elena y salió de nuevo, apresurado.
El timbre volvió a sonar con una insistencia inquisitoria. Elena se subió las mangas de la camisa armándose de valor.
―Prima, anda, daros un paseito por aquí cerca. Ahí en la esquina hay un bar, podéis tomaros una cañita mientras termino de arreglarme.
―¡Pero Elena! ¿Qué me estás contando? Venimos desde el pueblo para veros. Anda, déjate de tonterías y abre la puerta, esperamos en el comedor hasta que estés preparada. ¿No está tu marido en casa? Anda, que vaya pieza, seguro que si vamos al bar nos lo encontramos allí jugando al dominó con los amigos, como si lo viera...
La mujer hablaba y hablaba sin parar, y Luis no llegaba. Habían pasado más de cinco minutos y no había rastro de él ni de las lamparillas de noche. No pudo mantener aquella situación por más tiempo, decidió abrir la puerta. «Subid», dijo sin añadir nada más asumiendo el terrible desenlace. Se volvió nerviosa, jugando con sus manos, colocando de nuevo las mangas de su camisa. Vio la caja y el profuso embalaje disperso por el suelo del comedor. «No hay escapatoria, verán los “restos” y preguntarán por las lamparillas», se dijo prácticamente en un lamento. No quería decepcionar a su prima, la quería mucho, fue ella quien la crió desde pequeña en el pueblo, quien la animó a trasladarse a la capital para iniciar sus estudios; sabía que le había dolido profundamente no haber podido asistir a su boda a causa de la enfermedad de su padre. Si no veía las lamparillas se llevaría un disgusto. «¿Dónde estará Luis? ¿Por qué no vuelve? Ya debería estar aquí».
Sonó el timbre de la puerta. Elena, decidida a enfrentarse a todo, se dirigió hacia ella, pero antes de llegar, Luis abrió. Le acompañaban Ramona, Ramón y las dos piernas, tal y como cuando se despidió de ellas. Su marido entró primero sin perder la sonrisa y volvió a guiñarle un ojo. Detrás de él, la visita, casi apresurada, accedió a la vivienda dejando un montón de bolsas en la entrada.
―¡Querida! ¡Estás guapísima! Ay, mi niña, ven aquí y dame un beso ―exclamó Romi agarrando a Elena y dándole un par de sonoros besos.
―Hola sobrina. Estás más gorda, ¿no? Te sienta bien el matrimonio ―dijo Ramón.
―¡Qué ilusión veros! ¿Cómo que habéis venido a Madrid? ¿Va todo bien? ¿Qué tal está el tío?
Mientras besaba y preguntaba a su prima por la familia, no perdía de vista a Luis que se entretenía en colocar las piernas sobre la chimenea, una a cada lado. Se alejaba un poco, se quedaba pensativo en plan interesante y volvía de nuevo a moverlas. Junto a él, Ramón observaba el ritual desde el sofá, donde ya se había acomodado.
―Tu Luisito es un niño encantador. Mira, nos lo hemos encontrado en el ascensor y hemos subido juntos. Me iba diciendo que os ha encantado el regalo. ¡No sabes la ilusión que nos hace! Que nada más desembalar las lamparillas, ha bajado al bar para enseñárselas a sus amigos. ―acercándose a Elena y hablando un poco más bajo añadió...― ¿No te decía yo que seguro que me lo encontraría allí?

jueves, 22 de marzo de 2012

Respirar primavera


0:12
«Espérame, espérame siempre.»
Aquellas palabras vertidas en tinta, tantas veces leídas, repasadas hasta el último detalle del baile ligero de la pluma que las dictó, eran ahora sus únicas compañeras. 

0:34
¿Se transformaría en el mismo papel ajado por el paso de los años? ¿Se dejaría atrapar por las sombras, por el silencio? Sentía temor pues desde hacía algún tiempo hasta su propia voz la había olvidado.
«Espérame, espérame siempre...»

0:57
Aquel día el cielo estaba despejado, el sol marcaba perfectamente la línea a seguir. La primavera había llegado plena inundando de vida los corazones y compartiendo su magia con quien la miraba de frente, pero ella ya no poseía la capacidad de transmitir ni era capaz de contagiarse de esos sentimientos. Perdió la esperanza y con ella su guía. Sabía que no había remedio, que él no volvería a su lado; quizá ni la recordaría y aquella idea... Aquélla la mataba en vida. Cada paso, lento y angustiado, la dirigían hacia el mirador desde el que cada tarde desde hacía mucho esperaba su regreso hasta que el día tocaba a su fin, hasta que la noche consumía su paciencia. Y releía...

2:07
«Espérame, espérame siempre.»
Cuánto más habría de aguardarle... Había dedicado una vida entera a un amor baldío, entregándose a él únicamente en sueños. Y «siempre», siempre tiene un desenlace inesperado.

2:31
«Te esperaría, te esperaría siempre si supiera que piensas volver. Pero cada segundo se hace eterno y el vacío es más grande que el tiempo que nos quedaría por compartir. Me rindo, no me queda aire en los recuerdos para mantenerte a mi lado, para mantenerme a tu espera...

2:56
... Te quiero, te querré siempre allá donde tu corazón descanse. No importa si es con otra porque sé que el amor que un día me entregaste será eterno, seguirá vivo mientras el papel conserve el aroma de tu cuerpo, la esencia de tus palabras dedicadas.» 

3:20
Hoy, por última vez, dejó caer las pocas lágrimas que conservaba brindándoselas por completo. Del bolsillo de su chaqueta sacó un papel marchito y recitó al viento los sentimientos que hasta entonces la habían tenido atada a aquel instante.

3:42
«Espérame, espérame siempre; esta vez te toca a ti, estés donde estés. Cambiaremos el turno en este aplazamiento de cariño, invertiremos los papeles sin importar si se hace efectivo el cambio. Ahora me toca vivir a mí pues mi tiempo se agota. Me libero de esta agonía pues ha llegado mi primavera. Ahora... Ahora me toca respirar para mí, por mí.»




miércoles, 21 de marzo de 2012

Los lamentos de la Alhambra

Cuenta la leyenda que cuando Boabdil, el último rey de Granada, salió de la ciudad hacia su exilio en las Alpujarras, volvió la cabeza y lloró mientras escuchaba a su madre, la sultana Aixa, pronunciar las siguientes palabras: «Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre».
Pero lo que pocos saben es que el triste destino de las concubinas del rey fue lo que dio origen al lamento de los gatos... Aquellas mujeres, nacidas y amadas en la Alhambra, se negaron a abandonar la ciudad palatina. Ante tal negativa, la reina Morayma, temerosa de que se incumplieran las capitulaciones firmadas con los cristianos, lanzó un encantamiento convirtiéndolas en gato con la firme promesa de que recuperarían su forma humana cuando Granada volviera a pertenecer a la dinastía nazarí. Desde entonces, cada noche las amantes del rey Boabdil lloran su marcha en largos lamentos felinos.


miércoles, 14 de marzo de 2012

La geometría de las palabras

Dime... ¿Se pueden estudiar los sentimientos, en propiedad y medida, cuando los expresamos en palabras?
No conozco fórmula que descifre la grandeza de los misterios que ocultas, no hay algoritmo que resuelva cada uno de tus pensamientos.
Quisiera hallar las coordenadas concretas de todas tus ideas, a cada momento; analizar matemáticamente la consecución de tus letras.
Anhelo el instante de considerarnos en un único plano, el nuestro, comprender el espacio que nos une y nos separa cuando dibujas lo eterno con tus versos.
Si toda la tinta que viertes en tus rimas tomara cuerpo, sería el tuyo, el más perfecto.

lunes, 12 de marzo de 2012

El recuerdo

No hay palabras de aliento para las despedidas inesperadas. Solo quedan los largos silencios, el necesario paso del tiempo, encontrar un hueco para dejar pasar aire límpido, tan necesario, que limpie la tristeza y disipe esos sentimientos.
Siempre quedará el recuerdo, siempre.

viernes, 9 de marzo de 2012

Mucolítico para los extraterrestres

―Buenos días doctor. ―El extraño hombrecillo saludó mientras accedía a la consulta y cerraba despacio la puerta asegurándose de que nadie afuera le seguía.
―Buenos días. Dígame, ¿qué le pasa? ―Dijo el médico sin dejar de mirar la pantalla de su ordenador.
―Hace un par de noches me abdujeron los extraterrestres. Estoy seguro de que estuvieron experimentando conmigo porque desde entonces no consigo conciliar el sueño.
El médico miró con asombro al paciente que, sentado de lado, casi encogido, y la mirada desencajada, se quedó completamente paralizado, mirándolo fijamente. Después de unos segundos de espeso silencio, decidió preguntar si tenía alguna prueba de aquello; en su informe fue haciendo anotaciones de una posible demencia.
―Y bien ¿Tiene alguna marca que demuestre tal afirmación?
El paciente se levantó de un salto y antes del segundo parpadeo ya estaba completamente desnudo tapando con las manos sus partes pudendas. El buen doctor volvió a sorprenderse ante tal reacción; se levantó despacio y se dirigió hacia el hombrecillo para examinarle.
―Yo le veo bastante bien, algo delgado, pero bien ―afirmó sin mucha convicción.
―Observe, ahí detrás ―señaló un par de lunares estratégicamente ubicados cada uno de ellos en el centro de cada nalga.― No solo eso, mire, aquí en la nuca tengo otra señal, en el pecho, en las rodillas, sobre las palmas de las manos...
Cada una de las pistas a las que se refería correspondían a marcas de nacimiento, pecas, manchas, cicatrices o lunares que, en perfecta simetría, tenía dispersos por su cuerpo.
―¿Algún síntoma más? ―Dijo el doctor volviendo a su asiento mientras miraba su reloj pensando en lo larga que se le estaba haciendo aquella mañana.
―Sí, la prueba definitiva: Creo que me han dejado preñado.
―¿¡Preñado!? ―Preguntó levantando la voz llevado por la sorpresa― Pero... Pero, ¿por qué piensa eso?
―Observe con atención. ―El hombrecillo se acercó a escasos centímetros de su cara, tomó ambas aletillas de la nariz con sus dedos índices y empujando hacia fuera le ofreció una vista clara y en primer plano del contenido de sus fosas nasales.― ¿Lo ve? ¿Ve como están ahí?
―Señor, lo que usted tiene en sus napias son unos mocos de kilo. Le recetaré un mucolítico y en unos días estará como nuevo. ―Mientras imprimía la receta, buscó la palabra «demencia» y a continuación añadió «resfriado y falta de sueño».
―¿Y qué hay de las marcas de mi abducción?
―Le daré un volante para el dermatólogo, él sabrá cómo solucionar su problema con los extraterrestres.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Entre dos tierras

Has insistido en venir el día que tu hijo y yo estrenábamos la cocina. Sabes de sobra que no soy buena cocinera, me he dedicado a estudiar y a trabajar desde que recuerdo. No tener una madre que me enseñara a guisar parece te reconforta y eso es cruel. Te has encargado de traer todos los ingredientes, hasta la sartén cuando aquí no falta de nada, si acaso sobra algo, eres tú. Pero me he preparado a conciencia, la tortilla de patatas hoy saldrá perfecta. Sé que no te sentirás orgullosa, ya me gustaría ver si tu hijo es capaz de hacerla, saber si eres mejor maestra que suegra.

Ni me has invitado a estrenar tu cocina ¡Menuda nuera! Yo a tu edad ya tenía tres hijos y preparaba todo un festín con cuatro patatas y poco más. Cómo no iba a llevar todo lo necesario, conociéndote seguro que no tienes ni cerillas. Y te empeñarás en hacer tú la tortilla, qué soberbia. No moveré ni un dedo, me quedaré allí, mirándote, y solo al final emitiré el veredicto que estoy segura no te será muy favorable. Mi hijo te ha elegido y dudo que sea por tus dotes culinarias. Tendré que pasarme a menudo para evitar que muera por desnutrición.

Las voces

Su vida se había vuelto tan ruinosa como el piso en el que vivía de alquiler. Las grietas, las humedades y los ruidos de los vecinos se habían convertido en sus únicos compañeros. No tenía horarios; desde que se quedó en paro hace unos meses había perdido la habilidad de organizarse. Descuidó su aseo personal y su novia lo abandonó el día que repitió calcetines por quinta vez. No encontraba motivos para seguir adelante. Después de consultar en Google la forma adecuada de suicidarse y dado los recursos de los que disponía, decidió optar por meter la cabeza en el horno y abrir el gas hasta que darse dormido.
El día no lo tenía decidido. Este lunes tenía que ir a fichar al paro, el martes pasaría el casero a cobrar el mes, el miércoles había partido de fútbol, el jueves le habían invitado a salir, el viernes dormiría la mona, el sábado siempre iba a comer a casa de su madre y el domingo... El domingo quizá, ese día no tenía compromiso alguno. Apuntó en su agenda: «A última hora del 11 de marzo, antes de que finalice la jornada, habré de acabar con mi vida».
Aquel día fue a misa de doce, hacía años que no iba. Le pareció estar en deuda con su parte mística y aprovechó para pedir perdón por lo que iba a hacer esa noche. «Al menos iré al infierno con la conciencia tranquila», pensó. El resto del día lo dedicó a limpiar y colocar cuidadosamente cada uno de sus recuerdos. Después de comer repasó el album de fotografías haciendo anotaciones en el reverso de cada una. Tras la siesta, se duchó y se puso su mejor traje, algo arrugado por falta de experiencia con la plancha. Fue a la cocina; allí colocó un cojín a un lado del horno para que su tránsito al más allá fuera cómodo. Abrió la puerta tirando despacio del asa. Echó una última ojeada a lo que le rodeaba, suspiró, no dijo nada. Giró la llave del gas. Metió la cabeza en el horno con los ojos cerrados cogiendo aire suficiente para repasar los motivos que le habían empujado a aquello.
―Oye, perdona.
Andrés abrió los ojos, pensó que estaba alucinando.
―El gas debe estar haciendo efecto ―pensó en alto.
―No, oye. Tú, el del traje cutre y mal planchado. ¿Qué estás haciendo?
Sin moverse del sitio, miró a ambos lados. «¿Habrá alguien en la cocina?». Se asomó al exterior sacando a medias la cabeza.
―Venga, no te hagas el tonto. Estoy hablando contigo. Además, so pánfilo, has abierto el gas del quemador de la derecha. ¿Esa es tu idea de un suicidio? Anda que...
Salió del todo y se incorporó estirando como pudo la chaqueta. No había nadie.
Joe, qué rápido lo has convencido ―afirmó 2.
―Sí ―dijo 5 sonriendo― estoy perfeccionando mi técnica.
―1111, apúntalo en la lista, creo que es el suicida menos convencido que he conocido hasta ahora ―3 indicó el primer puesto en la lista pues 5 había mejorado el mejor tiempo hasta la fecha.
―¿De dónde vienen las voces? ¿Estoy loco?
―¿Las voces? Este tío no se ha enterado de ninguna de nuestras fiestas, debe estar sordo ―dijo 5 al resto de sus compañeros― ¡Eh, tú! Loco estás si te quieres suicidar, cuerdo si nos prestas atención.
Seguían discutiendo acerca de la capacidad intelectual de Andrés, haciendo chistes que ya empezaban a molestarle.
―¡Basta ya! ¿Quién habla? Os estáis pasando, tengo mi corazoncito, ¿sabéis?
―¿Y para qué lo quieres? Tienes pensado detenerlo para siempre, ¿no? Así que entendemos que no te importará que nos echemos unas risas a su costa ―rieron todas a la vez.
―¡Basta ya! ¡Esto no tiene gracia!
―Pues claro que no la tiene ―dijo 1 con la voz más solemne de todas― ¿No sabes que tus actos tienen consecuencias? ¿Acaso crees que con suicidarte arreglarás algo? Eh, chico, presta atención.
―Pero... ¿Dónde? ¿Con quién estoy hablando? ¿Sois mis fantasmas del pasado, presente y futuro?
―Este tío alucina, ¿seguro que no abrió la llave del horno? ―dijo 2 con cierto desprecio.
―Joven, acérquese al horno, encienda la luz, meta la cabeza y mire a su alrededor ―ordenó 1.
―Pero, ¿no dice que no quiere que me suicide? ¿En qué quedamos?
―Tonto de remate... ¡Anda, déjalo que se mate! No me importa pasar de nuevo por el trance con tal de que este tío desaparezca del mapa ―increpó 5 al supremo 1.
Ante tal afirmación, Andrés no lo pensó. Encendió la luz interior y volvió a meter la cabeza en el electrodoméstico. Le costó unos minutos acerse a la iluminación amarillenta marcada por la grasa acumulada durante años. Cuando sus retinas se acostumbraron al ambiente, pudo distinguir pequeños puntos verdes, algunos más grandes que otros, que se organizaban formando una carita sonriente. «Loco de remate», pensó. Su gesto delató su pensamiento, la carita frunció el ceño y ladeó la sonrisa. Volvió a salir de allí de un respingo.
―¡Caballero! ―exclamó 1― Vuelva aquí ahora mismo, compadece usted ante el anciano y honorable Consejo de Átomos del Horno.
El muchacho no podía creer lo que había visto ni lo que estaba oyendo. «Estoy para que me encierren, pero bueno, nunca se sabe quién o qué, en este caso, puede cambiar tu suerte». Se acomodó una vez más frente a la puerta abierta y metió la cabeza de nuevo disculpándose antes los miembros del consejo. Se presentaron: «Somos los supervivientes de una antigua raza curtida por los desastres culinarios y el amor a la suciedad. Hemos sobrevivido a guerras con quitagrasas y desinfectantes. Nosotros, los más antiguos, estamos versados en tus intenciones, hemos salvado más de una vida. Déjanos aconsejarte sabiamente...». Andrés escuchaba con atención cada una de sus palabras, pero el gas del quemador que dejó abierto empezó a hacer efecto y cayó en un profundo sueño.
Al día siguiente despertó en su cama con un buen dolor de cabeza. Tuvo suerte; su madre se acercó a verle porque el día anterior había “olvidado” el taper de lentejas que le había preparado. Lo encontró tirado en la cocina con el pelo lleno de grasa pegajosa, justo después de perder el sentido. Llamó a una ambulancia y mientras llegaba abrió todas las ventanas para ventilar el piso. Le salvó la vida. Aquella llamada de atención hizo que su familia y amigos estuvieran más pendientes de él, su antiguo jefe volvió a contratarlo y su novia decidió retomar la relación bajo juramento de que mantendría el piso y a él mismo como debía. Esa promesa debía mantenerla a pesar del esfuerzo de los habitantes de su horno por sobrevivir. Con todo el dolor de su corazón, que seguía latiendo con fuerza, hizo limpieza general. Quitó el polvo, tiró la basura que tenía acumulada desde hacía días, lavó y planchó a la perfección toda su ropa y al llegar a la cocina... Allí hizo un esfuerzo por encontrar de nuevo a los átomos del electrodoméstico y retomar la conversación. Le avergonzaba no recordar ni uno de los consejos que le dieron, pero quería agradecerles el gesto. Nada, por más que encendió la luz, metió la cabeza y solicitó audiencia con los miembros del consejo, no obtuvo respuesta. Pensó que todo había sido producto de la intoxicación con el gas y cuando se disponía de limpiarlo, alguien llamó al timbre.
―Andresito, cariño, abre, que soy tu madre. Te traigo unas judías que sobraron de ayer.
―Espera mamá, bajo yo. Tengo el piso patas arriba.
Dejó los guantes de goma sobre la pila y bajó al portal.
―¡Este tío es idiota, va a limpiar el horno! Después de haberle salvado la vida, qué desconsiderado... ―dijo 5 arrepintiéndose de su hazaña.

martes, 6 de marzo de 2012

La salvación

Todos los días puntualmente rezo mis plegarias. A mis padres les encanta la idea de que quiera ser monja y yo estoy entusiasmada. Desde que entré a estudiar en el colegio Nuestra Señora de Loreto lo tuve claro, tengo una vocación innata.
El año pasado mi padre me dio permiso para empezar a colaborar con Cáritas. Cuando salgo de confirmación, me paso a por mi amiga Inés para ir con los voluntarios a repartir algo de comida y café caliente a las pobres almas que viven en la calle. Me siento bien, me gusta ayudar al prójimo.
Hoy es Nochebuena, la ronda para los más jóvenes ha sido algo más corta porque teníamos que volver pronto con la familia. Antes de regresar a casa, hemos pasado al Corte Inglés de la calle Goya. Con lo que he ahorrado desde este verano le he comprado a mamá el perfume que más le gusta: Jasmin Noir, de Bvlgary. Al salir del centro comercial, Inés ha reparado en un muchacho joven que se tapaba con una manta. Fumaba diestro sentado sobre unos cartones, muy cerca de la parada del metro.
―Inmaculada, ¿te has fijado? ¡Huele fatal!
―No digas esas cosas, no es de buen cristiano.
No he podido evitar inspirar con fuerza a pesar del aviso de Inés. Su olor ha atravesado mis fosas nasales como cristales, nauseabundo, fétido hasta llenar mi paladar. Parecía estar masticando su espeso hedor. A pesar de las naúseas, he sentido pena, tanta que ha despertado mi caridad cristiana. He sacado el monedero y le he tendido un billete de veinte a los pies. Él me ha mirado a los ojos... ¡Qué mirada! Todavía sigo cautiva en ella. Inés ha tirado de la manga de mi parca recién estrenado con tanta fuerza que casi me la arranca.
―¿Qué haces? ¿Eres tonta? Seguro que lo gasta en droga, ¿no has visto que pinta tiene?
Me desconsuela ver en Inés tan poca humanidad, pero mi decisión ha sido firme.
Esperábamos a que papá viniera a buscarnos; se retrasaba. El frío de este invierno atraviesa el alma. La gente camina cabizbaja, abrigada hasta la nariz. Nadie se ha percatado de su presencia. Charlamos sobre los regalos que esperábamos recibir esta noche: el iPhone 4S, unas vacaciones en París y alguna que otra joya, eso como poco. Entre capricho y capricho se me ha escapado una mirada furtiva dirigida irremediablemente al muchacho. Había guardado el dinero, pero seguía en el mismo sitio. Al llegar papá, Inés se ha subido corriendo al coche en la parte de atrás, he abierto la puerta del pasajero y me he dirigido a él, algo dentro de mí me ha hecho reaccionar.
―Papito, sabes que soy una buena cristiana y siempre me dices que debo hacer el bien.
―Sí, cariño, es lo más importante.
―¿Puedo invitar a alguien a cenar con nosotros esta noche?
―¿Sin avisar a mamá y en Nochebuena? No sé qué le parecerá.
Inés ha adivinado mis intenciones...
―Inmaculada, no me parece buena idea. Don Santiago no le haga caso, seguro que quiere recoger al mendigo maloliente ―ha dicho mientras señalaba hacia los cartones evitando mirarlo a la cara.
He mirado a mi padre con mi mejor sonrisa, rogándole a él y al mismo Dios para que me diera permiso, no ha podido resistirse.
―Tienes mi permiso, ya veremos qué dice tu madre ―ha dicho un tanto resignado.
He echado a correr hacia el muchacho. Al llegar a su altura me he detenido frente a él y le he dicho sin rodeos: «¿Te vienes a cenar a casa?». Me ha mirado de arriba a abajo, creo que ha notado mi estremecimiento, no he podido evitarlo. Ahora no estoy segura de que fuera a causa del frío. Sin decir palabra se ha levantado, ha recogido sus cartones colocándolos cuidadosamente junto a una papelera y me ha acompañado hasta el coche. Me ha costado soportar el olor a humedad vieja.
Al abrir la puerta, la peste ha entrado como una bofetada. Inés se ha pegado todo lo posible a un lado para evitar siquiera rozarse con él. Mi padre ha aguantado cualquier comentario, seguramente le costaba tragarlos, tenía los moflejetes hinchados como si estuviera aguantando la respiración. Solo le ha preguntado su nombre. «Noah», ha dicho sin añadir nada más. El recorrido ha sido rápido. Al llegar a casa de Inés, se ha despedido como una exhalación, deseando una feliz noche a la velocidad de luz. Nosotros vivimos solo tres calles más abajo.
Ya en casa, mi madre ha salido a recibirnos. Su cara ha sido todo un poema.
―Mamita, este es Noah, le he invitado a cenar como buena cristiana.
―Antes de que me arrepienta siquiera de haberte parido, querida hija, acompaña a tu amigo al baño de Lourdes ―el ama de llaves―, dale toallas limpias y enséñale a darse un buen baño. Después dale algo de ropa de tu hermano, pero del armario donde guarda la ropa usada, y que se la quede, falta le hace. Os espero aquí en una hora ―se ha vuelto rápidamente tapando su nariz con ambas manos.
Una hora entera para ejercer de ángel salvador... Mientras se llenaba la bañera de agua bien calentita, he subido a mi cuarto a por sales de baño con aroma de jazmín y he pasado a por su ropa nueva. Al volver he pasado sin llamar pues he supuesto que ya se habría metido en el agua, pero me he llevado una sorpresa. Él no era él, sino ella. Estaba completamente desnuda ante mis ojos. Su piel blanca como la nieve casi dejaba transparentar sus huesos, muy delgada, con pechos pequeños y su sexo cubierto de una selva negra. Su olor no era tan fuerte, pero seguía infectando el ambiente. Más aún me ha sorprendido ver que en su mano izquierda no había mano, sino un pequeño garfio. Me he acercado a ella sin perderle la mirada admirando su belleza y candidez como si de una virgen se tratara. La he tomado del hierro y, después de esparcir las sales, la he invitado a entrar en el agua.
Con la yema de mis dedos impregnada de espuma, he repasado su escultura. A la altura de sus pechos, sus pezones se han puesto duros y rosados, los he besado en admiración profunda, estaban envueltos en un halo mágico, casi santo. Ella ha seguido quieta, dejándose hacer. He remangado mi camisa para poder recorrer su vientre sin mojarme hasta llegar a su zona obscura, justo en ese momento se ha relajado. Ha subido las piernas a ambos lados dejándome hueco entre ellas, ha tomado mis pequeños dedos con su única mano humana y sin avisar los ha metido en su sexo. A un ritmo lento al principio, más acelerado en breve, ha resuelto su baño. Ha salido sin avisar y despacio ha ido despojándome de mi ropa con una destreza y un mimo que hacía invocar a los santos. Ahora el jazmín la envolvía entera, santa, pura, divina. Cuando solo me quedaban las bragas, ha metido su gancho por encima, rozando mi ombligo. Me he sentido ascender, despegar mis pies del suelo. Las ha bajado despacio, sin sacar ni un solo punto de la delicada prenda.
Tomando una toalla para ayudarse, ha secado su herramienta desenroscándola con cuidado, dejando al descubierto un muñón redondeado. Me lo ha arrimado a la boca; lo he besado, lo he lamido, lo he adorado. Al mismo tiempo, sus dedos jugaban con mi sexo. Al menos dos de ellos me han atravesado hasta notar su puño pegado a mis labios. Entraban y salían al mismo ritmo que su extremidad de mi boca, y cuando empezaba a chorrear en éxtasis, me ha tumbado sobre el suelo con mucho cuidado. Su muñón ha sustituido a los dedos en frenética concesión. Ambas nos hemos ofrecido a Dios sin reparos, con generosidad en amor. Ebria del olor dulzón de los fluidos mezclados, he vuelto a la tierra, a la mortalidad. Nos hemos besado dulcemente, como vírgenes entregadas a un amor sagrado.
Alguien ha llamado a la puerta. Noah ha salido del misterio y se ha tapado rápidamente con la toalla que tenía más cerca.
―Inmaculada, cariño, ¿estás ahí? ―Ha preguntado mi madre.
He intuido su siguiente paso: entrar al baño a recoger los restos del mendigo. Nos hemos ocultado dentro del armario. De nuevo cuerpo con cuerpo, de nuevo el éxtasis en silencio, a un ritmo perfecto, marcado por los salmos que repaso cada noche en mis rezos. Esta vez más despacio, más intenso hasta alcanzar el cielo. La luz que atravesaba las lamas de madera de las puertas en rompimiento de Gloria, han iluminado nuestros rostros alzándanos al Paraíso.
Una hora, solo una hora para salvar su alma.

El tacto de sus manos

Carmen era la perfecta esposa, madre y ama de casa. Su matrimonio después de casi veinticinco años, seguía siendo la envidia a los ojos de los demás. Su marido, Alonso, era gerente de una empresa de consultaría de banca lo que le obligaba a reuniones y viajes constantes. Cuando había alguna cena de gala, ambos iban agarrados del brazo, él presumiendo de su mujer que aún conservaba el tipo y parte de su juventud. Pero esos eventos eran escasos y Carmen no disfrutaba, seguía detestando ser solo la muestra, como una joya o un adorno cualquiera; apenas participaba de las conversaciones, solo sonreía con amabilidad y rezaba porque pasaran rápido las horas.
Era solo apariencia. La rutina, el trabajo incesante y el paso del tiempo habían convertido a la pareja en simples compañeros de piso. Ya no compartían la cama, ni siquiera la habitación. Apenas conversaban salvo cuando se trataba de sus hijos.
Cada noche, después de ponerse el camisón, se miraba en el espejo de su dormitorio. Repasaba su cuerpo despacio, recordando la sensación de sentirse acariciada, deseada. La seda negra que cubría su cuerpo se retorcía a la vez que sus pensamientos y sus pezones se despertaban cuando recordaba la firmeza de sus pechos. Pero al llegar al cuello y recuperar la mirada volvía a su realidad: varios años de encuentros ocasionales, quizá alguna borrachera o después de algún cabreo en el trabajo. «Aún soy joven», se repetía, «¿Por qué no me desea?» Y con la tristeza como único acompañante se iba a la cama.
Un día, estando en el supermercado, se encontró con dos amigas del club de tenis. Ambas hablaban casi en susurros y solo rompían la conversación cuando reían escandalosamente. Carmen se acercó a ellas y las saludó casi por compromiso, no le interesaba entrar en un diálogo que, por sus caras, intuía malicioso. Una de ellas la agarró por el brazo obligándola a ser partícipe. Después de los besos de costumbre, las tres mujeres se reunieron como si compartieran un secreto.
―Mira Carmen ¿Te has fijado en el nuevo reponedor? Está para comérselo ―la otra mujer rió descaradamente.
―Mujer, que estamos casadas...
―¡No seas remilgada, que por mirar no se ponen los cuernos!
El comentario sonó algo más alto de lo deseado. Un señora mayor que se encontraba detrás de ellas carraspeó para hacer notar su presencia; se volvieron y ésta las miró poniendo un gesto de indignación, pero solo arrancó más risas de las dos amigas. Al retomar la posición de ojeo, se encontraron al muchacho observándolas fijamente. Carmen fue la única que se sonrojó y bajó la mirada vergonzosa. La situación se volvió algo comprometida, agarró de nuevo el cesto, se despidió con cierta prisa y siguió con su compra evitando pasar de nuevo por ese pasillo.
Aquel día transcurrió como siempre: algunas compras, volver a casa, comer sola y esperar a que los suyos fueran llegando, cada uno con sus historias y ella siempre aguardando con el consejo adecuado, pero ¿quién la escuchaba a ella? Un simple mensaje de su marido al móvil para avisarla de que esa noche no llegaría. «¡Menuda sorpresa!», pensó.
A la hora de acostarse, volvió a su ritual, pero algo cambió. Aquella noche frente al espejo notó algo distinto en su mirada, más cristalina; cerró el azul intenso de sus ojos y comenzó el repaso mentalmente mientras sus manos, juguetonas, comenzaron a perderse en las dobleces del salto de cama. A la altura de su sexo la respiración se fue acelerando; sus manos ya no eran las suyas, las sentía más grandes, más fuertes. Su cuerpo se estremeció y se detuvo sorprendida: se dio cuenta de que estaba pensando en él. Volvió a sonrojarse. Aquel muchacho había despertado algo dentro, su deseo, y en cierto modo se sentía mal, pero a la vez bien. En la intimidad de su cuarto decidió entregarse a su sueño, nadie lo sabría jamás; cerró de nuevo los ojos y con cierto rubor se entregó a sí misma. Continuó donde lo había dejado. Aquella noche se sintió amada de nuevo.
A la mañana siguiente se despertó más tarde de lo habitual. Después de la ducha le sorprendió encontrarse de nuevo frente a su reflejo con una sonrisa de quinceañera. No hacía nada malo, solo era un pensamiento sin más pretensiones que, de momento, le hacía ver el día con otra perspectiva.
Mientras se preparaba el desayuno se descubrió repasando la alacena y el frigorífico, no faltaba nada. Fue al baño, revisó cada bote de champú, cualquier cosa que hiciera falta comprar. Con el nerviosismo de encontrarse buscando una excusa para volver a la tienda, tiró el vaso con los cepillos de dientes. «¿Qué estoy haciendo? Es una estupidez...». Cuando estaba barriendo los cristales llegó su marido. Le dio un beso rozando apenas su mejilla.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó.
―Nada grave, el vaso estaba al borde, apenas lo he tocado y se ha caído.
―¿Y los cepillos de dientes? ―Ni se preocupó por ella.
―Los he tirado por si acaso... Iré a la tienda y compraré nuevos ―La excusa había surgido sin pensarlo.
―Te acompaño, necesito algunas cosas para el neceser, mañana vuelvo a salir de viaje, tengo reunión en...
A Carmen no le importaba su reunión, pero le inquietaba que Alonso percibiera la sensación que el muchacho despertaba en ella. Pensó que debía ser realista: tener una aventura con un reponedor de la edad de su hijo no era lo más adecuado, pero ¿por qué no aprovechar que su cuerpo había despertado? Se acercó al hombre, ella aún llevaba la bata y debajo solo ropa interior. Él, de espaldas, se entretenía en deshacer la maleta. Se abrió la prenda y le abrazó, pegó su cuerpo al suyo y acercó la boca a su oreja. Su marido giró suavemente la cabeza y suspiró, aquel signo despertó aún más a la mujer que entendió su deseo concedido. Su mano derecha se dirigió sin dudar a la bragueta.
―¿Qué haces Carmen? ¿No ves que estoy ocupado? ―Dijo él casi indignado― ¿Quieres hacer el amor ahora? Acabo de llegar y estoy cansado. Vístete, anda.
Ella se separó rápidamente cerrando la bata y abrochando el cinturón con todas sus fuerzas. Se sentía despreciada. Alonso ni la había mirado, si lo hubiera hecho se habría dado cuenta de que lo único que despertó en ella era odio. Carmen abrió el armario y buscó su camisa más escotada, se puso medias con liguero y una falda ligera. De alguna forma despertaría el deseo su marido, se sentía capaz y ahora estaba armada con el rencor suficiente para ponerlo en un compromiso. Cuando terminó de arreglarse fue a buscarlo; sentado en el salón y con el mando del televisor en la mano, la miró de arriba a abajo.
―¿A dónde vas así vestida?
―A por tu estúpido cepillo de dientes ¿Vienes? ―preguntó con una amplia sonrisa.
La respuesta, entre agresiva y juguetona, lo espabiló. Ella sabía que en sus viajes solía buscar la compañía de prostitutas con las que gustaba jugar a provocar. Durante el trayecto en el coche, Carmen dejó asomar la puntilla de sus medias y desabrochó un botón más de su camisa dejando a la vista su generoso escote. Su marido no pudo evitarlo, tendió su mano sobre la pierna. «Me desea»; lo supo, había encontrado la forma, ahora solo pensaba en hacer rápido la compra y volver a casa para dejarse llevar por los sentidos. Al bajar del coche, él se acercó a ella y la besó. Ambos cuerpos se apretaron uno contra otro, le subió la falda y tomó su pierna izquierda.
―Volvamos a casa.
―No, necesito el cepillo de dientes ―dijo colocándose la corbata que ella había echado hacia atrás en el acercamiento.― Esta noche te llevo a un sitio bonito a cenar y luego descorchamos una botella de vino.
Carmen no podía creerlo, ¿una cena, una botella de vino? ¿Esa noche? «Este tío es  imbécil», pensó mientras se volvía a abrochar los botones superiores de la camisa.
En la tienda intentó controlarse pero no podía. Aprovechaba cualquier ocasión para acercarse a Alonso. Él respondía a sus besos y caricias dependiendo del producto que ojeara; no soportaba su manía de leer todos los ingredientes como si supiera químicos. Y entre la esperanza y la decepción, entre el pasillo de los lácteos y los refrigerados, se encontró de nuevo con el reponedor. Ambos se miraron, ella volvió a sonrojarse y sus pezones se pusieron tiesos de pronto; instintivamente se echó mano a ambos pechos para ocultarlo pues la gasa de la prenda descubrió su reacción. Él, que se dio cuenta, no supo bien qué hacer, se dio media vuelta y desapareció. Carmen estaba desarmada; Alonso, que la vio, se acercó a ella y la besó.
―Necesito hacerlo ahora, ahora o nunca más ―le dijo con convicción.
Aquella afirmación despertó los instintos del hombre, la agarró de la mano y la llevó hacia la puerta con intención de irse a casa. Ella sabía que no llegaría tan lejos su deseo... «Ahora Alonso, debe ser aquí y ahora». Fueron a los baños de señora, entraron en uno de los cuartos y él cerró la puerta mientras se desabrochaba la camisa. Carmen, que conocía los devaneos de su marido, no dudó en entregarse como si se tratara de una cualquiera, necesitaba el sexo tanto como respirar. Él de pie, con la espalda pegada a la puerta, se dejó llevar a los caprichos de su mujer quien se entretuvo en repasar con la lengua cada parte de su cuerpo. Se besaron apasionadamente, como hacía mucho tiempo, tanto que no recordaban. Recorrió su pecho jugando con sus pezones mientras desabrochaba el pantalón y bajaba su ropa interior. Bajó agarrándole el culo con fuerza y se sentó sobre la taza de váter arrimándolo hacia ella. Empezó a lamerle con tal intensidad que los gemidos del hombre se aceleraron. Pero aquella visión se le hizo insoportable a Alonso, debió recordar a las putas a las que pagaba por el sexo y vio a su mujer excitada, semidesnuda, como ellas. Se apartó de ella y se vistió con prisa. La miró con desprecio y se fue sin decir nada.
Carmen se quedó allí, sentada, en silencio. Después de unos minutos, se colocó la ropa despacio, salió y se apoyó en el lavabo con ambas manos, no se atrevía a mirarse el espejo. No pudo más llorar, se sentía avergonzada, jamás había tenido aquel impulso y al verse abandonada, aquella mirada de asco... «¿Qué he hecho? Ahora no querrá volver ni a mirarme». Justo en ese instante entró el reponedor, se había cruzado con el marido cuando se dirigía hacia el almacén y, al oírla llorar, decidió entrar a ver cómo estaba.
―Señora, ¿se encuentra bien? ―Le dijo apoyando su mano sobre el hombro de Carmen.
Se volvió hacia él, limpió sus lágrimas y, sin pensarlo, empezó a besarle. El chico ni siquiera intentó apartarla, se entregó a ella sin más. Oyeron voces; la llevó al mismo cuarto donde antes había estado. Ella volvió a su ritual recién inventado: le desabrochó la camisa y lentamente fue recorriendo su joven torso, casi imberbe, hasta llegar a su sexo. Volvió a tomar el mismo asiento, pero distinto culo, más duro, más tierno, aquello le excitaba aún más. El chico, instintivamente, la apartó de él; por un segundo Carmen pensó que volverían a rechazarla, pero no fue así. La tomó suavemente de las manos invitándola a levantarse. Se besaron sin control. Con torpeza, quizá por falta de costumbre, le desabrochó el sujetador dejando los pechos al descubierto.
―Eres muy hermosa, y tu marido un imbécil ―estaban de acuerdo.
―Calla y bésame.
Él le dio la vuelta, con cierta prisa levantó su falda y bajó sus bragas. La abrazó, tomó sus pechos; ella reconoció el tacto de sus manos, eran las mismas con las que había soñado la noche anterior. Empezó a besarle el cuello y recorrió su espalda en una única e interminable caricia que la hizo encogerse de placer. Al llegar a la cadera, metió la rodilla entre ambas piernas preparando el espacio que hizo a Carmen adivinar el siguiente paso. Ella tomó su miembro, duro y excitado, y lo colocó en la zona húmeda que abría paso a sus deseos, y al ritmo acelerado de sus respiraciones el reponedor empezó a penetrarla. Sentía su cuerpo temblar, sus pechos agitándose al ritmo que él marcaba, y su boca seca. Se irguió sin perder el compás, sin apartarse de él ni un milímetro, y le besó mientras el muchacho alcanzaba el orgasmo. Ambos dejaron manar el dulce líquido entre sus cuerpos y se fundieron en un abrazo.
Ella se volvió torpemente. Olvidó la vergüenza, ahora se sentía satisfecha y feliz a sabiendas de que aquello no era amor, solo sexo. En cierto modo temía al reacción del chico, no quería que la dejara así y volviera al trabajo como si nada, necesitaba sentirse amada. Él tomó su barbilla y la levantó con el cariño de un amante para encontrar sus miradas; sonreía. Se besaron una vez más. Con cuidado, fue vistiéndola despacio; para disimular su nerviosismo aprovechaba cualquier ocasión para dejarle algún beso furtivo sobre la piel; ella, le ayudó con la camisa y al final colocó la etiqueta del bolsillo donde rezaba «Fran».
Carmen salió primero para asegurarse de que no había nadie que pudiera verlos, tenía una reputación que cuidar. Se detuvo fuera del baño y sacó del bolso la cajetilla de tabaco. Cuando Fran salió, le lanzó una mirada cómplice que ella despreció.
―La semana que viene tengo turno de mañanas.
―Adiós Fran.
Sacó el móvil y pidió un taxi.

Sobre el lienzo

La sala despedía un olor pesado a óleos y esencia de trementina. Los caballetes estaban dispersos alrededor de la tarima y sobre ella un diván del siglo XIX tapizado con una tela de pequeñas flores; era mi primera clase de pintura con modelo en vivo.
Los compañeros fueron llegando con cuentagotas; los viernes a primera hora nadie era puntual. Cada uno tomaba su respectivo asiento y desplegaba su maletín sobre la mesita anexa, sacando en cuidadoso ritual la paleta y los pinceles. Cuando estuvimos preparados, don Esteban Crespo, quien impartía la materia, hizo una breve presentación de la actividad, explicó los pasos a dar uno a uno sin entrar en detalle. «Es solo una prueba y, por favor, ahórrense los comentarios lascivos», y con esas palabras invitó a salir a la mujer de detrás del biombo.
Cuando entró, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Venía ataviada solamente con un batín de seda que dejaba adivinar su figura. Se dirigió despacio hacia el escueto decorado; sus pasos eran tan ligeros que daba la sensación de andar de puntillas, casi flotando. Su cuerpo, liviano y pequeño, se me antojó el más hermoso que jamás había visto. Era pálida como la luna, su piel tersa y suave; no hacía falta tocarla para saberlo...
Miré al resto para observar sus reacciones. El tutor se quedó de pie a cierta distancia estudiando la escena; las chicas empezaron a trabajar como si nada (me cuesta creer que contuvieran su mala costumbre de hacer críticas constructivas muy probablemente nacidas de la envidia); solo a Fran, que se sentaba a mi derecha, se le ocurrió dar la nota con un silbido, lo que despertó algunas risas.
―Señor Palomino, si no puede contener sus hormonas, dese una ducha fría y vuelva cuando haya terminado― dijo muy serio el profesor mientras encendía el equipo de música.
Nadie se atrevió a añadir nada, solo ella, la modelo, soltó una pequeña risa velada.



El tiempo parecía haberse parado. Todo a mi alrededor se desdibujaba mientras la música envolvía el momento. Solo estábamos ella, yo y mi lienzo virgen esperando con ansia que le descubriera sus encantos.
Tumbada de lado, como dama victoriana, con un moño mal recogido que dejaba caer sobre sus hombros desnudos algunos mechones, miraba hacia el ventanal que había a mi espalda. El batín, caprichoso, dejaba al aire uno de sus senos de redondez perfecta, con su aureola amaranto y su pezón firme apuntando directamente hacia mí. Su mano izquierda caía ligeramente sobre su cadera intentando tapar su sexo y sus piernas cruzadas de sensualidad ponían fin al brazo del diván.
Saqué mi cuaderno A2 de dibujo y lo coloqué sobre el caballete. Busqué el carboncillo y comencé a hacer bocetos de cada una de sus curvas. Me descubrí amándola, haciéndola mía. Tras el primer dibujo, me volví a fijar en ella, me miraba fijamente a los ojos... ¿Me habría descubierto? ¿Acaso mi cuerpo desvelaba mis intenciones? Volví a centrarme en mi necesidad creativa. Pasé página y retomé mis impulsos. En la siguiente imagen me encontré sobre ella, desnudo, besando su cuello y apretando sus pechos contra el mío, mi sexo entre sus piernas; no había ningún vacío entre nosotros. Solo necesité unos minutos para descubrir su belleza. Seguía mirándome, esta vez con la tez sonrojada, bajando de vez en cuando la mirada vergonzosa de saberse deseada. Un nuevo dibujo para continuar con nuestra pasión, esta vez ella sentada sobre mí, desatando la cinta que atrapaba sus rizos y sus pechos firmes agitados, mis manos sujetando su cintura, acariciando su cadera en perfecta simetría... Con cada dibujo nacían nuevos olores que disipaban las mezclas de aguarrás y aceites, los efluvios delataban nuestra entrega.
Por un momento pensé que realmente estaba allí con ella, tomándola en delirio incontrolable; quizá era el blanco de los lienzos que esa mañana debían resultar como tarea. Cuando la música cesó, don Esteban echó las cortinas y sugirió que fuéramos recogiendo. Las tres horas de exposición habían terminado. La modelo se incorporó cerrando con el cinturón su atuendo y se dirigió hacia el biombo. Mis compañeros mostraban al profesor sus obras mientras él comentaba uno por uno el resultado. Mi lienzo permanecía vacío. Saqué con prisas el pincel de punta redonda reservado para una ocasión especial y mojándolo en pintura negra realicé unos trazos rápidos. Cuando llegó a mi altura ni siquiera prestó atención al dibujo sobre la tela, solo me preguntó si alguna vez querría enseñarle mis bocetos. A ella jamás volví a verla...

La sala de espera

Carmen detesta ese restaurante; ya es la tercera vez en la misma semana que su marido insiste en ir allí a cenar, y por tercera vez ha vuelto a dejarla sola justo cuando dejaban sobre la mesa el primer plato del menú. Le espera impaciente, picoteando del entrante, mirando constantemente hacia la puerta, pero no le ve. Se queja en alto de que para él es más importante su móvil que su mujer y bebe vino con cierta prisa intentando esconder el comentario.
A pesar de tratarse de un local algo destartalado, descuidado para su gusto, casi todas las mesas están llenas: familias, parejas, hombres de negocios. No hay mucha variedad de platos, pero las raciones son generosas y el precio asequible. Se ha cansado de esperar y ha decidido mezclar los ingredientes de su ensalada Pepone. Ella cocina mucho mejor. «Esta zanahoria está pasada y la pasta no ha terminado de hacerse», se queja entre dientes. Necesita pan y llama insistente al chico de la barra, pero nadie la atiende. La camarera que tomó nota de su pedido no ha vuelto a pasar por allí. Se levanta con prisa, sin mirar y al girarse se topa con un niño que traía entre las manos un batido de chocolate; se lo vierte encima poniéndola perdida. El pequeño llora desconsolado, ella no sabe bien qué hacer; le gustaría zarandearlo, gritarle, pegarle dos tortas, pero qué culpa tiene él de que lleve un día de mierda. La madre del muchacho se acerca a regañarle, «Discúlpelo, señora». ¿Señora? Solo tiene veintiocho años y ya la tratan de usted, eso le fastidia. «No se preocupe, mientras el niño esté bien lo demás no importa». Esas últimas palabras salen casi obligadas de su boca.

Foto cedida por jorcolma

Se dirige al baño de señoras, mira el indicativo con desdén. Está ocupado. En el estrecho hueco que queda para la espera casi aislado del resto del salón, presta atención a la puerta de al lado, el almacén. Se oyen gemidos. Haciendo como que se ajusta el cordón de una bota, se asoma por la cerradura aún de las antiguas. Ve una mesa, sobre ella una mujer con la falda por la cintura y el pecho al aire agitándose al ritmo marcado por su amante. El hombre, desnudo de cintura para abajo, agarra las caderas de su manceba atrayéndola hacia él una y otra vez. Carmen se incorpora sorprendida, no ha podido ver toda la escena, pero la adivina. Duda, no sabe si volver a su cena o seguir esperando. Insiste de nuevo en la puerta del baño; sigue ocupado.
Un calor empieza a recorrer su cuerpo. La mezcla del vino y la excitación de saberlos al otro lado la invitan a seguir mirando... Ahora coloca el otro cordón. Vuelve a centrar su atención en la pareja. Siguen donde estaban, pero han cambiado la postura: ella boca abajo, sujeta sus nalgas con las manos y fija la diana para su compañero. Él la embiste sin mesura. Los ritmos se aceleran al mismo tiempo que Carmen pierde el control de su respiración acospasándola a la de ellos. Solo puede pensar en una cosa: «¿Dónde coño está mi marido?».
Vuelve a la mesa deprisa, recoge el móvil del bolso y vuelve a la sala de espera. Justo al llegar, sale del baño una señora mayor dejando tras de sí un pesado aroma a rancio. «Todo suyo», le dice sonriendo. Carmen devuelve el gesto aguantando la angustia. Cuando se queda sola, cierra la puerta por fuera y se queda en el descansillo. Mira de nuevo por la cerradura. La intensidad del sexo ha aumentado, ella grita excitada mientras invoca a algún santo y él eleva el volumen de su ansia.
Busca en el móvil el número de su marido. Lo llamará, le contará cada detalle de lo que está viendo con la intención de despertar su deseo, ya poco importa la cena. Justo en el primer tono, la mujer gira la cabeza. Es su camarera, la que les atendió; sonríe descarada mientras saca la lengua reclamando la de su hombre. «No se lo va a creer», piensa. Y al segundo tono en ascendente, el amante eyacula lanzando su semen sobre la espalda desnuda de la chica. El móvil sigue sonando al otro lado de la puerta. Carmen se queda blanca.
―Cariño, voy en seguida, estaba hablando con una de la oficina que ha tenido un problema con un terminal. Un marrón enorme, pero tranquila que en cuestión de cinco minutos estoy contigo.
―Vale Daniel, ―dice en tono jocoso―, y ya que estás dile a la zorra a la que te acabas de tirar que me traiga pan.

lunes, 5 de marzo de 2012

Carta de despedida

Querido mío:
No quedaba tiempo, lo sabías; ya no había días suficientes que nos permitieran continuar, treinta años dan para mucho y tú y yo lo habíamos hecho todo. Lo siento, lo siento de veras; te dije que te amaría siempre y así será.
Esta mañana no fue mucho más distinta al resto de las anteriores. Al despertar te encontré dormido con el hilillo de baba cayéndote de lado, una vez más me quité los tapones de los oídos con la absurda idea de que al fin habrías dejado de roncar... «Ensordecedor», no hay otro adjetivo, y lo peor es que jamás lo admitiste. Lo confieso, me levantaba a las siete de la mañana no porque tuviera mucho que hacer sino porque siempre me faltaban tareas para huir de tu lado. Qué sensación tan terrible quererte tanto como te aborrecía, pero la vida, nuestra vida de casados fue así desde el principio.
No soy capaz de encontrar la razón que me llevó a hacer lo que hice... Hoy no era ningún día especial, ni siquiera nuestro aniversario ―ese que olvidaste desde el segundo―, solo un domingo cualquiera de primavera, de esos en los que la gente "normal" sale a pasear de la mano y disfrutar del buen tiempo; pero, claro, tú seguías en la cama y yo llevaba ya tres horas dedicada a la casa.
Mientras preparaba el desayuno, encontré al fondo de un cajón las pastillas que el médico me recetó para dormir. Pensé que las había tirado, soñé que me las había tomado todas de golpe y me había ido al otro barrio, pero ¿por qué yo? Me quedé un rato mirando el bote, leyendo la etiqueta sin entender absolutamente nada de ingredientes ni de intenciones. Aún no habían caducado y quedaba más de la mitad del frasco. Lo dejé sobre la encimera y fui a ver si seguías durmiendo; no hizo falta llegar hasta la habitación, tus ronquidos podían oírse desde la calle.
¿Cómo lo llaman? ¿Enajenación mental? Aceptaré el alegato si se da el caso, de momento solo lo sabremos tú y yo.
Machaqué con cuidado de no hacer ruido cada pastilla del envase: «Esta por papá, esta por mamá... Esta por los cumpleaños olvidados. Esta por todos los desprecios que me has hecho. Esta por gastarte nuestros ahorros en tu coche. Esta....s (varias a la vez solo en esta ocasión) por todas las putas a las que te has tirado.» Encontré mas motivos que grajeas había, así que continué con los preparativos. Saqué las naranjas que compré el día anterior y te preparé un zumo, añadí dos cucharadas colmadas de azúcar para velar el sabor y lo mezclé todo. Sobre la mesa, esperándote, una taza de café, unas tostadas, la mermelada y el zumo.
Encendí el televisor de la cocina y subí el volumen con intención de despertarte. Solo tardaste una hora en aparecer, semidesnudo y con el pelo enredado. Hubiera preferido que aparecieras con el traje de la boda, tan elegante, pero supongo que no era el momento. Ni un «buenos días, cariño» ni un beso en la mejilla; hubiera sido demasiado. Mientras tomabas el desayuno y te quejabas de la temperatura del café con la boca llena, yo sacaba los cuchillos del cajón y los limpiaba con mimo. Te fumaste un cigarro mientras te bebías el jugo adulterado de las naranjas; no percibiste su sabor extraño, supongo que la nicotina te había privado del placer y la suerte de haberte librado. Me senté frente a ti sin decir nada; tú mirabas el televisor y cambiabas de canal en intervalos de dos segundos. Antes de llegar al último ya habías caído en un dulce sueño.
No sentí ningún remordimiento, al contrario, me sentía feliz y liberada.
Los cuchillos, bien afilados, brillaban a la luz del sol que entraba por la ventana. Te arrastré no sin dificultad hasta el baño de invitados y allí, sin pensarlo ni media vez, utilicé cada uno de los bisturís improvisados: «Este por papá, este por mamá. Este por cada caricia que me negaste. Este por cada insulto que me dedicaste sin motivo. Este por cada vez que me tomaste a pesar de mi negativa...». Estuve toda la mañana y parte de la tarde trabajando sin descanso, desmembrándote y cada miembro haciéndolo aún más trozos; y cada trozo, aún más pequeño, hasta que solo quedó de ti un montón de carne maloliente.
A eso de las cinco paré para comer algo. Al terminar, fregué sin prisa los cacharros y los restos de tu último desayuno. Volví al baño con un cubo y fui cargando tus restos hasta el patio. Fue todo un acierto el día que decidí levantar la tapia para impedir que los vecinos te vieran salir desnudo a tomar el sol, no tanto por ti sino por ellos. Ahora, esa misma tapia serviría para ocultar tu cuerpo, no tanto por ellos, sino por mí. Fui abonando las lilas, los rosales y los jazmines. Y para terminar, machaqué tus huesos y les di un tinte lila para adornar los tiestos. Antes de dejar el patio hasta el día siguiente, repasé cada rincón; estaba aún más hermoso que esta mañana, la primavera le estaba sentando bien a mis plantas. Piénsalo así, querido, jamás hubieras tenido tantas flores en tu lápida del cementerio.
Volví al baño, aún quedaba por hacer: limpiar cada gota de tu espesa sangre, retirar los pelos del desagüe y perfumar el espacio. Fue un día largo y duro de trabajo. Te juro que no lo tenía planeado, surgió sin pensarlo. Para que no me quede mal sabor de boca por este acto, he decidido marcar la fecha en el calendario; ya que no celebrábamos nuestro aniversario de boda, he pensado celebrar el día de tu asesinato. Te aseguro que esa idea calma mi conciencia. Ahora, al final de la jornada, todo lo veo distinto, todo ha vuelto a su sitio: los cuchillos, la cortina de la ducha, el silencio... Estoy más relajada, creo que mañana no madrugaré, de hecho ya he tirado los tapones a la basura.
Dentro de un par de días, denunciaré tu desaparición a la policía. Nadie sospechará nada, tus escapadas eran más habituales de lo necesario. Nadie te echará de menos, no te soportaba tu familia ni tus compañeros de trabajo. Nuestros amigos se volcarán conmigo, sabré hacer bien el papel de esposa abandonada. No debes preocuparte por mí, si acaso por ti; sabes que no creo en el más allá, pero, reconozcámoslo, si existe dudo que te estén esperando con los brazos abiertos y si lo hacen será para darte dos tortas, bien merecidas.
Descansa en paz, yo lo hago.

viernes, 2 de marzo de 2012

Un final, otro comienzo

Resumiendo: una princesa cae presa de un hechizo por la envidia de su madrastra, un príncipe encantador la salva, ambos regresan al reino e imparten justicia, se enamoran, se besan y «colorín colorado este cuento se ha acabado»... ¡Ah, claro! «Y fueron felices y comieron perdices».
Ya está, no hay más; debemos conformarnos con eso, como si la vida se detuviera en el instante de ese beso perfecto. ¿Y por qué perdices? ¿Por qué no algo más digestivo? Entiendo que es por la rima, pero ¿cómo sabemos que fueron felices para siempre? ¿No es algo pretencioso?
Partiendo de que es un cuento para niños y que a ellos poco les preocupa el tema de la natalidad, el paro, el pago de la hipoteca y llegar a fin de mes... Me pregunto: ¿acaso no es nocivo para las futuras generaciones intentar convencerles de que la vida es un cuento? ¿No habría que mostrarles, aunque solo fuera un poco, que la vida es algo más?

Reescribamos el cuento...
«Pasa a diario, ―no hablemos en pasados―, que una joven "sobrevive" a la maltrecha situación económica de sus padres. Influida por los cuentos que le leían de pequeña, su mayor preocupación es recibir la paga de la semana y estar perfecta para el sábado, noche (obvio) en la que saldrá a pasárselo bien con el resto de princesitas y, porqué no, a buscar a un príncipe azul, a poder ser que esté bueno y (como dicen en mi tierra) tenga gavillera.
El último sábado, coincidiendo con las fiestas de su reino, se pilla una buena cogorza en el botellón de las 11:00 y en el estado de embriaguez en el que se encuentra no distingue de bellezas, así que se acaba enrollando con el primero que le susurra al oído vete tú a saber qué borriquerías. Y así, a la tierna edad de dieciséis, la joven es desflorada. Nada de música celestial, ni pajaritos rondando; en la parte trasera de un coche que huele a tabaco y a sudor.
Volver a casa es lo más fácil; asumir lo ocurrido, lo complicado. Después del retraso de la regla viene la incertidumbre y volver a las buenas intenciones de los cuentos infantiles: «Si me quedo embarazada, vendrá a buscarme y tendremos un heredero. Seremos felices para siempre...». Pero ni embarazo ni heredero ni felicidad compartida, al menos, sí la menstruación. ¿Habría aprendido la lección? ¡Qué narices! Es joven, ahora toca disfrutar de la vida. De momento toca fiesta, fiesta y más fiesta.
Y... ¿colorín colorado este cuento se ha acabado?»

Pero, ¿dónde han quedado las dulces lecciones de los cuentos? Supongo que entre fiesta y fiesta, la protagonista de este "anticuento" debería quedarse congelada en el tiempo, pero ¿nadie le ha dicho que la vida continua? Después vendrán los estudios, el trabajo, las responsabilidades... Quién sabe, quizá conozca a un buen muchacho que la haga feliz, igual cuando pase esta crisis consiga tener casa, niños, coche y vacaciones en la playa todos los veranos.
Estoy convencida de que sería más beneficioso para todos orientar, a partir de cierta edad, a nuestros pequeños por una vía más realista, con algún edulcorante no vaya a ser que se piensen que la vida es una mierda.

El auténtico reto de los finales consiste en abrir puertas a nuevos comienzos
con el espíritu de superación adecuado.