jueves, 26 de agosto de 2010

Oscuridad en noches de luna llena

Había luna llena; lo sé porque su luz iluminaba todo mi cuarto. Hacía un rato que solo reinaba el silencio. El día había sido muy largo; su dolor, su enfermedad, cada momento escondiendo sus temores en cualquier rincón, hacían crecer mi miedo a perderlo. Repetía la misma sensación de incapacidad que hace un año cuando perdí a mi Pequeño...
Sentí a Gris acurrucada a mis pies, sin moverse apenas para que no percibiera su presencia y acabara echándola de nuevo de la cama. Me levanté y la recogí con cuidado; preparé un cojín en la silla del dormitorio y la acomodé allí. Me miraba con la carita hinchada de sueño como dándome las gracias ―aunque sé que en el fondo sigue prefiriendo dormir con nosotros en la cama―, dio dos vueltas al relleno y se acopló rápidamente para seguir durmiendo.
Antes de volver a la cama me acerqué a ver cómo seguía Bichito. Dormía profundamente. Lo cogí con todo el cuidado del mundo para no despertarlo, para no apartarlo de los brazos de Morfeo. Lo acerqué a mi cara y lo acaricié despacio, quería sentir su respiración, me tranquilizaba saber que seguía respirando. «Mañana será otro día, mañana seguiremos luchando por la vida, por tu vida», pensé mientras lo colocaba en su cama.
Volví al dormitorio. Mi gata había vuelto a colocarse a los pies de la cama, disimuló, disimulamos las dos y reanudamos el sueño.
Había luna llena o eso pensaba porque cuando volví a abrir los ojos solo había oscuridad. La persiana estaba a medias y la cortina sin echar, no había cambiado nada y, sin embargo, la luz había desaparecido. De pronto, empezaron a iluminarse pequeños luceros, pasando por delante de mi ventana. Eran las estrellas del cielo que habían bajado a buscar a mi pequeño.
―¿Se puede saber dónde vais?
―Venimos a por él, ha llegado su momento.
―De eso nada...― Salí corriendo hacia el comedor donde dormía mi «niño» y allí estaba, despierto, jugando con ellas, feliz, persiguiéndolas sobre el sofá y riendo cómo hacía tiempo que no lo veía. Me eché a llorar y él se dio cuenta de que estaba allí, se acercó hasta el borde y me habló.
―¿Qué te pasa mami? ¿Por qué lloras?
―Eres feliz con las estrellas, ¿acaso te quieres marchar con ellas?
―Dicen que es mi momento, que debo acompañarlas.
―¿Eso dicen? Yo preferiría que te quedaras porque... porque... Aún no es mi momento.
―¿Qué quieres decir? ―preguntaron las estrellas al únisono.
―No estoy preparada para perderte, te quiero demasiado, te quiero a mi lado.
El pequeño se acercó a mí, secó mis lágrimas y se acurrucó en mi vientre. Al poco tiempo se había quedado dormido. Las estrellas empezaron a marcharse despacio, una a una, despidiéndose de él con un beso. La última me advirtió de que volverían, era inevitable.
«Lo sé, esperaré de nuevo la oscuridad en las noches de luna llena; la próxima vez sabré que es el momento».
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