viernes, 20 de diciembre de 2013

El elegido

La reunión estaba convocada a las cinco de la tarde. Algunos se retrasaron; hacía mucho frío y daba pereza venir hasta tan lejos sólo para discutir algo que podía resolverse al día siguiente, pero Fran, «el Jefe», se empeñó en que había que zanjar el asunto cuanto antes. Cuando estuvimos todos, se propuso una ronda de intervenciones donde cada uno expondría su solución. La decisión que había que tomar era importante. Llevábamos ya varios días inmersos en aquel terrible proyecto que odiaba profundamente. Sentados en torno a la improvisada mesa de despacho, no pasamos de la primera propuesta; empezamos a discutir y a alzar las voces. Cuando Álvaro y Pedro llegaron a las manos, Fran puso fin a la discusión.
—¡Basta ya! ¡Parecéis nenazas! —gritó con fuerza.
Callamos. Volvimos a tomar asiento. El vaho que exhalábamos avisaba que se acercaba la noche, casi podía notarse cómo bajaba la temperatura a cada momento. Miré el reloj, eran casi las seis.
—Hay que cerrar esto ya. Uno de nosotros lo hará —afirmó con seguridad Fran.
Nos miramos a los ojos. Nuestra mirada delataba el miedo que sentíamos.
Buscábamos al elegido evitando ser nosotros mismos. Acabamos centrándonos en «el Jefe». Él era el más fuerte, el más decidido; al final siempre era quien tomaba las decisiones, nos gustaran o no.
—Yo no puedo hacerlo; bastante responsabilidad tengo con elegir al encargado.
—Eso no es justo, todo esto lo iniciaste tú —le recriminó Ángel.
—¿Perdona? Yo no os obligué a seguirme, estáis aquí porque queréis —respondió Fran amenazante.
—Es cierto, pero seguir con el «proyecto», como tú lo llamas, es despreciable y malvado. Debimos dejarlo pasar —comenté.
El ambiente empezaba a calentarse de nuevo. En cierto modo temíamos su reacción; más que un jefe, era un dictador. Ángel y yo habíamos osado replicarle, ya estábamos hartos de obedecer sus estúpidas órdenes, más aún cuando llegaban a ser crueles. El resto nos observaba desde la barrera, expectantes. Después de un largo minuto de silencio, Fran volvió a ordenar:
—¿Dejarlo pasar? Es un experimento. Ensayo y error, así es como se aprende todo en la vida. Nosotros, todos, empezamos esto y todos debemos acabarlo.
—¿No dijiste que sería uno solo? —pregunté. En qué momento se me ocurriría…
—Llevas razón. Serás tú.
—¿Yo? ¿Por qué yo? Has dicho que lo acabaríamos entre todos.
—¿Estamos todos de acuerdo en que sea Óscar el elegido? —preguntó ignorando mi respuesta.
—Sí, es el mejor candidato. Por favor, que sea rápido, queremos volver a casa —respondieron al unísono Álvaro y Pedro sin dudarlo.
Ángel no dijo nada. Me miró con una inmensa tristeza y afirmó sin pronunciar palabra. Estaba decidido, yo era el elegido. Fran me acercó un palo.
—Debes hacerlo ahora.
—Apenas hay luz. Mañana lo haré —dije soltando la madera.
—No. Debe ser ahora —ordenó «el Jefe» volviendo a colocarme el arma en la mano.
Miré a mis amigos buscando ayuda, pero se habían transformado. Ya no había opiniones contrarias, nadie que cuestionara la autoridad. Esperaban impacientes a que cumpliera con mi deber.
—Chicos, no puedo. Yo… No puedo —rompí a llorar.
—¡Eres un puto cobarde! ¡Dame eso, yo mismo lo haré! —dijo Fran mientras me empujaba.
Me arrancó el palo y fue hasta el animal que permanecía inmóvil, acurrucado sobre un cartón. Detrás de él, le siguieron los demás. Ángel se acercó y me ayudó a levantarme.
—Si no lo detienes, lo matará, lo sabes.
—¡No! ¡Espera! ¡Fran, lo haré! ¡Lo haré yo! —corrí desesperado.
—Así me gusta. Te hemos elegido todos, cumple como un hombre.
Le odié como nunca antes lo había hecho.
Volví a coger el arma. Me tomé mi tiempo. Ya se había hecho de noche; buscaba la oscuridad como aliada. Ángel se marchó poniendo una excusa estúpida; sabía que no podría soportarlo. Los demás sacaron el móvil y alumbraron el rincón. Me acerqué al perro que, moribundo, me lanzó una mirada suplicante. No necesitaba más agresiones. Su escuálido cuerpo sólo buscaba consuelo, algo que echarse a la boca. Sentí más pena por mí que por él.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? —azuzó Fran.
Levanté el palo con todas mis fuerzas. Una idea cruzó mi mente: cuanto antes acabe con su sufrimiento, mejor para todos. Me volví hacia mis amigos.
—¡Venga Óscar, que nos queremos ir a merendar!
¿Merendar? Estaban allí quietos, mirando, esperando a que matara a aquel pobre animal indefenso. ¿Cómo se puede ser espectador de tan macabra visión y pensar en comida? No sé bien quién se llevó el primer golpe. Recuerdo que se mezclaron mis lanzadas con los haces de luz que despedían los teléfonos. Hubo gritos y llantos. Salieron corriendo despavoridos. Dejé caer el palo. Me senté en el suelo, derrotado por el cansancio, intentando recuperar el aliento. Saqué el móvil del bolsillo para iluminar la escena. El animal permanecía tumbado. El teléfono empezó a sonar. Vi mi rostro reflejado sobre la pantalla y detrás, la foto de mi madre mirándome a los ojos.
—Cariño, ¿dónde estás? Tu padre y yo vamos a salir a hacer unos recados. ¿Llevas llaves?
—Sí, no te preocupes.
—No vuelvas tarde.
—Mamá, ¿dónde guardas las mantas viejas?
—¿Por qué?
—Tengo un proyecto. Luego en casa te lo enseño.
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