lunes, 24 de enero de 2011

Disponibilidad 24 horas a precio de saldo

Aquella mañana sería distinta, era el día, todo estaba dispuesto. ―Mira a través de la ventana y sonríe por primera vez en mucho tiempo mientras el aire fresco mece sus canas―.
La costumbre, la rutina, el silencio de las mañanas reina mientras ejecuta su trabajo como cualquier otro día, sin hacer ni un solo ruido para no despertar a los suyos. Hasta el más mínimo paso inseguro podría despertar al dragón y no queremos eso, ¿verdad? Vuelve a sonreír, forzada, mientras resuenan las palabras en su cabeza... «No queremos eso...». ¿Quién lo querría?
Lleva sumida en la condena, a su sombra y bajo su yugo 32 años; «ya es bastante, ya he cumplido», se dice así misma mientras termina de preparar el almuerzo de su hijo menor.
Hoy es el día indicado, Samuel hizo la semana pasada los 18, ya no depende nadie de ella.
Estuvo ahorrando todos los céntimos que podía sisar de las compras durante años y ayer salío a comprarse un vestido bonito y los tacones que vio en las rebajas. Le ha dado hasta para pasarse por la pelu y arreglarse el peinado, pero sin tapar las canas, símbolo inequívoco del paso de los años. «Por cada cana una ostia, un insulto, un desprecio, un empujón...», dice ella por lo bajo mientras la peluquera levanta los mechones y recorta las puntas empeñada en convencerla para tintarla de morena.
―No, hermosa, las canas para mí son como cicatrices, deben permanecer en la memoria de todos, ―aunque nadie sepa a qué heridas corresponden dice para sí.
―Bueno, mujer lo que usted mande―, replica la peluquera.
Otra clienta que andaba ojeando una revista le dice a voces: «Sí, será la primera vez que haces lo que te dicen, porque...». Esta vez Ana ríe con fuerza, lo necesita.
Volvió a casa ilusionada. Guardó el vestido donde su marido no pudiera verlo y se cubrió la cabeza con un pañuelo para disimular la permanente.
Pero hoy es distinto. Ha terminado sus tareas, ha recogido todo el piso, ha dejado la comida hecha. Todo está preparado.
Desde que todos han salido a sus clases y sus trabajos, Ana se ha dedicado todo el día a repasar las fotos de los antiguos álbumes. Ha seleccionado la más entrañable de cada uno de sus hijos y en el reverso les ha dedicado algunas palabras; después las ha dejado en sus camas, sobre la almohada. Es la despedida perfecta.
Apenas ha comido, está impaciente. Se atusa un poco el pelo y se coloca el vestido; habría que hacerle algún arreglo, pero ya no hay tiempo. Ha sacado las viejas pinturas que un día le dio su hermana y se ha maquillado despacio y con esmero. Se mira al espejo y como si fuera una adolescente en el día del baile de fin de curso, se mece a un lado y a otro, y da un par de vueltas para comprobar el vuelo de la falda. ¡Qué pena no poder volver a usarlo!
Miró la información necesaria en Internet, se tomó su tiempo. Preparó un vaso de agua y todas las pastillas necesarias y fue tomándolas despacio, una a una...
―Esta por mamá, porqué no te haría caso el día en que me avisaste que podría acabar así.
―Esta por papá, que aguantaste en silencio todo mi sufrimiento.
―Esta por...
Y así, hasta que empezó a sentirse mareada. Se fue a la cama, tambaleándose. Es el momento.
―Esta por ti Javier, grandísimo hijo de puta, que me has tenido durante 32 años a disponibilidad completa, hoy se acaba el horario, ya he cumplido.
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