domingo, 26 de junio de 2011

Reivindicaciones felinas


Mi nombre es Java, soy una gata, pero no por eso carezco de sentimientos y mucho menos de calor. Desde que empezó el verano, concretamente esta ola de ardor, mi compañera Gris y yo iniciamos una campaña para llamar la atención acerca de lo mal adaptado que está nuestro hogar a esta situación. Reivindicamos nuestro derecho a dormitar sobre un suelo fresquito, independientemente del sitio y la hora.

La primera medida la emprendimos conjuntamente. Cuando nuestros dueños pasaban cerca de nosotras, Gris y yo empezábamos a emitir sonidos extraños, maullidos alargados como quejas interminables, pero estos humanos no saben reconocer un lamento ni aunque se lo pintes. Su reacción: cogernos en brazos y hacernos mimitos mientras coreaban a la vez: «Mi gatita, qué liiiiinda».

No funcionó. Además Gris decidió abandonar, según ella no soporta hacer el ridículo de esa manera. Pero yo permanecí fuerte y decidí tomar una aptitud algo más radical. Hace un par de sábados, justo cuando mi humana pasaba delante de mí, me arrojé al suelo y estiré las cuatro patas hacia el cielo... Vale, igual exageré un poco. Y claro, la reacción tampoco fue la esperada: mi madre me cogió entre sus brazos y corrió como una desesperada escaleras abajo con dirección al veterinario. No se dio ni cuenta de que bajaba en pijama y, lo que es peor, cuando el especialista de guardia dijo que no tenía nada y por eso le cobró noventa euros... En fin, me miró con cara de pocos amigos y me castigó con un baño de agua bien fría cuando llegamos a casa. La temperatura era la adecuada para paliar los efectos del calor, pero recordad, sigo siendo gato.

Cuando me liberé de la toalla corrí por el pasillo como una desesperada para quitarme la humedad que quedaba. Gris me miró y empezó a reírse panza arriba como una loca. Ojalá la hubiera visto mi dueña y se la hubiera llevado también al veterinario, yo pagaba gustosa otros noventa euros si me hubieran dejado mirar mientras le inyectaba algún calmante. Pero no, ella se libró, como siempre.

Estaba claro, nuestro sufrimiento no tendría fin hasta que empezara a refrescar hacia Septiembre. Ya había tomado esta batalla por perdida cuando, ajá, mi dueño se dio cuenta de que el aparato del aire acondicionado que tiene en el despacho (la única habitación donde no nos dejan entrar) no funcionaba. Si él se quejaba estaba todo resuelto. Para rematar la faena y hacerlo sufrir un poco ―solo porque supiera lo que es estar constantemente cubierto de pelo― decidí hacer una pequeña aportación a su insoportable acaloramiento: desde entonces cada noche me subí a la cama con muuuucho cuidado y me pegué a él como una lapa. No tardaba ni cinco minutos en removerse, yo solo necesitaba tres segundos para bajarme de la cama y ocultarme; que volvía a retomar el sueño... Pues otra vez que me subía. Dos noches, solo dos noches hicieron falta para que ayer a primera hora fuera a encargar otro aparato de aire. Y digo «otro» porque el que tenía en el despacho lo han arreglado y el nuevo lo han puesto en el dormitorio, así que desde anoche ya podemos dormir cómodas y fresquitas en la cama.

Ahora solo me falta superar otra barrera: aprender a utilizar el mando a distancia.

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