viernes, 13 de enero de 2012

De repente, el silencio

Porque las sonrisas no son eternas debo hacerme a la idea de que el silencio siempre vuelve, de que no todo está andado. Tendré que volver sobre mis pasos una y otra vez hasta cerrar este capítulo inacabado en la incoherencia del reloj que vuelve a descubrirme callada.
Para no anclarme a la derrota, he roto mi hucha y he contado monedas como si fueran palabras. ¿Merece la pena ahorrarlas? En pequeños montones, de más grandes a más pequeñas, he compuesto oraciones que no tienen precio pues jamás serán escritas ni leídas. Y tras descubrir mis sentimientos, he roto el orden en desconcierto devolviéndolos al cajón desastre de mi cabeza.
¿Sabrá quien ataca cuánto duele la afrenta? ¿Acaso imagina lo que tardan en cerrar las heridas? Quizá es cosa mía que me empeño en olvidar cómo son los malhechores, en intentar perdonar. Pero las personas no cambian.
Quizá debí permanecer en silencio, atada a mi anterior existencia, al olvido y a la ausencia donde tan cómoda me sentía; al menos conocía bien el silencio. Ahora me desconciertan el ruido constante, las miradas maliciosas y la mentira. ¿Esto es pasar a mejor vida?
Y en la observación constante, sabiendo rota mi invisibilidad, en días como hoy, nublado y fríos, en días como yo... Quisiera que las agujas del reloj se detuvieran. O mejor aún, aprender a no sentir nada, al menos me evitaría el disgusto de saberme no querida.
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