domingo, 8 de enero de 2012

Reviere



Abrió la pequeña lata y sacó el último bombón. Realmente no le gustaban, el único motivo por el que los había comprado era la caja adornada en su tapa con un detalle de Reviere, de Alphonse Mucha. No era ninguna entendida en arte, conoció el autor porque en la parte de abajo venía la referencia: «Chocolate-Amatller. Alphonse Mucha. Centenario de la casa año 1900». No le cuadraba la fecha, significaba que el chocolate tenía al menos 10 años.
La mujer del retrato, de tez pálida y labios rosados, la miraba fijamente a los ojos. El vestido tan adornado y tal cantidad de flores, todo en tonos cálidos, llamaban enormemente su atención. Quizá quisiera avisarle de la caducidad del contenido, peor no era más que una cara hermosa impresa sobre lata fría. Pensó en darle mejor uso, pero no sabía qué guardar en ella, demasiado pequeña como joyero, demasiado grande para guardar las llaves. Tampoco servía de monedero, demasiado escandoloso. Quizá para las especias, pero no quería concederle olor a albahaca a aquel rostro tan hermoso.
Al día siguiente la caja seguía en el mismo sitio, pero algo había cambiado. La mirada de la muchacha decía algo distinto, apretaba la boca quizá con enfado o decepción. «A ver, calma, solo es una caja de lata y he madrugado demasiado», se dijo. No le prestó más atención. Aquella mañana en el trabajo, sacó hueco para mirar su correo personal y consultar en la web sobre el pintor. Sentía curiosidad por saber quién era la mujer, ver el resto del cuadro. Según la Wikipedia, Alphonse Mucha se dedicó principalmente a diseñar decorados y publicidad; frustado y cansado de luchar por el verdadero origen de su arte, se rindió a su trabajo. Se fijó en un comentario que decía sobre el autor que la intención de su arte era la de transmitir un mensaje espiritual, pero ¿qué mensaje portaba la mujer de Reviere?
Localizó la imagen completa. Flotaba en vestido vaporoso de anaranjados con adornos en el pecho, un halo de flores enmarcaba la figura que, sentada, se entretenía en leer una revista. «Como toda mujer en una peluquería», pensó. Repasó cada detalle del torso pues era lo que coincidía con su contenedor. Estaba segura de que había algo distinto, encontraría ese mensaje del que hablaba Mucha porque juraría que esta mañana tenía una expresión distina. Eran los ojos, donde consultaba la imagen la mirada tenía un verde más suave. La buscó en otras fuentes y en todas halló el mismo distintivo: el color de sus pupilas.
Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue buscar la caja. No podía creerlo... ¡La mujer había desaparecido! Lo siguiente que recuerda fue un golpe en la cabeza. Cuando despertó se notó distinta, más plana y lánguida, ahora era ella la que portaba el vestido naranja. Vio a la joven terminando de subirse la cremallera de sus vaqueros mientras se miraba el espejo de lado para ver cómo le quedaban. «Te hubiera avisado, debiste informarte primero».
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