miércoles, 28 de marzo de 2012

Lamparillas de tacón de noche

El piso, recién estrenado, con los muebles prácticamente de exposición y la pintura elegida de entre una amplia gama adaptándose perfectamente a la decoración elegida por la joven pareja, lucía perfecto hasta que llegaron ellas: las lamparillas de noche. El regalo de bodas de la prima segunda de Elena, Romi ―Ramona para la familia―, había llegado hacía un rato a través de Seur, perfectamente empaquetado, protegido por una gruesa capa de plástico de burbujas.
Luis y Elena abrieron, no sin cierta dificultad, el presente. Con cada vuelta de precinto, con cada pliego de periódico arrugado para ajustar los obsequios y el entretenimiento de explotar las burbujas en medio de la excitación del momento, sus expectativas iban creciendo. Craso error. Luis terminó de desembalar la segunda pieza y la dejó sobre la mesa del salón, junto a la otra. Ambos se miraron estupefactos y después se volvieron hacia las lamparillas sin mediar palabra.
Sobre cada base de madera se erguía una pierna con zapato de tacón negro y media de rejilla hasta llegar a la bombilla, y sobre ella, una desproporcionada pantalla amarillenta terminada en un adorno del que pendían pequeñas borlas negras.
―Esto... ¿Realmente piensas poner eso en el dormitorio? ―preguntó Luis aguantándose la risa.
Elena le miró con una expresión entre triste, de asco y decepción. No le hacía ninguna gracia el regalo, pero después de leer la carta que su prima Romi había incluído en el paquete, le sabía mal deshacerse de las lamparillas. En la misiva, decía que se habían acercado a la ciudad ella y su marido desde Moral de la Reina, donde vivían a cincuenta y siete kilómetros de Valladolid, para comprarlas, que le hacía ilusión que su primita del alma tuviera un detalle por su reciente enlace. Elena conocía bien el mal gusto de la mujer en cuanto a detalles, de hecho era famosa en el pueblo y alrededores por su indumentaria algo destartalada, rozando lo hortera. Pero ese «defectillo» poco importaba, lo compensaba con su inmensa simpatía y comprensión.
―¿Y bien?; ¿has pensado qué vamos a hacer con ellas? Tengo que bajar la basura, si quieres aprovecho el viaje.
―No digas eso, Luis. Seguramente habrán gastado una fortuna, conociendo a Ramona habrá ido a alguna tienda de diseño, y esas cosas siempre salen caras.
―¿Pero tú las has visto bien? ―insistió Luis.
―No vamos a tirarlas. Haremos sitio en el trastero.
―Siempre podemos decirles que se han roto en el transporte.
―Sí, claro, tal y como venían embaladas ni siquiera un terremoto las habría descalzado.
Elena se dejó caer sobre el sofá, chafada por la sorpresa que no había sido tan agradable como esperaba. Luis se sentó a su lado y trató de consolarla.
―Vamos, nena, no te preocupes. Siempre puedes pedirles el ticket y cambiarlas por algo que te guste más.
―¿Cómo vamos a hacer eso? No, no, las lamparillas se quedan, lo que no sé es dónde, la verdad.
Luis se levantó y se acercó con aire ceremonioso a la mesa. Empezó a jugar con las lámparas, cambiándolas de sitio, colocando las puntas de los zapatos hacia dentro y hacia afuera, probando todas las combinaciones posibles mientras acompañaba sus movimientos con un discurso absurdo y una voz ridícula. Consiguió arrancar las risas de su esposa. Ambos rieron.
―Probemos en el dormitorio, igual quedan bien ―dijo Elena a sabiendas de que no iban con la decoración de ningún rincón de su casa.
―¡Ni pensarlo! Si no las quieres tirar, van al trastero ahora mismo ―afirmó amarrando una «pierna-lámpara» con cada brazo.
La joven no le detuvo, era la única solución. Acompañó a su marido hasta la entrada y se despidió de ellas deseando que fuera para siempre. Justo cuando se cerraba la puerta del ascensor en dirección al «cuarto del olvido», como Luis llamaba al trastero, sonó el timbre del piso.
―¿Quién es? ―preguntó Elena con su voz dulce, casi tímida.
―¡Moza! Soy tu prima Romi ―dijo a voces.
―Y tu primo político, Ramón ―añadió su marido por detrás.
Elena se quedó paralizada. No supo qué decir ni qué hacer. Pensó en avisar a Luis, pero no había cogido el móvil; no tardaría en volver y, conociéndolo, llegaría haciendo algún chiste sobre las lamparillas.
―¿Elena?; ¿niña? Primica, ¿estás?
―Sí, sí... Dame... Dame un segundo, que acabo de salir de la ducha.
―¡Como si no te hubiera visto desnuda! ¿Quién te crees que limpiaba ese culo gordo cuando eras un bebé? ―la pareja que aún esperaba en la calle, rió al unísono.
Elena, instintivamente se miró las nalgas.
―Mi culo no es gordo ―dijo casi indignada. Pensó que dándole conversación concedería tiempo suficiente a su marido para volver a casa y buscar una solución.
―Mujer, no te ofendas, pero sabes que es bien cierto.
Se abrió la puerta del piso. Luis entró entre risas y encontró a Elena enganchada al telefonillo suplicándole silencio.
―¿Qué pasa? ―dijo susurrando.
―Mi prima Ramona y su esposo están abajo. Han venido de visita, comprobará cada espacio, buscará las lamparillas, querrá ver si su regalo ha llegado bien ―el tono apurado delataba su estado de nervios.
―Tranquila, tú dale cháchara; en cinco minutos estamos de vuelta las piernas y yo ―le giñó un ojo a Elena y salió de nuevo, apresurado.
El timbre volvió a sonar con una insistencia inquisitoria. Elena se subió las mangas de la camisa armándose de valor.
―Prima, anda, daros un paseito por aquí cerca. Ahí en la esquina hay un bar, podéis tomaros una cañita mientras termino de arreglarme.
―¡Pero Elena! ¿Qué me estás contando? Venimos desde el pueblo para veros. Anda, déjate de tonterías y abre la puerta, esperamos en el comedor hasta que estés preparada. ¿No está tu marido en casa? Anda, que vaya pieza, seguro que si vamos al bar nos lo encontramos allí jugando al dominó con los amigos, como si lo viera...
La mujer hablaba y hablaba sin parar, y Luis no llegaba. Habían pasado más de cinco minutos y no había rastro de él ni de las lamparillas de noche. No pudo mantener aquella situación por más tiempo, decidió abrir la puerta. «Subid», dijo sin añadir nada más asumiendo el terrible desenlace. Se volvió nerviosa, jugando con sus manos, colocando de nuevo las mangas de su camisa. Vio la caja y el profuso embalaje disperso por el suelo del comedor. «No hay escapatoria, verán los “restos” y preguntarán por las lamparillas», se dijo prácticamente en un lamento. No quería decepcionar a su prima, la quería mucho, fue ella quien la crió desde pequeña en el pueblo, quien la animó a trasladarse a la capital para iniciar sus estudios; sabía que le había dolido profundamente no haber podido asistir a su boda a causa de la enfermedad de su padre. Si no veía las lamparillas se llevaría un disgusto. «¿Dónde estará Luis? ¿Por qué no vuelve? Ya debería estar aquí».
Sonó el timbre de la puerta. Elena, decidida a enfrentarse a todo, se dirigió hacia ella, pero antes de llegar, Luis abrió. Le acompañaban Ramona, Ramón y las dos piernas, tal y como cuando se despidió de ellas. Su marido entró primero sin perder la sonrisa y volvió a guiñarle un ojo. Detrás de él, la visita, casi apresurada, accedió a la vivienda dejando un montón de bolsas en la entrada.
―¡Querida! ¡Estás guapísima! Ay, mi niña, ven aquí y dame un beso ―exclamó Romi agarrando a Elena y dándole un par de sonoros besos.
―Hola sobrina. Estás más gorda, ¿no? Te sienta bien el matrimonio ―dijo Ramón.
―¡Qué ilusión veros! ¿Cómo que habéis venido a Madrid? ¿Va todo bien? ¿Qué tal está el tío?
Mientras besaba y preguntaba a su prima por la familia, no perdía de vista a Luis que se entretenía en colocar las piernas sobre la chimenea, una a cada lado. Se alejaba un poco, se quedaba pensativo en plan interesante y volvía de nuevo a moverlas. Junto a él, Ramón observaba el ritual desde el sofá, donde ya se había acomodado.
―Tu Luisito es un niño encantador. Mira, nos lo hemos encontrado en el ascensor y hemos subido juntos. Me iba diciendo que os ha encantado el regalo. ¡No sabes la ilusión que nos hace! Que nada más desembalar las lamparillas, ha bajado al bar para enseñárselas a sus amigos. ―acercándose a Elena y hablando un poco más bajo añadió...― ¿No te decía yo que seguro que me lo encontraría allí?
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