miércoles, 6 de junio de 2012

El ascensor

El ascensor de la oficina paró en seco a las ocho en punto de la mañana. No hacía ni tres segundos que me había subido sin prestar atención a mi alrededor. Saltó la luz de emergencia y con ella mi mal humor.
―¡Me cago en la...! ¡Ya es el segundo día! ¿Por qué no habré subido por las escaleras? ¡Me cago en la madre que...!
―Ejem ―una mujer forzó dulcemente un carraspeo que detuvo la blasfemia que ascendía desde mi estómago.
Dudé durante un instante: ¿debía disculparme y volverme, o invertir el orden? Su voz, a pesar de la llamada de atención, se me antojó amable. Mientras me volvía, la escasa iluminación terminó por rendirse a la evidencia y quedamos en una obscuridad absoluta. No hubo forma de detener la inercia de mi movimiento; inevitablemente, nuestros cuerpos chocaron y la onda expansiva rebotó contra las paredes volviendo cargada de deseo.
―Discúlpeme, no pretendía... ―le dije sin huella de arrepentimiento.
―No se preocupe. El ascensor volverá a funcionar enseguida, anteayer también me quedé encerrada; debe ser una avería que no terminan de arreglar.
Me separé lo necesario para que nuestros cuerpos no se tocaran a pesar de que el mío reclamaba justo lo contrario. Busqué el pulsador de emergencia, pero mis manos impacientes fueron a dar con tercer en botón de su camisa...
―Ejem... ―volvió a carraspear sin mucha convicción.
―¡Oh, Dios mío! Perdóneme, no, no... Se va a hacer una idea equivocada de mí. Yo no...
―¿Idea? Lo tengo complicado, lo único que he visto de usted ha sido su trasero ―comentó acompañando con una leve risita.
―Lleva razón. Perdone, subí con cierta prisa.
―No hay problema. Dígame, ¿cómo es? Me gusta mirar a los ojos de la gente con la que hablo y, de momento, lo tenemos complicado.
―Si le digo que soy alto, rubio y de ojos azules, ¿me creería?
―No del todo, es moreno, en eso sí me he fijado.
―¡Vaya! Pensé que había reparado solo en mi culo.
Ambos reímos. La situación era, como poco, inusual; ligar en un ascensor no era uno de mis hobbies favoritos. Después, un espeso silencio se unió a nosotros. Era incómodo; podía oír como respiraba, rítmica y calmada, excitándome con cada inspiración.
―Perdona, creo que... ―ambos rompimos el hielo a la vez mezclando nuestras voces.
―Por favor, habla tú ―deseaba sentir el ritmo de sus palabras.
―No te preocupes, era una bobada.
«Una bobada»; sus palabras resonaron en mi cabeza que empezó a transformar la expresión en cualquier otra que rimara e implicara el tacto de su piel, de su boca. Me decidí, no tenía nada que perder. Ya la había tocado en dos ocasiones y parecía no haberse disgustado. Me acerqué de nuevo con la excusa de buscar la baranda para descansar un poco. De nuevo el choque, de nuevo la pasión que encendió nuestros cuerpos.
―No hables ―me dijo dulcemente mientras me quitaba la chaqueta del traje.
―Pero... ―me ruboricé, no sabría explicar porqué.
―Tranquilo, no haremos nada que no quieras, es solo por pasar el rato ―afirmó como si fuera lo más normal del mundo al terminar de desabrochar mi camisa.
―Un buen rato, sí, pero y si... ―mi miedo a que nos pillaran en plena faena empezaba a ser mayor que mi deseo. Mi erección empezaba a peligrar.
―Vamos, cariño, no seas remilgado; como poco estaremos aquí otros quince minutos ―vaticinó mientras rodeaba con su lengua mi pezón izquierdo.
―¿Sólo quince? ―pregunté entre sorprendido e inquieto.
Ella rió sin dejar de manosearme. Solo necesitó tres segundos para desabrocharse la camisa. Colocó las mías sobre su sujetador, pude notar sus pezones firmes, sus pechos turgentes asomando por encima de la puntilla. Nos besamos apasionadamente. Descubrí con prisa cada parte de su anatomía, el tiempo apremiaba. Cuando llegué al bajo de la falda, me puse de rodillas frente a ella y fui ascendiendo con la lengua hasta llegar al liguero que sujetaba sus medias. Mi nerviosismo me jugó una mala pasada, no atiné a desabrocharlo.
―Déjame a mí ―dijo entre jadeos.
―Espera un segundo, lo intento otra vez.
Nuestra impaciencia hizo que ambos, sin saberlo, nos moviéramos con fuerza llevados por el frenesí que envolvía el momento, con tan mala suerte que nuestras cabezas acabaron chocando bruscamente. Ella cayó al suelo, yo eché mano a la frente, noté el líquido, la sangre que caía sobre mi ceja. La mera idea hizo que me desmayara sobre ella. Justo en ese instante el ascensor volvió a funcionar.
―¡Despierta, imbécil! ―gritó mientras intentaba espabilarme dándome tortas en la cara, manchándose con la sangre que seguía manando de mi cabeza.
―Qué... ¿qué ha pasado? ―balbuceé.
Cuando conseguí recuperar la consciencia, la puerta del ascensor se abrió. Varios bomberos; Santi, el de seguridad; un par de recepcionistas; Jorge, mi compañero de trabajo y otros cuantos miraban atónitos la escena.
―Si no les importa, cojan el siguiente.
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