miércoles, 18 de septiembre de 2013

Amor fraternal

Pasé por delante de su puerta que, entreabierta, dejaba escapar algo más que la estridente música de quinceañeras. Ella, más ocupada en escoger el conjunto para ir al cine, descuidó de miradas furtivas su reflejo en el espejo. La había visto muchas veces, pero nunca así. Conocía a la perfección su uniforme del colegio, la talla de sus calcetines y hasta el color favorito de sus cintas del pelo, pero hasta la fecha no la había contemplado en pleno desarrollo en ropa interior. Su cuerpo dejaba asomar los pechos casi con timidez, sus pezones marcaban las flores del sostén y, en su braguita, tras la sonrisa de Winnie de Pooh, se escondía un jardín aún por florecer.
Me descubrí exaltado, con el corazón agitado y la respiración entrecortada. Tapé mi boca con fuerza por miedo a ser descubierto y me escondí en el pasillo. Mi sexo por fin había despertado. Jamás le confesé a mi hermana que la amé desde aquel mismo momento.
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