jueves, 19 de septiembre de 2013

Confesiones literarias

—Al principio fue divertido. Simplemente me dediqué durante unas cuantas noches a transcribir lo que doña Enriqueta relataba al resto de víboras acerca de los cuernos de Isabel, mi vecina de planta. A la hora del café, con Jorge Javier Vázquez de fondo, la buena mujer, como una colaboradora más del show, presentaba los hechos —probados según ella—; después de su afilada exposición daba paso a las contertulias. Entre voces y aspavientos, los rumores recorrían el patio interior del antiguo edificio de vecinas infestándolo todo. Así nació mi primera novela de éxito, «Se pilla antes a un adúltero que a un mentiroso». No lo podía creer, en menos de seis meses ya era superventas.
—Claro, es una obra maestra. Tus anteriores libros eran basura —afirmó con rotundidad Ismael.
—Hombre, yo no los calificaría como basura; es cierto que tenían poca gracia, pero…
—¿Poca? Más bien ninguna.
Respiré profundo. Conté en silencio hasta diez para recobrar la calma. Durante ese corto intervalo de silencio, me incorporé un poco para apagar el cigarro en el cenicero. Al lado, sobre la mesa, en forma de abanico, tenía colocadas sus tarjetas: «Ismael Lozano. Editor». Tomé una y descoloqué el resto como represalia por su insulto.
—¿Y bien? ¿Qué querías contarme? No tengo todo el día —me invitó amablemente a seguir con mi declaración.
—Al poco tiempo, me pediste un segundo libro. Prácticamente me exigiste el mismo nivel y fue complicado. Tuve que ingeniármelas para hacerme un hueco en el club social de doña Enriqueta. Me costó muchas tardes de favores, recados y chapuzas en su casa. Pasé de ser un don nadie a ser el niño de sus ojos; si hubiera continuado con aquella pantomima habría acabado nombrándome su heredero, estoy seguro. Con el paso del tiempo y el divorcio de Isabel, el tema de conversación había cambiado. Ahora, las vecinas, generosas como siempre, habían puesto el foco de atención sobre Leo, el chico del conserje. La verdad es que se le veía venir, ya desde niño apuntaba maneras. Los rasgos afeminados se hicieron más patentes con el tiempo y, claro, según Enri —como le gustaba que la llamara— era más maricón que un palomo cojo. Tanto insistió que acabó convenciéndonos a todos, incluido al padre, que decidió llevarlo a unos cursillos católicos para reformarlo. Al final acabó haciéndose cura.
—Genial el título, «Padre gay, cura maricón» —dijo entre risotadas que me resultaron casi insultantes.
—A mí no me hace ni puta gracia.
—Ya, bueno, pero volviste a desbancar a Erika Leonard y sus jodidas «Cuarenta sombras de Grey».
—Son cincuenta —le corregí.
—Como si son dos mil, me da igual. Conseguiste vender más que ella las Navidades pasadas, ¿qué más quieres?
—No quiero seguir con esto.
—¿Con qué? ¿Escribiendo? ¡Eres escritor, maldita sea! ¿Ahora quieres cambiar de profesión? ¿Qué quieres ser, sexador de pollos? —volvió a reír.
—Quiero decir que no puedo seguir con esto. No soy escritor, soy transcriptor. Únicamente me dedico a pasar al papel todas y cada una de las calumnias de mis vecinas, me avergüenzo de ello. Además pensé que pasaría desapercibido, la mayoría de ellas, lo más que han leído en su vida es la Biblia. Pero no contaba con sus hijos ni sus nietos, ni los amigos de sus hijos y sus nietos. Por más que traté de cambiar los nombres y las descripciones de los personajes, me han pillado. Enri ha dejado de ser Enri, ha vuelto al doña y al nombre completo al darse cuenta de mis verdaderas intenciones. Su nieta —maldita niña— la puso sobre aviso.
—No insultes a nuestros lectores, son los que te dan de comer —aseveró con sarcasmo.
—Ahora ya no me habla nadie en la escalera, salvo para pedirme que les firme el libro para algún conocido.
—¿Cuál es el problema? Cómprale unas flores y listo. Necesito un tercer libro en el plazo de un mes, así que no te demores.
—No puedo, me niego. Estoy seguro de que ahora estarán rajándome a mí. Casi puedo verlas, asomadas cada una a su ventana, imitando mi forma de hablar. Se estarán mofando de cada momento en los que participé en sus reuniones.
—¿Eso te preocupa? Con lo que has ganado con tus últimas dos novelas puedes permitirte un piso en la misma Plaza Mayor de Madrid.
—Yo no quiero eso... No sé qué quiero la verdad —dije compungido.
—Pues yo lo tengo muy claro: quiero un tercer libro así que ya te estás buscando otro vecindario con viejas glorias que te surtan de buenas historias.
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