miércoles, 23 de julio de 2014

Corazón verde

Llevaba días sin poder dormir bien y cuando al fin conseguía descansar un rato, tenía pesadillas. Cada noche, en el plazo de pocas horas, todo mi mundo se desmoronaba. Los sueños eran tan vívidos que me devolvían al insomnio, encontrando alivio en mis ojeras. Los días se hacían largos y pesados, el cansancio empezaba a hacer mella, pero el miedo a caer en los brazos de Morfeo, aparentemente cabreado conmigo, era mayor que el de sobrevivir a mis propios delirios.
Anoche soñé que caminaba huyendo de la tormenta cuando un pequeño rayo de luz me atravesó, entonces me di cuenta de que era de cristal. El miedo me hizo volver a la obscuridad que traían la lluvia y el viento (podía oír el aire golpeando la persiana de mi dormitorio). Inevitablemente, empecé a resquebrajarme a cada paso que daba; traté de permanecer inmóvil (pude sentir mi cuerpo rígido contra el colchón). Mis pies empezaron a desintegrarse, esquirlas transparentes flotaban a mi alrededor (mientras un dolor agudo subía por mis piernas). Un remolino de hojas jugó con mi pelo deshaciendo la melena; una de ellas, la más astuta, vino a clavarse en mi pecho (llevé rápidamente mi mano derecha al corazón para protegerlo, pero no pude hacer nada). Ella puso fin al sueño; me atravesó haciéndome estallar en ínfimos pedazos…
Desperté. Estaba completa, en mi cama. El dolor había desaparecido. Mis pies estaban donde siempre, como mi trenza despeinada. Aparté mi mano del pecho y abrí el puño. En la palma tenía un trozo de cristal clavado. Al arrancarlo no brotó sangre sino un líquido espeso, casi transparente, era savia.
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