jueves, 24 de julio de 2014

La próxima parada

Resultas ridículo. ¿No te das cuenta de que estás asustando a la gente? Tus pasos torpes, tu mirada perdida, vas haciéndote hueco a golpes. Acabarás llamando la atención de los agentes.
¿Y ahora por qué te detienes? Sí, mírate en el escaparate, ¿qué ves? Sólo encuentro a un perdedor y no soy yo.
—¡Déjame en paz! —me gritas.
Reanudas tu marcha sin rumbo fijo. Aceleras el paso, pero lo único que consigues es que tu jadeo resulte grosero. Te golpearía sin dudarlo. ¡Reacciona de una vez! Caes al suelo —recuerda, yo no he sido—, te quedas de rodillas en medio del río humano. Enseguida se hace un hueco a tu alrededor, eres como la peste. ¿Lloras?
Eres un despojo, ¿por qué me fijaría en ti? Me has engañado completamente. Desde el primer instante me quedé prendada de ese cuerpo de Adonis perfectamente esculpido, de esa candidez que desprendían tu mirada y tu sonrisa, y tus manos… ¡Oh, Dios! ¡Esas manos que escribían poesía sobre el cuerpo de tu novia! Lo dejaste todo por mí, la dejaste a ella a pesar de tener planes de boda. No te creía tan imbécil. Pero esa fue tu decisión, dejarte llevar por el deseo, por la ambición. Jamás te prometí nada que no estuviera a tu alcance, pero te empeñaste en complicar la relación…
—¡Cállate de una vez! ¡Me vas a volver loco! —me recriminas.
Te apoyas en el carrito de un niño para levantar tu estupidez. La mujer grita asustada, se habrá pensado que vas a hacerle algo al pequeño, ¿o lo has hecho? Te acusa de haberle robado el caramelo, una piruleta. ¡Ja, no me lo puede creer! Yo no, pero los demás te siguen con mirada acusatoria, alguno hasta se ha atrevido a insultarte. Vuélvete, ¿no me ves? Lo reconozco, he sido yo, pero creerte culpable me da placer.
¡Corre! ¡Vamos, corre! ¡No pares hasta llegar al cementerio!
—¡Ayuda! —¡Socorro! —solicitas hacia un público que ya no se digna en escucharte.
Estás solo. Quizá deberías mirar dónde pisas. Tropiezas, Vuelves a caer de nuevo golpeándote con un banco de piedra. Te lo dije. Te encoges, posición fetal. Gimoteas como un niño. ¿Qué haces?
—¡Déjame en paz, por favor! —me ruegas.
¿Dejarte? Nada me gustaría más que eso…
Han pasado varias horas. Te quedaste dormido. Ni siquiera notaste la sangre tibia cayendo por tu ceja, te heriste. Un grupo de niños te observa. Uno de ellos saca la pistola de agua y comienza a dispararte. Te espabilas. Tratas de alejarlos haciendo aspavientos. Resulta cómico. Los chicos se van corriendo cuando ven tu cara desencajada. «¡Loco, mamarracho!», gritan mientras se alejan.
Vámonos a casa, anda. Me avergüenzas.
—Me rindo —afirmas quejumbroso.
En el portal te cuesta meter la llave, ¿sigues desorientado? Te ayudaría, pero prefieres evitarme, hacer como que no estoy. Sabes que no te servirá de nada. Subes por las escaleras. Seis plantas. ¿No estás suficientemente cansado? Yo iré en el ascensor, te espero arriba. Sé que no escaparás, ya no tienes fuerzas ni para eso. Déjame que abra.
—¿Por qué no te vas de una vez? —preguntas a pesar de conocer la respuesta.
En un arranque, entras corriendo y tratas de dejarme fuera, casi lo consigues. Tú mismo frenas el cierre con el pie, además te has hecho daño. Disculpa que me ría… Te quejas. En el pasillo te descalzas y te quitas el calcetín para ver si te has hecho algo. ¿No cierras? Me arrojas el zapato cabreado, con todas tus fuerzas. Lo esquivo fácilmente. Has conseguido alcanzar la puerta, ahora se ha quedado entornada. Tú mismo.
Te diriges al baño. Te desnudas. Adoro tu cuerpo. Buscas algo en el mueble, mientras me acerco sigilosamente, no quiero que vuelvas a apartarme de tu lado. Puedo percibir tu hedor, mezcla de sudor y sangre, pero me atraes igualmente. Te abrazo desde atrás para que puedas sentir mi calor. Llevo mis manos a tu sexo, no tarda reaccionar. Miras al espejo, la ceja se te ha hinchado, apenas ver por tu ojo izquierdo. No puedes verme, sigo detrás de ti.
—Porqué me haces esto…
Porque te deseo, así de simple.
Vacías el frasco de pastillas y las tragas sin masticar. Abres el grifo y bebes agua con ansiedad. Vas al dormitorio y te tumbas en la cama, boca arriba. Tu erección continúa, aparentemente es la única parte de tu cuerpo que responde a mis caricias. Cariño, dime que me quieres.
—Estoy tan cansado…
Vamos, dímelo. Me desnudo despacio. La escasa luz que proviene de la calle nos da la intimidad necesaria. Miro el despertador: las diez y media. Deja que te ame una última vez, después me iré para siempre. Suspiras. Me coloco sobre ti, a rítmicos movimientos conseguimos acompasar nuestra respiración. Ahora somos uno. Te dejas hacer, no tienes ganas de nada, pero yo te deseo ardientemente. Mordisqueo tus pezones. Sueltas un quejido leve, apenas perceptible. Lamo tu cuerpo hasta llegar de nuevo a tu verga, pero esta vez no despierta. Así no hay forma, no das la talla como amante.
Me aparto y me siento en la esquina de la cama, mirando hacia la ventana. Fumo. El humo se colorea con el neón recién encendido del restaurante chino. Puedo sentir cómo tu respiración se va haciendo más lenta, más pausada. En la silla pegada a la cristalera están tus prismáticos. ¿Aún sigues espiando a tu vecinita? Eres un cerdo. Tomo asiento y ajusto la lente. Allí está. Quince años desnudos, Una Venus en plena pubertad descubriendo su cuerpo. ¡Oh, dioses, cómo os adoro! Se mira en el espejo, repasa sus senos impacientes, los aprieta uno junto a otro. Su cadera, su viente estrecho me llaman a gritos. Se sienta sobre el colchón y acaricia sus partes, se prepara para el placer. Mi cuerpo vuelve a despertarse. Busco el caramelo que robé a tu costa y lo chupo ansiosamente pensando en ella. Creo que le haré una visita.
Me levanto y me visto impaciente. Cariño, me esperan al otro lado de la calle. Oigo crujir la puerta, alguien entra.
—Fran, ¿estás en casa? —es tu ex.
Déjame que te bese antes del último estertor. Escapo con cuidado de no ser descubierta. Desde la puerta puedo oír el grito desgarrado de la mujer.
Fue bonito mientras duró.
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