
Ya sé a qué huele la muerte, ya me avisaron una vez, cuando se percibe su olor es porque está en algún sitio de la casa esperando su turno... Él lo sabía, la percibió como yo, aún así intentaba escapar de ella, salir de su prisión de cuatro paredes como si aquello significara dejar todo su dolor atrás.
Llegó
el final, se rindió a las pocas fuerzas que le quedaron y se sentó a esperar, justo en ese instante empezó a desprender ese olor dulzón de muerte y tristeza, cuando sus ojos empezaron a perder el brillo, a apagarse lentamente...
Este no es otro de mis cuentos sobre la parca, no es un sentimiento mal disfrazado en versos, es la puta realidad que ha venido golpeando la puerta de mi casa para llevarse a lo que más quería de mi lado. Y ahora solo me queda llorar su ausencia, dolerme de no haber sabido ayudarle, me siento estúpida, ignorante, perdedora, egoísta... Me siento vacía, se me ha roto el corazón y el alma, y aunque ya sabía que este sería el final no he sabido afrontarlo, no quiero, no puedo.
Un minuto fue lo que él tardó en robarme el corazón cuando llegó.
Un minuto de su mirada bastaba para alegrarme el día.
Un minuto de sonrisa que era la más hermosa de todas.
Un minuto de cada día, el que tardaba en despertarme acariciándome la mejilla.
Un minuto de cada noche, el que me pedía que le hiciera sitio en mi cama.
Un minuto de su mano tocando mi cara.
Un minuto de su cariño buscando el mío.
La suma de tanto tiempo... tanto juntos, y solo un instante para verlo marchar.
Mientras se dormía, mientras se apagaba, me he acercado a su cara, le he acariciado y le he susurrado
Tranquilo mi niño, yo estoy a tu lado, sabes que eres lo que más quiero en mi vida... Con las pocas fuerzas que le quedaban ha levantado su mirada hacia a mí y ha emitido un ruido, en él quiero leer
Yo a ti también. Después me he marchado, no podía soportar tanto dolor.
Soy una egoísta y ahora debo pagar el justo precio de haberme alejado de su lado: sufrir, sufrir eternamente por haber decidido que era ella, la muerte, la que debía cogerle de la mano.
Ahora ya sé a qué huele la muerte porque ha estado en mi casa y me he acercado a ella.
Ahora ya sé qué tacto tiene porque al tomarlo en sus brazos la he sujetado en el vano intento de detenerla, ella ha soportado su pequeño cuerpo con una mano y con la otra me ha apartado.
Ahora ya sé qué color tienen sus ojos, porque justo en ese instante me ha clavado su mirada.
Ahora conozco el sonido de su voz porque me dijo
Déjale marchar, y desde entonces no puedo dejar de llorar.