sábado, 18 de junio de 2011

Los versos verdes



Aquellos hombres vestidos con sus trajes elegantes, escritores ilustres, reconocidos y con premios importantes, se confabularon contra la joven. Les bastó leer su segundo cuento para darse cuenta de que ella, pequeña e insignificante, sin apenas letras, les robaría su estatus. Tenía tal talento que ni entre todos, ni aún sumando cada línea de sus obras, eran capaces de alcanzarla.
Ella, hija de Leto, sin intención de arrebatarle nada a nadie, se vio atrapada entre el deseo de compartir sus historias y las envidias de los antiguos creadores. Tuvo miedo y a pesar de ello siguió inventando. Y ellos continuaron destruyendo todo lo que escribía, robándole cada idea, cada rima en cada verso; sentados cómodamente en sus tronos, egregios cual deidades, seguían idiosados por aquellos que desconocían la existencia de la muchacha.
Cansada de vivir a la sombra de sus propias palabras en manos de otros, decidió revelarse. A partir de aquel momento, cada noche salía en busca de una pared, un muro blanco virgen de expresión, donde dejaba marcados en tinta verde, entre hojas y ramas de pintura, pequeñas historias y algunos versos, numerando cada sentimiento.
Después de unos días y cientos de sensaciones fueron los propios habitantes de su pueblo los que esperaban su llegada, blanqueando antiguos edificios ya abandonados, disponiendo para ella multitud de folios en blanco deseosos de conocer algo más de sus increíbles personajes, de la amalgama de pensamientos que tan amablemente compartía la desconocida artista nocturna.
Los sabios se indignaron, ante tal osadía cargaron su vergüenza de tizas negras con intención de borrar todas y cada una de las letras verdes. En su primera intención, un niño que los observaba desde la ventana empeñados en sus malos deseos, comenzó a reír señalándolos con el dedo. Ellos, descubiertos, quisieron ocultar sus rostros pintándolos de oscuro con sus propias herramientas, pero la negrura de sus malos propósitos se extendió por todo su cuerpo.
Aquellos hombres son ahora sombras que acechan en la oscuridad de la noche, comidos de odio, olvidados sus nombres, que esperan el momento para atrapar a la muchacha. Pero ella, ha tomado el relevo, porta hermosos trajes de colores, distinguida escritora, generosa con los que la leen recogiendo cada mirada como premios incomparables por todo lo que despiertan sus obras.
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