miércoles, 30 de noviembre de 2011

La receta

―Eucaliptus y berenjenas. ―Dijo completamente convencida.
―¡Venga, hombre! No te lo crees ni tú.
―Que sí, te lo aseguro, que lo he leído en un blog.
―¿En cuál, en el de la bruja Lola?
No le importaba lo ridículo que sonara, ni siquiera que se convirtiera en el blanco de todos los chistes de su mejor amiga. La información la había encontrado en un post con muchísimas visitas; claro, que tampoco se paró a indagar en la veracidad de los datos, el autor o la base científca que mantuviera aquella cuestión.
Había apuntado en una hoja todos los ingredientes: eucaliptus y berenjenas, un poco de agua para cocción y paciencia. El mejunge requería su maña, el tiempo adecuado para cada momento y mucha, mucha paciencia. Lo más ridículo de aquel ritual era la lectura en alto, una vez detrás de otra, de la leyenda en cuestión a la vez que se santiguaba en cada punto y final. Casi dos horas de conjuros y magia en la escasa cocina del apartamento con la única iluminación de veinte velas rojas de un tamaño considerable. «Con lo que ha costado la cera bien podía haber comprado un par de bombillas de bajo consumo», pensaba entre líneas.
Coló aquel caldo de color un tanto extraño. La mezcla de aromas le parecía vomitivo, solo pensar en comer aquello le resultaba complicado, pero haciendo de trispas corazón y una pinza en la nariz, consiguió homogeneizar la mezcla con la ayuda de la batidora. Hubiera jurado que cuando metía el acero, mil mariposas salían volando; aunque más bien era su conciencia la que disimulaba los gotazos de la papilla que estaba fabricando.
El siguiente paso era guardar las gachas en tres tupper de distinto color: uno rojo para el corazón, otro verde para la esperanza y el tercero en discordia, negro para la muerte. Este último jamás debía abrirlo así que lo aseguró con loctite y lo escondió al fondo del armario que menos usaba. Los otros dos debía conservarlos durante un mes en el frigorífico cambiándolos a diario de orden, uno arriba y otro abajo.
Cada vez que su amiga la visitaba sentía la tentación de abrir los recipientes, pero como un rayo la propietaria se abalanzaba y los protegía como una fiera cuida a sus cachorros.
―Chica, que no te los voy a quitar...
―Los defenderé con mi vida, si hace falta. ―Argumentaba exaltada.
Treinta jornadas pasaron y su suerte no cambió ni un ápice. El último día volvió a encender los cirios y a preparar todo el repertorio de tonterías. El momento decisivo había llegado. Los nervios la tenían en tensión, su corazón latía descontrolado y tras tanta esperanza invertida en la solución, decidió ser valiente y abrir las tapas de plástico.
―¡Mierda!, ―exclamó a voz en grito―, la mezcla se ha estropeado, no puede ser...
El olor era insoportable y solo la visión de la vida emergente era desoladora.
―¡Denunciaré a Tupperware!
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