jueves, 8 de diciembre de 2011

Tras la tormenta llega la calma

Aún recuerda cuando la tristeza era una opción y no una constante en su vida, cuando aún tenía fe en que tras la tormenta llegaría la calma. Lo recuerda con nostalgia, con la sensación de haber perdido la capacidad de levantarse de nuevo a pesar del esfuerzo. Sabe que nada volverá a ser igual, que el futuro se presenta tintado en un color desconocido. No sabe de mezclas, jamás se le dio bien elegir el tono adecuado para nada que tuviera ver con ella misma.
Ahora, sentada frente al ordenador, solo lee. Repasa todos sus escritos intentando rememorar la sensación de tibieza, pero no lo logra. «¿Cuándo me perdí?», se pregunta una y otra vez intentando hallar la respuesta que no llega. Se detiene ante una lectura inesperada, unas palabras que no le pertenecen, una dedicatoria antigua que pasó por alto en su día.

«Adoro todas y cada una de tus palabras. Si tus sentimientos son sinceros, déjame que tome tus manos para siempre.»

No sabe quién escribió aquello. El enlace del autor lleva a una página caducada y hacer la búsqueda por el pseudónimo es imposible. Mira la fecha: 8 de octubre de 2009. Han pasado más de dos años. Sabe que se agarraría a un clavo ardiendo si ello supone su salvación, y a la vez siente una mezcla entre curiosidad y miedo. «Jamás sabré quién fue». Se rinde y vuelve a la lectura de sus post.
Después de tantos años escribiendo, el tiempo pasa despacio mientras en cada cuento, en cada verso, trae a su memoria cada sentimiento sobrevivido: el amor, el desamor, la muerte de un ser querido, la esperanza, la decepción... y otra vez el amor, y con él, otra vez el desamor.
Se detiene de nuevo, le resulta duro masticar de nuevo esa sensación amarga. Abre otra pestaña en su navegador y revisa el correo; tiene un nuevo comentario en su última publicación. Justo en ese momento llaman al teléfono. Es su primera conversación del día, rozando las once de la noche; su madre, preocupada, le pregunta cómo está, si quiere que vaya a verla... «Mamá, solo he cogido frío, debo estar incubando algo. No te preocupes, ya está aquí mi minino para hacerme compañía. Mañana voy a verte sin falta. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?» Odia mentirle, ojalá tuviera el valor suficiente para decirle que está cansada de esperar, de que todos los días sean iguales y de acabar cada jornada más triste que la anterior; pero no puede. Para ella fabrica su mejor sonrisa.
Antes de volver al ordenador, se prepara un café caliente y un par de galletas, su cena más frecuente. La noche será tan larga como el día, dormir lo hace solo por aburrimiento, apenas tiene sueño, apenas tiene sueños. Cuando se reincorpora a la red, recuerda el comentario pendiente y lee.

«Sigo adorando todas y cada una de tus palabras. Sé que tus sentimientos son sinceros, estoy seguro de ello. Déjame pues que tome tus manos para siempre.»
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