jueves, 2 de febrero de 2012

El colorante perfecto


Sonia, madre primeriza, sobrevivió a los mocos y las fiebres de su pequeño Manuel con verdadero estoicismo. Los dientes fueron otro cantar; los periodos de irritabilidad y alteración del sueño se convirtieron en lo más sencillo de capear, el problema vino con la negativa del niño a comer. Compró todos los modelos de mordedor disponibles en la farmacia, ―siempre sin PVC―, con música, sonajero, juguete incorporado y hasta con refrigerante, pero nada funcionaba. Volvieron los mocos, las fiebres, la irritabilidad y el mal sueño, todo a la vez. Pensó que no saldría de esa, pero cuando al fin asomaron los primeros dientes todo pareció volver a la normalidad.
Manolín, como lo llamaban en casa, siguió creciendo a buen ritmo a pesar de mantenerse prácticamente del aire. Sonia, preocupada, le preguntó a su madre:
―Este niño me tiene inquieta, no come prácticamente nada. No sabes lo que me cuesta darle siquiera un plato de sopa.
―No te preocupes, ya comerá cuando tenga hambre.
Y así sentenció la consulta.
El trance de las papillas lo atravesó discretamente, tampoco hacía falta masticar mucho así que la ley del mínimo esfuerzo la aplicaba a la perfección. El drama se inició con la comida sólida; cuántos llantos tuvo que soportar la pobre Sonia hasta que Manolín decidió probar la carne y el pescado. Para que se lo comiera antes debía hacerles la autopsia, cortarlos en diminutos trozos y separarlos sin que se rozaran unos con otros. El niño inspeccionaba con detalle el plato y después empezaba a comer muy lento, tanto que a veces empalmaba la comida con la merienda o esta con la cena. Volvió a consultar con su oráculo particular pues el anterior consejo no parecía tener efecto...
―Mamá, ¿qué hago? Me cuesta horrores que el niño se coma siquiera media rodaja de merluza. Y míralo, que parece que no se le agotan las pilas, no sé de dónde saca la energía con lo poco que me come.
―Cariño, ¿has probado ya a darle verdura? El puré se lo comía divinamente.
Volvió a sentenciar.
Sonia buscó información, sabía que la verdura sería el mayor reto al que se enfrentaría. Empezó probando a cortarlas minuciosamente como hacía con el resto de la comida, pero el niño las apartaba de forma automática. Le dibujaba caritas sonrientes intercalando los trozos, pero nada, volvía a deshecharla como si de la peste se tratara, de hecho hasta les puso nombre: «coloritos». Volvió a la técnica del puré en pequeñas dosis acompañando al resto, pero ni olerlo quiso. Como último recurso preparó postres: aprendió a cocinar una estupenda tarta de zanahoria que solo pudieron apreciar sus familiares más cercanos.
Se rindió, no había más que hacer. Un día, viendo la televisión, ya cansada de insistirle al pequeño Manolín para que acabara los fideos, puso el canal de Teletienda. Una mujer ya entrada en años mostraba las increíbles bondades del colorante «Cobalto, el color de los más altos». En guisos, fritos, cocidos y hasta en postres, todo aquello que cocinaba tomaba un atrayente tono azulado. No lo pensó, cogió el teléfono y encargó dos frascos por el módico precio de 59 euros, incluyendo un medidor y un libro de recetas de regalo. En cuestión de un par de semanas, su pequeño empezó a dibujar peces nadando entre olas y pollitos bañándose en una charca. El plato se convirtió en su particular lienzo y satisfecho de su trabajo acababa por comérselo todo.

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