martes, 6 de marzo de 2012

El tacto de sus manos

Carmen era la perfecta esposa, madre y ama de casa. Su matrimonio después de casi veinticinco años, seguía siendo la envidia a los ojos de los demás. Su marido, Alonso, era gerente de una empresa de consultaría de banca lo que le obligaba a reuniones y viajes constantes. Cuando había alguna cena de gala, ambos iban agarrados del brazo, él presumiendo de su mujer que aún conservaba el tipo y parte de su juventud. Pero esos eventos eran escasos y Carmen no disfrutaba, seguía detestando ser solo la muestra, como una joya o un adorno cualquiera; apenas participaba de las conversaciones, solo sonreía con amabilidad y rezaba porque pasaran rápido las horas.
Era solo apariencia. La rutina, el trabajo incesante y el paso del tiempo habían convertido a la pareja en simples compañeros de piso. Ya no compartían la cama, ni siquiera la habitación. Apenas conversaban salvo cuando se trataba de sus hijos.
Cada noche, después de ponerse el camisón, se miraba en el espejo de su dormitorio. Repasaba su cuerpo despacio, recordando la sensación de sentirse acariciada, deseada. La seda negra que cubría su cuerpo se retorcía a la vez que sus pensamientos y sus pezones se despertaban cuando recordaba la firmeza de sus pechos. Pero al llegar al cuello y recuperar la mirada volvía a su realidad: varios años de encuentros ocasionales, quizá alguna borrachera o después de algún cabreo en el trabajo. «Aún soy joven», se repetía, «¿Por qué no me desea?» Y con la tristeza como único acompañante se iba a la cama.
Un día, estando en el supermercado, se encontró con dos amigas del club de tenis. Ambas hablaban casi en susurros y solo rompían la conversación cuando reían escandalosamente. Carmen se acercó a ellas y las saludó casi por compromiso, no le interesaba entrar en un diálogo que, por sus caras, intuía malicioso. Una de ellas la agarró por el brazo obligándola a ser partícipe. Después de los besos de costumbre, las tres mujeres se reunieron como si compartieran un secreto.
―Mira Carmen ¿Te has fijado en el nuevo reponedor? Está para comérselo ―la otra mujer rió descaradamente.
―Mujer, que estamos casadas...
―¡No seas remilgada, que por mirar no se ponen los cuernos!
El comentario sonó algo más alto de lo deseado. Un señora mayor que se encontraba detrás de ellas carraspeó para hacer notar su presencia; se volvieron y ésta las miró poniendo un gesto de indignación, pero solo arrancó más risas de las dos amigas. Al retomar la posición de ojeo, se encontraron al muchacho observándolas fijamente. Carmen fue la única que se sonrojó y bajó la mirada vergonzosa. La situación se volvió algo comprometida, agarró de nuevo el cesto, se despidió con cierta prisa y siguió con su compra evitando pasar de nuevo por ese pasillo.
Aquel día transcurrió como siempre: algunas compras, volver a casa, comer sola y esperar a que los suyos fueran llegando, cada uno con sus historias y ella siempre aguardando con el consejo adecuado, pero ¿quién la escuchaba a ella? Un simple mensaje de su marido al móvil para avisarla de que esa noche no llegaría. «¡Menuda sorpresa!», pensó.
A la hora de acostarse, volvió a su ritual, pero algo cambió. Aquella noche frente al espejo notó algo distinto en su mirada, más cristalina; cerró el azul intenso de sus ojos y comenzó el repaso mentalmente mientras sus manos, juguetonas, comenzaron a perderse en las dobleces del salto de cama. A la altura de su sexo la respiración se fue acelerando; sus manos ya no eran las suyas, las sentía más grandes, más fuertes. Su cuerpo se estremeció y se detuvo sorprendida: se dio cuenta de que estaba pensando en él. Volvió a sonrojarse. Aquel muchacho había despertado algo dentro, su deseo, y en cierto modo se sentía mal, pero a la vez bien. En la intimidad de su cuarto decidió entregarse a su sueño, nadie lo sabría jamás; cerró de nuevo los ojos y con cierto rubor se entregó a sí misma. Continuó donde lo había dejado. Aquella noche se sintió amada de nuevo.
A la mañana siguiente se despertó más tarde de lo habitual. Después de la ducha le sorprendió encontrarse de nuevo frente a su reflejo con una sonrisa de quinceañera. No hacía nada malo, solo era un pensamiento sin más pretensiones que, de momento, le hacía ver el día con otra perspectiva.
Mientras se preparaba el desayuno se descubrió repasando la alacena y el frigorífico, no faltaba nada. Fue al baño, revisó cada bote de champú, cualquier cosa que hiciera falta comprar. Con el nerviosismo de encontrarse buscando una excusa para volver a la tienda, tiró el vaso con los cepillos de dientes. «¿Qué estoy haciendo? Es una estupidez...». Cuando estaba barriendo los cristales llegó su marido. Le dio un beso rozando apenas su mejilla.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó.
―Nada grave, el vaso estaba al borde, apenas lo he tocado y se ha caído.
―¿Y los cepillos de dientes? ―Ni se preocupó por ella.
―Los he tirado por si acaso... Iré a la tienda y compraré nuevos ―La excusa había surgido sin pensarlo.
―Te acompaño, necesito algunas cosas para el neceser, mañana vuelvo a salir de viaje, tengo reunión en...
A Carmen no le importaba su reunión, pero le inquietaba que Alonso percibiera la sensación que el muchacho despertaba en ella. Pensó que debía ser realista: tener una aventura con un reponedor de la edad de su hijo no era lo más adecuado, pero ¿por qué no aprovechar que su cuerpo había despertado? Se acercó al hombre, ella aún llevaba la bata y debajo solo ropa interior. Él, de espaldas, se entretenía en deshacer la maleta. Se abrió la prenda y le abrazó, pegó su cuerpo al suyo y acercó la boca a su oreja. Su marido giró suavemente la cabeza y suspiró, aquel signo despertó aún más a la mujer que entendió su deseo concedido. Su mano derecha se dirigió sin dudar a la bragueta.
―¿Qué haces Carmen? ¿No ves que estoy ocupado? ―Dijo él casi indignado― ¿Quieres hacer el amor ahora? Acabo de llegar y estoy cansado. Vístete, anda.
Ella se separó rápidamente cerrando la bata y abrochando el cinturón con todas sus fuerzas. Se sentía despreciada. Alonso ni la había mirado, si lo hubiera hecho se habría dado cuenta de que lo único que despertó en ella era odio. Carmen abrió el armario y buscó su camisa más escotada, se puso medias con liguero y una falda ligera. De alguna forma despertaría el deseo su marido, se sentía capaz y ahora estaba armada con el rencor suficiente para ponerlo en un compromiso. Cuando terminó de arreglarse fue a buscarlo; sentado en el salón y con el mando del televisor en la mano, la miró de arriba a abajo.
―¿A dónde vas así vestida?
―A por tu estúpido cepillo de dientes ¿Vienes? ―preguntó con una amplia sonrisa.
La respuesta, entre agresiva y juguetona, lo espabiló. Ella sabía que en sus viajes solía buscar la compañía de prostitutas con las que gustaba jugar a provocar. Durante el trayecto en el coche, Carmen dejó asomar la puntilla de sus medias y desabrochó un botón más de su camisa dejando a la vista su generoso escote. Su marido no pudo evitarlo, tendió su mano sobre la pierna. «Me desea»; lo supo, había encontrado la forma, ahora solo pensaba en hacer rápido la compra y volver a casa para dejarse llevar por los sentidos. Al bajar del coche, él se acercó a ella y la besó. Ambos cuerpos se apretaron uno contra otro, le subió la falda y tomó su pierna izquierda.
―Volvamos a casa.
―No, necesito el cepillo de dientes ―dijo colocándose la corbata que ella había echado hacia atrás en el acercamiento.― Esta noche te llevo a un sitio bonito a cenar y luego descorchamos una botella de vino.
Carmen no podía creerlo, ¿una cena, una botella de vino? ¿Esa noche? «Este tío es  imbécil», pensó mientras se volvía a abrochar los botones superiores de la camisa.
En la tienda intentó controlarse pero no podía. Aprovechaba cualquier ocasión para acercarse a Alonso. Él respondía a sus besos y caricias dependiendo del producto que ojeara; no soportaba su manía de leer todos los ingredientes como si supiera químicos. Y entre la esperanza y la decepción, entre el pasillo de los lácteos y los refrigerados, se encontró de nuevo con el reponedor. Ambos se miraron, ella volvió a sonrojarse y sus pezones se pusieron tiesos de pronto; instintivamente se echó mano a ambos pechos para ocultarlo pues la gasa de la prenda descubrió su reacción. Él, que se dio cuenta, no supo bien qué hacer, se dio media vuelta y desapareció. Carmen estaba desarmada; Alonso, que la vio, se acercó a ella y la besó.
―Necesito hacerlo ahora, ahora o nunca más ―le dijo con convicción.
Aquella afirmación despertó los instintos del hombre, la agarró de la mano y la llevó hacia la puerta con intención de irse a casa. Ella sabía que no llegaría tan lejos su deseo... «Ahora Alonso, debe ser aquí y ahora». Fueron a los baños de señora, entraron en uno de los cuartos y él cerró la puerta mientras se desabrochaba la camisa. Carmen, que conocía los devaneos de su marido, no dudó en entregarse como si se tratara de una cualquiera, necesitaba el sexo tanto como respirar. Él de pie, con la espalda pegada a la puerta, se dejó llevar a los caprichos de su mujer quien se entretuvo en repasar con la lengua cada parte de su cuerpo. Se besaron apasionadamente, como hacía mucho tiempo, tanto que no recordaban. Recorrió su pecho jugando con sus pezones mientras desabrochaba el pantalón y bajaba su ropa interior. Bajó agarrándole el culo con fuerza y se sentó sobre la taza de váter arrimándolo hacia ella. Empezó a lamerle con tal intensidad que los gemidos del hombre se aceleraron. Pero aquella visión se le hizo insoportable a Alonso, debió recordar a las putas a las que pagaba por el sexo y vio a su mujer excitada, semidesnuda, como ellas. Se apartó de ella y se vistió con prisa. La miró con desprecio y se fue sin decir nada.
Carmen se quedó allí, sentada, en silencio. Después de unos minutos, se colocó la ropa despacio, salió y se apoyó en el lavabo con ambas manos, no se atrevía a mirarse el espejo. No pudo más llorar, se sentía avergonzada, jamás había tenido aquel impulso y al verse abandonada, aquella mirada de asco... «¿Qué he hecho? Ahora no querrá volver ni a mirarme». Justo en ese instante entró el reponedor, se había cruzado con el marido cuando se dirigía hacia el almacén y, al oírla llorar, decidió entrar a ver cómo estaba.
―Señora, ¿se encuentra bien? ―Le dijo apoyando su mano sobre el hombro de Carmen.
Se volvió hacia él, limpió sus lágrimas y, sin pensarlo, empezó a besarle. El chico ni siquiera intentó apartarla, se entregó a ella sin más. Oyeron voces; la llevó al mismo cuarto donde antes había estado. Ella volvió a su ritual recién inventado: le desabrochó la camisa y lentamente fue recorriendo su joven torso, casi imberbe, hasta llegar a su sexo. Volvió a tomar el mismo asiento, pero distinto culo, más duro, más tierno, aquello le excitaba aún más. El chico, instintivamente, la apartó de él; por un segundo Carmen pensó que volverían a rechazarla, pero no fue así. La tomó suavemente de las manos invitándola a levantarse. Se besaron sin control. Con torpeza, quizá por falta de costumbre, le desabrochó el sujetador dejando los pechos al descubierto.
―Eres muy hermosa, y tu marido un imbécil ―estaban de acuerdo.
―Calla y bésame.
Él le dio la vuelta, con cierta prisa levantó su falda y bajó sus bragas. La abrazó, tomó sus pechos; ella reconoció el tacto de sus manos, eran las mismas con las que había soñado la noche anterior. Empezó a besarle el cuello y recorrió su espalda en una única e interminable caricia que la hizo encogerse de placer. Al llegar a la cadera, metió la rodilla entre ambas piernas preparando el espacio que hizo a Carmen adivinar el siguiente paso. Ella tomó su miembro, duro y excitado, y lo colocó en la zona húmeda que abría paso a sus deseos, y al ritmo acelerado de sus respiraciones el reponedor empezó a penetrarla. Sentía su cuerpo temblar, sus pechos agitándose al ritmo que él marcaba, y su boca seca. Se irguió sin perder el compás, sin apartarse de él ni un milímetro, y le besó mientras el muchacho alcanzaba el orgasmo. Ambos dejaron manar el dulce líquido entre sus cuerpos y se fundieron en un abrazo.
Ella se volvió torpemente. Olvidó la vergüenza, ahora se sentía satisfecha y feliz a sabiendas de que aquello no era amor, solo sexo. En cierto modo temía al reacción del chico, no quería que la dejara así y volviera al trabajo como si nada, necesitaba sentirse amada. Él tomó su barbilla y la levantó con el cariño de un amante para encontrar sus miradas; sonreía. Se besaron una vez más. Con cuidado, fue vistiéndola despacio; para disimular su nerviosismo aprovechaba cualquier ocasión para dejarle algún beso furtivo sobre la piel; ella, le ayudó con la camisa y al final colocó la etiqueta del bolsillo donde rezaba «Fran».
Carmen salió primero para asegurarse de que no había nadie que pudiera verlos, tenía una reputación que cuidar. Se detuvo fuera del baño y sacó del bolso la cajetilla de tabaco. Cuando Fran salió, le lanzó una mirada cómplice que ella despreció.
―La semana que viene tengo turno de mañanas.
―Adiós Fran.
Sacó el móvil y pidió un taxi.
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