martes, 6 de marzo de 2012

La salvación

Todos los días puntualmente rezo mis plegarias. A mis padres les encanta la idea de que quiera ser monja y yo estoy entusiasmada. Desde que entré a estudiar en el colegio Nuestra Señora de Loreto lo tuve claro, tengo una vocación innata.
El año pasado mi padre me dio permiso para empezar a colaborar con Cáritas. Cuando salgo de confirmación, me paso a por mi amiga Inés para ir con los voluntarios a repartir algo de comida y café caliente a las pobres almas que viven en la calle. Me siento bien, me gusta ayudar al prójimo.
Hoy es Nochebuena, la ronda para los más jóvenes ha sido algo más corta porque teníamos que volver pronto con la familia. Antes de regresar a casa, hemos pasado al Corte Inglés de la calle Goya. Con lo que he ahorrado desde este verano le he comprado a mamá el perfume que más le gusta: Jasmin Noir, de Bvlgary. Al salir del centro comercial, Inés ha reparado en un muchacho joven que se tapaba con una manta. Fumaba diestro sentado sobre unos cartones, muy cerca de la parada del metro.
―Inmaculada, ¿te has fijado? ¡Huele fatal!
―No digas esas cosas, no es de buen cristiano.
No he podido evitar inspirar con fuerza a pesar del aviso de Inés. Su olor ha atravesado mis fosas nasales como cristales, nauseabundo, fétido hasta llenar mi paladar. Parecía estar masticando su espeso hedor. A pesar de las naúseas, he sentido pena, tanta que ha despertado mi caridad cristiana. He sacado el monedero y le he tendido un billete de veinte a los pies. Él me ha mirado a los ojos... ¡Qué mirada! Todavía sigo cautiva en ella. Inés ha tirado de la manga de mi parca recién estrenado con tanta fuerza que casi me la arranca.
―¿Qué haces? ¿Eres tonta? Seguro que lo gasta en droga, ¿no has visto que pinta tiene?
Me desconsuela ver en Inés tan poca humanidad, pero mi decisión ha sido firme.
Esperábamos a que papá viniera a buscarnos; se retrasaba. El frío de este invierno atraviesa el alma. La gente camina cabizbaja, abrigada hasta la nariz. Nadie se ha percatado de su presencia. Charlamos sobre los regalos que esperábamos recibir esta noche: el iPhone 4S, unas vacaciones en París y alguna que otra joya, eso como poco. Entre capricho y capricho se me ha escapado una mirada furtiva dirigida irremediablemente al muchacho. Había guardado el dinero, pero seguía en el mismo sitio. Al llegar papá, Inés se ha subido corriendo al coche en la parte de atrás, he abierto la puerta del pasajero y me he dirigido a él, algo dentro de mí me ha hecho reaccionar.
―Papito, sabes que soy una buena cristiana y siempre me dices que debo hacer el bien.
―Sí, cariño, es lo más importante.
―¿Puedo invitar a alguien a cenar con nosotros esta noche?
―¿Sin avisar a mamá y en Nochebuena? No sé qué le parecerá.
Inés ha adivinado mis intenciones...
―Inmaculada, no me parece buena idea. Don Santiago no le haga caso, seguro que quiere recoger al mendigo maloliente ―ha dicho mientras señalaba hacia los cartones evitando mirarlo a la cara.
He mirado a mi padre con mi mejor sonrisa, rogándole a él y al mismo Dios para que me diera permiso, no ha podido resistirse.
―Tienes mi permiso, ya veremos qué dice tu madre ―ha dicho un tanto resignado.
He echado a correr hacia el muchacho. Al llegar a su altura me he detenido frente a él y le he dicho sin rodeos: «¿Te vienes a cenar a casa?». Me ha mirado de arriba a abajo, creo que ha notado mi estremecimiento, no he podido evitarlo. Ahora no estoy segura de que fuera a causa del frío. Sin decir palabra se ha levantado, ha recogido sus cartones colocándolos cuidadosamente junto a una papelera y me ha acompañado hasta el coche. Me ha costado soportar el olor a humedad vieja.
Al abrir la puerta, la peste ha entrado como una bofetada. Inés se ha pegado todo lo posible a un lado para evitar siquiera rozarse con él. Mi padre ha aguantado cualquier comentario, seguramente le costaba tragarlos, tenía los moflejetes hinchados como si estuviera aguantando la respiración. Solo le ha preguntado su nombre. «Noah», ha dicho sin añadir nada más. El recorrido ha sido rápido. Al llegar a casa de Inés, se ha despedido como una exhalación, deseando una feliz noche a la velocidad de luz. Nosotros vivimos solo tres calles más abajo.
Ya en casa, mi madre ha salido a recibirnos. Su cara ha sido todo un poema.
―Mamita, este es Noah, le he invitado a cenar como buena cristiana.
―Antes de que me arrepienta siquiera de haberte parido, querida hija, acompaña a tu amigo al baño de Lourdes ―el ama de llaves―, dale toallas limpias y enséñale a darse un buen baño. Después dale algo de ropa de tu hermano, pero del armario donde guarda la ropa usada, y que se la quede, falta le hace. Os espero aquí en una hora ―se ha vuelto rápidamente tapando su nariz con ambas manos.
Una hora entera para ejercer de ángel salvador... Mientras se llenaba la bañera de agua bien calentita, he subido a mi cuarto a por sales de baño con aroma de jazmín y he pasado a por su ropa nueva. Al volver he pasado sin llamar pues he supuesto que ya se habría metido en el agua, pero me he llevado una sorpresa. Él no era él, sino ella. Estaba completamente desnuda ante mis ojos. Su piel blanca como la nieve casi dejaba transparentar sus huesos, muy delgada, con pechos pequeños y su sexo cubierto de una selva negra. Su olor no era tan fuerte, pero seguía infectando el ambiente. Más aún me ha sorprendido ver que en su mano izquierda no había mano, sino un pequeño garfio. Me he acercado a ella sin perderle la mirada admirando su belleza y candidez como si de una virgen se tratara. La he tomado del hierro y, después de esparcir las sales, la he invitado a entrar en el agua.
Con la yema de mis dedos impregnada de espuma, he repasado su escultura. A la altura de sus pechos, sus pezones se han puesto duros y rosados, los he besado en admiración profunda, estaban envueltos en un halo mágico, casi santo. Ella ha seguido quieta, dejándose hacer. He remangado mi camisa para poder recorrer su vientre sin mojarme hasta llegar a su zona obscura, justo en ese momento se ha relajado. Ha subido las piernas a ambos lados dejándome hueco entre ellas, ha tomado mis pequeños dedos con su única mano humana y sin avisar los ha metido en su sexo. A un ritmo lento al principio, más acelerado en breve, ha resuelto su baño. Ha salido sin avisar y despacio ha ido despojándome de mi ropa con una destreza y un mimo que hacía invocar a los santos. Ahora el jazmín la envolvía entera, santa, pura, divina. Cuando solo me quedaban las bragas, ha metido su gancho por encima, rozando mi ombligo. Me he sentido ascender, despegar mis pies del suelo. Las ha bajado despacio, sin sacar ni un solo punto de la delicada prenda.
Tomando una toalla para ayudarse, ha secado su herramienta desenroscándola con cuidado, dejando al descubierto un muñón redondeado. Me lo ha arrimado a la boca; lo he besado, lo he lamido, lo he adorado. Al mismo tiempo, sus dedos jugaban con mi sexo. Al menos dos de ellos me han atravesado hasta notar su puño pegado a mis labios. Entraban y salían al mismo ritmo que su extremidad de mi boca, y cuando empezaba a chorrear en éxtasis, me ha tumbado sobre el suelo con mucho cuidado. Su muñón ha sustituido a los dedos en frenética concesión. Ambas nos hemos ofrecido a Dios sin reparos, con generosidad en amor. Ebria del olor dulzón de los fluidos mezclados, he vuelto a la tierra, a la mortalidad. Nos hemos besado dulcemente, como vírgenes entregadas a un amor sagrado.
Alguien ha llamado a la puerta. Noah ha salido del misterio y se ha tapado rápidamente con la toalla que tenía más cerca.
―Inmaculada, cariño, ¿estás ahí? ―Ha preguntado mi madre.
He intuido su siguiente paso: entrar al baño a recoger los restos del mendigo. Nos hemos ocultado dentro del armario. De nuevo cuerpo con cuerpo, de nuevo el éxtasis en silencio, a un ritmo perfecto, marcado por los salmos que repaso cada noche en mis rezos. Esta vez más despacio, más intenso hasta alcanzar el cielo. La luz que atravesaba las lamas de madera de las puertas en rompimiento de Gloria, han iluminado nuestros rostros alzándanos al Paraíso.
Una hora, solo una hora para salvar su alma.
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