miércoles, 7 de marzo de 2012

Las voces

Su vida se había vuelto tan ruinosa como el piso en el que vivía de alquiler. Las grietas, las humedades y los ruidos de los vecinos se habían convertido en sus únicos compañeros. No tenía horarios; desde que se quedó en paro hace unos meses había perdido la habilidad de organizarse. Descuidó su aseo personal y su novia lo abandonó el día que repitió calcetines por quinta vez. No encontraba motivos para seguir adelante. Después de consultar en Google la forma adecuada de suicidarse y dado los recursos de los que disponía, decidió optar por meter la cabeza en el horno y abrir el gas hasta que darse dormido.
El día no lo tenía decidido. Este lunes tenía que ir a fichar al paro, el martes pasaría el casero a cobrar el mes, el miércoles había partido de fútbol, el jueves le habían invitado a salir, el viernes dormiría la mona, el sábado siempre iba a comer a casa de su madre y el domingo... El domingo quizá, ese día no tenía compromiso alguno. Apuntó en su agenda: «A última hora del 11 de marzo, antes de que finalice la jornada, habré de acabar con mi vida».
Aquel día fue a misa de doce, hacía años que no iba. Le pareció estar en deuda con su parte mística y aprovechó para pedir perdón por lo que iba a hacer esa noche. «Al menos iré al infierno con la conciencia tranquila», pensó. El resto del día lo dedicó a limpiar y colocar cuidadosamente cada uno de sus recuerdos. Después de comer repasó el album de fotografías haciendo anotaciones en el reverso de cada una. Tras la siesta, se duchó y se puso su mejor traje, algo arrugado por falta de experiencia con la plancha. Fue a la cocina; allí colocó un cojín a un lado del horno para que su tránsito al más allá fuera cómodo. Abrió la puerta tirando despacio del asa. Echó una última ojeada a lo que le rodeaba, suspiró, no dijo nada. Giró la llave del gas. Metió la cabeza en el horno con los ojos cerrados cogiendo aire suficiente para repasar los motivos que le habían empujado a aquello.
―Oye, perdona.
Andrés abrió los ojos, pensó que estaba alucinando.
―El gas debe estar haciendo efecto ―pensó en alto.
―No, oye. Tú, el del traje cutre y mal planchado. ¿Qué estás haciendo?
Sin moverse del sitio, miró a ambos lados. «¿Habrá alguien en la cocina?». Se asomó al exterior sacando a medias la cabeza.
―Venga, no te hagas el tonto. Estoy hablando contigo. Además, so pánfilo, has abierto el gas del quemador de la derecha. ¿Esa es tu idea de un suicidio? Anda que...
Salió del todo y se incorporó estirando como pudo la chaqueta. No había nadie.
Joe, qué rápido lo has convencido ―afirmó 2.
―Sí ―dijo 5 sonriendo― estoy perfeccionando mi técnica.
―1111, apúntalo en la lista, creo que es el suicida menos convencido que he conocido hasta ahora ―3 indicó el primer puesto en la lista pues 5 había mejorado el mejor tiempo hasta la fecha.
―¿De dónde vienen las voces? ¿Estoy loco?
―¿Las voces? Este tío no se ha enterado de ninguna de nuestras fiestas, debe estar sordo ―dijo 5 al resto de sus compañeros― ¡Eh, tú! Loco estás si te quieres suicidar, cuerdo si nos prestas atención.
Seguían discutiendo acerca de la capacidad intelectual de Andrés, haciendo chistes que ya empezaban a molestarle.
―¡Basta ya! ¿Quién habla? Os estáis pasando, tengo mi corazoncito, ¿sabéis?
―¿Y para qué lo quieres? Tienes pensado detenerlo para siempre, ¿no? Así que entendemos que no te importará que nos echemos unas risas a su costa ―rieron todas a la vez.
―¡Basta ya! ¡Esto no tiene gracia!
―Pues claro que no la tiene ―dijo 1 con la voz más solemne de todas― ¿No sabes que tus actos tienen consecuencias? ¿Acaso crees que con suicidarte arreglarás algo? Eh, chico, presta atención.
―Pero... ¿Dónde? ¿Con quién estoy hablando? ¿Sois mis fantasmas del pasado, presente y futuro?
―Este tío alucina, ¿seguro que no abrió la llave del horno? ―dijo 2 con cierto desprecio.
―Joven, acérquese al horno, encienda la luz, meta la cabeza y mire a su alrededor ―ordenó 1.
―Pero, ¿no dice que no quiere que me suicide? ¿En qué quedamos?
―Tonto de remate... ¡Anda, déjalo que se mate! No me importa pasar de nuevo por el trance con tal de que este tío desaparezca del mapa ―increpó 5 al supremo 1.
Ante tal afirmación, Andrés no lo pensó. Encendió la luz interior y volvió a meter la cabeza en el electrodoméstico. Le costó unos minutos acerse a la iluminación amarillenta marcada por la grasa acumulada durante años. Cuando sus retinas se acostumbraron al ambiente, pudo distinguir pequeños puntos verdes, algunos más grandes que otros, que se organizaban formando una carita sonriente. «Loco de remate», pensó. Su gesto delató su pensamiento, la carita frunció el ceño y ladeó la sonrisa. Volvió a salir de allí de un respingo.
―¡Caballero! ―exclamó 1― Vuelva aquí ahora mismo, compadece usted ante el anciano y honorable Consejo de Átomos del Horno.
El muchacho no podía creer lo que había visto ni lo que estaba oyendo. «Estoy para que me encierren, pero bueno, nunca se sabe quién o qué, en este caso, puede cambiar tu suerte». Se acomodó una vez más frente a la puerta abierta y metió la cabeza de nuevo disculpándose antes los miembros del consejo. Se presentaron: «Somos los supervivientes de una antigua raza curtida por los desastres culinarios y el amor a la suciedad. Hemos sobrevivido a guerras con quitagrasas y desinfectantes. Nosotros, los más antiguos, estamos versados en tus intenciones, hemos salvado más de una vida. Déjanos aconsejarte sabiamente...». Andrés escuchaba con atención cada una de sus palabras, pero el gas del quemador que dejó abierto empezó a hacer efecto y cayó en un profundo sueño.
Al día siguiente despertó en su cama con un buen dolor de cabeza. Tuvo suerte; su madre se acercó a verle porque el día anterior había “olvidado” el taper de lentejas que le había preparado. Lo encontró tirado en la cocina con el pelo lleno de grasa pegajosa, justo después de perder el sentido. Llamó a una ambulancia y mientras llegaba abrió todas las ventanas para ventilar el piso. Le salvó la vida. Aquella llamada de atención hizo que su familia y amigos estuvieran más pendientes de él, su antiguo jefe volvió a contratarlo y su novia decidió retomar la relación bajo juramento de que mantendría el piso y a él mismo como debía. Esa promesa debía mantenerla a pesar del esfuerzo de los habitantes de su horno por sobrevivir. Con todo el dolor de su corazón, que seguía latiendo con fuerza, hizo limpieza general. Quitó el polvo, tiró la basura que tenía acumulada desde hacía días, lavó y planchó a la perfección toda su ropa y al llegar a la cocina... Allí hizo un esfuerzo por encontrar de nuevo a los átomos del electrodoméstico y retomar la conversación. Le avergonzaba no recordar ni uno de los consejos que le dieron, pero quería agradecerles el gesto. Nada, por más que encendió la luz, metió la cabeza y solicitó audiencia con los miembros del consejo, no obtuvo respuesta. Pensó que todo había sido producto de la intoxicación con el gas y cuando se disponía de limpiarlo, alguien llamó al timbre.
―Andresito, cariño, abre, que soy tu madre. Te traigo unas judías que sobraron de ayer.
―Espera mamá, bajo yo. Tengo el piso patas arriba.
Dejó los guantes de goma sobre la pila y bajó al portal.
―¡Este tío es idiota, va a limpiar el horno! Después de haberle salvado la vida, qué desconsiderado... ―dijo 5 arrepintiéndose de su hazaña.
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