«Ya
sabes dónde está la puerta». Le dijo con el mismo tono con el que
pediría un café en el bar. Sin sentimiento alguno. Solo se movió
para colocar un par de cojines a su espalda. Se recostó sobre ellos
y sacó un cigarro del paquete.
–¿Me
dejas el encendedor? –le dijo a Elena.
Ella
siguió recogiendo su ropa con cierta prisa sin prestarle atención.
Pablo rió despreciando su gesto de falsa indiferencia. Aún podía
notar su nerviosismo, su cuerpo tembloroso. Buscó en la mesilla de
noche. Bajo la caja de condones sin abrir, localizó el mechero.
El
olor a tabaco, unido al del sexo que aún permanecía en el
dormitorio de matrimonio, espesó el ambiente. Elena sintió náuseas.
Lo único que deseaba era marcharse de allí. La escasa luz de la
calle que entraba por la ventana del dormitorio le obligó a utilizar
el móvil a modo de linterna. Se agachó para alcanzar un calcetín
que estaba debajo de la cama. Pablo aprovechó el momento y le dio un
azote en el culo aún desnudo.
–¿Qué
haces? ¡No vuelvas a tocarme! –le reprendió.
–Vamos
nena, no seas mojigata. Aún podemos hacerlo mejor.
Elena
se levantó rápidamente y comenzó a vestirse de espaldas,
intentando ocultar su deshonra. Él volvió a reír, esta vez con más
fuerza. Le dio una larga calada al cigarro y dejó caer la ceniza en
el suelo. Ella deseó que ardiera.
–¿Nos
vemos mañana? Lo hemos pasado bien, ¿no? –preguntó Pablo.
Elena
no respondió. Hizo una bola con el jersey y lo metió en el bolso.
Salió sin mirar atrás. Podía oír las carcajadas del muchacho
resonando por el pasillo. En cuanto cerró la puerta del piso, rompió
a llorar. Allí, en el descansillo, pensó que había sido un error,
el peor que había cometido hasta ahora. Solo tenía diecisiete años,
él diecinueve. De camino a casa, repasó los motivos que la habían
llevado a aquel dormitorio. Quería conocer mejor a Pablo, le
gustaba. Él supo engatusarla con piropos y buenas formas. Ella se
dejó llevar por la inexperiencia. Del enamoramiento pasó a la
vergüenza. ¿Cómo le diría a su familia que la habían violado?
II
A
media mañana recibió un whatsapp de Elías: «Tenemos que hablar,
pásate por el piso antes de comer. Tengo academia a primera hora».
No añadió más, no hacía falta. Elena sabía perfectamente qué le
preocupaba a su novio. Se presentó en su casa después de la última
clase, a la que casi nunca asistía. Eran casi las tres. Apuró todo
lo que pudo, así la charla sería corta. Al entrar, el olor a salsa
cuatro quesos despertó su apetito. Cuando llegó a la cocina, vio
una pila de cacharros en el fregadero y la sartén todavía humeando.
Elías estaba sentado a la mesa terminando su plato. Al lado, había
preparado uno para ella.
–Perdona
que no te haya esperado. Llegas un poco tarde.
–Tenía
una clase importante, la semana que viene tenemos un examen final e
iban a repasar conceptos importantes.
–¿Cuándo
empiezas las prácticas?
–No
tengo ni idea, supongo que nos avisarán. ¿Era de esto de lo que
querías hablar? –preguntó mientras dejaba la mochila en el suelo
y se sentaba a su lado.
–Sabes
perfectamente que no...
Siempre
la misma historia desde el encuentro con Pablo. Todas sus parejas se
quejaban de lo mismo: no se dejaba tocar. Llevaba casi cuatro meses
saliendo con Elías y en ese tiempo no habían pasado de inocentes
besos y algún que otro intento de rollo –con la ropa puesta– que
siempre acababa en discusión. Era experta en inventar todo tipo de
excusas para evitar acabar en la cama.
–¿Tienes
que contarme algo? Me refiero a algo más, algún detalle que se te
haya escapado –preguntó el novio.
–Ya
te lo conté en su día –dijo ella sin mirarle a los ojos.
Sintió
un escalofrío al recordar aquel encuentro. Le pasaba siempre. Se
quedaba paralizada, se odiaba por desear. Y otra vez el miedo a pasar
por la misma experiencia o siquiera parecida. Elías notó su
reacción. Se levantó y se acercó a ella. «Vamos cariño, no pasa
nada», le dijo con cariño. Elena se abrazó a él y comenzó a
llorar.
–Te
quiero, lo sabes –afirmó ella.
–Lo
sé. Tómate tu tiempo, esperaré lo que haga falta. Pero hazme un
favor, confía en mí.
Elena
le miró a los ojos. «Primero tengo que aprender a confiar en mí
misma».
III
El
día de la graduación de Elena, Elías la invitó a cenar en un
restaurante que le había recomendado su amigo Jorge: «Metro Bistró,
en la calle Evaristo San Miguel. Es el sitio perfecto: comida clásica
con un toque moderno, un entorno cuidado y de trato cercano. Lo
pasaréis genial».
Tomaron
un Muga de crianza y brindaron por el futuro. Cuando dejaron la
cuenta sobre la mesa, Elías tomó la bandejita: «Te dije que
invitaba yo». La camarera volvió a la mesa con las vueltas y dos
copas de champán. «Espero que hayan disfrutado de la cena», guiñó
cómplice el ojo a Elías y sonrió antes de marcharse. Elena tomó
la copa y se la acercó a la boca.
–Espera,
tengo algo para ti –le pidió su novio.
Sacó
de la chaqueta un paquetito bien envuelto. Ella descubrió la caja y
abrió la tapa.
–Elena,
cásate conmigo.
Se
quedó sin palabras. Elías sacó el anillo de la caja y se lo puso
en el dedo índice. «Te queda perfecto».
Volvieron
a casa dando un paseo, disfrutando de la noche madrileña. Cuando
llegaron, se sirvieron una par de copas. Bebieron y rieron. El
alcohol hizo su efecto y antes de darse cuenta, la charla dio lugar a
los besos y a las caricias en el sofá. Elena, por primera vez en
mucho tiempo, se dejó llevar. Elías la tomó en brazos y atravesó
la jamba del dormitorio como si fueran una pareja de recién casados.
La tumbó sobre la cama con cuidado y empezó a bajar la cremallera
de su vestido. Ella le detuvo. Aún conservaba el puntito de cordura
que ponía freno a su pasión.
–Ahora
no... –Elías desesperó.
–Necesito,
dame solo un segundo.
Ella
se levantó y fue al baño. Él se quedó sentado sobre el colchón,
repasando lo que había pasado hasta el momento, intentando encontrar
el momento donde había fallado. Elena apareció por la puerta de
nuevo. Había cambiado su vestido de gala por un salto de cama que
dejaba adivinar sus curvas. Se acercó despacio hacia su ahora
prometido.
–No
te rías, ¿vale? Solo quería que la primera vez fuera especial.
Elías
la tomó de la cintura y se besaron apasionadamente.
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