Un rincón para la palabra, el silencio, para todo aquello que nunca nos dijimos...
jueves, 19 de noviembre de 2015
Autobiografía
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Arioleta
Le encantaba leer biografías, decía que así conocía mejor a las personas. Entre sus amigos contaba a Federico García Lorca y Manuel Machado. «Para escribir como ellos, tengo que saberlo todo», solía decir. Después de repasar todas las vidas archivadas en la biblioteca municipal, decidió redactar la suya. Optó por el camino fácil, buscó un libro de magia y, cuando ya no quedaba nadie en la sala de lectura, preparó el conjuro. A la mañana siguiente, el bibliotecario encontró sobre una mesa el manual «Abracadabra, hechizos, conjuros y encantamientos» y la biografía de Fermín Ponce de León aún sin catalogar.
Prueba Nº 400
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Arioleta
25 de enero de 2015
Iglesia de las Trinitarias, Madrid
Siendo las 09:10 a. m., dentro del Proyecto Cervantes, se procede a abrir el nicho número uno situado en la cripta de la iglesia. Se descubren restos óseos humanos junto a tablas que parecen ser de un sarcófago presentando las iniciales «M.C.» escrito con tachuelas en el frontal. Al proceder a retirar las tablas, se encuentra, entre otros, una carta fechada en el año 1605 remitida por Sancho Panza a su señora, Teresa Panza. El posterior estudio científico de la tinta data la misma a comienzos del sigo xvii. La transcripción literal es la que sigue:
jueves, 22 de octubre de 2015
Caso cerrado
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Arioleta
La encontraron maniatada al cabecero de la cama, boca abajo, completamente desnuda. De su tobillo izquierdo colgaban las bragas con el encaje desgarrado.
Sobre su cuerpo, dibujadas con su propia sangre, cientos de manos continuaban violentas el trabajo de su asesino. Algunas sujetaban sus tobillos y muñecas luchando contra su resistencia, otras apretaban su cuello ahogándola aún muerta, puños cerrados golpeaban su espalda sin piedad y dedos pervertidos estrujaban su culo hasta penetrarlo. Solo una mano piadosa tapaba sus ojos.
Lo que más tarde descubrieron en el laboratorio científico desconcertó a los investigadores del crimen: cientos de huellas sin identificar.
Sobre su cuerpo, dibujadas con su propia sangre, cientos de manos continuaban violentas el trabajo de su asesino. Algunas sujetaban sus tobillos y muñecas luchando contra su resistencia, otras apretaban su cuello ahogándola aún muerta, puños cerrados golpeaban su espalda sin piedad y dedos pervertidos estrujaban su culo hasta penetrarlo. Solo una mano piadosa tapaba sus ojos.
Lo que más tarde descubrieron en el laboratorio científico desconcertó a los investigadores del crimen: cientos de huellas sin identificar.
miércoles, 24 de junio de 2015
Justicia cósmica
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Arioleta
Te juro que yo no maté al loro. No negaré que he
deseado hacerlo desde que pronunció sus primeras palabras, pero como
estabas tan encaprichada con el dichoso pájaro, no podía más que
mirar y sonreír a modo de aprobación. Ahora, que disfruté como un
enano viendo cómo el gato le partía el cuello en un solo
movimiento, lo desplumaba, lo vaciaba con una cuchara sopera y lo
rellenaba de un estupendo sofrito a base de cebolla, ajo, tomate y
pimentón de varios colores… Que la espera durante la cocción fue
agónica y lloré su muerte durante ese rato con una buena cerveza…
Que pasado el tiempo indicado en la receta, clavé el tenedor para
acabar definitivamente con su sufrimiento y de paso cerciorarme de
que estaba en su punto… Que me lo comí con todo el dolor de mi
alma y una buena hogaza de pan de pueblo… No, todo eso no puedo
negarlo; así fue como el gato acabó con tu loro.
Sobrevivir al amor
Publicado por
Arioleta
La esposa y madre amantísima dedicaba cada minuto del día a su familia, a su hogar y a sus labores. Sacaba tiempo para todo, desde los guisos más exquisitos ya fuera para cinco o para cincuenta, hasta la perfección en cada encaje que más tarde adornaría hasta más ínfimo rincón de su casa. Por la noche, después de bañar a los pequeños, masajear cuidadosamente sus cuerpecitos y ponerles el pijama, les daba la cena, siempre una obra de arte, con las verduras estratégicamente disimuladas tras caritas sonrientes. Los niños estaban bien alimentados, «El cariño», decía, «es el mejor de los aliños». Cuando terminaba de acostar a su prole, se dedicaba por completo a su marido. Su cena, arquitectura efímera de caldos variados y segundos construidos meticulosamente, eran siempre del agrado del buen hombre. Le sonreía mientras comía, con cada bocado un cumplido, algo que detestaba. «No hay cosa más asquerosa que un hombre hablando con la boca llena», se quejaba siempre en secreto, pero agradecería los cumplidos mientras ella se alimentaba a base de verduras cocidas, eso sí, bien escogidas, cada noche de un color para no caer en la rutina. Después del postre, su marido consumía la noche en el salón, no importaba lo que echaran en la televisión, ni siquiera si le gustaba, lo importante era perder su atención entre los decibelios, siempre altos de más según su mujer. Mientras, ella se dedicaba a terminar de limpiar los cacharros y recoger la cocina, a fregar los suelos, a planchar… A lo que hiciera falta, y siempre sacaba tiempo para coger los bolillos.
miércoles, 27 de mayo de 2015
Sensaciones
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Arioleta
Sintió un aliento caliente en su nuca. El olor cargante del Ducados negro era inconfundible. Notó la respiración agitada acercándose a su oreja. Desde la cintura hasta el cuello, unas manos dibujaron su perfil sin rozarla; su vello se erizaba según avanzaba. Percibió una inhalación profunda y la esencia de su perfume abandonándola. Un somero roce sobre su hombro descoló su melena. Imaginó al hombre tras ella, se estremeció. El vagón del metro estaba lleno y no podía volverse, no se atrevía. Cerró los ojos con fuerza deseando que el tiempo pasara más rápido. «Disculpe señorita, esta es mi parada».
jueves, 21 de mayo de 2015
Etéreo
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Arioleta
«Dios es etéreo». La voz de don Constantino, el profesor de Religión, retumbó por toda la clase mientras los chicos permanecíamos sentados con la mirada fija en su nariz. Ya era casi la hora del recreo y esperábamos impacientes el momento «borrador», cuando el hombre estornudaba sobre la pizarra, ―todo un detalle por su parte evitarnos en la trayectoria―, y el polvo de la tiza salía disparado en todas direcciones haciéndole desaparecer por un momento. Hubiera sido etéreo de verdad si alguna vez, después de nuestras risotadas, después de desaparecer la nube, don Constantino se hubiera evaporado como nuestra fe.
La esperanza es lo último que se pierde
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Arioleta
Se detiene frente al espejo más de cinco minutos seguidos. «El día es
muy largo para dedicarlo únicamente a los demás», piensa. Hace tiempo
que no se toma un descanso, tanto que no recuerda la última vez que hizo
recuento de canas. Ahora cubren toda su cabeza. El moño, desvencijado,
cae hacia el lado de su perfil bueno, casi le ve la gracia a la maraña
desordenada. Imagina que cualquier día se levantará con un nido de
golondrinas... «Más bocas que alimentar», suspira.
Observa su reflejo con detenimiento. Las arrugas se extienden desde sus ojos como raíces intentando amarrarse a sus orejas. Y su boca... Muerde sus labios con pena recordando lo hermosos que fueron antaño. En su mirada parece haber quedado atrapada una nube de humo, sus ojos jamás han sido tan grises. Ha envejecido sin darse cuenta.
Se recompone sin dejar de observarse. Cinco minutos más, la comida puede esperar.
Va a su dormitorio. Allí, guardado al fondo de un cajón, descansa el diario de sus diecisiete. Lo saca y busca entre las últimas páginas una fotografía. Ella, con vestido corto de flores y sandalias rosas; él, camiseta y vaqueros ajustados. Ambos miran a la cámara y sonríen mientras brindan con un botellín. Se ha pasado la vida esperando a que él se le declarase; novio tras novio, marido tras marido, hasta cuando enviudó le esperó. Rozando los ochenta, sentada en su cama, se emociona recordando cuánto le amaba, cuánto le sigue amando.
Los gritos de los chiquillos se oyen de fondo, sus nietos la reclaman.
Guarda de nuevo la foto y el diario en su escondite, y vuelve al baño. Recompone el recogido adornándolo con las margaritas que descansan en un vasito de agua, allí mismo moja el peine y marca sus viejas ondas. Del botiquín saca el esparadrapo e improvisa un lifting para disimular sus imperfecciones. Para acabar, busca en el cajón algún pintalabios. Sabe que estarán secos, nunca saca tiempo para arreglarse, pero no le importa. Encuentra uno, rojo cereza; después de un par de intentos sus labios recobran la juventud.
«Quién sabe, igual hoy viene a buscarme».
Observa su reflejo con detenimiento. Las arrugas se extienden desde sus ojos como raíces intentando amarrarse a sus orejas. Y su boca... Muerde sus labios con pena recordando lo hermosos que fueron antaño. En su mirada parece haber quedado atrapada una nube de humo, sus ojos jamás han sido tan grises. Ha envejecido sin darse cuenta.
Se recompone sin dejar de observarse. Cinco minutos más, la comida puede esperar.
Va a su dormitorio. Allí, guardado al fondo de un cajón, descansa el diario de sus diecisiete. Lo saca y busca entre las últimas páginas una fotografía. Ella, con vestido corto de flores y sandalias rosas; él, camiseta y vaqueros ajustados. Ambos miran a la cámara y sonríen mientras brindan con un botellín. Se ha pasado la vida esperando a que él se le declarase; novio tras novio, marido tras marido, hasta cuando enviudó le esperó. Rozando los ochenta, sentada en su cama, se emociona recordando cuánto le amaba, cuánto le sigue amando.
Los gritos de los chiquillos se oyen de fondo, sus nietos la reclaman.
Guarda de nuevo la foto y el diario en su escondite, y vuelve al baño. Recompone el recogido adornándolo con las margaritas que descansan en un vasito de agua, allí mismo moja el peine y marca sus viejas ondas. Del botiquín saca el esparadrapo e improvisa un lifting para disimular sus imperfecciones. Para acabar, busca en el cajón algún pintalabios. Sabe que estarán secos, nunca saca tiempo para arreglarse, pero no le importa. Encuentra uno, rojo cereza; después de un par de intentos sus labios recobran la juventud.
«Quién sabe, igual hoy viene a buscarme».
sábado, 11 de abril de 2015
Efímero
Publicado por
Arioleta
Caminando por la calle, me encontré con tu mirada. Fue entonces cuando me sentí la mujer más bella del mundo. Juraría que me acariciabas con el azul de tus ojos. Me ruboricé y te diste cuenta. Remataste la faena con la más dulce de las sonrisas y casi caí desmayada, podía notar esos labios recorriendo mi cuerpo, lamiendo cada recoveco. Me detuve para gozar del momento. El error fue parpadear; en ese preciso instante, pude ver tu mano en el culo de la que te acompañaba. Y es que el amor, ese amor que siento, siempre es así de efímero.
Maltratador
Publicado por
Arioleta
El escritor, orgulloso de su obra, fue a una editorial a solicitar que la publicaran. Días después recibió un aviso para que asistiera a una reunión urgente con el responsable de Edición.
Sentados en una enorme mesa oval, uno en cada extremo, el autor comenzó a hablar entusiasmado pensando que iba a firmar su primer contrato. El otro hombre le cortó de inmediato. «Disculpe, no estoy aquí para eso. Necesito saber si ha sido usted quien ha escrito esto para tomar una decisión». Un «sí» rotundo, una llamada al interfono, y la sala se llenó de agentes uniformados que detuvieron al escritor.
«Se le acusa de maltrato a las letras. Ahórrese los formalismos, aquí no hay juicio, es culpable y debe pagar su pena. Se le condena a completar los veinticuatro cuadernos de Escritura y los seis de Evolución de la Lengua de Rubio, así como ha completar el manual de Ortografía en Casa de Enrique Fontanillo, incluyendo su libro para colorear. Si después de esto vuelve a presentarnos su obra con una sola falta de ortografía, me encargaré personalmente de que no vuelva a escribir en su vida. ¿Lo ha entendido?».
Por lo que sé, ha reescrito su libro unas cuantas veces; después de leerlo he de reconocer que es una de las mejores historias que he leído nunca. El problema es que siempre se le olvida la tilde de su segundo apellido.
Sentados en una enorme mesa oval, uno en cada extremo, el autor comenzó a hablar entusiasmado pensando que iba a firmar su primer contrato. El otro hombre le cortó de inmediato. «Disculpe, no estoy aquí para eso. Necesito saber si ha sido usted quien ha escrito esto para tomar una decisión». Un «sí» rotundo, una llamada al interfono, y la sala se llenó de agentes uniformados que detuvieron al escritor.
«Se le acusa de maltrato a las letras. Ahórrese los formalismos, aquí no hay juicio, es culpable y debe pagar su pena. Se le condena a completar los veinticuatro cuadernos de Escritura y los seis de Evolución de la Lengua de Rubio, así como ha completar el manual de Ortografía en Casa de Enrique Fontanillo, incluyendo su libro para colorear. Si después de esto vuelve a presentarnos su obra con una sola falta de ortografía, me encargaré personalmente de que no vuelva a escribir en su vida. ¿Lo ha entendido?».
Por lo que sé, ha reescrito su libro unas cuantas veces; después de leerlo he de reconocer que es una de las mejores historias que he leído nunca. El problema es que siempre se le olvida la tilde de su segundo apellido.
miércoles, 8 de abril de 2015
Serendipia
Publicado por
Arioleta
Era la hora oportuna. Salí al parque y me senté en el banco de siempre. Un minuto de silencio y... Me mimeticé con el viento.
Perseguí la estela de las mariposas y las derribé en pleno vuelo.
Jugué a saltar entre las olas de la maderada en la pérgola.
Me escondí en los nidos ocultos entre las ramas.
Volé a ras del césped dejándome acariciar el vientre.
Hurgué los hormigueros hasta hacerlas correr despavoridas.
Y subí lo más alto que pude hasta perder el sentido, entonces caí sin remedio.
Sesenta segundos bastaron.
... Buscando el silencio me encontré a mí misma.
Perseguí la estela de las mariposas y las derribé en pleno vuelo.
Jugué a saltar entre las olas de la maderada en la pérgola.
Me escondí en los nidos ocultos entre las ramas.
Volé a ras del césped dejándome acariciar el vientre.
Hurgué los hormigueros hasta hacerlas correr despavoridas.
Y subí lo más alto que pude hasta perder el sentido, entonces caí sin remedio.
Sesenta segundos bastaron.
... Buscando el silencio me encontré a mí misma.
miércoles, 1 de abril de 2015
La pluma
Publicado por
Arioleta
El escritor estuvo trabajando durante horas delante del ordenador sin percatarse de la presencia de la pluma. Cuando iba a hacer clic sobre la opción «Apagar», reparó en ella. Blanca, canija y sin fuste, había estado todo el tiempo bajo la barra espaciadora. La cogió con curiosidad, giró un par de veces los dedos a ambos lados para inspeccionarla bien y la dejó a su izquierda sin más. Volvió a fijar su atención en la pantalla; fue entonces cuando recordó que le faltaba algo al último documento editado. Lo abrió y firmó al final de la página:
«El Patito Feo»
miércoles, 25 de marzo de 2015
La búsqueda
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Arioleta
Entraron hasta el fondo, sin avisar, sin llamar a la puerta. Recorrieron todas las habitaciones, vaciaron los cajones y armarios, pero no encontraron lo que buscaban. La verdad solo la conozco yo y la guardo en mi corazón.
martes, 17 de marzo de 2015
La bolsa o la vida
Publicado por
Arioleta
―Los dos muchachos se acercaron a ella, se colocaron uno a cada
lado. El más joven sacó una navaja y le preguntó: «¿La bolsa o
la vida?». La mujer dejó escapar un leve suspiro, se colocó el
pelo y se abrió la chaqueta. Los chicos se miraron extrañados. El
del arma, nervioso, volvió a preguntarle: «Venga, vieja, decide
ya». Ella se despidió mirando hacia la bolsa y dijo decidida: «La
vida» ―narró el testigo al agente.
―¿Está seguro?
Lo que no sabían es que en la bolsa llevaba una cajita de lata y en ella, las cenizas de su marido.
―¿Está seguro?
Lo que no sabían es que en la bolsa llevaba una cajita de lata y en ella, las cenizas de su marido.
jueves, 12 de marzo de 2015
Adicción
Publicado por
Arioleta
—Chico, ponme otra —pidió señalando la copa vacía.
—¿No cree que ya ha bebido bastante? —sugirió el camarero.
—Creo que lo que tienes que hacer es servirme y dejarte de rollos.
El muchacho se volvió y cogió una botella con la etiqueta ilegible de la repisa más alta. Dentro bailaba un licor espeso que cambiaba de color dependiendo de dónde recibiera la luz. Rellenó el vaso hasta la mitad.
—Hasta arriba —indicó el borde del cristal con su índice.
—Lo que usted man...
—Y déjala en la mesa, así no te molestaré durante un rato —le cortó.
El hombre bebía sin tregua, a veces a sorbos, otras de un trago. Reía en ocasiones, lloraba siempre después de vaciar la copa de golpe. Cuando casi había terminado con el brebaje, sacó del bolsillo de la chaqueta una fotografía. Repasó los rostros: él, su exmujer y sus tres hijos aún pequeños. «Entonces éramos felices, ¿recuerdas?».
—Chico, déjame un boli —exigió sin dejar de mirar el retrato.
Empezó a escribir algo en el reverso. Su mano temblorosa y las lágrimas hacían difícil conseguir una buena caligrafía. Cuando acabó, cogió una servilleta de la barra y volvió a llamar al camarero mientras anotaba algo con prisa.
—Oye, ¿te importaría enviar la foto a la dirección que te he apuntado aquí? —preguntó a la vez que la envolvía con la servilleta manuscrita.
—Claro, no hay proble...
—Y abre otra botella de ese veneno —volvió a cortarle.
Con cada nuevo trago, el hombre se retorcía de dolor. Se levantó del taburete e intentó llegar al baño, pero no pudo. Se agarró a la barra, sujetó su vientre y sin poder evitarlo, se puso a vomitar en mitad del bar. Con cada arcada, salían excusas y mentiras, voces y reproches.
—¡Pero qué...! —el camarero salió con fregona en mano.
El borracho trató de avanzar balbuceando disculpas, pero de nuevo el dolor hizo que se doblara. Más mentiras, golpes, borracheras y abusos salían de su boca sin control.
—Venga, tío, vuelve a tu taburete —le acompañó y le ayudó a sentarse.
Dejó caer los brazos sobre la barra y recostó su cabeza sobre ellos. Observaba al chico mientras recogía sus miserias del suelo; al poco se quedó dormido.
Cuando acabó de fregar, el camarero se acercó al teléfono y llamó a alguien:
—Será mejor que vengas a buscarle.
Cuando llegué el hombre seguía dormido.
—Entiendo que es este — dije dirigiéndome al chico.
—Es obvio, ¿no? —respondió sin mirarme.
—Vamos, voy a llevarte a casa.
Eché uno de sus brazos sobre mi hombro y le levanté. Apenas podía andar. Tardamos bastante en llegar. Abrí la puerta y entramos pegando nuestros cuerpos.
—Dios, cada vez me da más asco este olor —exclamé evitando el hedor del aliento del borracho.
Le tendí sobre la cama y le coloqué un poco la ropa para que estuviera presentable cuando le encontraran. Con un simple roce de mi guadaña le arrebaté la vida y me fui por donde había venido.
Días después, alertados por el olor desagradable que provenía de su piso, los vecinos llamaron a la policía. Encontraron su cuerpo hinchado y con un color amarillento. La autopsia reveló que había muerto de una extraña afección, una especie de cirritis que había afectado al corazón, y es que este borracho murió por una sobredosis de tristeza embotellada y con una etiqueta ilegible.
—¿No cree que ya ha bebido bastante? —sugirió el camarero.
—Creo que lo que tienes que hacer es servirme y dejarte de rollos.
El muchacho se volvió y cogió una botella con la etiqueta ilegible de la repisa más alta. Dentro bailaba un licor espeso que cambiaba de color dependiendo de dónde recibiera la luz. Rellenó el vaso hasta la mitad.
—Hasta arriba —indicó el borde del cristal con su índice.
—Lo que usted man...
—Y déjala en la mesa, así no te molestaré durante un rato —le cortó.
El hombre bebía sin tregua, a veces a sorbos, otras de un trago. Reía en ocasiones, lloraba siempre después de vaciar la copa de golpe. Cuando casi había terminado con el brebaje, sacó del bolsillo de la chaqueta una fotografía. Repasó los rostros: él, su exmujer y sus tres hijos aún pequeños. «Entonces éramos felices, ¿recuerdas?».
—Chico, déjame un boli —exigió sin dejar de mirar el retrato.
Empezó a escribir algo en el reverso. Su mano temblorosa y las lágrimas hacían difícil conseguir una buena caligrafía. Cuando acabó, cogió una servilleta de la barra y volvió a llamar al camarero mientras anotaba algo con prisa.
—Oye, ¿te importaría enviar la foto a la dirección que te he apuntado aquí? —preguntó a la vez que la envolvía con la servilleta manuscrita.
—Claro, no hay proble...
—Y abre otra botella de ese veneno —volvió a cortarle.
Con cada nuevo trago, el hombre se retorcía de dolor. Se levantó del taburete e intentó llegar al baño, pero no pudo. Se agarró a la barra, sujetó su vientre y sin poder evitarlo, se puso a vomitar en mitad del bar. Con cada arcada, salían excusas y mentiras, voces y reproches.
—¡Pero qué...! —el camarero salió con fregona en mano.
El borracho trató de avanzar balbuceando disculpas, pero de nuevo el dolor hizo que se doblara. Más mentiras, golpes, borracheras y abusos salían de su boca sin control.
—Venga, tío, vuelve a tu taburete —le acompañó y le ayudó a sentarse.
Dejó caer los brazos sobre la barra y recostó su cabeza sobre ellos. Observaba al chico mientras recogía sus miserias del suelo; al poco se quedó dormido.
Cuando acabó de fregar, el camarero se acercó al teléfono y llamó a alguien:
—Será mejor que vengas a buscarle.
Cuando llegué el hombre seguía dormido.
—Entiendo que es este — dije dirigiéndome al chico.
—Es obvio, ¿no? —respondió sin mirarme.
—Vamos, voy a llevarte a casa.
Eché uno de sus brazos sobre mi hombro y le levanté. Apenas podía andar. Tardamos bastante en llegar. Abrí la puerta y entramos pegando nuestros cuerpos.
—Dios, cada vez me da más asco este olor —exclamé evitando el hedor del aliento del borracho.
Le tendí sobre la cama y le coloqué un poco la ropa para que estuviera presentable cuando le encontraran. Con un simple roce de mi guadaña le arrebaté la vida y me fui por donde había venido.
Días después, alertados por el olor desagradable que provenía de su piso, los vecinos llamaron a la policía. Encontraron su cuerpo hinchado y con un color amarillento. La autopsia reveló que había muerto de una extraña afección, una especie de cirritis que había afectado al corazón, y es que este borracho murió por una sobredosis de tristeza embotellada y con una etiqueta ilegible.
viernes, 6 de marzo de 2015
El artista
Publicado por
Arioleta
A esas horas ya no había casi nadie en el metro. Entró un joven con un maletín de pintura y se sentó a mi lado. Yo leía un libro cuando él empezó a subir la mano por debajo de mi falda. No lo pensé dos veces, aparté mi lectura y me bajé las bragas. Se arrodilló delante de mí y empezó a lamer con ahínco. Me agarré a la barandilla creyendo perder el sentido. «Rápido, la siguiente es mi parada», le informé. Metió sus dedos y rubricó su obra a la perfección.
Olivia
Publicado por
Arioleta
Su cuerpo apenas había estrenado la pubertad. Olivia no sabía nada acerca del sexo y sentía tanta curiosidad como deseo por experimentar. Una noche se metió desnuda en la cama de su hermano Fran. «¿Qué haces?», le preguntó asombrado mientras ella tomaba su verga y empezaba a agitarla sin control. «Así no, déjame que te enseñe». Fue la primera vez que gozaron del amor fraternal.
Preliminares
Publicado por
Arioleta
Me desnudó despacio dejando mi cuerpo al descubierto, esa noche hacía frío y reaccioné rápidamente. «No te cubras», me dijo mientras apartaba la sábana. Empezó a acariciarme lentamente. «Me encanta recorrer tu vello erizado, notar tus glúteos contraídos y jugar con tus pezones erectos». Hicimos el amor. Cuando entré en calor, él ya había acabado.
La decisión
Publicado por
Arioleta
Te juras a ti misma que nunca volverás a dejar que nadie te amedrente. Sin embargo, el cambio de vida te vuelve a colocar sobre la cuerda floja. Sí, sientes vergüenza ajena y sobre todo miedo, pero esta vez el coraje que siempre permaneció en silencio se abre hueco en tu interior. Una fuerza desconcertante lucha por escapar. Pero tu temor a la caída, a los daños colaterales, es mayor y bloquea las salidas.
No entiendes lo absurdo del mundo, esa locura inquietante que demasiados espiran. No quieres dejarte contagiar, te aferras a la objetividad con un afán agotador. Y así, día tras día, supervives portando el amor como escudo.
Te preguntas cuándo acabará todo. Esta dicotomía te está destrozando, no sabes cuánto tiempo aguantarás, ni siquiera qué caerá antes: tu cuerpo y tu mente, quizá ambos al mismo tiempo. Hay que tomar una decisión, es lo oportuno. Razón o locura.
No entiendes lo absurdo del mundo, esa locura inquietante que demasiados espiran. No quieres dejarte contagiar, te aferras a la objetividad con un afán agotador. Y así, día tras día, supervives portando el amor como escudo.
Te preguntas cuándo acabará todo. Esta dicotomía te está destrozando, no sabes cuánto tiempo aguantarás, ni siquiera qué caerá antes: tu cuerpo y tu mente, quizá ambos al mismo tiempo. Hay que tomar una decisión, es lo oportuno. Razón o locura.
miércoles, 4 de marzo de 2015
La coleccionista de amantes
Publicado por
Arioleta
En
aquel edificio viejo y destartalado vivíamos solo seis mujeres, una
por cada década contando desde los treinta, —casualidades de la
vida—, en orden alfabético y ascendente. Las señoras Adolfa y
Balbina, las más antiguas, vigilaban la entrada a ambos lados del
hall. En la primera planta, Cayetana y Domi compartían piso
por temporadas: primavera y verano en casa de la primera, y otoño e
invierno en la de la segunda. Y en la última planta estábamos Eli y
yo. Éramos una pequeña familia, un matriarcado en el que, por años,
nos turnábamos la presidencia de la comunidad más como una hobby
que como una obligación. Aunque tuviéramos nuestros más y nuestros
menos, la simbiosis era perfecta.
Pero
esta historia no es la mía, tampoco la de mis vecinas de los pisos
inferiores, aunque entre todas ellas daban para una novela de varios
tomos. No, esta que os voy a contar es la de Eli.
Eli,
de Elicia, detestaba corregir a los de Correos cuando le traían un
certificado, aunque más detestaba su nombre. Siempre coincidíamos a
primera hora, cuando yo salía a trabajar y ella sacaba de paseo a su
bichón maltés, Magnum. Todavía me pregunto qué clase de nombre
era ese. Cada vez que lo llamaba, me la imaginaba sujetando las patas
traseras de su perro como si fuera el palito de madera, lamiéndolo,
la boca llena de pelos. Me da repelús solo recordarlo.
Era
una mujer normal, de cuarenta y pocos. No trabajaba. Ninguna sabíamos
de dónde sacaba el dinero para permitirse tantos lujos como se daba.
Las señoras Adolfa y Balbina tenían la teoría de que era alguna
rica heredera que quería pasar desapercibida; sin embargo, Cayetana
y Domi se decantaban más por el puterío. A mí, la verdad, siempre
me dio igual. Eli era generosa e inteligente, sabía bien a quién y
cuándo hacer favores, y siempre correspondía cuando se los
hacíamos.
Pero
esta historia que os voy a contar tampoco va sobre su vida, al menos
no de toda ella; esta que os voy a contar es la de la afición de
Eli.
Eli,
de Elicia, estaba tres veces divorciada. Las relaciones estables no
eran su fuerte. Estaba desencantada del amor; cada vez que me veía
entrar a casa con Héctor, mi novio de entonces, sonreía levemente
mientras meneaba despacio la cabeza de un lado a otro. Después de
cada discusión con él, iba a verla buscando un hombro en el que
llorar y siempre me decía: «No te fíes de los hombres, ellos solo
quieren una cosa y cuando se cansan de ti, la buscan en otro lado».
En una de esas visitas me llamó la atención una vitrina de cristal
donde lucían miniaturas de los perfumes más conocidos. En otra, me
fijé en la colección de muñecas de porcelana que descansaba sobre
varios estantes de la salita de estar. En la siguiente, sobre la
repisa del baño, pude contar al menos cincuenta piedras distintas,
todas del mismo tamaño. Sí, Héctor y yo discutíamos a menudo,
tanto como coleccionables tenía Eli.
—Te
gusta coleccionar cosas, ¿verdad?
—Sí,
es mi hobby
favorito. Algún día te enseñaré mi colección de llaves y la de
collares de perro, una lástima que los hicieran tan grandes, si
fueran un poco más pequeños le podría haber puesto uno distinto
cada día durante tres meses a mi Magnum —dijo besando amorosamente
a su chucho.
Mi
vecina era peculiar, pero más lo era la última afición que le
conocí: coleccionar amantes. No lo hacía en plan peliculero, era
«algo práctico» como a ella le gustaba decir.
Todo
empezó el día que se dio la última oportunidad con Cupido; se
registró en una de esas web de contactos y conoció a su primer
fascículo: Adrián. El muchacho, de mi quinta, se presentaba como
alguien discreto y maduro. Después de llevarla a cenar a un burguer,
ella le invitó a tomar una copa en su piso (casi mejor que le
hubiera puesto un Cola-Cao). Follaron toda la noche, lo sé no
porque les oyera sino porque Magnum aullaba a la vez que ellos se
dejaban llevar por la pasión. Obviamente no funcionó, ella
necesitaba algo más que una hamburguesa y un buen polvo para ser
feliz, así que volvió a intentarlo.
El
siguiente fascículo vino en italiano. Marco, peluquero y
esteticista, prometía embellecer y llenar de color su vida, pero lo
único que sacó fue un corte de pelo pasado de moda y unas mechas
que no le favorecían nada. Eso sí, volví a aguantar los aullidos
del dichoso can una noche más. «A la tercera va la vencida», me
dijo cuando nos encontramos una mañana en el rellano. La primavera
le trajo a sus brazos a Miguel Ángel, un adonis despampanante que
podía sacarte un ojo con el pezón si te acercabas demasiado. Con
este repitió un par de noches... Y seguidas... ¡Dichoso Magnum, no
se quedó afónico ni con esas! Pero tampoco terminó de convencerla.
A
todo esto, las señoras Adolfa y Balbina empezaban a creer en la
teoría de las vecinas del segundo, y Cayetana y Domi a envidiarla
cada día un poco más. A mí siguió dándome lo mismo lo que
hiciera con su vida, lo único que me fastidiaba de aquello era la
serenata que daba su perro cada noche de pasión.
Eli
empezó a cogerle un gustillo a aquello y decidió coleccionar
amantes. Había noches en que las entregas venían por pares;
recuerdo una ocasión en la que me presentó a dos gemelos, no
recuerdo los nombres. Altos y guapos, —como todos los números de
su colección—, trajeados, ambos con gafas de pasta (el mismo
modelo en distinto color) que les hacía más interesantes. La noche
en la que montaron el trío gritaron el nombre de algún santo cada
vez que se corrían, y os juro que recitaron casi todo el santoral.
Cada
dos semanas llegaba una nueva entrega. Lo tenía todo calculado:
siete días para entablar amistad, tres para intimar por escrito, dos
para la relación por teléfono, uno para conocerse en persona y el
último para follar. Solo repetía cuando era fin de semana, supongo
que para no quedarse sin plan. Nunca había cine ni escapada
romántica, y Eli parecía no tener hartura. Después de un par de
meses, Magnum cambió su banda sonora por atronadores ronquidos; aún
me pregunto cómo podía un perro tan pequeño resoplar con tanta
fuerza.
Todo
cambió el día que llegó un fascículo especial, de esos que vienen
en todos los coleccionables con algún regalo, los que suponen
lanzarse hasta el final o abandonar. Conoció a Adela en un chat. Las
dos tenían parte de su pasado en común, principalmente los tres ex.
No se cumplieron los plazos de rigor dado que mi vecina entendió
aquella relación como una bonita amistad. Una noche, después de una
visita al Prado, de ir al cine y unas cañas por la Latina, se
fueron a casa de Eli con intención de tomarse la última copa.
Estaban intentando meter la llave en la cerradura con la risa tonta
del que ha bebido un poco de más cuando yo salía a echar la basura.
Reconocí su risa al instante. Imaginaos la escena: ellas vestidas de
fiesta con taconazos y yo en pijama y zapatillas de andar por casa.
—¿Adela,
eres tú?
—¡Prima!
—dijo mientras se agachaba para abrazarme.
—¿Os
conocéis? —preguntó sorprendida Eli.
—Sí,
es mi primita. ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos? —Adela
contaba con los dedos meses, años.
—Muchos...
Ni se te ocurra hacerle daño —susurré mientras lanzaba una mirada
inquisitoria a mi vecina.
Eli
me lanzó un beso, agarró a mi prima del brazo sin dejar que nos
despidiéramos y subieron a trompicones las dos plantas. Aquella
noche no se oyó nada, ni siquiera al perro.
Nunca
más volví a ver entrar a un hombre en casa de Eli. Acabó su
colección de amantes después de casi un año de entregas.
¿Queréis
saber qué pasó con el último fascículo? Tendréis que
preguntárselo a ella. Si os interesa, alquilo mi piso, es un segundo
sin ascensor, tres dormitorios, baño, cocina y comedor, con
calefacción central. Totalmente reformado. El barrio es muy
tranquilo, tiene zona ajardinada y está muy bien comunicado con el
centro. Lo mejor: las vistas y mis vecinas. La única condición: es
solo para treintañeras cuyo nombre empiece por «F».
martes, 24 de febrero de 2015
¿Error?
Publicado por
Arioleta
—Quiero que te lo lleves de aquí, no lo aguanto, estoy harta de él... —se quejó mamá dirigiéndose a papá.
No entendí porqué, Bobby es un perro obediente y cariñoso.
—Estás exagerando —dijo él mirando hacia nosotros.
—Tú decides, él o yo.
Esa misma tarde papá y yo fuimos a cazar al campo. Dimos un largo paseo. Jugábamos al escondite cuando papá vio un conejo escondido en unas matas, preparó la escopeta y dijo con una voz triste: «Es el momento».
Estoy desendo ver la cara de sorpresa de mamá cuando vea aparecer en casa a papá y a Bobby...

—Estás exagerando —dijo él mirando hacia nosotros.
—Tú decides, él o yo.
Esa misma tarde papá y yo fuimos a cazar al campo. Dimos un largo paseo. Jugábamos al escondite cuando papá vio un conejo escondido en unas matas, preparó la escopeta y dijo con una voz triste: «Es el momento».
Estoy desendo ver la cara de sorpresa de mamá cuando vea aparecer en casa a papá y a Bobby...
Siete palabras
Publicado por
Arioleta
«Te odio, te odio, te odio... Adiós». Bastaron únicamente siete palabras como puñaladas certeras.
Al día siguiente encontraron el cuerpo del hombre sobre un charco de sangre y una pluma estilográfica clavada en el corazón.
Al día siguiente encontraron el cuerpo del hombre sobre un charco de sangre y una pluma estilográfica clavada en el corazón.
viernes, 9 de enero de 2015
Tropieza con la misma piedra
Publicado por
Arioleta
Levantarte y huir. Ese pensamiento te persigue a menudo, ¿qué piensas hacer? «Caminar». Tropiezas una vez más contigo misma, no tienes a dónde ir. Miras a tu alrededor. Tu habitación en penumbra, tu ropa tirada sobre el sillón y tú... descansas sobre la cama. Cada noche lo mismo. Pero hoy, hoy te sientes liviana. Caminas despacio, no quieres despertar al hombre. Te miras al espejo. «¿Esa soy yo?», te preguntas en silencio. Lloras. La rabia intenta apoderarse de ti, pero la realidad es más grande. Vuelves al lecho sabiendo que no hay escapatoria, pero esta vez no recuperas tu forma.
Hoy sí, hoy eres libre al fin. Ya no tropezarás más con la misma piedra: la muerte vino a buscarte.
Hoy sí, hoy eres libre al fin. Ya no tropezarás más con la misma piedra: la muerte vino a buscarte.
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