(RIMA LXXI, de Gustavo Adolfo Bécquer)
Un rincón para la palabra, el silencio, para todo aquello que nunca nos dijimos...
jueves, 29 de diciembre de 2011
En el limbo de los sentimientos
Publicado por
Arioleta
En el borde de la nada, entre el cielo
y el infierno, las ideas vuelan alrededor sin dejarse atrapar. La
inspiración está de vacaciones, se las ha tomado sin decirme cuándo
volverá, siquiera si piensa hacerlo. Estoy agotada de forzar las
ideas, de mirar a cualquier parte y no ver nada más que un espacio
desierto. Me tomaré un descanso. Escribiré para mí sola pues ahora
me encuentro en el limbo de los sentimientos. Me quedaré con
Bécquer, vagando sin rumbo fijo en ese espacio misterioso entre la
vigilia y el sueño hasta que vengan a despertarme diciendo «te
quiero».
miércoles, 28 de diciembre de 2011
La palabra adecuada
Publicado por
Arioleta
Puedes encontrar más de 100000 palabras en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, eso sin contar derivados y demás. Pero, ¿cómo hallar la secuencia concreta, la que responda a todos los gustos? Te lo digo: no la hay.
Escriba lo que escriba habrá a quién le parezca triste, aburrido, sin sentido o quizá todo lo contrario. Acomodarse a todos los públicos es complicado, ¿cuál es el tema más neutro, aquel del que todos hablan? Para niños, adultos y ancianos, déjame pensar... Lo único que puede arrancar unas carcajadas sería el clásico «caca-culo-pedo-pis», y el que piense lo contrario que lo diga. Pero tendrás a aquellos a los que ni eso les parezca correcto.
Descartemos el tema del amor ―por aquello de ponerse moñas―, el de la muerte (no se vayan a pensar que voy a suicidarme), la tristeza está muy manida, tanto como el silencio y el vacío, ¿y la alegría? ¿Qué escribo, un monólogo y nos reímos todos? Seguro que alguien se ofende con alguno de mis chistes.
Así que casi mejor guardo silencio hasta que propongas un tema concreto, sé mi muso exigente, pide por esa boca, a ver si tienes suerte y das con la palabra adecuada.
Escriba lo que escriba habrá a quién le parezca triste, aburrido, sin sentido o quizá todo lo contrario. Acomodarse a todos los públicos es complicado, ¿cuál es el tema más neutro, aquel del que todos hablan? Para niños, adultos y ancianos, déjame pensar... Lo único que puede arrancar unas carcajadas sería el clásico «caca-culo-pedo-pis», y el que piense lo contrario que lo diga. Pero tendrás a aquellos a los que ni eso les parezca correcto.
Descartemos el tema del amor ―por aquello de ponerse moñas―, el de la muerte (no se vayan a pensar que voy a suicidarme), la tristeza está muy manida, tanto como el silencio y el vacío, ¿y la alegría? ¿Qué escribo, un monólogo y nos reímos todos? Seguro que alguien se ofende con alguno de mis chistes.
Así que casi mejor guardo silencio hasta que propongas un tema concreto, sé mi muso exigente, pide por esa boca, a ver si tienes suerte y das con la palabra adecuada.
domingo, 25 de diciembre de 2011
Supervivencia
Publicado por
Arioleta
Otra vez sentimientos en el tintero.
A pesar de negarme a reconocerlo,
A pesar del frío del largo invierno,
Han surgido como primavera en flor.
Han regresado las mariposas
A revolver mi vientre dormido
Despertando de nuevo la inspiración.
Tanto es el tiempo perdido...
No hablaré más del silencio,
Del vacío o la obscuridad.
Ahora solo quiero tu risa dibujada,
Todo lo que dices y lo que callas.
Seremos la luz serena y dulce,
Habitantes de un futuro incierto
Caminando a la par sin perdernos
Una sola palabra, una sola mirada.
Mientras siga habiendo amor
Juro que sobrevivirá mi poesía.
Mientras siga habiendo amor
Juro que sobrevivirá mi poesía.
sábado, 24 de diciembre de 2011
La cara oculta de la Luna
Publicado por
Arioleta
Me pediste la Luna y me quedé sin
palabras, ¿cómo hacerte similar ofrenda? Consulté con astrónomos
sobre su movimiento, y a físicos sobre la gravedad del evento, pero
ninguno me dio la solución al problema. Después de mucho pensarlo
he decidido que la próxima vez que te vea esperaremos juntos la
noche, pero no una noche cualquiera, la primera de luna llena. Cuando
esté en lo más alto la miraré fijamente hasta memorizar cada
orilla de su Mar de la Tranquilidad, entonces cerraré mis ojos
capturando la imagen y dejaré que beses suavemente mis párpados
para entregarte su cara oculta.
Me niego a escribir un cuento navideño
Publicado por
Arioleta
No, me niego. Nos negamos mis palabras y yo. La Navidad es para quien la celebra; ellas prefieres dedicarse a otros menesteres y yo ya perdí la ilusión. Me falta gente, me faltan ganas, me falta la Navidad simplemente.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Hambre de cariño
Publicado por
Arioleta
Cuánto silencio, cuánto vacío.
Mirar hacia fuera en invierno
Es conocer mi interior:
Marchito, yermo y frío.
Los días pasan insondables.
Mi esperanza es la mar infinita
Excitada en olas albinas,
Profunda y negra de arte.
¿Me acostumbraré a morir en vida,
A las noches de insomnio?
Me anclaría al cálido otoño,
Al cobrizo de sus hojas caídas.
Tan difícil la palabra, la sonrisa.
Querer sin querer estar sin estar.
En la espera traicionera
Que susurra a voces la brisa.
Solo el sueño infranqueable,
El que siempre evita la paz.
Dejemos de ser quienes somos
Para no pasar más hambre.
martes, 20 de diciembre de 2011
A mis palabras
Publicado por
Arioleta
Qué extraña sensación... Mis palabras han enmudecido, parecen indecisas, no saben en qué orden
salir. Es la primera vez en mucho tiempo que no sé qué ni cómo
decir lo que siento. He intentado forzarlas en prosa y en verso, pero
cada vez que quiero echar mano de ellas, huyen de mi boca. Es algo
inusitado, estaba acostumbrada al revuelo y al desorden, ahora
perecen haberse aliado con el silencio.
Para vosotras este post pues sois mis
mejores aliadas; os debo el reconocimiento y muchos sentimientos
compartidos. Así que, queridas mías, no tardéis en decidiros,
necesito vuestra guía, vuestro consuelo.
lunes, 19 de diciembre de 2011
La larga espera
Publicado por
Arioleta
Lo supo desde el primer instante,
dudaba de si tendría otra oportunidad. No creía en la suerte ni en
el destino, solo en la gente y en sus intenciones, y ahora creía en
él pero le seguía faltando fe en ella misma. Algo le impulsó a
tomar la decisión, quizá el miedo, quizá la esperanza, pero, como
siempre, le fallaron las palabras... Se quedó en silencio, muda,
solo supo decir «te quiero» con un abrazo intenso, rozando sus
mejillas, acompasando los latidos al ritmo de un ligero contoneo. Al
final, él le susurró al oído: «¿Por qué has tardado tanto?»
Tu corazón es mío
Publicado por
Arioleta
Te vas y me dejas sin palabras, sin
letras en el tintero, sin más que decir. Vuelvo al silencio, a tu
ausencia que es mi vida hasta el instante en el que te reencuentro.
… ¿Dónde has estado todo este
tiempo, dime?
… ¿Qué harás el resto de mi vida?
Decirte que eres, en definitiva, lo que
esperaba encontrar, y ahora que (no sé si) te tengo, siento un
horrible miedo. Experta en declaración de intenciones, te diré que
seguiré a tu lado, no tengo nada que perder ¿Harás tú lo mismo?
Dejo mi corazón en tus manos, es tuyo.
domingo, 18 de diciembre de 2011
Abre los ojos
Publicado por
Arioleta
Me dijo que me quería y le creí. Me
quiso, lo sé, no me mentía.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Volvamos a estar vivos
Publicado por
Arioleta
¿Qué tal si dejamos a los muertos de lado
Y volvemos a estar vivos?
Si retomamos los sentimientos olvidados
En un mismo rumbo fijo.
Despertemos todos los sentidos,
Utilicemos todas las palabras del diccionario,
Gritemos a los cuatro vientos por capricho
Agitemos los instintos primarios.
Esta noche yo soy tuya y tú eres mío.
viernes, 16 de diciembre de 2011
De tu voz...
Publicado por
Arioleta
Hoy me han hecho un regalo muy especial... Eternamente agradecida a Clarisa Leal; siempre la llevaré en mi corazón.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Borrando nuestro recuerdo
Publicado por
Arioleta
No, que no digan que no supimos amarnos, se equivocarían siempre. Dejemos que mientan, que digan lo que
quieran, pero que no nieguen que hubo algo grande entre los dos pues
quisimos alcanzar el cielo en nuestra particular torre de Babel
construida con cariños. Mas, como en el Génesis, acabamos
destruyendo todo aquello con los silencios, confundiendo nuestros
caminos y alejándonos sin remedio.
No, no permitamos que borren nuestro
recuerdo. No olvidemos nuestra capacidad de amar aunque el destino
nos lleve a otros. El pasado es nuestra historia y los recuerdos el
legado.
Que no digan que no nos amamos...
sábado, 10 de diciembre de 2011
Poemas en flor
Publicado por
Arioleta
Déjame ser tu voz,
Engañemos al silencio.
Dejemos que fluyan las palabras
En prosa o en verso.
No importa el tema, motivo u oración.
Rompamos las cadenas que nos atan
A la página en blanco,
A la tinta seca y al borrador.
Déjame ser tu voz
Tantas veces como nos haga falta.
Déjame amarrarme a tu garganta
En trueno aterrador.
Acabemos con esta paz incauta
Que nos separó en dos.
Volvamos a la unidad tan ansiada
Que no quiero morir sin dicción
Déjame ser tu voz
Y gritemos a los cuatro vientos
Quienes somos tú y yo:
Poemas en flor.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Inspiración, expiración
Publicado por
Arioleta
¿Qué haría yo sin ti?
Sin tu ausencia, sin tu silencio, sin
tus palabras huecas,
Sin esa sonrisa atorada y esos ojos
muertos de sueño.
¿Me quedaría sin inspiración,
Sin motivo por el que escribir?
¿O quizá no?
Mi inspiración viene con lo más
inesperado.
Verás...
Empiezo a no echarte de menos, tampoco
te echo de más.
Es solo que la vida continúa contigo o
sin ti.
Lo siento, querido, eres prescindible,
Aunque seguirás siendo blanco de mis
versos,
Quizá algún personaje en mis cuentos.
Quién sabe.
Ahora sé lo que haría sin ti:
Lo mismo que contigo:
Inspirarme, expirarte.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Tras la tormenta llega la calma
Publicado por
Arioleta
Aún recuerda cuando la tristeza era
una opción y no una constante en su vida, cuando aún tenía fe en
que tras la tormenta llegaría la calma. Lo recuerda con nostalgia,
con la sensación de haber perdido la capacidad de levantarse de
nuevo a pesar del esfuerzo. Sabe que nada volverá a ser igual, que
el futuro se presenta tintado en un color desconocido. No sabe de
mezclas, jamás se le dio bien elegir el tono adecuado para nada que
tuviera ver con ella misma.
Ahora, sentada frente al ordenador,
solo lee. Repasa todos sus escritos intentando rememorar la sensación
de tibieza, pero no lo logra. «¿Cuándo me perdí?», se pregunta
una y otra vez intentando hallar la respuesta que no llega. Se
detiene ante una lectura inesperada, unas palabras que no le
pertenecen, una dedicatoria antigua que pasó por alto en su día.
«Adoro todas y cada una de tus
palabras. Si tus sentimientos son sinceros, déjame que tome tus
manos para siempre.»
No sabe quién escribió aquello. El
enlace del autor lleva a una página caducada y hacer la búsqueda
por el pseudónimo es imposible. Mira la fecha: 8 de octubre de 2009.
Han pasado más de dos años. Sabe que se agarraría a un clavo
ardiendo si ello supone su salvación, y a la vez siente una mezcla
entre curiosidad y miedo. «Jamás sabré quién fue». Se rinde y
vuelve a la lectura de sus post.
Después de tantos años escribiendo,
el tiempo pasa despacio mientras en cada cuento, en cada verso, trae
a su memoria cada sentimiento sobrevivido: el amor, el desamor, la
muerte de un ser querido, la esperanza, la decepción... y otra vez
el amor, y con él, otra vez el desamor.
Se detiene de nuevo, le resulta duro
masticar de nuevo esa sensación amarga. Abre otra pestaña en su
navegador y revisa el correo; tiene un nuevo comentario en su última publicación. Justo en ese momento llaman al teléfono. Es su primera
conversación del día, rozando las once de la noche; su madre,
preocupada, le pregunta cómo está, si quiere que vaya a verla...
«Mamá, solo he cogido frío, debo estar incubando algo. No te
preocupes, ya está aquí mi minino para hacerme compañía. Mañana
voy a verte sin falta. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?» Odia mentirle, ojalá
tuviera el valor suficiente para decirle que está cansada de
esperar, de que todos los días sean iguales y de acabar cada jornada más
triste que la anterior; pero no puede. Para ella fabrica su mejor
sonrisa.
Antes de volver al ordenador, se
prepara un café caliente y un par de galletas, su cena más
frecuente. La noche será tan larga como el día, dormir lo hace solo
por aburrimiento, apenas tiene sueño, apenas tiene sueños. Cuando
se reincorpora a la red, recuerda el comentario pendiente y lee.
«Sigo adorando todas y cada una de tus
palabras. Sé que tus sentimientos son sinceros, estoy seguro de
ello. Déjame pues que tome tus manos para siempre.»
Yesterday
Publicado por
Arioleta
De volver al silencio me encuentro
cansada,
Derrotada en las mil mareas en las que
nado
Con la espalda dolida por el peso que
cargo.
Y a pesar de todo eso, no me queda
nada.
De encontrarme otra vez con ella, mi
sombra,
Enraizada a la cordura que perdí con
el tiempo,
Se burlan de mi locura golpeando contra
el viento
Todo lo que siento y, sin querer,
vomito por mi boca.
¡Alejáos, insensatos, no merezco
vuestra ayuda!
Dejadme morir en paz reviviendo mi
pasado,
Aquel tan lejano que apenas he llorado
Cuando era feliz, el de la infancia
huesuda.
Reflexiones de última hora
Publicado por
Arioleta
«Solo necesito tiempo...» Le he dicho
a mi tocaya totalmente convencida. Ojalá hubiera sido capaz de
confesar que mi lista de necesidades es interminable, pero no puedo.
Me resisto a negociar la felicidad conmigo misma, pero lo sigo
haciendo. En este trance de indeterminada paciencia llevo más de
tres meses, y aunque me he recuperado en algunos aspectos, sigo
atrapada en muchos otros.
A pesar de la seguridad que ahora me
domina, sigo arrepintiéndome en pequeñas dosis de palabras no
dichas, de actos contenidos y deseos impronunciables. ¿Se puede
continuar una vida anclada a esos defectos? Segura estoy de que el
camino no es fácil, que todavía tengo mucho por descubrir.
Un buen amigo me decía el otro día lo
que me queda por aguantar... Ni imaginarlo quiero, pero me siento
preparada para hacerle frente a todo lo que venga porque de todo lo
que compartimos el otro día en la comida, dijo algo más que me
llegó al alma. Me describió en una palabra: «fiel». Fiel a mí
misma, a mi gente, a mis ideas y valores, incluso a mis
contradicciones. Casi me avergoncé, pero se lo agradezco.
Ahora, rozando la una de la madrugada y
después de un día agotador, entre risas y caminata, no puedo evitar
repasar en global mi vida. Y a pesar de los cambios a mejor, creo que
sigo retenida por mis miedos. Con mis niñas dormidas, todas en el
sofá-cama, la mochila en la cocina y el paquete de tabaco vacío,
creo que mejor me voy a dormir, no quiero pensar más, ni en lo
ínfimo ni en lo eterno. Me entregaré a los brazos de Morfeo que, de
momento, es el único varón con el que comparto mi cama.
Por orden de llegada...
Publicado por
Arioleta
Por mi hermana y mi amiga,
los policías con los que compartimos el riego,
porque la vida es bella,
la Gran Vía, ida y vuelta, vuelta e ida,
los amigos reencontrados,
el restaurante cerrado,
por el abierto y su tarta de zanahoria,
mi déjà vu,
el Parque del Retiro y su Palacio de Cristal,
los recuerdos imborrables,
todas las risas compartidas,
para el malqueda y los dejados en el tintero,
por el/lo que pudo ser y no fue,
las despedidas,
las horas de tren,
el placer de volver a casa,
y mis niñas...
Por todo eso, ¡me voy a la cama!
los policías con los que compartimos el riego,
porque la vida es bella,
la Gran Vía, ida y vuelta, vuelta e ida,
los amigos reencontrados,
el restaurante cerrado,
por el abierto y su tarta de zanahoria,
mi déjà vu,
el Parque del Retiro y su Palacio de Cristal,
los recuerdos imborrables,
todas las risas compartidas,
para el malqueda y los dejados en el tintero,
por el/lo que pudo ser y no fue,
las despedidas,
las horas de tren,
el placer de volver a casa,
y mis niñas...
Por todo eso, ¡me voy a la cama!
martes, 6 de diciembre de 2011
Los cuatro elementos
Publicado por
Arioleta
Soñó que era fuego, caliente y seco,
Amando con pasión a Prometeo.
En rojo ardiente de perdidos deseos
Y silencios encondidos.
Soñó que era tierra, seca y fría,
Creció en melancolía de adversidades
Amamantando a quien dio luz
De alma yerma y marchita.
Soñó que era agua, fría y húmeda
Y se dejó llevar por las mareas
Víctima de las emociones en superficie
Ocultando de invierno su feminidad.
Soñó que era aire, húmedo y
caliente,
Sangre viscosa en sustancia pura,
Inspirando la muerte, expirando la
vida.
Bebiendo los vientos por Eros.
En la indecisión de los elementos
decidió ser Vida.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Vida por vida
Publicado por
Arioleta
Aquel invierno había empezado antes de
lo esperado. El otoño duró lo que un suspiro dejando paso al frío,
a la noche temprana y el brasero de la mesa camilla. Elena se había
trasladado hacía poco a la casa de su abuela. La vivienda, pendiente
de muchos arreglos, tenía un patio en la parte trasera al que apenas
salía; su suelo, vencido por el tiempo, necesitaba un repaso y con
el hielo se hacía especialmente peligroso.
Por las noches miraba por la ventana de
su dormitorio helado, cubierta por un mar de mantas gruesas. Deseaba
que su destino fuera otro, pero el paro y las deudas con el banco, la
habían obligado a volver al pueblo. Vivía aquella casa como su
vergüenza última, se sentía igual: achacosa y desvencijada,
haciendo un esfuerzo por sobrevivir. Dejaba pasar los días entre los
quehaceres de la casa sin hacer un solo ruido, ni radio ni
televisión. No leía ni escribía, apenas encendía luces y tampoco
salía a hacer la compra, prefería que se la trajeran a casa con tal
de no hablar con nadie, ―«Olvidaré mi voz», se decía―;
tampoco cantaba, como solía hacerlo cuando era joven. Sus únicos
compañeros de fatigas eran los crujidos constantes de las vigas que
se quejaban de la humedad.
Una tarde, poco después del café, oyó
un ruido fuera. Se asomó al patio, pero no vio nada. De vuelta a la
cocina volvió a escuchar como si alguien rascara la puerta trasera.
Dudó que fuera un ladrón, qué se iban a llevar si solo tenía
miseria. Ante la insistente llamada, dedició abrir la puerta de
madera no sin esfuerzo pues estaba hinchada tras la última nevada.
Frente a ella, tiritando de frío, había un gatito negro. Ambos se
quedaron un rato quietos mirándose. El felino no se atrevió a dar
un paso y ella no supo cómo reaccionar. No quería compañía,
apenas tenía para mantenerse ella sola, pero el estado del animal,
desnutrido y canijo, conmovió su corazón. Con la puerta aún
abierta, pasó al aseo a buscar una toalla con la que recogió al
pequeño entre sus brazos. Lo secó con cuidado, repasando su frágil
cuerpo para asegurarse de que no viniera acompañado. El gatito se
quedó dormido con tanto mimo. Cuando empezó a ronronear, Elena dejó
escapar la primera sonrisa después de mucho tiempo.
Cuando llegó la primavera todo en
aquella casa había cambiado: La mujer había recuperado las ganas de
vivir, de hacer cosas, había encontrado trabajo y reformado el
tejado para acallar sus protestas; soló el suelo del patio y colocó
allí una sombrilla y una mecedora con unos cojines cómodos donde
ella y Vida, su gato negro, se echaban la siesta a diario.
La gente pensó que aquel cambio se
debía a que Elena se habría hecho novia con algún muchacho del
pueblo; pero no, solo ella sabía que el amor incondicional que su
gato le entregaba a cambio de haberle salvado la vida era lo que
había salvado la suya.
sábado, 3 de diciembre de 2011
En sonrisa constante
Publicado por
Arioleta
Soy en sonrisa constante. No
recordaba que ser feliz fuera tan fácil. Ahora todo me resulta
agradable y lo que me molesta, lo obvio y a otra cosa. Los primeros
meses de cambio fueron complicados, se me juntó demasiado, pero
ahora, simplificando, todo toma un aire nuevo. He de reconocer que de
entre todos mis sueños mantengo solo uno, pero lo guardaré en
secreto, de momento.
Me gustaría contagiarte de esto que me
empuja a caminar hacia delante sin miedos ni apreturas, sin pensar en
el pasado ni las consecuencias. Cuando al fin nos amemos, querido mío,
lo haremos sin medida.
Soñar de tu recuerdo
Publicado por
Arioleta
Quiero olvidarte y no puedo,
Tendría que olvidarme de mí primero.
El amor tiene estas cosas,
Va y viene haciendo renacer la llama,
Abriendo las heridas de nuevo.
Quisiera ser mariposa
Ligera en la nebulosa.
Escapar del sentimiento
Que ahora me tiene atrapada
Marchitando entre las rosas.
Quisiera que me llevase el viento,
Olvidar cada momento
Que nos unió para siempre.
Pero tengo un ala rota,
No puedo levantar el vuelo.
Quedaré dormida en tu regazo
Sin dar un ruido siquiera.
No te molestaré jamás,
No percibirás mi presencia.
Seré invisible ante tus ojos.
Solo déjame soñar de tu recuerdo.
viernes, 2 de diciembre de 2011
4 minutos
Publicado por
Arioleta
Podía haber cumplido
con cualquiera de sus tareas diarias, pero aquella mañana decidió
salir a pasear de nuevo; a pesar del frío, el día había amanecido
claro y soleado. Se calzó las zapatillas de deporte y cogió el
reproductor de música. Con el volumen bien alto para aislarse de los
ruidos de la calle, salió sin dirección concreta. Anduvo un buen
rato hasta terminar en su sitio favorito: el parque; le encantaba
disfrutar de las risas de los niños jugando en los columpios, pero a
esas horas y un martes no se cruzó con ningún pequeño. En la zona
del fondo aún permanecía la antigua pista de patinaje, rodeada de
árboles, casi oculta, y poblada por hierbajos. Como en cada escapada
matutina, miró en todas direcciones, ―no vio a nadie―, y pasando
por debajo de la baranda accedió al cemento pintado en rojo teja. Se
entretuvo un momento buscando en el aparato una canción concreta,
nunca sabremos lo que escuchó (ni siquiera yo).
Cuando la música empezó
a sonar, comenzó a contonearse lentamente, con los ojos cerrados.
Allí, escondida entre las sombras de los pinos, estaban ella, la
melodía y su improvisada pista de baile. Sus hombros contagiaron el
ritmo a sus brazos y levantándolos despacio, inició una coreografía
para la que no había espectador. Sus movimientos suaves, su sonrisa
tibia y la punta de sus dedos dibujando lazos invisibles, marcaron el
inicio de unos pasos tímidos que poco a poco la convirtieron en la
dueña de aquel espacio. Desde el centro de la superficie fue
desplazándose hasta cada rincón, regalando con sus manos todo lo
que la letra le inspiraba. Durante cuatro minutos no hubo nada más
en el mundo...
En el silencio que daba
paso a la siguiente pista de audio, se detuvo en seco y abrió los
ojos volviendo a la realidad. Comprobó de nuevo que no hubiera nadie
cerca; se moriría de vergüenza si alguien la viera. Nadie, de nuevo
esa soledad que tanto la consolaba. Salió del recinto sin mirar
atrás y volvió a casa con cierta prisa; se acercaba la hora de
comer y aún tenía que hacer la compra.
Por la tarde, cuando
salía hacia la clase de piano, coincidió en el ascensor con un
muchacho. Ella, tímida, como siempre, le sonrió y volvió a perder
la mirada en los botones de cada planta. Él, que ya la conocía de
vista, se atrevió a iniciar la conversación. No hablaron del tiempo
ni de la crisis; el muchacho simplemente sacó de su mochila el mp3,
activó el minúsculo altavoz y dejó que sonara «No ordinary love»,
de Sade.
―¿Son tus cuatro
minutos? ―Preguntó sin rodeos.
Ella se quedó cortada,
no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran, no sabía qué decir,
solo que la próxima vez que fuera a bailar al parque ―si se
atrevía― debía comprobar mejor los alrededores.
―Yo... ―No
encontraba las palabras adecuadas.
―No te preocupes,
guardaré tu secreto. A cambio, concédeme un baile.
Por los cerros de Úbeda
Publicado por
Arioleta
Saturnino Compostizo, natural de La
Alameda, siempre quiso ser escritor. Sus padres, de campo de toda la
vida, vieron poco productivo que el niño dedicara su infancia a los
libros en lugar de jugar o ayudar en casa. Ser el pequeño de siete
hermanos y su naturaleza enclenque le libraron de las tareas más
pesadas pudiendo dedicar casi todo su tiempo a lo que más le
gustaba: las palabras.
Con los años, el muchacho se atrevió
por fin a escribir de su puño y letra. Comenzó, como todos,
plasmando en ridículas poesías sus desengaños amorosos; por suerte
no fueron muchos dado que Satur, como solían llamarlo en el pueblo,
era poco agraciado. Sabiendo que lo tendría complicado en el plano
personal, decidió pasar a temas más profundos. Las ovejas y la
labranza poco le inspiraron, a pesar de ello consiguió reunir en un
poemario más de mil versos. Se esforzó mucho, pero el talento no
era algo que, a primera vista, había heredado.
Convenció a sus padres para que le
dejaran marchar a la capital a estudiar una carrera. Después de casi
una década, en la que su esfuerzo principal fue integrarse con sus
compañeros, Saturnino se graduó en Hispánicas. Contaba ya alguno
más de treinta y sentía un ansia terrible por empezar a escribir a
nivel profesional. Volvió a su tierra con la intención de
encerrarse en su cuarto y narrar todo aquello que le viniera a la
cabeza, pero a los pocos días, con solo un par de folios escritos y
el resto del paquete en la papelera, Saturnino empezó a desesperar.
Sus padres, ya mayores, se preocuparon por su hijo, todo hombre, sin
familia propia ni ingresos. «Soy un escritor maldito», les decía...
Escribió prosa y poesía, cuentos y alguna novela, todo lo mandaba a
concursos literarios, pero nunca consiguió ningún premio
importante, ni siquiera una mención; a pesar de su fracaso nunca se rindió.
Cuando poco le quedaba en la vida,
decidió actualizarse y comprar un ordenador, por fin había llegado
la era de Internet a su casa, y si antes salía poco, entonces menos.
Algo que tampoco ayudó fue su enfermedad: cáncer de estómago. Poco
a poco se fue encerrando en sí mismo, concentrándose en su dolor y,
a pesar de resultarle bastante inspirador, jamás escribió ni una
sola queja acerca de su suerte. Un amigo suyo le recomendó consumir
marihuana para controlar las molestias. Saturnino pensó que nunca
había probado el sexo ni el alcohol, pero no era tarde para las
drogas.
Al primer porro, pues conocía otro
medio, las palabras empezaron a fluir con una intensidad desmesurada.
Él, que no acertaba a coger el bolígrafo, quiso apuntarlas todas,
pero se le escapaban. Fue entonces cuando se dio cuenta de que solo
bajo el efecto de la droga conseguía por fin escribir algo de
calidad. Su última novela «Por los cerros de Úbeda» recibió los
máximos galardones de este año, pero Satur no llegó a disfrutar de
las mieles del éxito; murió de sobredosis.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Rojo
Publicado por
Arioleta
Se me olvidó que soy rojo,
Puro y brillante desde el origen,
Honesta en composición,
Cálida en sentimientos,
En pasión ardiente y desbordada
Imperceptible al ojo humano.
Soy rojo carmesí
En transparencia de mi corazón.
Soy bermellón
En la naturaleza de mis palabras.
Soy encarnado
Cuando las heridas no cierran.
Soy púrpura
Cual soldado de terracota.
Soy en rufo
Tras la oxidación de mi alma.
Cereza, guinda o frambuesa
Según te apetezca.
Fortaleza Roja como la Alhambra,
Sangre derramada por los héroes
Tintando la historia.
Incandescente, impetuosa,
Ígnea como el sol.
Escondida tras una faz
De inocente y virtuoso blanco.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Amada
Publicado por
Arioleta
Entradas, salidas,
Idas y venidas de los desventurados
Que esperan heredar la tierra.
Somos pasajeros del tiempo
Evadiendo las salidas,
Porque la muerte ha de llegar,
Espera en cada esquina.
¿Quién será el siguiente, dime?
¿No tienes curiosidad?
Te quedaste quieta y se paró mi alma.
Respirar despacio no alivia,
Solo enrojece a los que no saben
mentir.
Y habrá palabras, siempre palabras,
Que nos guíen hacia el vacío
De cada estrofa,
De cada estrofa,
De cada verso vertido sin medida,
Sin rima ni anexo.
Perderemos letras en cada silencio
Que ahora dicten estas líneas.
¿Qué mezcla hay peor
Que la impaciencia y el deseo?
Se golpean contra el viento
Agitados por las olas.
Se arrojan a los espacios en blanco
Queriendo cubrirlos por completo.
Si queda algún hueco,
Alojaré mi corazón en ese obscuro
desierto.
Habrá manadas de lobos hambrientos.
Defenderé mi vida hasta el último
aliento,
Evitaré las heridas y gritaré
Que fui un loco enamorado
De lo poco que me diste.
Tu aroma, tu frescor,
Esa sonrisa que guiaba el tono de mi
voz.
Verte dormir enroscada
Como un gato de siesta,
Ver tu cuerpo de sinuosa estampa
Y el ritmo de tus latidos consonantes.
¿Acaso te dije «te quiero» en
exceso?
¿Pequé de inconsciencia?
No desveles mi secreto.
Jamás digas que fui un objeto,
Tu mirada me decía que era bien amado
Y hubiera claudicado, lo juro,
Si me hubieras dejado.
Pero me olvidas y muero.
¿Quién me obliga a seguir adelante?
No quiero ser caballero andante.
De triste figura en boscosa soledad.
Me conformaba con ser hormiga
Y pasarme la eternidad en hiriente
rutina.
Que si salgo de ella,
Olvidaré el camino de vuelta
A tus manos tan queridas.
Pero, ¿me aceptarás de nuevo en tu
vida?
¿Cómo...?
¿Has olvidado mi nombre?
¿Has olvidado mi nombre?
No oíre la llamada.
Me perderé de nuevo
En la temida esperanza
En la temida esperanza
Creyéndome tuyo y tú mía
Sin tenerte cerca.
Enredaré mi pelo para cegarme,
Arderé en el infierno si hace falta
Con tal de arrancar las heridas
Que me diste en regalo.
Y seguiría esperando presentes
Hasta que acabara esta calvario.
Mas el destino de inseguro paso
Se empeña en guiarme hacia delante.
Habré de ser fuerte,
No esperar más tarde de la una
Para amarrarme a tu senda
En tenue y frágil dependencia.
Gírate, necesito verte.
Pronúnciame otra vez, despacio,
Que disfrute de tu boca.
Dame la oportunidad de seguirte
Más allá del espacio de extraños.
Descúbreme en la niebla
Que ahora ciega tu juicio.
Enormes perras nos persiguen.
Deben alimentar a sus crías.
Desconfían de las sombras frías
Que dejamos al contrario.
En la última batalla
Me desraizaron dos dedos.
Me desraizaron dos dedos.
Perdí la guía hasta tu casa y la paz.
Ahora solo bebo cascadas.
La tinta de mi pluma escasea
Y mi falta me delata.
Acabar cada fragmento
De esta vergüenza póstuma
Me cuesta el último esfuerzo.
Antes de acabar de leerme
Me habré perdido en olvido,
Borrado de tu recuerdo.
Pero antes de marcharme
En compañía de la parca
Déjame decir «te quise».
La receta
Publicado por
Arioleta
―Eucaliptus y berenjenas. ―Dijo
completamente convencida.
―¡Venga,
hombre! No te lo crees ni tú.
―Que sí, te
lo aseguro, que lo he leído en un blog.
―¿En cuál,
en el de la bruja Lola?
No le importaba
lo ridículo que sonara, ni siquiera que se convirtiera en el blanco
de todos los chistes de su mejor amiga. La información la había
encontrado en un post con muchísimas visitas; claro, que tampoco se
paró a indagar en la veracidad de los datos, el autor o la base
científca que mantuviera aquella cuestión.
Había apuntado
en una hoja todos los ingredientes: eucaliptus y berenjenas, un poco
de agua para cocción y paciencia. El mejunge requería su maña, el
tiempo adecuado para cada momento y mucha, mucha paciencia. Lo más
ridículo de aquel ritual era la lectura en alto, una vez detrás de
otra, de la leyenda en cuestión a la vez que se santiguaba en cada
punto y final. Casi dos horas de conjuros y magia en la escasa cocina
del apartamento con la única iluminación de veinte velas rojas de
un tamaño considerable. «Con lo que ha costado la cera bien podía
haber comprado un par de bombillas de bajo consumo», pensaba entre
líneas.
Coló aquel
caldo de color un tanto extraño. La mezcla de aromas le parecía vomitivo, solo pensar en comer aquello le resultaba complicado, pero
haciendo de trispas corazón y una pinza en la nariz, consiguió
homogeneizar la mezcla con la ayuda de la batidora. Hubiera jurado
que cuando metía el acero, mil mariposas salían volando; aunque más
bien era su conciencia la que disimulaba los gotazos de la papilla
que estaba fabricando.
El siguiente
paso era guardar las gachas en tres tupper de distinto color: uno
rojo para el corazón, otro verde para la esperanza y el tercero en
discordia, negro para la muerte. Este último jamás debía abrirlo
así que lo aseguró con loctite y lo escondió al fondo del armario
que menos usaba. Los otros dos debía conservarlos durante un mes en
el frigorífico cambiándolos a diario de orden, uno arriba y otro
abajo.
Cada vez que su
amiga la visitaba sentía la tentación de abrir los recipientes,
pero como un rayo la propietaria se abalanzaba y los protegía como
una fiera cuida a sus cachorros.
―Chica, que no
te los voy a quitar...
―Los defenderé
con mi vida, si hace falta. ―Argumentaba exaltada.
Treinta jornadas
pasaron y su suerte no cambió ni un ápice. El último día volvió
a encender los cirios y a preparar todo el repertorio de tonterías.
El momento decisivo había llegado. Los nervios la tenían en
tensión, su corazón latía descontrolado y tras tanta esperanza
invertida en la solución, decidió ser valiente y abrir las tapas de
plástico.
―¡Mierda!,
―exclamó a voz en grito―, la mezcla se ha estropeado, no puede
ser...
El olor era
insoportable y solo la visión de la vida emergente era desoladora.
―¡Denunciaré
a Tupperware!
martes, 29 de noviembre de 2011
Entre los dos
Publicado por
Arioleta
Resuenan tus palabras
En eco desgarrador.
Soy, seremos siempre,
Uno más unos, dos.
No más pasos que nos miren
Ni lenguas maliciosas
Pues somos amantes
Tatuados en rosas.
Que corran los insensatos
Que huyen del amor.
Ciegos de rabia y miedo
A sentirnos en calor.
Porque somos invisibles.
No habrá domador
Que domine los caballos
De nuestro corazón.
Desnúdame despacio.
Sintamos en silencios
El pulso descontrolado
en cada gesto, en cada abrazo.
Y olvídame despacio
Tanto como te quiero yo.
Escucha la música
Que nos dicta el no amor.
Somos marionetas
Del silencio abrasador.
Seremos libres
En el último adiós.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Mi estresante vida como ama de casa
Publicado por
Arioleta
Entre todas las obligaciones de casa, la que más pereza me da es fregar los cacharros. Tengo pocos: seis cubiertos de cada y un juego de platos de distinto tamaño, sin contar las escasas cazuelas que apenas utilizo, y mis tazas de gatos, imprescindibles para el café de cualquier hora. Agoto las herramientas hasta que no me queda más remedio que sacar el estropajo y el lavavajillas; siempre suele ser el viernes, rozando el fin de semana. Me consuela pensar que el sábado y el domingo solo fregaré las tazas pues siempre como fuera o me acoplo a la cena en casa de mi hermana.
Esta tarea se convierte desde el primer
momento en todo un acto planificado hasta el último detalle. ―La
NASA debería ficharme, se me da genial jugar al tetris ―, y es que
entre colocar los platos por tamaño, los vasos por forma, los
cubiertos por tipo y las tazas por color, el entretenimiento está
asegurado. Llenar la pila de agua bien calentita consuela las manos
con este frío, eso es lo único que me gusta. Una vez iniciado el
proceso, en el momento de aclarado, debo determinar el sitio adecuado
en el escurreplatos. «El tamaño importa, claro que importa», me digo
siempre. Los vasos abajo, los platos por orden volumétrico arriba, y
el resto en el escurridor comprado para el caso; y una vez terminado,
el ritual de enjuagado del estropajo y la bayeta, todo un arte,
aprovechando cada movimiento para dejarlo todo perfecto, sin muestra
alguna de mi paso por la cocina. Todo en su sitio, correctamente
estructurado.
El problema es que la limpieza nunca
acaba ahí, siempre hay unas migas que recoger o una bolsa que
doblar. Así que, como todo en esta vida, es cuestión de empezar;
así, el resto de la tarde del viernes la dedico a recoger, barrer,
colocar, fregar, secar... Y cuando quiero darme cuenta, llega la hora
de planchar.
¡Planchar! Siempre me pregunto porqué
la investigación se dedica a generar sandías cuadradas pudiendo
inventar el teletransportín (esas máquinas del diablo) o una
máquina que te deje la ropa impecable nada más sacarla de la
lavadora. No se puede tener todo... Además es la excusa perfecta
para ver cualquier película de la sobremesa. Y de nuevo el ritual:
mover el sofá, sacar la tabla ajustándola a la altura adecuada,
preparar el agua destilada y la plancha. ¿Y la ropa? Primero las
camisetas de manga corta, luego las de larga, jerseis y chaquetas,
después los pantalones y para el final, sábanas y toallas. Como
poco me esperan un par de horas de escuadra y cartabón para dejarlo
todo matemáticamente doblado, y eso contando con que la programación
sea de mi agrado.
Todo un viernes de tareas domésticas
para acabar rendida en el sofá, escuchando la radio o leyendo algún
libro. «Tengo que meterle mano al puzzle... Qué pereza, con el frío
que hace, mejor mañana cuando saque un hueco». Si alguien quiere
visitarme, el día perfecto es en fin de semana.
domingo, 27 de noviembre de 2011
Para mi Pollo particular
Publicado por
Arioleta
Lo reconozco, me ha gustado volver a verte :-)
Ver tu cara de sueño, tu sonrisa y esa camisa de cuadros... Me he sentido cómoda ―ya no tengo nada que perder, de eso me encargué hace tiempo―, aunque hayan sido apenas unos minutos.
Pero es algo extraño; justo después de la despedida tu rostro se ha borrado de mi mente. Supongo que es esa pared invisible que hemos construido entre ambos, ese algo que no surgió y que sigue atolondrado, disperso entre las horas que convivimos. Y, sin embargo, compartimos ventanas y mensajes en una verbosidad confusa, sin entrar en detalles de cada tema y hablando de todo un poco, ¿no es eso lo que hacen los amigos?
Pregunta siempre, lo que quieras; tengo respuesta para casi todo y si no, «Burgos».
Te guardo en mi cajón desastre de recuerdos, en la parte de los buenos, pues tras el examen de conciencia asumo mi responsabilidad y el consiguiente aflojón de lo que no terminó de ser. Ya... Me dirás que no lo repita, pero no lo puedo evitar. Me pillaste en mal momento; ahora te invitaba a una caña encantada si me dejaras, si te dejaras. De hecho, dejaría de fumar para el evento :-P
Y en este pedacito de amor delirante, en los restos de aquel «te quiero un poco», agoto cada minuto que pasa la esperanza, pues en la inmensidad de mi estupidez sigue quedando un ínfimo hilo que me atará a ti siempre. Has sido el primero, el único, que me ha dicho ciertas cosas; me diste el empujón que necesitaba para volver a ser persona, a valorarme y a quererme un poco más. Por eso y otras cosas, te estaré siempre agradecida.
Así que, lo reconozco, eres lo que más he querido durante un breve espacio de mi vida.
Ver tu cara de sueño, tu sonrisa y esa camisa de cuadros... Me he sentido cómoda ―ya no tengo nada que perder, de eso me encargué hace tiempo―, aunque hayan sido apenas unos minutos.
Pero es algo extraño; justo después de la despedida tu rostro se ha borrado de mi mente. Supongo que es esa pared invisible que hemos construido entre ambos, ese algo que no surgió y que sigue atolondrado, disperso entre las horas que convivimos. Y, sin embargo, compartimos ventanas y mensajes en una verbosidad confusa, sin entrar en detalles de cada tema y hablando de todo un poco, ¿no es eso lo que hacen los amigos?
Pregunta siempre, lo que quieras; tengo respuesta para casi todo y si no, «Burgos».
Te guardo en mi cajón desastre de recuerdos, en la parte de los buenos, pues tras el examen de conciencia asumo mi responsabilidad y el consiguiente aflojón de lo que no terminó de ser. Ya... Me dirás que no lo repita, pero no lo puedo evitar. Me pillaste en mal momento; ahora te invitaba a una caña encantada si me dejaras, si te dejaras. De hecho, dejaría de fumar para el evento :-P
Y en este pedacito de amor delirante, en los restos de aquel «te quiero un poco», agoto cada minuto que pasa la esperanza, pues en la inmensidad de mi estupidez sigue quedando un ínfimo hilo que me atará a ti siempre. Has sido el primero, el único, que me ha dicho ciertas cosas; me diste el empujón que necesitaba para volver a ser persona, a valorarme y a quererme un poco más. Por eso y otras cosas, te estaré siempre agradecida.
Así que, lo reconozco, eres lo que más he querido durante un breve espacio de mi vida.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Volver a la soledad
Publicado por
Arioleta
Silencio...
No digas nada, no hables.
No digas nada, no hables.
Quisiera olvidar tu voz.
No me mires, cierra los ojos.
Ahora solo quiero rescatarme,
Volver al silencio que es tan mío
A mis ojos de verde olivo.
Sentir de nuevo el frío
de mi corazón valdío.
Parte raudo hacia mis recuerdos.
Déjame alojarte en mi álbum
Como las olas que se lleva la mar,
Con el silencio de tus palabras,
En los años que quedaron atrás.
Agotaré la esperanza
Pues no tengo más nada
Que esperar a la parca.
Y entre tanto, entre versos,
Verteré las pocas saladas
Que aún nacen de mi alma.
Rendición
Publicado por
Arioleta
He recuperado la triste idea de acabar
con mi vida. Creía superado el miedo a mi propia existencia, pero me
he visto de nuevo pequeña, insignificante y con las manos vacías.
He rescatado la lista de suicidios que entre una amiga y yo
elaboramos hace años; muertes sin dolor hay pocas. Consultaré en
Google e iré planificando. Haré repaso de mis cosas, dejaré por
escrito lo que deberían hacer con ellas y, porqué no, con mi cuerpo
deshabitado.
Se me agota la esperanza, me he cansado
de no encontrar lo que añoro, abandono la búsqueda, me rindo a la
evidencia.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
La memoria de las piedras
Publicado por
Arioleta
Desde que llegó al pueblo, Andrea solo
veía aburrimiento por todas partes. Había dejado lejos a sus amigas
y las compañeras del colegio. No le entusiasmaba nada tener que
ayudar todas las tardes a su abuelo en el huerto, pero después de
los deberes no le quedaba mucho más que hacer. Cuando terminaba de
recoger los libros y cuadernos, se preparaba la ropa de campo y las
botas de plástico. Era otoño y en aquella zona la lluvia no cesaba
en todo el día. Los primeros viajes los hizo en coche hasta que sus
padres supieron de un camino más corto que la niña podía hacer
ella sola.
La primera vez que Andrea recorrió el
muro fue acompañada, estuvo todo el tiempo quejándose: que si está
muy lejos, que si estaba cansada, que si tenía frío... Cualquier
excusa era buena para intentar convencer a los mayores de que la
llevaran en coche o, mejor aún, a cuestas. A la vuelta la acompañó
su abuela aprovechando que tenía que recoger un puchero para
preparar la comida del día siguiente. Tuvo suerte, con la llegada
del fin de semana y la visita de la familia, se ahorró la pesada
tarea de recoger patatas ahorrándose el primer viaje sola. Pero
llegó el lunes y tras la tarea tuvo que colocarse la ropa adecuada y
abrigarse más de la cuenta.
―Andrea, deja de quejarte y ponte el
gorro de lana.
―Pero mamá, no me gusta, hace frío,
no quiero ir...
De poco valieron todos sus lamentos. Su
madre la acompañó para cruzar la carretera. «Te espero aquí mismo
a las siete y media»; sin añadir más la mujer la besó con cariño
en la frente y esperó a que la niña iniciara el camino. Romoloneó,
dudó, anduvo casi a tientas; se volvió una única vez para
comprobar su «la Jefa», como le gustaba llamarla, seguía allí. Ya
se había marchado; pensó en desandar lo avanzado, pero cruzar sola
le daba miedo. «Tendré que ir irremediablemente a casa del abuelo».
Bordeando todo lo largo del muro de
piedra de la antigua fábrica de harina que ahora estaba abandonada,
se llegaba en un periquete al huerto. Al otro lado del camino, se
habría un bosque de tímidos árboles al principio, pero que más
allá de tres o cuatro metros impedían ver el fondo. El camino era
una antigua calzada romana que el tiempo había respetado bastante.
Entre las huecos nacían margaritas y otras flores que no conocía,
recogió todas las que le cupieron en la mano y ya un poco más
relajada, fue canturreando el resto del viaje. A la altura en la que
pared dejaba parte de las ruinas al descubierto, Andrea se detuvo y
observó una piedra que era distinta al resto: pequeña y redondeada,
del tamaño de su puño cerrado. Le dio una patada y fue a parar
entre los árboles. Se sentó un rato a deshojar las flores: «Me
quiere, no me quiere, me quiere... ¡No me quiere! La próxima vez
pensaré en papá». Cuando apenas le quedaban un puñado, decidió
guardarlas para la vuelta.
Llegó al fin a su destino. La tarde
pasó rápido, su abuelo le tenía preparadas varias tareas que, a su
pesar, le resultaron divertidas. Cuando dieron las siete su abuela la
avisó para que fuera recogiendo y volvió de nuevo al camino a
encontrarse con la Jefa. Aún no había caído la tarde del todo,
pero con la lluvia amenazando se veía más bien poco. Andrea sacó
la linterna que su madre le había metido en el bolsillo y empezó a
caminar. A la misma altura que la ida, la niña volvió a encontrar
la piedra... «Qué raro, parece la misma de antes», y volvió a
puntearla yendo a caer de nuevo a la espesura. No le dio más
importancia.
Durante los viajes de esa semana, entre
la lluvia y las flores, dedicándole cada día una nueva canción al
muro y pintando sobre la superficie alguna que otra sonrisa, la
piedra aparecía siempre en el mismo sitio a la ida y la vuelta. La
niña, extrañada, miraba siempre alrededor temiendo que alguien la
espiara y siempre la misma rutina: patada y continuar el camino sin
volver la vista atrás. El viernes, decidió coger la piedra y
echársela al bolsillo. «¿Igual son los duendes o las hadas? La
abuela me dijo que antiguamente había seres fantásticos que
habitaban estas tierras», le hacía ilusión pensar que se trataba
de eso, se sentía como protagonista de un cuento. No volvió a
acordarse de su «tesoro» hasta que, de vuelta a casa, apareció en
el suelo de nuevo, entonces se echó mano al bolsillo... ¡No estaba!
Por primera vez sintió miedo, echó a correr dejando caer las flores
que había recogido hasta el momento. Cuando llegó a casa les contó
a sus padres, no sin dificultades hasta que hubo recuperado el
aliento, de todos sus viajes durante esa semana a casa de los
abuelos. En su narración intercalaba canciones, las dudas que
despertaba el deshojar de las margaritas, las caras pintadas con
ceras sobre las paredes y los muchos charcos que tenía que sortear
en cada viaje y, sobre todo, sus encuentros constantes con la piedra.
―Papá, de verdad, te juro que es la
misma. Hoy me la eché al bolsillo y a la vuelta...
―Cariño es imposible, serán otras
parecidas movidas por el viento, o quizá alguien que pase por allí
que la golpee en dirección contraria volviendo a su sitio inicial.
―No te rías de mí, sabes que en el
bosque solo hay hadas y duendes.
Sus padres no entendían su historia,
pero el miedo que Andrea transmitía en la mirada les hizo tomar la
decisión de volver a llevarla en coche. A la mañana siguiente la
piedra apareció sobre su mesita sujetando un trozo de papel con una
nota escrita; la niña, indecisa entre la sorpresa y el miedo, leyó
en alto:
«Si tú no vuelves, no habrá quien
nos recuerde. Las piedras.»
La futilidad del tiempo
Publicado por
Arioleta
¿Qué es una vida entera
Cuando de un tiempo a esta parte
Solo nos importan las horas?
Y si solo son minutos
En suma y descontando
Hablaré de la futilidad del tiempo.
Pues es inútil esperar,
Algo nimio o importante.
Ya no habrá cambio de hora.
Disfrutemos de cada segundo
Que nos regala el momento
De sabernos y encontrarnos.
Y mientras tanto, porqué no,
Déjame que te dedique
Otras cuantas sonrisas.
Ya no hay quien detenga
Las agujas del reloj empeñadas
En marcar los latidos del corazón.
No mires más el calendario.
Es innecesario, inevitable,
Habrá de llegar el momento.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Día de Reyes
Publicado por
Arioleta
Alicia esperaba con impaciencia la
llegada de los Reyes Magos, pero no la Noche sino el día, lo tenía
claro desde hacía tiempo, el día clave es el 6. Tenía ya un ritual
instaurado: levantarse la primera, ir sin hacer ruido al salón,
asegurarse de que en la bandeja quedaba algún polvorón, encender
las luces del abeto y abrir los paquetes.
Cualquiera de estas pautas que fallara
podía dar al traste con la alegría del evento. Madrugaba mucho,
preparaba las zapatillas delante de la cama y, por si acaso, escondía
algún dulce en el bolsillo de la bata; las luces funcionarían
perfectamente, siempre hacía la prueba justo antes de acostarse y
para terminar, llevaba con ella un par de lazos preparados por si
alguno de los paquetes no estaba adecuadamente envuelto.
Este año sería especial. Se había
portado el doble de bien, así que en lugar del típico número de
regalos, esperaba 6. Su madre se lo prometió, además conocía su
secreto: los Reyes Magos no existen, son los padres. Si no cumplía
ya había planeado no volver a comerse los cereales del desayuno
hasta que le pidieran perdón.
Miró el despertador. Tenía la alarma
preparada para sonar justo antes de que cantara el gallo. «¡1 hora
entera todavía!», se empacientó. Todavía recuerdaba la decepción
que se llevó a los 9 años: 8 paquetes bajo el árbol y ninguno era
para ella, NINGUNO. Sus familiares pensaron que era más adecuado
destinar el dinero a comprarle ropa y zapatos. Ella no estuvo de
acuerdo, un regalo es un regalo y a esa edad siempre tocaban
juguetes. Este año no le pasaría, era la «pequeña» oficial, sus
hermanos necesitaban más la ropa ahora que estaban en pleno estirón.
Llegado el momento, se levantó con
cuidado, todo estaba en silencio. Se calzó despacio y cogió la
bata, faltaba algo; en el pasillo encontró a su perro mordisqueando
la bolsa del almendrado que había reservado. «¡Dichoso chucho!»,
pensó. Ahora tendría que ir a la cocina a buscar más víveres,
pero salirse de lo establecido no estaba en el plan. Lo dejó para
después, sabía que su madre siempre tenía una caja de dulces
escondida para estas emergencias. Cuando llegó al comedor lo primero
que hizo fue encender las luces. «¿Solo 8? ¡Pero si anoche
funcionaban todas!», Alicia empezó a temerse lo peor, las cosas no
iban como ella esperaba.
Sonrió mientras se frotaba las manos
satisfecha, la Reina Maga se había portado muy, pero que muy bien.
Encontró 9 regalos alegremente adornados. Esta vez había una
novedad: cada uno llevaba una etiqueta con un nombre escrito. «Bueno,
puede que todos no sean para mí. Veamos: Luis, Abuelo, Carmen,
Juanito, Papá y Mamá (qué descaro), Abuela, Brandy (¡si hasta el
perro tiene regalo!)... ¿Solo 1? ¿Para mí solo un regalo?». Se
sentó en el suelo decepcionada. «Y además es bien pequeño...».
Al fin se decidió a abrirlo. En la cajita acolchada encontró un
colgantito de plata con una inscripción que rezaba: «Te doy mi
corazón».
domingo, 20 de noviembre de 2011
Lo insípido de las palabras trasnochadas
Publicado por
Arioleta
Dime, ¿A qué saben las palabras
Cuando solo se mastica silencio?
Dime, ¿A qué sabe el silencio
Si solo se consume soledad?
Dicen de la soledad
Que es el peor de los males,
Que su sabor es amargo
Cuando no tienes más.
Dicen del silencio
Que es el peor castigo,
Que su sabor es amargo
Cuando no oyes más.
Si sumas amargo y amargo
¿Qué obtienes, más amargura?
¿O la suma de ambas
es quizá igual a la nada?
Las palabras no tienen sabor.
Si sumas nada más nada
Dime, ¿Qué obtienes entonces,
más vacío o el dolor más intenso?
sábado, 19 de noviembre de 2011
La casa de las sombras. Capítulo II
Publicado por
Arioleta
Por primera vez en mucho tiempo dejó
la ventana abierta. Las mariposas que dibujaba la luz del día a
través de las cortinas, revoloteaban por el dormitorio al mismo
ritmo que latía su corazón. Lo tenía todo preparado, las maletas
esperaban en la puerta de casa. Le costó despedirse de cada aroma,
de cada rincón. Aún permanecían las sombras pintadas en las
paredes, pero debía empezar de nuevo; anclarse a la tristeza no era
solución.
Los muebles cubiertos con sábanas, los
pequeños detalles empaquetados y apilados en la habitación del
fondo y en cada caja, una nota: «SUS PAÑUELOS», «SUS
FOTOGRAFÍAS», «SUS DIARIOS»... No se llevaba nada de ella salvo
el recuerdo.
Antes de marcharse le dedicó un último
baile. Se acercó a la puerta del armario, donde aún colgaban sus
trajes boda, y tomó sus manos. En su cabeza sonó su canción en
despedida, tres minutos y cuarenta y tres segundos de pasos
perfectamente sincronizados. «Te amaré siempre», suspiró. Las
mariposas volaron sobre su silueta de negro pintada y se posaron
sobre ella. Él la besó por última vez y se marchó.
«La casa de las sombras», como los
empleados de la inmobiliaria la llamaban, permaneció durante años
cerrada. Nadie vino a descubrir los muebles ni a recoger las cajas.
Todo quedó como él lo dejó. Cada mañana de sol, las mariposas
volvían a adornar la vivienda. Sin nadie que marcara fronteras,
empezaron a anidar en cada hueco y con el tiempo volvió a llenarse
de vida.
Antes del último día de puertas
abiertas, la muchacha de la limpieza subió a adecentar la casa. Al
entrar, le sorprendió no encontrar polvo ni telarañas. Todo estaba
como el primer día. Un olor a primavera envolvía cada habitación y
en el pasillo habían brotado flores a lo largo del zócalo. A cada
paso, surgían mariposas en vuelo y en las sombras de antaño ahora
respiraban de nuevo rosales en flor. Ya en la última habitación, la
mujer, movida por la curiosidad, abrió la caja donde rezaban los
diarios. Permaneció durante horas leyendo cada una de las páginas,
de vez en cuando paraba para sacar el clínex y limpiar sus lágrimas
nacidas de la emoción.
«Nadie debería comprar esta casa. Si
él vuelve, todo debe estar en su sitio», pensó. El resto del día
se dedicó a colocar cada uno de los detalles, hizo la cama con las
mejores sábanas que encontró, colocó el cesto con las lanas junto
a la mecedora del salón. Antes de marcharse se sentó a descansar un
momento en la cocina, junto a ella. Las mariposas, ya dormidas,
dibujaban una taza de café en las manos de la sombra florecida.
«Debió quererla mucho. Espero que vuelvan a encontrarse». Cogió
un rotulador negro que había sobre la encimera. En el exterior de la
casa, sobre el cartel colgado en la ventana, escribió bien grande
«no».
Al día siguiente sorprendió a todo el
que pasaban por allí encontrar el cartel «NO SE VENDE» con un
hermoso marco de rosas.
viernes, 18 de noviembre de 2011
Quererte como te quiero
Publicado por
Arioleta
Quererte como te quiero, María, merece
el propio título del post porque jamás se ha escrito un amor más
grande por un hermano, una hermana en tu caso... No encuentro
palabras, propias o ajenas, para agradecerte todo lo que haces por
mí. Eres hermana, amiga, confidente, a veces desconocida y, sobre
todo, la que mejor sabe alejar mis penas y dar vida a mis alegrías.
Ser dos es lo mejor que le ha pasado a
madre, ser dos es lo mejor que nos podía pasar a nosotras. Nadie
entenderá jamás ese hilo invisible que la genética tejió
uniéndonos para siempre.
A Lucía, desde el corazón
La casa de las sombras
Publicado por
Arioleta
Ara Malikian & Fernando Egozcue - No te pido nada más
(Pincha el enlace de la canción, ábrelo en una ventana aparte y disfruta de la música mientras lees...)
Aún recuerda la primera mañana que
despertó junta a ella. La tela solo le cubría hasta la cadera
dejando al descubierto unas curvas perfectas y su espalda desnuda
definida por sus largos cabellos. Permaneció allí un rato
observándola, acariciando su piel con cuidado de no despertarla.
Cuando el sueño llegó a su fin, ella se sentó sobre la cama
contoneando su cuerpo y estirando los brazos para desperezarse. La
luz que entraba por la ventana dibujó sobre la pared su sombra.
Aún recuerda la mañana siguiente,
junto a ella. Haciendo el amor sin prisa, compartiendo el placer como
solo la experiencia enseña; al final, las sábanas revueltas
volvieron a dibujar su figura. Todo lo que le rodeaba parecía
amarla. Él no quería que se escapara ningún detalle, siempre pensó
que el amor, aunque fuera tardío, debía conservarlo en todos sus
matices.
A partir de entonces llevó siempre
encima un rotulador negro con el que fue dibujando los contornos que
el cuerpo de su mujer indicaba. No importaba la superficie: pintura,
madera o cristal. La dibujó en las paredes, las puertas y los
armarios, en la mampara de la ducha... Cualquier postura era buena:
sentada, bailando o simplemente dormida aparecía en todos los
rincones de su casa. Para completar su juego, ella rellenaba sus
siluetas con flores de colores. Y así, los dos, entre risas e
ilusiones, fueron descolgando cada día un cuadro hasta llenar su
vida de alegres viñetas. Pero el destino es caprichoso y cuando más
se amaban, vino la muerte a llevársela de su lado.
Aún recuerda la primer mañana... La
primera sin ella. Abrió los ojos y miró hacia su lado de la cama,
repasó despacio el vacío de su ausencia. Su dulce olor todavía
sobre la almohada, la bata colgada en la percha y sus pendientes
sobre la cómoda. Miró hacia la pared del fondo y recordó su
primera sombra. Lloró... Quiso morirse en aquel preciso instante y
se volvió intentando borrar el recuerdo. Pasaron los días sin saber
qué hacer. Como un fantasma recorría los pasillos, las
habitaciones, repasando cada trazo. Se sentaba a su lado en el salón
mientras ella tejía una manta que nunca acabará, descansaba sobre
las puertas tomando sus manos para volver a bailar el vals de su boda
y por las noches amaba su espacio intentando recuperar antiguos
aromas.
Una mañana sin saber cómo el
rotulador apareció sobre su mesita y un tímido rayo de luz atravesó
la habitación indicándole el punto exacto donde debía empezar a
perfilar. Se levantó y con la mano temblorosa volvió a pintarla.
Era tan fácil repasar cada curvatura de su cuerpo, lo conocía al
detalle, y en una caricia la tuvo de nuevo frente a él. La hubiera
abrazado si pudiera, pero solo pudo apoyarse sobre la pared para
besar unos labios que ya no estaban. Durante varios días se dedicó
a tapar las rosas y margaritas rellenando cada contorno de un negro
intenso, pues ahora solo quedan las sombras de lo que fueron.
5 minutos
Publicado por
Arioleta
Tus cinco minutos de cortesía, mis cinco de tregua. Vernos en una pequeña cafetería para el primer encuentro.
―Me
gustan tus palabras.
―A mí tus sonrisas.
No hay habrá sitio para malos
recuerdos, para experiencias pasadas, si acaso anécdotas que
arranquen carcajadas.
―¿Te he dicho que me gusta reír más
que nada?
―Algo más habrá.
Solo frases cortas y entrecortadas.
Mientras mantengamos la esperanza no habrá silencios que valgan.
―Te diré...
―Yo tenía...
―Tú primero, por favor.
―No, no importa.
Sin saber cómo romper el hielo ni
quién de los dos iniciar la conversación agotaremos los segundos.
Dejaremos pasar el tiempo, escucharemos la música, miraremos a
nuestro alrededor para guardar en la memoria cada pequeño detalle.
―¿Qué hora es?
―¿Tienes prisa?
―No, ninguna.
―Ni yo.
¿Cuánto habrá pasado? Apenas unos
minutos, dos, quizá tres. Seguiremos ensimismados, aislados en el
pequeño mundo que entonces seremos tú y yo. No habrá distracciones
más que manos inquietas.
―¿Damos un paseo?
―Porqué no.
Pagaremos el café y saldremos a la
calle. En la puerta ambos nos cederemos el paso «¿Salimos los dos a
la vez?» Un primer acercamiento para aunar los latidos del corazón.
―(Más sonrisas)
―(Más miradas calladas)
El suelo aún mojado por la última
lluvia, el frío calando hasta los huesos y la noche, en alianza, nos
regalará su mejor semblante. Caminaremos sin rumbo fijo.
Compartiremos como lo hacen los amigos.
―¿Te apetece tomar algo?
―Sí, claro.
Con la segunda
cerveza llegarán oraciones más largas. Sabremos de nuestros
nombres, deseos y añoranzas. Conciertos, teatros, visitas a otras
ciudades... Y con cada historia compartida empezararán nuestros
sueños.
―Debo
marcharme, ya es tarde.
―Sí, mañana
me espera un día largo.
―Te acompaño.
―No hace
falta, estoy a un par de paradas de metro.
Otra salida
compartida. Corazones que, por supuesto, ya latirán al mismo ritmo.
Otro paseo, este más lento, queriendo alargar el tiempo. Y en mi
parada bajaremos juntos las escaleras. El camino hasta el andén
estará desierto, solo encontraremos un violinista tocando para sacar
algo de dinero.
Y la despedida,
siempre incierta. ¿Habrá más citas? ¿Seguirán nuestros corazones
latiendo mañana al nuevo ritmo marcado?
Mirarás tu
reloj, yo el mío. ¿Cuánto ha pasado? Dos minutos, quizá tres. La
música lo envolverá todo.
―¿Qué hara
tocando aún a estas horas?
―Quizá nos
estaba esperando.
Tu última
sonrisa reclamará una palabra mía, pero ¿Cuál será la adecuada?
Mientras consulte mi particular diccionario de tonterías, tú
buscarás en tu bolsillo un par de monedas para el artista.
El tren llegará
a la vía. La inquietud hará acto de presencia.
―¿No dices
nada?
―No tengo
palabras.
El tren se irá,
habrá más. El músico agradecido nos dedicará su última pieza.
―Quizá...
―¿Te
gustaría...?
―Tú primero,
por favor.
―No, no
importa.
Cinco minutos
bastarán, solo cinco para contener unas pocas horas que bien
pudieran ser dos vidas.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Cometa
Publicado por
Arioleta
Palabras lanzadas al viento
Hiladas cual cometa
Tejidas de recuerdos
Agitadas por el vuelo.
Prenden mis sentimientos
Cambiantes como el tiempo
Ora en platas, ora en verdes
Tornando transparentes.
Hallarás en lo más alto
Mi corazón dirigiendo
Pues soy en prosa
Lo mismo que en verso.
No importan las tormentas,
Las lluvias o borrascas,
Volaré siempre en calma
A pesar de la adversidad.
¡Quién dijo miedo, dime!
Ya no volveré a tierra...
Me anclaré para siempre al cielo
Y derramaré mis poemas.
Seré lluvia fresca en verano
Y cálida en invierno.
Seré en cada rima
Lo que necesiten tus besos.
martes, 15 de noviembre de 2011
Noche de insomnio
Publicado por
Arioleta
No podía dormir. Tenía demasiadas
cosas en la cabeza: pagar el seguro del coche, llevar los papeles del
paro, llamar a los pintores, arreglar las humedades del baño... Cada
día una tarea nueva que añadir a su «aburrida» vida de soltera,
sin contar las habituales asociadas a la supervivencia.
Aquella noche lo había intentado todo.
Contar ovejas no le funcionaba desde hacía bastante tiempo así que
lo descartó directamente; uno de sus entretenimientos favoritos era
repasar el alfabeto y pensar en alto lo más rápido posible cinco
palabras que continuaran por cada vocal, pero llegando a la «ñ»
siempre se rendía.
Se levantó y estiró la cama por
enésima vez, cuidando de no dejar ni una arruga: la bajera, la
sábana, la almohada, la manta y el edredón; todo perfectamente
colocado. Volvió a meterse con cuidado de no desordenar nada.
Desenchufó el despertador, la radio y
apagó la regleta con interruptor luminoso que, aun estando en el
suelo, le molestaba. También bajó la persiana hasta abajo, corrió
la cortina y cerró la puerta. Estaba en completa obscuridad y
silencio.
«No puedo, no hay forma... Necesito
dormir de una vez». Una sola noche de insomnio y empezaba a
desesperar. «No lo entiendo: he comido bien, he hecho ejercicio, he
salido a pasear al perro, no me duele nada. El seguro lo pagaré
mañana, los papeles están preparados sobre la mesa del despacho,
los pintores pueden esperar un par de días más y lo del baño tiene
que secarse primero. No lo entiendo...». Por más que hiciera repaso
y liberara su mente de preocupaciones, seguía sin pegar ojo.
Volvió a levantarse y abrió el cajón
de la mesita. Siempre tenía aspirinas para el dolor de cabeza, pero
de poco le servirían. Fue al baño y sacó el botiquín:
antiinflamatorio, gasas, alcohol, algodón, mercromina y más
aspirina, pero nada para dormir.
Intentó recordar algún remedio
casero. Su madre siempre preparaba una mezla con hojas de naranjo y
azúcar, pero no tenía ni lo uno ni lo otro, ella era de sacarina,
de todas formas lo añadió a la lista de la compra que colgaba del
frigorífico.
De pronto se acordó de un bote de
valeriana que compró hace tiempo en el herbolario. Le costó
encontrarlo. Cerca ya de las cuatro de la madrugada dio con él.
«Caduca... ¡El año pasado! Bueno, tampoco puede ser tan grave,
total, solo son hierbas». La duda era cuántas tomar. Hizo sus
cuentas: si estaban caducadas no harían todo su efecto, así que
decidió tomar ración doble. Se tapó la nariz y tragó hasta seis
no sin esfuerzo.
Al día siguiente no fue al banco ni al
paro, tampoco llamó a los pintores ni secó nada. Se levantó justo
para la hora del café de sobremesa. Cuando llegó a la cocina lo
primero que hizo fue tirar a la basura el bote del café. «A partir
de ahora, descafeinado», y dicho eso, con el pijama aún puesto, se
fue de nuevo al dormitorio a echarse una buena siesta.
domingo, 13 de noviembre de 2011
Parque del Retiro
Publicado por
Arioleta
Adela se preparó para salir a pasear
temprano, como hacía todos los domingos. Cogió la bufanda de lana y
el tres cuartos que su madre le regaló el año anterior por su
cumpleaños y sacó del monedero unos pocos euros y las llaves de
casa, no necesitaba más. En el bolsillo derecho del abrigo llevaba el
abono del metro. Se subió en Manuel de Falla, la parada más próxima
a su casa; después de un transbordo y casi una hora de metro, llegó
a Atocha.
Llevaba ocho años haciendo el mismo
recorrido en el Parque del Retiro: entraba por la Puerta del Ángel
Caído y se dirigía hacia la fuente, callejeaba por los jardines
hasta llegar al Palacio de Cristal, visitaba el estanque y se
marchaba por la Puerta de la Independencia. Le gustaba pensar en el
contraste que ofrecía la singularidad de cada uno de aquellos puntos:
la belleza en la desgracia de Lucifer expulsado del Paraíso y
condenado para siempre, la aparente fragilidad del palacio de paredes
transparentes y su frío esqueleto de metal, el estanque siempre bajo
la atenta mirada de las estatuas capitaneadas por el rey Alfonso XII
y su puerta de salida más por lo simbólico del nombre que por sus
enormes columnas dóricas.
El sol asomaba tímido tras las nubes. A mediados de noviembre, el parque ya no estaba tan concurrido. El
frío intenso de los últimos días solo dejaba hueco a los valientes
y a los turistas. Adela no era nada de eso, más bien se definía
como «un animal de costumbres». Salía siempre, sin importar el
tiempo que hiciera; para ella el paseo era tan necesario como
trabajar. Era su válvula de escape, su otra vida apartada del estrés
diario. Le gustaba sentirse invisible entre la gente. Observaba a las
familias jugando con los niños, a los ancianos que andaban cogidos
de la mano, a los jóvenes amantes ocultos tras los árboles...
Aquella mañana se sentía más cansada
que de consumbre. A pesar de la humedad, decidió sentarse en un
banco y esperar a que se le pasara el mal estar. Se entretuvo
contando a todo el que pasaba por delante: 37 corredores, la mayoría
mujeres; 29 perros, siete de ellos de su raza favorita, pastor
alemán; 12 parejas, la mitad con carrito, la otra paseando sin
hablar; y cientos de personas caminando en soledad. Ese número le
gustó más, aunque le hacía sentir menos especial. Cuando empezó a
llover todo el mundo buscó refugio salvo ella; abrió su pequeño
paraguas y se dirigió hacia la salida. Justo cuando tomaba el Paseo
de México, alguien se acercó por detrás.
―¿Te importa si lo compartimos?
Parece que no tiene intención de amainar.
Adelá miró al joven de ojos azul
intenso y sin pensarlo le cedió el lado derecho.
―¿Hasta dónde vas? ―Le preguntó
tímida.
―Contigo, hasta el fin del mundo.
Se le antojó algo ambicioso, pero,
¿Había algo mejor que hacer en un domingo de noviembre sin otro
plan?
No es una nana
Publicado por
Arioleta
Dame.
Dame
palabras,
Gratuitas,
De
sentimientos
Y
risas.
Concédeme
Minutos
sin aire,
Miradas
De
rana, mono
U
oso panda.
Toma
la copa,
Bébete
conmigo
La
noche,
La
Luna,
El
tiempo.
Baila
los hielos
Al
ritmo
De
caderas
Encendidas
Sin
recuerdos.
Recuperar
vida
A
galope,
Caballos
De
estampida
En
la lejanía.
Y
leerás mis versos
En
verde
Ecológico,
De
latidos
En
madrugada.
Ya
no habrá más frío
Rompiendo
el alma.
Ahora,
Querido,
Soy
tuya y tú eres mío.
Dejemos
a Morfeo
Obrar
en consecuencia.
Silencio.
Llegará
La
mañana.
No habrá más rima
Que
la dicten
Las
sábanas.
Duerme,
niño mío.
Descansa.
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